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El mal de la financiarización de campañas electorales

La financiarización de las campañas electorales es un defecto de la democracia liberal. Se produce con ello una concatenación de prácticas políticos que desembocan en una mala gobernanza cuando los candidatos en las elecciones advienen el poder. Surge desde el poder el clientelismo político con jugosos contratos para favorecer a los que financiaron las campañas electorales. Y con el clientelismo político la corrupción en el gobierno. 

Una campaña electoral bajo el sistema capitalista es sumamente costosa. Se necesita mucho dinero para llevarse a cabo satisfactoriamente. Así, la política se convierte en un negocio. Y surgen los inversionistas políticos que cobran la inversión hecha en las campañas electorales con jugosos contratos cuando los candidatos a puestos gubernativos llegan al poder. Por eso no debe confundirse el término financiarización con financiación. La diferencia se debe a que describen dos fenómenos económicos completamente distintos. Mientras que la financiación es una herramienta práctica y positiva para conseguir dinero, la financiarización es una transformación estructural donde los mercados financieros dominan totalmente la economía y la política.

Nunca nos desharemos del clientelismo político y la concomitante corrupción en el gobierno  si no se erradica la financiarización de las campañas electorales en la democracia. Unas campañas electorales que requieren grandes financiadores, porque no es con la modesta contribución económica del elector promedio que verdaderamente se financian, anidan intrínsecamente la concomitancia de la corrupción.

Para comenzar a deshacerse de la corrupción que mina a los gobiernos hay que establecer un sistema financiación proveniente del Estado para las campañas electorales. Y que la financiación privada de las cuantías individuales se limite grandemente, prohibiendo los denominados Comités de Acción Política (PAC) que agrupan cuantiosas contribuciones financieras de capital empresarial o de empresarios del capitalismo en su carácter privado.  

El escándalo que se  ha desatado con el Secretario de la Gobernación, Francisco Domenech, y la renuncia de quien fuera el Secretario del Departamento de Desarrollo Económico y Comercio (DDEC), Sebastián Negrón Reichard, ahonda sus raíces precisamente en la financiarización política. Se trata de degradar la política a un mero negocio que opera mediante el clientelismo político y la otorgación de contratos desde las diferentes instancias del gobierno. Los tentáculos de la financiarización política se afincan dentro de la actual administración de gobierno a través de la firma de cabilderos Politank de la que era propietario el actual Secretario de la Gobernación.

Una situación escandalosa como esta se mitigaría si a cada partido político o candidato independiente inscrito y certificado debidamente por la instancia gubernamental que rige el proceso electoral se le asignara un presupuesto para financiar la campaña política en las elecciones. Muy bien pudiera entenderse que esta alternativa establecería unas condiciones más favorables para erradicar la corrupción de la financiarización política de la democracia liberal en Puerto Rico.

Se desharía finalmente la democracia de grandes despliegues de mercadotecnia publicitaria que reduce la política a meros clichés o eslogan en las campañas electorales que ha sustituido la propuesta seria de ideas por parte de los candidatos para ocupar puestos electorales de los gobiernos estatal y municipales, así como de la Legislatura. Las plataformas políticas y de propuestas de buen gobierno de los partidos políticos y sus candidatos a los comicios volverían a ser el eje del proceso electoral. 

Sufragar por ideas y no por simpatías faranduleras de una política reducida a mercadotecnia quizás derive en una mejor gobernanza de Puerto Rico. Se deshará con el voto inteligente en una campaña electoral de ideas y no de clichés la superficialidad de reducir las preferencias políticas a meras simpatías faranduleras. Una superficialidad que se ha convertido en la barrera que impide que el sufragio recate a la democracia liberal de la condena de ser una futilidad y despropósito frente a la posibilidad de constituir gobiernos del pueblo y para el pueblo.

Puerto Rico necesita adoptar un plan de crecimiento y desarrollo económico para una economía esmirriada y venida a menos. Un plan con sentido de continuidad y sin que caduque antes de madurar y ponerse en práctica con el advenimiento de nuevas administraciones gubernativas. Se requiere para ello poner en funcionamiento articuladamente la diversidad de conocimientos de los puertorriqueños. Armonizar el potencial de las instituciones y de las empresas para la producción económica de rubros en particular en los que demuestre más capacidad, ya sean industriales, agrícolas, del conocimiento, la ciencia y la tecnología. Producir bienes y servicios únicos y sofisticados requiere la presencia de capacidades avanzadas de las que Puerto Rico no carece.

