Meca en el reconocimiento que le hizo el Festival de Apoyo a CLARIDAD. Foto Johanna Emannuelli/Especial para CLARIDAD
Esa es la historia de muchas y muchos boricuas que como la persona que reconocemos hoy en este segundo día del quincuagésimo primer Festival de Apoyo a CLARIDAD, llevan la Patria en su caminar.
En esta ocasión se trata de América Sorrentini, mejor conocida como Meca. Mujer boricua, oriunda de Cabo Rojo, que estudió Psicología clínica en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, lugar donde conoció a su amado Jim Blaud, con quien se casó y copiloteó una avioneta Cesna 182 que piloteaba su esposo, geógrafo físico y cultural. Así emprendieron juntos algunos viajes por el Caribe.
Luego de varias otras paradas, Meca llegó a Chicago, donde su esposo, profesor universitario, enfrentó el despido en varias ocasiones por sus posturas políticas de avanzada. Mientras tanto Meca, apoyada por Jim, mantuvo su fiel militancia en el Partido Socialista Puertorriqueño y fue dirigente de la seccional de ese partido en Chicago, desde donde, por consiguiente, participó de las discusiones que en la década de 1970 llevaron al reconocimientos de esa organización política de que la nación puertorriqueña es UNA, esté aquí, en la diáspora o en el exilio.
Fue entonces cuando se acercaron nuevos años de represión política, en Puerto Rico y en Estados Unidos, con la intensificación de la persecución y el arresto de independentistas por el gobierno de EEUU.
Meca fue parte integral de la lucha contra el discrimen en EEUU que desde las entrañas del monstruo, diversas comunidades luchaban por mejorar sus condiciones de vida, incluyendo a la comunidad boricua, donde la batalla contra la discriminación racial fue y sigue siendo una constante. Meca fue clave en el trabajo conjunto y solidario con comunidades afrodescendientes, indigenistas y asiáticas en EEUU.
Meca es digno ejemplo de las valerosas mujeres boricuas independentistas que no han puesto excusa a ser fieles a sus principios, a su gente dondequiera que se encuentre, a su aspiración de un Puerto Rico libre e independiente, a la lucha por la equidad, a la defensa de nuestro suelo, mar y aire, a la defensa de nuestra cultura, a que la bandera puertorriqueña flote sola, -como aquí en el Festival-, donde también flotan las banderas de Lares y de Palestina, mujeres dispuestas a que se entone la verdadera letra del himno nacional de Puerto Rico, que no se nos olvide que fue la escrita en 1868 por otra de nuestras grandes mujeres, Lola Rodríguez de Tió.
Meca es una mujer profundamente solidaria.
Después de décadas regresó a su patria, donde su amado Jim quiso que reposaran sus restos. Aquí ha mantenido su afiliación al Movimiento Independentista Nacional Hostosiano y el empeño por el desarrollo del Fondo de Arte y Cultura de Puerto Rico, cuya sede es en Casa Sofia, en la calle Canals en Santurce. Ahí sigue activa Meca en estos tiempos, cargando con el mayor ánimo sus más de 8 décadas de vida comprometida con la integridad de su país, con su gente y en su Patria.
A ti Meca, desde esta tarima queremos agradecer tu constante y consistente solidaridad con el Periódico Claridad, el periódico de la Nación Puertorriqueña. El Comité Ejecutivo de Claridad y el equipo que trabaja día a día en la tarea del semanario, te estamos eternamente agradecidas y agradecidos. Infinitas gracias querida Meca!!!
51 Festival de Apoyo a Claridad 2026/Dedicatoria a América Sorrentini mejor conocida como MECA
Don Luis y Doña María en su casa en Yauco.
Foto de Beatriz Llenín
Especial para En Rojo
Ya se apagan las torres y los tanques donde nunca murió en sus labores ninguno de los dueños extranjeros.
[…]
Para nosotros quedan ese mar envenenado, estos campos baldíos, y los cuerpos desquiciados de los trabajadores sin aire para echar a andar la vida.
Nuestras son las necesidades que se pasan, y el corazón perplejo en la mendicidad, sin la tierra ni el mar para el trabajo.
