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El Bosque del Pueblo celebra 30 años de triunfo sobre la minería

La brisa crepita con algo de frío a estas alturas. Hay pinos, yagrumos, robles y palmas de toda
suerte. Todos crujen a la merced de un viento que no amaina en su embestida. Entre ramas
explayadas, zambulléndose, un pájaro conocido como el Juan Chiví va chirriando por
todo el camino. Decenas de familias recorren el sendero térreo, empinado, y la propia brisa
apenas escala la vereda como soplido fatigado. En cierto recodo, una de cuatro estaciones
recibe a los caminantes.

“La gente consiguió detener la explotación minera y proteger estas tierras para el disfrute del
pueblo de Puerto Rico, y por eso se llama el Bosque del Pueblo. Su ave símbolo es el Juan
Chiví”, lee el rótulo casi contagiado por los líquenes que salían de un tronco.
La mayoría de los caminantes cargaba sillas, sombrillas y bultos con botanas y carpitas. Más
arriba, donde el viento surcaba el camino y revolvía el polvo, una camioneta expedía
humaredas de pinchos y frituras. Quedaba cerca de una pendiente que revelaba el inmenso
monte que habría sido minería. Y lucían, a la luz del sol, los miles de verdores que acababan
muy lejos, cerca del mar.

Por 15 años, esta zona fue blanco de intereses mineros. Con un suelo rico en cobre, plata y
oro, el terreno recorre 37,000 cuerdas compartidas entre Adjuntas, Utuado, Lares, Jayuya y el
norte de Ponce. Cada estación-letrero reitera el rol protagónico del pueblo en la lucha por
detener la explotación de la tierra.

“Este es el primer bosque en Puerto Rico en ser propuesto y manejado por una organización
comunitaria. El bosque tiene veredas, gazebo, anfiteatro y la plaza Calá Abajo”, lee la tercera
estación.

Al final del camino, la plaza Calá Abajo daba plataforma a decenas de carpas, una tarima
armada con instrumentos musicales y dos banderas: la emblema de la insurrección energética
de Casa Pueblo y la de Puerto Rico. La plaza, que hoy día sería un cráter, está ubicada sobre
17 yacimientos mineros identificados en la Cordillera Central. Luego de barrenar dos mil pies
de profundidad, los proponentes de este ecocidio bautizaron el espacio como <<Calá
Abajo>>. Al borde de la plaza, plétoras de bambúas, helechos, mangoes y
flamboyanes se menean en la espesura.

Al llamado, acudieron colectividades como Para la Naturaleza, Colegiales contra la
Contaminación, The Peregrine Fund, la Asociación de Acampadores de Puerto Rico, el
Museo de Historia Natural de Aguadilla, la Sociedad Ornitológica Puertorriqueña, el Sierra Club, Islita de cuentos y muchas más. Algunas participaron en la tarima para discutir la conservación ambiental, las especies endémicas y el valor de organizar actividades culturales.

“Vamos a sembrar los árboles de esperanza. Vamos a sembrarlos en la parte más alta del
Bosque del Pueblo. Esto se llama Punta Victoria, y está a 2,500 pies sobre el nivel del mar.
Quiero decirle que, hace años, celebramos una actividad y sembramos árboles, conectando el
Bosque del Pueblo con el Bosque Los Tres Picachos. Se llamó ‘bosques unidos jamás serán
vencidos’, pero hoy sembramos árboles mirando a todo Puerto Rico… Hoy conectamos con
todos los bosques y reservas naturales”, expresó el cofundador de Casa Pueblo Alexis Massol
González.

Cada una de las personas presentes plantó una variedad de capá prieto, matabuey, maga,
morador, jácana, guabá, capá blanco, guaraguao, moca, palma coyor, nogal, palma de tierra y
ortegón; todos árboles endémicos de Puerto Rico. Revolvían la tierra, vaciaban fundas de
abono, azotaban tiestos y enterraban palitos por toda la pendiente. La siembra fue dirigida por
Arturo Massol Deyá, director ejecutivo de Casa Pueblo, Massol González y un cabezudo de
Tinti Deyá, cofundadora de la organización comunitaria.

