Inicio Blog Página 24

No he podido no ser la que soy

Especial para En Rojo

 

En los últimos días he estado un poco más enfocada e introspectiva de lo habitual. He hablado con el psicoanalista y he repasado, hasta donde alcanza la memoria, los primeros años de mi infancia —apenas tengo 41 años—.

Ya sé que dicen que quien busca en yaguas viejas encuentra cucarachas, pero, francamente, no me asusta. No es que quiera dármelas de valiente (todavía me da miedo la oscuridad); más bien prefiero no andar de fugitiva. También sé que la memoria no es una copia fiel del pasado, que recordar es reconstruir, o volver a pasar por el corazón. De todas formas, no deja de sorprenderme la claridad con que se me presentan algunas de esas reconstrucciones.

De los cuatro a los nueve años tengo recuerdos muy vivos. No son lineales, por supuesto, sino fragmentarios, como estampas o instantáneas que acostumbro a frecuentar; a veces para asegurarme de que sigan ahí, y otras, como en estos días, por si me muestran algo diferente; algo que antes quizá hubiera obviado.

Para identificar la edad que tenía en algunos de esos recuerdos, uso las fechas en que se me empezó a morir la gente. Suena terrible, lo sé, pero la verdad es que me sirve para ubicarme mejor en el tiempo.

Acaso por eso, sabiendo que la vida la mido en lo que me falta, ando indagando en mí. Procuro estar atenta y dispuesta a identificar algún deseo alienado, alguno que no fuera verdaderamente mío, pero que yo haya actuado como propio. Pudiera ser que en ello radique el origen de nuestros sufrimientos. Si una se ofusca, termina construyéndose una vida a base del deseo ajeno. Del deseo de los padres. De la pareja. De los amigos y hasta del mercado.

Consciente de esa amenaza constante, invoco ahora los recuerdos de aquella nena que fui; de la Zahira chiquita que obedeció y que también desobedeció —muchas veces como pudo; otras como le convino— para obedecer a sus propios deseos. Y la veo a los cuatro y a los cinco, brincando la verja para casa de su abuela, con un bolso apretado al pecho, lleno de libros de cuentos que ella misma empacó aunque todavía no sabía leer. Pero es que eran tan bonitos… un montoncito bonito.

Y también la recuerdo señalando la escuela a la que pedía ir cuando pasaba frente a ella en el carro con sus papás. Allí fue donde después empezó el pre-kinder y donde jamás cogió la siesta por estar pendiente de aquellos libros flacos en los que cada día iría aprendiendo a reconocer el sonido de las letras y el sentido de sus palabras. De vez en cuando, al regresar del baño, encontraba niños merodeando la mochila. El día en que finalmente se la abrieron, se preparó para defender lo suyo, hasta que el nuevo amigo, con uno de los libros en la mano, le confesó que «solo quería verlos». Ya en primer grado, la maestra llamó para pedir que le revisaran el bulto a la niña: Simbad el marino no estaba en el currículo, Los viajes de Gulliver tampoco. ¿Dónde estaba la cartilla fonética? Hubiese deseado contar aquí  que a la hora del recreo la intercambié por aquellos libros «prohibidos», pero la verdad es que la había dejado en casa de abuela por estar practicando con ella el «Mi mamá me mima».

Mi afán nunca fue ser la primera en la clase ni demostrar cuántas cosas sabía (eso todavía me produce una rara vergüenza), pero cierro los ojos y me veo un Día de Logros vestida de pollito desfilando por el pasillo de un teatro lleno de padres orgullosos. Me acuerdo que me daba alegría la alegría de los otros y que siempre fui yo mi mayor contrincante.

Una tarde en que bajábamos la cuesta de Guajataca —debió haber sido a finales de noviembre de 1989, porque veníamos de regreso del Hospital de Veteranos, donde mi abuelo materno moriría el 3 de diciembre—, mi papá me escuchó cantar la primera canción que compuse. Se llamaba «Los pajaritos vuelan».  Nada sorprendente; los niños hacen esas cosas. Sin embargo, lo que sí me sorprende es recordar que aquella perogrullada melódica surgió de la necesidad que sentí de consolar a mi madre. Busqué maneras en mi mente, palabras, formas para decirle algo. Como no bastó, entonces miré por la ventana y ante aquel paisaje inmenso le canté bajito que los pajaritos volaban. Abuelo Robert no haría otra cosa.