(María de los Milagros Pérez Toro, fragmento de su poema “Para historia”, dedicado a Luis Pons Irizarry y los trabajadores petroquímicos)
Escribo en abril de 2026 durante otro episodio de las guerras del petróleo. Israel y Estados Unidos se abalanzan contra Irán en medio del prolongado genocidio palestino del que esos mismos capitalistas son responsables. La llamada “crisis de energía” global de los 1970, producida por las guerras en el “Medio Oriente,” condujo de manera decisiva al desmantelamiento y eventual cierre de la industria petroquímica en Puerto Rico. Hoy, el trumpismo, al servicio de los intereses corporativos de EE. UU. e Israel, toma el control de petroleras venezolanas y conduce otra guerra en aquella región del otro lado del mundo, cuyos efectos apuntan a más crisis energéticas a nivel global, con todo lo que ello conlleva. Se produce una crisis por la dependencia de combustibles fósiles para ofrecer soluciones con más dependencia de los mismos combustibles fósiles. La muerte sigue pagándole muy bien a las grandes firmas capitalistas. Aquí estamos, de nuevo, peor.
En Puerto Rico la historia de la electrificación del país está vinculada de manera profunda a la industria petroquímica. Ahora, nos asfixian las manos de las compañías privadas LUMA y Genera. A comienzos de 2026, aparece en Facebook una carta a Trump en la que un boricua le solicita reactivar las petroquímicas en Puerto Rico como parte de su plan de “grandeza americana”. El asunto se trae a colación en la televisión local. Sería un pésimo chiste si no fuera una obscena verdad. Sobre la industria petroquímica en Puerto Rico hay una sola cosa que decir: ¡justicia y reparaciones!
*
Los conocí por primera vez en un consultorio médico aledaño al Mayagüez Mall, donde me citaron. Don Luis Pons Irizarry, nacido en 1942 en Guayanilla, y doña María de los Milagros Pérez Toro, nacida en 1943 en Cabo Rojo, acudían a una cita médica en la mañana de un día de septiembre de 2025. A comienzos de abril de 2026, volvimos a vernos. Primero, en su hogar de tantas décadas en los montes de Yauco y luego, compartiendo el almuerzo de su menú preferido –bolitas de pescao con ensalada– en un restaurancito en la playa de Guayanilla, donde se crio don Luis.[1]
Ex obrero y líder sindical en la CORCO, así como autor de numerosos libros y luchador ambiental de varias batallas, incluida una exitosa contra la firma PPG, don Luis avasalla con sus cuentos en cadena, a medio camino entre líder agitador, locutor de radionovelas y cuentacuentos popular, con un timbre y un tono de voz en nítida correspondencia con su notable estatura. Su brocha de bigote –ahora canoso y más fino que en las fotos– aún impone un aire decimonónico a su rostro.
Mientras tanto, doña María de los Milagros, de voz transparente y perfecta pronunciación, cuyo cuerpo comunica una vida vivida con lo justo, se retiró como profesora de español de la Universidad Católica en Ponce, tiene un doctorado en Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras y ha publicado varios poemarios. Como fundadora de Casa Yaucana: TAINDEC (Taller de Investigación y Desarrollo Cultural), doña María ha sido la principal responsable de corregir los textos de don Luis y gestionar su publicación. “Somos un equipo”, dice, aunque debo reconocer que el protagonismo de don Luis en la historia que convocó nuestro encuentro –la lucha contra las petroquímicas en Guayanilla y Peñuelas– es indiscutible.
Antes de las petroquímicas, en el barrio Playa de Guayanilla nunca se vivió de espalda al mar. “Nos pasábamos en la playa, había competencias anuales de nado desde la orilla hasta la boya, la gente vivía de la pesca; esto es un barrio de pescadores. Yo de niño y muchacho me la pasaba metido en el agua pescando jueyes y langostas, que se podían coger así, con la mano” (don Luis me muestra su aún ágil movimiento). Ya desde finales de los 50, “la contaminación causada era tanta, que cuando las personas se bañaban en la playa de Guayanilla salían con manchas de petróleo en el cuerpo” (Contaminación 32). La hermosa bahía se convirtió en un caldero mortífero para humanos y más que humanos. “Cuando los barcos petroleros desconectaban y conectaban las mangas, siempre caía petróleo al mar. El petróleo contaminaba tanto que toda la pesca de carne blanca, como el jurel y otros peces, se morían” (Contaminación, 23). “Había que ver cómo los peces aparecían boyando, inflados, en la superficie”, añade don Luis en vivo.[2]
Condenadas a tierra, las comunidades costeras de ese sur nuestro tampoco encontraron allí escapatoria alguna. Les perseguía a dondequiera la sentencia de muerte del capital ecocida. Si lo lograban, sobrevivían expuestas a una continua intoxicación por aire, suelo y agua subterránea. El riesgo –y el hecho– de explosiones, fuegos, electrocutaciones, amputaciones, pérdida de audición y desarrollo de condiciones cancerosas, respiratorias, neurológicas, psicoespiriturales eran constantes. Con firmeza, don Luis reclama:
Querían que después de tantas violaciones a nuestros derechos, tantos abusos contra nuestras familias, contra la tranquilidad, contra nuestra salud, contra la alegría de vivir, contra el Barrio Playa, contra el Pueblo de Guayanilla, contra el mar, contra los peces, contra nuestro aire, los aplaudiéramos y les dijéramos: ¡Qué buenos vecinos son ustedes! Cuando lo que debiéramos decirles es que eran unos abusadores, unos criminales y, más que eso, unos buenos cabrones que mientras nos estaban matando, desarrollaban el capital, la ganancia, para los dueños de la empresa que vivían en Norte América disfrutando, dándose buena vida, a costa de nuestros sufrimientos, nuestros dolores, preocupaciones y nuestras angustias y desesperaciones. (Memorias, 54)
Aunque no idealiza su niñez, caracterizada por el “terrorismo de la pobreza” (Lucha, 63), el líder obrero advierte el mortal engaño de la propaganda petroquímica de compañías que “la población de allá [en EE. UU.] no querían porque contaminaban mucho” (Lucha, 70) para contrarrestar dicha pobreza con “miles de empleos en el Sur de nuestro país” (Lucha, 70). Las cifras prometidas nunca se concretaron y los empleados puertorriqueños (independientemente de su preparación o el puesto que ocuparan) siempre ganaron menos que los que venían de EE. UU. (Lucha, 75).
Pese a la apariencia de explotación consumada sin más –incluso comunicada por las ruinas tóxicas aún elevadas en el valle antes precioso–, don Luis recuerda la resistencia con tenacidad. En Lucha en dos tiempos, cuenta la historia de la fundación y luchas de la Unión Independiente de la Industria Petroquímica de Puerto Rico (UIIP de PR) (79-100), en la que participó como co-fundador, vicepresidente y delegado en los 70. Aun con la represión contra obreros y uniones del sur y oeste (Lucha, 101-111) y los continuos intentos de soborno a personas clave, don Luis incluido, la UIIP de PR obtuvo logros importantes: “un aumento de salario de 66 centavos el primer año, para un total de 2.00 dólares en tres años, y otros aumentos económicos y beneficios marginales” (Lucha, 112).
Además, “mientras ejercía mis funciones sindicales, también dirigía un grupo de personas en la Playa de Guayanilla que combatíamos contra la contaminación proveniente de la PPG” (Lucha, 113). Esa lucha contra la PPG en Guayanilla, que comenzó a organizarse en noviembre de 1972, menos de un año después del establecimiento de la compañía, fue una de sus principales como organizador. Junto a la movilización en la calle, don Luis lideró la preparación comunitaria para interponer una exitosa demanda contra la PPG. Aunque modesta e incapaz de restaurar el bienestar y la salud perdidas, la compensación económica para las familias demandantes de los barrios costeros de Guayanilla constituye un gran triunfo en la historia de las luchas de los de abajo.[3]
*
Las “zonas de sacrificio”[4] en nuestro sur del sur (como mínimo, Guayama-Salinas y Peñuelas-Guayanilla) encarnan la externalización y ocultamiento de los daños ocasionados por la mortal combustión capitalista. Y aun allí, en “el vertedero de Puerto Rico” y en “la capital de la contaminación”, como señalan lideresas comunitarias de la zona, hemos sobrevivido, luchado, amado. Hemos nutrido memorias y escrito poesía. Si se contara la historia de Puerto Rico desde la interminable lista de acciones en la calle, gestas de movilización en todos los frentes y las catástrofes que con ello hemos logrado evitar, otra sería nuestra percepción sobre la capacidad política del país, otra la historia oficial de este rincón del mundo y otra la larguísima lista de nombres por reconocer.
Al terminar de almorzar en la playa de Guayanilla, mientras doña María me contestaba, “sí, soy feminista y el feminismo ha sido muy importante para mí” al preguntarle sobre su propia trayectoria política en el PSP y otros frentes, por las bocinas del restaurancito salió sonando a todo volumen “El niágara en bicicleta” de Juan Luis Guerra. Don Luis comenzó a dar pasos de baile que a nadie debían envidia. Mi madre, doña María y yo, su público, sonreímos de gusto. A nuestro Niágara, la bahía de Guayanilla envenenada que veíamos al fondo, la aplastaban varios tanqueros en la superficie. Algunos eran de gasolina; otros, creo que de gas metano. El desgobierno de turno lo llama “gas natural”. Lo daría todo porque el corazón del sur del sur, “perplejo en la mendicidad”, rozara su “alegría de vivir” en esto que escribo, como don Luis y doña María lo hicieron en la fugaz bicicleta de aquella mañana de primavera. ¡Justicia y reparaciones!
