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La ruta de acceso a medios audiovisuales puertorriqueños

Especial para En Rojo

El acceso al cine y otros medios audiovisuales en Puerto Rico no cuenta con una estructura coherente y centralizada. En los últimos años han habido intentos de formar plataformas y repositorios que alberguen materiales cinematográficos producidos en la isla, pero por diversas razones aún no se concretiza un espacio que sea de fácil acceso para la ciudadanía, más cuando esos esfuerzos usualmente caen en manos privadas, y no cuentan con ningún tipo de apoyo del estado y sus instituciones culturales. Aquí relato el tracto reciente de estas gestiones y traigo unos ejemplos internacionales que pudieran apoyar a mejorar la capacidad de consumo de contenidos cinematográficos producidos en Puerto Rico.

Hace seis años, cuando iniciaba la pandemia del COVID-19 y la ciudadanía se confinaba en sus hogares para resistir el virus, se dieron unas conversaciones entre dos gestoras culturales importantes acerca de crear un proyecto para la divulgación de medios audiovisuales producidos en Puerto Rico.

Tanto Marina Reyes Franco, la ahora curadora del Museo de Arte Contemporáneo (MAC), como Gisela Rosario Ramos “Macha Colón”, directora de largometrajes y documentales, conversaban sobre la posibilidad de crear una red que albergara los trabajos de colegas de la industria cinematográfica para el disfrute de la ciudadanía y el acceso a los contenidos audiovisuales. Su gestión se basó en hacer inicialmente un documento abierto, en la forma de una tabla de Excel, donde cineastas, productores y otros artistas pudieran colocar enlaces directos a sus trabajos, con las debidas fichas técnicas y otra información relacionada. El documento fue de amplia circulación, y contaba con películas de directores reconocidos como Mariem Pérez, Ari Maniel Cruz y la propia Gisela Rosario Ramos, logrando el aporte de muchísima gente para constatar un archivo de medios audiovisuales que fuese representativo de la distinguida obra cinematográfica nacional.

Sucede que llega a manos del diseñador Javier Vélez, quien acopia toda la información del documento y lo distribuye en una página web para el fácil acceso del público. Así nace la plataforma Cine.pr, que fungía como una especie de repositorio no oficial de diversos trabajos filmográficos producidos en Puerto Rico de personas que sometieran la información mediante enlaces, donde se podían encontrar titulos como “Antes que cante el gallo” (Ari Manuel Cruz, 2015), “La Guagua Aérea” (Luis Molina Casanova, 1993), “Las Carpetas” (Maite Rivera Carbonell, 2011), entre más de 200 filmes de diversos géneros.

Fue una gesta importante, ya que a ese momento no existía una página digital formal donde se pudieran acceder películas puertorriqueñas, tanto para consumo de ocio, programación o investigación. Lamentablemente, según me cuenta Gisela Rosario Ramos, hubo falta de comunicación con las partes involucradas, por lo que que el proyecto fue perdiendo apoyo entre los artistas involucrados y teniendo una duración de apenas unos meses, revirtiendo el acceso al material audiovisual a su estado original.

Para ese mismo tiempo, el Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP) mediante su Archivo de Imágenes en Movimiento, decidieron subir a la página web oficial de la agencia la mayoría de las películas que se habían digitalizado hasta ese momento. Ahí se destilaba una amplia selección de películas de la División de Educación a la Comunidad (DIVEDCO) y otros contenidos audiovisuales de representación folclórica que fueron realizados entre 1947 y 1970, que incluyen “Los Peloteros” (Jack Delano, 1951), “Pedacito de Tierra” (Benji Doninger, 1952), “El Yugo” (Oscar A. Torres, 1959), “El Puente” (Amilcar Tirado, 1954), entre muchos más. Esta página abrió la posibilidad a que la ciudadanía pudiera acceder a material cinematográfico representativo de una época importante en la historia de nuestro cine, y permitió la consulta de diversos títulos que no estaban disponibles en el internet, ni estaban siendo circulados en carteleras locales.

Por otro lado, en septiembre de ese año, nace la página de Medios Audiovisuales de la Universidad de Puerto Rico – Recinto de Río Piedras, donde se encuentra material digitalizado por la Unidad de Cine, Radio y Televisión de la Facultad de Comunicación e Información en el portal de Youtube.

En este repositorio se albergan noticias televisivas, episodios de los programas de Tommy Muñiz, y sobre 115 cintas sonoras de discursos del licenciado Juan Mari Brás, Norman Pietri y otros líderes independentistas, realizados entre las décadas del 50 y 60. Además se encuentran diversos documentales, entre estos sobre el poeta Francisco Matos Paoli, “Desalambrando” (Pedro Ángel Rivera Muñoz, 2017) acerca de las comunidades que ocupaban terrenos y sus violentos desahucios por parte del gobierno estatal, y varios contenidos de interés público que son de acceso gratuito.

