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NaciÓN

Crisis y absolución de las casuarinas

Especial para En Rojo

-para Eli, otra vez y siempre

Has visto este pino, pero no es un pino. Es un árbol, regularmente costero, aunque igualmente crece en partes altas. Suelta una semilla marrón, maderosa y punzante, que todo pie que la pisa recuerda. En lugar de hojas, agujas largas penden de sus ramas, más bien como pelaje. Tiene un movimiento suave que le confiere una cierta dignidad cuando el viento habla a través de ellas. Casuarinas se llaman. Del malayo ‘kasuari’, nombre que a su vez proviene de la enorme ave crestada de aspecto prehistórico cuyo plumaje asemeja su follaje. De la convergencia entre sus fibras que casuarinas y casuarios sean semánticamente un par.

En los noventa iba varias veces a la semana con mi mamá a la playa del Escambrón donde abundaban. Digo las casuarinas y no la temida ave que reina sobre Nueva Guinea y la península del cabo York. Las visitas eran tan regulares que mami convocaba a sus estudiantes a hacer reposiciones de exámenes los sábados, fuera de horas de clase, mientras playeábamos. La práctica se extendió por más de una década y culminó con su despido, luego de que una estudiante, residente de Torrimar y sobrina de un entonces senador, la denunciara ante el decanato.

El asunto es que las reposiciones no eran parte de la política institucional de la Universidad Politécnica. Es decir, ni se oponían ni las apoyaban; quedaban a discreción del profesor. De modo que ofrecer remedio a los estudiantes que incumplían con sus obligaciones, dejando de entregar trabajos o faltando a los exámenes, no era requerido del instructor. Mami lo hacía de buena fe, en favor de sus discípulos. Planteaba que, ya que ella, religiosamente, iba a la playa los sábados de ocho a cinco, quien quisiera reintentar un examen porque se colgó o entregar un proyecto que no hizo a tiempo, podía hacerlo en aquel contexto más relajado en el que ella no era una empleada, sino otra bañista tratando de apaciguar a sus dos muchachos.

La matemática favorecía, claramente, a sus estudiantes. Ella no estaba obligada por su patrono, ni le era remunerado el tiempo que invertía en atender las filas de incumplidores que llegaban a remediar sus fallas. Cuando llegaban a reponer exámenes, les asignaba una calculadora regular o científica, dependiendo de si el examen era de física o cálculo, para evitar trampas con calculadoras más sofisticadas y programables de la era. Temprano nos acomodábamos cerca de las duchas que servían como punto de encuentro, tomando alguno de los banquitos bajo la sombra de estos árboles que, como ya les mencioné, siempre pensé que eran pinos. Algún pino caribeño que se da bien en las playas. Desde que me enteré de que no lo son, he estado en crisis.

Fue mi culpa. Iba junto a compañeros de trabajo y para hacerme visible entre el cacareo de la pandilla de científicos que andaban en la guagua, pregunté al pasar por un área en la que había muchas cómo se llamaban. “Casuarina equisetifolia”, dijo una de las botanistas tras levantar brevemente su mirada retornando al teléfono, “es invasiva y hay planes para mitigarlas,” añadió. Mitigar, en este contexto, es un eufemismo para eliminar. Tuvo a continuación, en medio de mi conmoción, la cortesía de explicarme que los pinos no florecen; las casuarinas sí. Abren una pequeña flor roja, más una pelusa, que las separa de los pinos.

Son, según he podido aprender luego de ese terrible día, una exitosa especie invasiva que se ha naturalizado en zonas costeras del Caribe, pero además en China, Egipto, México, Sudáfrica, Argentina y muchísimos otros países, en claro testimonio de su increíble adaptabilidad. Tal es su éxito, que en lugares como Florida amenaza gravemente a las especies locales, proliferando rápidamente gracias a las cualidades del terreno que resultan excepcionalmente favorables para ella.

