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Ángela, cercanamente lejos

 

Ivette López

 

 

Muchas gracias por el privilegio de hablar sobre Ángela en este festival que la acoge, que hace que su voz llegue a nuevos públicos y por el privilegio de hablar sobre Ángela junto al Orfeón San Juan Bautista. Ellos no hablan mucho porque lo de ellos es otra cosa y porque tiene una humildad muy auténtica. Nunca imaginé que tendría la oportunidad de estar aquí junto a un conjunto que he seguido por no recuerdo cuántos años, gracias a una amiga que me invitó a uno de sus conciertos de Navidad y a dos amigos que me han avisado y llevado y traído a sus presentaciones.

Su lejanía infranqueable nos regala la cercanía que brinda la lectura. La presencia de Ángela era imponente, poderosa. Sabía lo que era un escenario y aprovechaba esa sabiduría. Se metía al público en el bolsillo y, como en la magia, sacaba pañuelos que flotaban, nos arropaba con la calidez de su voz, nos acunaba. Lograba el equilibrio perfecto entre intensidad y sobriedad y, como detestaba la improvisación, cuidaba todos los detalles: iluminación, música, proyección de la voz. Los poemas entraban en otra dimensión en esa oralidad que trabajó minuciosamente. Salíamos afuegados, más creyentes que nunca en la poesía.

Ella describió mejor que nadie lo que eran sus presentaciones en una ocasión en que llegó a la Universidad de Puerto Rico en Bayamón para una lectura de poesía. Venía de otra presentación y le preguntamos cómo le había ido: “Fue casi un areyto”, contestó. Así sentía a su público, así se comunicaba con las voces de la tribu. Recordé las palabras de Ángela cuando, hace pocos meses leí y me detuve a mirar la edición bilingüe de Animal fiero y tierno, en traducción al inglés de Roque Raquel Salas Rivera, amorosamente cuidada. En ella se entra a la intimidad del trabajo de Angelamaría: sus correcciones, su letra escrita, los papeles que no publicó y que guardó. Me pareció que era un acto de justicia poética que el poemario se tradujera al inglés, lengua estrechamente ligada al título del libro. En una entrevista que le hizo la poeta Irizelma Robles (en 1996), Ángela responde a la pregunta de cómo surge Animal fiero y tierno: “¡Qué se yo! Eso fue como una imantación”. Cuenta que a Lima le ofrecieron una cátedra en Long Island y ella lo acompañó. Allí se hizo muy amiga de una muchacha que era poeta y al regresar a Puerto Rico se carteaban en inglés pues la amiga no sabía español. “Yo le escribía del concepto de mi libro y como se me hacía tan difícil explicarle la idea global del libro en inglés, le escribí the fierce and tender animal. Fue la primera vez que salió el título del libro, así, de un disparate, pero quedó bien bravo”, comenta Ángela.

Es un honor merecido que la publicación del poemario por la editorial Centro Press inicie la nueva colección de poesía puertorriqueña en traducción al inglés del Centro de Estudios Puertorriqueños de Hunter College en Nueva York. Su poesía se abre así a públicos que hasta ahora han estado distantes, sobre todo a boricuas de la banda de allá. Simultáneamente Ediciones Mágica publica la quinta edición de Animal fiero y tierno, también amorosamente cuidada, con portada y diagramación de Adaris García Otero. Acompañada de un apéndice con materiales inéditos, más de una docena de dibujos, una docena de fotos y reproducciones de hojas en las que se anunciaban recitales poéticos, en esta edición tenemos otra vía para entrar a la intimidad de Ángela. El público lector había sufrido esa carencia del libro, hace tiempo agotado y de “una obra que, desperdigada en el tiempo, hace del lector un cazador en su búsqueda”, escribió una poeta a fines de la década del noventa (Irizelma Robles en 1996).