Otra iniciativa que ha buscado atar los cabos en relación al acceso a material audiovisual puertorriqueño es la plataforma Island Hub, que funciona similarmente a la desaparecida Cine.pr. Esta plataforma, lanzada en el 2021 por el empresario Joel Ivan Rivera y Carlos McConney, destaca un número de títulos similar a su antecesora, pero amplian los servicios de streaming que no se limitan a cine exclusivamente, para traer conciertos, eventos deportivos y coberturas de entretenimiento, además de contar con algunas películas latinoamericanas poco reconocidas. Island Hub ahora es el repositorio que contiene las películas de los antemencionados directores, aunque no cuenta con la cartelera completa del cine puertorriqueño, y ha recibido poca cobertura en los medios, además de no contar con un mercadeo a nivel nacional. Esta plataforma por lo pronto es lo más cercano que tenemos a un servicio de streaming en el cual se pueden acceder contenidos locales de manera gratuita, y otros con una suscripción por $4.99 mensuales.

Cabe mencionar que la manera en la que se produce cine en Puerto Rico, según las leyes habilitadoras, es mediante créditos contributivos a productores extranjeros, y en algunos casos a los locales, mediante una serie de trabas burocráticas que limitan la posibilidad de financiamiento, y que en el pasado se han prestado para la corrupción. En el 2023 a través de los Fondos ARPA propiciados por el gobierno federal, se destinaron $74 millones para el financiamiento de películas, redundando en la producción de cerca de 32 largometrajes, entre estos “Perla” (David Norris, 2026), “Borealis” (Heixan Robles, 2026) y “Extranjera” (Michelle Malley, 2026).

Sería interesante mirar proyectos de países como México (Cine MX), Brasil (Tela Brasil) y Argentina (Cine AR), que cuentan con sus institutos de creación cinematográfica y a su vez diseñaron una plataforma de acceso gratuito a los contenidos audiovisuales, ya que son financiados con fondos públicos, como igual lo son los proyectos fílmicos mediante fondos concursables. Esto provee oportunidades de crecimiento económico, artístico y cultural al manejar de manera integral la capacidad de creación cinematográfica, apostando siempre por el mejor interés de la ciudadanía y que ello repercute en la distribución de sus materiales a nivel nacional e internacional.

El balcón intermedio según la artista Ada del Pilar

 

Especial para En Rojo

Esta vez, no estamos en su taller, porque ya no existe. Lo ha cerrado hace unos días, su espacio en casa Rosa Luisa vio salir sus últimos moldes en camino a Chicago. Pero acordamos encontrarnos a la 1:00 en el restaurante de la esquina de la plaza de Ponce, y me escribe que llega en unos minutos.

La escultora Ada del Pilar se encuentra en el interludio, en el espacio intermedio entre segmentos de la narrativa, en ese dónde se mueve todo para la próxima escena. Nacida en Barranquitas en 1995, lugar que ha sido cuna de grandes escultores (Andrés Sierra, Rafael López del Campo, Arnaldo de la Loma, etc.) comienza su formación temprana en los talleres de la Liga de Arte de San Juan, ingresando luego en la Escuela de Artes Plásticas. En un instante, llega Ada, su cabello oscuro, entramado al igual que sus ojos.

“Yo quería ser pintora,” dice del Pilar, “se sentía bien orgánico que mi bachillerato fuera en eso… pero, poco a poco, se me fue creando la inquietud de que quizás la pintura no es la mejor herramienta para mí, para elaborar mis ideas.” Y es bajo la tutela de Dhara Rivera, en la clase de cerámica, que se introduce a la escultura, donde cambia el paradigma de su visión, del lienzo a lo multifacético. En su incursión a la cerámica, comienza a realizar moldes; aspecto que luego se convertirá en parte esencial de su proceso creativo.

Recordaba que, para finales del 2018, en su último año de bachillerato, buscaba elaborar su obra final. “Estando en su clase, me puse a pensar que mi trabajo siempre ha sido sobre la memoria,” dice Ada “por alguna razón, la narrativa familiar, siempre ha sido algo bien atractivo, desde mi propia historia, y en el ámbito global, muchas de las fotos de los álbumes se desarrollan en la casa, que en primera instancia es el primer núcleo, ese caparazón, el primer espacio.”

«Pensando en esas cosas, recordé cuando a mi hermana la pusieron a leer La Llamarada, y le dieron la asignación de visitar una central azucarera. Ella fue a la central Aguirre. Estamos allí, y desde que entramos al barrio el paisaje es distinto; las casas son distintas. Hay algo raro. Al final de la calle vez este monumento gigantesco, que es la central, y te quedas como -¿qué es esto?-«.

Allí, entraron a varias casas, abandonadas, donde había fotos tiradas por el suelo, muebles rasgados y curtidos por la exposición a los elementos. La separación entre interior y exterior se había eliminado con la perdida de las ventanas y las puertas.

