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Para Silvio, para Cuba

Silvio Rodríguez y Andy Montañez 1997. Por Miguel Maldonado

Aurora Levins Morales

 

Ayer en la madrugada sentí los aviones militares ensayando sus amenazas en el cielo sobre Maricao, avispas enfurecidas por lo que siempre enfurece al imperio—que, a pesar de todo, Cuba ha seguido siendo por sesenta y seis años el primer exportador de la esperanza, esa chispa tan peligrosa que no han podido extinguir. En 2020, al principio de la pandemia, escribí esta carta de agradecimiento a Silvio Rodríguez por usar su voz y el oficio que compartimos para sembrar lo posible, en el mundo y en mí.  Ahora, con el creciente zumbido de agresión rodeando a seres, logros y sueños cubanos muy queridos, momento en que el mismo Silvio pide arma para defender con apasionado compromiso lo que más quiere, quise compartir y expandir mis gracias, porque todo lo le debo Silvio se lo debo a Cuba también. 

Compañero poeta,

tomando en cuenta el siglo en que nacimos y el que vivimos, quiero decirte, me urge, lo mucho que me has acompañado sin saberlo. Yo era una niña boricua nacida en las montañas de una cordillera hambrienta con un lápiz en la mano, donde si despertábamos bien temprano, antes de los operadores de la CIA cuyo oficio era bloquear señales subversivas, recibíamos entre las interferencias del radio noticias de la derrota del hambre en esa otra ala del ave antillano, y soñaba que era un mensaje desde el futuro.

Emigrante adolescente en Chicago, todavía no te conocía cuando descubrí a Guillén en la biblioteca de mi escuela y ahí mismo me senté a memorizar el velorio de papá Montero.  Fue en California que nos encontramos tú y yo, en la cocina de un centro cultural de exiliados chilenos, con un equipo internacional de lavaplatos cantando contigo, con manos grasosas, a las once de la noche.

No sé si es posible que comprendas lo que era poder beber como si fuera medicina, nota por nota, palabra por palabra, el contrabando de tu voz. Recuerdo tardes grises, con las lluvias del otoño rascando contra los cristales, hundida en la soledad y la pobreza, luchando con las llaves de mi maquinita y con todo lo que silencia a la poesía consciente, levantándome para poner la aguja otra vez al comienzo del disco. Y en ese momento como aparecían continentes de solidaridad en ese pequeño apartamento de Berkeley o de Oakland, todos los apartamentos pequeños en que viví allá en el vientre del monstruo.  No creas. Allá se cultivan radicales feroces, poetas que brotan rosas y fuego, gente con la persistencia del hierro.  Hay mucho que amar. Pero todo lo humano y solidario está bajo estado de sitio, y se cultiva agresivamente la somnolencia endrogada del eterno consumo solitario.

Me criaron madre y padre revolucionarias que me leyeron poesía traducida de una docena de idiomas, y a pesar de todo lo que pasa, nunca se enfermaron con el cinismo.  Mi crie con un mapa del mundo entero, de países que cambiaban de color con su independencia, un mundo de luchas ligadas. Pero en esa nación que nos borra nombrándose “América” el mundo se disminuyó, y era difícil a veces respirar. Una neblina de inconciencia y olvido me mareaba.  Y en eso, tu poesía se sentaba a mi lado con la mano en mi hombro, y acompañada, reunida con la gran red mundial, y especialmente latinoamericana, de artistas alineadas con la vida, se me abrían los pulmones, mis dedos bailaban sobre las llaves y con la pupila en el día en que llegará el aguacero, pude cantar en mi propia voz.  Eso hace casi cincuenta años, y nueve libros, y miles de palabras publicadas.

Esta noche, también de lluvia, te escucho en mi computadora mientras escribo, desde mi país todavía cautiva, en esa misma cordillera, rodeada de mis libros, entre pandemia y terremoto y colapso colonial, en una temporada de huracanes, con mi vocación de rabia y esperanza.  Solo quería decirte, gracias.

 

Dos décadas reinventando lo cotidiano: una mirada hacia la [p]retrospectiva de Jorge Rito Cordero

 

Paulo A. Rodríguez Aponte

Especial para En Rojo

A veinte años del inicio de su carrera, el artista Jorge “Rito” Cordero explora su trayecto artístico en una muestra de trabajos que resalta su práctica creativa y rinde homenaje al canon pictórico, político y artístico del país. La misma se encuentra en el Museo de las Américas en el Viejo San Juan.

