En el marco del 60 aniversario de la fundación la Misión de Puerto Rico en Cuba , y a pesar del funesto bloqueo y las sanciones y presiones del imperialismo de Estados Unidos contra el hermano País el gobierno cubano no ha dejado de dedicar esfuerzos a la solidaridad y reconocimiento del derecho a la autodeterminación e independencia de Puerto Rico, según se pudo constatar en las actividades que se desarrollaron en la Habana, como parte de la Jornada de Solidaridad con Puerto Rico, realizada del 12 al 19 de septiembre del 2026. según dio a conocer el delegado de la Misión de Puerto Rico en Cuba, Edwin González González,
Las actividades de la histórica jornada incluyeron conferencia de Prensa, ofrenda floral a las estatuas del Padre de la Patria Ramón Emeterio Betances y del patriota cubanoJosé Martí ; un diálogo sobre Puerto Rico y su histórica relación con Cuba realizada en el Centro Fidel Castro Ruz, así como intercambios con diferentes organismos e instituciones del hermano País, según dieron a conocer Ángel Rodríguez León, presidente del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) y Doris Pizarro Claudio, ex delegada de la Misión de Puerto Rico en Cuba. En estas se reafirmaron los históricos lazos entre Puerto Rico y Cuba y las gestiones de mutua solidaridad que han caracterizado a los respectivos Pueblos.
En los encuentros y diálogos realizados participaron junto a la delegación del MINH, el Presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), Fernando González Llort ,la cubana Yara Varela, encargada de América Latina del ICAP e Indira Pérez, encargada de Asuntos del Caribe. Los(as) participantes hicieron preguntas y comentarios, mostrándose muy interesados(as) tanto en conocer más sobre la situación de Puerto Rico como en aportar elementos al tema de la solidaridad mutua. El delegado de la Misión de Puerto Rico en Cuba, Edwin González Vázquez expuso sobre la importancia de las relaciones entre ambas naciones.
En el marco de la Jornada de Solidaridad con Puerto Rico se realizó una entrega de medicamentos al Instituto de Oncología y Radiología y en el área de Farmacia del Hospital Pediátrico de la Habana. En esta estuvo presente su director médico, Dr. Luis Martín, y la subdirectora 1era, Dra. Cecilia Navarrete Dávalos, así como la Jefa de Relaciones Internacionales del Instituto, Daisy Perogurría. También se destacó la presencia de las norteamericanas Gloria de la Riva y Melissa Malone del Proyecto Hatuey, junto a la delegación de Puerto Rico en la referida entrega de medicamentos. Trascendieron las expresiones del Proyecto Hatuey, del Instituto y de la Misión de Puerto Rico, a través de su delegado Edwin González Vázquez , y el MINH quienes se expresaron sobre la importancia de la solidaridad histórica entre ambas naciones.
La mayoría de los medicamentos entregados en el Instituto son altamente especializados en tratamientos contra el cáncer y el personal médico se mostró extremadamente agradecido, según se destacó. Anteriormente se había realizado otra entrega de medicamentos, como parte de la gestión amplia de solidaridad que realizan en Puerto Rico a través de diversas instituciones. Con el mismo espíritu se continuaría la Jornada con la visita a escuelas y otras instituciones del pueblo cubano.
Lo anunció recientemente, muchos leimos la noticia y para quienes tenemos sangre en las venas esto nos dolió. El actor afroamericano Tyler Perry dijo que se mudará a Puerto Rico en busca de un refugio que le brinde paz y seguridad. Llega como tantos otros: atraído por la promesa de un paraíso tropical, por la idea de un país amable, seguro, luminoso, perfecto para criar a su hijo de diez años, Aman.
Perry —actor, director, productor, empresario multimillonario— es una figura influyente en la industria del entretenimiento estadounidense. Su obra, marcada por temas de fe, resiliencia y familia, lo ha convertido en un símbolo de superación personal. Y ahora, en su búsqueda de paz, decide que Puerto Rico es el lugar ideal para comenzar una nueva etapa.
La contradicción es brutal, mientras él encuentra sosiego en nuestro país, nosotros vivimos todo lo contrario.
