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México a las puertas de uno de los capítulos más importantes de su historia

 

 Corresponsal de CLARIDAD

 

Ciudad de México, México-México se encuentra hoy a las puertas de uno de los momentos más importantes de su historia política, cuando en apenas unas semanas tome posesión la primera mujer presidenta, Claudia Sheinbaum, heredera de los avances económicos y sociales implementados durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

AMLO, quien ha dicho que se retirará de la vida política una vez deje la presidencia, se irá con un índice de satisfacción popular de alrededor del 70%, el nivel de aprobación más alto para un presidente mexicano y uno de los más altos de toda la región.

Pero el origen de su popularidad no se entiende sin ver de cerca los números y las políticas que lo sostienen.

Durante sus seis años de gobierno, López Obrador aumentó al salario mínimo en más de 100% por encima de la inflación, aumentado a su vez el poder adquisitivo de los mexicanos; instauró nuevos derechos para combatir la explotación laboral; fomentó la visibilización de los pueblos originarios y afromexicanos; e impulsó el desarrollo de comunidades históricamente ignoradas.

Gracias a estas medidas, entre 2020 y 2022, cerca de nueve millones de mexicanos salieron de la pobreza extrema, mientras, la pobreza general cayó en casi 8 puntos porcentuales.

López Obrador también hizo de su administración un campo de batalla contra la corrupción y alentó la transparencia de sus líderes, uno de los aspectos de su gobierno que más valora el pueblo mexicano.

 “El derecho a la información es un derecho universal. Y nuestro presidente ha hecho eso una realidad, porque la opacidad y el oscurantismo con el que se manejaban los gobiernos anteriores, había dejado a la sociedad en un sesgo y en una ignorancia o desconocimiento de muchas cosas”, expresa a Claridad Iriana de la Vega, mexicana residente en el exterior para quien la forma de hacer comunicación del presidente AMLO ha sido una de sus principales fortalezas.

 Un accionar que ha sido pieza estratégica por parte del mandatario mexicano y de su equipo de trabajo.

 “También [buscamos] que sean transparentes los gobiernos para que podamos obligar [a los políticos]a rendir cuentas y llamar la atención de los gobernantes. Necesitamos ideas críticas y constructivas, sociedades dialogantes y sociedades en las que podamos, a través del debate y de construir un sentido común, actuar juntos para cambiar las circunstancias que nos hacen infelices, o aquellas cosas que son injustas, o aquellas que van degradando la vida todos los días”, sostiene Jesús Ramírez Cuevas, portavoz de Gobierno de México.

El presidente mexicano ha llamado a su gobierno la “cuarta transformación”, una visión política con la que ha querido marcar la diferencia a la altura de otros tres momentos clave en la historia de México: la guerra de independencia de 1810; la guerra de Reforma encabezada por Benito Juárez, y la Revolución contra la dictadura de Porfirio Díaz.

Con su proyecto de gobierno, AMLO se dedicó a impulsar políticas de desarrollo socioeconómico que alejaron al pueblo de políticas neoliberales instauradas en pasadas administraciones, mientras, de paso, hacía del respeto a la independencia y soberanía de su país una agenda constante contra intentos de injerencia extranjera por parte de países vecinos, en especial, Estados Unidos.

“Ellos quisieran tener injerencia en asuntos que sólo corresponden a los mexicanos, ese es el Departamento de Estado [de Estados Unidos]. Tienen que aprender a respetar la soberanía de México, que no es cualquier cosa”, sentenciaba hace unas semanas el presidente López Obrador durante sus reconocidas conferencias de prensa matutinas, en las que denunciaba comentarios injerencistas por parte de funcionarios de la embajada estadounidense en Ciudad de México.

Una postura que para muchos mexicanos ha supuesto volver a ganarse el respeto de la comunidad internacional.

“El presidente Andrés Manuel vino a transparentar, vino a darle voz a quienes no la tenían y vino a demostrar que no hay que tener miedo, que las cosas hay que llamarlas por su nombre, como lo hizo durante estos seis años […] Es un ejemplo mundial. Lo que él hizo es de gran inspiración y sirvió mucho a la comunidad internacional, porque él demostró que se puede, que se debe y que los pueblos lo merecen”, decía, por su parte, de la Vega.

Ahora, a solo semanas de ceder el poder, Andrés Manuel López Obrador, impulsa la aprobación en el Congreso de cerca de una veintena de reformas con las que busca elevar a rango constitucional los beneficios sociales instaurados en su gobierno.

Entre las iniciativas más importantes están la atención médica gratuita para todos; un sistema de pensiones para adultos mayores; una reforma para garantizar vivienda accesible a toda la población; el reconocimiento a los pueblos indígenas y afromexicanos; una reforma electroenergética para que el sistema de energía nacional no pueda ser privatizado en el futuro; y una reforma judicial para que los jueces sean electos por voto popular.

De aprobarse el paquete de reformas, Claudia Sheinbaum recibiría un país con garantías constitucionales de derechos humanos y sociales. Por su parte, la ex jefa de gobierno de la capital mexicana y miembro del movimiento progresista MORENA, ha prometido continuar con la labor de su predecesor. Su aplastante victoria en las pasadas elecciones presidenciales le dan carta verde por parte del pueblo mexicano para seguir adelante con este gobierno.