«Ya yo estaba entrando a la narrativa de lo que es la casa, pero más como un concepto simbólico. Luego, empiezo a leer sobre Aguirre, sobre la caña en Puerto Rico, cuando doy con la lectura de Enrique Vivoni, que se crio allí. Leo su ensayo, y algo que yo no sabía: el diseño de las casas fue explícitamente diseñado para segregar a los obreros puertorriqueños y a los empleados americanos; por el color de la casa, la distribución geográfica de la casa- este terreno tiene escuelas, tienen cuidos, tienen clubes americanos, casas bungalow muy simbólicas de las plantaciones del sur de los Estados Unidos, mientras que en Monte Soria vivían los obreros puertorriqueños. Y eran casas que por diseño simulaban las casas de los esclavos del siglo XIX españolas. La arquitectura no es tan pasiva como creemos que es. Puede ser una herramienta, o un arma.”

Como llevando a un testigo, decide despellejar la pintura de las paredes de cuatro casas, decisión que fue introducción a su práctica de hoy. «El trabajo empezó bastante expansivo, en el sentido de verlo todo más como un macro. Y con el tiempo, mientras he estado entendiendo más aspectos históricos y hasta semióticos de la ornamentación en Puerto Rico, se ha ido concentrando en el detalle, en las ornamentaciones, en las rejas, en los moldeados que hay en las fachadas, y cómo la ornamentación es un vehículo de la identidad. El balcón es sumamente teatral.»

El balcón, la reja, el balaustre fueron excusas para poder hacer algo nuestro, una expresión personal a través del ornamento. “Es un lenguaje que se está viendo cada vez más poquito, que las personas que creaban estos elementos ya no están. Y también nos habla del desplazamiento, cultural, y de patrimonio histórico. Para mí es sumamente especial poder de alguna manera preservar eso. Aunque yo no conozca la historia de como -x- casa llegó a ser, siento que es una identidad o una memoria que pertenece a un colectivo mucho más grande. Todos compartimos esas memorias, de estar en el balcón, del primo del hermano de la abuela.” nos dice Ada.

Su obra envuelve el encuentro, el toparse con los fragmentos de la historia a través de la ornamentación, sobre la que realiza moldes, en los que cuenta sus historias de lo que pudo pasar. Las rejas se transmutan, se vuelven vítreas, transparentes al ser hechas en resina. O se vuelven fluidas, perdiendo su rigidez y propósito inicial al hacerlas en látex. Es la contemplación de un objeto que ha perdido su funcionalidad, y en ello ha surgido la esencia de su entorno. Se desplaza la función al igual que a los pueblos. “Es un desplazamiento que lo quiero plasmar desde la fachada, desde la carta de presentación.” comenta del Pilar.

Pero ha cerrado su taller, y ha habido varios con los años: las casitas en Bayamón, Ponce. Y se encuentra en el intermedio. En agosto, se va al Art Institute of Chicago a realizar una maestría en Escultura. El tener que irse, que formar parte de la diáspora a la vez es un preludio. Sigue formando parte de lo que será. Es irónico que haya que dejarlo todo para trabajar con lo que se deja.

Y nos encontramos en el restaurante, y Ada mira por la ventana, a las rejas, los ornamentos, la historia que busca capturar, congelar en el tiempo, como preservando lo que fuimos dentro de nuestro interminable intermedio.

 

Las nubes no tienen la culpa

 

Por José Rivera Santana

 

¿Por qué un racionamiento ahora, cuando tenemos menos población y un aumento en las fuentes de abasto de agua desde el 2000? El racionamiento no es el resultado directo de la sequía. Las nubes no son responsables de los errores en el manejo del recurso agua, tampoco tienen la culpa de la falta de mantenimiento de la infraestructura de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA).

Conviene recordar que la construcción del Superacueducto de la Costa Norte, luego de la sequía de 1994-95, se nos vendió con la promesa de que éste evitaría los racionamientos de agua en el Área Metropolitana de San Juan, aún en periodo de sequía extrema. Su puesta en operación significó un aumento de 100 millones de galones diarios (mgd) de agua. Pero, la promesa fue destrozada por la próxima sequía, la del 2015.

La AAA es la agencia que abastece la mayor parte de la demanda de agua potable a los distintos sectores del País. Los datos de la Autoridad indican que la demanda de agua asciende a cerca de 200 mgd. Sin embargo, para atenderla, la Autoridad tiene que producir 513 mgd. ¿Por qué esa diferencia enorme entre demanda y producción? Hay cuatro razones principales que son además las responsables del racionamiento.

