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Cuba “aumenta el nivel” de su béisbol con la inclusión, por por primera vez, de peloteros de la MLB

Corresponsal de CLARIDAD

 La Habana, Cuba-Por primera vez en la historia, Cuba pudiera contar en su equipo nacional con peloteros cubanos residentes en Estados Unidos y miembros de las Grandes Ligas (MLB) para un Clásico Mundial de Béisbol.

Después de semanas de expectativa y rumores sobre esa posibilidad, la Federación Cubana de Béisbol (FCB) dio a conocer a inicios de este año la lista de 50 jugadores que conforman la preselección nacional de cara al V Clásico Mundial de Béisbol, a celebrarse del 8 al 17 de marzo y que incluye a siete jugadores estelares de la MLB.

El presidente de la FCB, Juan Reinaldo Pérez Pardo, explicó que el proceso para lograr que cubanos en las Grandes Ligas representaran su bandera en el Clásico estuvo plagado de “presiones” y “acosos”. Sostuvo que en el proceso de reclutamiento varios jugadores dijeron que “no” a la invitación de la Federación para jugar por Cuba debido a que “han recibido muchas presiones al respecto”.

Para poder invitar a peloteros cubanos residentes en Estados Unidos a jugar con la selección nacional, Cuba tuvo que pedir autorización especial al gobierno norteamericano, un proceso de negociación que se demoró meses y que, según las autoridades cubanas, logró resolverse gracias a la mediación de la MLB.

“Somos el único país que va a participar en el Clásico que necesita una licencia para poder participar e incluir peloteros de origen cubano, formados en su mayoría en Cuba, para que puedan participar en el Clásico”, criticó Pérez Pardo durante el anuncio de la prenómina.

Entre los peloteros de Grandes Ligas que finalmente podrían estar en el “dugout” de Cuba en el Clásico Mundial están los jardineros Lázaro Robersy Armenteros (Atléticos de Oakland) y Luis Robert Moiran (Medias Blancas de Chicago), los jugadores de cuadro Yoan Manuel Moncada Olivera (Medias Blancas de Chicago) y Andy Ibañez Velázquez (Tigres de Detroit), además de los lanzadores Ronald Bolaños (Kansas City), Luis Miguel Romero Mansfarroll (Atléticos de Oakland) y Yoan López Leyva (Mets de Nueva York).

Ninguno de estos está aún confirmado, pues ahora la MLB deberá analizar, una por una, las solicitudes y se deben validar las autorizaciones con sus respectivos clubes, detalló la Federación. Tampoco se ha informado aún sobre el alcance de las limitaciones que podrían tener estos peloteros para representar a Cuba en la cita deportiva.

Por otro lado, Pérez Pardo dejó claro que no se tuvo en cuenta a aquellos atletas que abandonaron delegaciones cubanas durante eventos internacionales –los llamados desertores–, una falta considerada como grave en el reglamento de la FCB y que excluye a esos jugadores de volver a representar al equipo nacional.

Además de las Grandes Ligas, Cuba también ha convocado a jugadores de su liga nacional, así como otros atletas que actualmente se encuentran en ligas del Caribe. El próximo 7 de febrero, la FCB debe presentar la inscripción final con los 30 atletas que serán representarán a la mayor de las Antillas en el V Clásico Mundial de Béisbol.

“EL EQUIPO MÁS COMPETITIVO DE CUBA”

En un país donde la pelota sigue siendo todavía el deporte nacional –en los últimos años el fútbol ha irrumpido con fuerza en la isla–, la noticia, aunque esperada, ha despertado pasiones entre los fanáticos del béisbol.

Para la mayoría de los cubanos, la inclusión de peloteros de la MLB en la novena nacional es el camino correcto para levantar la imagen de Cuba en el béisbol a nivel internacional, que en recientes años ha caído considerablemente.