 

En Reserva-Dizque «roja», me dicen (en tres partes)

 

 

Especial para En Rojo

  

I.Era verano y me inquietaba el goteo incesante del pasillo del condominio, el calor inclemente y la injusticia. Sentada en mi escritorio, mesa, sofá, sillón, cama pautando reuniones, fijaba listas de quehaceres que palidecían ante listas de objetivos en un mundo auténticamente en llamas. Arriba del todo entre mis listas veraniegas estuvo pensar en mis nuevos amigos por correspondencia en Gaza, Mohamoud y Maryam, ayudar y proponer modos de apoyo y recaudación de fondos; mandar ánimos a diario, muy extrañamente, a través de Instagram y no vía epistolar. Trazar el mapa de la franja gazatí con el dedo; aprenderme las diferentes zonas de Palestina de memoria: Al-Mawasi, Khan Younis, Deir-Al Balah. Imaginarme las huellas de Mohamoud y Maryam sobre la arena, que son las mismas mías con más o menos hueso, carne y densidad sobre arena puertorriqueña.

De niña siempre anduve con libros en mano: ficción, no ficción, poesía, manga, libros de historia centrados, sobre todo, en la Segunda Guerra Mundial. Leía de pie, sentada, acostada. Me remojaba mil horas en la bañera cuidando que las lágrimas de tina no marchitaran las páginas. Pensaba inocuamente entonces ¿qué sería tener vivencias bélicas? ¿Cómo actuaría yo ante un holocausto? ¿Cómo nos enfrentaríamos hoy en colectivo al fascismo? Las respuestas no tardaron en llegar, pues nuestra generación vive cataclismos medioambientales, inflación bárbara, y aunque no del mismo modo que en otros países, el regreso y alza del fascismo en toda regla, más cerca de lo que buenamente pensamos. Ser testigo del genocidio, la ristra de racismo, islamofobia, sionismo y neoliberalismo ―¡pesadez de términos!― encendió la llama que ya existía en mi vientre a los diecisiete. Con el tiempo, me dijeron que me tornaría conservadora. Al contrario, me tuerzo y festejo la emancipación de mis zonas erróneas capitalistas. El peso de toda esta artillería conceptual la comparto con mis pares.

II.Era verano y me picaba la curiosidad por mis coetáneos. Quería disfrutar y conocer más de lleno a seres extrañísimos, heterogéneos, amables y, en su gran mayoría, de izquierdas, en toda su gama y complejidad. Mi vida social siempre ha sido caleidoscópica: tomé el tubo, lo acomodé y volqué. El estampado de diferentes tonalidades dimensionados por el caleidoscopio metafórico apareció teñido de rosa, cobrizo y bermejo. Estos tomaron la forma de personas, de hombres (sobre todo), mujeres (pocas, dato detestable, empero potentes) y seres conocedores de hitos y hechos históricos, grandes participantes de la vida política puertorriqueña de la periferia. Abogados, literatos, poetas y docentes, entre otros (mal pagados). Los de izquierda puertorriqueña nos reconocemos: nos delata el leve trémulo de manos y pies ante situaciones asombrosamente insostenibles sociopolíticamente, y el cansancio de la lucidez.

Una noche juniana y remota, deslizando y deslizando el dedo en Twitter, conocí muy sin querer la figura de la italiana Ilaria Salis. En el tuit, la autora contaba que le había entrado un bajonazo y que su familia, para animarla, le envió el artículo de una mujer que había presuntamente pegado casi a muerte a un neonazi en Hungría. La obligaron a arresto domiciliario con una pena de cárcel potencial de 24 años. Tras protestas y con aparentes ánimos de rescatarla, la eligieron al Parlamento Europeo por La Alianza Verde e Izquierda, federación de dos partidos políticos, la Izquierda Italiana y la Europa Verde (nacidos en 2022). Ilaria fue liberada, inmune a los cargos achacados en Budapest. Regresó a Italia en junio y tanto la escritora del tuit como yo sonreímos complacidas. Ilaria agradeció a quienes la votaron. A veces, hay finales felices. A veces, la colectividad es acción tangible. Me gustaría pensar que mi nueva comunidad hubiera hecho lo mismo por mí.

III. Era verano y, con sus ojos, pelotones color almendra, cabello largo y aretes de plata, y aparente puño de acero, Ilaria sonrió para su foto oficial parlamentaria. Ella, junto con el sorpasso de su elección, me puso a pensar en mi propia e incipiente militancia como mujer joven aquí, en Puerto Rico. En una entrada en Instagram, Ilaria compartió: L’antifascismo, oltre che un valore umano e una prospettiva politica, è anche una comunità resistente e solidale (10/06/24), y concuerdo: la lucha antifascista la heredamos; la comunidad resistente y solidaria la tejemos a nuestro modo, votando, eligiéndonos una y otra vez a pesar de nuestras diferencias. Aquí, a finales de verano, sentada nuevamente en mi escritorio, Mohamoud y Maryam siguen conformando mi cotidiano. Mujer de izquierdas ―plural intencionado― dizque «roja», me dicen: desde que habito estos espacios, me siento vista y abrazada en esta trinchera llamada solidaridad.