Para el puertorriqueño común, este país no es un refugio: es una prueba diaria. Es un territorio donde la luz se va sin aviso, donde el agua llega por rachas, donde la violencia se siente en la piel, donde criar un hijo es un acto de resistencia. Perry viene buscando tranquilidad; nosotros sobrevivimos a la ausencia de ella. Él llega a un Puerto Rico que le abrirá las puertas; nosotros vivimos en un Puerto Rico que nos las cierra.
Puerto Rico se ha convertido en un paraíso para los extranjeros, un país moldeado para atraerlos, protegerlos y garantizarles una calidad de vida que a los puertorriqueños se nos niega sistemáticamente. No es casualidad. Es el resultado de décadas de políticas públicas diseñadas para beneficiar a quienes llegan de afuera mientras empujan al puertorriqueño hacia la precariedad, el desplazamiento y la desesperanza.
La historia reciente lo confirma.
En 2019 quedó claro lo que muchos sospechaban: durante años, el gobierno había impulsado la creación de un Puerto Rico sin puertorriqueños. El chat de Ricardo Rosselló y su círculo íntimo no fue solo un escándalo político, sino una confesión. ¿Lo recuerdan? Sus páginas —repletas de burlas, desprecio y violencia simbólica— revelaron un liderato que veía al país como un territorio disponible para otros, no como el hogar de quienes lo habitan. La frase “un Puerto Rico sin puertorriqueños” no fue un error ni una exageración, sino la expresión de una política ejecutada con perversidad.
Y esa política no nació en el vacío. Fue denunciada por voces que llevan años advirtiendo lo que se avecinaba.
El economista José Caraballo Cueto lo dijo con claridad cuando comenzaron a proliferar los incentivos contributivos para inversionistas extranjeros: “Estamos creando un país donde el puertorriqueño no puede vivir, pero el extranjero sí.”
La periodista Omaya Sosa Pascual, investigando el desplazamiento y la compra masiva de propiedades por fondos buitres, advirtió: “Puerto Rico se está convirtiendo en un mercado inmobiliario para otros, no en un hogar para los que nacieron aquí.”
El urbanista Javier E. Laureano lo resumió con crudeza al analizar la gentrificación en la zona metropolitana: “La ciudad se está rediseñando para quienes llegan, no para quienes la sostienen.”
Y el artista Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, lo expresó con una contundencia que resonó en todo el país: “La crisis no es casualidad; es una estrategia para sacarnos del país”.
Todas estas voces, desde distintos campos, coincidían en lo mismo: Puerto Rico estaba siendo transformado para que otros lo disfrutaran mientras los puertorriqueños eran empujados hacia la periferia, hacia la precariedad, hacia la salida forzada.
Mientras tanto, las decisiones gubernamentales han seguido la misma línea: incentivos contributivos para inversionistas extranjeros, permisos acelerados para desarrollos que desplazan comunidades, leyes que facilitan la compra masiva de propiedades por fondos buitres, privatizaciones que encarecen servicios esenciales y una narrativa oficial que presenta al puertorriqueño como obstáculo y al extranjero como salvador.
El país se vacía.
Las familias se van porque no pueden pagar la luz, porque no pueden confiar en el sistema de salud, porque no pueden asegurar un futuro para sus hijos. Los jóvenes se marchan porque aquí no hay oportunidades. Los envejecientes sobreviven con miedo a la próxima factura. Y los que se quedan lo hacen con la certeza de que el gobierno no gobierna para ellos.
En ese contexto, la llegada de Tyler Perry es un símbolo. No de él como individuo —porque nadie puede culpar a un padre por buscar un lugar seguro para su hijo— sino del país que se ha construido para recibirlo. Un país que ofrece paz, estabilidad y belleza… pero solo para algunos. Un país donde la tranquilidad es un privilegio importado. Un país donde la vida buena es un producto exclusivo que se vende al mejor postor.
Perry encontrará en Puerto Rico lo que busca: un lugar tranquilo, hermoso, seguro para su hijo. Nosotros seguiremos luchando por un país que debería ofrecernos lo mismo, pero que ha sido diseñado para negárnoslo.
Porque este país es nuestro, y lo defenderemos hasta que la paz que hoy se exporta vuelva a ser un derecho de quienes lo sostienen.