Para Renier González, reconocido comentarista deportivo cubano, la decisión de la FCB es una “excelente noticia”, que ayudará al equipo nacional a subir de nivel.

“Me parece muy bien, eso aumenta el nivel de la pelota cubana, y son peloteros, en su inmensa mayoría, que se formaron dentro del béisbol de su país y quisieron probar suerte en el mejor béisbol del mundo. Que Cuba pueda contar con jugadores de MLB y de ligas del Caribe me parece una excelente noticia para el béisbol cubano”.

En entrevista para CLARIDAD, González recordó que, hasta ahora, Cuba “siempre iba en desventaja [a los torneos] pues la mayoría de los países contaban con el mejor material que tenían en Grandes Ligas, o al menos los que estaban dispuestos a representarlos en ese momento”.

“Esto aumenta muchísimo [el nivel] y le da posibilidades a Cuba de avanzar de ronda y de batirse en un deporte tan veleidoso como el béisbol”, añade el experto.

Con esta visión coincide Pavel Otero, periodista deportivo de la televisión cubana, quien opina que “este es el equipo más competitivo que ha presentado Cuba en cualquier evento internacional. Asegura que “es un equipo que se puede acercar a demostrar lo que es Cuba en el béisbol”.

Aclara, sin embargo, que este “no es el mejor equipo que pudimos mostrar”, pues hay muchos peloteros en Grandes Ligas a los que el país no pudo acceder por diversas razones. Aún así, este es “un hecho histórico dentro del movimiento deportivo cubano”.

“Es algo que ya desde hace varios años la afición beisbolera de nuestro país lo demandaba, lo aclamaba. Nos demoramos un poco en dar este paso, pero finalmente lo dimos y lo estamos dando para un Clásico Mundial. Es algo histórico”, reafirma Otero.

La noticia, por supuesto, no ha carecido de detractores. Algunos fanáticos opinan que la FCB debería priorizar a los jugadores de la liga nacional para formar el equipo, en lugar de traer peloteros de fuera.

Sobre esto, González dice no estar de acuerdo. Asegura que “apostar a la liga nacional, es apostar al fracaso” y pone como ejemplo los constantes reveses que ha sufrido Cuba en sus recientes presentaciones en torneos internacionales.

“La liga nacional ha demostrado que no tiene nivel para enfrentar ni siquiera a peloteros que están muy por debajo del nivel que se van a medir en el Clásico Mundial. Hemos ido de fracaso en fracaso en cualquier torneo que se realice. El nivel del béisbol dentro de Cuba en este momento no es alto; los mejores peloteros cubanos están jugando en el exterior”, sentencia.

En la misma línea piensa Otero, para quien se trata de “un problema de costumbre” de quienes están habituados a ver al equipo de Cuba conformarse solo con el talento del patio.

“Es cierto que hemos estado muchos años haciéndolo como no lo hace el mundo entero. Cuba solo dependía, hasta ayer, de los peloteros que juegan aquí o los que están contratados por nuestra Federación en el exterior”, sostiene el periodista cubano, pero aclara que cada vez más en el resto del mundo los países acuden a sus mejores figuras, la mayoría de ellas contratadas a nivel profesional.

En el caso de Cuba, Otero afirma que se irá rompiendo con la “costumbre” imperante hasta ahora y no descarta que en los años venideros será cada vez “más cercano a cero” el número de jugadores de la liga nacional que formarán parte de la selección.

“No solo en la pelota, [en] las nóminas de cualquier deporte de alto nivel en el mundo, los países acuden a sus mejores atletas que juegan en cualquier parte del mundo”, argumenta el periodista deportivo.

La determinación de la FCB –esperada por años entre la afición cubana– de permitir la inclusión de peloteros residentes en EE.UU. en su selección nacional tiene dos aristas principales. En primer lugar, abre las puertas a un acercamiento entre ambos países en el ámbito deportivo y comienza a derrumbar antiguos muros que, de una u otra forma, obstaculizaban la integración entre peloteros “de aquí y allá”.

