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Honrando al #4

La pizarra y sus laterales marcaban el #4 . Foto Christian Median Rosado

 

CLARIDAD

En lo que debió de haber sido una casa llena, como en tantos encuentros en que José Piculín Ortiz lideró a nuestro equipo nacional de baloncesto, el pasado viernes, 8 de mayo, se efectuaron las honras fúnebres en la Catedral del Baloncesto Puertorriqueño, el Coliseo Roberto Clemente de San Juan. La hermandad del baloncesto nacional se dio cita para rendir tributo a una de las glorias más queridas del deporte nacional.

La actividad comenzó con una misa que Chucho Avellanet acompañó con su voz.  Al culminar el acto religioso, sin aviso, sonó la chicharra del Clemente. Ese sonido tan poco melodioso potenció aún más la solemnidad de los actos y rindió homenaje a una carrera que en tantas ocasiones mantuvo a un país en el borde de las sillas. Otro homenaje visual fue la histórica pantalla setentosa del Clemente que marcaba con el número cuatro todas las estadísticas.

Natalia Meléndez tuvo la encomienda de servir de maestra de ceremonia. Posterior a la misa, el sobrino de Piculín, Fabián Elí,  interpretó la melodía del himno nacional con su violín. La letra estuvo a cargo del público, quien en su mayoría cantó el himno revolucionario, honrando los ideales independentistas del baloncelista olímpico.

Luego del himno, Danny Rivera ofreció una de las canciones que más gustaba a Picu: Mi Árbol y yo. Luego, paralizó el ambiente al cantar Cuando un Amigo se va. El homenaje continuó con los versos del poeta Hermes Ayala, quien le dedicó unas poderosas rimas, de las que erizan la piel.

La esposa, Sylvia Ríos, quien junto a los hijos del fenecido, Gabriel y Neira Ortiz, tomó la palabra, destacó que la inspiración de Picu era su admiración por cuatro mujeres: su madre, Misis Rijos; su hija Neira; ella, su esposa, y la patria, a quien “aprendió a amarla con Armandito Torres”. Culminó sus palabras pidiendo que la ayudaran a mantener su legado.

Natalia Meléndez  invitó a tres grandes figuras del baloncesto, Pamela Rosado, Raymond Dalmau y Flor Meléndez, a  brindar unas palabras. Otras figuras que tuvieron oportunidad de expresarse fueron Yum Ramos, presidente de la Federación de Baloncesto de P. R., y Rolando Hourruitiner, quien compartió cancha con Piculín tanto en la Selección como en la dinastía de los Cangrejeros de Santurce. Rolo recordó que en su primer juego con la selección, Picu le enseñó que “cuando tú te pongas esa camisa, no te la estás poniendo tú, se la están poniendo  millones de puertorriqueños”.  También mencionó que su último juego internacional fue en las Olimpiadas de Atenas 2004, en lo que también fue la última aparición de Eddie Casiano y de Piculín. Recordó, cuando los tres se quitaron la camisa en el camerino por última vez, el sentir todo el peso que representaba llevar la bandera en el uniforme.

Otra voz que habló de la grandeza del Concord Boricua fue William Rosario Cruz, productor del Goatcast, proyecto que describió como una idea de Picu que culminó siendo su despedida al invitar a sus amistades y personas que admiraba.

El acto artístico se completó con Pedro Capó,  Glen Monroig, Oscarito Serrano, Melina León y un cierre de actos con una comparsa de plena liderada por Emanuel Santana.

José Rafael Ortiz Rijos falleció el pasado martes tras una ardua batalla contra el cáncer colorrectal, enfermedad que le fue diagnosticada en 2023.  Su nombre se encuentra inmortalizado en el Pabellón de la Fama del Deporte Puertorriqueño desde 2018 y en el Salón de la Fama de la FIBA desde su exaltación en 2019.

