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Un enorme empujón hacia el pasado

 

Especial para CLARIDAD

La política neoliberal de privatización en Puerto Rico ha dado un paso decisivo con la privatización de las plantas de generación de energía eléctrica. Con el tiempo se podrá establecer el alcance de este crimen social. Algo, sin embargo, no puede olvidarse. La agresión al país se cobijó bajo la sombra pestilente de una dictadura que desmanteló de forma directa y descarnada toda simulación de autonomía local, construida por el dominio imperial. Representantes de la prensa han destacado, sin sonrojarse y sin aparente vergüenza, que la situación de la AEE fue devuelta al estado previo de la existencia de la Autoridad de las Fuentes Fluviales, organizada como corporación pública en 1941. Se ha hablado, pues, de un retroceso histórico significativo.

El enorme empujón de lanzamiento al pasado, en medio de una severa crisis económica, lo ha capitaneado un partido que dice ser estadista, desconectado del país, cuyo nombre afirma ser nuevo cuando lleva las entrañas podridas de corrupción. Mientras tanto, la otra pieza del bipartidismo, aletargado e insensible ante el desmantelamiento de su prestigioso proyecto histórico, ha dividido su atención entre un asentimiento vergonzoso e irresponsable o un silencio que emana cierto hedor a cementerio. Albizu Campos, a comienzos de la década del treinta, se refirió a la repetición de la vulgaridad como una manifestación de la experiencia colonial. Hoy podemos oír sus palabras y reconocer la vigencia de su fuerza. “El imperio político se impone para establecer el monopolio económico en la colonia.” Es difícil negar una realidad que golpea la vulgaridad de la experiencia colonial: la privatización de la AEE se llevó a cabo bajo la dictadura  del Congreso de Estados Unidos mediante la utilización de su instrumento, la Junta de Control Fiscal. El golpe de agresión ocurrió después de liquidar en la conciencia pública todo el falso andamiaje de la simulación del gobierno propio con el objetivo de engañar al mundo. Y lo que es mucho más vergonzoso, con la aprobación y aplauso de los grandes intereses empresariales del país.

El retorno al pensamiento de Albizu Campos no es casual. En el interior de la aguda crisis económica y social de la década del treinta, el dirigente nacionalista hizo unas observaciones hoy más pertinentes que ayer: “Los que creen que van a conseguir la conversión de Puerto Rico en provincia norteamericana, ‘estado’, por medio de la adulación y del sometimiento están muy equivocados. Para llegar a esa finalidad, aunque suicida, los defensores de la estadidad tienen que dedicarse desde ahora mismo en la forma más agria y violenta a combatir todos los intereses norteamericanos establecidos en Puerto Rico. Esos intereses no han de renunciar a su condición privilegiada actual y no permitirán ponerla en peligro alguno por ningún cambio político. Toda cooperación con ellos refuerza su presente monopolio y estabiliza el régimen irresponsable que impera.” Albizu se refirió precisamente a la petición de estadidad del territorio de Arkansas. Con este objetivo, su legislatura aprobó un “Enabling Act” y propuso la celebración de una convención constituyente para transformar el territorio en un estado. Al ser denegada la solicitud por el Congreso, celebraron la convención constituyente y eligieron los representantes y senadores enviándolos al Congreso. “Ante la crisis política planteada, el congreso, entonces, tuvo que facilitar los trámites para el reconocimiento de Arkansas como provincia ‘estado’”.

La entrega de la riqueza nacional, o si se quiere, territorial, no es un camino hacia la estadidad ni un camino hacia la descolonización. El viejo bipartidismo, PPD-PNP, que se allanó desde hace décadas al fundamentalismo de mercado neoliberal, lejos de fortalecer la autonomía o de moverse hacia la estadidad, ha profundizado la relación colonial de subordinación y desigualdad. No es una casualidad que ambos partidos, empantanados en procesos de corrupción que han acentuado su separación de los intereses de grandes sectores de la población, estén inmersos en una crisis histórica sin precedentes. Si el enunciado albizuista no resuena como una acusación en sus oídos es por una razón principal: no hay en el bipartidismo ni vocación por la autonomía ni vocación por la estadidad. Ambas organizaciones son semejantes, aunque una es mucho más eficiente que la otra, por su inclinación a convertir la política en un negocio lucrativo. El afán no es mejorar las condiciones del país, elevar los niveles de vida de la población, sino el enriquecimiento por el carril de mayor velocidad, de una minoría social. Por eso incurren en continuas violaciones a las leyes que aprueban. Por eso su política colonial neoliberal tiene una característica que brilla sobre todas las demás: la hipocresía.

