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Será Otra Cosa-Cabo Rojo, la esencial relación

 

Especial para En Rojo

 

“. . . una posición ético-política que no puede ser demostrada, sino vivida en sus implicaciones prácticas y políticas. Desde la posición ético-política del pluriverso, la vida es profundamente relacional, desde siempre, a todo nivel y en todas partes —todo es interrelación e interdependencia.”

—Aníbal Quijano (a partir de conceptos y luchas de comunidades negras, indígenas y campesinas en Colombia, así como del movimiento zapatista en México), “Territorios de diferencia: la ontología política de los ‘derechos al territorio’,” 109[1]

 

“A lo largo de mi trayectoria académica-profesional he visto de cerca los sacrificios personales, la generosidad y entrega de quienes tienen claro que sólo somos en tanto ecodependientes e interdependientes y por eso dedican sus días y esfuerzos a su defensa. […] Ojalá algún día se haga innecesario acudir al conocimiento jurídico que aquí se expone; que quede patentemente claro y consensuado que sin lo que sostiene la vida en el planeta no hay economía, ni vida posible.”

—Érika Fontánez Torres, El derecho a lo común: bienes comunes, propiedad y justicia climática, 33-34 

 

Se vende. Se vende. Se vende. Se vende. Se vende. Se vende. Se vende. Se vende.

Propiedad, cosa apropiable, mercadeable, vendible y comprable, reclamable como posesión del mejor postor, tomable como un candado que se cierra, desechable como la llave para abrir el cerco o el bolígrafo de tinta agotada tras la firma de tantos cierres.

No debería resultarnos cotidiano, salvajemente “normal,” pero junto a la galopante emergencia climática, los letreros del SE VENDE se multiplican más que el rating de Maripily. Así ha sido diseñado por el “Un Mundo” del capitalismo imperial neoliberal contra los “muchos mundos” del mundo (los conceptos son zapatistas). Avanza el descuartizamiento del paisaje, de una orilla, un manglar, una arboleda, un solar, y con ellos, de todas sus criaturas vivientes, sintientes, nosotras incluidas. A cada hora, el renovado asedio. Otra verja. Otro muro. Otro portón. Otro vagón. Otro díguer. Otro NO PASE. Otra ristra de candados de combinación. Otro cajón de cristales ultrachic igualito al cajón de cristales ultrachic del lado y del otro lado, donde los afortunados exclaman, oh, what a beautiful sunset, sin haberlo visto nunca fuera de una pantalla hecha con minerales extraídos a sangre y fuego en África y en América Latina, y se toman sus selfies sin salir del aire acondicionado y sin que los piquen los majes, parados sobre una losa de lujo que se desplomará mañana porque todo es un robo al mar.[2] Y sin importar cuán beautiful sea el sunset, a las fotos les harán enhancements y les pondrán filtros antes de subirlas con el calce, Paradise in Puerto Rico, post al que miles le darán corazoncito corazoncito corazoncito. Y muchísimos de esos miles serán boricuas. Y boricua también será un importante por ciento de quienes se toman los selfies en el cajón de cristales sin que los piquen los majes. ¡Ah!, las casas de los famosos…

Es contundente, innegable, avasallante la evidencia de que se nos arrincona, se nos ahoga, se nos remueve el suelo bajo los pies, el olor a mar, el río y sus corrientes, la imagen de un horizonte que hace temblar, imposible de instagramear, la gruesa o fina textura de la arena, la tierra en la que hundirse, el almendro bajo el cual cobijarse, el sueño de un común, un nosotras, un aquí porque fuimos, un ahora porque seremos. Y nuestro “nacionalismo cultural” —por más persistente, ingenioso, francamente alucinante, que sea, que ha sido, que será— no nos basta. Nunca nos ha bastado ni nos bastará. Y la “nación imaginada,” tampoco. El trasiego emotivo, físico, espiritual con eso que llamamos Borikén, Borinquen, Puerto Rico, estemos en las islas o en cualquier otro lugar del mundo, quedémonos o vayámonos o vaivenámonos o lunémonos, requiere nuestro territorio maritorio.[3] Sin lugar en el mundo, nuestro lugar de volcán y agua, ¿cuál “puertorriqueñidad”?

A mí, de hecho, me importa muchísimo más mi-nuestra caribeñidad, mi-nuestra antillanía, así que no hablo de un afán de lugar en tanto éste nos “distingue” o nos “hace únicos.” No. Porque eso no es lo que hace un lugar, entramado inexorablemente con todos los lugares de todas las comunidades del planeta. Un lugar reúne, convoca, vincula, relaciona. Un lugar en el mundo no se defiende por “mío” según dicta el capital. Un lugar en el mundo se defiende porque la vida cósmica persiste sólo en cuanto se entrelaza, se eslabona, se junta, desplegándose en espacio y tiempo. Un lugar en el mundo se defiende porque al reconocerlo nuestro, reconocemos los de los demás y viceversa. Lo que vive en las montañas, vivirá en las desembocaduras. Si el árbol vive, vivirán los pájaros. Si el hongo se esparce, vivirá la tierra. Si Puerto Rico vive, viviremos sus animales de compañía. Y recíprocamente.

