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Será otra cosa: En el cristal de la vitrina

El ruido de la vajilla y el vocerío sobre el mostrador, los rostros que gesticulaban detrás de la silueta del compañero sonriente, me distraían de la cara llorosa de Ana Teresa, sentada frente a mí, los restos de la merienda entre nosotras. Ya ese lugar tan familiar ha desparecido. Ha sido de esas cosas que terminaron súbitamente, sin que nos diéramos cuenta de que, malas o buenas, verdaderas o deseadas, nos habían conformado como gente e individuo. Eso lo supimos después, en aquel momento sólo hablábamos y hablábamos. La memoria de esa tarde, puedo asegurarlo, está centrada en la imagen muda de Ana Teresa que fruncía el ceño en el esfuerzo de pensar, la mirada severa, la respiración acelerada, buscando hilvanar razones, cada una más contundente que la anterior, hasta trazar una gruesa línea argumental que en este caso explicaría, fuera de toda duda, su definitiva expatriación. Me fui, no pude más, no vuelvo.

No sé cómo después de tantas vueltas hablando tonterías, circundando peligrosamente el asunto, caímos ambas en el tema prohibido. Había un acuerdo tácito de no hablar de ello, y sin embargo, desde que supe de su visita, no había hecho más que maquinar respuestas a todos sus posibles argumentos, preparándome para aquel debate maldito en el que, a mi juicio entonces, se nos iba la vida a las dos.

Después de dos horas me había dado por vencida, así que cometí la imprudencia de distraerme sin sospechar el peligro, y me dediqué a registrar como si fuera una cámara los cambios que había dado Ana Teresa desde su última visita. Allí, su negrísimo pelo lacio sobre los hombros, su piel tan pálida ya habituada a otras latitudes; a su lado, el amigo japonés importado de Stanford; sobre la mesa, sus manos temblorosas de uñas cortititas estrujando la servilleta espolvoreada del azúcar de las mallorcas. Imaginé aquellas manos ágiles sobre un violín que nunca llegué a escuchar, aquel violín que había servido una vez, o mejor, el estuche del violín, para contrabandear aguacates a las cenas nostálgicas de Cambridge.

Ahora Ana Teresa se parecía más a su madre a pesar de que bajo aquella palidez franco-canadiense se asomaban los pómulos y ojos aindiados de los descendientes del Pirata Cofresí. Supongo que a ella no le debía hacer mucha gracia la semejanza: Ana había tratado toda la vida de diferenciarse de aquella mujer que había seguido al padre de sus hijos hasta un islote perdido en medio del mar, y aún a pesar de las muchas razones que tuvo para regresarse al continente, jamás encontró el valor de dejarlo, ni a él, ni a todo lo que se lo recordaba. En eso nuestras madres se parecían: las dos inexplicablemente ancladas en lo que más aborrecían. Tal vez por eso nuestra amistad había sobrevivido al tiempo y las distancias.

Seiji, mientras tanto, exploraba el bullicio del mostrador con miradas simpáticas de aprobación, siguiendo la danza de los meseros que iban y venían con las bandejas en alto sobre las cabezas de los comensales. Sonriente y divertido, sin entender ni papa de lo que hablábamos, podía regodearse en su curiosidad por el lugar. Hacía media hora que Ana Teresa lo había excluido de la charla al cambiar su edición bilingüe por un despotrique en español contra aquel peñón llamado Puerto Rico y su vocación para el desastre, contra aquel talento de los puertorriqueños para hacer las cosas peor, siempre peor, peor, peor. No recuerdo ahora si Seiji recibió alguna sinopsis del asunto, pero parecía muy a gusto en su marginación contemplativa, y a mí me daba gracia el contraste entre su muda placidez y el sonsonete furibundo de Ana Teresa.

¿Qué decir? Al principio, mientras devanaba su interminable serie de quejas, llegué a pensar en algunas respuestas de las que daba antes, busqué otras nuevas que sustituyeran las que habían quedado obsoletas, pero después de dos horas no tenía concentración suficiente para separar su cantaleta del bullicio de la hora del café. Ya la escuchaba como quien oye llover.

Seiji cruzó los brazos y adquirió de pronto la seriedad del tedio. El hombre apagó la mirada y comenzó a entrecerrar los ojos. Un bostezo me confirmó que ya había dado por terminada su indagación antropológica. Supuse que Ana Teresa le correspondería con unas cuantas sesiones de la versión japonesa de la misma situación. En aquel momento recordé al compañero anterior, el desaparecido Kim, y anoté mentalmente preguntarle algún día por su persistente atracción por los asiáticos. ¿El encanto estaba en la mirada rasgada o en la suavidad de aquella palidez de papel guardado? ¿Acaso la garantía de aislarse cuando quisiera en su memoria y en su lengua? La imaginé marcando con banderitas un mapa del otro hemisferio, Kim, Seiji, Nim, Toru, como si buscara explorar a través de ellos la más radical de las extranjerías.

Ana Teresa no sospechaba por dónde andaba mi alucinado razonamiento. Lejos, lejos, bien lejos, Toru, Nim, Kim. Yo asentía de vez en cuando, los brazos sobre la mesa pegajosa, disimulando el aburrimiento como mejor podía. Ya en ese momento la angustia inicial había sido sustituida por el hastío, y yo, que alternaba mi escasa atención entre la imagen parlante de Ana y la elocuente sordera de Seiji, no esperaba que ella interrumpiera su discurso para preguntarme nada.

– Dime por qué. Responde.