PRIMERO, los embalses se diseñan y se construyen para que el agua esté disponible, precisamente en momentos de sequía extrema, pero no se puede exceder su capacidad de diseño. El problema surge por las deficiencias en el sistema de distribución de la AAA. Esa infraestructura arrastra un mal endémico de pérdidas físicas, estimadas recientemente en cerca de 52 por ciento, equivalente a 267 mgd. Es decir, para atender la demanda de agua la Autoridad tiene que producir el doble. Esa extracción adicional (246 millones mgd) se hace excediendo la capacidad o el rendimiento seguro de los embalses, acuíferos y tomas de agua. Un buen ejemplo es el embalse de Carraízo. Su rendimiento seguro es 63 mgd, sin embargo, se le extraen 90 mgd. No tiene que haber sequía, con tan solo una merma en la precipitación de varias semanas los niveles de los embalses bajan dramáticamente. Como resultado, la confiabilidad del sistema de abasto se va al piso y el racionamiento se asoma inmediatamente.

Es obvio que reducir las pérdidas es asunto prioritario. Así lo estableció el Plan Integral de Recurso Agua (PIRA), preparado por el Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA) y firmado por el gobernador en el 2016. Entonces, el PIRA destacaba que reducir las pérdidas a un 33%, significaría que la extracción de agua, en el caso de los embalses de Carraízo y La Plata, estaría a tono con su rendimiento seguro, lo que supondría que no sería necesario el racionamiento aún en condiciones de sequía. Pero, lamentablemente, luego de 11 años, poco se ha avanzado y ayer, hoy y mañana las pérdidas de agua serán el equivalente a 4 embalses Carraízo.

De lo anterior se puede concluir que, de poco sirve construir nuevos embalses y fuentes de abastos si el 52% de su extracción se va a perder. Ni hablar de lo costoso que eso significaría para un gobierno en condiciones financieras críticas.

LA SEGUNDA razón es la pérdida de capacidad de los embalses debido a la sedimentación. La falta de rigor en la implantación de las reglamentaciones protectoras de las cuencas hidrográficas y de las áreas de captación de los acuíferos ha permitido actividades de construcción, deforestación y de extracción de material de la corteza terrestre en las áreas más susceptibles a la erosión. Esto provoca que la sedimentación crezca con cada evento fuerte de lluvia y Carraízo, nuevamente, es un buen ejemplo. Los efectos del dragado que se hizo en 1998, a un costo de $60 millones, se desvanecieron pocos años después. Y lo mismo va a ocurrir con el dragado reciente (aún más costoso).

LA TERCERA tiene que ver con las agencias a cargo de otorgar permisos. Si se sabe cuál es el rendimiento seguro de los embalses, entonces, por qué se dan permisos de uso de agua por encima de esa capacidad. Inexplicablemente, la propia AAA endosó (y endosa) permisos que exceden el rendimiento seguro del sistema de agua del que se serviría la actividad solicitada. La situación pinta peor, pues los sectores económicos vinculados a la industria de la construcción andan en una cruzada desbocada para desmantelar lo que queda de los procesos de planificación, como el Plan de Uso de Terrenos, y con ello dar rienda suelta a la otorgación de permisos sin importar el costo ambiental, económico y social. En consecuencia, las áreas críticas de las cuencas hidrográficas y de recarga de los acuíferos están en jaque, comprometiendo la capacidad de las fuentes de abasto de agua.

UNA CUARTA RAZÓN no puede escaparse. Tal como fue anticipado en estudios realizados desde la década del ochenta, el desparrame urbano y el uso ineficiente del territorio ha provocado un manejo insostenible de los recursos. En cuanto al agua, el desparrame urbano ha traído consigo una mayor extensión de la infraestructura (tuberías, tanques, estaciones de bombeo) que requieren llenarse de agua y buen mantenimiento. En consecuencia, aumenta la vulnerabilidad a roturas y reparaciones.

Atender estos asuntos requieren voluntad política y compromiso con el presente y futuro del País. De esas cualidades, las pasadas administraciones de gobierno han hecho gala de una enrome sequía y de una irresponsabilidad criminal ante la posibilidad de una mayor frecuencia de sequías extremas, como resultado del Calentamiento del Planeta.

 

Reproducido de www.puertoricotequiero

 

La historia detrás de estas fotos

Screenshot

 

Era un día bonito, de esos en que el cielo parece una promesa y uno piensa en la playa o en un paseo por la montaña, en cualquier cosa menos en el trabajo. Pero era jueves, 20 de junio de 2002, y Puerto Rico amanecía sin saber que estaba a punto de presenciar uno de los episodios más tensos y reveladores de su historia política reciente. Desde temprano se supo que la gobernadora Sila María Calderón había ordenado que se colocara la bandera de los Estados Unidos en la entrada de la Procuraduría de las Mujeres, junto a la de Puerto Rico, que hasta ese momento se erguía sola y orgullosa frente a una agencia recién creada para atender violencia de género, hostigamiento sexual, equidad laboral y derechos reproductivos. Al frente de esa institución estaba María Dolores “Tati” Fernós López-Cepero, feminista, abogada, primera Procuradora de las Mujeres, quien decidió no acatar la orden de inmediato. Esa decisión, aparentemente administrativa, provocó una reacción inmediata del liderato del PNP, que interpretó el acto como un desafío político y simbólico.