Por otro lado, esta oportunidad coloca las bases para un resurgir –si se quiere– de la pelota cubana, que en los últimos encuentros internacionales y en prácticamente todas las categorías ha lucido todo menos como un país que alguna vez fue una de las potencias mundiales más temidas en el béisbol. A Cuba le urge volver a subir de nivel si quiere mantenerse en las lides.

“Una potencia beisbolera de nuestro continente y del mundo, que históricamente ha sido reconocida por el gran béisbol que jugamos, era triste que tenía que estar soportando resultados indeseables por no poder contar con todos lo peloteros que tenemos en el mundo”, concluye sin tapujos Pavel Otero.

 

 

 

 

 

 

 

El beisbol y el boxeo serán lo mas importante de los primeros meses 

 

Especial para CLARIDAD

Tras un primer mes sin mucha acción deportiva local el deporte boricua se reactivará de gran manera durante el mes de febrero y marzo con eventos significativos sobre todo en el área del boxeo y el beisbol.

El beisbol será el primero

Al momento que escribo esta nota todas las series finales de las diferentes ligas caribeñas se encuentran en su etapa culminante.

A partir del 2 de febrero comenzará en Venezuela el evento caribeño.

Este año será una verdadera serie del caribe con la participación de ocho equipos entre los que se encuentra el debut de Curazao y el regreso de Cuba tras 3 años de ausencia.

Listo el Clásico

Mientras a partir del 8 de marzo  y hasta el 21 de ese mes se llevará a cabo el Clásico Mundial de Beisbol este es un evento avalado por MLB y se espera que la delegación boricua cuente con sus mayores exponentes como Francisco Lindor, Javier Báez,  Carlos Correa y Edwin  Díaz por mencionar algunos. Puerto Rico jugará todos sus juegos en Miami pero tendrá una ruta difícil pues su grupo se compone de Israel, Nicaragua, RD y Venezuela lo que significa que una de esas potencias se eliminará en la primera ronda ya que solo pasan dos de cada grupo.

El boxeo también tendrá lo suyo

Por su parte el boxeo puertorriqueño también se activará y podría ser uno de carácter histórico si Amanda Serrano se convierte en la primera boricua hombre o mujer en convertirse en campeona indiscutida de una división.

El primero en subirse al ring será el veterano de Cidra José Pedraza el 3 de febrero en Arizona.

Pedraza de 33 años enfrentara al estadounidense invicto Arnold Barboza jr en una pelea que es sumamente vital para sus aspiraciones de volver a aspirar a una oportunidad titular, el boricua viene un año fuerte donde perdió uno de sus dos combates y empato en el otro.

Serrano en busca de más historia

Un día más tarde Amanda Serrano tiene la oportunidad de hacer historia y convertirse en la primera boxeadora boricua en ganar los campeonatos de los cuatro organismos de una misma división en las 126 libras cuando enfrente a la mexicana Erica Cruz el próximo 4 de febrero.  Amanda quien ya ha hecho historia ganando campeonatos en site  divisiones distintas

protagonizó  el evento del año del boxeo  del 2022 cuando enfrentó a Katie Taylor en el Madison Square Garden en mayo pasado.

Sin embargo ha manifestado su deseo  de querer  lograr esta hazaña en las 126 antes de subir nuevamente a las 135 libras a buscar una revancha con la irlandesa que con toda probabilidad se llevará a cabo en Dublin Irlanda a finales de mayo.

Puede haber llegado el momento de Matías

Mientras se espera que el 25 de ese mes el fajardeño Subriel Matías finalmente obtenga su oportunidad titular frente al argentino Jeremías Ponce cuando peleen por el campeonato  FIB de las 140 libras, Subriel lleva mucho tiempo esperando por la oportunidad y esta parece estar a punto de concretarse.