Seiji pareció comprender que llegábamos a un punto culminante en esta historia, pues asumió una seriedad instantánea y se torció hacia mí, fijos en mí los ojos. Silencio. Deshice mi postura de pasiva espectadora y junté las manos debajo de la mesa. Me acomodé para asumir el turno, a ver si lograba tiempo para inventarme una salida airosa. Los dos pares de ojos rayados me observaban, hermanados por la curiosidad o por la cortesía. Me tocaba. Ana Teresa por fin callaba y su mirada parecía implorarme: habla, convénceme.

Bajé los ojos hasta la taza vacía, emulando la mirada del estudiante que lucha por encontrar algo que decir en su libro despatarrado: tal vez allí, en la borra del café encontraría una respuesta.

Sólo se escuchaba el vocerío de los mozos, el runrún de las tertulias vecinas, el siseo de la máquina de café, los trastes golpeando más trastes en los fregaderos. Milagrosamente, como si hubiera estado esperando una señal, el mozo se nos acercó a despejar la mesa. Levanté la vista y creí ver en su gesto un aire de complicidad.

– ¿Otro café?

El hombre restregaba la mesa como si limpiara la escena del crimen. Era evidente que deseaba que le dejáramos el lugar a nuevos clientes. La merienda quedaba terminada y el debate concluido. El sitio estaba lleno, así que nos tardamos media hora más en saludos a conocidos que tomaban el relevo de la tertulia. Hola como estás, tanto tiempo, que gusto verte, dónde has estado, cómo te va. El pasillo estrecho de la cafetería llegaba por fin, más adelante la caja, cuánto le debo, detrás de los cristales, la calle, tras el umbral, el final de la visita. Adiós nos vemos, no te pierdas, me escribes, un beso, adiós.

Días después recordé el episodio y ya era tarde. Recordé cuán extranjera se veía caminando por la vieja ciudad con su falda a cuadritos y la cámara de Seiji disparando a su alrededor, como cubriéndole las espaldas del sitio del olvido. Le escribí la última carta. Le hablé de cosas vanas, elaboradas historias de las boberías que ocupaban mis días, una carta larga que sin embargo no decía nada. La escribí de un tirón, con la misma letra apretadita de siempre, sin borrones ni paréntesis aclaratorios. Por primera vez no le hablé nada del país, ni traté de alimentar su incipiente nostalgia. Ana Teresa estaba lejos, lejos, muy lejos, a salvo de quedar atrapada como yo en el meloso hastío del país, al otro lado del mundo y de la historia. Era lo que ella quería y quién era yo para romper el encanto, para contarle cuán distintos, cuán dispares nos veíamos los tres en el cristal de la vitrina, y qué sola me quedaba yo, como si aquella tarde hubiera perdido mi reflejo.

(1994, 2018)

Dedicación 101

¿Cuántas columnas sobre deportes escribió Elliott Castro para CLARIDAD? La información que puedo aportar no contestará la pregunta; pero al menos ofrece un punto de partida que nos acercará a la respuesta.  Su primer trabajo trataba de una pelea entre Alfredo Escalera y Kuniaki Subata por la corona mundial superpluma celebrada en Japón en julio de 1975. Elliott la tituló:  “A pesar de todo El Salsero puede ganar”. Es importante mencionar que Escalera ganó y que faltaban cinco meses para el comienzo de CLARIDAD Diario.

Han transcurrido cuarenta años. Durante este periodo —¿me arriesgo a decirlo?— Elliott Castro ha sido la persona que más páginas deportivas ha escrito no solamente en CLARIDAD, sino en todo Puerto Rico.

¿Cómo lo hizo? Con dedicación, vocación y el apoyo de sus lectores. Escribió sobre casi todos los deportes, desde las 3B, hasta hipismo, pista y campo, deporte intercolegial, voleibol, maratones, lucha libre y más. Cubrió consistentemente la participación de la mujer en el deporte y no olvidó a los atletas aficionados.

Una evaluación sobre lo publicado por Elliott Castro estaría incompleta si se limitara a criterios  cuantitativos. Es necesario incluir el tema un poco complejo de cómo él se enfrentaba a la página en blanco. Lo hacía con la peligrosa soltura de quien en ocasiones traslada estilos radiales a la palabra escrita. Nunca tuvo problemas con estas acrobacias. Creó formas apoyadas en mezclas de fervor y júbilo; pero siempre controladas por la honradez. Fue incapaz de omitir o tergiversar hechos para convencer con a sus lectores de alguna tesis oculta. En ocasiones, sí hubo sesgos o imprecisiones que se originaban en un deseo siempre optimista de que Puerto Rico sobresaliera en el mundo deportivo.

Obtenía satisfacción cuando descubría novatos que luego representarían al País por muchos años. Escribía sobre ellos comentando del progreso que ya podía observarse y los estimulaba a superarse con palabras que destacaban el honor y el privilegio de ponerse un uniforme con el nombre de Puerto Rico.

Elliott conectó con sus lectores como pocos otros cronistas deportivos.  Cuando seleccionaba temas alrededor de expectativas, lo seguían aun sabiendo que al final podía haber lamentos en lugar de celebraciones. Tal vez adivinaban que en el fondo Elliot era uno de ellos, que ven fantasmas corriendo y saltando en una pista desierta y que siempre necesitan tocar una bola que está en reposo.

Si eliminamos los deportes de la vida de Elliott Castro, ¿con qué nos quedamos?