Mami amaba las casuarinas. Creo que murió bajo la impresión de que era un pino endémico de Puerto Rico, o a lo menos caribeño. Alguna vez lo hablamos, no recuerdo en qué contexto. Me parece que habían cortado algunas en Punta Las Marías y estaba llorando indignada. A ella le parecían maravillosas, decía que era una gran ironía que hubieran pinos costeros en Puerto Rico cuando por lo regular crecen en áreas altas, frías y montañosas. Hasta historias de especulación evolutiva llegamos a tejer pensando en cómo habían terminado aquellos ‘pinos’ allí. Cuando supe que no eran endémicas, ni mucho menos pinos, sin ánimo de ser vulgar y puramente por usar el lenguaje con exactitud, me descabronó. He crecido amando estos árboles ‘endémicos’. Eran, son, entre mis favoritos del paisaje costero de la isla. Tienen una cualidad serena; fluyen con el viento como si siempre hubiesen estado aquí, nacidos para el aire salado y tormentoso de este clima.

En medio de procesar este duelo, me tocó ir al Yunque, nuestro atesorado bosque pluvial, símbolo de orgullo nacional y uno de los principales y más visitados destinos para la recreación local y turística en el archipiélago. He ido decenas de veces. He hecho, creo, casi todas sus veredas. De día y de noche. Entre senderos hasta las torres y por caminos no marcados. Por la entrada norte y por el otro lado del derrumbe que hoy es el acceso sur. Es un lugar familiar que amo y atesoro y que representa para mí una visión impoluta de bosques milenarios, un recuerdo de lo que alguna vez fue Borinquen y de lo que puede volver a ser.

Durante el recorrido, el guía, José, saca de un cartapacio copias de fotos antiguas. En ellas bañistas en la piscina de Baño de Oro. Militares en torno a un borroso campamento. Brigadas en sepia trabajando los senderos. Una de las fotos me detiene. Se ve un monte alto de contorno familiar que asemeja la cordillera en la que se encuentra El Yunque. Reconozco la forma, pero no hay árboles. Las laderas desnudas o apenas con pastos, la tierra abierta como cuando se prepara el terreno para la siembra. Pregunto dónde es y José señala a nuestros alrededores. “Aquí”, dice, y se apodera de mí un terror que no podría explicar sin caer en el melodrama. De primera me niego a aceptarlo. ¿Hace cuánto?, pienso para mí. Sé que la fotografía existe desde hace unos 200 años, así que esta foto no puede ser de los seiscientos ni setecientos. “Esto fue en 1935”, interrumpe José, parando el cálculo como si leyera mi pensamiento y ensanchando el hueco frío en el centro de mi pecho.

Para cuando los estadounidenses tomaron la isla, nos explica, solo quedaba una pequeña parte sin talar, la más inaccesible, del tope de Pico El Toro. Se pone peor. En Puerto Rico, existe menos de 1 % de bosque primario, es decir, bosque original producto del desarrollo orgánico entre las especies que se adaptan y evolucionan en torno unas de otras conformando un bosque a través de milenios. Todo lo que conocemos, el espesor de estas montañas ante las que hemos crecido enamorados, son bosques secundarios que han prosperado luego de que se protegieran ciertas áreas o, en el caso de aquellas áreas desprotegidas, meramente por la persistencia innata de la flora ante el abandono de la agricultura a gran escala que alguna vez acaparó el paisaje del país. Salvo por algunos excursionistas dedicados, un puñado de científicos y oficiales del Bosque Nacional, ninguno de nosotros ha visto un bosque originario puertorriqueño. El asunto se complica más.

El dosel de estos bosques tan venerados, esa cubierta que forman las copas al encontrarse, está compuesto de cientos de especies invasivas. Algunas se han naturalizado y hoy se esparcen sobre el paisaje, como es el caso del tulipán africano (Spathodea campanulata), los famosos meaítos, y el eucalipto arcoíris (Eucalyptus deglupta), principal ofensor y enemigo de las aceras de Santurce. Otras especies quedan más bien solitarias, como el Agathis robusta o kauri de Queensland, el ejemplar más grande en Puerto Rico de un enorme pino australiano que hoy se impone, sin posibilidad de no verlo, entre las curvas que dan entrada al Bosque Nacional.

Nos explica José, señalando en dirección a una ladera dominada por palmas, que el azote de María tumbó muchísimos árboles viejos introducidos. En ese escenario de vasta destrucción, han sido las palmas de sierra (Prestoea montana) y los yagrumos (Cecropia schreberiana), cuyas semillas pueden permanecer enterradas en el suelo por mucho tiempo a la espera de las condiciones apropiadas para germinar, las que se han favorecido por el nuevo esparcimiento de luz a causa del huracán.

