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En Reserva: Leer con casa. Reseña del N.8 de la revista the Puerto Rico Review

Esta edición de The Puerto Rico Review dedicada a la reseña me invita a hablar de mi relación con el género. Las primeras reseñas que escribí fueron asignadas por la profesora Rosalina Perales en los cursos de Apreciación del Teatro a finales de los noventa. Le guardo un cariño especial al género porque esas primeras reseñas fueron también mi dichosa, aunque obligada, entrada al universo del teatro puertorriqueño. El ejercicio de asistir a una obra con el fin de reseñarla se volvió un evento colectivo que me unió a personas con quienes aún mantengo vínculo. Desde entonces han venido muchas otras reseñas. 

A esta revista, el Puerto Rico Review, le tengo mucho cariño. Primero por ser revista, el tipo de publicación que me hizo amar la literatura cuando niña pues era lo más que había a mi alrededor. Segundo, porque es heroico querer hacer una revista y promover el ejercicio de la lectura, de hablar de la lectura, en tiempos en que este género, el de la reseña, escasea, no se practica a penas, no da tiempo, no se publican, como señalan los editores de este número en el prólogo, y eso, lamentablemente, aplica por igual a todas las artes.Tercero por cómo trazan una genealogía con nuestras otras revistas. El Puerto Rico Ilustrado, Zona de carga y descarga, Ventana o algunas más recientes aquí mencionadas como Parhelios, y en especial la revista virtual El roommate, de la que hablaré más adelante. Cuarto, por los afectos con sus editores: una de sus editoras fundadoras es una amiga poeta que admiro, Cristina Pérez Díaz, en compañía de otro amigo de tiempos más recientes, Jorge Lefevre, en este número acompañados por Isabel Guzzardo y Claudia Becerra, a quienes he comenzado a leer recientemente. 

Este número 8 de la revista no sólo está dedicado a la reseña sino al quehacer de otra revista, que también significa mucho para mí, El roommate, colectivo de lectores, fundada y dirigida por los entrañables amigos Luis Othoniel Rosa e Ingrid Robyn desde hace ya más de diez años. El título del prólogo, La tortuga, es un guiño para quienes hemos sido lectores de aquel otro espacio dedicado a la reseña, pues la tortuga siempre ha estado en el imaginario de la revista así como en la novela Otra vez me alejo, ópera prima de Rosa.

Lo primero que quiero decir del número es que pocas veces, o mejor dicho, nunca antes había terminado de leer una revista de reseñas con la sensación de haber terminado una novela o un poemario. En esta “cantidad hechizada” (Lezama Lima) hay once reseñistas que nos hablan de libros, pero también de casas, muchas casas, de lugares que son, del lugar que no son, lugares distancia, distancias que son la espera por los poetas que ya no bloguean, de la poesía de los hiphoperos, de las novelas sobre matemáticos, de los rumores de palabras, de la función del arte en espacios disímiles, de los nacimientos de pueblos originarios en otras islas. La magia está en que los editores hilvanaron estas respuestas de lectura como si fueran un diálogo. El efecto es el de un cadáver exquisito con todo el sentido del mundo. De la portada de “Celajes” de Sofía Gallisá pasamos a la reseña lírica de Margarita Pintado sobre Cloé Georás, quien sintetiza como Sofía, de un modo único la relación entre texto e imagen. 

En “La herida infinita: el lenguaje del dolor y de la solidaridad en tras: tocar de Chloé Georás”, nos encontramos ante la reseña que se vuelve poema, la reseña que conmueve. La lectura que deviene en poema. Margarita Pintado lee a la también poeta de rediviva: lost in trance.lations desde ese hiato de 20 años de un libro al otro. Sobre la poética del libro más reciente de Georas, una de las poetas que mejor sabe sintetizar la relación de ut pictura poesis, texto e imagen, Margarita concluye, “acaso una de las lecciones de tras.tocar es que no estamos solos. Y este libro es una manera de tocar y ser tocado, de sentir ser sentido”. Se trata de la reseña que de algún modo sabe camuflar en su escritura el tipo de ideación teórica a la que nos lleva la autora del libro reseñado. 

De ahí pasamos a Amanda Hernández en palabras de Jorge Lefevre. Esta reseña subraya el sentido de volver la reseña un asunto personal, minuciosamente personal. Para hablarnos de la poesía de Amanda, Jorge nos habla de la casa de los abuelos que habita, de los espacios en donde se encuentra a la obra de la también editora, de sus comienzos en la revista Parhelios, de los temas y obsesiones que habitan la evolución de la voz de Amanda para detenerse en Entre tanto amarillo, y en el hecho de que es un poema largo o como prefiero llamarles “poema de largo aliento”. 