Para que se tenga claro por qué se le dedica el Festival de CLARIDAD recordemos lo siguiente:

Presidente de la Juventud Independentista Universitaria (JIU) en el Colegio de Mayagüez.

Macaneado por la Policía —en la cabeza—en una manifestación de esa colectividad.

Asesor legislativo de Carlos Gallisá en la Cámara de Representantes desde 1972 a 1976.

Participante activo en las protestas contra la Marina en Culebra.

Preso por protestar contra la Marina en Vieques.

Por los más de cuarenta años dedicados a CLARIDAD.

Su patriotismo se hizo menos visible por causa de la gran presencia que tuvo en Claridad Diario.

Por su dedicación a la Patria y al deporte puertorriqueño, Elliott Castro tiene méritos para recibir el reconocimiento que hoy se le hace.

Jaime Córdova

Roger Federer ha vencido el tiempo y el sentido común

Dice un viejo dicho que el tiempo no perdona y el deporte no es la excepción la historia esta repleta de jugadores que fueron muy buenos, pero que mientras fueron avanzando en edad sus facultades deportivas disminuyeron. Esta introducción es necesaria para tratar de poner en perspectiva el logro obtenido el pasado viernes por el tenista suizo Roger Federer al convertirse en el jugador #1 del mundo a la edad de 36 años convirtiéndose en el jugador de mayor edad en la historia del tenis en ocupar el puesto y hacerlo 5 años más tarde de la última vez que ocupó ese puesto en 2012.

En el 2017 empezó su resurgir

Para julio del 2016 tras perder con el canadiense Milos Raonic en la semifinal del torneo de Wimbledon en Inglaterra comenzaron los murmullos sobre si ya era hora de que Federer colgara la raqueta pues habían pasado más de 4 años desde que este había ganado un grand slam y su cuerpo parecía estar dando señas de quebrarse al sufrir la primera lesión seria de su carrera una lesión en la rodilla que requirió cirugía y terminó su temporada. Sin embargo, tras su regreso Federer logró una de las grandes hazañas de su carrera, con apenas 4 juegos de exhibición jugados este logró ganar el Abierto Australiano del 2017 (título que defendió con éxito este pasado mes de enero) y obtuvo 52 victorias con tan solo 5 derrotas, mientras en lo que va de este año ya cuenta con marca de 12-0 dos campeonatos el 96 y 97avo de su carrera.

En busca del 100

A esta altura de su carrera el propio Federer ha admitido que solo juega por campeonatos en el próximo mes este tratara de repetir su hazaña de 2017 de ganar de manera consecutiva el torneo de Indian Wells en California y el Miami Open en esa cuidad esto es extremadamente difícil debido a que se juegan back to back y cuentan con un cuadro de jugadores a veces mejor que los mismos torneos de grand slam pero de conseguirlo se quedaría a un solo uno de ser el segundo jugador con 100 campeonatos y 10 del récord de Jimmy Connors de 109 (máximo líder en la historia).

Posibilidad olímpica en 2020

Aunque a principios del 2017 Federer manifestó que tan solo pensaba jugar por 2 años más su éxito podría hacerlo cambiar de parecer y aunque para ser elegible Federer tendría que representar a su país en la copa Davis (cosa que podría alterar su planificado itinerario) el suizo podría mantenerse activo en busca de esa elusiva medalla de oro en sencillos ese uno de las pocas cosas que no podido obtener en 3 apariciones previas en juegos olímpicos (aunque si gano una en dobles masculino con su compatriota Stan Wawrinka en 2008 ) y recordemos que no tuvo oportunidad de buscarla en 2016 debido a la lesión.

No está lejos de la marca de más victorias

Otro de los récords que podría mantenerlo motivado es la posibilidad de convertirse en el máximo ganador en la historia, actualmente Federer se encuentra a 113 victorias de la marca de Connors lo que significa que si promediara 40 victorias por los próximos tres años rompería el récord para finales del 2020.

Debe ser considerado el mejor de todos los tiempos

Sus 20 campeonatos de grand slam en la rama masculina, el hecho de que ha ganado tres de los 4 títulos principales por lo menos 5 veces lo han separado de la conversación de quién es el mejor jugador de todos los tiempos, sin quitarle méritos al español Rafael Nadal y el serbio Novak Djokovic quienes por sus méritos también merecen ser parte de la conversación.

Pero pase lo que pase de ahora en adelante en su carrera el hecho de que a los 36 años Federer este rehaciendo los libros de la historia del deporte(que es uno de los más físicos) ganando torneos de grand slam y volviendo a la posición #1 a esta edad es una de las cosas mas impresionante que he visto en los años que llevo cubriendo deportes y utilizando un quote del periodista Chris Fowler de ESPN “definitivamente el tiempo no espera por nadie excepto por Roger Federer”

Increíble.

The Post: El deber de la prensa con sus lectores y su país

(director Steven Spielberg; guionistas Liz Hannah y Josh Singer; cinematógrafo Janusz Kaminski; elenco Meryl Streep, Tom Hanks, Sarah Paulson, Bob Odenkirk, Tracy Letts, Bradley Whitford, Bruce Greenwood, Mathew Rhys, Alison Brie, Michael Stuhlbarg, Justin Swain, Jesse Plemons)

El periodismo investigativo ha sido, es y seguirá siendo el pilar en que se basa el buen periodismo. Toma tiempo encontrar datos, componer todas las piezas, conseguir fuentes confiables para verificar la información y convencer a los administradores (director, editor, propietario) que su publicación se justifica no importa las consecuencias. Recientemente tanto el New York Times como el Washington Post se han posicionado a la cabeza con sus publicaciones de los vericuetos (ilegalidades por probar) de la Casa Blanca bajo Trump y el caso de Harvey Weinstein. Y son estos mismos rotativos los que encabezan el caso de los Pentagon Papers en 1971.