 

Arte acompañante:

 Cortesía de Estefanía Vélez Rodríguez e Hidrante, foto: José López Serra

Estefanía Vélez Rodríguez untitled 9, 2024

Oil on panel / Óleo sobre panel

10″ × 10″ × ⅞» (25.40 × 25.40 × 2.22 cm)

Surviving a lo Bori

 

 

Rafi siempre será Rafi. Lo es desde niño cuando lo conocí y sentí su alerta y pícara mirada que todo lo veía y grababa. Y ni decir de su oreja, siempre pará, atenta a lo que se le decía pero, sobre todo, a lo que no era para sus oídos (que era y es lo que más le interesa) y enterarse, averiguar para que no le cuenten, y menos aún, le oculten.

Y esa oreja, entonces pequeña, creció a dimensiones insospechadas. Pero no más que la lengua que aguardaba la mayoría de edad, esa que por fin llegó, para soltarse cual vocero que, como se dice de los niños: “ni dicen mentira ni callan verdad”.

Nuestro amigo ha esperado bastante para que oigamos esa voz, porque aunque sea en palabra impresa, es coloquial, pero no menos profunda y significativa, la de alguien que escucha y también piensa en voz alta, dicharachera y sin filtro en un sálvese quien pueda, que Rafi sino desembucha, se atraganta, y eso jamás.

Mucho esperó este, el menor de los Pabón criado en las fincas de Residentes de la Facultad en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, dentro del seno de una familia decidora y protestataria. Quizás debido a que eran muchas, variadas, sonoras y potentes las voces hogareñas y había que esperar su turno para contar lo suyo y lo ajeno que es todo uno.

El padre y profesor Milton Pabón combinaba en su decir autoridad moral, conocimiento enciclopédico, fervor patriótico y acerado humor a sotto voce y sin querer queriendo. La madre, Delia La Pabona, disparaba desde la vaqueta sin medida ni clemencia matizada por una amorosa vocación de mamá gallina protegiéndonos a todos en una extendidísima familia que en ella encontrábamos fortaleza, amparo y un sentido común nada común además de la capacidad de leernos como un libro abierto y enseñarnos a pasar la página.

El hermano mayor, Carlos Pabón Ortega, Papo, empeñado desde muy joven en desentrañar verdades y comunicarlas aunque dolieran, un estudioso agudo en incesante análisis del devenir de su pueblo en nuestras reveladoras contradicciones. Y su hermana Marga que hizo de la pasarela de alta costura el proscenio actoral donde lucía de modo incomparable cuerpo y carácter.

Como si fuera poco, Mariela, su hija, artista gráfica, creadora de historietas y astróloga, Madame Mela, desafiante de los astros con demoledor humor y encima, su hijo Rafa Pabón, cantautor, video-artista y mecenas de las artes, ambos estrellas internacionales con luz propia.

No en balde, nuestro Rafi esperó tanto para desembuchar y deslumbrarnos con su poético, político y prosaico decir. Pero ha valido la espera. Además, nuestro parlanchín autor sobrevivió el acoso ideológico y burocrático gubernamental, la censura que pretendió acallar las múltiples y variadas voces escuchadas con devota empatía en su labor social, la emigración forzada como tantas otras de nuestros compatriotas resultando en afinar su oído al lenguaje de la diáspora que se unen a la propia en pachanguera algarabía reveladora de nuestras gracias y desgracias, alegrías y sinsabores pero con el condimento de la ironía y el sabor del desparpajo.

Leer Surviving a lo Bori es reconocernos en el idioma tan popular como docto del humano acontecer. Se ha dicho, y con razón, que el oficio primario de un pintor es aprender a ver y comunicar esa mirada. De igual modo, el aprendizaje inicial de un escritor es escuchar las voces ajenas para alimentar la propia. Eso ha hecho Rafi para nuestro beneficio.

Escuchamos por vía del autor la vida en la colonia y en la metrópolis, aquí y allá, allá y aquí (sin saber, en ocasiones, si es aquí o allá) la guagua aérea del maestro Luis Rafael Sánchez, nave en constante peligro de naufragio, la zozobra vencida por las ganas de vivir, el desaliento superado con el nuevo aire, respirando profundo hasta encontrar la palabra salvadora, el eco colectivo en una lucha desigual que no permite el silencio.

Ni la pandemia, ni mucho menos el distanciamiento ni la encerrona pudieron acallar esta lengua mechada del saber decir con pelos y señales lo necesario, lo impostergable. Y eso es lo que hace de modo esplendoroso Rafi en este volumen a veces altisonante para que se oiga, otra susurrante como una memoria negada al olvido. Mas siempre en función de ser escuchada en sus múltiples y ricos registros. Volcada en la página, rebota y nos persigue violando la censura propia y ajena, la palabra, tabla salvadora a la deriva entre orilla y orilla.

Gracias Rafi, por sobrevivir y contar la odisea con tanta frescura, tal cual si hubiera sido un viaje de placer, usufructo del ocio. Tu poesía disfrazada de crónica, tu humor, máscara del dolor nos anima a seguir adelante. La megadosis de jodeína que obtenemos de tus páginas nos provee el antídoto a la congénita plaga colonial y al apagón moral que es nuestra dieta cotidiana.

Tus lectores tenemos fe en que continúes sobreviviendo con igual esplendor, alumbrando este oscuro archipiélago desde aquí y desde allá, dondequiera que sea, pero que te oigamos y celebremos como ahora. Te necesitamos.