 

Albizu frente al Estado: moral, vigilancia y poder

Especial para En Rojo

 

La historia puertorriqueña está llena de gestos que intentan ordenar el caos. Samuel Silva Gotay lo advirtió hace décadas: la religión en Puerto Rico nunca ha sido un espacio neutro, sino un terreno donde se reproducen las tensiones socioeconómicas y políticas que atraviesan la vida cotidiana. En ese paisaje, Pedro Albizu Campos encontró algo más que consuelo espiritual. Encontró un lenguaje y una arquitectura moral. Una forma de nombrar la opresión sin recurrir al marxismo, sin entregarse al liberalismo criollo y sin aceptar la americanización como destino. Eligió el catolicismo —no el de las devociones populares, sino el de la ortodoxia, la disciplina y la memoria colonial— como columna vertebral de su proyecto político. Ahí comienza la tensión que atraviesa toda su obra. Mientras tanto, el país, hundido en sus contradicciones. Sin una salida clara. Al regresar de la cárcel en 1947 dijo: “La ley del amor y la ley del sacrificio no admiten la separación. Yo nunca estuve ausente”. No hablaba de nostalgia. Hablaba de presencia moral incluso en la cárcel.

Su conversión no fue un arrebato místico. Miguel Ángel Rubero Reyes lo documenta con precisión: ocurrió en Massachusetts, en un entorno donde la fe católica funcionaba como frontera étnica para los irlandeses que resistían al imperio británico. Albizu llegó a ese mundo como estudiante brillante, multilingüe, disciplinado, pero también como sujeto colonial que observaba cómo otro pueblo utilizaba la religión para sostener su identidad frente a un poder que lo quería asimilado. Allí escuchó sermones, discursos, himnos; allí vio cómo la fe podía convertirse en arma política. No encontró a Dios: encontró una épica y la convirtió en nación.

Pero esa historia no empieza ahí. Antes de su vida en Harvard, antes del mito, hubo la invasión de 1898. En ese año la religión no era refugio, era un dispositivo. Nélida Agosto Cintrón lo explica sin miedo en Religión y cambio social en Puerto Rico 1898-1940: la separación entre Iglesia y Estado proclamada por el nuevo régimen fue un gesto retórico. En la práctica, los misioneros protestantes llegaron con Biblias, sí, pero también con informes, mapas, diagnósticos e instrucciones. La americanización no empezó en las escuelas; empezó en los púlpitos. La Iglesia católica, debilitada tras la salida española, no tenía cómo responder pero el Estado colonial sí. El resto era silencio.

En ese vacío surgieron figuras como los Hermanos Cheo: campesinos que predicaban el fin del mundo mientras denunciaban la invasión. La jerarquía católica los persiguió no por herejes, sino por un carisma que no encajaba en la disciplina eclesiástica. Su resistencia fue religiosa porque no tenían otra herramienta. Albizu, décadas después, correría una suerte paralela: perseguido por el Estado por un nacionalismo que no encajaba en el reformismo colonial, y marginado por las izquierdas por un catolicismo que no encajaba en el marxismo. Ese doble filo, de manera implícita, acompañó a Albizu a lo largo de su trayectoria.

Cuando Albizu regresa a Puerto Rico en 1921, trae consigo una mezcla peligrosa: catolicismo ortodoxo, nacionalismo irlandés, misticismo político y una convicción absoluta de que la moral podía derrotar al imperio. No era ingenuidad, era estrategia. Rubero Reyes muestra cómo Albizu se sumergió en el ambiente político irlandés, colaborando con Éamon de Valera y conociendo de cerca la idea de que la identidad católica podía funcionar como arma anticolonial. Pero Puerto Rico no era Irlanda. La Isla no tenía una cultura católica popular tan sólida como la irlandesa, ni una tradición de resistencia religiosa organizada. Albizu importó un modelo que no encajaba del todo y aun así insistió. Ahí es donde la moral se vuelve carga.