Sin duda estos primeros meses serán el beisbol y el boxeo los principales protagonistas y uno apenas puede esperar estaremos pendientes Playball y que suene la campana.

Luis Rafael Sánchez, lector de San Juan

 

Especial para En Rojo

En su ensayo “Caminar” (1862), Thoreau sostiene que “el mundo con el que estamos familiarizados no deja rastro”. Contrario a la opinión del filósofo, en El corazón frente al mar (2021) Luis Rafael Sánchez se regodea en la elaboración de un canto entrañable al transitar por un espacio que sí deja huellas: el de los sitios de la vivencia. El San Juan que se alza de la ruina en las páginas de este “libro bastardo”, como lo define su autor, es una ciudad que ha marcado el itinerario del paseante que la recorre a partir de la remembranza. También es el ámbito de la promesa, caudalosa tributaria del “amor del bueno”, para invocar al José Alfredo Jiménez que Sánchez ubica entre los dioses tutelares de su educación vital. Las agrimensuras del afecto tienen esa curiosa virtud: dimensionan un espacio tan insondable como el universo.

El paseante de El corazón frente al mar nos lleva de la mano en sus derivas por el San Juan de la historia y el de su historia personal. El mosaico revelado es el de una ciudad leída con minucia, ajena a la visión edulcorada del marketing y los rigores de la sociología. En otras palabras, descubrimos la ciudad del sujeto que la sospecha como interlocutora y testigo de los afanes de una vida.

Proust ve la lectura como una forma de la amistad: “en la lectura, la amistad a menudo nos devuelve su primitiva pureza”. El paseante de El corazón frente al mar lee la ciudad, y ese acto de lectura despliega un íntimo festín que irremediable y dichosamente nos implica. Otra pluma que teorizó sobre la lectura fue Auden, para quien “leer es traducir, ya que no hay dos personas que compartan las mismas experiencias”. La sentencia de Auden también viene a cuento si se considera el modo en que Sánchez fuerza en el lector la necesidad de trasladar a su propia historia las imágenes de un álbum familiar llamado Puerto Rico.

El paseante de El corazón frente al mar no espera espectadores indiferentes; por eso nos conmina con urgencia y humor a “proseguir la indagación de los apegos desesperados y abrazar la esperanza”. Esta exhortación no es poca cosa en el Puerto Rico que bracea en el fangal de una crisis hecha a la medida de los intereses de quienes lo han esquilmado en las últimas cuatro décadas. El cronista del San Juan de la historia y el de los afectos descubre un Puerto Rico en tensión ante los “desfases entre modernidad y progreso y entre progreso y puñetera realidad”. Igualmente categórica es la visión de un Puerto Rico que se dilata en configuraciones impredecibles más allá de sus linderos geográficos sin dar la espalda al Caribe ni renegar de su filiación latinoamericana.

En las páginas finales, Sánchez destaca el carácter prospectivo que se propuso insuflar en el ánimo de sus lectores, a los que interpela como responsables de “una eventual biografía” de Puerto Rico con las siguientes razones: “En cuanto que organismo vivo y palpitante e intensidades en enfrentamiento seguido, cualquier país da pie a una biografía. Una biografía colmada de periodos de bienestar y periodos de achaque, de grave insatisfacción y de forzoso optimismo, de desgaste y de redención y de redención y de la amenaza perpetua de inesperadas vicisitudes”. Puede que, como imagina el autor, la biografía de Puerto Rico esté aún por escribirse; pero lo que ya es materia tangible para la exploración de ese horizonte es el hondo poema de amor a Puerto Rico que es El corazón frente al mar.

 

 

Palabras 3.0: Pssst

 

 

Estamos en enero y mi mente de verano ya parece algo lejano.