Juan Antonio Franco Medina, fallecido antes de tiempo a sus sesenta años, fue tan diverso como lo podía ser un diplomático de la nueva lucha de la independencia de Puerto Rico.
Fue Obispo de la Iglesia Evangélica Unida de Río Piedras, cinta negra en judo, dueño de la carcajada más espectacular de esta parte del mundo y esposo y padre excepcional de su compañera Ada e hijos Juano y Marilú.
Lo conocí en los años formativos del Partido Socialista Puertorriqueño (PSP) y su Seccional en Estados Unidos. Otros lo disfrutaron en sus años de postgrado en Santa Bárbara, California. Compartir con él en innumerables reuniones en el entonces Comité de Puerto Rico ante Naciones Unidas (COPRONU) fue mi privilegio.
En los tempranos 1990, Washington hubiera preferido abolir el Comité de los 24 en la ONU. Juan Antonio viajó, varios años consecutivos, a los estados insulares del Caribe Oriental a hacer trabajo diplomático por la supervivencia del Comité Especial de Descolonización de Naciones Unidas. Gracias a que seis de sus jurisdicciones, Saint Kitts y Nevis, Antigua y Barbuda, Santa Lucía, Dominica, Granada y San Vicente y Granadinas dijeron presente, se salvó en aquel entonces el Comité de Descolonización. Cuando falleció Juan Antonio, lo sustituyó en este trabajo, hoy abandonado, Elliot Monteverde, Olga Sanabria y, finalmente, este redactor. Como resultado neto de ese abandono es que hoy, en 2026, por poco no hay votación al no haber el quorum necesario al momento de votar.
De mis muchas experiencias junto a Juan Antonio, nunca olvidaré nuestra jornada en Harare (vieja Salisbury), capital de Zimbabwe (vieja Rodesia del Sur), en 1989, asistiendo a la Conferencia Ministerial del Movimiento de Países No Alineados (MNOAL). Integramos la delegación Juan Antonio Franco, Charlie Mohler (entonces delegado del PSP en La Habana y la OSPAAAL) y este redactor. Fue incorporada, por solidaridad, una delegada de la Unión Revolucionaria Nacional de Guatemala (URNG).
Fue un viajero incansable. Fue a Argentina, Chile, Perú, Colombia, República Dominicana, Brasil, Venezuela, Argelia, India y la Unión Soviética. En el Caribe viajó a Jamaica, Trinidad-Tabago y Guyana. En la década de los 1960 viajó a Addis Abeba junto al compañero Aaron Ramos y se reunió con el entonces Emperador Halie Selassie, símbolo de la independencia de los pueblos y autoproclamado “Dios en la Tierra”.
De 1970 a 1973, viajó extensamente por América Latina representando a la Federación Universal Movimiento de Estudiantes Cristianos (FUMEC). Fue en la década de 1970 cuando Juan Antonio asistió al hermano de un amigo boliviano a escapar clandestinamente y esconderse en Perú. Ese amigo fue recibido en San Juan en 2005 por COPRONU.
Fue catedrático en la Facultad de Ciencias Sociales en el Recinto de Rio Piedras de la UPR. Llevaba sus estudiantes universitarios a Sudáfrica, Zimbabwe y Zambia. Nuestro hijo mayor tuvo esa experiencia dos veranos casi consecutivos. Como padres, le guardamos un agradecimiento eterno.