Veamos este aspecto con detenimiento. El neoliberalismo puertorriqueño, su especie colonial, se ha caracterizado por decir y repetir hasta el cansancio, a través de su gran prensa, que el objetivo de la privatización era: 1) introducir el mercado en el gobierno para atraer capital privado debido a la carencia de recursos del sector público; 2) aumentar la efectividad y eficiencia en la provisión de servicios esenciales, disminuyendo el gigantismo gubernamental ; 3) abaratar los costos de los servicios provistos para el bien de la población y la ampliación de la base económica del país; 4) superar la ineficiencia inherente al monopolio público. Todos estos aspectos han sido desmentidos por la privatización de la AEE. La privatización consumada bajo la dualidad LUMA-GENERA no ha aportado ningún capital al gobierno ni ha eliminado la situación de monopolio. Lo que ha hecho es substituir un monopolio público, cuyo objetivo no es el motivo de la ganancia, por otro monopolio privado, motivado por la ganancia privada. Lejos de abaratar la producción de energía eléctrica lo que ha hecho es encarecerla escandalosamente. Difícilmente se puede argumentar a favor de la eficiencia o de la mayor productividad. Por el contrario, la corrupción bipartidista parece haber emigrado a la empresa privatizada.

Pero la mayor expresión de hipocresía consiste en la reiterada retórica de la superioridad de la empresa privada sobre la corporación pública. Los medios masivos de comunicación y los políticos del gobierno y de la empresa privada han repetido esta vulgaridad de forma sistemática e incansable. Sin embargo, en el caso de la AEE se ha puesto al descubierto el verdadero significado de la supuesta superioridad privada. Todas las empresas involucradas en la privatización están a la caza de fondos públicos. Pero no son fondos públicos locales, sino federales. Lo que mueve a Luma y a Genera es la cantidad enorme de fondos federales asignados a la reconstrucción del sistema eléctrico. No son fondos aportados por las empresas privadas. Son fondos públicos que las grandes empresas privadas extranjeras vienen a pescar en el río revuelto creado por la vergonzosa dictadura de la Junta de Control Fiscal. El enunciado albizuista brilla hoy con mayor esplendor que en la atribulada década del treinta del pasado siglo. “El imperio político se impone para establecer el monopolio económico en la colonia.”

Mientras tanto los políticos coloniales aplauden sin pudor la entrega del país. Claro, la corrupción, con la sonrisa del colonizador, ha permitido montar una brillosa fogata de diversión que tiene atolondrado al partido de gobierno. Hay una cualidad innegable en la cúpula de ese partido. Allí se ha atrincherado una claque económica poderosa en torno a la figura del gobernador que pretende derrotar cualquier intento de primarias en el partido. Si la Comisionada Residente quiere lanzar su reto, tendrá que enfrentar esa claque que ya tiene el hedor de una mafia. Claro, no podemos negar que estos caballeros van bien vestidos. Tienen hermosas chaquetas y corbatas brillosas. Nosotros, sin embargo sabemos, que la honradez rara vez va de compañía con el dinero.

 

 

 

 

 

Las viejas canciones del Viejo Bob

Respuesta a Jorge Lefevre

Especial para En Rojo

Querido y apreciado Jorge:

Nunca pensé que un mensaje de WhatsApp iba a generar un escrito tan contundente y emotivo, con la excusa de darme una respuesta. Y sé que probablemente no esperabas una respuesta a tu respuesta, pero, en las próximas líneas trataré de articular algo parecido.