Steven Spielberg decidió enfocar el caso no en el whistleblower, Daniel Ellsberg, sino en las decisiones legales y administrativas a la cabeza del Washington Post. Al decidir en este enfoque queda abierta la posibilidad de hacer historias fílmicas de Ellsberg (el documental The Most Dangerous Man in America: Daniel Ellsberg and the Pentagon Papers de Judith Ehrlich y Rick Goldsmith de 2009 sería un comienzo) y de lxs jóvenes y adultos, conocidos o anónimos, profesionales y estudiantes (auto-apodados “Lavender Hill Mob”), que circularon los 47 volúmenes y 7,000 páginas de los documentos que Ellsberg copió de la corporación Rand donde trabajaba como analista militar.

Los protagonistas de The Post, Katherine Meyer Graham y Benjamin Bradlee, son tomados de la vida real y lo presentado es casi 100% correcto. Esto ocurre porque Spielberg se toma su tiempo en investigar lo que va a desarrollar en pantalla y porque respeta los hechos y vuelve a su equipo de escritores en periodistas investigativos que tienen que verificar sus fuentes. No es solamente utilizar las autobiografías (Personal History de Graham de 1997 y A Good Life: Newspapering and Other Adventures de Bradlee de 1995) de los protagonistas de la publicación de The Pentagon Papers pero poder consultar y verificar datos con Ellsberg, su grupo de apoyo y los periodistas que fueron testigos del suceso. El resultado es la relevancia que tiene el escrito de la historia de la guerra de Vietnam y sus vínculos con cinco presidencias que le mintieron al pueblo estadounidense. Escuchar la voz del Presidente Richard Nixon (1968-1974 cuando fue forzado a dimitir)—real por ser las grabaciones que luego probaron su culpabilidad—es afirmar que la historia sí se repite con la presidencia actual y que no parece haber memoria histórica en este país.

El encuadre de la historia es esa guerra lejana en Vietnam donde el aparato militar estadounidense sigue enviando soldados con la presunción de que la nación americana, en su compromiso de defender países aliados, defiende la democracia y detiene el comunismo. Y desde que EU ayudó y luego heredó la lucha de los pueblos de Indochina le ha comunicado a su población cómo la guerra se está ganando y pronto declararán su victoria. Mientras tanto diariamente llegan los ataúdes de los hijos, hermanos, esposos, padres, novios y amigos de familias comunes y corrientes que se enorgullecen de haber servido a su país. Y también llegan los heridos, mutilados, desintegrados mental y emocionalmente que muchas veces no quieren recordar los meses y años en la selva, valles y poblados donde se libraron las batallas que afectaron a las mujeres, niños, viejos y jóvenes que vivían en esas aldeas. Es esto lo que ve Daniel Ellsberg tanto como miembro de las Fuerzas Armadas y luego como testigo para sus estudios del conflicto que nadie quería definir como una guerra perdida. Robert McNamara, el secretario de defensa tanto bajo las administraciones de Kennedy como de Johnson, coincide con Ellsberg de que la guerra está perdida pero, por razones políticas, ratifica lo que Johnson quiere oír y declarar: el triunfo está a la vuelta de la esquina y solamente necesita más tropas para su final. Ese estudio y análisis que encomienda McNamara es la base de los Pentagon Papers.

Katherine Graham es el personaje principal del filme y del suceso de 1971 ya que es el momento clave para ella tomar una decisión que pudiera destruir la empresa del periódico al enfrentarse a una orden dictada por la Casa Blanca y luego llevada a la Corte Suprema. No solamente Graham es la única mujer en la Junta de Directores de la empresa sino también en la sala de redacción del Washington Post y Newsweek. Vemos cómo los miembros del directorio la toleran porque es la dueña y administradora en derecho después de la muerte por suicidio de su marido, a quien el padre de Graham le había dejado la dirección a pesar de la excelente preparación en los medios que ella tenía. La vemos sentirse muy cómoda en su rol tradicional de anfitriona de personas influyentes en su casa de Washington, D.C. para luego verla titubear, ensayar su discurso, sentirse abrumada cuando tiene que tomar decisiones que pueden afectar las vidas de tantas personas (si el periódico cierra cientos de personas quedan en la calle, los accionistas y ella pueden perder su capital y su reputación queda manchada). Estará rodeada de personas que la asesoran según sus propios intereses (Arthur Parsons representando a la Junta y Roger Clark como abogado cauteloso), o pensando como amigo de muchos años (Fritz Beebe, su abogado y asesor de confianza) o la misión periodística (Ben Bradlee, editor del periódico).

Desde que Ellsberg le entrega los documentos a Neil Sheehan del New York Times

pasan casi tres meses en que los editores y el dueño del periódico debaten si los publican o no. Ante esta tardanza Ellsberg entrega otra copia a Ben Bagdikian del Washington Post y a 17 rotativos adicionales. El Times decide comenzar la publicación de los documentos el 13 de junio y ya el 15 la Casa Blanca ha conseguido una orden judicial para detener cualquier publicación futura. Graham y Bradlee tienen que tomar la decisión de publicar su propia copia a sabiendas que se arriesgan a ser demandados por el gobierno. Su primera publicación será el 18 de junio. Toda publicación futura queda suspendida hasta que el caso se vea en la Corte Suprema. El 30 de este mes la Corte toma su decisión a favor de los periódicos (la libertad de prensa) en una decisión de 6 a 3. El juez Hugo L. Black emite su decisión argumentando: “Far from deserving condemnation for their courageous reporting, The New York Times, The Washington Post and other newspapers should be commended for serving the purpose that the Founding Fathers saw so clearly…. Only a free and unrestrained press can effectively expose deception in government.”