Juan Mari Brás fue específico ante el fallecimiento de Juan Antonio:
«Nunca he creído, al pie de la letra, en el lugar común que escuchamos con frecuencia de que nadie es indispensable en una lucha. Eso depende del tiempo, el espacio y las circunstancias particulares de esa lucha. El pasado sábado en la mañana murió súbitamente el Rvdo. Juan Antonio Franco, pastor evangélico, profesor universitario y patriota puertorriqueño. Su vocación patriótica la conjugó perfectamente con sus otras dos vocaciones, así como con el deber de solidaridad internacionalista que fluye siempre del patriotismo de los socialistas. Apenas hará de diez días estuvimos reunidos, en el local de la Fundación Francisco Manrique Cabrera en Hato Rey, un grupo de quienes atendemos anualmente el caso de Puerto Rico en Naciones Unidas, bajo la presidencia del Reverendo Franco, quien había sustituido a Wilma Reverón en la presidencia del Comité Puerto Rico en la ONU. Nos proponíamos iniciar el seguimiento del trabajo conducente a elevar cualitativamente los triunfos alcanzados en los dos últimos años en el Comité de Descolonización de Naciones Unidas. A propuesta suya, se aprobó en principio un ambicioso programa de trabajos, publicaciones, viajes y conferencias que, al término de tres años, para el 2005, esperábamos nos lleve a inscribir el caso de Puerto Rico, como tema separado en la agenda de la Asamblea General de la ONU. Franco era, sin lugar a dudas, la persona más idónea para dirigir ese aspecto tan importante de nuestra lucha por la completa descolonización de la independencia de Puerto Rico. Su humanidad vital se desbordaba continuamente en simpatías hacia todos lo que le ganaba la fácil proximidad de quienes le acompañaban, aquí y en otras partes del mundo, en las tareas de cada momento. Logró el equilibrio muy evidente entre su inquebrantable fe religiosa y la dedicación a las causas sociales, destacando con el ejemplo de su vida, la verdad de que no hay contradicción, ni puede haberla, entre la fe religiosa y el compromiso social frente a los problemas mundanos de la humanidad. Por eso el domingo, en la actividad realizada en la tarde por familiares y con feligreses suyos de la Iglesia Evangélica Unida de Río Piedras. Cantábamos su vida y llorábamos su súbita muerte por igual, ministros y dirigentes independentistas, junto a la gran familia de aquellos a quien Juan Antonio Franco Medina sirvió con tanta autenticidad en ambas responsabilidades. En este preciso momento el vacío que deja Juan Antonio Franco en el Comité Puerto Rico en la ONU es uno muy peligroso.
Ese Comité ha sido, históricamente, el principal responsable de los logros obtenidos en Naciones Unidas a lo largo de los últimos treinta años. Y esos logros han sido, a la vez, uno de los verdaderos pilares en que se ha ido montando el proceso, ya irreversible, de la descolonización de Puerto Rico. Por eso, hago un llamamiento a todos los compañeros y compañeras que han acumulado en el pasado experiencia en las lides diplomáticas del trabajo internacional, y especialmente el que se dirige a monitorear-el caso de Puerto Rico en la ONU a que activen sus participantes en el Comité Puerto Rico en la ONU, a ver si entre todos podemos compensar, con nuestro esfuerzo redoblado, el duro golpe que representa para nosotros la ida del querido compañero y hermano. Que Dios lo tenga en su gloria y que desde ella, nos pueda alumbrar el camino escabroso de esta lucha incesante por la libertad de una de las últimas colonias del mundo.»
A guardar, a guardar cada cosa en su lugar sin romper, sin romper que mañana hay que volver.
(Lo que sigue es un fragmento de Las tareas, libro recientemente publicado por PLATANAL, y que forma parte de la colección Madreselva, maternidades feministas. El fragmento fue seleccionado por la autora para publicación en En Rojo)
Recoger los juguetes es lo más parecido al mito de Sísifo, en el universo infantil. La roca inmensa son los crayones desperdigados por toda la alfombra, a veces partidos en mil pedacitos y sin el papel que los envuelve, y los papelitos de a retazos minúsculos e imperceptibles, porque a Hija Mayor le encanta ahora eso de pelarlos conscienzudamente, con toda la atención del mundo puesta en la tarea. La roca toma también la forma de los rompecabezas cuyas piezas pueden estar desperdigadas en cualquier parte, pero me preocupan especialmente cuando las encuentro en la alfombrita donde apoyo al bebé. Soy una madre-rastrillo a la caza de piezas minúsculas de lo que sea, alrededor del bebé, presa del pánico frente a la posibilidad de que se me quede alguna: el borde de la tostada del desayuno, rompecabezas, migas de pan, animalitos de plástico, un arándano, piezas de encastre infinitas. Roca son los pañales llenos, en el suelo, en el borde de la cama, al pie del tacho de basura cuando ya no caben. Roca las maderitas para hacer torres y ciudades. Roca los zapatos sueltos, una media puesta como sombrero y los muñecos, boca abajo, rendidos por completo después de un día de juego con mi niña de casi tres años.