Luego de la siembra, cada uno de los <<guardabosques voluntarios>> recibió un pañuelo
simbólico como participante del acto histórico. Al rato, la artista Whitney Rivera interpretó
melodías clásicas como Amanecer borincano, Verde luz y Boricua en la luna.

“Si no hubiese sido por esa labor tan encomiable y tan incansable de Tinti, de Alexis, de
Ariel, de todos los casapueblanos, hoy no estaríamos aquí porque esto sería un gran cráter
que habría terminado con la vida de muchos puertorriqueños y varios municipios. Gracias
Alexis, gracias Tinti, gracias Arturo. Gracias a todos los hombres y mujeres que trabajan día
y noche por hacer que este país sea uno mejor”, expresó la veterana periodista Millie Gil.

Por su parte, Agua, Sol y Sereno presentó una obra teatral que trataba temas de
desplazamiento y la destrucción de la naturaleza. Un grupo de “constructores” daba cantazos
a bloques de cemento, cubetas y tierra con palas mohosas. La pieza representó la tensión
colonial entre las clases dominantes y dominadas, la manipulación de la clase trabajadora y el
desarrollo de proyectos multimillonarios. Actores como Pedro Adorno, Julio Ramos y Jean
Soto Villarini formaron parte del elenco.

Poco antes de concluir, Massol Martínez recordó el apoyo que figuras como Danny Rivera
siempre han brindado a Casa Pueblo. Reconoció los actos de desobediencia civil que el
cantor del pueblo emprendió en distintas efemérides del país.

“Antes del Bosque del Pueblo, las áreas protegidas en Puerto Rico eran 3%. Ahora es el 17%
de las tierras protegidas para que haya para las próximas generaciones… Antes de la
designación del Bosque del Pueblo en 1996, la anterior designación que se había hecho era
del 1940. Hacía 50 años que no había una nueva designación, y Casa Pueblo logra el Bosque
del Pueblo como una reserva natural y protegida manejada por una comunidad. El primer bosque comunitario en Puerto Rico abrió las puertas para la expansión territorial-social con la designación de la reserva Caño Tiburones, en Arecibo, el Bosque Tres Picachos, en Ponce…”, puntualizó Massol Martínez sobre la labor reforestadora que ha hecho Casa
Pueblo.

Al concluir, Danny Rivera ofreció un concierto que deleitó a las cientos de personas que
acudieron a la actividad. Muchos se untaban protector solar y otros, animados por el frío,
ignoraban el astro para escuchar al cantante cerca de la tarima.

Margarita Mergal: académica, patriota y mujer de vanguardia 

 

En CLARIDAD, Periódico de la Nación Puertorriqueña nos unimos en recordación de la vida fructífera de la recién fallecida compañera Margarita Mergal, quien conjugó en su persona los atributos de un sólido intelecto,  formación esmerada y pasión desbordante con un compromiso militante con la libertad, la razón, la justicia y la solidaridad.

Fue maestra de generaciones en la Universidad de Puerto Rico, trascendiendo campos y materias con su amplia formación y conocimientos, su don de la comunicación, y su testimonio vivo de militancia y activismo a favor de los cambios urgentes que permitieran a nuestra universidad cumplir con su prometedora misión en favor de sus estudiantes, el claustro, las y los empleados no docentes y la Patria Puertorriqueña.

Margarita siempre estuvo a la vanguardia en todas las luchas en las que se involucró, como intelectual, académica y docente, y también en el fragor de los reclamos feministas,sindicales y patrióticos. Formó parte de la Organización Puertorriqueña de la Mujer Trabajadora (OPMT), donde también dejó su huella.

Fue independentista toda la vida, y partícipe prominente de los múltiples esfuerzos patrióticos unitarios que se realizaron- tanto en Puerto Rico como a nivel internacional- durante la segunda mitad del siglo veinte, para hacer avanzar nuestra lucha por la libertad política y los derechos nacionales de nuestro pueblo. Con igual fuerza, utilizó su pluma, su voz  y su activismo para luchar por la equidad de género, los derechos de estudiantes y trabajadores y la justicia social en su sentido más amplio e inclusivo.

Fue una buena y consecuente amiga y colaboradora de CLARIDAD, tanto en el área editorial como en todas  nuestras iniciativas. Conocer y escuchar a Margarita Mergal  significaba aprender. Y por eso, además de por sus grandes cualidades como ser humano y mujer de vanguardia, le agradecemos y la echaremos de menos.