[1] Lo que sigue hilvana citas de nuestras conversaciones junto con otras de los siguientes libros de don Luis: Memorias ambientales (2022), Lucha en dos tiempos (2033) y Contaminación, desapariciones, muertes (2024).
[2] De hecho, la trágica desaparición de un grupo de pescadores que salió el 23 de septiembre de 1976 y nunca regresó –conmemorado hasta hoy por un monumento triangular en el barrio Playa–, debe adjudicarse, señala don Luis, a las compañías petroquímicas, pues la contaminación obligaba a los pescadores a salir cada vez más afuera en el mar.
[3] Ver los libros Contaminación, 72-76; Lucha, 114-15; y Memorias, 24-27.
[4] Así descritas por la antropóloga Hilda Lloréns.
San Juan (PUERTO RICO), 19/3/2026.-Conversatorio 𝐋𝐚 𝐦𝐢𝐫𝐚𝐝𝐚 𝐟𝐨𝐫𝐞𝐧𝐬𝐞. 𝐓𝐫𝐞𝐬 𝐜𝐫𝐢́𝐦𝐞𝐧𝐞𝐬 𝐚𝐫𝐪𝐮𝐢𝐭𝐞𝐜𝐭𝐨́𝐧𝐢𝐜𝐨𝐬, en la sede de Humanidades PR. Sobre el proyecto sonoro sobre diseños urbanos fallidos en Puerto Rico, del arquitecto Miguel Rodríguez-Casellas y del periodista Mario E. Roche Morales, moderado por Dalila Rodríguez Saavedra. HPR/Thais Llorca
Especial para En Rojo
En Puerto Rico por lo general se camina muy poco o al menos no con la frecuencia que quisiéramos. Una de las cosas que más me contenta es caminar. Me consta que no soy la única, pero sí somos minoría. Caminar a pie, reiteración que siempre me ha parecido graciosa, no está en nuestros hábitos culturales a menos que decididamente nos lo planteemos y actuemos. Cuando localicé el lugar donde quería establecerme, el primer requisito autoimpuesto era que no tuviera que manejar en auto para ir a comprar pan o papel higiénico. Había estado “engreída” (decían) por varios años sin necesidad de usar el carro para aprovechar el diario vivir. Soy enfática en ello, porque para mí guiar es una pérdida de tiempo a menos que al otro lado me espere una novedad o aventura. El andar es solo uno de los aspectos del caminar. Sabemos hoy que el ejercicio físico mejora efectivamente la concentración, la creatividad y la calidad de vida. Sin proponérselo mucho Aristóteles aplicaba hace más de dos mil años lo que los campos científicos, particularmente el de la neurociencia moderna, respalda. Es probable que por ello sus alumnos de la escuela Peripatética no solo aprendieran lógica o ética, sino también la forma de mirar el mundo mientras lo recorrían y observaban activamente.
Como hacemos todavía la minoría mientras caminamos hacia… la guagua. Lo desesperante es saber que en esta latitud habiendo ya una infraestructura de transportación pública primaria, al menos probada en la zona metropolitana, no se gestione hacia el nivel consecutivo de eficiencia y confiabilidad. Surgen amagos loables como la recién interconexión de la Ruta 55 de la Autoridad Metropolitana de Autobuses, que permite aproximarnos en colectivo a los municipios de Carolina, Loíza y Canóvanas. O la eliminación de tarifas por el uso del transporte, en transición a las esperadas mejoras. La confiabilidad de esa nueva ruta junto con las mejoras y permanencia de estas tienen que probarse. También nuestra voluntad de soltar el carro está entredicha. Aspiramos abarcar necesidades en varios frentes, pero exigir lo básico, que es la transportación colectiva, no puede aplazarse más. Es tan importante como la recuperación de los centros urbanos sin necesidad de fragmentar las unidades de vivienda para que solo las adquieran inversores que ni vida hacen entre nosotros.