Para Albizu, el catolicismo no era solo fe: era frontera moral, disciplina e identidad. Un modo de ordenar un país fracturado y de imaginar una nación que aún no existía. Pero toda estrategia tiene un punto ciego, el de Albizu fue la hispanofilia. Juan Manuel Carrión ha mostrado cómo Albizu convirtió a España en un depósito simbólico: la “madre patria”, la cuna de la hidalguía, la raíz espiritual de la nación. Gordon K. Lewis desmonta esa nostalgia con una frase que todavía incomoda: la Iglesia católica fue durante siglos un brazo del colonialismo español, no una fuerza liberadora. La hispanofilia no era memoria: era mito y toda nostalgia es política. El problema no terminaba ahí. La grieta seguía.

Albizu hablaba de “raza” como perpetuidad de virtudes, no de biología. Pero esa definición —aparentemente inclusiva— borraba jerarquías raciales, silencios de clase y violencias coloniales. Convertía la identidad en moral y la moral en frontera. Mientras Albizu imaginaba una nación moral, el Estado construía expedientes. El FBI ya estaba listo. Su diagnóstico era profético y señalaba directamente las heridas del sistema. En 1933, lo expresó con una claridad que aún persiste: “El imperialismo yanqui en lo moral nos ha conducido al desprecio de nosotros mismos; en lo material, de propietarios nos ha convertido en peones”. Cuando hablaba de sacrificio, el FBI hablaba de subversión. Pero Albizu no se callaba. El 24 de octubre de 1935, ante los cadáveres de los nacionalistas asesinados por la policía en Río Piedras, respondió con un juramento: “Aquí se repite la historia de todos los tiempos: la libertad de la patria se amasa con la sangre y se amasa también con la sangre de los yanquis. Venimos aquí a prestar un juramento para que este asesinato no quede impune. Juramos todos que el asesinato no perdurará en Puerto Rico”. Al mismo tiempo que invocaba a Lares como “tierra santa”, la policía colonial afinaba protocolos de represión que luego se perfeccionarían en 1950, en Jayuya, en Utuado, en Río Piedras y en cada esquina donde el independentismo se atrevió a respirar.

Los archivos judiciales y los informes federales —como los que han estudiado César J. Ayala e Ivonne Acosta, entre otros investigadores— muestran un patrón: vigilancia sistemática, criminalización del independentismo, coordinación entre el gobierno local y las agencias federales, uso de la ley para desarticular movimientos políticos. Sin embargo, Albizu construyó una utopía y el Estado respondió con balas, cárceles y represión. Pero la exclusión no solo vino del Estado: también las tradiciones académicas —el liberalismo moderado, el marxismo, el posmodernismo— no supieron qué hacer con él. Como ha señalado Mario Cancel Sepúlveda, “Albizu no encajaba”. Este aspecto no era un detalle menor.

Cancel ha llamado a esto el “desencaje”: Albizu no encajaba en el relato liberal moderado del Estado Libre Asociado, que celebraba la modernización en buenos términos con Estados Unidos. Tampoco encajaba en la Nueva Historia Social de los setenta y ochenta, más interesada en esclavos, artesanos y obreros que en revolucionarios pequeños burgueses. Ni siquiera encajaba en el escepticismo posmodernista de los noventa, que veía el nacionalismo como un esencialismo superado. El problema historiográfico, sugiere Cancel, no es Albizu: es la incapacidad de nuestras tradiciones interpretativas para lidiar con él sin mutilarlo.

Sin embargo —aquí está la tensión que no se puede borrar— su proyecto no fue fascista. La violencia que generó era defensiva, no conquistadora. Buscaba defender una nación, no expandirse sobre otras. Aquí está la paradoja que Cancel nos invita a no eludir: su anclaje en la hispanofilia y en un catolicismo de ortodoxia más que de arraigo popular terminó por aislarlo. No fue un “error” en el sentido moral o estratégico simple. Fue una tensión interna —una contradicción productiva y limitante a la vez— que explica tanto su radicalidad como su soledad política.

Paradójicamente, el éxito del reformismo del Partido Popular Democrático se debió a la conciencia nacional que sembró Albizu. El mismo gobierno que promulgó la Ley de la Mordaza —que hizo ilegal mostrar la bandera puertorriqueña— no habría existido sin la nación imaginada que Albizu ayudó a forjar.