Taller de La Playa de Ponce/4 de septiembre de 2024

Guirnaldas de ceniza en el Desierto de Edder González Palacios

 

 

 

Hay quien piensa que la lírica elude al mundo. Sin embargo, el más puro lirismo se halla al centro de las cosas, las plantas y las bestias. Descubrirlo toma toda una vida y es un demorado ejercicio de observación. El lenguaje poético debe entrar en sintonía con esa materia vibrante y sensible en la que convivimos y que vive en nosotros. Me refiero al rumor del viento, siempre distinto dependiendo de la estación o el tono sombrío que invade una voz que conocemos, el aroma de algunas hierbas, la imposible visión de la luz o de la oscuridad absolutas e incluso la intuición de que somos una especie en extinción. Hay que estar alerta para apreciar el mundo fenoménico y cuán necesarios son los sentidos para percibir la planta, la piedra, el fuego o la tierra. La historia pasa por allí de forma esquiva o apenas notable a menos que un poeta como Edder González la perciba y comparta sus verdades de otra forma mediante imágenes. Hay quienes aprenden a ver signos en el modo en que se enrosca una ola o en las alteraciones del ciclo de las mariposas o incluso en las razones que tiene una marmota para hacer su hogar bajo una casa habitada y no en el centro del bosque. Hace siglos que los poetas saben que en el fondo de los ojos de los tigres se halla un laberinto, el abismo, la visión: “Tyger, tyger, burning bright in the forest of the night.”

¿Dónde se encuentra eso que llaman la inspiración si no es en la atención singular al sitio donde vivimos, amamos o sufrimos? La atención que exige mirar el mundo es parte del estado lírico, indagar en el espacio que habitamos forma parte de una experiencia ineludible que adquiere su fijeza en un poema. Otra cosa son los instrumentos de los que disponemos para verbalizar la experiencia, los modos de decirlo. Seleccionar el lenguaje con el que diré lo que me es entrañable es un primer paso en el aprendizaje de lo poético. Porque dependiendo del lenguaje que escojamos diremos algo sobre quienes somos, nos acercaremos o distanciaremos de su verdad, representaremos o aludiremos sesgadamente a la experiencia, asentiremos o negaremos cuán fidedigno es el lenguaje para decir lo deseado.

Lo lírico quizá consista en una disposición para capturar la trascendencia, un acontecimiento, un estado de ánimo. Capturar lo que perecerá ya es una lucha con su presente y con el tiempo. Y la urgencia de plasmar la huella de esa experiencia a través de la danza, el cine, la pintura, la música, Maya Deren,Van Gogh, Schönberg, Bonard, Yourcenar. Lírico es lo que se dice sin pretensiones, lírico es el paso no más allá, sabiendo que fallamos o fallecemos en el intento de decir. No hay pretensión, nunca puede decirse lo que nos embarga en su inmanencia. Lo lírico es un ser sin poder, sin atribución alguna de poder. Pese a su remisión al pasado o a un presente absolutos, sin embargo, no deja de construir futuros. Lo lírico es político. Lo lírico es filosófico. Lo lírico es estar.

Comentar los pliegues de un poema es expandir el universo velado de los signos. Llegamos a la poesía de Edder González Palacios cuando decimos que en el hontanar del brezal se halla el secreto que no se devela fácilmente. Esta podría ser una de las reflexiones que surgen de su libro que merodea el misterio de lo poético. Desierto es una travesía por la gestación de cómo se mueve o nace un poema para poder insertarse en el mundo.

A propósito de estas reflexiones sobre lo lírico, pienso en el territorio de esta voz poética. El desierto se resiste ante quien quiere aprehenderlo en afán posesivo. El desierto es un espacio liso, no estriado por el Estado, libre de la posibilidad de ser demarcado o dominado fácilmente. Lo cifra su infinitud y el hecho de que su habitante lo surca y habita de otra forma. Lo veo en Dune, Lawrence of Arabia, The English Patient. El imaginario que acompaña al desierto es la soledad y el modus vivendi es el nomadismo. Ambos se hallan presentes aquí. En el poema que le da título leemos en itálica que declara que es en el desierto “donde comparece la palabra”. Es decir, la enseña que atraviesa el libro podría ser la de la palabra poética que Edder González en un momento llama “imaginal” (evocando al poeta, músico y simbólogo Juan Eduardo Cirlot). Pero sobre todo, además de aparecer la palabra en el desierto, como la “voz que clama en el desierto” del profeta Juan, aquí la palabra poética produce la imagen del desierto, de una topografía estéril como “la tierra estéril y madrastra” de Palés. Los hitos de este trayecto nómade lo forman poemas que fluyen con diversas intensidades a lo largo del libro desplegando temas como el amor y el desamor, la muerte, el agravio, el dolor, la experiencia estética. La palabra salva en medio del desierto que atraviesa el hablante poético y su voluntad se arma con escudos, lanzas, espadas y coronas a partir de las experiencias que supone su trayecto. Porque el territorio que transita el hablante está hecho de ruinas, llanos arrasados, abismos, sombras y cenizas. Algo de Nietzsche hay por aquí, algo del Celan de Cambio de Aliento; algo tiene, y esto lo confiesa el mismo autor, de René Char y de la mística Hildegarda de Bingen. Por todos estos territorios camina el nómada buscando apalabrar un espacio, aunque intima que no hay caminos a trazar en la extensión desértica porque el viento los borra. Allí el caminante esgrime sus armas, combate, asciende y desciende sobre los planos que le brinda una superficie abismal y al finalizar el viaje dentro de sí mismo esboza, casi en silencio: “La gloria/en otro campo resuena. Aquí/páramo y ceniza”. Esta es la misma voz que al comenzar el trayecto que es el libro declara: “atravieso llanos arrasados/armado únicamente con las corazas/que restan del temblor.” Principio y fin del libro se tocan como la figura del ouroboros, el dragón o serpiente que se muerde la cola.