Recuerdo tras su muerte en el 2003, haber leído en algún periódico que muchas personas habían pasado por librerías diversas en busca de Animal fiero y tierno pero no lograban conseguir ejemplares, el libro estaba agotado. Tenemos ahora la esperanza de que el poemario llegue a al público que conoce su obra y al que aún está por leerla y ojalá podamos escuchar sus poemas en voz de nuevos lectores, pues la urgencia del decir público acompañó siempre el viaje de su vida. “Ella no podía sentirse completa…  si no expresaba su comunicación oral chamánica con la gente”, recoge un texto tras su ida (Mari Mari Narvaez). Ese público era su gran tribu, que irradiaba desde su tribu más íntima, sus querencias de mayor cercanía, y para esa colectividad cuajó, animada por su capacidad de actuar y cantar, espectáculos de poesía y música en los que, como lee una hoja que los divulgaba: “textos, el concepto, el montaje, la dirección y la actuación por Ánjelamaría”. Nada la detenía.  En sus espectáculos, minuciosamente trabajados, desplegaba su modo esplendoroso de leer, de capturar al público y acogerlo. Vanessa Droz, poeta de una generación posterior cercana a Ángela, escribió sobre el modo en que Ángela se proyectaba: “cuando leía- y más tarde cuando cantaba…se crecía aún más su belleza y uno creía estar ante alguna faraona o jefa de tribu africana que, por razón desconocida, sobre todo para ella misma, se había extraviado de su tiempo y de su espacio”.

Esa querencia por compartir la poesía a viva voz, por acunar un públic,o se imanta con la noción de la centralidad de la poesía en el tejido social, algo que Ángela planteó en muchas entrevistas. En una de ellas dice: “Tal vez yo sea de los pocos poetas que nunca han dudado de lo necesario de la poesía, por mi formación particular y mi momento histórico…A veces he podido dudar de mí; de la poesía, nunca”. En un texto que escribió sobre sus compañeros de generación, los integrantes del grupo nucleado en la revista Guajana durante la década del sesenta, expone esa centralidad de la poesía en el día a día: “se leía poesía en todas partes: guaguas, cafetines, pasillos de universidá, visitas mutuas…”. Ángela continuó esa práctica de leer y cantar, su modo peculiar de compartir la creación. La apelación a los otros, parte de ese amor por decir la poesía, atraviesa sus libros; en Animal fiero y tierno está presente desde “las voces generales, al acecho” de la autodedicatoria, y es clarísimo en la definición de la voz poética: “animal colectivo /que agarra de los otros la tristeza como un pan repartido”. Ya en Homenaje al ombligo (escrito junto a José María Lima) encontramos esas voces a las que apela en “canciones inmensadas”, “canciones de universo”, “con fuerza de huracán” y en poemas como “hermanos mutilados”. En su poesía posterior, escribe otra poeta de la generación del setenta (Áurea María Sotomayor) el cuerpo individual “se aunará a otro cuerpo, el colectivo”. Su libro póstumo La querencia, va al susurro ancestral, el espacio del encuentro de los cuerpos que perfila la querencia del inicio de la humanidad: espacio ritual y sagrado, balbuceo de la especie. El poema “La yerbabruja azul” es la memoria de la tribu, el areyto de brasas, el recuerdo que se filtra entre “nuestra querencia y la de todos”.

Las lecturas de Angelamaría, sus performances, se entrelazan con su concepto de la poesía, que apela siempre al oyente, a lectores implícitos. La oralidad tiene lugar privilegiado en su consideración de quienes leemos, atenta siempre a eso que llamó “la voz del aire” (entrevista, Gloria Alonso) y en una entrevista temprana (Jorge Rodríguez, 1986) remite a esa importancia: “El elemento de la oralidad fue mi primera experiencia con el arte. La canción popular, las poesías que mi mamá declamaba … crean una pasión en mí que se evidencia en mi obra. Esa pasión por la oralidad en mi caso llega al extremo, porque muchas veces he cambiado palabras de un poema porque son difíciles de decir en voz alta”. En La Querencia la voz lírica presupone al oyente, que a veces es directamente el hombre querido, en ocasiones sujetos femeninos, en muchas instancias la tribu o colectividad. Esa voz se planta desde la intimidad: rumor, bembeteo, cuchicheo. Se trata de una apelación íntima, desde una voz que representa, de modo similar a como ha visto una ensayista en poetas como Whitman y Dickinson (Vendler), las relaciones sociales en las que está inmerso el sujeto lírico. Esa apelación se vuelve más intensa gracias a la pluralidad de voces que se pasean por La querencia, las palabras cuchichean entre sí como parte de esa intimidad que nos convoca. Estamos ante un libro atravesado por letras de boleros, giros coloquiales, textos de otros poetas. La oralidad recorre la obra de Angelamaría, quien en muchas entrevistas apuntó a esa riqueza, a ese deseo de estar en el oído de quienes escuchan.