Cada una de las interpretaciones de lxs actores es sorprendente por la profundidad que le dan a sus personajes. Y dentro de los momentos críticos que se vive en estas decisiones hay humor, candidez, valentía y un sentido colectivo de enfrentar a los enemigos de los que quieren mentir y esconder la verdad.

Puerto Rico y la revista National Geographic, 1898-1907: De cómo a la bella princesa antillana le pusieron el mote de ‘mendicante majadera’

Tal como hermosa princesa antillana acabada de descubrir, la isla de Puerto Rico fue presentada al mundo de la ciencia estadounidense en la edición de marzo de 1899 de la revista National Geographic. Si es cierto eso que dicen, de que las primeras impresiones son las que cuentan, hay que decir que los editores de la prestigiosa publicación no escatimaron en 1899 en elogios para nuestra isla:

“Es la más oriental y más pequeña de las Antillas Mayores, siendo 500 millas cuadradas menor que Jamaica, en términos de área. Tiene 95 millas de largo, 35 millas de ancho, y posee un área de 3,668 millas cuadradas. Su línea de costa tiene una longitud de 300 millas. Su área es 300 millas cuadradas mayor que la de Delaware, Rhode Island y el Distrito de Columbia, combinadamente, y 300 millas cuadradas menos que la de Connecticut. Al mismo tiempo, es la más productiva en proporción al área, la más densamente poblada y la más establecida en sus costumbres e instituciones”.1 (Traducción libre)

El autor de la edición de National Geographic dedicada a Puerto Rico no era un científico cualquiera. Se trataba de Robert T. Hill, uno de los exploradores más destacados en el campo de las investigaciones geológicas en Estados Unidos, desde la perspectiva de los intereses del gran capital monopolista. Entre 1886 y 1890, por ejemplo, este condujo estudios geológicos que hicieron posible los gigantescos proyectos de irrigación de las granjas agrícolas y comerciales en el estado de Texas, mediante la extracción de aguas subterráneas. También llevó a cabo investigaciones que sirvieron de base para la exploración petrolera en la costa de esa región. Al incrementarse el impulso imperialista de las corporaciones estadounidenses en la década final del siglo XIX, Hill estuvo en México, Jamaica y Cuba identificando yacimientos potenciales de oro y otros minerales. Además, en 1896 evaluó en detalle los aspectos geológicos del desarrollo de la “ruta del canal de Panamá”. Su considerable conocimiento de la geología y exploración mineralógica siempre estuvo al servicio del capital. En parte por eso, Hill iba más allá que muchos científicos naturales y se interesaba en todos los aspectos de los países que visitaba, la historia, la economía, la política y las cuestiones raciales. Sus estudios científicos culminaban siempre con una valoración de conjunto e incluían recomendaciones basadas en lo que él llamaba la “geografía económica” determinante de la rentabilidad de las inversiones. Era de esperarse, pues, que al ocurrir la invasión de Puerto Rico en 1898, Hill llegara a nuestra isla para evaluar la posibilidad de explotar minerales como el oro y el cobre. Así fue.

Puerto Rico resultó doblemente exótico para Hill. Geológicamente, la isla no se parecía en nada a los lugares de ocurrencia de minerales metálicos en Estados Unidos. Más bien, era una extensión, en las Antillas, de las formaciones geológicas de América Central y, en particular de Colombia, lugar en que abundaba el platino. Lo recomendable era, pues, hacer un estudio más completo de la viabilidad de la minería de exportación en Puerto Rico, tomando en cuenta su matriz antillana. El prospector ordinario –señaló enfáticamente– habría de encontrar las condiciones locales tan distintas a las de Estados Unidos, que “estaría completamente desorientado en seguir las indicaciones normales de riqueza mineral”.2

En lo económico y social, Hill quedó hechizado con la isla. Aunque él era oriundo de Nashville, Tennessee, se desarrolló y vivió la mayor parte de su vida en Texas. De hecho, antes de ser una eminencia en el campo de la geología de las Grandes Praderas del Sur, Hill fue vaquero, literalmente, un cowboy. Durante su juventud, formó parte de las cuadrillas de trabajadores a caballo que movían reses desde Texas a Kansas, en viajes de meses de duración. Fue, precisamente, durante esas travesías a la intemperie que adquirió el pasatiempo de coleccionar fósiles y rocas. Sin saberlo, su colección contenía especímenes que nunca habían sido descritos en los textos de geología. Bastó con que un periódico los mostrara, para que cayeran en desuso todas las teorías propugnadas por el Manual de Geología, de James Dwight Baldwin, sobre las formaciones geológicas del sur de Estados Unidos. Hill no había ido aún a la universidad, y ya estaba en el centro de las controversias teóricas acerca de la evolución del continente de América de Norte.