Necesitamos identificar en suelo boricua el conocimiento productivo que nuestra economía ya posee y dónde puede diversificar sus capacidades para crecer. Proporcionar herramientas para que los responsables de la formulación de políticas identifiquen estrategias para el desarrollo económico. 

Para un proyecto como este es necesario erradicar la corrupción en el gobierno.

En Reserva-Una vez más, El abrazo de los frijoles

“Las campanas, el sol, el cielo claro
me llenan de tristeza, y en los ojos
llevo un dolor que el verso compasivo mira
… Cáscara soy de mí”

– “Domingo triste”, José Martí

El abrazo de los frijoles, el primer poemario de Verónika Reca, empieza con una acción que se nos indica repetida:

Miro mis manos
otra vez
[…] La rutina
me muestra un despliegue
de tazas alardeando de tiempo.

Ya esto da indicio de que la voz poética, que se observa y reflexiona, no lo hace como una reacción inmediata, meramente intuitiva, sino a partir de una vivencia sostenida y desde un pensamiento consciente. Dicho de otra manera, el poemario inicia habiendo ya la voz poética recorrido un camino que no ha llegado a su fin.

El espacio poético es bastante preciso: el interior del hogar. Si la poesía tiende a ser el género literario que expresa con mayor intensidad lo subjetivo, si privilegia la función emotiva del lenguaje, en El abrazo de los frijoles el hogar y sus objetos, sí, están presentes, pero siempre desde la mirada de la voz poética. Es a través de esta voz que se puebla el imaginario poético de la casa, se “acomodan los fantasmas”, se recrea para nuestra lectura. En ella, se guarda luto por algo que no ha muerto todavía.

Tengo el hábito de morir en las cosas
en el salero
en la salsa picante
en el plato vacío.
Dejar en cada cuenco una bocanada,
un manojo de historias reconstruidles.

El abrazo de los frijoles es producto de la necesidad. La voz poética constantemente expresa un vacío que busca ser superado. “La casa inhala hondo un vacío que exige ser explorado”. Es por eso que los objetos tienen un lugar tan importante en el poemario: funcionan como intentos fallidos de suplir este deseo. No tienen vida por sí mismos, sino que la voz intenta brindárselas, como si pudieran estos servir de complemento o de suplemento suyo. “Igual que una prótesis”, dice, “hay cosas que jamás serán del todo nuestras”. Así, en este poemario, el espacio habitado y sus objetos.

A veces, cuando existir me hiere,
abro callada la alacena
y miro todo,
como familiarizada,
buscando el abrazo de los frijoles.
Finjo que tienen ojos los enchufes
les hago guiños

“Miro”, “Finjo”… Nos encontramos con una voz activa que crea y reflexiona, desde el presente. Por eso al inicio del poemario los objetos se nos aparecían vivos (“Qué le digo a los muebles / que me miran distraídos”), solo para luego descubrir que esto era obra de la fantasía de la voz poética. “Como yo, las cosas engañan”.

Desde el inicio de El abrazo de los frijoles, somos les lectores, también, parte de esta ficción fingida al interior de la ficción poética. La actividad creadora y creativa constante contrasta, por otro lado, con ese vacío que no se logra superar: “y yo insisto en ser una cosa, / ser una cosa y no dejar rastros”. La poeta es una fingidora, y finge tan completamente que hasta nos hace sentir dolor por el dolor que ella siente.

Hablo con la calabaza
busco en las cosas llenar mi sequía, mudarme,
pero las cosas
se petrifican
silentes,
no sirven de amantes,
no besan,
ni manosean,
no se vienen conmigo.

En efecto, el hogar aquí no es alegoría. No es el cuerpo, no es la sociedad, no es el mundo, es la casa. Hay una relación tan íntima entre la voz y su entorno que evade las abstracciones; es un dolor muy concreto, si bien atravesado por imágenes y metáforas.