Recojo un muñequito de Cenicienta, el mismo que horas más tarde hará una exploración durante la hora del baño. Cenicienta cambia la opulenta carroza por un submarino hecho a base de una tetera de silicona, pequeñita, no necesita más: ni lacayos, ni cochero, ni zapatos de cristal; se basta a sí misma para hundirse en un tupperware con espuma, a manos de Hija Mayor. Sonrío mientras la veo hacer. Adelante, Cenicienta. Sin duda, es mucho más interesante hacer expediciones submarinas que asistir a bailes de palacio. Vamos, amiga, vete al fondo del mar, como Alfonsina, cinco sirenitas te llevarán/ por caminos de algas y de coral. Mejor sirenas que príncipes, querida, pero tu voz, tu voz, no la entregues por nada del mundo.
Recojo un muñequito de Cenicienta y me veo de pie, en el salón de clase, frente a una treintena de niños que pisan apenas la adolescencia, 12 años, 13, primer año de escuela secundaria. Soy La de Lengua y Literatura, antes de ser La mamá de, mucho antes. Digo Cenicienta y ellos, qué le pasa a esta mina, se cree que tenemos seis años, pensarán. Pero entonces, llega la magia y aunque han pasado más de diez años seguro, acaso quince, todavía recuerdo como hoy la transformación de sus gestos, no solo de sus caras, sino de sus cuerpos, coptados por la magia del relato. Al principio, lánguidos, desparramados en la silla, la mirada desconfiada que destila adolescencia en ciernes. Poco a poco, empiezo a tejer despacio. El silencio. La atención. El relato, es el relato, nada más y nada menos que un cuento de hadas en su versión germánica, brutal, alejada completamente de la fantasía gringa de Disneylandia. Se extrañan, se miran entre sí, se acomodan en el banco y splash! La sangre salpica a los de la primera fila cuando las hermanastras se cortan los dedos de los pies, los talones, el charco que crece debajo de sus faldas, los pájaros que dan el aviso, que les pican los ojos y las dejan ciegas, como castigo por su maldad. El efecto de los cuentos de hadas no falla nunca, año tras año, ahora todos quieren leer más. Sonrío. Es mi pequeña victoria. Suena el timbre del recreo y siguen comentando entre ellos, algunos se acercan a mi escritorio y me piden más relatos de este tipo, les prometo otras versiones, otros cuentos. Nos despedimos, busco un café y salgo a fumar a la calle hasta la próxima clase. Adoro a estos pibes.
Recojo, junto con los juguetes, historias, relatos, memorias. Recuerdo cómo llegaron esos juguetes a nuestra casa, quién les regaló a mis hijes cada cosa, en qué momento y por qué. Lo mismo me ocurre con la ropa, cada una de las piezas minúsculas que voy juntando del suelo, en seguida hago una lista mental de cómo llegaron a casa. Si eran nuevas o las heredamos de otros bebés, de otras infancias; si tienen manchas, qué figuras forman, en el pecho, en los puños, en el culito; si muestran algún agujerito diminuto que merece la pena alguna puntada o si el agujero ha crecido desmedidamente. En las últimas semanas, Hija Mayor ha encontrado un placer indescriptible en meter su dedito y hacerlo cada vez más grande hasta deformarlo por completo, como cuando se enrosca un rizo, entretenida, o tira de un hilito suelto o se muerde una uña.