Al llegar a la isla, Hill experimentó un segundo encuentro con lo desconocido. Las Grandes Llanuras del Sur, cuya geología él había estudiado para servir a los intereses de la gran agricultura comercial, se caracterizaban por la extensión y uniformidad topográfica. Un lugar de las llanuras era idéntico al otro, aunque mediara una distancia de cientos de millas. Además de lo aplanado del terreno, el elemento común allí era la escasez de lluvia. Él mismo, apenas graduado de la universidad de Cornell, trabajó en la región en la exploración de acuíferos y fuentes de agua subterráneas para usos agrícolas. Los estudios de Hill en Texas coinciden con una época en la evolución de la agricultura capitalista orientada hacia el uso intensivo de la irrigación y los fertilizantes artificiales. Era la época del fetiche capitalista de las granjas gigantescas, cuya productividad era función de la aplicación de la ciencia para dominar al mundo de lo natural.3

Puerto Rico le rompió todos los esquemas a Hill. Se trataba de un lugar diminuto, predominantemente montañoso y apenas cultivado por métodos científicos modernos. Sin embargo, era agrícolamente prospero. Las claves de esa prosperidad, a su juicio eran tres: la vasta productividad del suelo, la abundancia de lluvia y la energía de la pequeña agricultura diversificada:

“Probablemente, ningún otro lugar en todas las Antillas es tan fértil como Puerto Rico, y ninguno es más generalmente susceptible de cultivos y agricultura diversificada. Un solo acre de caña rinde aquí más azúcar que en ninguna otra de las islas, excepción hecha de Cuba. Poseedora de todas las variedades de escenarios tropicales, fértil desde la cima de las montañas hasta la mar, rica en tierras de pastoreo, sombreada por hermosos bosques de palmas magníficas, con la humedad de mil doscientas corrientes de agua dulce, sus posibilidades agrícolas son inmensas”.4 (Traducción libre)

Quizás en una indiscreción inducida por sus primeras impresiones sobre Puerto Rico, Hill presentó una evaluación de la geografía económica de la isla no en función de criterios estrictamente imperialistas, sino de nuestra autosuficiencia. El sistema de la pequeña producción diversificada, calificado como un anatema por el pensamiento económico moderno estadounidense, hacía sentido en Puerto Rico. Nuestro país se destacaba, entre todas las Antillas, en que producía alimentos en cantidades suficientes para casi suplir las necesidades de sus habitantes, así como las de islas vecinas:

“Puerto Rico es esencialmente la tierra del agricultor y la más altamente cultivada de las Indias Occidentales. De hecho, es la única isla en que la agricultura es tan diversificada que produce suficiente comida para el consumo de sus habitantes, además de vastas cosechas de plantaciones en café, azúcar y tabaco para la exportación. Más aún, la tierra no está monopolizada por grandes plantaciones, sino que está dividida principalmente en pequeñas tenencias independientes”.5 (Traducción libre)

Proveniente de Texas, la industria ganadera de la isla no pasó desapercibida para Hill. Nuevamente, hizo comparaciones interesantes con otras islas de El Caribe. Además, evaluó todo en el contexto del mercado caribeño:

“La agricultura diversificada de Puerto Rico está muy modificada por extensos intereses de pastoreo, que no solo suplen a sus habitantes de carne, sino que producen cientos de reses de excelente calidad para la exportación anual; especialmente para las Antillas menores, que son considerablemente dependientes de Puerto Rico para carne, así como bueyes de labor. Los principales consumidores son Martinica, Guadalupe, St. Thomas y Cuba. Las tierras de pastoreo son superiores a las demás de las Antillas. Están ubicadas principalmente en el sur y en el lado noroeste de la isla, y están cubiertas una nutritiva planta leguminosa, llamada malahojilla (Hymenachine striatum), que las reses consumen”.6 (Traducción libre)

Con la misma energía y motivación intelectual con que dos décadas antes había estudiado los fósiles y rocas de la Grandes Llanuras del Sur de Estados Unidos, Hill se dio en 1899 a la tarea de estudiar el misterio de la prosperidad de Puerto Rico. Además de dos viajes exploratorios por la isla, revisó toda la literatura existente, en español e inglés, sobre la historia, economía, exportaciones, instituciones, cultura y demografía de nuestro país. También estudio los censos y las colecciones de la “Estadística General del Comercio Exterior”, entre 1887 y 1896. Las conclusiones a que llegó sorprendieron a los que lo conocían por su afán en encontrar avenidas para la inversión de capitales estadounidenses en el mundo entero. A su entender, la pequeña producción agrícola en Puerto Rico era tan eficiente, y su población estaba tan contenta, que lo mejor era dejarla quieta, salvo para viajes de recreación y placer:

“Unos cuantos árboles de café y matas de plátanos, una vaca y un caballo, un acre de maíz o batatas dulces, esa es toda la propiedad de lo que podríamos denominar un jíbaro que vive cómodamente; y quien, montado en su simple y fuerte caballo, con un machete largo asomándose de sus canastas, vestido con un sombrero de paja y borde ancho, abrigo de algodón, camisa limpia y pantalones gastados, sale animadamente de su cabaña para ir a misa, a las peleas de gallos, o a bailar, pensando que es el ser más feliz e independiente que existe […] No es del todo seguro que habrán muchas oportunidades de adquisición de riqueza en Puerto Rico, por medio de la explotación de los recursos agrícolas y minerales, por parte de inmigrantes de los Estados Unidos. Las condiciones que han prevalecido por siglos no pueden cambiarse en un día. Las tierras, cuya titularidad ha sido mantenida por cientos de años, no pueden apropiarse sino mediante su compra. Por otro lado, la isla sería una adquisición exquisita, desde el punto de vista estético, y sería un lugar deseado por la gente para recreación y placer”.7 (Traducción libre)