A Borikén la “llevamos en el corazón,” por supuesto, y solemos decirlo como un exiguo consuelo ante el saqueo. A nuestros corazones, sin embargo, los bombea la sangre de la memoria, de la historia, de un fondo y una superficie cenagosos, existentes, entrecruzados de raíces voladoras como manglares. Los bombea el terr-mar-itorio, con todo su “cargamento.” ¡Y claro que me lamento! Pero las carretas son para juntarlas. Para encadenarlas en móvil barricada y llevarlas a donde sea preciso. No pasarán.

*

En un kayak que rememora la canoa, me he deslizado privada de palabras entre los canales pasmosos de la esquina donde vivo y sobrevivo, cuya belleza ha sido con exactitud nombrada: Cabo Rojo. En su Boquerón, desde donde, en la noche cerrada, enfermos y aterrados, huyeron Betances y Ruiz Belvis de la persecución española, he nadado junto a corales muertos y pelícanos cuidándome la espalda. He visto tijeretas surcar un cielo preñado de nubes como vasto salpullido de lluvia prometida. En un recodo de mangle, he visitado un viejo y pequeño altar pescador a la Virgen del Carmen. Pececitos plateados me han mordido los pies con tierna urgencia. Garzas parsimoniosas han mirado con un ojo mi extraño bipedismo de alas perdidas. El agua, el agua, el agua, que allí nunca he surcado con motores, ha recibido mi cuerpo exhausto, entregado, casi acabado, desplegando, para mi descanso y sin pedírselo, la cama descomunal de su leve ondulación llamada Mar Caribe. Allí es tan fácil sentir, vivir de veras, la neurálgica definición indemostrable de la palabra (y del prefijo) eco, la “posición ético-política del pluriverso.” En ese paisaje, tantas veces me he dicho en un susurro, aquí, aquí, aquí está mi-nuestro país, recuérdalo, y nunca olvides que continúa, libre, en cadenas de montañas submarinas uniéndose, siempre, siempre, al mundo…

No existen las esencias exclusivas. Lo esencial es lo relacional, lo común que se respeta. En Cabo Rojo no se pondrá ni un bloque de Esencia.[4] Aquí nuestras esencias son antillanas, betancinas. La de ustedes, “inversionistas” del patio y más allá, con sus dos mil millones de la muerte, es criminal. No pasarán.

 

[1] Agradezco ésta y varias de las referencias directas e indirectas de este texto a las transformadoras lecturas y discusiones como parte del reciente seminario Ecologías políticas del agua en clave caribeña y latinoamericana, convocado por el puertorriqueño Alejandro Torres Abreu y la colombiana Denisse Roca Servat, junto a un gran equipo de la UPR, recintos de Humacao y otros. Las aguerridas y brillantes personas con quienes tomé el seminario, además, son una fuente inagotable de esperanza.
[2] Debo esta inmejorable explicación a la gran artista puertorriqueña Carola Cintrón, quien me la ofreció una tarde en que también me contó muchas cosas hermosas sobre la escucha de la tierra y del agua, así como de su arte a partir de la recolección de barros nuestros. “Puerto Rico,” declaró la artista de memoria, “tiene diez de los 12 órdenes de suelo del mundo y alrededor de 120 series en las que se subdividen los órdenes.”
[3] “El concepto de maritorio aborda dinámicas territoriales en contextos archipelágicos, de mar protegido o mar interior […], donde la presencia marítima se confunde con la terrestre de manera intersticial, y en la que la actividad humana demuestra un comportamiento transicional y no disruptivo, por lo que pareciera prescindir de las fronteras que convencionalmente se han impuesto al territorio en el continente. Esta situación es visible en el Archipiélago de Chiloé [en Chile], y en referencia a ello se acuñó este concepto a inicios de los años setenta.” (Ricardo Álvarez et al., “Reflexiones sobre el concepto de maritorio y su relevancia para los estudios de Chiloé contemporáneo,” 116).
[4] La noticia del atroz proyecto propuesto salió a la luz en la prensa comercial la semana pasada, pero según indica en redes el caborrojeño Guarionex Padilla Marty, asambleísta municipal y co-conductor del reconocido podcast Plan de contingencia, el asunto “lleva ya varios intentos desde la década del 70” y las administraciones municipales lo han favorecido. La investigación está en curso, tanto como nuestra oposición. Destaco, para comenzar, el artículo “La Esencia de Cabo Rojo” de Cynthia Burgos López, divulgado el 28 de mayo en el importante medio Marea Ecologista.

A. introvertido Z. valiente

Especial para En Rojo

“La poesía es la venganza de los introvertidos”, dijo Adam Zagajewski en una conferencia sobre el poder de la poesía. Lo conocí personalmente el 12 de junio de 2019 (recuerdo la fecha porque fue un día antes de mi cumpleaños), en la librería Karakter de Cracovia, cuando presentó Substancja nieuporządkowana (Una sustancia desordenada), su último libro de ensayos, aún sin traducir. Me pareció una persona introvertida cuando lo vi llegar y al escucharlo: pronunciaba las palabras despacio y su tono era moderado, muy agradable. Al terminar la lectura, luego de estar en las sillas del fondo y de conversar brevemente con una pareja islandesa (éramos los únicos que no hablábamos polaco) me puse en fila con uno de sus libros traducido al español y esperé mi turno para que lo firmara. Como apenas comenzaba a aprender el idioma, atiné a decir un “dzień dobry” (buenos días) y le di el libro. Puso cara de sorpresa, me preguntó, en inglés, de dónde era y, tras contestarle “Puerto Rico”, si estaba allí como parte del programa Erasmus. Cerca de dos años después, el 21 de marzo de 2021, justo en el Día Mundial de la Poesía, falleció.