Hace varios meses un par de investigadores puertorriqueños que trabajan temas relativos al urbanismo y la arquitectura concluyeron un proyecto sonoro tan singular como necesario, una prolongada e intermitente conversación a través del tiempo. La mirada forense. Tres crímenes arquitectónicos es un trabajo que bebe de las disciplinas humanísticas interdisciplinarias como la historia urbana, la arquitectura y el diseño de la planificación en beneficio de discutir abierta y profundamente cómo es que se han transformado los espacios comunes que habitamos. Ya sea desde la brega peatonal misma o desde la escucha del programa, la serie sugiere una intencionada evaluación de cómo es que el diseño (o la omisión) sumado a los intereses puntuales de una cadena de actores, así como la construcción y el desarrollismo han influenciado en el comportamiento ciudadano y relativiza cuáles han sido los resultados de las pasadas décadas.
¿Por qué hay que reclamar o visibilizar la ciudad de los crímenes no resueltos? ¿Qué relación directa tiene la práctica incisiva de la crítica cultural con nuestro porvenir como ciudadanos? El podcast con su propia seña de tonos histriónicos radiales y con reflexiones profundas del periodismo permite una escucha amena de crónicas breves basadas en un análisis sociohistórico y de observación contínua. ¿Qué pasó con aquella incipiente urbanidad propuesta en distintos momentos entre las décadas 70 y 80? ¿Por qué la transición hacia la vertiente suburbana se dio con tanta facilidad? Tanto el arquitecto Miguel Rodríguez Casellas como el periodista Mario Roche Morales elaboran sus “hipótesis” desde los respectivos peritajes teóricos que dominan y, por supuesto, desde la experiencia individual del flaneur. Administrada en cuatro episodios de treinta minutos cada uno, y a la tradición del film noir, los personajes de Beno y Eneido (¿versión criolla de la tira cómica Benitín y Eneas?) son dos seudo detectives que se dejarán caer por los recovecos fallidos del Escambrón, trazarán la lamentable historia expropiatoria de los cimientos de Ciudadela, incluida su zona verde complementaria del Parque de Santurce e investigarán lo que por décadas es el crimen “más emblemático”: la despoblación del casco urbano de Río Piedras y su incidencia en zonas aledañas con su consecuentes, y también paradójicos, tapones diarios.
Roche Morales y Rodríguez Casellas realizaron un ejercicio crítico sostenido, lo subrayo porque la dialéctica de los cuatro episodios sonoros, podemos acotar que tuvo su germen hace una docena de años tras una entrevista radial realizada por el periodista al arquitecto y cuyo trabajo de transcripción y cuidadosa edición posterior se recoge en el libro Los imprescindibles.Temas para entender el Puerto Rico de hoy (Callejón, 2014). La publicación fue subvencionada en gran parte por Humanidades Puerto Rico, organización dedicada al estudio crítico y práctico de la pluralidad de las disciplinas que comprenden las humanidades. Posteriormente La Fundación Derecho a la Cultura, bajo el liderado investigativo y programático de Roche Morales y Rodríguez Casellas, participó de la convocatoria regular de 2025 de Humanidades Puerto Rico y obtuvieron la subvención para los episodios, reiterándole de este modo el interés continuo en discutir la integración arquitectónica en relación con lo común, el paisaje y cómo encaja (o no) en el contexto de lo urbano. Le invito a que visite la sección de podcast de la página web Cosecha Cultural para que encuentre los episodios sonoros. Cada capítulo de la serie tiene una cuidadosa musicalización y alusiones tanto a la cultura popular puertorriqueña como a conceptos propios y relativos del cuerpo urbano y su cuestionable ordenación en nuestra ciudad.
Calce: En la imagen la periodista y directora del programa de Subvenciones de Humanidades Puerto Rico, Dalila Rodríguez Saavedra, dialoga con los investigadores Mario Roche Morales y Miguel Rodríguez Casellas. Foto por Thais Llorca, cortesía de Humanidades Puerto Rico.
La madrugada del sábado en el estadio Hiram Bithorn. La escena, a los ojos de cualquiera, podría parecer mínima. Pero en la distancia ondeaban dos banderas que no eran decoración: eran memoria, lucha, resistencia. De pronto se acerca una grúa, un contingente policial, y el viento mueve las telas con más fuerza, como si se resistieran a bajar. La bandera de Lares desaparece como si su historia estuviera escrita en un papel mojado por el tiempo. La bandera palestina baja del mástil con el cuerpo doblado, cargando la sangre de un pueblo acribillado. No llamaré “censura” aunque lo parezca. Prefiero describir lo que leí y vi. Me enteré el sábado por la página social de Claridad. Pero la Junta Directiva del periódico, quienes montaban tarimas, las personas que dormían sin saber que al amanecer faltarían dos símbolos… todos ellos vivieron otra cosa. Un gesto que parece pequeño, pero que abre una grieta. Mientras la bandera baja, pienso —sin querer pensarlo— que esto ya había pasado antes. No en la tradición de las oficinas gubernamentales de mantener junto a la bandera de Puerto Rico otra que representa subordinación y coloniaje. En las páginas de la prensa antigua. En los periódicos amarillentos y despedazados. Un silencio que se repite. Una omisión que regresa. Un atropello a la libertad de expresión.