La convicción cifra la dicción de la palabra poética de González. Sus poemas son aserciones, aforismos, declaraciones, promesas, invocaciones. Y está sin embargo llena de quebraduras, de frases que persiguen concluir de inmediato, como si la expresión lo sofocara. Porque la voz de González parece querer silenciarse cuando produce su desierto. Sosiega el fuego en latencia de su materia verbal con sus propias cenizas y negaciones. Y con los pequeños desastres a los que alude esporádicamente en su texto aspira a crear la incandescencia (22). Así, cada poema resulta ser un incendio breve, lleno de fervor. Porque la mayoría de los poemas que se incluyen en la colección portan de un lado reflexiones sobre la soledad, la nada y la muerte, aunque no dejen de inscribirse en los registros de la promesa y la invocación. El movimiento ascendente y descendente del caminar indica también una siembra que se cosecha: “Hay verdad antigua bajo los blancos montes. Silencio arcaico en los precipicios del verso. Resguardo su esperanza para lanzarla/ Espiga de lo imposible al rojo titilante/ y de los granulados huesos de la tierra/ brote la flor de ceniza tremebunda” (18). De modo que no solo el desierto en su sentido literal y metafórico está presente aquí, sino que cuando el nómada se convierte en sembrador o en poeta (cosa que ocurre en el libro) aparece el bosque donde abundan el tomillo, el enebro, el brezo, el mirto, y después los sauces y almendros, el romero, el eucalipto y con ellos la imagen del “hontanar”, donde nacen las fuentes y con la que comencé esta presentación. El desierto, como lo fue para tantos ascetas, no deja de ser productivo. Y el desierto de Edder González es incierto porque no es plano, sino abismal, intensivo.

La voz poética de Desierto reflexiona y padece; se instala en un mundo hiriente y aun así hay una convicción en el modo en que convida a examinar las circunstancias que le rodean. No deja de lamentarse, sin embargo, de la agresividad del entorno, del tipo de música que rodea a esta voz. Las formas musicales adoptan los trenos o cantos funéreos que hacen aparición en el texto, los cantos de tinieblas (del siglo XVII) que signan la materia musical que surge del poemario, aparte de los silencios que los acompañan. Así, entre estos sonidos, la voz poética se coloca a manera de un acróbata entre la posibilidad de la defensa y la investida. No son pocas las enseñas y las lanzas con que se arma una voz que reconoce en el mundo un espacio adversativo. Declara su autonomía ante este espacio que habita y lo hace remitiéndose a la poesía misma que enarbola como un escudo frente a las variaciones del tiempo.  Así, lo poético nace siempre entre la maleza que deja la violencia a su paso: “Fiero silencio de ruina distante/ en su interior crece el brezal/… Hasta que un caminante /o el animal desierto/ acude, cristal de roca, y/emana canto de los vórtices.[…] Este mundo desnace de los otros mundos”. (13) Y la poética que surge de ese desnacer es la de un sembrador (ver también “Brezo”):

Hay verdad antigua bajo los blancos montes.
Silencio arcaico en los precipicios del verso.
Resguardo su esperanza para lanzarla
Espiga de lo imposible al rojo titilante
Y de los granulados huesos de la tierra
Brote la flor de ceniza tremebunda.

Forman la unidad de un poemario una visión y un tono, ambos provienen de la voz poética. En el espacio real o imaginario que rodea a esa voz se formula su habla: aquello de lo que es testigo, el mundo que reconoce suyo. ¿Dónde se instala esta voz? ¿Dónde se hallan sus coordenadas materiales? ¿Qué marca esa retirada sutil de la voz poética respecto a un nombre propio, sino la convicción de que la tierra toda está en agonía y somos los últimos sobrevivientes del caos provocado por las guerras, los genocidios, las emigraciones y el hambre? La espectral figura del poeta recorre esos territorios con una voz que parece heredar de los arbustos (almendros, sauces, robles) y las herbáceas (mirto, romero, tomillo) que halla a su paso, junto con las piedras y los manantiales que nombra. Acaso su voz nace del hontanar donde crece el brezo y prefiere el poema breve y la cantiga (“oculto en el cardo mi cantiga”, 21) para decir fragmentariamente, casi de manera apodíctica o epigráfica aquello que designa como fin. Porque muchos de estos poemas, breves o fragmentados a propósito, hablan de un fin, de una lucha sobre la tierra, de una pugna irresuelta. Son pequeñas islas cuyas retículas subterráneas crean una relación archipélica. Los poemas breves de González se unen bajo la superficie de la tierra y forman un teselado color ceniza. Y ante la pugna del mundo, la voz poética escucha el treno y modula su temblor. El treno y el temblor son para mí dos momentos importantes en el recorrido que he hecho del libro. El treno por todo lo que significa musicalmente, lo funéreo. Mi mejor recuerdo son algunas piezas ejecutadas magníficamente por Jordi Savall. Para el temblor no puedo evitar recordar a Kierkegaard. Hay temblor desde el origen mismo del libro, y hay fragilidad en esa ofrenda. Hay temblor junto a la amada y en la palabra. Hay temblor junto al padre y la madre. El temblor que reconoce la voz poética podría remitirse al dolor del que se va apartando de la vida recién nace y se dedica a buscar el porqué de su exilio sobre la tierra. Y no deja de ser absolutamente contemporáneo y pertinente en este momento cuando la poesía parecería querer renunciar a las trayectorias interiores. Decía Agamben que “lo contemporáneo es aquel que mantiene la mirada fija en su tiempo para percibir no sus luces sino su oscuridad (Nudes).