Del piso levanto también mis propios cabellos, de a mechones, están por todas partes. Cuánto dura el posparto y la caída del pelo tan brutal, igual que se me cae el otro hilito, el del pensamiento, y no me es posible retener ideas, completar una frase, terminar una clase de forma coherente. Qué hago trabajando de forma remunerada en este tiempo, en el que mi cabeza no funciona como una intelectual, solo como madre. Funciona para recoger, acunar, dormir a mis hijes, dar teta, alimentar, bañar, vestir, consolar, amamantar, cantar una nana, cantar muchas nanas, contar un cuento, contar muchos cuentos, decir sana sana, colita de rana como una pitonisa sabia, dar el remedio en jeringuilla, reconocer el camino en medio de la oscuridad de la noche con un bebé en brazos, para cambiar pañales, abrir cajones, sacar un pijama limpio y cambiar el otro vomitado, por ejemplo. Qué es eso de trabajar como si no tuviéramos hijes y tener hijes como si no trabajáramos. Quiero tiempo para recogerme a mí misma. Recojo mis cabellos del suelo, mis ideas, mis libros, mis diarios, mis presencias, mis carencias, mis intentos de, mis ausencias de, mis tetas caídas, mi panza flojita, mis dolores de cintura, mis pies dos tallas más grandes. Recojo versos, párrafos enteros, citas incompletas, pedazos de este libro, de mi infancia, de mi maternidad primera, de mi maternidad segunda, de mi matrimonio, de mi familia de origen, de la familia que yo misma he conformado de adulta. Recojo y sostengo a mis hijes, a mí misma, a la posibilidad de ser y de hacer la madre. Del piso levanto pedazos de mí que ya no son míos, voy recogiendo la piel de serpiente de otros tiempos, la roca de Sísifo de otros tiempos, las madres de otros tiempos, las que maternaron antes que yo. Me nacen escamas, alas, cola de pez, una lengua bífida, manchas en la cara. Las madres pueden también ser monstruas y sus crías, la maravilla.
Güeros (2014, Dir. Alonso Ruizpalacios) narra la historia de Federico “Sombra” Ruiz (Tenoch Huerta) y su compañero de apartamento, Santos (Leonardo Ortizgris). Su hermano menor, Tomás (Sebastián Aguirre), llega a la ciudad mientras se extiende una huelga ficticia en la UNAM, donde estudian Sombra y Santos. Esta huelga guarda estrecha relación histórica con la huelga de 1999-2000, en la que el movimiento estudiantil tomó la Ciudad Universitaria por 10 meses (entre abril del 1999 a febrero del 2000) en respuesta a las reformas neoliberales y la imposición de cuotas bajo la administración de Francisco Barnés de Castro.
Tomás llega a un apartamento sucio y sin electricidad en el conjunto habitacional Integración Latinoamericana. Su hermano mayor no tiene dinero y anda en una depresión profunda: la universidad está tomada hace 163 días y Sombra no logra empezar su tesis. Sufre ataques de pánico constantes, a menudo pasa días sin salir de la casa y le roba electricidad a la vecina.
Desde el primer momento, la película presenta dos sendas que Sombra puede emprender:
Uno de los caminos se manifiesta a través de la radio del carro. Le convida la voz de Ana, su interés amoroso y estudiante de literatura latinoamericana. La líder del movimiento estudiantil convoca a una asamblea.
De manera paralela, emerge otro punto de interés: Sombra se percata de que su hermano menor escucha compulsivamente un cassette en su walkman: Güeros, del enigmático Epigmenio Cruz. Es música que escuchaba su difunto padre y que han heredado los hermanos. Aquí se elabora el poder mítico del segundo camino: cada vez que alguno de los personajes escucha la música de Epigmenio Cruz, la cinta sonora de la película no registra sonido alguno. El silencio provoca un efecto de desfamiliarización que indica que lo que suena allí queda más allá del alcance del lenguaje fílmico. Este rock inefable que “una vez hizo llorar a Bob Dylan” dista mucho de la voz dulce de Ana y su invitación a participar de la huelga: se resiste a la profanidad de la representación.
La elección es casi automática: los universitarios se encontraban en “huelga de la huelga” y deciden emprender el segundo camino. A través de un recorte de periódico, descubren que Epigmenio Cruz agoniza en el hospital. El primer episodio termina con la fuga del apartamento cuando su vecino se harta del hurto de electricidad. Sombra sufre otro ataque de pánico y terminan en el hospital, donde continúan la búsqueda de la leyenda del rock mexicano.
A partir de este punto, la película se torna road movie de la errancia. La desorientación en este laberinto adquiere proporciones físicas y dicta el ritmo de la película. Los tres jóvenes se pierden y temen por su vida. Ante la pregunta franca de Tomás, “¿Dónde estamos?”, la contestación de Sombra ,“En la Ciudad de México”, expresa el carácter totalizante de un espacio siempre ajeno y capaz de reproducir infinitos rumbos sin salida. En su desorientación de diletantes enajenados, la ciudad les encierra en movimientos azarosos. Funciona como ese laberinto que describe Juan Villoro en El vértigo horizontal: “El chilango asume la vialidad como una lotería”. Ya de noche y como por arte de magia, la ciudad les devuelve a una de las entradas de Ciudad Universitaria mientras aún se lleva a cabo la asamblea estudiantil.