Esta reseña empalma o nos prepara para hablar de la hermosa revista Parhelios, la revista en la que tanto ella como Alejandro Medina publicaron hace una década, esa revista tan hija del quehacer de Qease y de la obra de Che Melendes, a quien Sofía también lee y cita en sus Celajes, a través de la voz de Kairiana Nuñez. Juan Carlos Fret-Alvira lee a Medina también editor y poeta y, como Lefevre hace un recuento de la obra, aunque sin mostrarse tanto o al menos sin revelarnos los entramados ciegos, pero sí enfatizando en la importancia de su obra por el modo en que la palabra dialoga con aspectos visuales y táctiles. Las tres primeras lecturas tienen en común que quienes leen hablan de textos que combinan los aspectos multisensoriales del poema. El poema contemporáneo que leemos es un poema también indisciplinado, como la reseña que dicen los editores que le interesa: “La reseña que nos interesa resulta, digamos, indisciplinada”, nos explican los editores y continúan: “Esbozo, impresionismo, vista inicial, la reseña busca revivir la experiencia que se tiene al leer un texto por primera vez, las ideas y los pensamientos que de esta experiencia afloran”. (8). Estas son mis flores al 8 número.

También quiero hablar de las casas en este número. Comencemos con la imagen de portada tomada de la pieza fílmica “Celaje” de Sofía Gallisá Muriente (2020). En el filme, lo que comenzó con el deseo de hacer una película sobre su abuela, terminó siendo una película sobre restos, pedazos de cinta dañados en los cuales la pérdida no limita la belleza del paisaje, otros duelos, la historia de unas piedras que cambian de forma y de lugar, el no sitio de las transformaciones, la voz de una de las mejores actrices del país (Kairiana Núñez Santaliz), hablando de las piedras, y la voz de Sofía, hablando de encontrarse en esos pedazos de filme, de helecho y metales abandonados, de carso, con textos del Che Melendes, en refrigeradores en donde se dañó el afán de preservar la memoria. La imagen muestra unas “capturas de pantalla” de una toma de la abuela en la playa en la que se pueden distinguir “los sprockets” o agujeros para aguantar la cinta del filme en las cámaras, momento preciso en que la mano toca el agua. En el filme, se muestra también el proceso fílmico, el trasbastidores, la claqueta de las escenas, la casa vintage de la abuela. En una sociedad en que las abuelas son la mano derecha de las madres, la niñera de la sociedad sin niñera, la casa de las abuelas es un hito del imaginario colectivo, al menos del mío que aún sueño con la casa de mis abuelos en la calle Mckinley de Manatí. 

Lefevre nos habla de la casa de su abuelo, presumo que en Arecibo, cerca de la de mi abuela, para hablarnos de las casas en la poesía de Amanda. Sergio Gutiérrez, por otro lado, nos habla también de la casa de su abuela materna en donde se encontraba mientras leía el libro de Erika Fontánez Torres Casa, suelo y título: vivienda e informalidad en Puerto Rico. Sergio no puede evitar pensar en la historia familiar y se detiene en ese libro “que no es de historias, pero que tiene muchísimas”. Esta historia, la de la parcela, comenzó a hacer explícito lo que uno ya sabe, pero que olvida todo el tiempo: que la propiedad es un índice, un señuelo—nos dice Sergio—y que al principio lo que hubo-lo que siempre hay, tal vez-fue, ajá, pero debajo solo suelo y supervivencia”. 

Y entonces pienso, hasta qué punto ser una comunidad sin espacios de reseña es leer en la supervivencia, o survival mode, mientras que leer con reseñas, especialmente estas reseñas sustanciales, autobiográficas, de la lectura con disfrute, es leer con casa, o como si de ahí pudiera armarse una casa, con espacio en donde se hace cultura no como material simbólico o como índice de fortuna, como lo hacían los magnates imperialistas que investiga Marta Aponte en la novela PR 3 Aguirre que reseña de Luis Othoniel Rosa, sino como algo parecido al sustento. Cabe detenernos en la reseña de Luis Othoniel porque la misma formó parte de un dossier sobre la obra de Marta Aponte Alsina en la que varios de los escritores incluidos en este número participaron. Para Luis Othoniel el protagonista de este non-fiction es un lugar físico a lo largo de 120 años. Acaso como en La distancia es un lugar del libro de Hernández reseñado por Lefevre. La obra de Aponte traza sin “pizca de melancolía” la relación con un pasado en la que los objetos de estudio cuentan lo que esconden. De los muchos aciertos de la reseña, resulta muy interesante la propuesta de lo que Othoniel llama una “estética de la alegría” como herramienta de lucha revolucionaria en estos tiempos de capitalismo desastroso.

No sorprende entonces que esta lograda reseña se suceda por la reseña de Lo terciario/The Tertiary de Raquel Salas Rivera hecha por Nicole Lachat. En conversación con el hallazgo de Othoniel sobre la estética de la alegría, que contrasta en la obra de Aponte con la violencia y estética del pasado imperialista, y esta misma estética de la alegría como trinchera, Lachat propone que el tratamiento del inglés en el libro de Raquel le da una lección a los lectores anglófonos, a saber, que “el inglés no debe ser privilegiado siempre”. Es decir, la desconexión u opacidad que encontramos en el inglés es equivalente a la que tenemos los hispanohablantes en espacios anglófonos. Esto sin duda me hizo reflexionar sobre la oxigrafía del Che Melendes, la escritura del español fonético boricua, que también vemos en Alejandro Medina y otros poetas. Ese hacerse intraducible en el lector que no es bilingüe, en el caso de Raquel, traduce a crear una opacidad igual de incómoda, reproducir estéticamente la imposibilidad de la experiencia del otre como traducción benjaminiana, cerámica, y más bien como ensamblaje nuevo, más a lo Urayoán, tal como se ve también en el Celaje de Gallisá. Dicho por Lachat, además, con toda la ironía, en inglés. 