Los 36 poemas de El abrazo de los frijoles conforman un proyecto literario coherente, y muy fácilmente pudiera incluso leerse como un poema largo fragmentado en 36 partes. Aquí, la temprana reseña de Reynaldo Zaldívar se muestra aguda: “El libro puede leerse en su totalidad como si se tratara de un único poema. La autora ha tenido a bien fragmentarlo para provocar en el lector la sensación de descanso” 1. En la medida en que progresa, se siente incluso que somos lectores de un diario poético; señales de la temporalidad lentamente aparecen: martes, noviembre, diciembre, febrero, marzo.

La forma de los poemas también sigue un patrón relativamente consistente. Con solo una excepción, el nombre de cada poema se lo da el primer verso, marcado en cursivas. Los poemas, también, suelen terminan con versos que pretenden ser golpes emotivos; se posterga el dolor hacia el final, a menudo con un verso solitario, suspendido de las restantes estrofas. El abrazo de los frijoles termina siempre con pérdida.

La soledad en el hogar, la ausencia de contacto humano, suelen ser los motores del vacío que padece la voz poética. No cabe duda de que el poemario ha sido en parte una reacción lírica al encierro promovido por la pandemia del COVID-19. Pero si el poemario fuese meramente un libro sobre este momento histórico, es posible que no tuviese gran resonancia para la posteridad. Su potencia radica en que, precisamente, rebasa su momento. Las menciones, tardías, a cubrebocas, a desinfectantes, a aislamiento, simultáneamente anclan el poemario en su contexto a través de ese léxico, pero también muestran que, como creación literaria, le sobrepasa. Si la voz no supera el vacío, por lo menos su obra poética sobrevive su momento. Hacia el final de El abrazo de los frijoles, curiosamente, se fortalece también la mención de la escritura misma, de un ejercicio literario que, justo cuando parece empezar a reflexionar sobre sí mismo, culmina.

“No tuve éxito en ser alguien”, empieza el último poema. “Fui hoja en mano abierta, ejercité en la noche mi terrible alegría”. Como señal de que el poemario llega a su fin, pasamos de las acciones en presente a las acciones en pasado. Si El abrazo de los frijoles da comienzo con una reflexión que se encontraba ya en curso, cierra con un proceso acabado, y un fracaso que, de todas maneras, destella humanidad.

Nunca seré una hoja de recao, o de albahaca
o una hoja por sí sola,
si no, llegaría a ser fuego.

Esta segunda edición de El abrazo de los frijoles preserva el sentimiento y vitalidad de la primera, aunque conviene mencionar sus transformaciones: dedicatoria abreviada, cambio en los epígrafes (se incorpora la cita de Virginia Wolf), algunos leves cambios en la versificación de poemas y, más significativo, cinco poemas adicionales (“Todas las habitaciones que habité”, “Hay un día concedido”, “La cuchara de la abuela”, “A esta edad” y “Anatomía doméstica”).

Por lo menos para este lector, estos cinco textos, por un lado, se insertan con cierta comodidad en el proyecto de El abrazo de los frijoles, pero también apuntan a un cambio de voz, al desarrollo de la escritura de Verónika Reca, quien ha confesado que su primer poemario es, a su vez, una creación que mira con ternura y de la que se ha distanciado, quizás una metáfora más, una última despedida, que nos da El abrazo de los frijoles.

Queda, pues, seguir de cerca el desarrollo de la voz de Verónika Reca, y, por supuesto, regresar a El abrazo de los frijoles, con el beneficio que brinda el tiempo, la experiencia y la lectura reiterada.

1 “El abrazo de los frijoles de Verónika Reca”, Lector.cl, 13 de marzo de 2023.

La arquitectura del miedo

De niña, le tenía miedo a meter la cabeza debajo de una cama o de un sofá. No porque allí hubiera monstruos, sino porque una vez vi a una amiguita quedar atrapada y comprendí, por primera vez, la angustia de no poder salir. Con los años, ese miedo desapareció… o eso creí. Porque los miedos no suelen morir; se desplazan. Lo que de niña fue el temor a quedar pillada bajo un mueble, de adulta puede convertirse en el miedo a quedar atrapada en una enfermedad, en una pérdida, en una relación que nos asfixia, en la incertidumbre económica o en la conciencia de nuestra propia fragilidad. El objeto cambia, pero la emoción permanece.