Jorge “Rito” Cordero (Lares, Puerto Rico, 1982) es escultor, performero y artista multidisciplinario. Formado en la Escuela de Artes Plásticas de Puerto Rico, donde cursó un bachillerato con concentración en Escultura entre 2001 y 2005, se destacó durante sus años de estudiante al obtener el Primer Premio del VI Certamen de Escultura de la institución en 2003 por la obra Crucisentado y el Premio de la Exposición Anual en 2004 por Sirena Centenario a Neruda, además de ser el primer estudiante en culminar el bachillerato en cuatro años. Ese mismo año fue seleccionado para participar en la feria internacional ARCO de Madrid junto a un grupo de jóvenes artistas puertorriqueños. Su obra de graduación, Colecticleta la Habanera (2005), fue posteriormente adquirida por el Museo de Arte de Puerto Rico tras recibir el Premio UBS para artistas emergentes en el 2008. Desde entonces ha participado en más de 20 exhibiciones artísticas.

La muestra de la retrospectiva que reseñamos se desarrolla en una de las salas más amplias del Museo de las Américas, ofreciendo desde el inicio la inmersión en la totalidad de la obra del artista al encontrarse con un video en forma de entrevista que se le realiza desde el inicio de su carrera hasta el presente, con el proyector montado sobre una patineta. A partir de ahí nace un recorrido lineal por las obras realizadas por Rito Cordero durante las pasadas dos décadas, que incluyen mosaicos con objetos encontrados, esculturas adosadas a bicicletas y un sinnúmero de máscaras, personajes populares y homenajes a artistas y líderes independentistas utilizando la madera de patinetas en desuso.

Se destacan las obras de la Cafecleta (2009), pieza que realizó soldando una estructura en aluminio en forma de greca encima de un triciclo, que rondaba la zona de Río Piedras entre eventos estudiantiles y artísticos durante esa época, entregando vasos con café. Según relató el artista en una entrevista, habrá entregado más de 2,500 tazas gratuitas desde que nació la pieza escultórica, merodeando por las calles de la ciudad impactando a diversas personas.

Justo detrás se encuentra la Colecticleta La Habanera (2005), su pieza de tesina para la Escuela de Artes Plásticas y Diseño, la cual fue inspirada en un viaje que hizo a La Habana, Cuba, donde decidió reinterpretar las bicicletas “burras” que atraviesan la ciudad llevando personas y mercancía en una escultura que colectiviza el transporte cotidiano, agregando seis bicicletas y una silla de ruedas.

Al bordear la sala, resaltan las piezas realizadas con patinetas en desuso, el cuerpo de trabajo más emblemático de Rito Cordero. Se denotan tanto las máscaras como El Neotaíno (2020), los homenajes a personas como José Rosa con Festival Mascaras de Hatillo (2014),  y El Pan Nuestro (2025), como homenaje al pintor Ramón Frade, en una reinterpretación directa de la pintura del mismo título realizada en 1905. Además, cohabitan en el espacio retratos de Ramón Emeterio Betances y el pintor Elizam Escobar, cerca de varias figuras con forma de cantantes puertorriqueños y la famosa imagen del cartel de la película Los Peloteros (1951) desarrollado por Lorenzo Homar para la División de Educación a la Comunidad (DIVEDCO). Se destaca igualmente el busto del poeta y lider independentista Juan Antonio Corretjer, realizado en mármol recogido en el bosque de mármol en Barranquitas.

El trabajo de Jorge “Rito” Cordero trasciende los estándares históricos de la escultura y el performance al darse la tarea de influir directamente en la perspectiva de la historia nacional y la practicidad del arte. Su idea de emplear el trabajo físico mediante la escultura lo ha llevado a realizar piezas de arte que no solo fomentan una mirada sobre cómo el arte influye en lo cotidiano, sino cómo se adapta “la vida a vivir dentro del arte”, tal cual menciona el artista en en una entrevista en el 2004. No le vale meramente al artista “sacar el arte de espacios tradicionales”, sino que irrumpe con la perspectiva purista de los materiales y sus aplicaciones. A través de una práctica plural retrata a nuestros líderes políticos y reta la accesibilidad y participación ciudadana en los procesos y presentaciones artísticas.