Todavía no logro descifrar el lugar que ocupa Zagajewski en Polonia. Da la impresión de que no se trata, por ejemplo, de los poetas románticos, a quienes estudian en las escuelas desde temprana edad y entre los que se encuentra Adam Mickiewicz (quien cuenta con varias estatuas en las principales plazas de Polonia); de Wisława Szymborksa, conocida tanto por quienes son asiduos lectores de poesía como por quienes no; de Zbigniew Herbert o de Tadeusz Różewicz (ese, todavía, gran desconocido en nuestra lengua), por mencionar a algunos que no ganaron el Nobel. Ignorado por varios poetas de las nuevas generaciones, y también por sus contemporáneos que no pertenecían al grupo de Nowa Fala (Nueva Ola), a veces parecería que es más reconocido en el exterior que en su propia ciudad. En ocasiones juzgado por utilizar las palabras espiritualidad, inspiración, fervor o alma, Zagajewski fue el poeta capaz de pensar más allá de las ideologías y de los dogmas. En sus poemas se une lo biográfico con lo histórico, la belleza con lo trágico; son versos que parecen ser enunciados por una voz también introvertida, pero no por ello menos valiente y audaz. Zagajewski siguió un camino solitario, en el cual se juntaron la melancolía (una pérdida heredada por Lvov, actualmente Lviv, la ciudad en la que nació y que tuvo que abandonar apenas algunos meses después por el cambio de fronteras luego de la Segunda Guerra Mundial) y las revelaciones cotidianas. Su poética tal vez se resuma en el verso “La poesía es búsqueda de resplandor” y en unos cuantos ensayos y memorias como los de En defensa del fervor y Una breve exageración.

Con Xavier Farré, su traductor al español y catalán, recuerdo conversar sobre algunos lugares de la ciudad de Cracovia que le gustaban: la calle donde vivió, uno de sus restaurantes favoritos (Mięta, en la calle Krupnicza), o el jardín botánico de la Universidad Jaguelónica (que tiene una sección de palmeras, tal vez la que inspiró el poema con ese título: “Jardín de las palmeras”). Recuerdo que Ariel rosé, poeta con quien he compartido encuentros en Cracovia, Varsovia y un viaje a Lviv, mencionó que Adam era la persona con quien hablaba de música clásica y de quien recibió unos pocos, pero fundamentales consejos para su poesía. También recuerdo pasear por Planty, el parque rodea el casco antiguo de la ciudad (antes una muralla), y entre los muchos árboles ver uno identificado como el “árbol de la poesía” en honor a Adam Zagajewski. Un árbol introvertido, podría decir; no se lo identifica a simple vista, sino que es necesario un esfuerzo o una casualidad para encontrarlo.

En junio de 2023 se organizó en una sección de la Biblioteca de Cracovia una lectura en su memoria. Leyeron sus traductores y también compañeros de generación como Ryszard Krynicki o Ewa Lipska. La sala estaba abarrotada. Al final, hubo varios entremeses y espacio para compartir. Volví a ver a Xavi, a Ariel y conocí a Maja Zagajewski, su viuda, entre otra gente que estaba allí que era cercana no solo al poeta, sino al familiar, al vecino y al amigo. Ese fue el caso de Daria, una señora que describió a Adam como “a mellow guy”. También me dijo que ella no leía mucha poesía, pero que para Adam eso no era un problema y que se encontraba varias veces con él al comprar el pan.

 

El corazón vivo de la memoria

 

 

 

El corazón vivo de la memoria: sobre Julia de Burgos. La creación de un ícono puertorriqueño, de Vanessa Pérez- Rosario, trad. por Isabel Zapata, en colaboración con la autora (Patronato de la Universidad de Illinois 2022).

Desde la ética de cuidar se escribe este libro, Julia de Burgos. La creación de un ícono puertorriqueño: cuidar un ícono que representa multitudes a veces alborotadas, reescribir la tradición, recuperar brechas, trazar resistencias, oponerse a la práctica del olvido. El poder afectivo resguarda aquí su presencia para mostrarla a veces, como en la conclusión, cuando Pérez Rosario recuerda cómo el escritor y traductor Jack Agüeros, sin conocerla, puso a su disposición “cajas de papeles, cartas, artículos y volantes para los eventos de Burgos que había recopilado a lo largo de los años” (143): “Fue un regalo inesperado. Compartió décadas de su trabajo conmigo. Las huellas de Burgos que Agüeros había recopilado y organizado meticulosamente hicieron más profundo mi interés por el mito ,,, y el ícono de Burgos para los puertorriqueños residentes en Nueva York que luego se convertiría en el foco de este libro” (Pérez Rosario 144)”.