Antes de comenzar a leer Las sombras del miedo, pensé que encontraría una colección de cuentos sobre brujas, aparecidos y supersticiones. Sin embargo, lo que encontré fue algo mucho más complejo. Encontré una exploración de los mecanismos mediante los cuales los seres humanos intentamos conferir significado a aquello que amenaza con desestabilizar nuestra experiencia del mundo. Porque las brujas cambian de nombre; los monstruos transmutan; los lugares donde escondemos nuestros temores cambian con los años. Lo que permanece es la necesidad de nombrar aquello que nos inquieta.

Quizás por eso la pregunta fundamental de este libro no sea únicamente dónde duerme el miedo. A medida que avanzaba en la lectura, comencé a sospechar que la verdadera interrogante es otra: ¿de qué manera la angustia encuentra formas de manifestarse en la experiencia humana? ¿Cómo adquiere cuerpo aquello que apenas podemos nombrar? ¿Dónde se deposita aquello que nos amenaza sin llegar a mostrarse por completo?

Mi propuesta de lectura es que Las sombras del miedo constituye una exploración de la angustia contemporánea a través de espacios y objetos que adquieren una función activa dentro de la narración. Más que una colección de relatos sobre el miedo, el libro construye una geografía afectiva donde la angustia se espacializa, se materializa y encuentra formas simbólicas para hacerse visible.

La lectura adquiere una profundidad particular si se considera la distinción propuesta por Søren Kierkegaard entre miedo y angustia. Mientras el miedo suele dirigirse hacia un objeto identificable, la angustia surge precisamente cuando aquello que amenaza permanece indeterminado. Para el filósofo danés, la angustia constituye el vértigo de la posibilidad: la experiencia de enfrentarse a aquello que podría ocurrir sin que podamos anticiparlo plenamente.

Esta distinción resulta fundamental para comprender la colección de Leila Rosario Estremera. Aunque sus relatos convocan figuras reconocibles del imaginario popular —brujas, aparecidos, maldiciones, supersticiones y leyendas heredadas—, dichas presencias funcionan menos como el centro de la experiencia narrativa que como manifestaciones visibles de una inquietud más profunda. Lo que emerge de cuento en cuento es la experiencia de sujetos enfrentados a formas diversas de vulnerabilidad: la enfermedad, la pérdida, la violencia, la emigración, la precariedad económica o la fragilidad de los vínculos humanos.

Cobra una resonancia adicional si se considera el subtítulo del libro: Cuentos para habitar lo invisible. Fredric Jameson ha señalado que la condición posmoderna se caracteriza por un progresivo «ocaso de los afectos», una dificultad creciente para experimentar y articular emociones profundas dentro de una realidad fragmentada y acelerada. A esta condición se suma lo que Zygmunt Bauman denominó «miedo líquido»: una forma de incertidumbre difusa que acompaña al individuo contemporáneo en medio de estructuras sociales cada vez más inestables.

Frente a ese panorama, los cuentos de Leila Rosario realizan una operación singular. Allí donde la cultura contemporánea parece incapaz de nombrar sus ansiedades más profundas, estas historias ofrecen formas narrativas para recorrerlas. Lo invisible adquiere cuerpo, lenguaje y memoria. La narración se convierte así en una estrategia mediante la cual aquello que parecía informe logra hacerse habitable.

Por ello, considero que el libro desplaza el interés desde el miedo hacia una reflexión más compleja sobre la angustia como condición constitutiva de la experiencia humana contemporánea.

Sin embargo, la colección no se limita a representar la angustia. Su logro más significativo consiste en mostrar cómo esta adquiere forma mediante espacios y objetos concretos.

En este punto resulta particularmente útil el diálogo con Gaston Bachelard. En La poética del espacio, el pensador francés sostiene que determinados lugares trascienden su materialidad para convertirse en depósitos de memoria, imaginación y afecto. Las casas, los rincones, los cuartos o los espacios íntimos conservan experiencias que continúan ejerciendo influencia sobre quienes los habitan.