Rito Cordero nos muestra la capacidad de nuestros artistas locales al fomentar una perspectiva de reuso y reafirmación de la identidad a través de las diversas herramientas que existen para la creación artística y nuevos productos culturales. Es a través de los rituales, la mirada histórica y la contingencia con el cotidiano donde Rito hace hincapié en la necesidad de fomentar la siemprepresencia de personas como Juan Antonio Corretjer, Pedro Albizu Campos, Ramón Emeterio Betances, Lolita Lebrón, entre muchos más. Las piezas presentadas en la [p]retrospectiva son una muestra de la “simplicidad de las ideas” y de la consolidación de su ejecución – y a su vez retratan la incansable virtud de un artista en reinventarse, no solo a partir de su propio dominio de la materia, sino la vinculación con el presente, la necesidad de proponer nuevos futuros alternos y de revisar el legado histórico que nos precede.

Esta muestra de trabajos artísticos va más allá de complacer el tiempo y sus hacedores para reflexionar sobre el trabajo que han realizado. Sino que se crea en el museo un espacio donde se logra conjeturar la conciencia de cómo creadores contemporáneos, incluso dentro de la colonia, permanecen firmes ante la necesidad de proponer nuevas ideas a través del arte, ejecutarlas y fomentar su significancia. La retrospectiva de Jorge “Rito” Cordero ofrece una mirada rica en contextos e historias, donde no existe la timidez en romper con los esquemas establecidos, y a la vez se recuerda con ahínco el legado de sus antepasados para poder trabajar con éxito su obra artística.

La [p]retrospectiva del artista fue coordinada por Iliamarie Vázquez Contreras y Adaris García Otero, quien además realizó el diseño y arte gráfico. Cuenta con textos curatoriales por Lydia Platón Lázaro, Humberto Figueroa Torres y el poeta Joserramon ‘Che’ Melendes, con edición y traducción de textos por Cristina Martínez Pedraza, los poetas Roque Raquel Salas Rivera y Kenneth Cumba García. La iluminación del espacio estuvo a cargo de Juan Fernando Morales Nazario y el montaje y mobiliario museográfico fue ejecutado por William Bass Morales, Alejandro Morales Nazario, Linda Núñez Montañéz, Julián Collazo Lopez, Luis M. De Jesús Denis, Carlos Lugo y Sofía Goodman.

 

La exhibición se inauguró el 26 de marzo y estará disponible para visitas hasta el 1ero de noviembre del 2026. Se puede visitar en el Museo de las Américas, Cuartel de Ballajá, 2do piso, en Viejo San Juan, de martes a viernes, 9:00 a.m. – 12:00 p.m. y 1:00 p.m. – 4:00 p.m., y los sábados y domingos, 11:00 a.m. – 4:00 p.m.

 

Crisis y absolución de las casuarinas

Especial para En Rojo

-para Eli, otra vez y siempre

Has visto este pino, pero no es un pino. Es un árbol, regularmente costero, aunque igualmente crece en partes altas. Suelta una semilla marrón, maderosa y punzante, que todo pie que la pisa recuerda. En lugar de hojas, agujas largas penden de sus ramas, más bien como pelaje. Tiene un movimiento suave que le confiere una cierta dignidad cuando el viento habla a través de ellas. Casuarinas se llaman. Del malayo ‘kasuari’, nombre que a su vez proviene de la enorme ave crestada de aspecto prehistórico cuyo plumaje asemeja su follaje. De la convergencia entre sus fibras que casuarinas y casuarios sean semánticamente un par.

En los noventa iba varias veces a la semana con mi mamá a la playa del Escambrón donde abundaban. Digo las casuarinas y no la temida ave que reina sobre Nueva Guinea y la península del cabo York. Las visitas eran tan regulares que mami convocaba a sus estudiantes a hacer reposiciones de exámenes los sábados, fuera de horas de clase, mientras playeábamos. La práctica se extendió por más de una década y culminó con su despido, luego de que una estudiante, residente de Torrimar y sobrina de un entonces senador, la denunciara ante el decanato.

El asunto es que las reposiciones no eran parte de la política institucional de la Universidad Politécnica. Es decir, ni se oponían ni las apoyaban; quedaban a discreción del profesor. De modo que ofrecer remedio a los estudiantes que incumplían con sus obligaciones, dejando de entregar trabajos o faltando a los exámenes, no era requerido del instructor. Mami lo hacía de buena fe, en favor de sus discípulos. Planteaba que, ya que ella, religiosamente, iba a la playa los sábados de ocho a cinco, quien quisiera reintentar un examen porque se colgó o entregar un proyecto que no hizo a tiempo, podía hacerlo en aquel contexto más relajado en el que ella no era una empleada, sino otra bañista tratando de apaciguar a sus dos muchachos.

