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Las viejas canciones del Viejo Bob

Respuesta a Jorge Lefevre

Especial para En Rojo

Querido y apreciado Jorge:

Nunca pensé que un mensaje de WhatsApp iba a generar un escrito tan contundente y emotivo, con la excusa de darme una respuesta. Y sé que probablemente no esperabas una respuesta a tu respuesta, pero, en las próximas líneas trataré de articular algo parecido.

Como bien sabes, Jorge, en julio del 2021, anunciaron que Bob Dylan- por entonces con 80 años recién cumplidos- iba a unirse a la corriente de músicos y artistas que presentaban “lives” en la pandemia, es decir: conciertos transmitidos vía streaming, para compensar en algo la ausencia de conciertos en vivo. La verdad que el anuncio fue algo sorprendente y sorpresivo. Ya los conciertos en streaming estaban disminuyendo a medida que se retomaban poco a poco las presentaciones en vivo. El viejo Bob, si acaso, llegaba tarde a la “moda”. El parte de prensa leía que sería una presentación de algunas de sus canciones más antiguas, de las décadas de los 60 y 70, con nuevos arreglos. Cosa rara también, y ambigua en el mejor sentido dylaniano, primero porque su repertorio es tan amplio que una selección de canciones antiguas podía significar cualquier cosa. Segundo, Dylan no es conocido por mirar atrás, y en décadas recientes ha hecho hasta lo imposible por disfrazar su antiguo repertorio con arreglos musicales que lo hagan irreconocible. Aun así, me imagino que el prospecto posible de sus fanáticos de verlo cantar “hits” como “Blowin in the Wind”, “Like a Rolling Stone” o “Mr. Tambourine Man” al fin, era uno de alta expectativa. El disco que me motivó a escribirte salió el pasado 2 de junio y se trata de la banda sonora de dicho “concierto”. Me senté ese mismo viernes al mediodía frente a la playa a escucharlo y rápido al terminarlo te escribí.

Jorge, ya que no viste el especial filmado, te cuento un poco de lo que recuerdo fue esa experiencia de verlo: Cuando llega el esperado concierto Shadow Kingdom y nos plantamos un grupo de amistades a presenciarlo frente al televisor, colectivamente pensamos: “nos la hizo otra vez”. El tal concierto no era un concierto como tal, si no una presentación filmada, en blanco y negro-dirigida por la cineasta israelí/estadounidense Alma Ha’rel-, con una atmosfera representativa de una especie de club de vaudeville sureño estadounidense, de la primera mitad del siglo 20. La instrumentación también rudimentaria y acústica (formato que Dylan ha desechado en pasadas décadas): varias guitarras, bajo, mandolina, un prominente acordeón, harmónica y una ausencia total de percusión. Los músicos, enmascarados, como para enfatizar quién estaba al centro del asunto. Un Dylan relajado y confidente, tocando la guitarra en “público” por primera vez en décadas y quién sabe si por última vez. Pasada ya la sorpresa del formato, quedaba la “incógnita” del “viejo repertorio” que ,como nos tiene acostumbrado, se caracterizó por una ausencia total de “éxitos”-aunque dos canciones que fueron interpretadas allí, “Forever Young” e “It’s All Over Now Baby Blue”, podría argumentarse que lo son- y por un auténtico quebradero de cabeza en cuanto a las posibles razones por las que el bardo de Dulluth decidió interpretar tal o cual canción en particular.

Canciones menos conocidas o “marginadas” de sus discos mas famosos y celebrados fueron rescatadas: “Queen Jane Aproximately”, “Just Like Thom Thumbs Blues” y “Tombstone Blues” de Highway 61 Revisited (1965), las tres en versiones soberbias que superan las originales- si tuviera que quedarme con una sola canción del trabajo, sin duda sería esta revisión de “Tombstone Blues”, lejos de la frenética y jovial versión original, interpretada por un zorro viejo bluesero de forma reflexiva y aparente quietud. De Blonde on Blonde (1966) encontramos “Most Likely You Go Your Way and I’ll Go Mine” en una fenomenal versión y una bluesera y tierna “Pledging my Time”. El repertorio privilegia su discografía de la segunda mitad de la década del 1960: además de los mencionados discos, Dylan recupera dos canciones de John Wesley Harding (1968) (“I’ll be Your Baby Tonight” y “The Wicked Messenger”), dos de Nashville Skyline (1969) (“To be Alone With You” y “Tonight I’ll be Staying Here With You”), además de la magistral “When I Paint my Masterpiece” del malogrado Self Portrait (1970) y una canción que nunca fue incluida en ningún disco oficial: “Watching the River Flow”, una de las mas divertidas de todo su cancionero.