Algo semejante ocurre en Las sombras del miedo. El fogón, la casa, el lago, la represa, la caneca enterrada, la mesa del banquete o los apartamentos del exilio no funcionan únicamente como escenarios donde transcurren los acontecimientos. Constituyen configuraciones afectivas donde la memoria y la angustia encuentran permanencia.

Esta observación permite establecer también un diálogo con Bill Brown y su teoría de las cosas. Según Brown, existen momentos en que los objetos dejan de ser simples instrumentos utilitarios para revelarse como portadores de historias, emociones y significados culturales. En los cuentos de Leila Rosario, los objetos parecen acumular una densidad simbólica que excede su función inmediata. Conservan rastros del pasado, testimonian pérdidas, resguardan silencios y participan activamente en la construcción emocional de los relatos.

La angustia deja entonces de ser una experiencia exclusivamente interior para adquirir una dimensión espacial. Los paisajes, las casas y los objetos se convierten en depósitos afectivos donde permanecen inscritas experiencias individuales y colectivas. Más que acompañar la acción narrativa, estos elementos contribuyen a producirla.

La oralidad cumple una función esencial dentro de este proceso. Los relatos heredados, las supersticiones y los saberes transmitidos entre generaciones funcionan como tecnologías culturales destinadas a administrar aquello que amenaza con desbordar la experiencia humana. La oralidad no opera únicamente como herencia cultural; constituye además un mecanismo colectivo para organizar la incertidumbre y otorgar sentido a aquello que resulta difícil de explicar.

Es precisamente aquí donde considero que la colección alcanza uno de sus hallazgos más originales.

A lo largo de los cuentos, los espacios parecen adquirir una capacidad activa de intervención sobre los personajes. No funcionan como simples contenedores de la acción narrativa, sino como entidades capaces de condicionar comportamientos, alterar relaciones humanas y generar estados emocionales específicos.

Esta condición permite establecer una conversación con la teoría de Jane Augustine sobre la ciudad antropoide. Augustine sostiene que determinadas configuraciones urbanas abandonan su condición de escenario para adquirir funciones semejantes a las de un personaje humano. Observan, condicionan, presionan y participan activamente en el desarrollo de los acontecimientos.

Aunque la propuesta de Leila Rosario no se concentra exclusivamente en la ciudad, sí parece extender este principio a una geografía más amplia. Casas, carreteras, comunidades rurales, apartamentos y espacios urbanos participan activamente en la configuración emocional de los personajes. Más que lugares donde ocurre la acción, se convierten en agentes narrativos capaces de intervenir en ella.

Esta observación dialoga con una línea de investigación que he desarrollado previamente en torno a la ciudad antropoide en la narrativa latinoamericana. Sin embargo, la aportación de Las sombras del miedo consiste en ampliar el fenómeno más allá de la ciudad. La antropomorfización alcanza aquí una dimensión espacial más extensa: los lugares adquieren memoria, ejercen influencia y participan de la experiencia emocional de quienes los habitan.

Lo ominoso ya no depende exclusivamente de una presencia sobrenatural. Surge también de la interacción constante entre los personajes y un entorno que parece observarlos, acompañarlos, conservar sus huellas o devolverles aquello que intentaban olvidar.

En cuentos como “Saneamiento” o “El lugar donde duerme el miedo”, esta dinámica resulta particularmente visible. El horror deja de depender de monstruos legendarios para instalarse en la propia cotidianidad. La amenaza se encuentra incorporada a la arquitectura emocional de los espacios y a las dinámicas ordinarias de la vida diaria.

A modo de coda:

Considero que este texto encarna, en todo el sentido de la palabra, tres aportaciones críticas medulares en la literatura puertorriqueña. En su capa más superficial esta colección de cuentos revela a la angustia como fundamento afectivo de la experiencia contemporánea. Más que representar temores específicos, la colección explora las diversas formas mediante las cuales los individuos intentan conferir significado a aquello que perciben como amenaza sin poder identificar plenamente su origen.

En segundo lugar, los espacios y objetos funcionan como depósitos afectivos donde se sedimentan experiencias individuales y colectivas, transformándose en configuraciones simbólicas que conservan memoria y producen sentido.