La matemática favorecía, claramente, a sus estudiantes. Ella no estaba obligada por su patrono, ni le era remunerado el tiempo que invertía en atender las filas de incumplidores que llegaban a remediar sus fallas. Cuando llegaban a reponer exámenes, les asignaba una calculadora regular o científica, dependiendo de si el examen era de física o cálculo, para evitar trampas con calculadoras más sofisticadas y programables de la era. Temprano nos acomodábamos cerca de las duchas que servían como punto de encuentro, tomando alguno de los banquitos bajo la sombra de estos árboles que, como ya les mencioné, siempre pensé que eran pinos. Algún pino caribeño que se da bien en las playas. Desde que me enteré de que no lo son, he estado en crisis.

Fue mi culpa. Iba junto a compañeros de trabajo y para hacerme visible entre el cacareo de la pandilla de científicos que andaban en la guagua, pregunté al pasar por un área en la que había muchas cómo se llamaban. “Casuarina equisetifolia”, dijo una de las botanistas tras levantar brevemente su mirada retornando al teléfono, “es invasiva y hay planes para mitigarlas,” añadió. Mitigar, en este contexto, es un eufemismo para eliminar. Tuvo a continuación, en medio de mi conmoción, la cortesía de explicarme que los pinos no florecen; las casuarinas sí. Abren una pequeña flor roja, más una pelusa, que las separa de los pinos.

Son, según he podido aprender luego de ese terrible día, una exitosa especie invasiva que se ha naturalizado en zonas costeras del Caribe, pero además en China, Egipto, México, Sudáfrica, Argentina y muchísimos otros países, en claro testimonio de su increíble adaptabilidad. Tal es su éxito, que en lugares como Florida amenaza gravemente a las especies locales, proliferando rápidamente gracias a las cualidades del terreno que resultan excepcionalmente favorables para ella.

Mami amaba las casuarinas. Creo que murió bajo la impresión de que era un pino endémico de Puerto Rico, o a lo menos caribeño. Alguna vez lo hablamos, no recuerdo en qué contexto. Me parece que habían cortado algunas en Punta Las Marías y estaba llorando indignada. A ella le parecían maravillosas, decía que era una gran ironía que hubieran pinos costeros en Puerto Rico cuando por lo regular crecen en áreas altas, frías y montañosas. Hasta historias de especulación evolutiva llegamos a tejer pensando en cómo habían terminado aquellos ‘pinos’ allí. Cuando supe que no eran endémicas, ni mucho menos pinos, sin ánimo de ser vulgar y puramente por usar el lenguaje con exactitud, me descabronó. He crecido amando estos árboles ‘endémicos’. Eran, son, entre mis favoritos del paisaje costero de la isla. Tienen una cualidad serena; fluyen con el viento como si siempre hubiesen estado aquí, nacidos para el aire salado y tormentoso de este clima.

En medio de procesar este duelo, me tocó ir al Yunque, nuestro atesorado bosque pluvial, símbolo de orgullo nacional y uno de los principales y más visitados destinos para la recreación local y turística en el archipiélago. He ido decenas de veces. He hecho, creo, casi todas sus veredas. De día y de noche. Entre senderos hasta las torres y por caminos no marcados. Por la entrada norte y por el otro lado del derrumbe que hoy es el acceso sur. Es un lugar familiar que amo y atesoro y que representa para mí una visión impoluta de bosques milenarios, un recuerdo de lo que alguna vez fue Borinquen y de lo que puede volver a ser.

Durante el recorrido, el guía, José, saca de un cartapacio copias de fotos antiguas. En ellas bañistas en la piscina de Baño de Oro. Militares en torno a un borroso campamento. Brigadas en sepia trabajando los senderos. Una de las fotos me detiene. Se ve un monte alto de contorno familiar que asemeja la cordillera en la que se encuentra El Yunque. Reconozco la forma, pero no hay árboles. Las laderas desnudas o apenas con pastos, la tierra abierta como cuando se prepara el terreno para la siembra. Pregunto dónde es y José señala a nuestros alrededores. “Aquí”, dice, y se apodera de mí un terror que no podría explicar sin caer en el melodrama. De primera me niego a aceptarlo. ¿Hace cuánto?, pienso para mí. Sé que la fotografía existe desde hace unos 200 años, así que esta foto no puede ser de los seiscientos ni setecientos. “Esto fue en 1935”, interrumpe José, parando el cálculo como si leyera mi pensamiento y ensanchando el hueco frío en el centro de mi pecho.