La función de cuidar queda inscrita en las palabras finales del libro: “La dedicación por construir el archivo de Burgos, el compromiso por restaurar su imagen y preservar su imagen para que no despareciera -para que ella no desapareciera -habla de la importancia que se confería al recuerdo de Julia de Burgos y el significado de su legado para la memoria colectiva de los puertorriqueños en la diáspora plasmada en su ícono” (148). Estas palabras de Vanessa Pérez Rosario encuentran espejo en el epígrafe del libro, del poeta Víctor Hernández Cruz: “La voz de una época está en las palabras de sus poetas”. Se instala la autora en un legado que nos remite a la figura icónica de Julia de Burgos, y lo hace con destreza y rigurosidad, con devoción diría. La bibliografía es amplísima y muy rica toda vez que incluye, entre otros, múltiples estudios sobre la diáspora, la literatura de la emigración, el sexilio, el macartismo, la memoria. El libro traza ese arco en el cual vemos a Julia desplazándose hacia la ciudad que consideró su segunda casa, Nueva York, y la comunidad puertorriqueña allí asentada, así como el proceso que la convierte en ícono. En Puerto Rico María Solá, editora de la antología Julia de Burgos: Yo misma fui mi ruta (Río Piedras: Huracán 1986), indagó sobre esa red de leyenda que se ciñe sobre la figura de la poeta, maraña que a veces nos distancia de su quehacer literario. “A la misma vez que se recuerda el torbellino de sufrimiento que terminó con la muerte de Julia de Burgos, conviene fijarse en el valor con que la escritora le regateó cada minuto de su potencia vital y artística a las condiciones sociales hostiles”, escribió Solá (Solá12). “Parece ser que hay una lucha entre dos figuras: la de la mujer de vida mitificada (Julia) y la de la poeta cuya obra queda casi opacada por su vida (Julia de Burgos), propuso Efraín Barradas. La primera parece ganar siempre e imponerle al lector unas gafas distorsionantes a través de las cuales tiene que leer su obra” (Barradas, “Los deleitosos deberes de un centenario” 80grados 1 de agosto de 2014). Ángela María Dávila, poeta de los sesenta que siempre tuvo presente a Julia de Burgos en su poesía y en sus entrevistas, escribió palabras claves sobre la imagen entonces creada de Julia de Burgos en uno de sus pocos textos en prosa, “Un clavel interpuesto”: “Cuando se omite lo fundamental de cualquiera – sobre todo si es lo mejor -nos perdemos mutuamente” (Claridad, En Rojo 1984, 15).

Con gran sutileza Pérez Rosario escoge mostrar cómo la comunidad boricua en la ciudad de Nueva York, sus escritores y artistas recuperan la imagen de resistencia, solidaridad y tenacidad de Julia de Burgos: “su vida y su obra inspiraron el trabajo de una generación de escritores de la diáspora puertorriqueña que cobraron fuerza durante la década de los setenta”, escribe en la introducción (5). Decidió “centrarse en aproximaciones presentes realizadas sobre su trabajo, enfocadas en movimiento, fluidez y migración” (1). Traía ya a su haber la autora el conocimiento sobre la emigración caribeña, pues fue editora del libro Caribbean Literature of Migration: Narratives of Displacement (Palgrave 2010). Su punto de vista le permite acercarse a un periodo poco estudiado en la obra de Julia, indagar en la obra de escritores y artistas gráficos, muchos recientes, que eligen recuperar la figura de la escritora, ubicarla en medio de su comunidad y aquilatar su legado. Varios tensores se funden en los supuestos desde los que camina la autora. El sujeto nómada, libre de camisa de fuerza, es concepto que articula sobre todo el primer y segundo capítulo. Los estudios que exploran el vínculo entre sexualidad y migración, de los que emerge la noción de sexilio, que Pérez Rosario amplía para incluir a las mujeres heterosexuales a quienes los discursos patriarcales han excluido (41), subyacen en el capítulo dos, en el que propone: “El segundo y tercer libros de poesía de Burgos y las cartas a su hermana   nos permiten considerarla una figura del sexilio” (60). Los estudios de la memoria, en particular los conceptos desarrollados por Pierre Nora, fecundan los capítulos 4 y 5.

Hay una tradición, poco explorada, de textos de Julia en Nueva York: un diario incisivo y desgarrador de su estadía en el hospital Mount Sinai, en1948 (12 de abril al 3 de mayo), sus cartas siempre vibrantes, textos en prosa y poemas y el conjunto que Carmen Vásquez llamó Cuaderno de Nueva York, poemas escritos en 1952. Hasta ahora ese manuscrito solo se ha publicado, como conjunto, en la Anthologie bilingue, selección de poemas de Julia de Burgos en traducción al francés de Francoise Morcillo, (A Julia de Burgos. Anthologie bilingue (Indigo y Coté femme 2004). Gracias a que María Consuelo Sáez Burgos, sobrina de la poeta, le posibilitó al Centro de Estudios Hispánicos de Amiens, la satisfacción de dar a conocer el manuscrito de los últimos poemas de Julia de Burgos podemos leer un texto cuyo valor es “importantísimo y con toda probabilidad único”… en el que se evidencia “la voluntad que muestra de seguir escribiendo pese a todo” ((Vásquez, “…Y al final de la ruta…su último cuaderno…” La poésie de Julia de Burgos Indigo/Coté-femmes 2005, 219-20)). En gran medida la producción de escritura neoyorquina había permanecido poco estudiada, aspecto que señalaron diversos estudiosos. Barradas expuso esa ausencia en un texto sobre el momento neoyorquino en la poesía de Julia de Burgos (“Entre la esencia y la forma: sobre el momento neoyorquino en la poesía de Julia de Burgos Mairena Homenaje a Julia de Burgos VII 20 23-  ); María Solá hizo referencia a los escritos en prosa publicados en periódico que no se han recogido en libros (Solá 18); Jack Agüeros recopiló los que él llamó “poemas perdidos” en una edición bilingüe de su poesía, en ese momento la más completa ( Song of the Simple Truth. Obra poética completa  Julia de Burgos Curbstone Press 1997).