A su querido compañero de vida, Iván Ramos, hijos y demás familiares llegue nuestro abrazo solidario.

Junta Directiva y Colectivo de Trabajo de CLARIDAD, Periódico de la Nación Puertorriqueña

 

 

Laura Colón Noriega: la mujer del cartel 2026

Laura Colón Noriega Foto Christian Rosado Medina

En Rojo

En la escuela, de pequeña, a Laura Colón Noriega se le daba bien el arte. Cada vez que sus maestros asignaban una tarea artística, particularmente relacionada con la ilustración, corría a terminarla porque era la que más disfrutaba. No obstante, su afición cobró bríos formales en 2021, cuando quedó enamorada de la serigrafía y el grabado durante unos talleres de la colectiva La Ofensiva.

Desde allí, a Colón Noriega se le despertó un interés por conocer más el medio serigráfico y afianzar sus destrezas en él. Pasó, entonces, por otros talleres como La Serigráfica, La Central y La Ciénaga, donde cuenta haber ampliado aun más su visión del arte. Actualmente estudia Bellas Artes en el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico (UPR).

“Nunca había tenido un acercamiento al arte más allá del dibujo, algo más de la escuela. Pero me gustó mucho la dinámica que se daba en los talleres, y eso es algo común en las artes gráficas. Te dan el espacio, los materiales y trabajas en grupo. Y no sé qué fue con la serigrafía, fue algo que me gustó… pero el medio era algo nuevo para mí. Me gusta el proceso de cómo se construyen las imágenes”, expresó en entrevista con CLARIDAD.

Ese “algo” indescriptible, que se le hace sonrisa mientras lo explica, lo veía en los detalles de ciertas obras, en las capas de la serigrafía o un grabado en relieve. Además, el medio le ofreció un cauce para sus pensamientos sociales, expresando disgusto o esperanza con relación a la situación política de Puerto Rico. En el taller La Ofensiva de 2021, Colón Noriega reconoció que despuntó su vida como “obrera del arte”.

“Esa era mi mayor arma. Cuando para otros era hablar y expresarse, el arte era esa forma para mí. Esos pasquines son mis primeros bebés. Me sorprendió también que a la gente le gustaba. Ahí se me ocurrió que había algo por aquí. Mi primer cartel con comisión fue para el Cuaderno Crítica, la edición de la lucha estudiantil. Ese fue mi primer cartel profesional”, confesó entre risas.

Ahora, Colón Noriega suma el cartel del Festival de Apoyo a CLARIDAD 2026 a su lista de obras. La pieza, fiel al estilo detallista de la autora, retrata a Blanca Eró y Jacobo Morales en un marco que simula ser una taquilla de cine. Arriba, anuncia que la 51.a edición del evento histórico dará fecha del 16 al 19 de abril. Al calce, una cinta de filme remata la imagen del matrimonio reputado.

“Mi primera vez en CLARIDAD fue también con los pasquines de La Ofensiva. Imprimimos un cartel en vivo, allí en el festival. Fue el año en que se lo dedicaron a Rubén Berríos… Así que siempre he buscado mantener la cultura. Siempre hablo de Puerto Rico de alguna forma, y yo siento que eso es político, sobre todo en la situación que vivimos como país. Por eso me siento súper orgullosa de aportar a esta tradición del cartel que tiene el Festival de CLARIDAD”, aseguró entre viejas ediciones del semanario y cuadros alusivos al Grito de Lares.

Colón Noriega asocia sus inicios con La Ofensiva con la reciente participación en el festival porque supone como un regreso al principio. Para la artista emergente, ese “honor” se duplica en el marco de la dedicatoria a Eró y Morales.

Blanca y Jacobo serán los homenajeados el primer día del Festival de Apoyo a CLARIDAD

“Que se lo dediquen a Jacobo y a Blanca, que son personas que han trabajado por el cine, el teatro y la cultura puertorriqueña, me hace sentir afín con seguir apostando a lo de aquí… Me fui más por la línea del cine con este cartel. Estuve estudiando sus películas, su trayectoria en el cine, Lo que le pasó a Santiago, la única película puertorriqueña nominada a un Oscar, y terminé incluyendo elementos del cine”, elaboró.