Al igual que como ocurrió con Herbert Wilson, no sabemos si Hill regresó a Puerto Rico después de su trabajo de exploración mineralógica entre 1898 y 1899. Lo que sí sabemos es que alguna fuerza poderosa y oculta lo llevó a retractarse humillantemente de sus conclusiones iniciales sobre la isla, forzándolo a hacer en 1900 una alabanza pública de los proyectos agrícolas y militares del gobierno estadounidense. Los suelos de Puerto Rico eran inexplicablemente, en sus escritos revisados, “basura que solo podía ser rescatada por la magia de la química, el drenaje y la irrigación”.8 Hill nunca más volvió a ocupar las páginas de National Geographic, salvo un breve intervalo en 1902 en que quizás buscando resarcir su lugar en el mundo científico estadounidense, se fue de voluntario a Martinica para ayudar a las víctimas de la erupción de Mont Peleé. Como en los viejos tiempos en que, aún un vaquero, describió formaciones geológicas desconocidas por la ciencia geológica en las llanuras del sur de Estados Unidos, Hill fue el primero en dar cuenta de los efectos devastadores de los nuée ardentes o flujos piroclásticos; o sea, la mezcla de gases volcánicos, sólidos calientes y aire atrapado que se mueven a altas velocidades y al nivel del suelo, en ciertos tipos de erupciones. Hasta estos flujos entonces eran desconocidos por los vulcanólogos.9

La suerte de Hill, sin embargo, quedó echada con el “desliz” sobre la prosperidad de Puerto Rico antes de la invasión. El propio Alexander Graham Bell tuvo que intervenir para que le publicaran un último artículo en The National Geographic en 1902. No obstante su afirmación forzada de que la presencia militar de Estados Unidos en Puerto Rico era un “acto de guerra humanitario”, y una bendición de Dios para un pequeño y empobrecido lugar en El Caribe, en 1903 Hill fue despedido del U.S. Geological Survey.

El 8 agosto de 1899 uno de los ciclones más violentos del siglo XIX, San Ciriaco, azotó a Puerto Rico. Los daños fueron inmensos. Más de 3,000 personas murieron por las inundaciones. La cosecha de café se perdió por completo. Sin embargo, nada aparece en los archivos digitales de National Geographic al respecto. La cortina de silencio impuesta por las tropas estadounidenses en la isla fue absoluta. Lo próximo que aparece sobre Puerto Rico en la revista data de diciembre de 1899. Su autor fue Hill, quien se limitó a intervenir, mediante una nota de una página, en el “debate” sobre el nombre oficial de la isla, “Porto Rico o Puerto Rico”.10 ¿Qué eran 3,000 personas muertas en comparación con el nombre del collar que nos ponía el imperio en el cuello? Un mes después apareció otra nota en la revista, ahora anónima, anunciando que el presidente de Estados Unidos había puesto fin al debate, al declarar que el nombre oficial sería en adelante “Puerto Rico”.11 De paso, la junta editorial de National Geographic criticó a Hill por su falta de “seriedad y capacidad” al tratar el tema de la nomenclatura apropiada para la isla, pues él había argumentado a favor del uso de “Porto Rico”. Poco importa que Hill era (o había sido) una de las mentes geológicas más importantes de Estados Unidos. El error de nomenclatura era imperdonable.

En 1902, buscando congraciarse con las tropas militares en Puerto Rico, la revista National Geographic, dedicó su reunión anual al tema de la isla. ¿Quién fue el invitado especial para la ocasión? Pues, nada más y nada menos que William F. Willoughby, fundador del Instituto Brookings y exprofesor de economía en Harvard. Amigo cercano de Teodoro Roosevelt, Willoughby había sido nombrado tesorero del gobierno colonial de Puerto Rico en 1901, cargo que ocupó hasta 1909. Su mensaje a la National Geographic Society en Washington D. C. fue laudatorio de la administración del nuevo territorio: “En sus industrias, Puerto Rico avanza favorablemente. El azúcar y el ganado florecen”.12 En la sesión de preguntas y respuestas, Willoughby afirmó que el huracán había sido “algo inusual”.13 La verdadera “tormenta” era la falta de control emocional de los electores puertorriqueños, que se peleaban entre sí por asuntos electorales sin importancia. El resultado era la violencia en la colonia.

Entonces llegó el año del 1906. Una terrible sequía azotó a la agricultura de la isla.14 La competencia por los recursos de agua se tornó severa. Todavía en esa época el drenaje de agua dulce se mantenía en su estado casi natural. El agua abundaba en la Cordillera Central y escaseaba en las costas, particularmente en el sureste. Los grandes intereses azucareros, como la Central Aguirre, tenían sus propios pozos de agua dulce. El gobierno colonial hacía muy poco por aliviar el sufrimiento del agricultor puertorriqueño. Más aún, los proyectos gubernamentales de beneficio público se otorgaban, por lo general, a contratistas estadounidenses que se robaban el dinero y, a veces, ni llegaban a la isla. La prensa local comenzó a fustigar al gobernador designado por el presidente de Estados Unidos. El escándalo de corrupción en la administración de la colonia alcanzó la prensa de la nación imperial.