Como la siento tan distinta de la cosa que me provoca ser y hacer el resto del año, me sorprendió levantarme esta mañana con estos recuerdos de agosto. Durante ese mes, como ya les había contado en otra ocasión, los que me parecieron nuevos usos de nuestro lenguaje puertorriqueño acapararon mi interés y curiosidad. Hoy quisiera comentarles que esos usos no se limitan al idioma hablado, sino que se extienden a otras formas de comunicación en las que nunca había reparado en mis visitas anteriores. O por lo menos nunca había pensado que tuvieran demasiada importancia: características individuales que hasta ahora nunca achaqué a rasgos colectivos, gestos y miradas que poseen el volumen de gritos.

Otra vez, les agradecería que me dijeran si han notado usos y gestos similares, y que los compartieran conmigo, para por lo menos tenderme en pie hasta el próximo agosto y fingir que aún, o que ya, estoy de vacaciones.

Uno de los ejemplos más recientes del gesto que hoy me interesa lo oí en el cine de Plaza Las Américas, cuando asistía, con mi hijo de cuatro años, a la matiné de una de esas películas de animación computadorizada, de ésas en las que las superficies y las texturas–madera, tierra, pelo, saliva—parecen terriblemente reales.

Estábamos en la primera escena, en medio de un raro instante de silencio antes de zafarse varios gritos computadorizados al ritmo de una banda sonora computadorizada, cuando oí, sibilante y pujante, como tiijerazo viajando por papel de regalo, un largo y urgente

¡Psssssst!

Como no había casi nadie en la sala, ya se me habían acostumbrado los ojos a la oscuridad y ver la película ya daba indicios de ser un sacrificio de amor de madre, dirigí mi atención a la fuente del sonido y pude ver a otra madre sacrificada, jovencita ella y con tremenda bolsa de popcorn, parada al final de la primera fila y ladeando la cabeza vigorosamente, sus labios recogidos en ese mohín que sólo los puertorriqueños sabemos hacer cuando queremos señalar algo o dirigir a alguien en determinada dirección sin usar el dedo índice, para no ser maleducadamente obvios. Meneándose, pero sin mover los pies de su posición congelada al final de la primera fila (para no ser maleducada, para no bloquear la pantalla computarizada,) repetía pssstt cada dos o tres segundos, tras de lo cual la oí susurrar un nombre femenino, así, muy bajito, para no ser maleducada, pero todavía urgente, y por fin pude atisbar, al principio de la primera fila, tímida y a la vez desafiante, a una nena de unos cuatro años.

Me pareció curioso que, en vez de cruzar la poca distancia que la separaba de su hija y agarrarla para llevarla a sus asientos, decidiera quedarse plantada ahí, haciendo sus pssstt intermitentes, como si la nena, después de no hacerle caso al primero, le hiciera caso al tercero, o al quinto. Sería para no derramar el popcorn. Decidí ser generosa en mi juicio y me dio gracia que, por no molestar al resto del público de padres sacrificados, tuviera la consideración de no cruzar frente a nosotros, de no querer atraer atención. Aparentemente pensaba, inexplicablemente, que hacer pssstt una y otra vez sería menos irritante.

Por fin la nena decidió moverse, pero entonces se paró en medio de la fila, en la que sólo había una pobre persona, un viejito creo, sin niños, que sabrá dios por qué había decidido ver la película computadorizada. La nena empezó a dudar si pasarle por enfrente al pobre viejito, y su mamá se puso a hacer pssstt más angustiosamente, hasta que la nena se atrevió y corrió el resto de la distancia, chocando con la mamá en un encuentro triunfal a la Chariots of Fire que tumbó gran parte del popcorn por todo el piso.