Finalmente, quiero enfatizar en que Rosario Estremera sugiere la antropomorfización del espacio cotidiano como un personaje narrativo. La colección propone espacios que trascienden su condición escenográfica para convertirse en agentes capaces de intervenir activamente en la configuración emocional y ética de los demás personajes de la trama.

Propongo pues que Las sombras del miedo no constituye únicamente una colección de relatos sobre el miedo. Se trata, más bien, de una exploración de los modos mediante los cuales la angustia se espacializa y encuentra formas simbólicas de manifestación dentro de la experiencia humana.

Los espacios dejan de ser simples escenarios para convertirse en configuraciones afectivas que acumulan memoria, producen sentido y participan activamente en la construcción emocional de los relatos. Es precisamente en esa transición donde la colección alcanza una de sus mayores complejidades estéticas y conceptuales.

Leila Rosario Estremera convierte lo invisible en territorio narrativo y demuestra que contar historias continúa siendo una de las estrategias culturales más eficaces para habitar aquello que no comprendemos del todo. Quizás por ello, al concluir la lectura, comprendemos que el miedo nunca desaparece por completo. Simplemente cambia de rostro, de objeto y de geografía. La literatura, entonces, no lo elimina; nos ofrece las herramientas necesarias para reconocerlo, nombrarlo y convivir con él.

*Este libro está disponible en Claritienda

Crónica del Cine Club Caribe: proyecto de proyección y discusión de películas desde Río Piedras

Paulo A. Rodríguez Aponte

Hace varios años, en el 2019, cuando aún cursaba el bachillerato en Estudios Hispánicos en la IUPI, me incliné por prestarle mayor atención al cine como medio de creación artística. En algún momento acudí a una proyección de la película Code Unknown (2000) del cineasta austriaco Michael Haneke, en la ya clausurada tienda de ropa antigua Johnny & June, en la Avenida Fernández Juncos en Santurce, donde tuve la oportunidad de ir a una muestra independiente de cine por primera vez en un espacio alternativo que no era la sala común de Caribbean Cinemas.

Esto generó interés en cursar materias en teoría y creación cinematográfica, lo me llevó de intercambio estudiantil a la Ciudad de Buenos Aires, Argentina, no sin antes participar de las protestas masivas de ese verano que culminaron en una victoria momentánea para muchos. Buscando ahondar en mi inclinación por el séptimo arte, aprendí que allí igualmente habían espacios alternativos que presentaban películas, y en algunos casos, las discutían.

Comencé a acudir al Cine Club Kowalski los martes y al Cine Club La Garra los jueves, este último implementando la dinámica de discusión abierta a partir de las películas presentadas esa noche. En el espacio, que era una gran casa de circo donde se ensayaban malabaristas locales, se vendía sopa y empanadas de lentejas, acompañadas por un vino tinto que se disfrutaban sobre los colchones de gimnasia mientras se veían y tenían las discusiones de las películas. Al final de mi morada por la capital argentina, me reuní con las compañeras coordinadoras de La Garra, Miranda y Lucero, para entender mejor el funcionamiento del cine club y expresar mis intenciones de exportar el proyecto hacia Puerto Rico.

En febrero del 2020, de vuelta en la isla, estaba por iniciar la primera proyección del antes llamado Cine Club Amigos en el espacio Pública en la Avenida Ponce de León, cuando cae la pandemia del COVID-19.

Tres años más tarde, en agosto del 2023, nace el Cine Club Caribe formalmente, utilizando un proyector y bocinas prestadas, operando desde el Módulo de Mejoramiento Comunitario (MMC) en Río Piedras donde fungía como gestor cultural asociado.

Comencé a proyectar y discutir películas con el filme de la DIVEDCO, Los Peloteros (1951) de Jack Delano. Asistieron 15 personas a la primera proyección. La discusión se generó a partir de la importancia de este filme, el proyecto de la División de Educación a la Comunidad, y la trama que tanto nos entretuvo y educó sobre el Puerto Rico de aquel entonces.