Pero la paradoja es aún más densa. El Partido Popular Democrático no solo cosechó electoralmente lo que el nacionalismo regó con sangre. También administró la censura y la represión de aquellos sectores a través de la Ley de la Mordaza y de la Policía de Puerto Rico. El mismo Estado que prohibió mostrar la bandera no habría existido sin la nación que Albizu ayudó a forjar. Esa doble operación —apropiación simbólica y aniquilación política— es exactamente el tipo de contradicción que Cancel nos invita a no resolver, sino a comprender. Al final del día el pueblo pagó el precio de la persecución política.

La pregunta que dejó Albizu sigue abierta: ¿cuánto le cuesta a un pueblo imaginar su propio país cuando el Estado decide que ese sueño es un crimen?

Pero Albizu ya había respondido desde la cárcel. En su alegato ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos en 1935, no suplicó clemencia. Con la osadía del que no tiene nada que perder, sentó las bases de una verdad jurídica incómoda: Puerto Rico nunca fue una mercancía que se pudiera traspasar en París. Su tesis central era una declaración de principios: “Puerto Rico no era una factoría que España pudiese ceder y Estados Unidos anexar, sino una nación civilizada y cristiana, de superior cultura y personalidad propia, reconocida por la misma España”.

Para él, al momento de la firma del Tratado en 1898, la Isla ya era, por derecho propio, una nación. La pregunta sigue abierta. Albizu le respondió con su propia sangre.

 

La afrosororidad de Bárbara Idalisse Abadía Rexach: del silencio a la memoria reparativa

Especial para En Rojo

 

 

A las niñas, adolescentes y mujeres afropuertorriqueñas que crecimos sin el referente de Bárbara Idalisse Abadía Rexach y sus generosas, audaces y reparativas letras.

Fueron distintos “entonces” y distintos “ayeres” los de las afropuertorriqueñas de hoy. En el turbulento “ahora”, afortunadamente, recibimos de la pluma de la antropóloga y activista antirracista Bárbara Idalisse Abadía Rexach una invitación a la “cofradía afrosorora” titulada AFROfeminista: Raza y Mujer en Puerto Rico (Periodística Editorial, 2025). En menos de doscientas hojas, Abadía Rexach nos traza una ruta hacia la sanación, encamina un ajuste de cuentas reparativo y ejemplifica lo que tan bien expresara la feminista chicana Gloria Anzaldúa: cuán difícil es “distinguir entre lo heredado, lo adquirido y lo impuesto”.

AFROfeminista integra una veintena de textos previamente publicados en medios del País durante la pasada década a los que se suma un texto inédito que cierra con broche de cimarronaje la compilación. Todos, en su cruda verdad y en su conmovedora prosa, resultan, “tristemente” vigentes en 2026, como bien reconoce la autora en la Embocadura del libro.

La impronta de Bárbara Idalisse Abadía Rexach:

Como acertadamente indica la antropóloga sociocultural Lidia Marte, en el prólogo de AFROfeminista, “nadie sale ilesa de la escritura de Abadía”. Su prosa es accesible, afectuosa, abierta, y nos convoca a conocerla desde el vientre mismo de su madre y a acompañarla en relatos auto etnográficos, personales e íntimos a lo largo de su racializada vida. Este desprendimiento de Abadía Rexach devela su franca y consistente devoción por rebasar perímetros académicos, por sacudir los cimientos patriarcales de la antropología y de las ciencias sociales en general y, como diríamos coloquialmente, por “tirarse al medio”. La autora se lanza al batey de las palabras con una genuina radicalidad que encuerpa el afrofeminismo que profesa en su trabajo intelectual, en su creación mediática, en su docencia, en sus relaciones interpersonales y en su vasta humanidad.