Como bien sabes, Jorge, en julio del 2021, anunciaron que Bob Dylan- por entonces con 80 años recién cumplidos- iba a unirse a la corriente de músicos y artistas que presentaban “lives” en la pandemia, es decir: conciertos transmitidos vía streaming, para compensar en algo la ausencia de conciertos en vivo. La verdad que el anuncio fue algo sorprendente y sorpresivo. Ya los conciertos en streaming estaban disminuyendo a medida que se retomaban poco a poco las presentaciones en vivo. El viejo Bob, si acaso, llegaba tarde a la “moda”. El parte de prensa leía que sería una presentación de algunas de sus canciones más antiguas, de las décadas de los 60 y 70, con nuevos arreglos. Cosa rara también, y ambigua en el mejor sentido dylaniano, primero porque su repertorio es tan amplio que una selección de canciones antiguas podía significar cualquier cosa. Segundo, Dylan no es conocido por mirar atrás, y en décadas recientes ha hecho hasta lo imposible por disfrazar su antiguo repertorio con arreglos musicales que lo hagan irreconocible. Aun así, me imagino que el prospecto posible de sus fanáticos de verlo cantar “hits” como “Blowin in the Wind”, “Like a Rolling Stone” o “Mr. Tambourine Man” al fin, era uno de alta expectativa. El disco que me motivó a escribirte salió el pasado 2 de junio y se trata de la banda sonora de dicho “concierto”. Me senté ese mismo viernes al mediodía frente a la playa a escucharlo y rápido al terminarlo te escribí.

Jorge, ya que no viste el especial filmado, te cuento un poco de lo que recuerdo fue esa experiencia de verlo: Cuando llega el esperado concierto Shadow Kingdom y nos plantamos un grupo de amistades a presenciarlo frente al televisor, colectivamente pensamos: “nos la hizo otra vez”. El tal concierto no era un concierto como tal, si no una presentación filmada, en blanco y negro-dirigida por la cineasta israelí/estadounidense Alma Ha’rel-, con una atmosfera representativa de una especie de club de vaudeville sureño estadounidense, de la primera mitad del siglo 20. La instrumentación también rudimentaria y acústica (formato que Dylan ha desechado en pasadas décadas): varias guitarras, bajo, mandolina, un prominente acordeón, harmónica y una ausencia total de percusión. Los músicos, enmascarados, como para enfatizar quién estaba al centro del asunto. Un Dylan relajado y confidente, tocando la guitarra en “público” por primera vez en décadas y quién sabe si por última vez. Pasada ya la sorpresa del formato, quedaba la “incógnita” del “viejo repertorio” que ,como nos tiene acostumbrado, se caracterizó por una ausencia total de “éxitos”-aunque dos canciones que fueron interpretadas allí, “Forever Young” e “It’s All Over Now Baby Blue”, podría argumentarse que lo son- y por un auténtico quebradero de cabeza en cuanto a las posibles razones por las que el bardo de Dulluth decidió interpretar tal o cual canción en particular.

Canciones menos conocidas o “marginadas” de sus discos mas famosos y celebrados fueron rescatadas: “Queen Jane Aproximately”, “Just Like Thom Thumbs Blues” y “Tombstone Blues” de Highway 61 Revisited (1965), las tres en versiones soberbias que superan las originales- si tuviera que quedarme con una sola canción del trabajo, sin duda sería esta revisión de “Tombstone Blues”, lejos de la frenética y jovial versión original, interpretada por un zorro viejo bluesero de forma reflexiva y aparente quietud. De Blonde on Blonde (1966) encontramos “Most Likely You Go Your Way and I’ll Go Mine” en una fenomenal versión y una bluesera y tierna “Pledging my Time”. El repertorio privilegia su discografía de la segunda mitad de la década del 1960: además de los mencionados discos, Dylan recupera dos canciones de John Wesley Harding (1968) (“I’ll be Your Baby Tonight” y “The Wicked Messenger”), dos de Nashville Skyline (1969) (“To be Alone With You” y “Tonight I’ll be Staying Here With You”), además de la magistral “When I Paint my Masterpiece” del malogrado Self Portrait (1970) y una canción que nunca fue incluida en ningún disco oficial: “Watching the River Flow”, una de las mas divertidas de todo su cancionero.