A veces pienso que, como la muerte tiene sus clichés, quizá ya estaba de moda desearle al muerto que volara alto y que de ahí viniera mi ocurrencia. Pero qué más da, lo que me importa de este recuerdo es que me muestra que no he podido no ser la que soy. Sé que traduzco la realidad para poder soportarla. Lo demás ha sido accidente, consecuencia y también necesidad.

Ya adulta, cuando me recomendaron un perro de servicio, me inventé tres: Jonás, Apocalipsis y Aristóteles. Ni se van ni me esperan. Siempre están. Jonás habita conmigo en el silencio del vientre de la ballena; él ya no huye, y yo espero en su compañía a que bajen las mareas. Con Apocalipsis practico el rigor de los puntos finales, mientras que con Aristóteles calibro el peso de mis asombros. Ellos custodian mi propia verdad.

Mi deseo no ha sido nunca moneda de cambio ni un acto fingido. Lo mío no es un deseo prestado; es el de la nena que se aprieta los libros al pecho porque son su refugio, no su medalla. Así que alzo bandera —no roja, sino rojo clarito—, por si el psicoanálisis insistiera en confundir la gimnasia con la magnesia. No permitiré que me despoje de lo único que con certeza reconozco como verdaderamente mío.

 

 

 

 

 

 

Interpretación de la cabeza de Milton Rua

Exposición de Serrano

 

 

 

 

Hace muchos años, el escultor Pablo Serrano hizo un busto de mi abuelo. Habían sido amigos. Mentira: habían sido amigos, pero no hizo un busto propiamente, sino su cabeza.

Similar a las muchas otras cabezas de Serrano (la de Rubén Darío, casualmente, persiste en el parque homólogo a media cuadra de casa de mis padres, parque del árbol que mis hijos tantas veces han trepado, el que también persiste, ahora casi horizontal pero agarrado de raíces tras María, parque de la cabeza enorme del poeta cuyo ceño parece fruncirse aun más con cada cagada de paloma o lata de refresco que abandonan sobre el pedestal). La cabeza de mi abuelo, por contrario, no está a la intemperie. Y, aunque como otras de esa época pertenece a la serie de piezas subtituladas “interpretación al retrato de…” de las que hay varias de puertorriqueños allegados a Serrano, la de mi abuelo tiene una particularidad: esta cabeza se abre. Y yo ni me acuerdo de la primera vez que mis manos chiquitas la abrieron, de tantas veces que lo he hecho, los dedos hurgando en la ranura difícil y halando la puerta pesada de su rostro para revelar la mano de mi abuelo bañada en bronce.

Yo crecí con esa cosa en mi entorno, con el peso de su gesto inmanente, con esa mano imposible que tantas veces agarró la mía y que aguardaba en esa bóveda imposible, la que tantas veces abrí. Ahora logro ver las conexiones entre esta pieza y los Hombres bóveda del artista (así como su serie anterior Bóveda para el hombre) pero de chiquita ni sabía ni me importaba nada de esto. Era sencillo: la cabeza de Abuelo abría y su mano saludaba desde adentro.

Serrano hizo cuatro de esos bustos-cabeza. Uno estuvo por muchos años en el apartamento de mis abuelos, otro en mi casa, uno más persiste en otra casa familiar; el cuarto viajó hasta Leningrado como parte de una exposición en el Ermitage y ahora reside en el museo Middelheim en Amberes.

A veces camino hacia la cabeza cuando estoy de visita en casa de mis padres. La abro. La mano está ahí, un molde recubierto en metal, ahí como siempre, a la espera. Si fuera de esa gente que se la pasa interpretando cosas, podría decir que esto parece símbolo, testamento, metonimia de lo atroz. El brillo obsceno estalla y grita desde el interior, burlándose con cada apertura de la lápida hermética y plomiza que lo cubre, esa que aún obedece al ábrete sésamo silente que yo recitaba de chiquita cuando me acercaba a ella. El meñique doblado (el meñique que él me decía que yo había heredado, doblado sólo un poco menos, sonriendo con un orgullo que sentí profundo aunque nunca lo entendí). Es una pieza extraña, desconcertante, innecesaria. Y absorbe todo lo que la rodea: se chupa el aire, imanta miradas, convence a quien sea de que ése que está ahí tiene la razón. En uno de esos abrires quise trazar las curvas y rayas y montes de esa mano, como lo había hecho tantas veces antes. Pero no pude. No la toqué: por primera vez, no me atrevía. En visitas subsiguientes no tuve ese problema.