Hoy literalmente escucharemos la voz del aire, la voz de Ángela, con su secreto de comadre cimarrona transfigurada en las voces del Orfeón, que son como el duende jueyero del poema de Animal fiero y tierno y nos regalarán esa canción interminable. En sus voces las palabras, como escribió Ángela de Julia de Burgos, “son agua y son torrente por tu boca”.  No puedo pensar en algo que la complaciera más, creo que Ángela habría dicho como uno de sus poemas:

(chico, /¡habráse visto cosa más grande!). Digo yo: De seguro tendremos magia.

 

 

 

 

 

Hacia una estética arrabalera: Acercamiento a un libro de Edwin Quiles

 

 

Especial para En Rojo

Desde que llegó a mis manos sabía que era este un libro que tenía que leer con urgencia, pero con gran atención.  Y así fue: tan pronto terminé con un trabajo prometido y con fecha límite que me ocupaba, comencé a leer ¡Mi amor, tenemos casa! (San Juan, Fundación Puertorriqueña de las Humanidades, 2024) del arquitecto y planificador urbano Edwin Quiles Rodríguez.  Este libro estudia la formación de los llamados arrabales en San Juan, especialmente en Santurce.  Y su lectura me lleva a escribir estas páginas.

¿Por qué me atrevo a escribir sobre un libro que parece caer en un contexto intelectual al que supuestamente no tengo permiso de entrada?  ¿Qué tengo que decir sobre un libro que investiga el desarrollo urbano de San Juan, fijándose en lugares hoy emblemáticos como El Fanguito, Tras Talleres y Barrio Obrero?  Alguien que adopte una rígida demarcación en las áreas de investigación y en las disciplinas académicas dirá que no debo comentar el libro de Quiles porque no soy ni arquitecto ni planificador urbano.  “Zapatero a tu zapato” me dirán o, mejor, ya por otros supuestos comentarios míos, me han dicho.  Para esos vigilantes de las demarcaciones disciplinarias sólo puedo comentar un texto literario, nada más.  Pero siempre he creído que mis zapatos son los libros, no importa su tema.  ¡Soy lector y con orgullo lo declaro! Por supuesto, no creo que pueda comentar como especialista cualquier texto.  Pero Nilita Vientós Gastón me enseñó, en teoría y con su práctica, que uno se puede acercar a cualquier texto sencilla y honestamente como lector y que todo lo humano está abierto a quien se acerque a ello con curiosidad y honradez, sea lo que sea o lea lo que lea.  Así, pues, como mero lector y no como especialista en el campo del urbanismo y la arquitectura, me acerco a este libro.

Pero el libro se abre a cualquier lector porque el mismo adopta un acercamiento humanista y, a veces y sin quererlo, apunta a campos intelectuales y estéticos que les dan la bienvenida a lectores de otras disciplinas.  Es que este libro se presta a muchas lecturas; hasta invita e induce a ellas.  Así es porque, a pesar de las eruditas citas a historiadores, sociólogos y antropólogos y a las abundantes pruebas basadas en tablas de porcentajes sobre incrementos poblacionales u otros importantes cambios sociales, este es un libro que se abre a cualquier lector interesado porque esas pruebas y esas citas no sirven para negarle acceso a quien abra sus páginas.  Al contrario, invitan a la lectura y el comentario.  Además, el libro adopta un refrescante acercamiento que rompe con las rígidas fronteras de las parcelas académicas.  Este libro nos invita a entrar en él como lo hubiera hecho una hospitalaria vecina del arrabal, como una de las habitantes de las improvisadas y humildes casas construidas en Hoare, en Alto del Cabro o en el Gandul.

¡Mi amor, tenemos casa! – apunto de entrada que no me gusta el título, ya que no me parece apropiado para el contenido del libro – está escrito de manera amena; no nos enfrentamos a un pesado ladrillo académico.  No sólo Quiles cita a literatos consagrados – Neruda, García Márquez, Lloréns – para apoyar sus ideas, sino que él mismo emplea frecuentemente un lenguaje poético para describir el arrabal: “Las maderas de las pasarelas, las paredes, el techo y el piso dormían inquietos, retozando y crujiendo como si se tratara de los huesos de un cuerpo en crecimiento.” (Página 140)   Pero esas descripciones de tonos poéticos no niegan ni ocultan la dolorosa realidad de la vida en el arrabal donde reinaban “la fiebre amarilla, la anquilostomiasis, la mala nutrición y las enfermedades de la piel por bañarse en las aguas pútridas del Caño”.  (Página 140)   Además, al tono poético que marca muchos pasajes del libro hay que sumar las narraciones del propio autor u otras basadas en las múltiples entrevistas que les hizo a quienes habían sido moradores de los arrabales, narraciones que también le dan al libro un tono literario ya que se acerca al testimonio, género tan popular en nuestros días.