Sin embargo, la razón principal por la que no salimos ilesas tras la lectura de su texto es porque su prosa es también acertada, aguerrida, angustiante, atroz. El pasado y la memoria propia, colectiva y ancestral que apalabra la autora están minados por el dolor, el agotamiento, las confrontaciones, las indignaciones y la rabia. Reacciones viscerales en las que se nos va la vida porque, como bien dice la autora en el capítulo titulado Vidas Negras: “hoy, el hostigamiento y la violencia racial que se practican desde ciertas instituciones gubernamentales, principalmente, Educación, Salud, Vivienda, Trabajo y Seguridad, mantienen a cientos de cuerpos negros despojados, en un estado de vulnerabilidad y cercamiento constante”.

No obstante, la impronta de la autora no es derrotista. La denuncia y la rabia impelen su escritura, pero su libro enlaza pasado, presente y futuro y nos convoca así a construir la esperanza que alberga la afro-reparación. En el capítulo titulado Raza Negra, Abadía Rexach nos emplaza: “(Re)pensamos la negritud desde la solidaridad, como un acto de movilización y afirmación y como una fuente de conocimiento y resistencia. Traspasamos el umbral de lo negro desde la victimización para reconocer las voces que han sido silenciadas y analizar la conciencia negra como un movimiento político contrahegemónico, antipatriarcal y contestatario”.

Sankofa, ese pájaro cuyo cuello se yergue hacia atrás para posar su pico en el centro mismo de su cuerpo, es un referente recurrente en los textos de Abadía Rexach. Sankofa es un término que proviene del dialecto twi, perteneciente al akán, lengua viva en Ghana, Costa de Marfil y otras regiones de nuestro común continente de origen, África. Pero sankofa no es solo un ave, es una metáfora reparativa que ha alzado vuelo en todos los pueblos afrodescendientes. Simboliza el llamado urgente a emprender nuestra ruta de regreso: a mirar atrás y confrontar nuestro pasado; a rescatar, recuperar y reparar aquello a lo que le hemos dado la espalda no necesariamente por voluntad propia y sí por la primacía de una narrativa histórica que mancilla nuestro pasado ancestral. Nos dice Bárbara al cierre de su valiente entrega:

«Este libro es mi forma de reconocer a las que ya no están y de hacerles saber a las que están y a las que vendrán que nos tenemos, que siempre nos hemos tenido y que nunca hemos dejado de ser libres.»

 La afrosanación y la afrodignidad como ruta:

 AFROfeminista es de principio a fin una denuncia, un consustanciado archivo de evidencias de que el racismo antinegro y, especialmente, el racismo antinegro dirigido a niñas como Alma Yariela Cruz está vivito y coleando en nuestro País. Según nos recuerda la autora, a Alma, tras un patrón de dos años de acoso racial escolar, denunciado por su madre e ignorado por las autoridades escolares, no le quedó otro remedio que defenderse, y terminó siendo arrestada e imputada con cinco faltas ante el Tribunal de Menores en 2017 a sus once años. Abadía Rexach también narra su propia historia de acoso policial y las consecuencias de rehusarse a seguir la cautela recomendada en casa a la mayoría de lxs afropuertorriqueñxs  para enfrentar la autoridad represiva del estado. “The talk”, la llaman nuestres compañeres afroamericanos: “no hables, no respondas, obedece”.

Las denuncias de la autora, sin embargo, no se limitan al reclamo justiciero antirracista. Esto hubiese sido suficiente, pero Abadía Rexach conjuga este registro y lo potencia afirmativamente con propuestas colectivas de intervención antirracista y feminista. Insiste en que no habitamos una era post-racial. Subraya, además, que en la lucha por la visibilidad de las niñas y mujeres negras, deben salvaguardarse y respetarse todos sus derechos, según los tiempos lo ameriten.

Es de esperarse que con el pasar de los años la lucha se transforme, evolucione, adquiera otros matices y, por supuesto, acoja nuevas voces que han sido silenciadas. Nos dice Bárbara: “La lucha debe dirigirse a responder, con acciones concretas de educación y fortalecimiento de los movimientos de visibilización, si las prácticas de desvalorización, subestimación y desigualdad de las mujeres negras están ¿abolidas?”