Para entender lo que vi esa madrugada, tuve que buscar en otro lugar: en las páginas amarillentas del pasado.
Estoy en el archivo digital. El papel ya no huele a humedad, pero mis manos están sudadas de tanto mover el mouse. La vista cansada por el azul de la pantalla. Me topo con El Imparcial, junio de 1928. Busco “Palestina”. Encuentro ruinas. La nota dice que la tierra será visitada por “numerosas expediciones arqueológicas”. Habla de Rockefeller, de museos, de tumbas bíblicas, de sinagogas antiguas. No hay árabes. No hay conflicto. No hay política. Palestina es un museo. Una excavación. Un paisaje bíblico sin habitantes. La prensa comercial construye un país sin pueblo. Un territorio sin historia viva. Una geografía disponible para ser interpretada por otros. Me detengo. Pienso en la bandera bajada en el Bithorn. En cómo ciertos símbolos parecen no tener derecho a existir en el presente porque fueron borrados del pasado. Ese borrado del pasado tiene consecuencias en el presente: Palestina sufre un genocidio que muchas miradas también prefieren no ver.
Cambio de periódico. Unión Obrera, octubre de 1929. Ese título es lo que estaba buscando: “Contra la opresión colonial. Los acontecimientos de Palestina.” Aquí no hay ruinas. Aquí hay lucha. Leo que “las masas obreras árabes han sido empujadas a la lucha por la explotación política y económica del imperialismo”. Veo en sus líneas que “el sionismo es instrumento del imperialismo inglés”. Que la insurrección debe convertirse en “una verdadera revolución nacional”. La prensa obrera ve lo que la comercial no puede —o no quiere— ver: que Palestina es un territorio colonizado, que hay un pueblo que resiste, que la lucha no es religiosa sino política, que el imperialismo británico es la estructura que organiza la violencia. Aquí Palestina no es una ruina. Es sujeto. Es clase. Es un pueblo. Y Puerto Rico aparece en el subtexto, aunque no se mencione: la explotación, la administración extranjera, la lucha obrera, la soberanía como herida.
Avanzo en el archivo. Escribo “Palestina” en la barra de búsqueda. Aparece El Imparcial, mayo de 1936. La Gran Revuelta Árabe está en pleno apogeo. El lenguaje cambia. La ideología no. Los árabes son “revoltosos”, “pandillas”, “terroristas”. Los judíos son “colonos” que necesitan protección. Gran Bretaña es “árbitro”, “moderador”, “garante”. Leo que los árabes “han ido demasiado lejos”. Que los británicos “no han querido usar la violencia contra la violencia”. Observo en las líneas de la columna que la lucha es “enteramente estúpida” y que “Gran Bretaña nunca entregará Palestina”. La prensa comercial narra la resistencia como si fuera un problema de orden público. Se interpreta como si el Mandato Británico no fuera un régimen colonial. Se ve como si la violencia no fuera estructural sino étnica. Se percibe a Palestina como si fuera un territorio que necesita administración, no autodeterminación. La misma prensa que en 1928 veía ruinas, en 1936 ve disturbios. En ambos casos, no ve a los palestinos ni a las palestinas.
En esas columnas se pueden observar tres Palestinas. Una bíblica, arqueológica, vacía. Otra obrera, antiimperialista, sobre todo viva. Luego está la peligrosa, ingobernable, racializada. Tres imaginarios, distintos modos de interpretar silencios que se tocan. La prensa comercial borra. La prensa obrera revela. Y Claridad —hoy— hereda esa segunda tradición.