La eclosión de publicaciones, congresos, conferencias y exposiciones sobre Julia de Burgos con motivo del centenario de su nacimiento subsanó muchas ausencias. El conocimiento de la prosa era una de las ausencias y el libro de Pérez Rosario la aborda en el tercer capítulo, en el que logra que relumbren los textos periodísticos de Burgos al centrarse en su trabajo en el semanario Pueblos Hispanos, publicación activa de febrero de 1943 a septiembre de 1944 con un total de 87 números (López Jiménez ,“Puerto Rico desde Nueva York: Julia de Burgos en Pueblos Hispanos, Claridad En Rojo, 22 al28 de marzo de 2014 12): “sus escritos para el semanario en español Pueblos Hispanos durante la década del cuarenta han recibido poca atención de la crítica”, escribe (Pérez Rosario 62). Pérez Rosario ubica Pueblos Hispanos en el contexto de las publicaciones periódicas en español, cuya tradición data del siglo XIX. Va desentrañando minuciosamente los textos de Burgos, entre ellos poemas que se publicaron allí por primera vez, así como entrevistas, artículos y reseñas de actos culturales. Recordemos que en la Junta Editora de Pueblos Hispanos se encontraban dos de los poetas centrales de la poesía puertorriqueña: Juan Antonio Corretjer, su director, y Clemente Soto Vélez, ambos contemporáneos de Julia de Burgos, por lo que la literatura fue importante a través de la vida del periódico (López Jiménez 12).

Ya Julia había incursionado en los medios de comunicación en su trabajo en la Escuela del Aire en San Juan, de 1936-37, en donde escribió textos de radio teatro; al regresar de Cuba a Nueva York se integra, en julio de 1943, a colaborar en el semanario, de cuya sección Cultura pasó a ser directora. Pérez Rosario logra zanjar esa brecha del conocimiento de la obra de Julia de Burgos y apuntar a cómo la política editorial del periódico, sus relaciones políticas contribuyeron a que la poeta ampliara aún más “sus vínculos hemisféricos de solidaridad entre los inmigrantes”, vía que, como concluye, “atrajo a generaciones posteriores de escritores a su trabajo, particularmente a escritoras y artistas puertorriqueñas y minorías sexuales en la diáspora” (84). Sobre este legado trata el capítulo 4, “Legados múltiples. Julia de Burgos y los escritores de la diáspora caribeña”, que va trazando cómo tantos “retomaron a Burgos como símbolo de su causa” (85). Observa cómo escritores del sexilio, como Manuel Ramos Otero, así como escritores de la diáspora caribeña y escritores nuyorican retoman la presencia de Julia de Burgos. A la par recoge las etapas de la literatura puertorriqueña en los Estados Unidos y el proceso que convierte a Burgos en ícono en la ciudad de Nueva York, va desentrañando cómo se reimagina la latinidad como un espacio de resistencia, cómo los artistas del performance ven en Julia una poeta de la autenticidad, cómo se busca forjar un sitio para la memoria.

El afán de cuidar y atesorar cruza todo el capítulo 5, “Recordar a Julia de Burgos”. Uno de sus momentos memorables es el recuento de los periplos del Taller Boricua, organizado formalmente en 1970, hasta lograr un espacio que los albergara y cumpliera la función de reconstruir la comunidad (137). Tras más de una década de esfuerzos, escribe Pérez Rosario, una vieja escuela en ruinas se convirtió, en marzo de 1998, en el Centro Cultural Latino Julia de Burgos. El Julia, como lo llaman los vecinos, muchos de los cuales recuerdan haber estudiado en el edificio, articula los vínculos con la comunidad, es un emblema y “un sitio de la memoria”, categoría de Pierre Nora en la que se apoya la autora. Los “lugares de la memoria”, escribe en el inicio del capítulo, se crean fundamentalmente “para detener el tiempo, para bloquear al olvido” (119), función vivida en el entusiasmo de la vecindad que ha rescatado esos lugares. Los artistas visuales que buscan crear lugares de la memoria reinan en este capítulo, que traza “la ruta de la iconografía de Burgos” (121) con destaque de su presencia en East Harlem. Cuatro páginas despliegan obras diversas para hacer embocadura al capítulo, con reproducciones de Lorenzo Homar, Juan Sánchez, Belkis Ramírez, Yasmín Hernández, Andrea Arroyo y Manny Vega.

Recordar es volver al corazón; en este caso es también un acto político, en tanto se escoge una figura del pasado para insertarla en el presente, resignificando su valor simbólico (“Todo recuerdo es político” es el título de un texto sobre Rodolfo Walsh). En las páginas de Julia de Burgos: la creación de un ícono puertorriqueño se adviene a la memoria anclada en el cuerpo social, una memoria viva. Es como si Julia hubiera quedado tallada en el agua, viajando de aquí a allá, cumpliendo esa ruta que se le ha olvidado hacer a la AMA: la guagua aérea, como la designó Luis Rafael Sánchez. Este libro me recordó una de mis fotos favoritas de Julia: es de cuando ella era estudiante en la Escuela Superior de la UPR, un día de juegos en el que participa y resulta ganadora en la carrera de salto a lo largo. Tenso el cuerpo, fija la mirada en alguna meta, las manos levantadas para coger impulso, se capta el momento del salto, una pierna levantada y la otra presta a hacerlo. Es un cuerpo en tránsito, que se desplaza.