Bárbara—la niña fajardeña, la nieta de Prin, “la prietita de Olga y Germán”, que no les nació con ojos verdes y a quien le alisaron su pelo “indomable” por primera vez a los cinco años—va mucho más allá de la denuncia. AFROfeminista es una guía para la afrosanación y la afrodignidad de las niñas y mujeres afropuertorriqueñas.

Afropuertorriqueñas es ese término que resemantiza todos aquellos epítetos con los que nos (des)calificaron a lo largo de nuestras trayectorias personales y, aunque en aquellos “entonces” y “ayeres” no lo sabíamos, también a lo largo de nuestra historia colectiva: trigueña, piel canela, prieta, negra sucia, pasúa, pelo de caíllo, negra linda, jabá, mulata, negrita pero buena, negrita pero inteligente, oscurita, quemaíta, exótica, morena, moyeta y otros tantos que Bárbara tiene la astucia y la valentía de examinar y cuestionar en su capítulo titulado “Yo soy negra”.

AFROfeminista: Raza y Mujer en Puerto Rico es indudablemente el texto que tantas afropuertorriqueñas necesitábamos cuando nos criábamos, crecíamos, nos formábamos y forjábamos un presente y horizontes de futuro que NO nos invisibilizaran y que nos acogieran, tal cual éramos o aspirábamos a ser: en un hogar, en una escuela, en una iglesia, en un equipo deportivo, en un salón de belleza, en un barrio, en una urbanización, en un pueblo, en una tienda de juguetes, en una oferta de programación de medios de comunicación, en una semana de la puertorriqueñidad, en un libro de texto, en un álbum familiar… En fin, en un archipiélago empecinado en invisibilizarnos y negarnos nuestra dignidad.

No tuvimos esta guía en aquellos “entonces”, pero, afortunadamente, la tenemos ahora. En AFROfeminista nuestros “ayeres” se reencuentran en el presente y labran, con la memoria ancestral como pancarta, un futuro digno en cofradía afrosorora.

 

A José “Piculín” Ortiz no hubo que inventarlo

Foto Alina Luciano

Domingo J. Marqués

Hay jugadores que meten puntos, tienen jugadas llamativas…

Y hay jugadores que le meten país al uniforme.
Piculín era de esos.
A nosotros, los chamaquitos de entonces, nos ayudó a sacar la bandera del pecho y a ponerla afuera, sin vergüenza, sin pedir permiso, sin hablar bajito. Con él, la selección no parecía un equipo: parecía una discusión antigua entre la dignidad y el tamaño del mapa. Él cogía esa pelea como la cogía todo puertorriqueño decente cuando todavía la rabia servía para algo: de frente, sin dejarse.

Cuando jugaba Puerto Rico en aquellos años, no era baloncesto nada más. Era una guerra sin armas, como él mismo decía. Una guerra donde los tiros eran triples y los codos diplomacia caribeña… Y el miedo se le notaba en todos los juegos importantes, una de sus lecciones, las cosas grandes se pueden hacer con miedo. Ahí estaba él, fajado con rusos, yugoslavos, americanos, canadienses, con cualquiera. No se dejaba de nadie.Y lo más lindo era eso: que tampoco nos dejaba sentirnos menos que nadie.

A mí me definió la adolescencia entre otras cosas por esas selecciones. Yo todavía me acuerdo de aquellas batallas contra Yugoslavia, de esa sensación de estar viendo hombres de carne peleando contra mitologías europeas. Me acuerdo de Piculín metiéndose a las entrañas de equipos que parecían hechos en laboratorio, y saliendo de allí con la frente sudada y el orgullo intacto, como si dijera: “sí, son grandes, pero nosotros existimos”.

Y eso, en un país como éste, no es poca cosa.
Porque hay gente que mete canastos.
Y hay gente que le enseña a un pueblo a no bajar la cabeza.
Después, la vida hizo lo que suele hacer con los grandes: les pasó factura.
Tuvo caída pública, vergüenza pública, juicio público.
Pero él hizo algo que no siempre se ve: peleó también ahí.