Otro aspecto que sin duda ayudó a que me gustara tanto el número es que en la mayoría de los casos ya conocía y soy fan de las personas reseñadas como con No lo llames un comeback y no te comas el cuento: Reseña de Te lo buscaste de Velcro, escrita por Isabel Guzzardo Tamargo, quien también es una de las editoras. La reseña de Guzzardo valora los aciertos de la lírica de Velcro en su último álbum Te lo buscaste y a Velcro como uno de los mejores intérpretes de la poesía urbana del hiphop. Y debo decir que, de este álbum, “Una loquera” fue una de mis canciones favoritas de la pandemia. En repeat. 

Con Velcro también comienza lo que identifico como el segundo bloque temático del número que tiene que ver más con cómo leemos el Caribe y la cultura de las islas. Guzzardo lo hace reconociendo en Velcro las influencias dominicanas y mexicanas incorporadas en la obra. Por otro lado en El show de la reality en Josefina Báez vemos cómo la escritora polaca Marina Barinova, quien ha dedicado otros ensayos y entrevistas a la escritura boricua, se pregunta sobre la obra de la autora dominicana o dominirrican: ¿Cómo es que me habla y cómo me relaciono con ese texto desde la posición de una mujer europea? En la novela de Báez, Barinova se detiene en ese no lugar aludido en la obra, el “Ni é” como metáfora de un tercer espacio y subraya, así como Othoniel en Marta, a Levente no como uno de esos textos que reflejan la precariedad de la vida bajo las políticas neoliberales con alegría y gracia. 

De Barinova pasamos a la reseña Un lugar definitivamente en la noche: a propósito de la poesía de Homero Pumarol de Guillermo Rebollo Gil, a quien casualmente le dediqué mi primera reseña literaria en 2005 con la presentación de su texto Teoría de conspiración, y con quien también comparto el amor por la obra de Pumarol, poeta y performero dominicano, figura de culto y mítico bloguero. La reseña de Rebollo Gil resulta nostálgica porque se trata de una reseña que te deja con cierta desesperanza ante la espera por nuevas publicaciones de Homero Pumarol en su blog Hugo de china. Esta reseña aporta a la selección el carácter lúdico de quien pone en práctica en la reseña el hallazgo de la lectura, cuando declara no ser crítico por preferir lanzarse al infinito de la interpretación. 

Con Los placeres del texto: Marta Aponte reseña una novela de Carlos Fonseca, nos encontramos con la única autora reseñada que también es reseñista del número. En el texto, Marta nos habla de la novela Coronel lágrimas, cuyo protagonista es un filósofo matemático con muchas vidas acumuladas para reflexionar sobre el placer de la lectura a través de los placeres formales de la estética de la novela. Así como la simetría que nos señala Luis Othoniel en la novela de Marta, Marta señala un afán perfeccionista en la de Fonseca, una ambición de cierta coherencia radical “que el filósofo busca mientras que el poeta encuentra”, dice citando a María Zambrano.

Finalmente, el número termina con la reseña Los lenguas cortadas de Laura García sobre la novela del autor canario Cirilo Leal, que trata de la invención de la historia de los pueblos originarios canarios a través de la novela. Con esta, sus editores quieren proponer también el Puerto Rico Review como lugar para pensar “en la isla” y en “lo archipielágico” más allá de nuestro entorno antillano para identificar, y cito “esa conexión inevitable entre Canarias y otras islas colonizadas”.

Tras leer el número, queda decir que me sobrevive la satisfacción de que la gente está leyendo con placer, que con la lectura seguimos trazando nuevas genealogías y pensando problemas estéticos con fe de que nuestras lecturas logren ejecutar cambios radicales en la realidad. Y regreso finalmente al detalle de la portada, los agujeros de la rueda fílmica en los que se aguanta el riel, pero que aquí se muestra como costura, trazo o huella que invita a leer y hacer comunidad. Hagamos reseñas que muestren las ligas, aleros y engranes que nos sostienen. 

Texto leído originalmente en la presentación de la revista el jueves, 17 de noviembre del 2022 en la Librería La Esquina, Río Piedras. 

Partes de guerra: Jorge Volpi y la representación de los niños

Especial para EN ROJO

¿Qué es el amor sino una tempestad de neurotransmisores,

un torbellino eléctrico?”

Jorge Volpi

La representación de los niños y jóvenes en la literatura caribeña y latinoamericana no ha sido un foco central de la crítica literaria a pesar de su presencia en diversas producciones textuales. Recordemos que ya estos se encontraban en la novela picaresca española del Siglo de Oro: el adolescente de La vida de Lazarillo de Tormes y el joven flaneur del Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán son ejemplos muy conocidos.

Una excepción a este vacío es el libro de Adriana Astutti, Andares clancos, que discute “las fábulas del menor”. El problema de su estudio es que no siempre se define a los niños y jóvenes de igual forma en todos los países y que hay indefinición conceptual sobre estos según la cultura a la que pertenecen y a la diversidad de contextos sociales.