Con esta arbitraria selección, Dylan como siempre nos deja con más interrogantes que clarificaciones. En “To Be Alone With You”, sustituye el original “just you and me” por el más gramaticalmente correcto “just you and I”, y parecería que estuvo más de medio siglo queriendo enmendar dicho error. Ni un apasionado defensor del subvalorado John Wesley Harding como yo puede entender la inclusión de “The Wicked Messenger” aquí, cuando ese álbum tiene composiciones que se me antojan eminentemente superiores-“I Dreamed I Saw St Augustine”, por dar un ejemplo. Las alusiones bíblicas de la canción tienen para su creador un peso en una búsqueda espiritual que aparentemente no ha cesado. Cuando escucho “What Was It You Wanted” de Oh Mercy (1989), también me pregunto qué carajo hace Bob. Obviamente, a él menos que nadie le importa la etiqueta de “canciones tempranas” que se impuso para el proyecto. Aunque, como bien dices Jorge, a la luz de sus 80, probablemente una canción de sus 48 años le parece temprana.

Jorge, no voy a entrar en el análisis de Rough and Rowdy Ways porque coincido rabiosamente con el tuyo. Te confieso que es de los discos de Dylan que menos revisito, debido a su densidad poético/literaria, pero sí apunto a que, como dices, si es un disco en el que Dylan parece preparar su despedida, Shadow Kingdom se antoja como un ajuste de cuentas con su pasado y legado, pero en sus propios términos, permitiéndose divertirse y disfrutar de estas canciones sin que dicha revisión implique necesariamente tener que estar a la altura de ese sello de “voz de su generación” que sabemos tanto detesta.

Quizás, mi querido Lefevre, lo que me queda con esta especie de respuesta es darte las gracias por hacerme partícipe de tu pasión dylaniana, la cual comparto, pero tu fervor y mirada hace que siempre aprenda, reaprenda y redescubra tantos aspectos de nuestro amado “bardo judío de Minnesota”, como lo llama Caetano Veloso, así como de esas aspiraciones utópicas de tu párrafo final: el siempre poder aspirar a un mundo en donde el disfrute no sea visto como ocio o perdida, si no como ganancia y alimento para el intelecto y el espíritu. Se dice con frecuencia que el arte es bálsamo, y lo es, pero también debería de ser–y es- vida, y parte integral de la vida. Artistas como Dylan han hecho de su producción artística entera un reflejo de esto, y agradezco que entre el ajetreo y la dificultad que representa vivir en esta colonia que vivimos, ratos para que tengamos intercambios como estos sean posibles, y, como tú dices, deberían ser más, que menos.

Un abrazo,

Chemi González

En Reserva-De la mezcla racial y cultural: una dosis de incertidumbre y de aleatoriedad

Especial para EN ROJO

En las recurrentes discusiones en las redes sociales sobre cuestiones de raza en Puerto Rico, se esgrimen argumentos de representación, de visibilidad, de la intensidad del racismo al interior de la sociedad puertorriqueña. Es inevitable que en esas discusiones se llegue al asunto de la mezcla racial, que transita entre los extremos del acrítico “el que no tiene de dinga tiene de mandinga” hasta quien reclama que el discurso de la mezcla racial es un subterfugio para solapar el racismo al interior de nuestra sociedad y no bregar con él. Ambos tienen razón, pero eso significa también que nadie la tenga del todo.

Hablar de mezcla racial no se limita a la cuestión genética y de la transmisión de innumerables rasgos físicos, que combinados y recombinados a través del tiempo producen los variados fenotipos de quienes poblamos este mundo. También se refiere a las culturas que produjeron las sociedades de los pueblos mezclados de tal o cual “raza”. (A propósito, no me agrada mucho el término raza para referirme a los diversos grupos humanos, pues inevitablemente remite a una esencia que se piensa genética y no históricamente construida. El discurso de las esencias no es otra cosa que un recurso retórico que funciona para validar, sobre todo, a las posturas racistas.) Estas culturas mestizas o “mulatas” son producto de las inevitables interacciones – pacíficas, violentas y todos los matices intermedios – entre los diversos grupos humanos a lo largo de la historia. La cuestión del mestizaje se expresa en una evidente dimensión genética y fenotípica: cómo nos vemos los cuerpos mulatos en su infinidad de gradaciones de color de piel e innumerable variedad de combinaciones de rasgos (tamaño y formas de nariz, labios, ojos y pelo); pero también en su dimensión cultural, con la multiplicidad de combinaciones de prácticas que las sociedades necesitan para adaptarse al medioambiente físico y social en el que se encuentran. No se trata, entonces, de afirmar o negar si pertenecemos o no a una cultura mulata, si no de qué formas se manifiestan esas hibridaciones y cuáles las consecuencias que producen.