La ironía era brutal y evidente: la oficina encargada de proteger los derechos de las mujeres, de combatir la violencia de género y de promover la equidad, se convertiría ese día en escenario de un acto de intimidación política protagonizado por líderes que, en vez de comportarse con la responsabilidad que exige el poder, entraron como truhanes, imponiendo fuerza donde debía haber diálogo, y dejando en evidencia una contradicción dolorosa: la facilidad con que algunos hombres en posiciones de poder recurren al atropello precisamente en un espacio dedicado a erradicar esas conductas.

La noticia corrió rápido por las ondas radiales. En WAPA Radio, el reportero Jorge Blanco comenzó a transmitir en vivo que Carlos Pesquera, presidente del PNP, “iba camino a la Procuraduría” para colocar la bandera estadounidense él mismo. No convocó explícitamente a nadie, pero en el Puerto Rico de 2002, la radio era un arma política y WAPA Radio un megáfono que contribuyo a calentar el ambiente. Su transmisión actuó como una convocatoria de facto, movilizando a militantes y activando a líderes que escucharon la noticia en tiempo real. El ambiente se calentó. La tensión creció. Y el país, sin saberlo, se encaminaba hacia un motín.

A eso de las once de la mañana, Pesquera llegó al edificio acompañado por Edwin Mundo, operador político; Thomas Rivera Schatz, secretario general del PNP; y Leo Díaz Urbina, legislador y portavoz del partido. Los cuatro, figuras de poder, rodeados por seguidores que habían escuchado la transmisión radial, se presentaron frente a la Procuraduría con la determinación de entrar. Adentro, empleados nerviosos. Afuera, prensa. En el aire, un choque inevitable. La subprocuradora Eileen Navas había dado instrucciones claras al chofer de la agencia, Dennis Arroyo: no permitir la entrada de Pesquera. Pero Pesquera no se detuvo. Hubo empujones, gritos, forcejeos. A las 11:10 a.m., tomó por asalto el vestíbulo, abriéndose paso hacia el área de recepción con la bandera en mano, como si el edificio fuera territorio conquistado.

Detrás de él, Edwin Mundo bloqueó puertas interiores, impidiendo la salida de dos reporteros del semanario CLARIDAD, quienes quedaron atrapados dentro del edificio. La fotoperiodista Alina Luciano, también de CLARIDAD, intentó documentar el caos y fue agredida por Pesquera en medio del tumulto. Un policía resultó herido durante los forcejeos. La propiedad pública sufrió daños. El edificio quedó sitiado. La tensión se extendió por horas. Pesquera declararía más tarde que estuvieron allí cuatro horas, en un ambiente de caos, gritos, empujones y puertas bloqueadas.

Mientras el motín se desarrollaba, el superintendente de la Policía, Pedro Toledo Dávila, exagente del FBI y negociador de crisis, enfrentaba la tormenta desde la comandancia. Toledo, conocido por su disciplina férrea y su manejo directo de situaciones de alto riesgo, tuvo que coordinar la respuesta policial, manejar la presión mediática y atender las exigencias de transparencia de la prensa. Durante el proceso judicial posterior, Toledo supervisó el fichaje de los líderes del PNP, un procedimiento que generó tensión adicional. Como presidenta de la Asociación de Periodistas de Puerto Rico (ASPPRO), solicité acceso a la información policial, incluyendo el material relacionado con el fichaje de los líderes del Partido Nuevo Progresista, ordenado por la jueza Isabel Linares. Finalmente, Toledo accedió a entregar las fotos a los periodistas, pero a través de la ASPPRO. Al entregármelas, junto a nuestro abogado, el licenciado Manny Suárez hijo, nos pidió que nos encargáramos de la distribución de las mismas siguiendo los protocolos de divulgación de la época, lo que así hicimos.

El caso judicial que siguió al motín fue uno de los más comentados de la década. Los cargos radicados fueron contundentes: Carlos Pesquera enfrentó acusaciones de motín, agresión y daños a propiedad pública; Edwin Mundo, de motín, restricción a la libertad y agresión a un policía; Thomas Rivera Schatz y Leo Díaz Urbina, de incitación al motín. La jueza Isabel Linares encontró causa para arresto. Los periodistas de CLARIDAD—Luciano y los dos reporteros atrapados— declararon en sala, confirmando la agresión, la restricción a la libertad y el caos dentro del edificio. Sus testimonios fueron esenciales para reconstruir lo ocurrido. Sin embargo, en 2004, un jurado declaró no culpables a los acusados. El país quedó dividido. La memoria colectiva, marcada.