El escritor mexicano Jorge Volpi, uno de los creadores del manifiesto Crac de fines de la década del noventa del siglo XX y autor del provocador ensayo El insomnio de Bolívar, ha publicado una narración que versa sobre la delincuencia infantil y juvenil, además de tratar un tema muy novedoso en el campo de las ciencias. Partes de guerra es una novela que imbrica temas científicos, pedagógicos, sicológicos, sexuales, la violencia y el amor para representar las causas de la misma. Volpi elige la representación de niños/niñas y adolescentes de sectores desventajados que sufren maltrato en sus casas y que viven en la violencia y en la disfunción emocional que surge de ella en la zona de la frontera en Chiapas. En este texto polifónico el autor utiliza distintas voces, lo que le otorga complejidad a su estructura, que aúna distintos relatos y dos historias paralelas: la de la neurocientífica que narra sus amores con el director del Centro de Estudios en Neurociencias Aplicadas, Luis Roth y la historia de los niños. Entre estos sobresale el de los menores con el fin de cuestionar las raíces de la criminalidad y escenificar el entorno en que viven y sus relaciones familiares, como se aprecia en el siguiente fragmento narrado por una niña:

En esa época papá bebía más que nunca, no había día que no terminara ahogado en su recámara, babeante y apestoso, me esforzaba por despertarlo para que llegara a la oficina. A su regreso me tundía por cualquier babosada, un vaso mal lavado, la colcha descuadrada, un ocho en vez de un nueve. El alcohol lo volvía alérgico a mi voz, yo hablaba y él se tapaba los oídos, cállate Lucy, ya,….” (176).

Una temática se destaca en el libro, el de la neurociencia, por el relieve que han adquirido las investigaciones cerebro y lenguaje desde la década de los setenta y que representan un reto, como el de la lectura de pensamiento y el control del cuerpo humano a larga distancia mediante nanotecnología. Uno de los personajes de esta obra es fundador del Centro de Estudios en Neurociencias Aplicadas, pero fallece en un accidente, y una de sus alumnas, neurocientífica, se hace cargo de la investigación a los niños que supuestamente cometieron un asesinato. Rodrigo Flores Sánchez ha resaltado que desde sus inicios escriturales los discursos de la ciencia han sido determinantes en las novelas de Volpi.

En entrevista ofrecida a Hugo Avreimy en el periódico Leamos (21 de mayo de 2022) Volpi, quien es abogado, manifestó que había estado estudiando temas de neurociencia, creatividad y literatura, en particular “cuáles son los componentes neuronales de la violencia, qué neurotransmisores se activan, qué padecimientos neurológicos o mentales” se asocian a esta. Es que México es un país azotado por la violencia: feminicidios en Juárez, desaparición de jóvenes en Ayotzinapa, el abuso con la población indígena en Chiapas, que nos recuerdan la masacre de Tlatelolco con los estudiantes de la UNAM sobre la cual Elena Poniatowska hizo un testimonio. No es común esta temática en las letras hispanoamericanas. Cada vez nos acercamos más a un mundo que posee mayor dominio de la tecnología, lo que representa tanto un uso médico como problemas de bioética, poder y delincuencia.

Las condiciones sociales en que surge la violencia hacia los niños y niñas, tanto como hacia los adolescentes, son resaltadas en este libro que coloca en escena el maltrato infantil como motivador de esta. A pesar del cientifismo que reina en la sociedad y de la afición y pasión por la ciencia que tiene Volpi, su formación legal le permite ponderar otros factores que producen la delincuencia juvenil. Los dos niños de los que se sospechaba que cometieron el asesinato de una joven llamada Dayana eran los menos populares de la escuela. En el propio equipo de trabajo de investigación sobre su conducta había personal que no entendía la niñez. “Yo nunca había convivido con niños tan pequeños, no tener hijos hi hermanos ni primos me había alejado de esas extrañas criaturas. Kevin y Britney me parecían extraterrestres, adultos en miniatura, una señorita repeinada y un maleante en potencia”, palabras con las que parodia la visión adultocéntrica que tenían algunos investigadores del caso. Es que Volpi está denunciando un problema epistemológico que de igual forma se ve en la sicología de la que se nutre la neurociencia. Las ciencias biológicas están inmersas en lo social, como lo ejemplifica el estudio de las enfermedades del corazón. ¿Por cuántos años se estudió el cuerpo masculino solamente? Comprender esto nos ayuda a entender la representación de los niños que hace el escritor mexicano. En varias ocasiones satiriza la propia investigación neurocientífica: “A mí el niño nunca dejó de parecerme un demonio altanero, mandón y voluble, desde el principio lo vi como un animalillo taimado”, son otras palabras de una de las investigadoras que componía el equipo de estudio.

En su representación del mundo de la neurología aplicada también expone el uso de pruebas sicológicas de forma irónica, aunque estas parecían dar fruto en algunos aspectos. Por ejemplo, revelar el déficit en la comprensión lectora y la rapidez al leer. Algunos de los hallazgos eran evidentes. “¿Disciernen los niños entre el bien y el mal?” es una interrogante que repite un personaje que teoriza con otro sobre la niñez:

Los bebés de diez meses ya son capaces de sentir compasión y prefieren las conductas virtuosas a las malignas, me explicó Paul a partir de su lectura. Antes de los diez, los niños se guían por una moral heterónoma, su mundo está determinado por reglas inflexibles fijadas por los adultos” (145).

Este personaje enfatiza que los niños son máquinas fundamentalmente egoístas. Tal vez es una mirada proveniente del mundo posthumano de Ellon Musk.