Para cuando los estadounidenses tomaron la isla, nos explica, solo quedaba una pequeña parte sin talar, la más inaccesible, del tope de Pico El Toro. Se pone peor. En Puerto Rico, existe menos de 1 % de bosque primario, es decir, bosque original producto del desarrollo orgánico entre las especies que se adaptan y evolucionan en torno unas de otras conformando un bosque a través de milenios. Todo lo que conocemos, el espesor de estas montañas ante las que hemos crecido enamorados, son bosques secundarios que han prosperado luego de que se protegieran ciertas áreas o, en el caso de aquellas áreas desprotegidas, meramente por la persistencia innata de la flora ante el abandono de la agricultura a gran escala que alguna vez acaparó el paisaje del país. Salvo por algunos excursionistas dedicados, un puñado de científicos y oficiales del Bosque Nacional, ninguno de nosotros ha visto un bosque originario puertorriqueño. El asunto se complica más.

El dosel de estos bosques tan venerados, esa cubierta que forman las copas al encontrarse, está compuesto de cientos de especies invasivas. Algunas se han naturalizado y hoy se esparcen sobre el paisaje, como es el caso del tulipán africano (Spathodea campanulata), los famosos meaítos, y el eucalipto arcoíris (Eucalyptus deglupta), principal ofensor y enemigo de las aceras de Santurce. Otras especies quedan más bien solitarias, como el Agathis robusta o kauri de Queensland, el ejemplar más grande en Puerto Rico de un enorme pino australiano que hoy se impone, sin posibilidad de no verlo, entre las curvas que dan entrada al Bosque Nacional.

Nos explica José, señalando en dirección a una ladera dominada por palmas, que el azote de María tumbó muchísimos árboles viejos introducidos. En ese escenario de vasta destrucción, han sido las palmas de sierra (Prestoea montana) y los yagrumos (Cecropia schreberiana), cuyas semillas pueden permanecer enterradas en el suelo por mucho tiempo a la espera de las condiciones apropiadas para germinar, las que se han favorecido por el nuevo esparcimiento de luz a causa del huracán.

Así que salgo esa tarde de Río Grande, no con la habitual paz que se apodera de uno tras largas inmersiones en el verdor y las aguas frías, sino azotado por el conocimiento de que este hermoso paisaje no es un pedazo de una antigua Borikén, sino otro espacio igualmente trastocado por las empresas de explotación colonial. ¿Deja de ser hermoso? Sin duda no. El Yunque es un lugar de incuestionable belleza. Más allá de la composición del bosque, de sus ríos y quebradas, de sus helechos gigantes, sus camas de briófitas, sus reinitas y colibríes, sus crustáceos, anguilas y cetíes, es el espacio al que remito mi imaginación cuando escucho o leo la palabra inmarcesible. Creo que lo contrario, saberlo recuperado en tan poco tiempo, me confirma que incluso luego de la devastación se puede construir una nueva visión de lo sagrado, que no depende de purezas ni esconde sus cicatrices.

Con eso en mente, volví a casa pensando en las casuarinas. Me desvié a Piñones y me senté debajo de unas cuantas que arman una pequeña arboleda sobre la duna que separa a uno de mis kioscos favoritos de las olas. El piso estaba forrado por esas agujas secas que crean una almohadilla sobre la arena. Me comía un pionono de jueyes sumergido en el habla de la costa recordando a mami. La vi en El Escambrón sentada con sus tablitas atendiendo a los estudiantes, corrigiendo sus exámenes sentada bajo “los pinos” que tanto le gustaban. Veo sus pecas y ojos verdes mientras me sonríe. Su voz alta y aguda. Sus hombros tostados de playa asomando entre las tiras de su traje de baño unipieza rosa y azul, mientras hurga en su neverita de Kentucky buscando un refresco para bajarnos los sándwiches que empacó dentro de la funda misma del pan.

He decidido, en mi favor, seguir amando a las casuarinas por lo que duren; atesorar lo que significan en el recuento de mi historia, consciente de su relación con este espacio, que no es suyo ni nuestro, y al que ni ellas ni nosotros pedimos llegar. Vivo en paz con esta y las muchas contradicciones que obliga mi idea de la puertorriqueñidad. Nacimos de este lugar siempre en tránsito que ha sido el archipiélago incluso antes de que atracasen en él español e inglés. Total, ni el cordero ni el escudo explican nada de aquí, los colores de la bandera son materia de disputa, y ni el arroz ni las habichuelas a los que alzamos a metáfora de hablar sin adornos se siembran aquí. Ni tan siquiera el rojo orgullo de los flamboyanes es puertorriqueño. Fueron introducidos, de Madagascar, por la misma actividad colonial que se impuso sobre los pueblos originarios y que esclavizó a miles y los trajo a esta convivencia contra su voluntad. Son complicadas las nociones de lo local y lo puertorriqueño, sangran cada vez que se examinan.