Son múltiples y muy diversos los acercamientos que este libro nos permite y hasta nos propone.  Por ejemplo, si nos fijamos en las citas a otros estudiosos del tema – Helen Safa, Jorge Duany, Rosa Vanessa Otero – se podría delinear con ellas una breve historia de los estudiosos que han investigado el tema.  O si nos fijamos en las referencias a las muestras de compromiso con los habitantes de los arrabales que manifestaron entonces los partidos de izquierda, especialmente el Partido Comunista Puertorriqueño, podríamos trazar otra distinta historia.  Así mismo, si nos fijamos en las referencias a la música, el cine y la literatura que ha tratado el tema del arrabal – curiosamente nunca se menciona el cuento arquetípico sobre el tema: “En el fondo del caño hay un negrito” de José Luis González, ni La carreta de René Marqués – podríamos construir otra línea, la del desarrollo del tema en las artes.  Curiosamente también están ausentes de esa posible línea los cuadros y grabados de Carlos Raquel Rivera, Rafael Tufiño y Myrna Báez quienes tan efectivamente retrataron ese mundo.

De todas las ramificaciones del tema que Quiles nos brinda me atrajo más que otras su definición de la estética que domina las contrucciones y la vida misma del arrabal, lo que podríamos llamar la estética arrabalera.  Parecerá a primera instancia contradictorio y hasta ofensivo pensar en tal corriente, pues la estética la asociamos  usualmente al refinado mundo de la llamada alta cultura.  Pero no es así y Quiles, con una aguda y penetrante mirada, descubre que en ese mundo de pobreza y de injusticia que imponen las circunstancias sociales a los habitantes del arrabal está presente una estética, a veces accidental y otras muy bien pensada.  Veamos un poco más detalladamente lo que al respecto Quiles nos dice y por qué postulo que se puede trazar esa línea sobre el pensamiento estético en el texto.

En el capítulo 4, titulado “La fundación de los arrabales: estrategias para la construcción clandestina”, hallamos las principales claves para el tema que me interesa, aunque todo el libro está salpicado de ideas al respecto.  En primer lugar, Quiles parte de que los humanos construimos nuestro ambiente con “deseos, sudor, encanto, dolor, frustración, […] alegrías, historias y marcas que dejamos…”. (Página 111)   No lo construimos únicamente con acero, mármol, cristal y cemento y, sobre todo, no importa si otros no consideran nuestra construcción como algo válido, de cuantía artística y digno de apreciarse.  Por ello el acto fortuito, la improvisación y la urgencia pueden reflejar esa estética arrabalera.  Esto lo lleva a una visión esperanzadora de este mundo que usualmente se ve como negativo:

El arrabal era un mundo entre haciéndose y deshaciéndose.  Un mundo cuya génesis era lo roto, obsoleto y destruido, sometido a la imaginación y la                                    capacidad de construcción de los alarifes de la precariedad.  (Página 112)

Los constructores del arrabal son alarifes o arquitectos que parten de lo precario, de lo hallado, de lo rescatado, de lo que otros descartan para crear su mundo, mundo que, a pesar de lo que otros digan, está basado en una estética propia.

La estética que aquí se describe tiene paralelismos con la que Carlos Monsiváis, a quien en varias ocasiones Quiles cita, halla en la Ciudad de México y con la que propone en muchos textos Luis Rafael Sánchez particularmente en su estética de lo soez.  A Sánchez Quiles nunca lo cita, pero, para evidenciar los paralelismos entre ambos, recordemos su brillante ensayo “Otra canción desesperada” (2004), donde a partir de un grafito que halla en una pared pública justo a la entrada del Caño de Martín Peña Sánchez demuestra que la poesía, la buena poesía, también se puede encontrar en el arrabal y esta puede rememorar y hasta reescribir un poema de Neruda.