El 20 de junio de 2002 quedó inscrito como un día en que la política puertorriqueña mostró su rostro más crudo: la mezcla de poder, presión mediática, improvisación y confrontación que puede desbordarse cuando los símbolos se vuelven armas y las instituciones se convierten en trincheras. Fue un día bonito, sí, pero también un recordatorio de cuán frágil puede ser la dignidad institucional cuando quienes deben protegerla deciden atropellarla.

https://youtu.be/C1Z0Hx8jGSw?si=7VaaRKagoaONh0q4

La imagen que Maitland, Australia, convirtió en patrimonio

 

Una exposición en Australia reveló cómo el racismo puede transformarse en mercancía, nostalgia y poder institucional

Fotos suministradas por el autor.

En febrero de 2009 visité por primera vez Maitland, una ciudad de New South Wales, Australia. Iba de paso porque la familia de quien entonces era mi novia —hoy mi esposa y madre de nuestro hijo— vivía allí. Llegué al pueblo vestido con un pantalón verde brillante estampado con imágenes de martinis y una camisa rosada. La gente me miraba como si fuera un extraterrestre. En mi inocencia pensé que era solo por la ropa. Años después, también comprendí que esas miradas señalaban que yo no era “blanco”. Cuando utilizo el término “blanco”, lo hago reconociendo que las “categorías raciales” varían de una cultura a otra, aunque el privilegio asociado a la blanquitud siempre persiste. Durante aquel viaje vi por primera vez la imagen que, tiempo después, me impulsaría a desarrollar una exposición basada en cinco años de investigación. Se trataba de un hitching post (un poste de hierro fundido para amarrar caballos) que recrea a un niño negro de pie sobre una paca de algodón. La figura tiene la mano extendida para sostener las riendas. Me sorprendió encontrar esta figura en la calle principal del pueblo. También me resultó revelador que no encarnara a una persona negra de la región, sino a un niño afroamericano construido a partir de una iconografía de la servidumbre de hace aproximadamente 150 años. Jamás imaginé que, con el paso del tiempo, viviría en ese pueblo y que una parte de mi práctica artística terminaría girando en torno a aquella imagen.

Me niego a llamar a esa representación “el niño” o “el niño negro”, porque hacerlo confunde la representación con una persona y termina por “humanizar” la mercancía, mientras oculta la violencia de la imagen. Prefiero referirme a esta figura como el objeto, el Black Boy Hitching Post o, simplemente, la imagen. Cada año el municipio vuelve a pintar la imagen con un negro azabache, plano y muy brillante: un color que no se aproxima a ninguna tonalidad real de la piel humana. Tampoco se acerca a la profundidad del color de piel negro, un color hermoso y sagrado con el que toda la humanidad mantiene una conexión ancestral. Todos descendemos de África. Algunas personas tienen una línea ancestral directa con esos antepasados africanos y otras, como yo, tienen abuelos negros. Otros encuentran esa ascendencia muchos milenios atrás, pero todos compartimos esa conexión.

Años después regresé a Maitland y viví allí desde octubre de 2019 hasta diciembre de 2025. Durante ese periodo desarrollé la obra que ahora se presenta en Maitland Regional Art Gallery como parte de la bienal UPRIVER DOWNRIVER. Vivir allí me permitió comprender que esta imagen, dolorosa para muchas personas racializadas, negras, aborígenes e isleñas del Estrecho de Torres, adquiere otros significados para una parte de la población local. Para algunos habitantes la figura es un recuerdo de su infancia, una curiosidad o una pieza del patrimonio de la ciudad. Para mí, como artista puertorriqueño formado por la experiencia colonial del Caribe, la imagen comunica algo muy distinto: un cuerpo negro transformado en herramienta, adorno y mercancía; un cuerpo condenado a permanecer permanentemente útil, funcional y en posición servil. Mi exposición en Maitland Regional Art Gallery no comenzó como una petición para retirar el objeto; comenzó como una investigación que cuestiona: ¿De dónde proviene esta imagen? ¿Cómo llegó hasta Australia? ¿Qué relaciones de poder permiten que una representación de servidumbre racial se convierta en un símbolo querido y protegido por una comunidad? Lo ocurrido tras la apertura de la exposición terminó por confirmar las preguntas centrales de mi trabajo.