Cierro la bóveda. La mano sigue ahí, pulsando, ahogando un susurro que no sé de dónde viene y que a veces he querido repetir.

De Serrano hay cuatro piezas más en la casa de mis padres. Como yo, mis hijos han crecido con estas formas y sombras sin prestarles mucha atención. En la terraza están los dos bustos de Betances y de Baldorioty; en la sala, la Familia de Carlos IV y una Bóveda para el hombre que me parece lo más bello que haya creado este escultor.

En estas piezas Serrano logra captar los rasgos intangibles de lo que podría considerarse espíritu, para labrarlos y posarlos y empujarlos y sembrarlos y rasgarlos en la superficie espesa, para convertirlos en cosa, para revelarlos como lo que siempre han sido. Con mi abuelo lo hace con los cachetes y los ojos. Igual con el acantilado que baja por los pómulos de Betances, y con ojos de Baldorioty, que brotan como yunta.

Las manos de Serrano torcieron y exprimieron y apiñaron y rasgaron, y ahí sigue ese peso de esos hombres, la cosa que fueron, aun en el caso de un hombre que no fue prócer y cuya frente y mano siguen rigiendo tras tumba de metal.

En las descripciones de catálogo de museo se le subtitula “Interpretación al retrato de Milton Rúa”. Pero recién descubrí su título oficial. Serrano le puso “Mano y cerebro”.

 

Claro de poesía- Ya suenan las trompetas 

 

 

 

 

Marcos Pérez Ramírez (La Habana, 1971) empezó a publicar su poesía en revistas puertorriqueñas de los años noventa. También publicó algunos textos poéticos en el En Rojo y uno en la Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (Ciudad de México, 1997). En esos años también coeditó, junto a Pedro Cabiya, la separata Aire, que aparecía entre las páginas de este suplemento. En Alejandría (San Juan, 2005), que recoge su producción de ese período, apuesta por un surrealismo de a pie, como lo imaginaran Matos Paoli, José María Lima y Ángela María Dávila. Es notable la continuidad entre el acento de su nueva producción, surgida después de un silencio editorial de veinte años, y el que había consolidado en su obra anterior. En los inéditos que compartimos se aprecia la misma mirada puntillosa a los elementos de la fortuna, el asedio a la pasividad de la acomodación y el convite a echar a un lado la perplejidad para empezar a advertir el asombro.

 

Monarcas 

¿Quién incendió el cielo
y ahora saltan chispas de fuego?
¿Quién vertió tanta hoja anaranjada
para que se las lleve el viento?
¿Cuántos rayos de luz ganará la mirada?
No tengo respuestas
solo asombro y desvelo
por la belleza de este cálido vuelo
que me abrasa
el deseo
de ir
para regresar
ida por vuelta
de las temporadas
y ese mismo cielo
que nunca me abandona.

Ingenio

Te inventé desde la ausencia
apenas me dio tiempo
cuando nunca fuimos
caminando entre la gente
fingiendo ser sombras y apariencias
en un juego de mosaicos
que la luz no pudo romper
¿entonces qué?

Si acaso un pájaro que ya pasó
una conversación postergada
porque realmente no sé qué ha pasado
que todo pasó
y ahora el viento no es otro respiro
ni un deseo
ni un tiempo.
Nada.

Me pesa la carne. Ya suenan las trompetas
y nadie está en el punto de partida.

Mejor perdido que dar a conocer.

En las sombras soy muchos.
En las sombras soy más.

5 pesos

Vino caminando a paso lento
con la mirada caída.

Tocó la ventanilla de mi carro con disimulo.

Aún su cabeza en pos del suelo.

Agitando un vaso de cartón
me pidió dinero.

Lo miré a los ojos.

-Papá, no tengo cambio-, le dije.

Súbito recordé
que tenía algo en la cartera.

– ¡Bródel! ¡Mira, mira! Ven acá.

Y ahí estaba otra vez.
Con mirada alta
preludio a la felicidad.

-Toma. No es mucho,
por favor cómprate algo de comer, quise decir.

Entonces su sonrisa
que nunca me abandona.

El brillo de sus ojos negros, de su sonrisa perfecta
-si no fuera por ese espacio entre sus dientes- su piel y afro ajado.

Su sonrisa fue mía
pero no duró mucho.

Abrí la cartera
y constaté
que regalé
el poco dinero que tenía.