Referencias:
Abelleira, O. (2008). Observations on the fauna that visit African Tulip Tree (Spathodea campanulata Beauv.) forests in Puerto Rico. Acta Científica, 22(1–3), 37–42. https://research.fs.usda.gov/treesearch/38141
Brown, S., & Lugo, A. E. (2017). Trailblazing the carbon cycle of tropical forests from Puerto Rico. Forests, 8(4), 101. https://doi.org/10.3390/f8040101
El Nuevo Día. (n.d.). Árbol meaíto recupera su espacio luego del huracán María. https://www.elnuevodia.com/ciencia-ambiente/flora-fauna/notas/arbol-meaito-recupera-su-espacio-luego-del-huracan-maria/
Library of Congress. (n.d.). World’s most dangerous bird. https://www.loc.gov/everyday-mysteries/categories/zoology/item/worlds-most-dangerous-bird/
Lugo, A. E. (2013). Novel tropical forests: Nature’s response to global change. Tropical Conservation Science, 6(3), 325–337. https://doi.org/10.1177/194008291300600303
Lugo, A. E., Abelleira Martínez, O., & Fonseca da Silva, J. (2012). Aboveground biomass, wood volume, nutrient stocks and leaf litter in novel forests compared to native forests and tree plantations in Puerto Rico. Bois et Forêts des Tropiques, 314(4), 7–16. https://doi.org/10.19182/bft2012.314.a20493
Lugo, A. E., Helmer, E. (2004). Emerging forests on abandoned land: Puerto Rico’s new forests. Forest Ecology and Management, 190, 145–161. https://doi.org/10.1016/j.foreco.2003.09.012
Molina Colón, S., Lugo, A. E., & Ramos González, O. M. (2011). Novel dry forests in southwestern Puerto Rico. Forest Ecology and Management, 262, 170–177. https://doi.org/10.1016/j.foreco.2011.03.020
U.S. Forest Service. (2008). Observations on the fauna that visit African Tulip Tree (Spathodea campanulata) forests in Puerto Rico (TreeSearch 38141). Acta Científica, 22(1–3), 37–42. https://research.fs.usda.gov/treesearch/38141
U.S. Forest Service. (2012). Aboveground biomass, wood volume, nutrient stocks and leaf litter in novel forests compared to native forests and tree plantations in Puerto Rico (TreeSearch 47728). Bois et Forêts des Tropiques, 314(4), 7–16. https://research.fs.usda.gov/treesearch/47728
Wikipedia contributors. (n.d.). Agathis robusta. En Wikipedia. Recuperado el 14 de junio de 2026, de https://es.wikipedia.org/wiki/Agathis_robusta
Unique Trees. (n.d.). Publicación en grupo de Facebook: Unique Trees https://www.facebook.com/groups/uniquetrees/posts/872723330032006/

La maldición del paraíso: Puerto Rico como mercancía fetichista del imperio estadounidense

The Big Stick in the Caribbean Sea. Caricature on Theodore Roosevelt, 1904, William Allen Rogers.

 

 

Por más difícil que sea de asimilar– pues hay muchas emociones atravesadas por esto que estoy a punto de exponer– pensarnos como puertorriqueños desde y como entes colonizados, es entendernos desde una vil ficción. Por varios siglos ha habido un fantasma que recorre tanto a Puerto Rico como al resto del Caribe: el fantasma del imperialismo1.

Desde la llegada de los españoles al archipiélago en 1493, hasta la invasión de los Estados Unidos en 1898, Puerto Rico no ha podido liberarse del yugo imperialista que ha construido un imaginario falso a través de la violencia y la explotación en todas sus formas posibles.

Con Estados Unidos en el poder, estas políticas de violencia y explotación constante, se han visto reflejadas en la sociedad puertorriqueña desde sus inicios y en distintas siniestras maneras. Esta línea ideológica sustentada y naturalizada por el imperio, fomenta una estructura jerárquica de poder que mantiene sometidos a los individuos al control absoluto del opresor. A través de lo que denomino como ficción imperialista– y ficción definida como una invención producida por la imaginación, en este caso, en beneficio del opresor– se ha creado la imagen falsa de un producto rentable y sobreexplotado para el consumo del imperio y más allá del mismo. Estas formas de ficcionalizar al sujeto colonizado y su experiencia se ha manifestado de diversas formas en la sociedad y cultura puertorriqueña.