¿De qué habla o a qué aluden los poemas de Desierto? En qué época habita? ¿Qué historia ocupan las bambalinas de esta poesía cuando se mueven un poco las cortinas de su lenguaje secreto, de la sutura al centro del escenario que es todo poema? ¿Qué puesta en abismo nos ofrece un hablante poético que brota entre las cenizas o mira de forma arrobada un precipicio como un signo?

La breve nota biográfica al finalizar el libro renuncia a darnos un paratexto del cual partir. ¿A qué responde esta renuncia? En estos tiempos en que las políticas de identidad convierten la escritura en mercancía e invaden el mercado del libro ¿dónde reside el valor de la poesía lírica? ¿Cómo llamarles a quienes insisten en cultivarla? ¿La resistencia poética? La poesía de González se coloca allí donde es más frágil la voz, enarbolando una búsqueda interior, la de la palabra poética como emblema del discurso que quiere defender, resistiéndose a los embates de lo demasiado fácil, declarando una afinidad con la poesía más lírica, reconociéndose en las voces de sus antecesores y pensando desde la poesía. Su hablante nos dice: “Verdadero quien en la noche/lo mismo acaricia su espada que afila su rosa” (39). Alain Badiou se preguntaba en un magnífico ensayo qué piensa la poesía, y entre otras cosas señalaba que “el poema es un ejercicio de intransigencia, no tiene mediaciones, y por tanto no se mediatiza. Permanece rebelde- vencido de antemano- a la “democracia” de las encuestas de audiencia. No pertenece al plano de la comunicación porque no tiene nada que comunicar; su autoridad emana del poema mismo. El poema es “el guardián de la decencia del decir”. Para confirmar la autosuficiencia de la poesía y de lo poético termino con un poema de la colección que no quise apalabrar en esta presentación mía que solo aspira a sugerir rutas para el estremecimiento. El poema sin título dice así:

Una serpiente silenciosa se arrastra.
Masca en lo hondo una congregación de albas.
Atraviesa la edad, negada de rocío.
Urde su centro la postrada estela roja.
Sabe que está medida su trayectoria
Y que su negra luz fallece.
Quieta, en fugaz exhalación,
Ofrece la tierra.

17 de agosto de 2024, Point Breeze

Presentación en Casa del Libro, VSJ, 7 de septiembre de 2024.

 

 

Morir de Noche dramaturgia y dirección de Roberto Ramos Perea.

 

 

Especial para EN Rojo

 

Morir de noche es un drama que muestra la historia de un suicidio. Un artista, un escritor, una prostituta y una cajera de un almacén son los personajes arrojan luz a la pregunta incisiva del joven Vicente Van Gogh a Emil Zolá: “¿Dame un razón para no cometer suicidio?” Van Gogh, personaje principal, tiene la tesitura shakespierana de acabar con el “ser y no ser”, clásica angustia existencial. El tema tiene un protagonista consciente que genera los enredos de la trama en escena. Este incontrolable personaje se deshuesa de rabo a cabo en las dos horas que dura Morir de Noche.

En sintiensis la tensión del mayagüezano Rafael Ramos Perea, eleva la cuestion del suicidio, su razón lógica o morbosa, a escribir con sabiduría un libreto que cuenta de fondo con la filosofia del suicidio. Bueno, si eso se pide decir. Sócrates no buscó culpables, no acusó al entorno social y familiar para acabar con su andariega mayéutica existencial. El maestro ateniense no se arrepintió de lo que dijo o hizo. Los discípulos lloraron cuándo el hermoso griego exclamó su última máxima para la historia de la sicología: “Yo sé qué no sé nada”.

Hay suicidios de clase, pedagógicos, heroicos y locos. La fama del suicidio de Sócrates corrió como pólvora en Atenas y en occidente aún arde en nuestros días. El suicidio socrático esta vivo. Hay suicidas que sobreviven el personaje de Van Gogh se acobarda en su predicción de no morir de noche. Los oráculos fatales no siempre ocurren en la persona que busca respuestas al destino rotulado. Morir de Noche es una pieza de oráculo fatal el cual da un vuelco en la segunda parte de la obra. Este vuelco es impredecible para el escritor suicida que toma la justicia en sus manos para salvar al artista fragilizado por la educación.

El novelista sueco Lukas Barfuss ha escrito una novela que es la historia de un suicida. «Nunca se termina con un suicida. Nunca«, escribe en su novela Koala. Es decir, que los suicidas sobreviven al arte y la literatura pero no en la realidad. Ellos se matan con o sin explicaciones. No busca convencer es un acto imponderable. Solo el suicida desconoce su sacrificio íntimo. En este drama o comedia, Vicente ni Emil encuentran respuestas fáciles al comportamiento suicida. Cuando el hombre o la mujer no cumplen con la normalidad Epicúreo recomendaba lo siguiente: “Mejor no haber nacido, pero, una vez nacido, pasar cuánto antes a las puertas del Hades”.