Para la segunda proyección, decidí presentar La Familia de Camello (2004) del cineasta boricua Ari Maniel Cruz. Sin expectativa de lograr su contacto, el compañero del proyecto Cine Nuestro, Gabriel Berdecía, etiquetó al director en una publicación en las redes sociales que promocionaba la presentación.

Antes de culminar la presentación, apareció sorpresivamente el director con su pareja, la actriz Julieta Rodríguez, lo que nos llevó a dialogar sobre la producción de esta película, ahondando en la discusión temática y técnica del cine. Esto abrió el espacio a la intervención de los cineastas puertorriqueños para conversar sobre sus proyectos y que el público interactúe con ellos, cementando un motivo importante para el funcionamiento y desarrollo del Cine Club.

Posterior a esto, las presentaciones persistieron de manera bisemanal, presentando clásicos como Maruja (1959, O. Orzabal), Chona: La Puerca Asesina (1990) y La Guagua Aérea (1993) de Luis Molina y el documental Seva Vive (2011, F. Serrano), ampliando una selección de películas puertorriqueñas que no estaban disponibles en las carteleras corrientes.

Considerando la importancia de presentar cine hecho a nivel global, me llevó a programar carteleras semanales con dos películas puertorriqueñas y dos internacionales, todos los miércoles a las 7:30 p.m., sosteniendo siempre una discusión a posteriori de cada proyección, iniciando en enero del 2024.

Ese año presentamos alrededor de 40 películas y contamos con diversos invitados/as, incluyendo: Isla Chatarra (2007, Karen Rossi), Emergencia: Un Documental sobre Superaquello (2016, Gisela Rosario), Luisa Capetillo: Pasión de Justicia (1993, Sonia Fritz), Julia Todo En Mi (2002, Ivonne Belén), 12 Horas (2001, Raúl Marchand), La Operación (1982), Cocolos y Rockeros (1992) y I’m Not Sorry For What I Did: Historia de Rafael Cancel Miranda (2021), todas de la documentalista Ana María García. Además, presentamos el documental Cities On Speed: The Bogotá Change (2009, Andreas Dalsgaard) donde contamos con la participación del candidato a la alcaldía de San Juan por el Movimiento Victoria Ciudadana, Manuel Natal, de cara a las elecciones de ese año.

El espacio del Cine Club Caribe se había vuelto uno de posibilidades políticas, ampliando las discusiones más allá del cine, y reconociendo la viabilidad de conversar sobre asuntos relacionados a nuestra historia y contexto colonial. La continuidad y consistencia del proyecto logró aglutinar un grupo de personas que asistían semanalmente al espacio a consumir y conversar acerca de las películas que se presentaban, creando una comunidad de aficionados, donde se entablaron relaciones interpersonales y de afectos, que redundaron posteriormente en la creación de proyectos artísticos.

En el 2025 decidí trasladar operaciones a La Escuela de Teatro, frente a la Plaza de la Convalecencia en Río Piedras, donde reanudamos las proyecciones con dos documentales de Ana María García, Tax Paradise (2024) y Manual Para Robarse Las Elecciones (2024). Sostuvimos una cartelera entre enero y mayo, destacando temas de Sociedad, Historia, Teatro, Ecología y Literatura. Presentamos Las Carpetas (2011, Maite Carbonell), El Clown (2006, E. Rodriguez y P. Adorno) y Todos Íbamos a Ser Reyes (2020, Marel Malaret), ampliando las conversaciones sobre el cine y su rol en el presente puertorriqueño. En junio colaboramos con el proyecto Feria Calle en el Festival de Arte y Basura en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) para una proyección de diversos materiales relacionados al uso y reuso de la basura, en pro del festival que pretende crear conciencia y generar entretenimiento mediante el uso de la basura.

Actualmente estamos coordinando presentaciones en la Casa Cultural Ruth Hernández Torres en Río Piedras, donde recientemente proyectamos La Pecera (2023, Glorimar Marrero Sánchez) y Agricultores del Mar (2025, Juan Carlos Dávila) a favor de la discusión sobre Vieques, la lucha contra la Marina de Guerra de Estados Unidos, y líderes como Ismael Guadalupe y Carlos Zenón.