Para el periodista estadounidense Stephen Crane, autor de la crónica “A Soldier’s Burial That Made a Native Holiday” (1898)2 publicada en el New York Journal, desde una mirada condicionada por una ideología percibida desde el poder, naturalizada y hegemónica, formula un imaginario desde la ficción como un discurso real de los puertorriqueños en comparación con los soldados estadounidense en un funeral:

The natives began to accumulate in a crowd, and from them arose a high-pitched babble of gossip concerning this funeral. They stretched their necks, pointed, dodged those who would interfere with their view. Amid the chatter the Americans displayed no signs of hearing it. They remained calm, stoical, superior, wearing the curious, grim dignity of people who are burying their dead.

 De la misma forma que durante décadas el gobierno estadounidense ha promovido discursos orales y escritos como los de Crane cargados de racismo, sexismo y xenofobia justificados desde su posición de poder imperial, ha creado y desarrollado nuevas formas de representación del archipiélago para su beneficio propio, escondiendo las causas reales detrás de estas vil representaciones. La expansión por parte del imperio estadounidense a finales del siglo XlX y principios del siglo XX se debió principalmente al desarrollo de su capital a cuesta de los percibidos como “socialmente inferiores”. Con esta idea como eje central, el imperio ha vendido históricamente a Puerto Rico como una mercancía explotada constantemente ante el mundo; como un paraíso hiper-rentable para el poder y todos aquellos que se relacionan con él. Una de las definiciones de “paraíso”3 es la de un sitio o lugar muy ameno. A partir del siglo XX, el imperio estadounidense en una estrategia comercial con fines exclusivos de dominación, empieza a fotografiar distintos paisajes alrededor del archipiélago, exotizando no solo el paisaje natural, sino los cuerpos de los nativos– personas negras y pobres del centro de la isla– y creando condiciones propicias fomentando el turismo desmedido, las violentas prácticas antropológicas y la inversión desmedida dentro y fuera de la región.

De izquierda a derecha. A Row of Pickaninnies,                                                            Porto Rico, 1909 y They Have no Stokings to                                                                Hang, s.a.

 Para Marx (ed. 1990) “Una mercancía parece ser, a primera vista, una cosa trivial y comprensible de por sí” (77), por ende, una complejidad más extensa que se aleja de la idea de algo meramente insignificante. Más adelante en ese mismo párrafo añade “Pero, no bien entra en escena como mercancía, se transforma en cosa sensorialmente suprasensible”. Pensar a Puerto Rico como mercancía del imperio estadounidense, es enfrentarse a un monstruo que nos asedia a todos los puertorriqueños desde una perspectiva crítica decolonial. Pasamos de las tarjetas postales de a principio del siglo XX, en donde el paisaje exótico y la niñez nativa son protagonistas frente al lente del hombre blanco imperialista, y pasamos a la construcción de grandes resorts para la comodidad de los inversionistas, lo que conlleva la gentrificación y la explotación de las comunidades más vulnerables de la sociedad puertorriqueña. Esto precisamente rompe con la idea de la mercancía “como imágenes autónomas dotadas de vida propia, relacionadas entre sí y con los hombres” (79). Esto es lo que Marx llama el carácter fetichista de la mercancía.

A través de la idea de que la mercancía parece tener un valor y poderes propios que ocultan las relaciones sociales y el trabajo humano que realmente lo crearon, se ignoran casi en su totalidad las formas e incluso las condiciones en las que se producen dichas mercancías. Partiendo de esta premisa, se puede desmantelar la ficción imperialista que nos han querido vender del paraíso. La imagen comercial que se tiene a nivel mundial de Puerto Rico es a través de sus paisajes naturales y su cultura “colorida”, muchas veces intervenidas por el filtro del colonialismo que nos hace percibirnos en un paraíso al cual realmente no pertenecemos y no es real. Soy consciente de que en este análisis de la mercancía y su carácter fetichista puede situarse hacia nociones más simbólicas o metafóricas, pero es que nuestro valor como sociedad ha estado atravesado por la explotación con fines capitalistas que ignoran la realidad detrás del objeto al cual se le asigna un valor y nada más. Esto lleva a pensar en que la ficción del paraíso que nos ha vendido por décadas el imperio estadounidense primero, responde a intereses meramente económicos, y segundo, es una estrategia propagandista para despojarnos de quiénes somos, imposibilitando una lucha colectiva en contra del capitalismo. Estas políticas “sólo satisfacen las múltiples necesidades de sus productores, en la medida en que todo trabajo privado particular útil es cambiable por todo otra clase de trabajos privados útiles, o sea le es equivalente” (80).