Tras “un montón de bocetos” en los que “escupía” las imágenes que se le ocurrían, la serigrafista las fue filtrando hasta dar con el boleto, el carrete y otros símbolos clásicos. Optó por estas imágenes, explicó, porque Eró y Morales fungen como figuras pioneras que abrieron camino en el cine puertorriqueño.

“Si muchos y muchas tienen la oportunidad de hacer cine o arte, específicamente en lo visual, es gracias a personas como estas. Lo mismo siento con lo que hago, es gracias a esos artistas que han abierto puertas como Lorenzo (Homar), (Nelson) Sambolín. Me inspiro bastante en la gráfica tradicional, y eso pasa en todo… Me gustaría continuar aportando a ese arte puertorriqueño”, añadió.

Colón Noriega prefiere crear sus piezas pensando en la gente. Aunque reconoce las ansias por ver su arte colgado en algún museo, cree que el arte debe estar primero con las personas a quienes transmite su mensaje. Cuando le preguntamos cómo describiría su propio estilo, admitió no saber, a pesar de querer siempre vivir del arte y por el arte.

“Reconozco la trayectoria e importancia del Festival de CLARIDAD por darle espacio a artistas que tienen una trayectoria o emergentes, tanto en lo visual como en lo musical, como en la Tarima Estrella, que le dan oportunidad a nuevos músicos y músicas, y que también haya un espacio de reunión para diferentes organizaciones que pueden recaudar fondos allí. Reconozco la importancia de promover la lucha y el arte”, concluyó.

 

 

 

 

 

 

 

 

Espejo de artistas-Una agradable sensación de chiringa sin rabo

Improvisación sobre triángulo.2026.Medio mixto. 32″x20″

 

Mariantonia Ordóñez

Pienso que mi trabajo ha sido principalmente una búsqueda de identidad. Dos preocupaciones aparentemente contradictorias han sido el hilo conductor de esa búsqueda. El misterio y la mística de lo propiamente femenino,  la parafernalia que lo rodea, el modo en que nos vestimos y adornamos; y a la vez la necesidad de entender y expresar la angustia de ser una persona, quien además es mujer, en el contexto de una sociedad patriarcal. 

Para verte mejor 2019. Tinta y pastel sobre gliceé 31″ x 23″

Aún vestidas, mis mujeres tienen ropas transparentes que muestran su desnudez. Pienso que esos semidesnudos, más que un elemento erótico, insisten en mostrar que somos mujer y somos persona. Además, nunca pude decidir qué me daba más placer, si dibujar los pliegues de un desnudo o los de un vestido transparente.

Dama con perros 1998. Carbón y tinta 22″ x22″ Fotos suministradas

En la vida, nuestras profundidades y nuestras llanezas tienen necesariamente que coexistir y así se manifiestan en mi trabajo. No creo en la autocensura, la cual resulta en una cosa superficial y unidimensional. De modo que en mi trabajo comparten el mismo espacio lo doloroso, lo cotidiano y mi sentido del humor. 

Butoh azul 2019. Tinta y pastel sobre glicée. 32 X 23 1/4

Comencé investigando figuras de poder femenino como reinas y santas ( (!) Ay, las estampitas religiosas ! ). Luego, el autorretrato y la figura solitaria un poco arquetípica. Poco a poco di paso a otras figuras en mi imagen. Exploré mi relación con los hombres y sobre todo mi relación con otras mujeres. Y entonces entró a mi imagen la tribu femenina, donde dejé de ser yo para ser las otras. 

En cuanto a la técnica, soy dibujante. He explorado casi todos los otros medios, pero me identifico como dibujante. Lo hago sobre diferentes soportes, principalmente papel, pero a veces plexiglás, madera y dibujo digital. 

Luego de trabajar durante años con la figura humana, principalmente la femenina, ando experimentando con el abstracto. Confieso estar totalmente perdida y sin dirección, lo cual me da una agradable sensación de chiringa sin rabo, de abismo sin fondo, de no saber absolutamente nada. A la edad de los 73 años es un reflejo fiel de cómo me percibo ante la vida. 