Concedo y reconozco que el Cine Club Caribe tiene varias funciones, tanto de proyectar películas no accesibles para un público general, pero que además se cree un tercer espacio para que la ciudadanía converse críticamente sobre el arte y logren crear comunidad que aporte positivamente al desarrollo de sus intereses. Igual y no menos importante, busca que se fomente el cine como medio artístico para generar diálogos sobre asuntos políticos, históricos y culturales.

Para enterarse de nuestras carteleras pueden buscar el Cine Club Caribe en Instagram y Facebook.

Detrás y más allá de los partidos del Mundial

En estos días, el mundo entero tiene la mirada puesta en los partidos del Mundial. Países como Brasil quedan absolutamente quietos, como en suspenso frente al televisor cada vez que la selección nacional tiene un partido decisivo. Incluso a quienes no les gusta el fútbol se sienten envueltos por el ambiente de la hinchada.

En un mundo dominado por decenas de guerras sangrientas y que cada día es testigo de escenas de genocidio y inhumanidad, de repente parece que todo está bien. El gobierno de Estados Unidos sigue tratando a los migrantes como si fueran personas desechables y permite que su policía dispare contra personas desesperadas que cruzan la frontera. Sin embargo, durante estas semanas del Mundial, acoge a jugadores de todo el mundo y gana millones y millones, gracias a la gente que llena los estadios para ver los partidos en vivo.

El Futbol y el amor al deporte son valores incuestionables. No son culpables de la forma poco democrática y transparente, con la cual los campeonatos son preparados. El deporte y, en ese caso específico, el futbol es expresión del encuentro de culturas. Lleva a los pueblos al conocimiento unos de los otros, al diálogo y a la comprensión humana. Con su carácter competitivo y responsable por envolver tantas emociones, algunas veces conflictivas, en el futbol la lucha ocurre en torno de una pelota y no con el uso de armas o estrategias militares. Las manifestaciones racistas que, una vez o otra, aún ocurren en las partidas, así como episodios de violencia entre torcidas son crímenes que maculan la verdadera naturaleza del futbol.

Es evidente que el carácter comunitario del fútbol no deja de ser una lección para una sociedad en la que no se toma en cuenta que todos y todas dependen de todos y de todas. Quizás la Copa del Mundo sea el único evento en el que países africanos compiten y son tratados como iguales por sus socios europeos y norteamericanos, quienes durante siglos los han explotado y saqueado. La Copa del Mundo parece mostrar un mundo unido y la humanidad se asemeja a un grupo de niños, alrededor de una pelota, jugando con sus amigos del barrio.

A pesar de todos estos valores, el fútbol no puede ser el equivalente moderno del antiguo circo romano, creado para alienar a las masas. Todos saben que, actualmente, el futbol no es más el mismo de otros tiempos. Se hizo negocio en el mundo del mercado. Sin embargo, es posible mantener una conciencia crítica y hacer del campeonato del mundo una especie de ensayo para un mundo más unido y solidario. El futbol, con sus reglas y su disciplina puede ser como una preparación para la superación de los sectarismos y el camino para que el mundo si haga una inmensa patria para toda la humanidad, en una relación nueva y más justa con la naturaleza.

Qué bueno sería que la política mereciera la misma atención crítica y la misma participación consciente que el fútbol genera, y que para los cargos de representación política en los gobiernos y en las cámaras legislativas encontráramos personas sensibles y capaces de jugar en equipo y, al mismo tiempo, respetar las reglas de la buena convivencia con sus adversarios.

Qué bueno sería que las comunidades cristianas recordaran que, en los inicios del cristianismo, el apóstol Pablo comparó el camino de la fe con los juegos en un estadio y escribió: «¿No saben que, en un estadio, todos los jugadores corren, pero solo uno lleva el premio? Corran, pues, de manera que puedan alcanzarlo. Para estas contiendas, los atletas deben abstenerse de muchas cosas, y lo hacen para obtener una corona perecedera. Nosotros corremos por una corona incorruptible. Así, yo corro, pero no como quien corre sin saber adónde va. Lucho, pero no como quien da golpes al aire. Someto mi cuerpo a la disciplina, para que no suceda que, mientras predico a otros, yo mismo sea reprobado» (1 Co 9, 24–27).