Ante tanta porfía no me quedó sino llorar
dejar salir lo que sentía
un sentido de abandono y rencor
por la suerte
que a ambos nos desafía.

Que yo pueda ocupar su lugar, en cualquier momento,
que la injusticia nos había levantado un monumento
casi imposible de derribar
y que solo es posible derrotar si sabemos amar, si sabemos dar.

Hato Rey 

Para Luis Maldonado, por sus poemas anaranjados.

¿Quién derramó todas esas naranjas en el horizonte?
Todo anaranjado
y los puentes
son perfectos
en sus juegos que derraman sombras
aquel caserío ámbar
es la punta del deseo del sol
y los bancos parecen inofensivos
cuando una grúa se levanta
como una plegaria al cielo
ante las estaciones del tren vacías
y uno que otro chango desaparece
en el resplandor
del barrio La Cerámica.

 

 

Colar café

 

Ana María Fuster Lavín

 

el café danza
su aroma abrazado al salitre
invitándonos a un amor en calma
para sobrellevar otro recorrido
enrutinado al tedio, o a la suerte

igual, en las mañanas
degusto la sagrada cafeína
sobre la marea del periódico
de una vida robada
de un asilo para la paciencia
o una ofrenda
a esos espíritus que me revelan
cada madrugada el misterio
de nuestra resistencia

escucho sus voces
me invocan
respiro, obedezco, transcribo
–el duelo me devolvió la vista–

las emociones se empoderan
luchan con las metáforas
con lo que creímos vivir
y las piruetas del destino,
si este es posible en un territorio
colonizado, asimilado, enmudecido
sea llamado familia o patria

no siempre fui tan trágica
tampoco tan ecuánime
soy metódica desordenada
sistemática y ecléctica
rabiosa introvertida
solitaria multitud

fui aquella niña perdida
que huyó de su enjambre doméstico
también aquella mujer
que se asiló en ­­­­­recuerdos
y acurrucada a la noche
saltó al abismo de sus miedos

–la orfandad me devolvió las pisadas–
es hora de colar otro café
y brindar junto al mar
antes de cerrar mi libro

 

La presencia escénica de Josh O’Connor

 

 

En Rojo

En la excelente serie británica “The Crown” (2016-2023), sus seguidorxs descubrimos a Josh O’Connor en las temporadas 3 y 4 cuando interpretaba al príncipe Charles como un joven intentando encontrar su propia personalidad y significado dentro de su herencia ante la constante vigilancia y presión de la Reina y de “The Crown”. Interpretó al heredero de la corona inglesa con gran sencillez y ternura. Estas dos cualidades son las que O’Connor sigue llevando a todas sus interpretaciones. En 2021, fue parte del elenco del hermoso y doloroso Mothering Sunday (dir. Eva Husson) en compañía de Olivia Colman, Colin Firth, Odessa Young y Glenda Jackson. En 2023 protagonizó la extraña La Chimera (dir. Alice Rohrwacher) y en Lee (dir. Ellen Kuras), sobre la periodista de guerra, Lee Miller (Kate Winslet), se reveló como su fiel amigo en tiempos tan difíciles. 2025 coincidió con el estreno de cuatro de sus filmes: la irónica The Mastermind, la detectivesca Wake Up Dead Man donde comparte el escenario con Daniel Craig y Josh Brolin, Rebuilding y The History of Sound, con Paul Mescal. Este junio 2026, O’Connor protagoniza el filme de Steven Spielberg, Disclosure Day. Incluyo en la 1era parte de este escrito, mis comentarios de Mothering Sunday para luego reseñar dos de los filmes de Josh O’Connor de 2025, uno (The History of Sound) que se presenta como parte del Festival Internacional de Cine LGBTQ que comienza esta semana.

Mothering Sunday

2022; directora: Eva Husson; guionista: Alice Birch; autor: Graham Swift; cinematógrafo: Jamie Ramsey

Este filme es de uno de esos que clasifico como “must see”. Es un drama íntimo donde casi todo sucede en interiores y donde el diálogo es tan parco que encontramos más información en gestos y frases al parecer inconexas. Nos recuerda los contrastes de los silencios y los discursos confusos en The Lost Daughter (dir. Maggie Gyllenhaal, 2021). Pero también nos remite a la estructura social y clasista y la escritura dentro de la escritura de Atonement (dir. Joe Wright, 2007). Es la celebración de las madres y, como día especial, los señores de la casona/estate se reunirán con otras familias amigas para celebrar la próxima boda de dos de sus hijxs. Por eso, la joven Jane Fairchild (Odessa Young), quien es parte de la servidumbre, se prepara para un domingo de hacer lo que ella escoja y donde ella quiera.