Unos días después estuve en la Placita de Stella Maris con mis dos hijos, mirándolos zigzaguear en teresina por entre los caracoles de metal. Cerca de ellos corría un nene chiquitito, de unos dos años, que pronto empezó a seguir a mis hijos, atraído por las teresinas. A veces se acercaba demasiado y los míos tenían que virar de repente para evadirlo y no darle un golpe. Lancé un vistazo general a todo el parque, buscando con la mirada al padre o encargado de ese nene, y empezaba a preocuparme, pensando que se había alejado demasiado de los suyos y que pronto se daría cuenta de que estaba entre extraños, cuando escuché el ¡Psssssst! de nuevo, que esta vez venía de un sitio indeterminado. Me tardé unos momentos en localizarlo. Éste era un pssstt alegre, seguro de sí mismo, pero no por eso menos irritante. Otra vez pertenecía a una mujer, a la que ahora veía claramente, como si siempre hubiese estado allí. En realidad acababa de cruzar la Magdalena, tongoneándose felizmente para reunirse con su hijo y lanzando pssstts rítmicos, con la mirada pícara del que quiere sorprender a un viejo amigo.

¿Sería ésta la nueva manera en que las madres llamaban a sus hijos pequeños?, pensé.

¿O es que ahora, por lo del cine, me había dado por fijarme demasiado en todos los pssstts que me habían rodeado toda mi vida?

Tuvo que hacer pssstt varias veces para que el nene la oyera, a la vez que se le iba acercando más, pero él estaba demasiado interesado en perseguir las teresinas y no se dio cuenta de su mamá hasta el último pssstt, que vino acompañado de un “¡Bebo, aquí estoy!”, y enseguida pude ver otras figuras que se acercaban, como si hubiesen estado escondidas detrás de los bancos y los árboles todo este tiempo: la tía, la hermana mayor, una señora que parecía la abuela.

Vi al papá, mondao de la risa con la ocurrencia de su mujer. “Yo estaba por acá y Bebo se fue a ver a los nenes esos”, dijo, encantado de la vida.

Embuste, pensé. El hombre había estado recostado en un banco con su iPhone, lejos de todo, y el nene estaba sano y salvo por milagro, porque cualquiera pudo haberlo secuestrado fácilmente.

Soy una madre un poco nerviosa, lo confieso.

La familia entera se reunió, feliz, y siguieron su camino.

El pssstt que más me sorprendió de todos fue el último que escuché, esta vez en el aeropuerto de Isla Verde, en la fila de seguridad para tomar el vuelo de vuelta a Nueva York.

Una vez más, vino de una mujer, una de las agentes de la TSA que, para agilizar el movimiento de la fila serpentina de viajeros, se movía entre nosotros, llamándonos la atención con un pssstt inesperado y chocante, seguido (luego de surtir su efecto de llamar la atención) del mismo puchero que la madre del cine había utilizado.

Sin decir una palabra, la mujer había logrado comunicarnos muchísimas cosas:

“¿Adónde viaja?­­­

¿Cuántos son?

Venga conmigo, lo vamos a mover al principio de la fila.

No, usted no, usted se queda acá.

Sí, señor, vaya a la derecha.”

Con sólo pssstts y un jamaqueo de labios.

¡Tenían que verles las caras a los turistas, especialmente al grupo de muchachas japonesas que no llegaban a entender qué quería esta señora con sus ruidos y sus señas, pero que obedecieron tan pronto como vieron lo eficiente que era! Era tan absurdo que ni siquiera me pareció una falta de respeto al cliente, que es lo que era, porque la mujer, igual que las otras dos, veía esto como un método de comunicación perfectamente normal, eficiente y considerado. Para qué hablar si se puede hacer pssstt.

De camino al avión me puse a pensar en otro pssstt oído hace muchos años, en un contexto completamente diferente –el único contexto que creo justo y apropiado.

Tendría dieciséis años, y mis amigas y yo pasábamos un día de playa en Pine Grove, que nos parecía más tranquilo que Ocean Park porque tenía menos gente y porque nos daba excusa para que una de nosotras, que acababa de sacar su licencia, nos diera el paseo por Isla Verde mientras escuchábamos Freedom 90 a todo volumen y nos imaginábamos así, libres e independientes y listas para un día glorioso en la playa, con nuestros sarongs y nuestros bikinis y nuestros Walkmans (para escuchar más Freedom ’90). Sí, triste pero cierto.