Volpi nos introduce en esta producción discursiva poco a poco el relato del crimen, haciendo de la novela un thriller, lo que me parece le otorga a la narración mayor fluidez y mantiene el suspenso. El crimen de la adolescente se devela al final y fue cometido por otro adolescente, mientras Britney, Kevin y Saraí observaban y colaboraban en la alteración del escenario. Es Jacinto quien mata a Dayana por razones de género.

Partes de guerra, entre otras cosas, es una reflexión extraordinaria sobre cómo los adultos construyen la infancia, las causas de la violencia juvenil y una crítica mordaz y audaz a la neurociencia aplicada que no toma en cuenta a las ciencias sociales. La forma en que representa a niños y niñas desarrollados en una cultura autoritaria y heterónoma le concede ser sujetos de derecho, lo que contribuye a la defensa de la infancia.

La política radical de Nina Simone

«Nunca hablamos de hombres ni de ropa. Siempre se hablaba de Marx, Lenin y la revolución, la verdadera charla de chicas»
— Nina Simone

El comentario de Nina Simone sobre no hablar de moda, sino de «Marx, Lenin y la revolución», ofrece una visión de la vida política cotidiana de Simone, más allá de su historia más conocida como activista de los derechos civiles y artista musical. Esta «charla de chicas» tuvo lugar con su amiga y dramaturga Lorraine Hansberry, una conversación entre dos mujeres negras que, como dice Simone, no versaba sobre hombres o ropa, sino sobre el trabajo creativo que estaban produciendo y cómo veían su papel en la liberación de su comunidad.

Haciendo referencia a la obra autobiográfica de Hansberry, Young, Gifted and Black, Simone escribió más tarde una canción con el mismo título en homenaje a su amiga y camarada, después de que Hansberry muriera de cáncer de páncreas a la trágica edad de 34 años. Esta amistad y camaradería demuestra que las conversaciones políticas íntimas entre mujeres negras tienen el poder de inspirar. Tienen lugar lejos de la mirada de los hombres, lejos de los blancos; pueden ser lugares de respiro en los que uno puede reenergizarse y volver a unirse al movimiento más amplio que a menudo margina y borra las ideas políticas de las mujeres negras.

Decir que Nina Simone ha sido «borrada» sería absurdo. Es una de las músicas más célebres del siglo XX. No es necesario escribir otro artículo, biografía o análisis de sus canciones políticas. Pero en el aniversario de su muerte, podemos analizar cómo se cuenta la historia de la vida política de Simone, y quién la cuenta; lo que deciden incluir, y lo que de hecho «borran».

A menudo se habla de Nina Simone como una activista de los derechos civiles, y lo fue. Pero el Movimiento por los derechos civiles englobaba muchos puntos de vista políticos diferentes sobre cómo debía ser la liberación. Algunos, como la NAACP, querían reformas liberales que fueron criticadas por ser sólo beneficiosas para la clase media afroamericana. Los nacionalistas negros buscaban la independencia económica y un nuevo estado negro separado de la América blanca racista, aunque no estaba claro cómo sería ese nuevo estado más allá de una versión negra del capitalismo. Por ello, no todos los activistas de los derechos civiles hacían referencia a Marx o Lenin como ejemplo de las conversaciones que mantenían con sus amigos.

Para una mujer de feroz inteligencia, talento y brillantez, que sabía exactamente cómo quería ser escuchada a través de su música e interpretación, podemos tomar esto como una declaración de intenciones más que como un comentario pasajero. Nina Simone nos decía que era una comunista, una camarada, una revolucionaria.

A veces, las artistas negras, y especialmente las músicas, que demuestran alguna forma de política de izquierdas son desradicalizadas en versiones más seguras que hacen que los oyentes blancos se sientan más cómodos, como cantaba con humor el músico folk comunista blanco Phil Ochs en su himno «Love Me I’m a Liberal». Los blancos liberales pueden ir a las manifestaciones por los derechos civiles, canta Ochs, «pero no hablen de revolución, eso es ir demasiado lejos».

Simone quería ir tan lejos. Escrita en respuesta al atentado contra la iglesia bautista de la calle 16 en septiembre de 1963 – un ataque terrorista de la supremacía blanca que mató a cuatro jóvenes negras de entre 11 y 14 años – Simone canta en «Mississippi Goddamn»:

Intentan decir que es un complot comunista
Todo lo que quiero es igualdad
Para mi hermana, mi hermano, mi gente y para mí.

Esto podría interpretarse como una respuesta al «miedo rojo» de McCarthy, en el que cualquier discurso sobre la igualdad se confundía con el comunismo y el sentimiento «antiamericano». Pero cuando se lee a la luz de su «charla de chicas» con Hansberry y de la política de su círculo social, que incluía a James Baldwin, Stokely Carmicheal y Langston Hughes – todos ellos activistas comprometidos con el socialismo- estas letras son una declaración política. Simone se ubica en la izquierda porque la considera el único camino hacia la verdadera igualdad; las reformas «lentas» que apaciguan un estado racista no son una opción.

También vemos reflejos de una política internacionalista en «Backlash Blues», cuya letra está tomada de un poema escrito para Simone por Langston Hughes:

Pero el mundo es grande
Grande, brillante y redondo
Y está lleno de gente como yo
que son negros, amarillos, beige y marrones.