No ha sido un asunto fácil de medir, si pensamos en la cantidad de conceptos que se han desarrollado para estudiar las mezclas culturales: deculturación, aculturación, transculturación, sincretismo, hibridez, mestizaje o mulataje cultural. No es mi intención en este momento perderme en el laberinto teórico de la precisión de estos conceptos epistemológicos, aunque confieso que me gusta la metáfora gastronómica del ajiaco (sancocho en boricua) que utiliza el cubano Fernando Ortiz para explicar su visión de la transculturación. Con ella describe a las sociedades caribeñas como un caldero en constante ebullición a la que se van integrando nuevos elementos, y los que llevan más tiempo al calor se van descomponiendo en una masa en la que las fuerzas culturales se van trasformando sin desaparecer del todo, pero que, en la lejanía del tiempo, son difíciles de distinguir en sus particularidades.

También me resulta interesante la postura de Serge Gruzinski en El pensamiento mestizo, quien ve al mestizaje desde su dimensión caótica, que “supone que toda realidad entraña, por un lado, una parte irreconocible y, por otro, una dosis de incertidumbre y de aleatoriedad”. Con esto, trata de enfrentar la dificultad de cómo dar cuenta de todos los cambios culturales, tan impredecibles como inexplicables, al interior de una sociedad. Nos parecen aleatorios e inciertos porque no somos capaces de dar cuenta de la cantidad de elementos que inciden en la dinámica del cambio que se da en la mezcla cultural y las manifestaciones que cobran.

Sin embargo, esa aleatoriedad tiene un contexto. El escenario principal de este fenómeno en el Caribe fue la Plantación, la que Antonio Benítez Rojo describe como una “matriz socioeconómica”, y que introdujo la extraña lógica del Capital en las Antillas. Para asegurarse que la mano de obra fuera rentable para la producción de azúcar, los inversionistas de esta industria de la modernidad temprana en la región entendieron como “necesaria” la esclavitud. Por razones históricas que no puedo profundizar aquí ahora, la fuente donde se buscó esta indispensable materia prima fueron las tierras al sur del desierto del Sahara ,poblada por personas de piel oscura. Fue a partir de entonces que el color de la piel se vinculó a la esclavitud. Y tras ese vínculo surgieron los discursos para validar, justificar y convencer de la razón de esas prácticas.

De la relación entre amos y esclavizados derivó un sistema económico, racial y social que se fundamentó en la contradicción de considerar a otros seres humanos como parte del capital invertido en un negocio. Esa humanidad negada en la ecuación productiva fue contradicha en múltiples instancias, como lo fueron las relaciones sexuales, forzadas las más de las veces o consentidas cuando lo hayan sido, y la inevitable procreación de niños mezclados racialmente que fomentaron otro tipo de comunicación que iba en reconocimiento, o aceptación a regañadientes, de la humanidad del otro esclavizado (en una amplísima y muy complicada gama de niveles, vale decir). Sin embargo, sus influencias y secuelas han trascendido el periodo esclavista al dividir tajantemente la población al establecer legal y socialmente la superioridad de unos sobre otros, determinando las acciones y actitudes de éstos y de aquéllos. Esta importantísima diferencia establecida por el color de la piel pasó a ser un valor social, moral y estético que todavía tiene efectos en nuestra sociedad y se reflejan en las formas culturales que se reflejan aun hoy.