Y mientras se da el encuentro entre Jane F y Paul Sherrington (Josh O’Connor), precisamente el joven en vía de casarse con Emma Hobday (Emma D’Arcy), la historia se mueve hacia adelante con una mujer comenzando su vida como escritora que cuestiona cómo expresar el pasado con distancia emocional y otra escritora vieja (Glenda Jackson), ganadora de múltiples premios (como el caso de Doris Lessing al enterarse de recibir el Nobel), que confunde los pasados lejanos y cercanos. Son escenas breves que detienen por unos momentos la intensidad del afecto (de parte de él) y amor (de parte de ella) para que el golpe de la separación no sea tan doloroso. Los amantes se reúnen en una casa vacía pero llena de objetos que sólo tienen significado para Paul y su familia. Entre tiempos, Jane F intenta construir otra relación sin superar la pérdida anterior. Godfrey Niven (Colin Firth) y Clarrie Niven (Olivia Colman) parecen haber olvidado la esencia y alegría de conversar para convertirse en dos seres tan tristes que no logran compartir ni siquiera la pena que llevan dentro. Y sin hacerlo tema de conversación, sentimos el vacío y el dolor que causa la pérdida de hijos que, en este caso, son los de la guerra, esa generación que cayó bajo el gas letal, las armas, las plagas, las trincheras, el frío y la lluvia de esa “gran guerra” del 1914 al 18 que nunca más iba a repetirse.

 

The History of Sound

Director:Oliver Hermanus; autor:y guionista Ben Shattuck; cinematógrafo: Alexander Dynan

Esta hermosa historia de la apreciación de dos jóvenes por la música oral, esa que inventan y cantan los poblados alejados de las ciudades, es + que nada una historia de amor: por la música, por las raíces desconocidas de esa música y letra, por el amor prohibido y deshumanizado de dos jóvenes con ansias de explorar el mundo a través de la historia oral de esa música. Esto significa adentrarse en lugares muy cerrados poblacional y culturalmente, hablar con extraños que pueden o no compartir su interés, alejarse de la tentación de dar a conocer lo que tanto protegen estas poblaciones. A pesar de sus diferencias de clase y localización, tanto Lionel Worthing (Paul Mescal) de los campos de Kentucky, como David White (Josh O’Connor) del sector privilegiado de Nueva Inglaterra, se conocen en el New England Conservatory por su interés en esa música folklórica que conocen por su oralidad aprendida de abuelos. A pesar de ser extraños, logran casi de inmediato una amistad basada en la confianza y todo lo que los une. La separación por reclutamiento militar de la 1era guerra y por asumir responsabilidades de una familia aislada no parece algo permanente, sino una pausa en sus desarrollos personales. Pero sí son cambios radicales que cerrarán las vías de comunicación que existieron antes. No hay confrontaciones, solo el sentido de pérdida en el presente y la recuperación de un posible sueño hecho realidad basada en la memoria.

 

Rebuilding

Director y autor: Max Walker-Silverman; cinematógrafo: Alfonso Herrera Salcedo.

El título abarca muy bien todas las etapas de esta historia: reconstruir la tierra, casa, propiedad perdida por fuegos (lo que no pudo hacer Robert Grainier en Train Dreams (dir. Clint Bentley, 2025); recordar y rescatar raíces familiares; crear nuevas relaciones con lxs + cercanos (hija, x esposa, suegra) y extraños que comparten la misma realidad despedazada. Dusty es un hombre buenazo, a pesar del uniforme de vaquero que exigen los alrededores, tiene gran respeto por los antepasados (que no son los originarios) que le legaron un pedazo de tierra, una casa que ha ido trabajando a pesar de los bajones económicos. Cuando contempla el espacio vacío donde una vez existió una casa habitada por seres que cuidaban de los suyos, Dusty rehúsa ver destrucción y cenizas. Para él—y los que lo ayudan—la tierra nunca se pierde, es vida que puede aparentar vacío, pero con dedicación, paciencia y tiempo, se puede revivir. Es con esa resolución que, junto a su pequeña hija, con el apoyo de su ex y suegra y trabajando en conjunto con otras familias que lo han perdido todo, se da la reconstrucción de Dusty y su entorno.