Este poema, uno de los últimos que escribió Hughes, reflexiona sobre Vietnam y sobre el envío de hombres afroamericanos a luchar en una guerra imperialista, mientras son tratados como ciudadanos de segunda clase en «casa». Simone le dice al oyente que ella y otros grupos racializados, que son oprimidos por las muchas encarnaciones del «Mr Backlash», son, de hecho, la mayoría en el mundo, una declaración que refleja un momento político en el que organizaciones como el Partido de las Panteras Negras buscaban construir coaliciones internacionales con otras personas de todo el mundo que sufrían los efectos del imperialismo estadounidense.

La historia política de la izquierda negra estadounidense es importante para contextualizar y comprender la obra de Simone, pero quiero volver a la «charla de chicas» entre Simone y Hansberry. Para mí, como mujer negra, socialista, feminista y música, la política de estas conversaciones privadas e íntimas entre mujeres negras radicales aparece en la música de Simone. Por ejemplo, «Four Women». La canción, que a menudo se considera un himno feminista, describe los roles y estereotipos de clase y de género impuestos a las mujeres negras: la «mami», la «mulata trágica», la trabajadora sexual y la mujer negra enfadada.

Para mí, la canción va más allá de un análisis simplista de la esclavitud y del efecto de su legado en las mujeres negras de hoy. Más bien me imagino a Hansberry y a Simone hablando de sus propias vidas y de las vidas de otras mujeres negras utilizando un análisis marxista que abarca la raza, el género y la clase; hablando de cómo el racismo y el capitalismo crearon las vidas de las mujeres de la canción, Aunt Sarah, Saffronia, Sweet Thing y Peaches; las vidas de las mujeres negras que se encuentran constantemente teniendo que luchar, sobrevivir y resistir.

No puede hacerse justicia a la vida política de Nina Simone en un breve artículo. Fue una artista que llevó el mensaje de libertad, igualdad, justicia y liberación a todos los que tuvieron el placer de escuchar su música. Pero es importante que no la encasillemos como una activista de los derechos civiles: fue una revolucionaria, una mujer que se comprometió con la obra de Marx y Lenin, y que llevó esa praxis revolucionaria a su música de una manera que sigue resonando en nosotros hoy en día.

Traducción al español publicada originalmente en Jacobin AL.

Crisis climática y alienación

Todos somos pasajeros de un nuevo Titanic. Sin embargo, a diferencia del Titanic de 1912, los oficiales y la mayoría de los pasajeros de este hermoso transatlántico lo saben. Saben que si el nuevo Titanic sigue su rumbo actual, chocará inevitablemente contra un iceberg y se hundirá. El iceberg se llama Cambio Climático. Algunos de los agentes preguntaron por un cambio de rumbo. «Demasiado caro» fue la respuesta: habría que compensar a los pasajeros, etc., en resumen, un gran gasto. Sin embargo, se adoptó una resolución para reducir la velocidad, pero apenas se aplicó. Mientras tanto, en la lujosa clase Business, la orquesta toca y los pasajeros bailan. En la clase turista, la gente sigue con pasión el campeonato de fútbol por televisión.

Un grupo de jóvenes indignados protesta y exige otra ruta, pero sus voces son ahogadas por el ruido de la orquesta y la televisión. Algunos pasajeros, tanto de clase preferente como económica, están preocupados. Muy preocupados. Saben que varios polizones han conseguido subir al transatlántico. Se están movilizando activamente para darles caza y arrojarlos por la borda. Una minoría filantrópica propone darles un chaleco salvavidas antes de abandonarlos en el océano. Aún lo están debatiendo. Mientras tanto, el nuevo Titanic avanza inexorablemente hacia su iceberg…

Esta alegoría tragicómica puede utilizarse para ilustrar la situación de nuestra civilización (capitalista industrial moderna) ante la amenaza cada vez más evidente de catástrofe ecológica, a saber, el cambio climático irreversible e incontrolable, que amenaza los fundamentos mismos de la vida en general y de la vida humana en particular. ¿No es esto una alienación de la humanidad en su conjunto, incapaz de conjurar el peligro inminente?

El iceberg se acerca

¿Qué es la alienación? El diccionario Robert ofrece dos definiciones:

Trastorno mental, temporal o permanente, que incapacita al individuo para comportarse normalmente.
Estado del individuo que se convierte en esclavo de las cosas y de las conquistas de la humanidad, que se vuelven contra él.

¿Estamos en el primer caso? ¿Podemos hablar de una especie de «trastorno mental» colectivo que incapacita a los individuos para comportarse con normalidad? Tal vez. Pero más que de «trastorno mental», deberíamos hablar de ceguera voluntaria o miopía agravada o comportamiento de avestruz (ante el peligro, esconder la cabeza bajo tierra). Me inclino por la segunda definición del diccionario, siempre que se extienda del individuo a la colectividad.