Se reinventa, monta sus negocios. Se puso a trabajar con las manos. Yo lo recuerdo bajando sacos de harina en su pizzería de Lajas, dejando el pellejo, sin pose de leyenda ofendida, sin esa arrogancia de estatua que a veces les da a los exatletas. Como si la vida le hubiera dicho “empieza de nuevo” y él, terco como era, hubiera contestado “pues dale”.

Eso también es una forma de gallardía cojonuda.

No la del highlight pa’ Instagram.

La del jornal.

Y quizá por eso el pueblo terminó viéndolo otra vez como uno de los suyos.

Pero si me preguntan dónde vive de verdad Piculín en mi memoria, yo no voy primero al Madrid ni al Barça, aunque esos clubes hoy lo lloren con razón. Voy a Puerto Rico contra Canadá, al Preolímpico del 2003, a ese juego contra Steve Nash. Real Madrid y Barcelona lo despidieron como leyenda, y con razón; pero nosotros lo llevamos más adentro, porque acá no fue sólo jugador: fue emblema.

Ya estaba bajando el pico de su destreza, engañando al tiempo con oficio y mala intención de veterano. Casi cuarenta años. Las rodillas pidiendo retiro, el calendario pidiendo misericordia. Y, sin embargo, aquella noche jugó como si la patria le hubiera soplado adentro un segundo pulmón.

Hizo casi un cuádruple doble: 21 puntos, 10 rebotes, 10 asistencias, 8 tapones y se quedó rozando la leyenda estadística con una actuación que todavía hoy se recuerda como una de las más grandes en uniforme nacional. Puerto Rico le ganó a Canadá y clasificó a Atenas 2004.

Aquella noche Piculín fue un sistema ofensivo por sí solo. Fue voluntad con Adidas. Fue testarudez hecha piernas. Fue ese deseo tan puertorriqueño de caer exhausto antes que decoroso. Parecía que cada rebote lo agarraba por el cuello y le decía: “todavía no”. Parecía que cada pase llevaba detrás una maldición vieja de isla pequeña cansada de que le expliquen sus límites.

Aquel día no jugó un centro.
Jugó una causa.
Y yo, que lo vi, no lo he olvidado.

Luego vino el cáncer, que es otra cancha, pero más mezquina.Él hizo con esa enfermedad lo mismo que hizo con todo: la anunció de frente, dio la pelea en público, ganó algunas batallas, perdió otras, se dejó ver cansado, se dejó ver agradecido, se dejó ver humano.No romantizo eso. El cáncer no ennoblece a nadie. Jode, duele, desgasta y humilla. Pero hay gente que, aun jodida, decide pararse como si la dignidad también fuera un músculo. Él hizo eso.

Y aun enfermo siguió sembrando.

Dejó un podcast. Dio consejos. Compartió sabiduría. Yo lo recuerdo hablándole a mi hijo sobre cómo desarrollar la mano izquierda: que hiciera cosas con ella durante el día, que obligara al cuerpo a entender lo que todavía no sabía. Qué cosa hermosa, cuando uno lo piensa: enseñarle a un muchacho a usar mejor la mano menos hábil. Casi una metáfora completa del país.

Eso hacen los maestros de verdad.
Te enseñan a fortalecer lo que tienes débil.
No necesito idealizarlo.
No creo en santos deportivos. Los santos, además, juegan muy mal. Él no fue perfecto, ni hace falta. Fue otra cosa, quizá más útil: fue grande. Y la grandeza verdadera siempre viene con barro en los tenis.
Yo solo sé que le debo emociones.

Le debo tardes enteras de garganta rota, le debo recuerdos de mi abuela feliz frente al televisor, de mi padre señalarme detalles de su juego cuando jugaba contra mis Capitanes. Le debo ese orgullo patrio que a veces sólo aparecía cuando sonaba La Borinqueña antes del salto entre dos. Le debo la imagen de un puertorriqueño que se medía con cualquiera y no pedía rebaja. Le debo la certeza, aunque fuera por cuarenta minutos, de que este país podía plantarse frente al mundo y decir: aquí estamos.