Ser libres o ser colonizados

“Primer desembarco de Cristóbal Colón en América”, óleo de 1862 de Dióscoro Teófilo Puebla. Imagen: Tomada de historia.nationalgeographic.com

 

José Angel Telléz Villalón

 

No es ser incultos lo que nos hace esclavos. No es por tener cero cultura, pues todo ser humano, como sostiene Ralph Linton, es “portador de una u otra cultura”. En esa cultura se configura su condición humana, y con esa “forma de vida” se distingue de los demás animales y de las cosas. No es por carecer de productos y signos de una determinada civilización, sino por una trabazón de su naturaleza. Pasa como que tener sed no es en rigor estar secos; solo están secos los muertos cadavéricos, sin espíritu y sin carne, sin razones ni emociones, sin conocimientos ni memorias; en definitiva, sin vida. La sed es la señal de no estar lo suficientemente embebidos, para que circulen los nutrientes y se reproduzcan las células, para que fluyan armoniosamente los sustratos y los sentidos de vivir.

Una roca se seca y sigue siendo roca, del agua no depende “persistir en su ser”. Las plantas, en cambio, necesitan del agua para sostener su entelequia; para que sobreviva la “idea” que estructura sus tejidos y que se reproduce con ellos. Para Aristóteles, el término entelecheia hace referencia a cierto estado o tipo de existencia en el que una cosa está trabajando activamente en sí misma. Es un trabajo activo hacia la consecución de un fin, intrínseco a la misma cosa, pero es también ese fin, ese estado en que la entidad ha realizado todas sus potencialidades, y por tanto, ha alcanzado la perfección.

El árbol es entelequia de la semilla y, a la vez,  es lo que impulsa a la semilla a crecer y convertirse en un árbol, con el objetivo de realizar todas sus potencialidades. La entelequia del árbol yace en la semilla y en cada flor, viaja en el polen hasta otra posibilidad de florecer y de dar frutos; para estructurar la misma “idea” en otras combinaciones.

Nada transforma más que la muerte, que es la pérdida de la entelequia en los objetos que tienden al cambio. Si como dijera Otto Rank “el principal deseo del ser humano es perdurar, prosperar, encontrar algún tipo de inmortalidad”, nada aterra más, que esa extrema ruptura, que seca y pudre, en primer lugar, las relaciones. En primer lugar, las interacciones de ese ser vivo con los demás; incluida sus posibilidades de seguir enriqueciendo el paisaje, el cultural y el biológico.

Por ello, nada duele más que la pérdida de un miembro de la familia o de la comunidad. De ese que se nos hizo muy cercano, más profundo y más presente, por su fluir más allá del cuerpo, por embeber, con sus flores y sus frutos, nuestra espiritualidad. Ese cambio nos hace sentir más débiles y desprotegidos. La certeza de que algún día nos secaremos, como se está secando el ser querido, nos arranca unas lágrimas. Unas gotas de nuestro fluir; señales de esa entelequia que llamamos Humanismo, que es el encuentro del hombre en sí mismo, en su propia naturaleza.

Desde antaño, los objetos asociados a la “realidad eterna” han parecido más seguros, más protectores a ese cambio extremo que es la muerte, que es secarse hasta volverse polvo. Por tanto, han sido sobre-apreciados, significados y registrados con más valor que los objetos que tienden al cambio. Esto incluye su apreciación subjetiva, su valoración simbólica.

De ahí que los hombres más alejados de los cambios y de la muerte, más posibilitados de pensar y de acumular ese privilegio, calcularan los beneficios de rodearse de estos objetos asociados a “lo eterno”. Se apropiaron de los recursos más alejados de la corrosión y del deterioro, ornaron su cuerpo y sus palacios con minerales como el oro y la plata, de piedras como la esmeralda y el diamante. Y los mandaron a pulir, para que sumaran a ese valor de parecer eternos, la aureola celestial, un brillo que los relacionara con el Astro rey, con el cielo y lo “divino”. Los más poderosos, por acumular esos objetos, con más signos de superioridad y con más privilegios para hacer nuevos cálculos, estimaron la ventaja de vivir más altos, en las colinas. Allá arriba construyeron sus palacios. No solo más seguros frente a los ataques de sus rivales, sino también más cerca del cielo, del “todo poderoso” y de sus significaciones. Para sumar al orden que aseguraba sus privilegios, la “corona” de ser “orden de Dios”, para ser eternamente así; “por los siglos de los siglos, amén”.