Bandera Palestina
Vuelvo a la madrugada del Bithorn. Al contingente policial cerca del metal vibrando. Las banderas descendiendo como cuando se arresta a un inocente. La bandera de Lares es otra historia que tengo presente. En este instante me preocupa Palestina. El comunicado de Claridad dice que bajar la bandera palestina es una violación a la libertad de expresión. Pero también es otra cosa: es la repetición de un gesto histórico. El eco de un silenciamiento que viene del pasado. La bandera bajada el sábado dialoga con la Palestina convertida en ruina por la prensa comercial en 1928. Se expresa con la Palestina convertida en amenaza en 1936. Alcanza su conversación más latente con la Palestina convertida en pueblo por la prensa obrera en 1929. La historia no es lineal. Es un archivo repleto de diálogos inconclusos. De silencios estratégicamente declarados. Representaciones que necesitan interpretación.
Pienso en el archivo digital. En las páginas que sostuve. En las palabras que todavía no han sido nombradas. En las gestas que sobrevivieron. Me detengo en la bandera bajada. En la mano que la bajó sin entender lo que cargaba. En las manos que la volverán a izar. Pienso en los niños y niñas de Gaza que siguen vivos entre los escombros. Escombros que también son ruinas habitadas por cuerpos —niños, niñas, mujeres, abuelos—, no vacías como las de El Imparcial en 1928. Las banderas no solo se levantan en los mástiles. También en la memoria, en la prensa obrera de 1929, en la vista cansada por la pantalla de mi computadora. En los silencios que decidimos romper. Palestina vuelve a subir cuando la nombramos, cuando la leemos en el archivo, cuando no aceptamos su silenciamiento en el presente. La bandera de Lares también.
El 22 de abril se celebra el 56 aniversario del día del planeta tierra. Gaylord Nelson, senador demócrata progresista del estado de Wisconsin junto a Denis Hayes son los propulsores de esta conmemoración que comenzó con un “teach-in” en miles de universidades a través de los Estados Unidos como una manera de hacer consciente a todxs los habitantes de este planeta de la importancia de cuidar nuestro aire, mares, cuerpos de tierra, fauna y flora tanto para conservarlos como para protegerlos. Este movimiento universitario de 1970 también estuvo ligado a detener el bombardeo de Camboya y Vietnam por el gobierno de Richard Nixon.
Quizá el peligro mayor de nuestro ambiente ha sido la explotación del petróleo, un recurso natural no renovable. Ante la adicción, al parecer sin remedio, de los individuos poseer autos y otras maquinarias y la riqueza imparable de los dueños de esos pozos de petróleo y, por lo tanto, el poder que ejercen en las economías mundiales parece imposible detener el deterioro de nuestra capa de ozono y los giros de temperaturas que desafían pronósticos y patrones. Si añadimos los desperdicios químicos y los materiales no desechables que contaminan todo nuestro medioambiente, además de la destrucción de aves, plantas, bosques, vida marina y silvestre por una población desenfrenada, la defensa de este planeta es un llamado urgente. No voy a comentar todos los reversos de las leyes aprobadas por la 1era y 2nda administración del innombrable aspirante a rey y Papa que ha decimado la Agencia de Protección Ambiental. Prefiero comentar varios filmes de ficción donde la propuesta para crear conciencia y ser proactivo son parte esencial de su narrativa.
El periodismo investigativo y los casos legales contra empresas y gobiernos que causan la mayoría de los daños al ambiente y los habitantes son las historias narradas en el cine de ficción. Comienzo con un filme que debe ser obligatorio cuando gobiernos y empresas celebran los incontables beneficios del poder nuclear. A pesar de haber agencias que se supone supervisen muy cuidadosamente estas plantas—al igual que cualquier inversión que genera tanto dinero—siempre hay un atajo/shortcut para burlar esas reglas. The China Syndrome de 1979, co-escrito y dirigido por James Bridges y protagonizado por Jack Lemmon, Jane Fonda y Michael Douglas, es la historia de una mujer periodista que se cansa de cubrir tan solo “asuntos de mujer” (lo que los periodistas llaman noticias blandas) y mientras cubre los supuestos beneficios de la energía nuclear es testigo de un accidente en la planta y decide entonces investigar el incidente. Vemos cómo niegan la verdad y cómo intimidan a trabajadores y a los propios periodistas para que no se haga público la noticia.
Silkwood de 1983, dirigido por Mike Nichols, co-escrito por Nora Ephron y protagonizado por Meryl Streep, vuelve a poner la mirilla en los peligros de la energía nuclear pero esta vez en el peligro a los trabajadores que bregan con plutonio. Nuevamente la empresa busca atajos para obtener la ganancia más grande posible aun poniendo en peligro la potencial contaminación de sus empleados. Cuando una de las trabajadoras, Karen Silkwood, decide investigar y luego denunciar esta ilegalidad, es amenazada y luego desaparecida. La historia se basa en hechos reales.