La imagen fue creada en Maitland. Su origen se remonta a una práctica comercial estadounidense de hitching posts decorativos producidos durante los siglos XIX y XX por compañías como J. W. Fiske & Company y J. L. Mott Iron Works, vinculadas a la ciudad de Nueva York. Estas empresas fabricaron y distribuyeron figuras de niños y sirvientes negros representades en posiciones de subordinación, tanto antes como después de la abolición formal de la esclavitud en los Estados Unidos de Norteamérica. Esa abolición, sin embargo, no fue absoluta. La Enmienda 13 mantuvo una excepción que permitió la continuidad de la esclavitud y del trabajo forzado como castigo en el sistema penal. Esa cláusula continúa legitimando formas de trabajo involuntario en las cárceles de Estados Unidos. En los catálogos que encontré durante mi investigación, estos modelos aparecen identificados con términos abiertamente racistas, como Sambo o Darkey. También aparecen otras representaciones racializadas, entre ellas una figura denominada como Chinaman: una caricatura de una persona de origen asiático construida desde los mismos códigos coloniales y comerciales. Estos objetos revelan la normalidad con la que el capitalismo convertía las jerarquías raciales de esa sociedad en ornamentos utilitarios comerciales. La figura de Maitland muestra a un niño negro sobre una paca de algodón. La elección no es accidental. El algodón fue una de las mercancías fundamentales del capitalismo estadounidense y su producción dependió durante generaciones del trabajo de personas africanas esclavizadas. En este objeto, el cuerpo negro y la mercancía conforman una unidad. La figura no está representada como una persona autónoma. Su función es esperar, extender la mano, sostener las riendas y servir. El objeto transforma una historia de explotación en una decoración funcional.

Desde una perspectiva marxista, la imagen muestra cómo el capitalismo racial reduce cuerpos humanos a fuerza de trabajo y, posteriormente, a mercancías culturales. La misma sociedad que explotó la labor negra produjo objetos decorativos que romantizan esa subordinación violenta. El cuerpo racializado deja de aparecer como sujeto histórico y se convierte en un producto: primero, como fuerza laboral explotable y, después, como imagen reproducible y vendible. Décadas más tarde, surgió una leyenda asociada a la imagen. Según el relato, la imagen representa a un niño esclavizado llamado Jocko Graves. El niño habría muerto de congelamiento en Navidad mientras sostenía los caballos de George Washington. No existe evidencia histórica que respalde ni confirme esta información. La leyenda fue popularizada por Earl Koger Sr. mediante la publicación infantil The Legend of Jocko (1963), casi un siglo después de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos. Un ejemplar de esta publicación forma parte del archivo que presento en mi exposición. El planteamiento ideológico resulta evidente: el niño negro solo alcanza el reconocimiento de su humanidad tras obedecer hasta la muerte. Su sufrimiento desaparece, su explotación se transforma en sacrificio y su servidumbre se presenta como virtud. La leyenda no libera a la figura de su historia racista, sino que la vuelve más útil para el poder, pues reemplaza la violencia material de la esclavitud por una narrativa sentimental de lealtad, heroísmo y obediencia. Finalmente, le concede un nombre propio: Jocko Graves. El nombre produce una ilusión de identidad, pero no altera la postura de la figura. El niño continúa con la mano extendida, sosteniendo las riendas y sirviendo perpetuamente.

Cuando la imagen llegó a Australia, su historia racial no desapareció. Sin embargo, fue absorbida por otra narrativa: la nostalgia local. Aquí aparece una forma de fetichismo de la mercancía. El objeto se presenta como si poseyera una identidad independiente de las relaciones sociales que lo produjeron. Se habla de su antigüedad, de su valor sentimental y de su importancia para la ciudad, mientras se obvian y se ocultan el trabajo esclavizante, la violencia racial y la economía del algodón que le dieron origen. El Estado también ejerce una forma de gaslighting institucional al invalidar e ignorar los testimonios de quienes planteamos que esta imagen resulta hiriente. La comunidad aborigen de la región y el Mindaribba Local Aboriginal Land Council llevan décadas hablando del impacto de esta figura en su comunidad y de cómo normaliza la representación de las personas negras en posiciones de servidumbre. También, cómo los niños de su comunidad ven, a través de un símbolo protegido por las estructuras de poder, la imagen de una persona negra representada sin autonomía ni dignidad. La nostalgia funciona entonces como una forma de propiedad. Quienes recuerdan la figura con afecto sienten que tienen el derecho exclusivo de definir qué significa la imagen. El dolor e indignación de las personas negras, migrantes y aborígenes quedan invisibilizados frente al valor emocional que una mayoría blanca ha depositado en el objeto

Mi exposición, presentada como parte de UPRIVER DOWNRIVER, reúne dibujos, fotografías, imágenes históricas, textos y documentos de archivo. Las obras llevan títulos extensos, en diálogo con las estrategias del arte conceptual y con la práctica de artistas como Hans Haacke, para quienes la información, el lenguaje y la investigación también forman parte de la creación artística. Mi pretensión no fue ofrecer una interpretación neutral. El arte contemporáneo no está obligado a fingir neutralidad frente al poder. Mi trabajo investiga cómo las imágenes producen ideología, cómo circulan dentro de las instituciones y cómo algunas memorias se convierten en patrimonio, mientras que otras son descartadas, silenciadas o deliberadamente olvidadas.