Desde esa altura bajaron a los hombres a la entelequia animal, del hambre y la competencia. Desde ese poder simbólico naturalizaron la lógica económica del provecho máximo, obtenido con el esfuerzo mínimo. Instauraron el imperio de la entelequia egoísta del “sálvese quien pueda” y del todo(s) tiene(n) su precio. Esa es la filosofía del imperialismo y de su deriva fascista. Una filosofía que ignora el amor cristiano y la existencia como caridad, que llega a la apoteosis con Nietzsche, con su: “Perezcan los débiles y los fracasados; primer sentimiento de nuestro amor al hombre. Y aún hay que ayudarles a desaparecer”.

Desde siempre, combinaron su dominación militar y económica con la dominación simbólica; a la colonización de los territorios, la de las mentes. Su poderío fue también su capacidad de asignarle valor simbólico a los objetos y a los actos de los hombres; de significar como “superior” sus propias normas y sus ordenamientos, su “idea” de estructurar y hacer funcionar al mundo, su falsa entelequia. Una falsa “idea de persistencia” que fluye por las ramificaciones de las relaciones sociales, a través de la triada cultural: símbolo-mito-tradición.

Se han dado así, por siglos, asimétricas disputas entre unos símbolos y otros, entre una articulación de estos en ciertos relatos místicos y otra articulación en relatos distintos. La instauración de determinada progresión histórica de esos símbolos y mitos, en las tradiciones que les interesan a los poderosos, y la anulación de otras progresiones y jerarquizaciones en mitos y tradiciones contrarias a esas que ponen en riesgo sus privilegios. Se informa en todos los campos el ¿quién gana a quién?, si los que instauran ciertos movimientos de la libertad y de la historia, para que todo siga igual, o los que se resisten con otros movimientos y con otra inspiración.

“Primer desembarco de Cristóbal Colón en América”, óleo de 1862 de Dióscoro Teófilo Puebla. Imagen: Tomada de historia.nationalgeographic.com

Eso pasó por estos lares, con el “encontronazo” iniciado en 1492, entre los que habían llegado por los cauces de la naturaleza y los que lo hicieron por las rutas del puro cálculo a encubrir, santificando, la arquitectura de su intereses. Entre los arawacos, que llegaron desde el trópico continental, en el sentido del Sol, y los que desde la gélida Iberia, en el sentido del poder, siguiendo el brillo de su símbolo metálico. Entre los que completaban su ciclo cósmico al fluir por las expansiones de esa gran ceiba derribada por los héroes mellizos Yoí Ipi que es el gran río Amazonas, y los que, al mando del Almirante Cristóbal Colón, se encaminaron “al Levante por el Poniente”, por la quimera del oro de Cipango, mencionado por Marco Polo en El libro de las maravillas.

Aquello fue inicio de la reificación de los colonizados, en nombre de la evangelización. De la instauración, mediante un régimen despótico y excluyente, de una “extelequia” colonizadora. La que perdura cinco siglos después en un desarrollismo concebido como acumulación de signos de civilización, sintetizado en la disyuntiva: “civilización o barbarie”.

Si para Kant ser libres es no ser una cosa, si como define en su introducción de su Doctrina de la Virtud, “cosa” es un “objeto del libre albedrío carente él mismo de libertad” y “persona” es el sujeto que no está sometido a otras leyes más que las que se da a sí mismo (bien sola o, al menos, junto con otras); lo que hace el colonizador es cosificar a las personas despojándolas de su “libertad interna”; prohibiéndole el “deber interno del hombre” que como “ser moral” consiste en “la concordancia de las máximas de su voluntad con la dignidad del hombre en su persona”. O para decirlo según la metáfora martiana de libertad, secándole su “brotación”, mutilándolos con una lógica de castas, de gradaciones, según los signos de las pieles.

Para Kant, ser libre no es ser una cosa sino una persona, es ser un sujeto no un objeto de la libertad. Imagen: Tomada de ediciones sigueme.es

Así, consigue extraviarlos, como diría Hegel, en “los fines limitados de la necesidad exterior”. Con unas operaciones, los enclaustra en los límites ordinarios del hambre biológica, de la existencia como economía. Y con otras, les mutila la sed por el goce estético, desinteresado, de crear y cultivar su propia naturaleza, de expresarla en nuevas expansiones. Les secan el sentimiento de su dignidad y el amor por la virtud.