El análisis clásico de la alienación (Entfremdung) se encuentra en Marx, especialmente en los Manuscritos de 1844. Para el joven Marx, la alienación es el proceso por el cual los productos de la actividad humana, del trabajo, de la producción, se independizan de sus creadores y toman la forma de un poder autónomo, que escapa a su control y se les opone como hostil y ajeno. Es el caso de las materias primas, el mercado mundial, los combustibles fósiles, la agricultura industrial, el productivismo, el consumismo. De hecho, toda la civilización industrial se ha convertido en un poder incontrolable que se vuelve contra sus creadores y amenaza con destruirlos. Es una especie de sistema autómata impersonal, que funciona según sus propias reglas, perfectamente basadas en cálculos matemáticos (de pérdidas y beneficios) que no se pueden romper.

El nuevo Titanic navega con piloto automático, cuyo funcionamiento defienden amargamente quienes disfrutan de los privilegios de este barco de lujo. Aún se puede evitar lo peor. Todavía es posible salir del círculo infernal de la alienación y recuperar el control de la navegación. Aún podemos cambiar de rumbo. Pero el tiempo se acaba… Cambiemos de rumbo ¿Quiénes son esos jóvenes que intentan, con energía inagotable, despertar a los pasajeros del nuevo Titanic y romper el hechizo mortal de la alienación comercial? Las nuevas generaciones son cada vez más conscientes de que, dentro de unas décadas, les tocará pagar la factura de la ceguera de quienes hoy ostentan el poder, sea económico o político. Entiende muy bien que el problema no es sólo de los gobernantes -cuya inercia queda patente en el espectacular fracaso de decenas de reuniones de la COP, incluida la última sobre el clima en Sharm el-Sheikh-, sino del sistema económico vigente (es decir, el capitalismo industrial moderno). Esta concienciación se refleja en el lema de innumerables manifestaciones desde la Conferencia de Copenhague de 2009: «¡Cambiemos el sistema, no el clima!». Porque, como resume perfectamente Greta Thunberg: «Es matemáticamente imposible resolver la crisis climática dentro del actual sistema político y económico». Greta Thunberg -llamada bruja por fascistas, neofascistas y reaccionarios de todo pelaje- ha desempeñado innegablemente un papel catalizador en la movilización de los jóvenes por el clima. Su llamamiento de agosto de 2019 a una huelga climática mundial fue seguido por 1,6 millones de jóvenes en 125 países de todo el mundo y su llamamiento del 20 de septiembre de 2020 ¡por 7 millones! Puede que la crisis del covid-19 haya frenado esta movilización, pero está volviendo a ponerse en marcha, de mil formas diferentes: Viernes por el Futuro, Huelga Mundial por el Clima, Rebelión contra la Extinción, Juventud por el Clima, etc. Resumiendo el estado de ánimo de esta generación, Greta Thunberg dijo recientemente: «No nos rendiremos sin luchar». Esta combatividad de la juventud es nuestra principal esperanza para evitar el naufragio colectivo.

Reproducido de la revista Punto de Vista Internacional

Los intelectuales aventureros de Indiana Jones and the Dial of Destiny

Especial para EN ROJO

Las tres primeras películas de Indiana Jones (Harrison Ford) fueron de las experiencias más memorables de mi infancia. Nunca olvidaré cuando vi Raiders of the Lost Ark (dir. Steven Spielberg, EEUU, 1981) en el Cine Roosevelt. Esta nutrió mis fantasías de escribir y ser director de cine. Aunque de adulto seguí otros rumbos, de niño soñaba con ser parte del universo de Indiana Jones. Fantaseaba con una aventura en que Indiana Jones venía a la isla a encontrar el Crucifijo de los Milagros que estaba encerrado en el Capitolio. Como soñaba con ser actor a mis diez años, una compañía de teatro, de la cual yo era parte, apoyaría a Jones para encontrar el crucifijo. Esa sería mi entrada a la aventura. Los villanos eran una pareja que se parecían a Ofelia Dacosta y Manolo Urquiza. No eran Nazis, pero eran crueles y solo buscaban poder. Ese abuso de lo que yo consideraba en aquel entonces como algo sagrado (un crucifijo que hacía milagros) era para mí la raíz de todo mal. Jones es arqueólogo y trabaja en una universidad rodeado de pizarras y pupitres. Mi inocencia infantil me indicaba que nada malo podía salir de allí.

Amo esa trilogía original, pero el amor no me ciega. Indiana Jones es un personaje que perpetúa fantasías occidentales que justifican el colonialismo. Por eso Jones es un hombre blanco que protagoniza una narrativa donde los orientales (y uso esta palabra para describir las construcciones de una narrativa y no una persona asiática real) son bárbaros esclavizados por sus supersticiones. En la segunda película, Indiana Jones and the Temple of Doom (dir. Steven Spielberg, EEUU, 1984), el protagonista se enfrenta a un culto en la India que venera a la diosa Kali. Jones liberará la región del oscurantismo religioso batallando contra el maldito Mola Ram (Amrish Puri), el líder del culto. Después de que el héroe mata al villano, el ejército británico irrumpe con sus rifles para apaciguar a los supuestos salvajes. En la tercera secuela, Indiana Jones and the Last Crusade (dir. Steven Spielberg, EEUU, 1989), Jones busca el Santo Grial para exhibirlo en un museo. Jones y los suyos le roban a la historia de muchos pueblos para expandir colecciones europeas y estadounidenses. No hay una gran diferencia entre la frase que guía a Indiana Jones (“it belongs in a museum”) y la imbecilidad de los burócratas que encierran el Arca del Pacto dentro de una caja en un gran almacén de gobierno al final de la primera película.