A Civil Action de 1998, escrito y dirigido por Steven Zaillian, basado en un libro de Jonathan Harr, y protagonizado por John Travolta y Robert Duvall plantea las acciones legales que una comunidad de bajo ingreso puede traer contra los dueños de una fábrica de cuero que ha contaminado el agua y como resultado ha causado enfermedades terminales como leucemia. Probar causa y efecto es muy difícil, especialmente si la parte demandada cuenta con poderosos abogados. Sabemos esto muy bien en Vieques con el desproporcionado nivel y casos de cáncer que la Marina y el gobierno de EU rehúsa aceptar como responsables.
Erin Brockovich del 2000, dirigido por Steven Soderbergh y basado en la vida de la mujer del título, interpretada por Julia Roberts, también se basa en una demanda que presenta una pequeña firma de abogados, donde Erin consigue trabajo como asistente legal y hace toda la investigación. Nuevamente es la contaminación del agua y sus consecuencias para la comunidad. Vemos cómo Erin logra persuadir a estas familias a no temer a las grandes empresas y luchar por el bienestar y la salud de su familia.
Syriana de 2005, dirigido por Stephen Gaghan y protagonizado por dos conocidos ambientalistas, George Clooney y Matt Damon, se basa en la codicia del petróleo que enriquece a un grupo privilegiado mientras mantiene a la gran mayoría de la población en la pobreza, o el subempleo, o la simple explotación de trabajadores y mujeres. Aquí, los inversionistas y dueños de las compañías estadounidenses que explotan estos yacimientos están dispuestos a sobornar, cometer perjurio, implicar a otros, violar todas las leyes para adueñarse de la mayor parte de la producción petrolera. El filme nos traza líneas que cubren un territorio sin límites de personas que se benefician del petróleo: los trabajadores migrantes, las familias gobernantes de estos países que siguen asegurando su riqueza a expensas de un pueblo mantenido en la pobreza y la supresión de la mujer; los pequeños negociantes que logran acomodarse con los grupos correctos y de pronto sus finanzas toman un vuelo inesperado.
Ya que mencioné a Matt Damon destacó 4 de sus filmes que plantean temas de preservación ambiental. Hereafter, de 2010 y dirigido por Clint Eastwood comienza con el tsunami que arrastró el Océano Indico el 26 de diciembre de 2004. Contagion de 2011 dirigido por Steven Soderbergh, sigue la trayectoria de los contagiados de un virus desconocido según los investigadores y contextualiza el comportamiento, las opiniones y decisiones de los familiares afectados, los administradores y oficiales de la salud, las agencias gubernamentales y los intereses neoliberales de las farmacéuticas. We Bought a Zoo, también de 2011 y dirigido por Cameron Crowe, es el intento de un padre viudo de relacionar a sus hijos con la naturaleza. Promised Land de 2012, dirigido por Gus Van Sant y co-escrito por Damon trata de un vendedor de una compañía de gas natural que se aprovecha de la precariedad económica de una comunidad para comprar terrenos y así extraer ese gas supuestamente limpio a través de fracking o fracturación hidráulica que contamina el agua en el proceso.
El original Avatar, de 2009, escrito y dirigido por James Cameron, es una mirada futurista a un tiempo y lugar que quedó protegido por la naturaleza a pesar de las armas destructivas del poder militar y empresarial utilizadas para dominarlo todo. A pesar de las amenazas y los ataques continuos, este filme es una celebración de los sentidos, de la fusión de colores, del verdor de los árboles milenarios, de la vida en comunidad, de la muerte como otra etapa de una existencia tan efímera como permanente ya sea en la tierra o en su regreso a su origen.
Termino con También la lluvia de 2010 y El olivo de 2016, ambos de la española Icíar Bollaín son historias que traen la realidad del deterioro y destrucción de nuestro medio ambiente en un mundo tan acelerado que no tiene tiempo de pensar en las consecuencias a largo plazo. En la 1era, Sebastián es un director que junto a su productor Costa han escogido filmar en Bolivia por los bajos costos de producción. El gran problema que surge es que el protagonista—un indígena de la región de Cochabamba—es también un activista por el derecho del pueblo al agua. Mientras empresas y gobierno quieren privatizar lo que debe ser libre para todos, Daniel organiza a la gente para reclamar lo que es suyo por derecho propio. En El olivo una joven se da a la tarea de rescatar un olivo milenario que su familia vendió para reinventarse como empresarios y dejar atrás ese mundo agrícola del abuelo.