Esa foto juvenil es para mí un anticipo del salto que daría varios años después: un cambio de espacio que recalaría, tras otros periplos, en la ciudad que consideró su segunda casa. Hasta quise imaginar el libro con esa foto que convoca al vuelo, al salto, al movimiento tan propio de su obra, al sujeto en proceso que se perfila en su poesía. El libro de Pérez Rosario recoge bien los avatares de ese salto, su legado; es como lee un verso de Aurea María Sotomayor: “Julia desanda la ciudad con otros pies” (“Periplo de papel”). A la pregunta de cuál era el primer signo de la civilización, la antropóloga Margaret Mead contestó que la evidencia de un fémur roto que ha sanado. La rotura sanada es indicio de que una persona cuidó de quien no se podía mover, lo ayudó durante su recuperación. Podemos pensar que la civilización empieza con la función de cuidar. Es una contentura, en medio del caos que a diario vivimos, acoger este libro, ahora en español, pues lleva la marca del fémur roto y sanado, huele a querencia, nos convoca a cuidar, a querer seguir estando aquí.

Texto leído en la presentación del libro de Vanessa Pérez Rosario en la UPR, Río Piedras, el 15 de febrero de 2023.

 

“Revolución a la vuelta de la esquina” Una historia contada dignamente

 

 

 

 

 

Especial para En Rojo

La oposición a la guerra de Estados Unidos contra el pueblo de Vietnam, la lucha de independencia de los pueblos de Argelia y un sinnúmero de pueblos africanos, la lucha contra el A partheid en Sud África, la del pueblo Palestino, la Revolución Cubana… las luchas de las mujeres, las lesbianas, los gays, las luchas por derechos civiles en Estados Unidos, que abarcaron la lucha contra el racismo y la discriminación contra el pueblo afro americano desde el radicalismo armado a la desobediencia civil, Luego la Revolución Islámica de Irán, la Revolución Sandinista en Nicaragua y la Revolución de la Nueva Joya en nuestro vecindario inmediato en Granada, la existencia de un Campo Socialista, y una lucha pujante en nuestro territorio nacional por la independencia y la transformación social…

Toda esta realidad impactó en la comunidad puertorriqueña en Estados Unidos concentrada en todas las grandes urbes de ese país sobre todo en nuestros jóvenes criados(as) allá resultado de nuestra gran migración concentrada en los años cincuenta y recién advenidos(as) a su identidad boricua.

Varias organizaciones boricuas en Estados Unidos, en particular, el Partido de los Young Lords, el Movimiento de Izquierda Nacional Puertorriqueño (El Comité) y el Partido Socialista Puertorriqueño (PSP) organizado allá en una sucursal cuasi autónoma denominada Seccional de Estados Unidos, lograron canalizar esa efervescencia de lucha radical.

Todo ello ha sido recogido en una publicación importante titulada La revolución a la vuelta de la esquina editada por Carmen Vivian Rivera, Andrés Torres y José E. Velázquez. Esta publicación en inglés refleja, como hace su título, la energía de esa generación de jóvenes puertorriqueños y puertorriqueñas alimentada por las luchas de la coyuntura que sí daban la impresión de un triunfo al alcance de la mano por lo que una generación de boricuas en Estados Unidos dio el todo por el todo a sangre, sudor, lágrimas y sacrificio, y a mucho orgullo, como exigía el momento y nuestra valoración del mismo.

 Además de reflejar el momento, en su publicación Rivera, Torres y Velázquez tejen las historias personales y de las organizaciones que le dieron contenido dejando así una radiografía de las luchas emprendidas en distintas áreas geográficas y los esfuerzos de alianzas del momento como fue Comité Nacional de Solidaridad con el Día de Puerto Rico (en inglés el National Puerto Rico Solidarity Day Committee).

Tienen particular profundidad, los testimonios de Rosa Borenstein y Alfredo López, norteamericana y pesepeísta respectivamente, ambos de ese Comité que dirigió los esfuerzos hacia el Acto Nacional celebrado hace casi 50 años el 24 de octubre de 1974 en el Madison Square Garden de Nueva York a favor de la independencia de Puerto Rico y la excarcelación de los presos políticos nacionalistas Lolita Lebrón, Rafael Cancel Miranda, Oscar Collazo, Andrés Figueroa Cordero, e Irvin Flores.

El testimonio Zoilo Torres abarca los impresionantes esfuerzos unitarios y de alianzas a favor de los intereses de puertorriqueños, mejicanos y otros sectores pobres y discriminados en Los Ángeles, California. Zoilo Torres y otros compañeros(as) de aquella zona de la Seccional de Estados Unidos del PSP y dirigentes de la organización mejicana CASA y otras fueron pilares.

Las coaliciones del momento recogieron la más amplia gama de las luchas radicales de Estados Unidos en esa coyuntura. Los sectores puertorriqueño, afro americano, mujeres, gays, derechos civiles y sociales, juveniles, estudiantiles, antiguerra y pacifistas venían de distintas trayectorias de lucha y de distintas culturas e intereses, pero el fervor del momento y sus altos ideales les hicieron superar las conocidas dificultades de la unidad en particular de sectores tan disímiles.