Si se me permite una nota erudita, apunto que esta estética arrabalera es la que los teóricos franceses, especialmente el antropólogo estructuralista Claude Lévi-Strauss, llaman “bricolage”.   Esta es una estética accidentada que se vale para crear de lo que se tiende a mano.  Para muchos el “bricolage” es una falta de principios estéticos, pero para observadores capaces de ver más allá de lo aceptado por la clase dominante, esta es una forma válida, efectiva y reivindicadora de crear.  Piensen, por ejemplo, en las piezas de Nick Quijano construidas con chancletas y otros objetos hallados en la playa de La Perla; eso es “bricolage”, aunque es la creación de un artista educado y consciente de los fundamentos estéticos de su obra.  El “bricolage” del arrabal es más espontáneo y hasta inconsciente.  Pero Quiles reconoce su valor y así lo establece, aunque nunca emplea el erudito término que tiene un fuerte y repelente – para algunos – tufillo académico.  Por ello establece muy claramente el carácter de esa estética que parece no caber dentro del campo de las artes: Por esa capacidad de juntar formas, texturas y colores, por tomar distintas referencias para crear su propio mestizaje, la arquitectura de los arrabales parece  asomarse, como dijo Alejo Carpentier, al barroquismo. (Página 114)

Quiles nos ofrece desde muy temprano en su libro una imagen abarcadora del arrabal desde esa perspectiva estética y por ello así lo define.  Para él, el arrabal es[j]unte de piezas diferentes desde donde se fragua una estética funcional y                                   barroca, producto de la mezcla y la combinación atrevida e inevitable de texturas,          superficies y geometrías muy cercanas a veces a la fantasía y el “desorden.  (Página 24)

Fantasía, desorden, compromiso social, cultura popular, “bricolage”, mestizaje, en fin, barroquismo: quien me conoce se dará cuenta de inmediato por qué me interesa este importante libro.

Pero que quede bien claro: esta exploración de la estética del arrabal no es una glorificación de la pobreza ni de la injusticia social.  Es, en cambio, un intento de hallar valores y fuerzas en lo que para otros es algo despreciable, sin valor, sin sentido estético.  Carpentier, Monsiváis, Sánchez y Quiles no tapan la injusticia social con una capa de erudición ni de juego intelectual, ni de falso refinamiento sino que hallan, en lo que otros descartan por inservible, rasgos que parecen paradójicos, contradictorios y que, en el fondo, sirven para redimir lo que la sociedad establecida desprecia.  Hallan en lo que otros descartan una obra con un fundamente estético, con un significado intelectual y con un propósito político.

Apunto aquí una línea de pensamiento y de argumentación que hallo en el libro de Quiles.  Ya decía que como lector me acerco a todo texto que leo desde una perspectiva personal.  Esto no quiere decir que crea que la mía sea la única manera de acercarse a cualquier libro o a este en particular.  Dado que el de Quiles es muy rico en información, en ideas y en propuestas, cada lector puede leer al mismo de una manera distinta, diversa a la que aquí propongo.

Esta es mi manera de entender, en gran medida, ¡Mi amor, tenemos casa!.  Mi acercamiento justifica que también pueda yo comentar un libro de un arquitecto y planificador urbano.  Toda lectura puede ser amplia, pero ninguna es ajena.  Así es especialmente cuando nos acercamos a un texto tan rico y sugerente como este de Edwin Quiles.

 

 

El edificio capitalista agrietado

 

Annette Lavastida Fajardo

Cada vez que alguien se atreve a señalar una grieta en el edificio capitalista, la respuesta automática no tarda en llegar:

“Sí, pero es mejor que la miseria del socialismo.”

No importa cuán razonado o fundamentado sea el planteamiento: el reflejo es casi pavloviano. Como si advertir fallas en el sistema que habitamos fuera, por sí solo, una traición que obliga a declararse enemigo o a elegir trincheras prefijadas. Pero la historia, como la vida, no funciona así. No es un tablero de damas chinas donde blanco y negro se reparten la legitimidad.

Criticar las dinámicas del capitalismo no convierte a nadie en devoto del socialismo real, así como reconocer sus errores no convierte mágicamente al capitalismo en una estructura justa o definitiva. Los fenómenos históricos (y sobre todo sus catástrofes) son más complejos que eso.