Morir de Noche es un drama poderoso, tiene diálogos inteligentes y tensos, sus personajes vibran, están bien diseñados y la dramaturgia de sus actores es limpia y cercana al público. El escritor Emil Sola y la vida del pintor Vicente Van Gogh son los referentes textuales, tejen un simulacro serio y mordean un razonamiento teórico dónde no faltan los enredos temáticos del suicidio isleño.

Emil Zolá protagoniza el emisor y Van Gogh es, por otra parte, el receptor y los dos empatan un toma y daca todo seductor que da paso a un trueque entre el maestro y el estudiante, la teoría y la práctica, el amor y el morbo, entre la puta y la madre para finalmente llegar a desembocar en el duelo de pistolas entre artista y el novelista.

Morir de Noche es una metáfora de las tablas del suicidio con consecuencia muy gordas y a viva voz con peleas de capilla entre lo profano y lo sagrado. La amante Sien y la esposa Teresa se detestan mutuamente. Perea disfruta esas peleas pugilistas que desgranan la mente libidinosa del artista padre y chingón. Perea pone las cartas sobre la mesa, las tira envenenadas, no hay ventajas para la trampa, la suerte está echada alguien tiene que morir pero el texto mismo ha matizado la lógica y el misterio. La estructura piramidal de Morir de Noche deja bien puesta las etapas del drama que se suceden de punta y espada ante nuestros ojos y oídos.

Ramos Perea presenta hábilmente el veneno, la materia del suicidio, que en la obra es una pistola el cual se juega a la calentura de matar. El arma pasa de mano a otra mano (Emil y Vicente) como una ruleta rusa para que alguien termine yéndose a los infiernos como Sócrates, Emil Zolá, Roger William, Safo de Lesbos, Virginia Woolf, Alfonsina Storni. Todos ellos fueron artistas de la incertidumbre, desesperados o deprimidos que al toparse con el callejón sin salida deciden tirarse al agua, tragan o se disparan.

Mientras el suicidio va abriéndose camino, Vicente y Emil rivalizan la figura del profe y el discípulo. Rivalizan a la cuarterona Teresa y el pintor y también chocan el escritor y la ramera. Ramos Perea se sube simbólicamente al escenario. Es un dramaturgo astuto y planta a Vicente como el artista que hechiza a todos logrando involucrar en la incertidumbre suicida a inocentes y culpables, lo ordinario y extraordinario es empotrado en un mismo cajón.

En Morir de Noche muere un un solo individuo o país que se ha formado con la bipolaridad kantiana de los salones y por otro lado, está lo profano que es tejido de la experiencia lírica lorquiana cabalgando el suelo borincano. Las señales de humo en Morir de Noche están murmurando a ese inútil empoderamiento neoliberal por el cual la sociedad colonial mata tanto al docente y al estudiante, al culpable y al inocente, la madre y la puta, al patriarcado y la equidad, al creador y al contemplador.

Sin embargo, hay un efecto dilatante en Emil Zolá que responde a una clase media académica, su pensamientos son nihilistas, prejuicia la plebe, sus costumbres, sus estilo de vida y su decadencia. Lo sagrado tampoco se salva de sus reproches pasados por sus cuchillos. Y considera a Vicente como víctima del proletariado que ha conspirado para destruir el discípulo amado. Vicente es artista plástico a quien se le debe lástima, es talento irreverente y vago para Teresa, su esposa, y hombre bueno para Sien, la amante. Vicente es él y sus circunstancias y es consciente de que le afectan por eso busca la manera de combatirlas sin estafas pero con una fuerte creencia de defender a toda costa los convencionalismos. Vicente tanto como Zola son posturas rígidas que a la menor provocación y coquetería dan el salto a la fragilidad o a lo fatal.

A mi modo de ver, Vicente representa al Fausto de Goethe que estructura un mundo fáustico que ha pactado con la creación virginal de Dios. Dios es amor, es el evangelio de Vivente, luego no es pecado alcanzar el mayor placer del divino arte erótico. Y hacia ese fin Vicente declara que es capaz de suicidarse pero aunque grite y llore no llega al último segundo, no se arroja al abismo. Vicente alborota el paraíso. Teresa actúa sin peidad y quema su obra para curar su locura. Sin embargo, el delirio de Teresa no llega a más. Teresa es un Sancho endiablado. Vicente es un actor suicida muy consciente de su rol, de su función social como lo machaca Emil Zola en sus diálogos con Vicente.

Justamente, Ramos Perea concentra magistralmente el Pathos en la construcción del personaje de Vicente. Es una característica que calienta la temperatura del público en cual queda sólidamente persuadido por la erótica del suicidio. Emil escucha las vueltas suicidas de Vicente pero a la vez el escritor persuade al neófito en favor de la vida. Finalmente, la calentura coloquial rebota contra el tenaz novelista que se satura de su papel paternal. Emil Zolá recibe la bala que ha sido destinada a su alumno artista que según el parecer de Teresa, su esposa, se la tiene ganada por irresponsable esposo y padre.