De todos modos, ese día entendimos por qué Pine Grove no se llenaba de gente.

Serían como las tres y estábamos listas para irnos cuando oímos un pssstt tentativo, corto y débil al principio, pero más valiente y decidido a medida que se repetía, a intervalos de unos cinco segundos.

Venía de detrás de nosotras.

Nos volteamos para ver a un tipo con un trench coat color crema, medio calvo él, que con una sonrisa trágica nos mostraba la razón colgante de su tormento –razón que nos tomó un rato divisar, pues era, por cierto, chiquitita. Un flasher a la antigua, se lo juro, de esos que no pensaba que existieran ya.

No sabíamos si reírnos o no, pero la verdad es que me pareció un cuadro enternecedor –el pobre flasher, que se había tomado la molestia de conseguirse vestimenta a la Inspector Gadget, y que quién sabe cuánto tiempo llevaba allí, velándonos, por fin había cobrado valor y nos ofrecía su humilde espectáculo con el singular preámbulo de su pssstt.

El individuo se dio cuenta de que le teníamos pena y se fue, cabizbajo en ambos extremos, mientras a nosotras se nos quitaban las ganas de volver a Pine Grove. Claro que tuvimos suerte, en todo el sentido de la palabra, pero ahora lo que me importa es concluir que sólo a ellos, los flashers, les debe pertenecer el pssstt, que para ellos sí tiene una función justificada, en todo su secreteo vulgar, y que al resto de nosotros nos debe parecer lo que es, una señal de mala educación.

No sé qué me dirán ustedes, ni lo que piensen de gastar tantas palabras en algo que ni siquiera es una, pero les pido que compartan conmigo otros gestos y sonidos que se hayan regado por nuestro panorama lingüístico-cultural, para añadir a mi colección. Me dejan saber si han recogido algunos.

Y si no, pues entonces pssstt.

 

 

Tomado de las Redes: Recordando al director de La Bella de la Alhambra.

 

Hace 2 años murió en La Habana el gran director de cine cubano Enrique Pineda Barnet, director de La bella del Alhambra, una de las mejores películas del cine cubano, y del film sobre el ballet clásico Gisselle con Alicia Alonso cuya escenografía estuvo a cargo de un amigo muy querido de Guines, Efrén del Castillo. Conocí a Pineda Barnet en Puerto Rico donde daba clases en la Universidad y aquí dirigió la película Angelito mío con la actriz juvenil mexicana Daniela Luján y mi amigo Jacobo Morales, actor y director de varios clásicos del cine puertorriqueño, entre ellos su primera película Dios los cría, que yo exhibía en el curso de Cine que enseñaba en la Universidad del Sagrado Corazón, y Lo que le pasó a Santiago una de las cinco nominadas al Oscar de Mejor Película en idioma extranjero en 1989.

Una noche lo invité a cenar y lo fui a buscar al apartamento de Isla Verde en que vivía con su madre que era un personaje singular y a quién conocí esa noche. Después nos seguimos comunicando por email. En mi viaje a Cuba en el 2018 lo llamé una tarde en que yo estaba cerca de donde él vivía, pero no estaba. Después me compliqué y no volví a llamarlo, lo que lamento porque murió poco después.

Tengo -y he visto- todas sus películas: La bella del Alhambra, el ballet Gissele con Alicia Alonso, I Am Soy Cuba y el documental The Siberian Mamooth sobre esa fallida coproducción cubano soviética, David sobre Frank País, Mella sobre Julio Antonio Mella, Tiempo de amar, La anunciación, Aquella larga noche que protagonizaron Raquel Revuelta y Enrique Almirante, Angelito mío y su última película Verde verde.

En 1959 coincidimos en Teatro Estudio, la academia de actuación de Vicente y Raquel Revuelta, pero en esa época no llegamos a conocernos.