El socialismo real fue un intento de replantear el orden, sí. Pero lo hizo en condiciones que difícilmente podrían haber sido peores: asedio económico, militar, diplomático, mediático; hostilidad constante, externa e interna. Pedirle, desde la comodidad de un mundo sin bloqueos, que floreciera en libertad plena, es poco más que una ironía histórica.

Nada de esto exonera sus errores. El autoritarismo, la rigidez burocrática, la homogeneización forzada, fueron reales y costosos. Pero ignorar el contexto que incubó esos males sería tan reduccionista como explicar la desigualdad capitalista diciendo que “El pobre es pobre porque quiere”.

El capitalismo, por su parte, tampoco fue nunca un sistema que se dejara al azar. Expandió su poder apoyándose en siglos de saqueo colonial, en la concentración brutal de recursos, y en un aparato cultural que logró convertir la explotación en una historia de “oportunidades” y “mérito personal”.

Hoy, aunque haya aprendido a disimular mejor sus heridas, el capitalismo sigue arrastrando las mismas tensiones de fondo: desigualdad estructural, precarización encubierta, mercantilización de casi toda forma de vida.

Frente a eso, el fracaso del socialismo real no debería interpretarse como una prueba de que no existen alternativas, sino como la confirmación amarga de que construirlas no será sencillo ni inmediato.

La tarea sigue abierta. Pensar en otros modos de organizar nuestras vidas no es nostalgia, ni romanticismo trasnochado: es, simplemente, la consecuencia natural de una conciencia humanista que no se resigna a aceptar que lo que hay es lo mejor que podemos tener.

 

 

Series nuevas y maduras de misterios por solucionar

En Rojo

En estas semanas que permanezco en Vieques y que no sigo los consejos de la publicidad de las plataformas ni de personas en cuyo criterio confío, recomiendo series (mis favoritas) de búsqueda y solución de crímenes y misterios por resolver. Algunos empezaron, probaron su valor y ahora estamos en espera de los próximos episodios, mientras otros ya han completado su ciclo. Comienzo con las de 2024 y 2025.

 

“Prime Target” (2025; 8 episodios, Apple)

Lo que parece ser una trama de logro individual de un estudiante de matemáticas en Cambridge obsesionado con resolver una fórmula para la que le falta unos enlaces de un manuscrito histórico al parecer desconocido, se convierte en un caso de espionaje a nivel de agencias internacionales. El elenco es de 1era: Stephen Rea (The Crying Game), Martha Plimpton (Running on Empty), Sise Babett Knudsen (serie danesa “Borgen”), Ali Suliman (Lemon Tree), David Morrissey (serie inglesa “Sherwood”), Joseph Mydell (The Eternal Daughter), Quintessa Swindell (Master Gardener) y el joven protagonista, Leo Woodall (“One Day”) como Edward Brooks. Todos los personajes no solamente son interesantes de por sí, pero además tienen sus propias historias cuyos pedazos vamos descubriendo según se complica la trama.  En Cambridge, Edward está obsesivamente enfocado en su teoría matemática y los 2 profesores de su confianza son su mentor, ahora con síntomas de Alzheimer, Raymond Osborne, y el profesor asignado, Robert Mallinder, en quien no confía por no apoyarlo en su búsqueda de números primarios. Tiene algo + de empatía con la Profa. Andrea Lavin, esposa de Mallinder e investigadora de culturas antiguas. Por razones que luego descubrimos, Osborne está siendo vigilado por la National Security Agency (NSA), bajo las órdenes de Jane Torres, directora de uno de los proyectos de espionaje de la CIA y su pupila, Tylah Sanders, es la asignada de recopilar esta información, junto a un equipo de jóvenes que no cuestionan la razón ni piden + información. Cuando la CIA analiza la información recopilada y decide “limpiar la casa”, ahí es que comienza a tener sentido este aparato de vigilancia y sus repercusiones. En lo que se espera para su renovación (o no), recomiendo todas las series y filmes donde estos actorxs se han destacado.