Con esta arbitraria selección, Dylan como siempre nos deja con más interrogantes que clarificaciones. En “To Be Alone With You”, sustituye el original “just you and me” por el más gramaticalmente correcto “just you and I”, y parecería que estuvo más de medio siglo queriendo enmendar dicho error. Ni un apasionado defensor del subvalorado John Wesley Harding como yo puede entender la inclusión de “The Wicked Messenger” aquí, cuando ese álbum tiene composiciones que se me antojan eminentemente superiores-“I Dreamed I Saw St Augustine”, por dar un ejemplo. Las alusiones bíblicas de la canción tienen para su creador un peso en una búsqueda espiritual que aparentemente no ha cesado. Cuando escucho “What Was It You Wanted” de Oh Mercy (1989), también me pregunto qué carajo hace Bob. Obviamente, a él menos que nadie le importa la etiqueta de “canciones tempranas” que se impuso para el proyecto. Aunque, como bien dices Jorge, a la luz de sus 80, probablemente una canción de sus 48 años le parece temprana.

Jorge, no voy a entrar en el análisis de Rough and Rowdy Ways porque coincido rabiosamente con el tuyo. Te confieso que es de los discos de Dylan que menos revisito, debido a su densidad poético/literaria, pero sí apunto a que, como dices, si es un disco en el que Dylan parece preparar su despedida, Shadow Kingdom se antoja como un ajuste de cuentas con su pasado y legado, pero en sus propios términos, permitiéndose divertirse y disfrutar de estas canciones sin que dicha revisión implique necesariamente tener que estar a la altura de ese sello de “voz de su generación” que sabemos tanto detesta.

Quizás, mi querido Lefevre, lo que me queda con esta especie de respuesta es darte las gracias por hacerme partícipe de tu pasión dylaniana, la cual comparto, pero tu fervor y mirada hace que siempre aprenda, reaprenda y redescubra tantos aspectos de nuestro amado “bardo judío de Minnesota”, como lo llama Caetano Veloso, así como de esas aspiraciones utópicas de tu párrafo final: el siempre poder aspirar a un mundo en donde el disfrute no sea visto como ocio o perdida, si no como ganancia y alimento para el intelecto y el espíritu. Se dice con frecuencia que el arte es bálsamo, y lo es, pero también debería de ser–y es- vida, y parte integral de la vida. Artistas como Dylan han hecho de su producción artística entera un reflejo de esto, y agradezco que entre el ajetreo y la dificultad que representa vivir en esta colonia que vivimos, ratos para que tengamos intercambios como estos sean posibles, y, como tú dices, deberían ser más, que menos.

Un abrazo,

Chemi González

En Reserva-De la mezcla racial y cultural: una dosis de incertidumbre y de aleatoriedad

Especial para EN ROJO

En las recurrentes discusiones en las redes sociales sobre cuestiones de raza en Puerto Rico, se esgrimen argumentos de representación, de visibilidad, de la intensidad del racismo al interior de la sociedad puertorriqueña. Es inevitable que en esas discusiones se llegue al asunto de la mezcla racial, que transita entre los extremos del acrítico “el que no tiene de dinga tiene de mandinga” hasta quien reclama que el discurso de la mezcla racial es un subterfugio para solapar el racismo al interior de nuestra sociedad y no bregar con él. Ambos tienen razón, pero eso significa también que nadie la tenga del todo.

Hablar de mezcla racial no se limita a la cuestión genética y de la transmisión de innumerables rasgos físicos, que combinados y recombinados a través del tiempo producen los variados fenotipos de quienes poblamos este mundo. También se refiere a las culturas que produjeron las sociedades de los pueblos mezclados de tal o cual “raza”. (A propósito, no me agrada mucho el término raza para referirme a los diversos grupos humanos, pues inevitablemente remite a una esencia que se piensa genética y no históricamente construida. El discurso de las esencias no es otra cosa que un recurso retórico que funciona para validar, sobre todo, a las posturas racistas.) Estas culturas mestizas o “mulatas” son producto de las inevitables interacciones – pacíficas, violentas y todos los matices intermedios – entre los diversos grupos humanos a lo largo de la historia. La cuestión del mestizaje se expresa en una evidente dimensión genética y fenotípica: cómo nos vemos los cuerpos mulatos en su infinidad de gradaciones de color de piel e innumerable variedad de combinaciones de rasgos (tamaño y formas de nariz, labios, ojos y pelo); pero también en su dimensión cultural, con la multiplicidad de combinaciones de prácticas que las sociedades necesitan para adaptarse al medioambiente físico y social en el que se encuentran. No se trata, entonces, de afirmar o negar si pertenecemos o no a una cultura mulata, si no de qué formas se manifiestan esas hibridaciones y cuáles las consecuencias que producen.