En su conjunto el libro es un gran testimonio a la capacidad humana de converger a favor del cambio social y político en una coyuntura particular. En el camino aquel gran movimiento creó instituciones que perduran hasta el día de hoy. De ello hay ejemplos en otras comunidades supuestamente minoritarias de Estados Unidos. En el caso de la comunidad puertorriqueña perduran entre otras el Centro de Estudios Puertorriqueños, El Museo del Barrio, diversos Departamentos de Estudios Puertorriqueños y el ahora denominado Fondo Puertorriqueño-Latino de Educación y Defensa Legal (Latino PRLDEF, por sus siglas en inglés.) Como implica el nombre de ésta última institución las luchas puertorriqueñas y las instituciones creadas abrieron camino a futuras migraciones a Estados Unidos.

Revolución a la vuelta de la esquina no está falto de críticas y valoraciones del trabajo y la implementación de posiciones políticas sobre todo de la Seccional de Estados Unidos del PSP. Estas pueden ser objeto de debate, pero no hay duda de que en el grueso este libro es una gran contribución a la historiografía puertorriqueña que siempre debe abarcar la realidad y nuestras luchas en Estados Unidos donde al presente ubica una gran masa de nuestra nación. El libro también contribuye una radiografía de un momento en la historia de Estados Unidos y sus fuerzas de avanzada que en aquellos tiempos jamaquearon las estructuras de poder de aquel país.

Filmes flotantes 4: Extraña forma de vida, Knox Goes Away, The Music of Paul Simon y Volver

En Rojo

Cuando voy en viajes largos, aprovecho de las largas horas para ver parte del repertorio de cine o series que ofrece la aerolínea. Muchas las he visto, pero otras pueden ser producciones españolas o latinoamericanas que nunca llegaron a Puerto Rico ya fuera en Fine Arts o los festivales locales o, como suele suceder ahora con más frecuencia, no pude verlas en salas de cine por residir la mayor parte del tiempo en Vieques. Entre la oferta de cine “clásico” este año, incluyeron Volver, filme de Pedro Almodóvar de 2006, nominada para múltiples premios (incluyendo el Oscar por Mejor Actuación para Penélope Cruz) y ganadora para actoras, director y guionista en Cannes, Premios Europeos y los Goya. Incluyo una versión revisada de mi reseña de 2006 en una sección aparte que titulo “Rescate del pasado”.

Extraña forma de vida/Strange Way of Life

Director y guionista: Pedro Almodóvar; cinematógrafo: José Luis Alcaine; elenco: Ethan Hawke, Pedro Pascal, George Steane

Este es el 2ndo cortometraje de 30 minutos que Almodóvar hace en inglés. El 1ero fue The Human Voice del 2020, basado en un escrito de Jean Cocteau e interpretado maravillosamente por la incomparable Tilda Swinton. Esta vez, escoge a dos actores que se conocen por aceptar papeles desafiantes y hacer maravillas con ellos. Utiliza un trasfondo muy parecido a los spaghetti westerns de Sergio Leone en un lugar casi deshabitado, donde los crímenes quedan enterrados con los muertos, donde el hacedor de ataúdes es el que tiene más negocio y donde la mal llamada justicia es representada por otros personajes que tienen su propia agenda. Jake (Ethan Hawke) es el alguacil que investiga un crimen porque le afecta personalmente. De pronto, se presenta un destello de su pasado cuando era muy joven y dispuesto a tratar la sexualidad sin restricciones. Este es Silva (Pedro Pascal), a quien no ha visto en 25 años, pero a quien tampoco ha olvidado. ¿Qué hacer con ese pasado que toca a su puerta en este pueblo alejado de todo? Joe (George Steane), el hijo de Silva, traerá la duda de sus verdaderas intenciones. Entre un ambiente de extrema violencia, de lealtad familiar, se plantea otra alternativa para el amor.

Knox Goes Away

Director: Michael Keaton; guionista: Gregory Poirier; cinematógrafo: Marshall Adams; elenco: Michael Keaton, James Marsden, Marcia Gay Harden, Al Pacino, Suzy Nakamura, John Hoogennakker, Joanna Kulig.

Confieso que tengo gran admiración por Michael Keaton, un actor que transforma cualquier personaje en un ser humano complejo y muy difícil de descifrar. Filmes como Clean and Sober (1998), Mr. Mom (1983), al igual que las comedias serias como The Paper (1994) y Speechless (1994), son testigo de ello. Por supuesto, Keaton llegó a ser la gran estrella cuando aceptó ser Bruce Wayne/Batman en 1989. De paso, nadie olvida su Beetlejuice de Tim Burton (1988) y dos excelentes propuestas cinematográficas: Spotlight (2015) y la que le valió su 1era nominación al Oscar y toda una serie de premios, el Birdman (2014) de González Iñárritu. No hace tanto volví a ver el 1er y hasta ahora único filme que ha dirigido: The Merry Gentleman de 2008. Y después de quince años, nos llega Knox Goes Away (en Prime) con un protagonista que ejerce la misma profesión de Frank Logan en su anterior filme (asesino a sueldo), pero que en esta ocasión Knox es el protagonista y no Kate Frazier (Kelly Macdonald). Frank se ha alejado de cualquier atadura emocional para poder ejercer su profesión sin poner en peligro a nadie, pero el descubrir que tiene una degeneración mental muy acelerada, lo obliga a “limpiar toda evidencia” antes de que él mismo olvide quién es.