 

“The Agency: Central Intelligence” (2024; 10 episodios, Paramount/Prime)

Con un reparto tan talentoso y el desarrollo de historias con conflictos y contradicciones frente a posiciones oficiales y con 10 episodios para presentar las complejidades de cada personaje, esta serie es de las mejores que hemos visto en varios años. Como la serie anterior, cuenta con un elenco de 1era: Michael Fassbender como Martian, el ejemplo del agente perfecto que es removido del lugar donde ya estaba en posición perfecta para transmitir información a la CIA; Jeffrey Wright como Henry, su jefe inmediato que intenta defender sus acciones y confiar plenamente en él; Richard Gere como Bosko, la cabeza de la oficina de Londres de la agencia que tiene que justificar las acciones de sus agentes; John Magaro como Owen, el agente + sensitivo y proteccionista de sus agentes y contactos encubiertos. Las dos historias que se entrecruzan o no, pertenecen a tres mujeres: Jodie Turner-Smith como Sami Zahir, el interés romántico de Martian pero también su llave para descubrir las movidas del gobierno de Sudan; Saura Lightfood-Leon como Danny, quien acaba de comenzar su papel de infiltrada en Irán; Katherine Waterston como Naomi con conflictos sentimentales hacia Martian y la propia Danny. Para poner algo de freno a la locura en que trabajan los agentes, entra el personaje de la Dra. Blake (Harriet Sansom Harris) que intenta explorar las verdaderas motivaciones de las decisiones de los agentes. La velocidad de los hechos y las decisiones tomadas, la verdad vs lo inventado, las acusaciones falsas y la circularidad de información nos mantienen no solo involucrados, sino intentando saber la verdad antes de que ellos la descubran.

 

“The Åre Murders” (Suecia, 2025; 5 episodios, NetFlix)

Al parecer—y estoy en total acuerdo—las series policiacas que tienen mujeres protagonistas son, no solamente muy populares, pero complejas en el mejor sentido de esta palabra. En EEUU, las series de “Mare of Easttown” (2021) protagonizada por Kate Winslet y “The Killing” (2011-2014) con Mireille Enos, no han sido superadas en este género que tiende a depender demasiado de la masculinidad del personaje central (“John Reacher”, “Jack Ryan”, “The Night Agent”). En esta serie, Hanna Ahlander tiene que manejar no solo ser transferida a un lugar que desconoce, pero con lazos familiares (su hermana tiene una vivienda aquí) y unirse a grupos de investigación que al principio siempre la van a ver como novata, pero también un pasado no muy lejano que lleva consigo sin resolver. Lo que nadie duda es sus destrezas investigativas, su compromiso con el caso presente, aunque tiene la tendencia de no seguir la cadena de mando que lxs otrxs ven como un desafío a la autoridad del lugar. Todo esto se estará ‘resolviendo’ mientras se investiga un crimen, siempre complejo con enlaces a problemas que trascienden lo local como la trata humana, el maltrato de la mujer por ser mujer y el enfrentar la peligrosidad de un clima que se impone sobre lo humano.

Espejo de artistas

Por Dhara Rivera

Mi práctica artística se apoya en una plataforma formada por el pensamiento
ecológico. Soy lo que llamamos una artista multimedia: utilizo en mis
trabajos diversos métodos, materiales y estrategias de creación. Esta
práctica rica en herramientas, me ayuda en la investigación de los diversos
componentes que han formado nuestra relación con el mundo natural, no
natural, humano o más que humano. Esta indagación
recoge perspectivas que fluyen entre lo social, lo político, lo poético y lo
personal. La complejidad de esta mirada abre puertas a preguntas sobre la
situación social-ambiental actual, cuestiona las crisis naturales tan
apremiantes hoy en día y desde esa esquina contempla futuros posibles. Sin
olvidar la belleza.

Imagenes

1. A la miri, meri, mir… (detalle 1)
Acción performátiva en el Río Lerma Santiago, El Salto, Guadalajara, Mex.
2011
Traje de bautizo en aguas contaminadas
Foto: Ana Joaquina Ramírez

2. A la miri, meri, mir… (detalle 2)
Acción performátiva en el Río Lerma Santiago, El Salto, Guadalajara, Mex.
2011
Traje de bautizo en aguas contaminadas
Foto: Ana Joaquina Ramírez

 

3. Abra Paisaje – Instalación multimedia
Tejido, mapas de islas, huesos, corales
2016
Foto: Johny Betancourt

 

4. Río y respiro – acción performática sobre el Río Grande de Loíza
Esferas de vidrio soplado, tela, bambuás, metal, bote, sonido
Foto: y sonido: Daniel Ausbury
2013