Fue en ese agrio contexto de crisis y múltiples revelaciones de actos de corrupción, que la revista National Geographic publicó su primer artículo de fondo sobre Puerto Rico, desde los tiempos de los maravillosos reportajes de Robert Hill. Ahora, sin embargo, el autor no era ni un geólogo ni un científico natural de renombre, sino el entonces secretario de guerra y también candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos: William H. Taft. Tan o más mentiroso que Donald Trump, el guerrerista Taft utilizó las páginas de National Geographic para presentar un cuadro totalmente falso no solo de la situación de la isla al momento de la invasión, sino también de lo que él llamó la “historia americana” de la isla por nueve años. En un lenguaje burdo y prepotente negó la condición colonial de Puerto Rico y le atribuyó, mentirosamente, al gobierno federal las ayudas que llegaron a Puerto Rico en respuesta a la devastación de San Ciriaco:

“La soberanía de Puerto Rico pasó a manos de Estados Unidos el 18 de octubre de 1898, y esto con el pleno consentimiento de la gente de la isla […] Bien temprano en la historia americana de la isla, un ciclón pasó por encima de ella, destruyendo una buena parte de los cultivos de café; se gastaron $200,000 del fondo de emergencia del Departamento del Tesoro de Estados Unidos para comprar raciones y alimentar a los que quedaron desamparados”.15 (Traducción libre)

¡Qué mentiras no dijo Taft sobre Puerto Rico y acerca de la supuesta “benevolencia protectora” de Estados Unidos entre 1898 y 1907! Contestar sus patrañas tomaría días y semanas. El imperio, según él, no había hecho otra cosa en Puerto Rico que no fuera garantizar nuestro bienestar y, en particular, evitar que apareciéramos ante el mundo “tristes y prostrados”, como pasaba, según él, con las islas británicas, francesas, holandesas y danesas circundantes.16

¿Y que había recibido Estados Unidos a cambio de tantos esfuerzos, gastos y responsabilidades, entre 1898 y 1907? Nada, absolutamente nada. El problema de Puerto Rico no era ni económico ni político. Según el secretario de guerra, los conflictos brotaban del complejo de inferioridad de los puertorriqueños y de la falta de agradecimiento que estos exhibían frente el altruismo imperial:

“El carácter de los beneficios que nosotros hemos conferido a estas personas que hablan español es tal que, en ello, queda necesariamente implicado nuestro sentido de mayor capacidad para el gobierno propio, así como nuestra convicción de que representamos una civilización superior. Esto por sí mismo duele en el pecho de los nativos y les seca la flor de la gratitud. Es natural que sea así. Es inseparable de la tarea que tenemos que llevar a cabo”.17 (Traducción libre)

Como si se tratara de un ‘Donald Trump’ de principios del siglo XX, Taft prosiguió en su artículo de National Geographic con expresiones pomposas acerca del significado de la presencia de Estados Unidos en Puerto Rico. Mintiendo sin reparos, se inventó datos para afirmar burdamente que la isla estaba en ruinas al momento de la invasión del 1898. Nada le importaron los artículos de Hill en la misma revista ocho años atrás. Lo único que importaba era su visión prepotente de lo que él llamaba la “historia americana de Puerto Rico”, particularmente después de aprobada la ley Foraker. En una afirmación que parece sacada de los twitteres modernos en la Casa Blanca, este futuro presidente de Estados Unidos afirmó que la benevolencia de su país hacia Puerto Rico era el “ejemplo más importante y más puro de altruismo en toda la historia de las naciones modernas”.18 Y todo esto, hecho generosamente para el beneficio de un grupo de personas hispanohablantes, que maliciosamente abusaban de los derechos conferidos por la nación imperial. Ante todo, arremetió en contra de la prensa local:  “Los periódicos nativos unilateralmente se aprovechan de la libertad de prensa y abusan de este privilegio por medio de todo tipo de afirmaciones injustas diseñadas para agitar el prejuicio nativo en contra del gobierno y, por tanto, de los norteamericanos”.19

Fue así que a la isla de Puerto Rico, a aquella bella princesa que cautivó el corazón del vaquero texano convertido en geólogo al servicio del capital, le pusieron en 1907 el mote de ‘mendicante majadera’.

1 Hill, R. T. (U.S. Geological Survey) (1899). Porto Rico. The National Geographic. March 1899, pp. 93-112.

2 Hill, R. T. (U.S. Geological Survey) (1899). The Mineral Resources of Porto Rico. Washington: Government Printing Office, p. 10.

3 Hurt, R. D. (2002). American Agriculture. Indiana: Purdue University Press, pp. 165-220.

4 Hill, R. T. (1899). Cuba and Porto Rico: With the Other Islands of the West Indies. New York: Century Press, 158.

5 Ibid.

6 Ibid, pp. 159-160.

7 Ibid, pp. 169 &

8 Ibid., pp. 422-423.

9 Hill, R. T. (U.S. Geological Services). On the Volcanic Disturbances in the West Indies. The National Geographic. No. 13 (7): 223-267.

10 Hill, R. T. (Geological Survey) (1899). Porto Rico or Puerto Rico? The National Geographic. No. 10(12): 516-517

11 The National Geographic. No. 11(1), pp. 36-37.

12 Proceedings of the 1902 National Geographic Society. The National Geographic. No. 13(12): 466-470.

13 Ibid. p. 469.

14 Report of the Governor of Porto Rico for the Fiscal Year ending June 30, 1907. Washington Government Printing Office, pp. 31-32.

15 Taft. W. H. (Secretary of War) (1907). Some Recent Instances of National Altruism: The efforts of the United States to aid the peoples of Cuba, Porto Rico, and the Philippines. The National Geographic. No. 13(7): 432-438.

16 Ibid, pp. 433-434.

17 Ibid, p. 438.

18 Ibid., p.432.

19 Ibid, p. 438.