Aunque sin contacto cercano por muchos años, Knox tiene un hijo, Miles, que tiene su propia familia, una ex, Ruby, con quien ya la discordia se ha puesto a un lado y un amigo de hace años, Xavier Crane (un delicioso Al Pacino) en quien confía para distribuir su dinero a las únicas tres personas que valora en su vida. Keaton, el director, no intenta desarrollar historias con principios y finales. Al igual que en su anterior filme, abona unas semillas que dan algún conocimiento a los personajes, pero al igual que la memoria de Knox, es selectiva, lo suficiente para conocer algo de los personajes que le rodean, pero sin ningún efecto a largo alcance. Es un filme muy hermoso por la riqueza de lo que insinúa y de prepararse y aceptar lo que ese futuro troncado le ha destinado. La pareja de detectives que investiga a Knox es el reloj de una realidad difícil de descifrar.

 

In Restless Dreams: The Music of Paul Simon

Director: Alex Gibney; cinematógrafo: Benjamin Bloodwell

Para lxs que admiramos el caudal de composiciones e interpretaciones de Paul Simon y Art Garfunkel, este documental de tres horas y media, dividido en dos partes, es una celebración de una época que se extendió por múltiples años y que sigue enriqueciéndose con las nuevas composiciones de Simon. Es tanto una historia de uno de los dúos mejor cotizados en la música global, como el proceso de composición de Simon, desde el más mínimo detalle. Simon es el narrador y comentarista y no evade las noticias de su alejamiento de Garfunkel, su relación con Carrie Fisher, su inmersión en la música y estilo de vida en Londres, la mudanza de su estudio a Dallas, Texas y, por supuesto, su grabación más reciente, “Seven Psalms”. Es una carrera de 60 años y, aquí tenemos la oportunidad de escuchar desde sus primeras baladas, su círculo familiar que alentaba su deseo de componer y cantar (aunque la madre de Simon le dice, muy sinceramente, que el de la voz es Artie), pero sin dejar a un lado estudios formales universitarios. En su estudio, durante las grabaciones, vemos el perfeccionismo que exige Simon y tampoco elude el hecho que ha perdido gran parte de su audición en uno de sus oídos, que se convierte para este artista de casi 82 años en otro desafío en su vida.

Rescate del pasado (2006):

Volver

Director y guionista:Pedro Almodóvar; cinematógrafo: José Luis Alcaine; elenco: Penélope Cruz, Carmen Maura, Lola Dueñas, Blanca Portillo, Yohana Cobo, Chus Lampreave, Antonio de la Torre.

¿Y si pudiéramos revivir a esa madre muerta que tantos vacíos dejó, a la que nunca pudimos decirle suficientemente cuánto la amábamos? Es este eslabón el que explora Almodóvar en esta historia sencilla, pero de emociones muy profundas y, aunque conflictivas, llenas de un amor que nos sirve de bálsamo ante la violencia, destrucción e inhumanidad que nos rodea.

Lo primero que hace la historia es eliminar las fronteras reales e imaginarias entre la vida y la muerte. Como tantos cantos jondos, tangos y boleros nos cuentan, vivir es morir y por eso podemos morir en vida y seguir viviendo después de la muerte gracias al amor y los recuerdos de lxs que nos quieren bien. Por eso el tango “Volver” de Gardel y Le Pera con su regreso, olvido y veinte años no es nada se convierte fácilmente en un flamenco en la que pudo ser la voz de Raimunda (Penélope Cruz). Ese comienzo tan metafórico (como son todos los comienzos de los filmes de Almodóvar) de mujeres de diferentes edades limpiando las tumbas de un cementerio de pueblo chico, reúne los principales elementos de la historia: mujeres en busca de las madres perdidas; mujeres ayudándose entre sí; mujeres unidas por la pena, el dolor y la vida compartida.

Mientras Raimunda limpia la tumba de su madre Irene–quien supuestamente murió calcinada y abrazada al padre que tanto amaba—se preocupa por la salud de su tía Paula quien aparentemente vive sola, y trabaja largas horas para sostener a su hija adolescente y a su marido convenientemente desocupado. Su hermana Soles, por su parte, prefiere alejarse de cualquiera que le recuerde la muerte. Por otro lado, Agustina, la vecina que cuida de su futura tumba, vela por la tía Paula, pelea con su hermana, personalidad de la TV, y no quiere morir sin saber qué le sucedió a su madre quien se marchó un día sin mirar atrás.

En este filme reinan las mujeres y por eso los diálogos son tan ricos, las emociones tan bien expresadas, y las mujeres se sienten y resienten, se atraen y repelen, pero hablan ese lenguaje que abraza y abrasa, donde se va del llanto a la risa en par de segundos. Los problemas y dificultades parecen sembradas por maridos y padres; las mujeres los resuelven con violencia, pero con espacio para sanar heridas sin tener que revivir la pena causada por los que nunca pensaron en su bienestar. Ahí siguen en pie la tía Paula, Irene, Agustina, Raimunda, Soles y la chica Paula interpretadas por unas actoras maravillosas: la Chú, la Maura, la Portillo, la Penélope, la Dueñas y la Cobo.