Dentro de la universidad, Sombra sostiene una discusión con un estudiante huelguista, y la película toma un giro decisivo: alguien le pregunta al joven manifestante sobre el guion de la película. Sale una claqueta ante la cámara, el estudiante se voltea hacia el espectador y se rompe la cuarta pared mientras expresa cándidamente su desaprobación del proyecto: no le gusta porque es una película de correteadas en la que los jóvenes apáticos, quienes rayan peligrosamente en ser esquiroles (rompehuelgas), quedan retratados como héroes.
El quiebre del pacto ficticio resulta fulminante. Por una parte, la experiencia en la asamblea parece quedar fuera de la diégesis, como si no fuera digerible por la ficción fílmica. Por otra parte, a partir de este momento se exacerba el tono cínico y descreído de los protagonistas, quienes hacen comentarios críticos sobre el cine de arte mexicano. De cierta manera, Güeros parece querer deconstruir el poder representativo de su propio guion ante el desasosiego que los grandes procesos socioeconómicos imponen al individuo. Este cine es incapaz de rescatar las ánimas en pena del México neoliberal y la película quiere enfatizarlo. Mientras que la música de Epigmenio Cruz permanece en el misterio de lo sagrado y lo privado, la entrada en Ciudad Universitaria y la cercanía con la asamblea reclama un corte en la continuidad ficticia de la película y una transferencia a lo “real” del comentario colectivo.
Todo el ambiente de la película se contamina de esta actitud desmitificadora. En el zoológico de Chapultepec, los jóvenes conversan con una compañera de trabajo de Epigmenio. Ella les revela que es la chica que aparece en la enigmática carátula del cassette y les cuenta cómo un lío amoroso entre Epigmenio, su antiguo productor y ella le impidió participar en Avándaro (el Woodstock mexicano de 1973) y hacerse más famoso. Mientras más progresan en su periplo citadino, todo parece perder su aura de importancia y trascendencia. Incluso Ana se da cuenta que se le ha olvidado la manifestación que ella misma convocó.
La búsqueda culmina en una pulquería en Texcoco, donde encuentran a Epigmenio Cruz, con la mirada perdida frente a un programa de reality tv, dibujando. Luego de rechazarles, Sombra pronuncia un monólogo conmovedor, pero Epigmenio se ha quedado dormido y la leyenda, para todos los efectos prácticos, ha muerto.
Regresan en carro hacia la ciudad, mientras Sombra y Ana se besan. Cuando termina el plano primerísimo del beso, el frenesí automovilístico culmina y se encuentran en medio de un tapón. De inmediato se percatan que la manifestación de los huelguistas les pasa por al frente.
Ana se baja del carro y camina hacia la progresión de manifestantes. Sombra se baja y va tras ella, pero la pierde en la muchedumbre. Desde el carro Tomás le grita. Se miran y Tomás sonríe. El hermano menor le tira una foto desde lejos, entre el mar de gente que le pasa de largo. Sombra parece prepararse para marchar y la fotografía congela la toma en su sonrisa. Es un final algo ambiguo y de ninguna refleja un despertar de conciencia política. Más bien, parece ser una llegada circunstancial a lo ineludible.
Los jóvenes perseguían un mito, una memoria del pasado, pero todos los caminos conducían a este. Donde terminaba la laberíntica senda de la nostalgia por el 68, con sus espectros contraculturales y su desembocadura en el presente neoliberal, irrumpía desafiante la otra. El carácter masivo y rectilíneo de la marcha le ofrece a Sombra cortar el enredo citadino. No es la gesta del héroe solitario a la que estamos acostumbrados, pero en un mundo en el que se exige participación en un entramado que cancela alternativas, también va aumentando la presión de los pasos obstruidos. Quizás sí sea posible que el cine represente una redención: por el medio el fin de la historia rompe una larga marcha de quienes se han quedado sin camino.