Si más no es cierto que Puerto Rico se ha visto afectado por las políticas de lucro por parte del imperio estadounidense, también es importante destacar las múltiples luchas de los distintos sectores marginalizados alrededor del archipiélago en contra de estas políticas violentas. Sus voces han sido fundamentales para el quehacer colectivo y revolucionario, que aprende y desaprende para mejores porvenires. Desaprender para entendernos fuera de la ficción imperialista es un ejercicio arduo y de todos los días. Desmantelar al paraíso, a esa mercancía construida desde la explotación y restaurada en una tortura continua, es el mayor acto de revolución que podemos realizar como individuos colonizados con la posibilidad de grandes cambios.

Notas
1 Referencia al célebre pasaje de Karl Marx en El manifiesto comunista (1848).
2 Stephen Crane, A Soldier’s Burial That Made a Native Holiday, New York Journal, August 15, 1898, The Archive of American Journalism, Stephen Crane Collection.
3 Definición de la Real Academia Española
4 Libia M. González López “Capturas: la fotografía y la niñez, Puerto Rico, 1899-1920” del libro La mirada en construcción: ensayos sobre cultura visual. San Juan: Luscinia C.E., 2022.
Referencias
Crane, Stephen. “A Soldier’s Burial That Made a Native Holiday.” New York Journal, August 15, 1898. The Archive of American Journalism, Stephen Crane Collection.
Marx, Karl. El capital. Tomo I. Moscú: Editorial Progreso. Acceso electrónico. https://www.marxists.org/espanol/m-e/capital/karl-marx-el-capital-tomo-i-editorial-progreso. pdf
Rogers, William Allen. “The Big Stick in the Caribbean Sea. Caricature on Theodore Roosevelt, 1904”. 1904. Caricatura política.
https://www.meisterdrucke.us/fine-art-prints/William-Allen-Rogers/738593/The-Big-Stick-in
-the-Caribbean-Sea
Sued, José Orlando, y René Rodríguez-Ramírez, eds. La mirada en construcción: ensayos sobre cultura visual. San Juan: Luscinia C.E., 2022.
Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Biblioteca Digital Puertorriqueña. Colección digital. Sitio web. https://upr.contentdm.oclc.org/

Doleme ahora

 

 

Leila Guerriero

Entonces la levanté. Con la mano derecha la levanté de la camilla y me puse su cuerpo de tres kilos sobre el hombro, la acuné, le dije palabras de amor. La levanté igual que cuando estaba viva y maullaba por la casa y se movía como una diva hierática y yo corría jocosamente detrás de ella hasta que la levantaba, la ponía sobre mi hombro derecho, y ella disfrutaba y ronroneaba durante unos minutos hasta que se hartaba y quería bajar. La levanté y la acuné, el cuerpo todavía tibio y flojo, le dije amor, mi amor, aunque ya estaba fuera de este mundo, yacente, yerta, y le besé la cabeza, un fruto liviano y suave, y después de unos minutos volví a dejarla donde la habían puesto y me fui. Y no al otro día, pero sí al siguiente, el brazo derecho empezó a dolerme. Qué extraño, dije entonces, porque no había hecho esfuerzos raros, más bien había estado ocupándome de las tareas de la agonía y del alivio, de la internación y el acompañamiento, del abandono de la vida. Entonces fui al traumatólogo y me dijo que no era grave, que el músculo estaba presionando un nervio, que podía solucionarse fácilmente con unas aplicaciones de equis cosa, y fui en peregrinación hasta su consultorio en viajes tristes dos, tres veces por semana, y recibí un tratamiento efectivo que disminuía el dolor, y mientras el traumatólogo me decía cosas que eran ciertas ―el músculo presiona, el nervio se queja, el cuerpo sabe, inflama para desinflamar― yo empecé a pensar que mi brazo había absorbido el peso de la muerte, que el amor muerto se me había encarnado. Y me pareció bien que me doliera, me pareció bien que su muerte se prolongara en mi vida, en mi brazo ardiente, en el rayo del dolor, y mientras el dolor disminuía pensaba: “Doleme ahora, amor, porque es todo lo que va a quedar, este resto, el dolor de tu falta”. Pensaba, digo, lo que dice ese poema de Donald Justice: “Prolonga ahora el dolor si eso es todo lo que hay que prolongar”.