No ha sido un asunto fácil de medir, si pensamos en la cantidad de conceptos que se han desarrollado para estudiar las mezclas culturales: deculturación, aculturación, transculturación, sincretismo, hibridez, mestizaje o mulataje cultural. No es mi intención en este momento perderme en el laberinto teórico de la precisión de estos conceptos epistemológicos, aunque confieso que me gusta la metáfora gastronómica del ajiaco (sancocho en boricua) que utiliza el cubano Fernando Ortiz para explicar su visión de la transculturación. Con ella describe a las sociedades caribeñas como un caldero en constante ebullición a la que se van integrando nuevos elementos, y los que llevan más tiempo al calor se van descomponiendo en una masa en la que las fuerzas culturales se van trasformando sin desaparecer del todo, pero que, en la lejanía del tiempo, son difíciles de distinguir en sus particularidades.

También me resulta interesante la postura de Serge Gruzinski en El pensamiento mestizo, quien ve al mestizaje desde su dimensión caótica, que “supone que toda realidad entraña, por un lado, una parte irreconocible y, por otro, una dosis de incertidumbre y de aleatoriedad”. Con esto, trata de enfrentar la dificultad de cómo dar cuenta de todos los cambios culturales, tan impredecibles como inexplicables, al interior de una sociedad. Nos parecen aleatorios e inciertos porque no somos capaces de dar cuenta de la cantidad de elementos que inciden en la dinámica del cambio que se da en la mezcla cultural y las manifestaciones que cobran.

Sin embargo, esa aleatoriedad tiene un contexto. El escenario principal de este fenómeno en el Caribe fue la Plantación, la que Antonio Benítez Rojo describe como una “matriz socioeconómica”, y que introdujo la extraña lógica del Capital en las Antillas. Para asegurarse que la mano de obra fuera rentable para la producción de azúcar, los inversionistas de esta industria de la modernidad temprana en la región entendieron como “necesaria” la esclavitud. Por razones históricas que no puedo profundizar aquí ahora, la fuente donde se buscó esta indispensable materia prima fueron las tierras al sur del desierto del Sahara ,poblada por personas de piel oscura. Fue a partir de entonces que el color de la piel se vinculó a la esclavitud. Y tras ese vínculo surgieron los discursos para validar, justificar y convencer de la razón de esas prácticas.

De la relación entre amos y esclavizados derivó un sistema económico, racial y social que se fundamentó en la contradicción de considerar a otros seres humanos como parte del capital invertido en un negocio. Esa humanidad negada en la ecuación productiva fue contradicha en múltiples instancias, como lo fueron las relaciones sexuales, forzadas las más de las veces o consentidas cuando lo hayan sido, y la inevitable procreación de niños mezclados racialmente que fomentaron otro tipo de comunicación que iba en reconocimiento, o aceptación a regañadientes, de la humanidad del otro esclavizado (en una amplísima y muy complicada gama de niveles, vale decir). Sin embargo, sus influencias y secuelas han trascendido el periodo esclavista al dividir tajantemente la población al establecer legal y socialmente la superioridad de unos sobre otros, determinando las acciones y actitudes de éstos y de aquéllos. Esta importantísima diferencia establecida por el color de la piel pasó a ser un valor social, moral y estético que todavía tiene efectos en nuestra sociedad y se reflejan en las formas culturales que se reflejan aun hoy.