Para Kant, ser libre no es ser una cosa sino una persona, es ser un sujeto no un objeto de la libertad. Imagen: Tomada de ediciones sigueme.es

Como apunta Martí en el No 18 de sus Cuadernos de notas, en respuesta a ciertas ideas de Kant y Spencer: “La perfección de un órgano no puede estar más que en su educación al objeto para que existe”. Para Martí lo imperfecto de esta separación, de una existencia que desligue el desarrollo en el cuerpo y en el espíritu de este objeto por el que existe radica en que en ella “apenas hay unos cuantos momentos de dicha absoluta, dicha pura, que son los de pleno desinterés, los de confusión del hombre con la naturaleza”. Cuando, al decir de Emerson, “pierde el hombre el sentido de sí, y se transfunde en el mundo”.

Solo con el cultivo del espíritu y de sus ramificaciones en el cuerpo, con la “confusión del hombre con la naturaleza” según el objeto del pleno desinterés, con la pérdida del “sentido de sí” y su transfusión en el mundo, florece la entelequia del ser humano fraternal. Solo así este alcanza ese estado en que puede realizar todas sus potencialidades y, por tanto, alcanzar la perfección. Un perfeccionamiento que solo se expresa, conforme al destino de su propia naturaleza, mediante su formación interior de vida, mediante el cultivo de su existencia espiritual.

“La educación es el único modo de salvarse de la esclavitud”, defendía nuestro Apóstol. Sin sed por la belleza y por la verdad, sin una cultura que embeba su entelequia, que lo conecte con “toda la obra humana que le ha antecedido” y lo ponga “al nivel de su tiempo, para que flote sobre él”, se hace polvo la posibilidad de corresponder amorosamente, de enriquecer, con sus florecimientos, la “idea” de expandirse en todos, haciendo el bien a todos. Sin orgullo por su cultura propia, no podría el “hombre nuevo” de Nuestra América pensar con más luz, abrazados y sonrientes, bajo las “robustas y copiosas ramas” del “árbol del amor”.

Cuando Martí dice que ser cultos es el único modo de ser libres, afirma que es el único modo de expresar su naturaleza humana, con todos los grados de libertad; dentro de su cuerpo/espíritu y más allá. Sujetos solo por esa idea de floración, de prodigarse como el fruto más complejo de la diversidad del universo. Ser cultos y prósperos es el único modo de que una persona pueda “trabajar activamente en sí misma”, para que se afiance en sí su “libertad interna” y pueda librarse de ser una cosa, “un instrumento de su propia destrucción” (dixi Bolívar). Por eso antepone al “pensar por sí propio”, el hábito de trabajar también por sí, colaborando con la obra común. “La libertad es fruta dulcísima: es la fruta del árbol del trabajo”. “La libertad es la atmósfera, y el trabajo es la sangre. Aquella es amplia y generosa: sea ésta benéfica y activa”.

El colonizador extirpa o atrofia en los subordinados esa capacidad/distinción de producir una energía extra para generar un cambio en la estructura de combinaciones que se les presenta como “natural”, “de Dios” y “única posible”. Implanta la “superioridad” de su falsa entelequia, suplantando las motivaciones de florecer por las urgencias de sobrevivir en el árido ordenamiento que instaura, mediante premios y castigos, estigmas y etiquetas.

El colonizado se sacia con la “ex-telequia” que valora “superior”, mientras que la suya se vuelve roca, tierra para cultivar esa “extraña” que termina sintiendo “suya”. Ya seca su sed de conocimientos y de nuevos descubrimientos, se le hace polvo toda motivación a enriquecer las posibilidades de nuevas expresiones, para ramificarse en las alternativas de aportar a los demás y de hacer más rico y profundo el paisaje social. Se siente más seguro, al petrificar sus expresiones de cambio, al remojarse con las expresiones “eternas” y “brillantes” del colonizador. Anhela sus signos para sentirse en el mundo. Y no le brota una sola lágrima por ello.

 

Reproducido de  www.lajiribilla.cu. De la columna a Contraluz Martiana.