Con el desarrollo de una modernidad criolla y el surgimiento de los proyectos nacionales caribeños, los discursos de la mezcla racial fueron un intento incómodo de conciliar este proceso en el desarrollo e imposición de una comunidad nacional. En ésta, la escala de la valoración social, moral y cultural quedó de mejor (“lo blanco”) a peor (“lo negro”); y, en mismo sentido, se estableció, a la fuerza vale decir, Occidente, “lo europeo”, como referente de esa supuesta superioridad cultural y moral, mientras que “lo africano” y su (poco comprendido en nuestro entorno y muy folklorizado) legado cultural como señales de atraso cultural e inmoralidad. Esta conciliación se hizo desde la idea de que el fundamento cultural de las naciones del Caribe hispano es la occidentalidad hispana, en claro menosprecio de las formas culturales indígenas y “africanas”. Recordemos que para Antonio S. Pedreira el legado de las culturas no occidentales, la “taína” y la “africana”, constituían piedras de atraso en el camino para la manifestación de la versión hispano-puertorriqueña de la llamada civilización occidental. Mientras, Arturo Morales Carrión y Eugenio Fernández Méndez, intelectuales afines al proyecto nacional del Estado Libre Asociado, intentaron narrar un pasado idealizado de una sociedad criolla que produjo a los líderes autonomistas de la segunda mitad del Siglo XIX. Fueron criados por nanas negras en medio de una esclavitud supuestamente benévola que integró a los pueblos “africanos” y sus aportaciones culturales al poderoso tronco de la hispanidad puertorriqueña. Este discurso de la “democracia racial” puertorriqueña todavía es dominante en la sociedad puertorriqueña.

Lo constitutivo en Puerto Rico y el resto del Caribe es esta particular interacción humana, violenta y desigual en todos sus aspectos, iniciada al interior del régimen de la plantación, y que Benítez Rojo califica épicamente como un choque de razas y culturas. Llámese mulataje, sincretismo, transculturación o mestizaje, en el enfrentamiento entre Europa y África, ocurrió un inevitable proceso de socialización del que derivaron nuestras sociedades. Entender este proceso fundamental de mezcla racial y cultural en su complejidad es vital para construir una sociedad más justa y equitativa para quienes aquí vivimos.

Reseñas de The Book Geek

Mandamás, de Manolo Núñez Negrón

Mandamás es la historia de Isabelo, alias Nenuco. Narcotraficante poderoso, Nenuco es el delincuente con la lógica con que Maquiavelo describe al príncipe; Nenuco logra imponer su puño de hierro con el aval leal del barrio a través de su participación direta en los asuntos cotidianos que afectan su entorno. Donaciones, fiestas y una presencia carismática excusan la labor ilícita y los riesgos y consecuencias que dicha labor conlleva. Es por esta razón que en el Puerto Rico real, y en Caimito, a un narco se le escapa una pantera de su propiedad sin otra consecuencia que el añadido a su folklore, que no es otra cosa que un relato sobre el poder. En Mandamás, no hay escándalo con que Nenuco sea dueño de un tigre llamado Chester, así como de una poza repleta de caimanes en donde llega a disponer de personas que atentan contra su propiedad y negocio, y lo dejo aquí para no dañar la lectura.

El cúmulo de voces en Mandamás erige la figura de un Nenuco aporético; el narco es a la vez vulnerable y sanguinario, el cálculo frío coexiste con una furia asesina, y lo masculino, que exige una lealtad primal para sí, se regodea con una sexualidad amplia y sin miramientos de ningún tipo. Nenuco disfruta abiertamente su alterne. No hay vergüenza, ni secreto. Pero Mandamás no es sólo la historia de Nenuco. Es también la historia de Papiro – la mano derecha de Nenuco –, del abogado que representa al narco, del veterano Susano Atabal, de Kalmia Latifolia (laurel de montaña), de Viruta y Merengue, ex amigos boxeadores vueltos enemigos que sostienen una última pelea, Tita (esa la dejo para ustedes) y hasta se hace una mención de soslayo a Correa Cotto, Toño Bicicleta, así como al escuadrón de policías corruptos liderados por Alejo Maldonado.

Con Mandamás, Núñez Negrón ha logrado escribir una historia ágil, certera y sin tregua sobre la figura del narco, una historia que trata también sobre los hilos oscuros que urden una trama de traición y venganza.

Esta reseña va a la memoria de Salva, de Humberto Pedraza, de Alex.

La dicha de lo inacabado, de Carlos Vicéns

En la literatura puertorriqueña hay ciertos autores que discurren en silencio, y es porque así lo han escogido. Su labor discurre al amparo del secreto. Carlos Vicéns es uno de ellos.