En Miami, donde viven sus hermanos, daba una conferencia en una Universidad y al terminar, alguien de la audiencia se levantó y le preguntó por qué iba a regresar a Cuba. Su mamá, que lo acompañaba, intervino y le  contestó a la persona de esta manera: “¿Sabe por qué vamos a regresar a Cuba? Porque yo tengo unas maticas en mi apartamento del Vedado y tengo que ir a regarlas…”

  1. El querido amigo Edgardo Díaz reaccionó a la nota que publiqué como homenaje póstumo a mi entrañable amigo Enrique Pineda Barnet, lo que me lleva a comentar sobre la coproducción cubano soviética “Soy Cuba” estrenada en 1964. Edgardo Diaz Diaz escribió: “Con Yevgeny Yevtuchenko escribió el guion de Soy Cuba. La parte narrada me parece de Yevtuchenko, y el resto seguramente de Barnet. La producción no fue tan fallida, aunque reconozco influencias de West Side Story en partes de ella. En Cuba tienen razón en decir que los Sovieticos no representaron adecuadamente el espíritu cubano, sino que impusieron su propio tempo.”

No es casualidad que después de “Soy Cuba” (1964) escasearan las coproducciones cubanosoviéticas. En 1972 Yevgeny Yetushenko vino a Puerto Rico y en el aeropuerto lo esperamos tres dirigentes de la Asociación de Periodistas de Puerto Rico, Rafael Löpez Rosas, Harold Lidin y yo. (Incluyo el recorte de Réplica en que lo critican y mencionan a los que lo recibimos en el Aeropuerto.) En el tiempo en que conversamos con él, le pregunté por “Soy Cuba” y tras elogiar a Enrique Pineda Barnet con quien trabajó en el guión, mencionó que el director Mijail Kalatozov había estereotipado a Cuba con los clichés de aquella época sin profundizar en la nueva etapa que se había iniciado. En Cuba la película no fue bien recibida en aquellos momentos.

Tuvieron que pasar más de 30 años hasta que Martin Scorsese y Francis Ford Coppola revaloraron “I Am Cuba” y la consideraron un clásico, lo que coincidió con los elogios que le tributó el mejor crítico de cine cubano, Guillermo Cabrera Infante. Cuando esto ocurrió, Pineda Barnet señaló: “Soy Cuba (1963), cuyo texto me produjo quebraderos de cabeza por todo lo que significa escribir para gente de otra cultura y de otra visión de la vida; fue un fracaso en el momento de su estreno, tanto aquí como en la extinta URSS, y que al cabo de casi 50 años se haya convertido en un boom, es otra paradoja, otra resurrección.” Enrique Pineda Barnet participó en el documental The Siberian Mamooth  que el director brasilero Vicente Ferraz Goncalvez hizo en el 2005 y que fue parte de la revaloración de lo que en Cuba se consideró un fracaso en 1964.

En términos generales “Soy Cuba” cumplió mucho más que su objetivo propagandístico inicial. Esta coproducción cubanosoviética se filmó en Cuba como un esfuerzo conjunto de Cuba y la URSS. El director Mijail Kalatozov y el director de fotografía Sergei Urusevsky se enamoraron de Cuba y lograron una especie de Dolce Vita tropical. En Cuba no fue bien recibida porque se consideró muy estereotipada al poner énfasis en la misma música cabaretera que tanto se había explotado en las coproducciones con México de los años 40 y 50. Años después fue descubierta por Scorsese y Coppola que la adoraron. Fue así como en 1995 Milestone Films la distribuyó y comenzó su revalorización. En el documental The Siberian Mamooth Enrique Pineda Barnet reescribió la historia de esta coproducción cubanosoviética. Tengo ambas en mi divideoteca y las he visto varias veces, tanto el film original I Am Cuba como el largometraje documental The Siberian Mamooth que se puede ver en You Tube y creo que constituyen un capítulo importante en la historia del cine cubano.