Además, Morir de Noche nos cuenta como el Pathos se revierte aún en el encierro fatal tal y como le ocurre a Vicente que sobrevive al destino fatal en la obra. Quien cacarea de suicida no lo hace pero tiene el efecto de provocar el disparo suicida en Emil Zolá. En Morir de Noche es el discurso que nos advierte que las palabras no determinan la voluntad de suicidio. el silencio y la acción es mandatorio para el suicida. Es decir, hay que tener cojones para suicidarse. Pasa muchas veces que cuando se aproxima la muerte muchos artistas y escritores se enloquecen produciendo artefactos, poesía, pinturas y libros. Pero solo para alcanzar la inmortalidad sólo basta una pieza.

Antes de matarse Violeta Parra escribió “Gracias a la vida”. En Morir de Noche la inmortalidad le va y le viene a los personajes de Vicente y Zola. Pero sabemos que esas dos figuras del arte son referentes obligados para la pintura y la literatura europea. El autor de Germinal muere lentamente inhalando bióxido de carbono. La muerte de van Gogh no está clara si fue por suicidio o asesinato.

Morir de Noche tiene una corriente dramática que paraliza, traen sus lenguaje y gestos un rito solemne que se chupa a la audiencia sin que desaparezca la empatía con los personajes. El suicidio como se mire es un acto de violencia que despierta controversias éticas, religiosas y filosóficas. Sin embargo, al público de Morir de Noche no le entran discrepancias por el contrario escucha amablemente se pone de pie para victoria las actuaciones de los actores puertorriqueños. El espectador enmudece mientras el alma hierve de bondad. El público piensa y contempla pero no se rompe en pedazos por la angustia que sufren los personajes. La gararata del suicidio enloquece a todos. La atmósfera escénica es un tenso caos a ritmo atormentado de vidas representadas en las tablas del teatro Espinosa sin agobiarnos.

Incluso la soberbia y los mensajes suicidas de Vicente guardan mucha cercanía con cualquier audiencia porque Ramos Perea orienta al espectador por el tránsito del drama colérico. Lo va informando, hace paradas para la reflexión, luego hunde el acelerador sin que el público se siente avergonzado del suicidio como condición humana. Roberto Ramos Perea es como Virgilio en la Divina Comedia que se presta para enseñar a Dante la ruta sin miedo para cruzar el infierno. Morir de Noche es la sintesis de nuestra comedia del suicidio. En Puerto Rico en las últimas dos décadas han habido más de siete mil suicidios. Esos números son alarmantes. Por eso es que los dramaturgos son necesarios, ellos nos delatan el presente tal cual es, sin pena ni glorias. Nos toca a nosotros actuar, hay mucho que hacer porque se están perdiendo muchas vidas.

Morir de Noche no está exenta de retórica, debates y dimes y diretes. Lo impresionante de los diálogos es que el público se atornilla en un ritmo sereno por la batalla del suicidio. La angustia del suicidio se destliza por una pasarela en forma U cuyas puntas indican los lados ocultos y las sorpresas de la conducta del suicida. Ramos Perea nos ha regalado una obra dramática hechizante y poderosa. Tiene frases que se quedan en la memoria del público.

El tema es uno candente para Ramos Perea en tanto que vivimos en una sociedad patriarcal que no tiene una buena opinión del suicida. Las religiones tienen una relación condenatoria desde antes de la época medieval. En cuanto a la política y la economía neolibera, ellos maximizan el morbo del suicida como algo positivo. El dolor está convertido en mercancía de consumo. La educación es tabú, el suicidio sigue excluido del curriculum de la salud mental escolar. Es sabido que hay más bajas de suicidios entre los pobres que de ricos con más recursos.

Cuando la literatura se mete con los asunto del suicidio tiene el risgo de convertir algo tan complicado que sesga al fabulador, se atrinchera privilegiando la conducta suicida como eje central del arte, la épica y el lirismo. Los libros dedicados al suicidio o que inspiran las enfermedades mortales como el cáncer están hinchando librerías y bibliotecas. Lo fatal contemporáneo se han convertido en lecturas obligatorias de las personas con poder adquisitivo. Ambos son un género literario por sí solo con pingües ganancias editoriales.

Pero este no es el caso que esgrime la obra de Morir de Noche. La obra en su totalidad es un escrutinio genial sobre el suicida y su entorno flagelado. “Todo sale en la lavada”, le dice Don Quijote a Sancho. Es decir, lo que tienen y no tienen los personajes salen a relucir en la indagación dramática. ¿Qué tienen y no tienen Teresa y Naná? Pues amigo lector vaya usted a ver el drama que allí conseguirán la respuesta. Roberto Ramos Perea como buen dramaturgo que es, eleva sus diálogos a un mundo poético que arrancó de la condición humana insular para después elevarlo a la universalidad.

Es una obra digna de degustar como un buen vino. No se la pierdan. Recuerden que el teatro es valioso. Morir de Noche nos sorprendió en 1982 como pieza ganadora del Premio Tirso de Molina en España. También se debe aprovechar la asistencia al Victoria Espinosa para que aplaudir y agradecer la vida y la obra en las artes escénicas de la primera actriz puertorriqueña Esther Mari. Morir de Noche y las buenas vibras de la homenajeada son pesos pesados de la dramaturgia del país. Ser parte del público de Morir de Noche tiene más crédito que mis palabras.

 

8 de septiembre de 20124, Barrio Machuchal, Santurce