En La dicha de lo inacabado los poemas son un presente de tiempo y obsequio. Aquí no ocurre otra búsqueda que no sea desde y hacia el poema como una última unidad del lenguaje, y por esa razón, una experimentación con la temporalidad, con la noción de límite. Carlos Vicéns pule el verso hasta llevarlo al punto de quiebre, donde su destello se aprecia mejor. La depuración en los versos hace de los poemas aquí pura orfebrería. El silencio aquí no es otra cosa que la manifestación de la belleza.

La presente edición de La dicha de lo inacabado contiene 10 poemas que no estaban incluidos en la anterior. Altamente recomendado.

Los cinco sentidos, Tomás Blanco

Luis Muñoz Marín, en una carta dirigida a Roberto Sánchez Vilella, argumenta que en el tramo de la Avenida Ponce de León hay más faros de luz que el total que ilumina la Torre Eiffel en París. Esa carta presume el origen de la “Operación Serenidad”, con el que Mu´noz intenta, tardíamente, sofrenar el avance desmedido del bloque industrial comandado por Moscoso, y que en tan corto tiempo trastocase una economía agrícola en pos de la fábrica.

Para Heidegger, la separación del ser respecto de la tierra aniquila su capacidad para meditar sobre el ser, aprisionándolo en la reproducción serial. En cambio la serenidad (o Gelassenheit) consiste en una experiencia en el estado del ser por el cual, sin abandonar del todo la techné, toma distancia respecto de la reproducción serial. De este modo el ser retorna la vista hacia la tierra, y hace un regreso a la pregunta que medita sobre el ser.

Los cinco sentidos de Tomás Blanco es una colección de glosas donde el autor explora una meditación sobre el ser puertorriqueño a través de los sentidos. La guajana, el coquí, la mañana y la musaraña de la noche, el sabor del jugo y de la pulpa, la brisa, todos relativos a los cinco sentidos, procuran erigirse como ultima reductio ante el avance industrial, y por ello no deja de leerse un desespero mal disimulado debajo del tono costumbrista. En Los cinco sentidos puede leerse el lamento en el atisbo último de un Puerto Rico que se aleja cada vez más de la serenidad, y en el que no puede uno evitar la sospecha de si Blanco tuvo el atisbo de un Puerto Rico futuro caduco y carente de promesas.

Esta segunda edición de Los cinco sentidos está basada en la edición del 1962 con las ilustraciones de Irene Delano, e incluye un estudio preliminar de Ricardo Cobián.

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Reseña de Todo el mal necesario de Awilda Cáez (Editorial EDP University, 2022)

Especial para En Rojo

La soledad es una experiencia universal y profunda que afecta al ser humano en diferentes momentos de su vida. A pesar de vivir en una sociedad interconectada y globalizada, muchas personas experimentan una sensación de aislamiento y desconexión emocional. Esta puede manifestarse de diversas formas y tener diferentes causas, pero, en última instancia, refleja una profunda necesidad humana de conexión y pertenencia.

Sin embargo, es importante destacar que la soledad no siempre es negativa. En algunos casos, puede ser una elección consciente para buscar momentos de introspección, autoconocimiento y crecimiento personal. También puede ser un tiempo invaluable para la reflexión, la creatividad y el desarrollo de intereses personales. En este sentido, puede ser vista como una oportunidad para conectar con uno mismo y encontrar un sentido de identidad y propósito.

En la novela de Awilda Cáez, Todo el mal necesario (Editorial EDP University, 2022), la protagonista emprende un viaje de huida al exilio de los puertorriqueños, los Estados Unidos, que supondrá la oportunidad de una “nueva vida”, pero más aún, un período de autodescubrimiento como persona, mujer, latina y puertorriqueña, a partir de la soledad que implica vivir dentro de las “entrañas del monstruo”. La trama, bastante sencilla, deslumbra por estar bien contada.

Cáez escribe un texto que fluye y se lee sin muchas artimañas literarias que compliquen su comprensión, quizás porque su propósito sea simplemente hablar de la vida de una mujer que reflexiona y evoluciona, a lo largo del texto, acerca de las pocas venturas y las muchas desgracias de la existencia. El sentimiento de soledad es exponencial en las grandes urbes norteamericanas y son el escenario perfecto para que, de la mano de la narradora, compartamos la reflexión de quiénes somos y a qué aspiramos como individuos. La lectura de esta novela a eso nos invita.

El autor es profesor en la Universidad de Puerto Rico en Carolina