Y al tiempo, aquí abajo, nosotros, los que crecimos viéndolo, volveremos a hacer lo de siempre:

sacaremos la bandera, apretaremos la mandíbula, y diremos su nombre como quien todavía se prepara para la batalla

 

El concepto de desastres lentos, la nueva reforma de permisos como ejemplo

Marcos Quiñones Otero

Un desastre no comienza cuando el huracán toca tierra o cuando ocurre un terremoto. Comienza mucho antes, incluso antes de que identifiquemos el riesgo. Puede ocurrir de una manera lenta que con detenimiento podemos identificar y analizar. Es el resultado de decisiones, procesos y acciones acumuladas en el tiempo desde desigualdad, planificación desmedida y una relación en desequilibrio entre desarrollo y ambiente. A este proceso se le conoce como “desastre lento”. No se manifiesta de forma inmediata ni espectacular, pero se construye silenciosamente hasta que un evento extremo revela sus consecuencias.

En esencia, el desastre es una construcción social. En Puerto Rico, este concepto cobra una gran relevancia en el contexto actual. A semanas del inicio de la temporada de huracanes, el país se adentra en la discusión de una reforma de permisos caracterizada por la desregulación, la agilización y una visión que tiende a subordinar la planificación. Este enfoque, aunque presentado como una estrategia de desarrollo económico, debe evaluarse desde la gestión de riesgos y la planificación.

La flexibilización de los procesos de permisos no es una acción neutral. Tiene implicaciones territoriales concretas. El ser más permisivo sobre dónde y cómo se construye, reducir controles en áreas ambientalmente sensitivas o acelerar aprobaciones sin el debido análisis son decisiones que, acumuladas, aumentan la exposición al riesgo. En otras palabras, se convierten en factores estructurales de un desastre lento. Lo que hoy se presenta como eficiencia administrativa puede traducirse mañana en comunidades más vulnerables, infraestructura más frágil y sistemas de respuesta sobrecargados.

La historia reciente del país ofrece evidencia clara. Los huracanes Irma y María, la secuencia sísmica del sur y la pandemia del COVID-19 no solo fueron crisis aisladas, también expusieron debilidades preexistentes en nuestro modelo de desarrollo. Muchas de esas vulnerabilidades no surgieron de la noche a la mañana, sino que responden a decisiones de política pública, prácticas de uso de suelo y omisiones en la planificación.¿Cómo trabajamos esto? Ante este panorama, el camino no debe ser la simplificación y agilización de los procesos, sino su fortalecimiento estratégico y planificado.

La planificación debe asumirse como una herramienta central de gestión de riesgos, no como un obstáculo. Esto implica que debemos adoptar un enfoque interdisciplinario que integre dimensiones socioambientales y económicas. Debemos establecer criterios rigurosos para la evaluación de proyectos en zonas de alto valor ecológico, cultural o de riesgo. Y tenemos que alinear el sistema de permisos con instrumentos existentes como el Plan de Mitigación, Adaptación y Resiliencia al Cambio Climático (P-MARCC) y los planes de uso de suelos.

El desarrollo económico no puede construirse a costa de la improvisación ni del interés de unos pocos. Ignorar esta realidad no elimina los riesgos, los desplaza y los acumula. Y cuando finalmente se manifiestan, lo hacen con costos mucho mayores, incluso catastróficos. En ese sentido, la verdadera “supremacía” no será la del crecimiento económico inmediato, sino la de pérdidas económicas y socioambientales que pudieron haberse evitado. Todo esto por un desastre construido que puedo haber sido evitado. Ante la nueva temporada de huracanes necesitamos un cambio, si, pero no uno desarrollado por mecanismos artificiales sino por la retroalimentación de expertos y la plena participación ciudadana.

El autor es planificador y geógrafo