Así que salgo esa tarde de Río Grande, no con la habitual paz que se apodera de uno tras largas inmersiones en el verdor y las aguas frías, sino azotado por el conocimiento de que este hermoso paisaje no es un pedazo de una antigua Borikén, sino otro espacio igualmente trastocado por las empresas de explotación colonial. ¿Deja de ser hermoso? Sin duda no. El Yunque es un lugar de incuestionable belleza. Más allá de la composición del bosque, de sus ríos y quebradas, de sus helechos gigantes, sus camas de briófitas, sus reinitas y colibríes, sus crustáceos, anguilas y cetíes, es el espacio al que remito mi imaginación cuando escucho o leo la palabra inmarcesible. Creo que lo contrario, saberlo recuperado en tan poco tiempo, me confirma que incluso luego de la devastación se puede construir una nueva visión de lo sagrado, que no depende de purezas ni esconde sus cicatrices.

Con eso en mente, volví a casa pensando en las casuarinas. Me desvié a Piñones y me senté debajo de unas cuantas que arman una pequeña arboleda sobre la duna que separa a uno de mis kioscos favoritos de las olas. El piso estaba forrado por esas agujas secas que crean una almohadilla sobre la arena. Me comía un pionono de jueyes sumergido en el habla de la costa recordando a mami. La vi en El Escambrón sentada con sus tablitas atendiendo a los estudiantes, corrigiendo sus exámenes sentada bajo “los pinos” que tanto le gustaban. Veo sus pecas y ojos verdes mientras me sonríe. Su voz alta y aguda. Sus hombros tostados de playa asomando entre las tiras de su traje de baño unipieza rosa y azul, mientras hurga en su neverita de Kentucky buscando un refresco para bajarnos los sándwiches que empacó dentro de la funda misma del pan.

He decidido, en mi favor, seguir amando a las casuarinas por lo que duren; atesorar lo que significan en el recuento de mi historia, consciente de su relación con este espacio, que no es suyo ni nuestro, y al que ni ellas ni nosotros pedimos llegar. Vivo en paz con esta y  contradicciones y las muchas contradicciones que obliga mi idea de la puertorriqueñidad. Nacimos de este lugar siempre en tránsito que ha sido el archipiélago incluso antes de que atracasen en él español e inglés. Total, ni el cordero ni el escudo explican nada de aquí, los colores de la bandera son materia de disputa, y ni el arroz ni las habichuelas a los que alzamos a metáfora de hablar sin adornos se siembran aquí. Ni tan siquiera el rojo orgullo de los flamboyanes es puertorriqueño. Fueron introducidos, de Madagascar, por la misma actividad colonial que se impuso sobre los pueblos originarios y que esclavizó a miles y los trajo a esta convivencia contra su voluntad. Son complicadas las nociones de lo local y lo puertorriqueño, sangran cada vez que se examinan.

Referencias:
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Library of Congress. (n.d.). World’s most dangerous bird. https://www.loc.gov/everyday-mysteries/categories/zoology/item/worlds-most-dangerous-bird/
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Lugo, A. E., Helmer, E. (2004). Emerging forests on abandoned land: Puerto Rico’s new forests. Forest Ecology and Management, 190, 145–161. https://doi.org/10.1016/j.foreco.2003.09.012
Molina Colón, S., Lugo, A. E., & Ramos González, O. M. (2011). Novel dry forests in southwestern Puerto Rico. Forest Ecology and Management, 262, 170–177. https://doi.org/10.1016/j.foreco.2011.03.020
U.S. Forest Service. (2008). Observations on the fauna that visit African Tulip Tree (Spathodea campanulata) forests in Puerto Rico (TreeSearch 38141). Acta Científica, 22(1–3), 37–42. https://research.fs.usda.gov/treesearch/38141
U.S. Forest Service. (2012). Aboveground biomass, wood volume, nutrient stocks and leaf litter in novel forests compared to native forests and tree plantations in Puerto Rico (TreeSearch 47728). Bois et Forêts des Tropiques, 314(4), 7–16. https://research.fs.usda.gov/treesearch/47728
Wikipedia contributors. (n.d.). Agathis robusta. En Wikipedia. Recuperado el 14 de junio de 2026, de https://es.wikipedia.org/wiki/Agathis_robusta
Unique Trees. (n.d.). Publicación en grupo de Facebook: Unique Trees https://www.facebook.com/groups/uniquetrees/posts/872723330032006/