Independientemente de sus problemas, las historias de Indiana Jones me protegieron de la soledad de mi adolescencia. La lectura de toda expresión cultural debe ser compleja y hasta contradictoria. Por eso, las maravillas de un texto pueden coexistir junto a los problemas que este refleja. Esto aplica a la última secuela, Indiana Jones and the Dial of Destiny (dir. James Mangold, EEUU, 2023), ya que sus glorias coexisten junto a sus tropiezos.

En su nueva aventura, Indiana Jones es un profesor octogenario que se jubila de Hunter College en el 1969. Al Dr. Jones no solo le duelen las coyunturas, sino que también le pesan las amarguras que ha experimentado. Mientras las generaciones más jóvenes se enfocan en un nuevo futuro tecnológico representado por el viaje a la luna, el Dr. Jones vive deslumbrado por el pasado. Por esto, su ahijada Helena (Phoebe Waller-Bridge) le pide ayuda en su búsqueda del Antikythera, una tecnología creada por Arquímedes en la antigua Grecia. El doctor Jones argumenta que el artefacto es la evidencia de la existencia de Arquímedes y de sus invenciones. Jones se sacrifica para preservar estos fragmentos históricos y así esclarecer los misterios del pasado. Por otro lado, Helena representa esas generaciones jóvenes interesadas en monetizar el Antikythera. Este conflicto es de los elementos más interesantes de Indiana Jones and the Dial of Destiny marcando al personaje de Helena como una variación (y hasta una corrupción) singular del personaje de Indiana Jones.

Algunos críticos han despreciado el personaje de Helena. Sin embargo, Helena es la razón por la que Jones abandona su apartamento y se embarca en una nueva aventura. Waller-Bridge crea un personaje femenino fuerte, brillante y aventurero que sigue los pasos de Marion, el amor de Indiana Jones actuado magistralmente por Karen Allen. Junto a Helena también llegan los villanos, representados por el Dr. Voller (Mads Mikkelsen) y su matón, Klaber (Boyd Holbrook). Estas ratas Nazis buscan el Antikythera para cambiar la historia del Tercer Reich.

Así como el personaje de Helena está bien desarrollada, los villanos de esta película carecen de la intensidad visual de un Belloq (Paul Freeman), el arqueólogo que se vendió a los Nazis en Raiders of the Lost Ark, o de la científica rusa, Irina Spalko (Cate Blanchett), en la altamente problemática Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull (dir. Steven Spielberg, EEUU, 2008).

Indiana Jones se mueve entre intelectuales e historiadores que incluyen a su padre, el doctor Henry Jones (Sean Connery), al torpe Marcus Brody (Denholm Elliott) y al mismo padre de Helena, actuado por el brillante Toby Jones. Esos ratones de biblioteca terminan siendo los actores de grandes aventuras. En la más reciente, el antagonista, Voller, es un físico también dedicado a la enseñanza y que llegó a los Estados Unidos después de la derrota de Alemania. Pero es desesperante que con un actorazo como Mads Mikkelsen encarnando este nuevo villano, el personaje carezca de una explosión de presencia o de un intercambio interesante con Indiana Jones. De hecho, la mayoría de los personajes, incluyendo aquellos del pasado, como el amigable Sallah (John Rhys-Davies), se sienten como vanos guiños de ojo para los fanáticos.

Indiana Jones and the Dial of Destiny brilla por muchas razones. El director de fotografía, Phedon Papamichael, que también retrató la joya del blanco y negro que es Nebraska (dir. Alexander Payne, EEUU, 2014), logra capturar los polvorientos grises de un archivo universitario y el claroscuro de un antro en Tánger. Además, la música de John Williams es el ambiente sonoro en el cual siempre existirá Indiana Jones. Por otro lado, la película también cuenta con la dirección y coescritura de James Mangold, que cerró con broche de oro la historia de Wolverine en su excelente Logan (EEUU, 2017). Pero en Indiana Jones su dirección se enfoca en constantes momentos de acción que, aunque funcionan, no desarrollan los personajes.

Indiana Jones and the Dial of Destiny no tiene los momentos memorables que distingo en las tres primeras películas. Por ejemplo, en Indiana Jones and the Holy Grail, el protagonista y su padre huyen de un avión alemán que les dispara. El Dr. Jones padre, un clasicista obsesionado con el Santo Grial, abre su paraguas y moviliza una colonia de gaviotas que, al levantar vuelo, hacen que el avión se estrelle. Dr. Jones padre canta su victoria citando a Carlomagno: “Que mis ejércitos sean las rocas y los árboles y los pájaros del cielo”. Este momento devela lo poético de la serie: cómo el conocimiento de los misteriosos mundos de la antigüedad impacta el presente. Los artefactos, que son tan solo el mcguffin (un objeto que funciona para hacer correr la acción), llevan a interacciones emocionantes y revelan las maravillas de los héroes y los villanos.

Indiana Jones and the Dial of Destiny pierde las profundidades encantadoras de las primeras tres películas. Sin embargo, no es tan irritante como la malograda Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull. Valió la pena experimentar la última aventura de Indiana Jones en la pantalla grande y así despedirme de mi compañero de juventud. La explosión final del tema musical de John Williams me derrumbó.