El 13 de julio de 2026 incorporé a la instalación un informe patrimonial encargado por el propio Maitland City Council sobre la imagen. Es un documento público, financiado con fondos del erario y directamente relacionado con la investigación. Dos días después, el informe fue retirado de la exposición sin mi conocimiento ni consentimiento. Esta acción fue reveladora. El Consejo no solo intentó controlar la interpretación del objeto en el espacio público, sino que también intervino físicamente en una obra que analizaba precisamente cómo las instituciones controlan la memoria. Después de que cuestioné la decisión, el documento fue devuelto. Sin embargo, reinstalar un material después de un reclamo no elimina el acto original de censura. La integridad de una obra no debería depender del permiso de la institución que examina la exposición. El Consejo colocó, además, un letrero aclaratorio junto a la sala que dice: “El Consejo reconoce que esta exhibición puede ofender a miembros de la comunidad de Maitland que durante mucho tiempo han valorado y admirado el Hitching Post. Aunque el Consejo reconoce y comparte esas opiniones, el Consejo también respeta la libertad de expresión y el derecho del artista a presentar esta exposición en esta ocasión.” Esta nota aclaratoria convierte la libertad de expresión en una concesión temporal otorgada por el poder municipal. El objeto racista permanece normalizado en la ciudad. La obra que lo investiga es la que requiere una advertencia que se mantiene en la sala hasta el día de hoy. El alcalde Philip Penfold presentó, poco después, una moción municipal que describe mi exposición como una declaración principalmente política y no como arte. También defendió la permanencia de la figura y se refirió a mí como “out-of-towner” (forastero). La oposición entre arte y política es falsa. El arte cuestiona las relaciones materiales institucionales, de dinero, de propiedad, de trabajo, de clase, de raza y de poder. Declarar que una obra deja de ser arte por cuestionar una estructura política, es una estrategia para deslegitimarla. Mi exposición nunca exigió la remoción de la figura que motivó la investigación. Sin embargo, el debate oficial se redujo a una pregunta conveniente y simplista: “¿Debe quedarse o desaparecer?”. Esa trivialización evita otros cuestionamientos pertinentes: ¿Quién autorizó la retirada de material de una obra? ¿Por qué el Consejo intervino en una exposición pública? ¿Qué intereses estaban siendo protegidos? El uso del calificativo “out-of-towner” también busca presentar la ciudad como propiedad cultural de quienes ya controlan su relato. Pero Maitland se encuentra en territorio Wonnarua no cedido. Utilizar la pertenencia local para silenciar una discusión sobre el colonialismo es una clara contradicción histórica.

El apoyo de Mindaribba Local Aboriginal Land Council es fundamental. Su solidaridad recordó que el objeto no existe únicamente como parte de la historia racial estadounidense. También está arraigado en el imaginario colonial australiano. El racismo antinegro y el colonialismo de asentamiento no son procesos idénticos, pero comparten una lógica material: convertir territorios, cuerpos e historias en propiedad. Ambos sistemas deciden quién puede hablar, quién puede pertenecer y qué memorias merecen protección. Mientras el Consejo defendía la nostalgia de quienes aman la figura, Mindaribba reconoció el derecho de las comunidades racializadas a nombrar el daño.

Más de 500 personas pasaron por la sala que me asignaron la noche de la apertura y al menos 120 asistieron a mi conversación pública en la galería. Aunque la galería tenía una orden de mordaza que le impedía mencionar o promocionar mi charla, la respuesta de la gente demostró que la comunidad no necesita ser protegida ni privada del debate. El 26 de julio publiqué una carta abierta a la comunidad de Maitland. Ese mismo día envié una querella formal al gerente general del Consejo, con copia al alcalde, a todos los concejales, al Mindaribba Local Aboriginal Land Council y a la Maitland Regional Art Gallery. Solicité la retirada del letrero, una explicación de quién autorizó la intervención, una corrección del registro público y garantías de que no volverían a modificar mi obra sin mi consentimiento. Ahora la controversia ya no se trata solo de una figura, abarca también mis derechos morales como artista, la autonomía de las instituciones culturales y el uso del poder político para controlar una narrativa histórica. Como puertorriqueño, reconozco con claridad esta operación. El colonialismo no vive únicamente en leyes y ejércitos, también vive en monumentos, museos, archivos y en relatos aparentemente inocentes e inofensivos.

Una imagen producida por el capitalismo racial estadounidense viajó hasta Australia y fue convertida en patrimonio. Cuando un artista boricua expuso su genealogía, el gobierno local intervino para proteger la estabilidad y vigencia de su significado. El objeto de Maitland muestra que las mercancías no viajan solas. Viajan con las relaciones de explotación que las produjeron, aunque una sociedad intente cubrirlas con pintura, nostalgia y afecto. La verdad histórica no destruye una comunidad. Lo que amenaza a una comunidad es la distribución desigual del poder, manifestada en quién controla la memoria, quién define el patrimonio y quién debe permanecer callado para que otros puedan seguir sintiéndose cómodos. La verdad no es división; la censura sí lo es.