Con el desarrollo de una modernidad criolla y el surgimiento de los proyectos nacionales caribeños, los discursos de la mezcla racial fueron un intento incómodo de conciliar este proceso en el desarrollo e imposición de una comunidad nacional. En ésta, la escala de la valoración social, moral y cultural quedó de mejor (“lo blanco”) a peor (“lo negro”); y, en mismo sentido, se estableció, a la fuerza vale decir, Occidente, “lo europeo”, como referente de esa supuesta superioridad cultural y moral, mientras que “lo africano” y su (poco comprendido en nuestro entorno y muy folklorizado) legado cultural como señales de atraso cultural e inmoralidad. Esta conciliación se hizo desde la idea de que el fundamento cultural de las naciones del Caribe hispano es la occidentalidad hispana, en claro menosprecio de las formas culturales indígenas y “africanas”. Recordemos que para Antonio S. Pedreira el legado de las culturas no occidentales, la “taína” y la “africana”, constituían piedras de atraso en el camino para la manifestación de la versión hispano-puertorriqueña de la llamada civilización occidental. Mientras, Arturo Morales Carrión y Eugenio Fernández Méndez, intelectuales afines al proyecto nacional del Estado Libre Asociado, intentaron narrar un pasado idealizado de una sociedad criolla que produjo a los líderes autonomistas de la segunda mitad del Siglo XIX. Fueron criados por nanas negras en medio de una esclavitud supuestamente benévola que integró a los pueblos “africanos” y sus aportaciones culturales al poderoso tronco de la hispanidad puertorriqueña. Este discurso de la “democracia racial” puertorriqueña todavía es dominante en la sociedad puertorriqueña.

Lo constitutivo en Puerto Rico y el resto del Caribe es esta particular interacción humana, violenta y desigual en todos sus aspectos, iniciada al interior del régimen de la plantación, y que Benítez Rojo califica épicamente como un choque de razas y culturas. Llámese mulataje, sincretismo, transculturación o mestizaje, en el enfrentamiento entre Europa y África, ocurrió un inevitable proceso de socialización del que derivaron nuestras sociedades. Entender este proceso fundamental de mezcla racial y cultural en su complejidad es vital para construir una sociedad más justa y equitativa para quienes aquí vivimos.

Reseñas de The Book Geek

Mandamás, de Manolo Núñez Negrón

Mandamás es la historia de Isabelo, alias Nenuco. Narcotraficante poderoso, Nenuco es el delincuente con la lógica con que Maquiavelo describe al príncipe; Nenuco logra imponer su puño de hierro con el aval leal del barrio a través de su participación direta en los asuntos cotidianos que afectan su entorno. Donaciones, fiestas y una presencia carismática excusan la labor ilícita y los riesgos y consecuencias que dicha labor conlleva. Es por esta razón que en el Puerto Rico real, y en Caimito, a un narco se le escapa una pantera de su propiedad sin otra consecuencia que el añadido a su folklore, que no es otra cosa que un relato sobre el poder. En Mandamás, no hay escándalo con que Nenuco sea dueño de un tigre llamado Chester, así como de una poza repleta de caimanes en donde llega a disponer de personas que atentan contra su propiedad y negocio, y lo dejo aquí para no dañar la lectura.

El cúmulo de voces en Mandamás erige la figura de un Nenuco aporético; el narco es a la vez vulnerable y sanguinario, el cálculo frío coexiste con una furia asesina, y lo masculino, que exige una lealtad primal para sí, se regodea con una sexualidad amplia y sin miramientos de ningún tipo. Nenuco disfruta abiertamente su alterne. No hay vergüenza, ni secreto. Pero Mandamás no es sólo la historia de Nenuco. Es también la historia de Papiro – la mano derecha de Nenuco –, del abogado que representa al narco, del veterano Susano Atabal, de Kalmia Latifolia (laurel de montaña), de Viruta y Merengue, ex amigos boxeadores vueltos enemigos que sostienen una última pelea, Tita (esa la dejo para ustedes) y hasta se hace una mención de soslayo a Correa Cotto, Toño Bicicleta, así como al escuadrón de policías corruptos liderados por Alejo Maldonado.

Con Mandamás, Núñez Negrón ha logrado escribir una historia ágil, certera y sin tregua sobre la figura del narco, una historia que trata también sobre los hilos oscuros que urden una trama de traición y venganza.

Esta reseña va a la memoria de Salva, de Humberto Pedraza, de Alex.

La dicha de lo inacabado, de Carlos Vicéns

En la literatura puertorriqueña hay ciertos autores que discurren en silencio, y es porque así lo han escogido. Su labor discurre al amparo del secreto. Carlos Vicéns es uno de ellos.

En La dicha de lo inacabado los poemas son un presente de tiempo y obsequio. Aquí no ocurre otra búsqueda que no sea desde y hacia el poema como una última unidad del lenguaje, y por esa razón, una experimentación con la temporalidad, con la noción de límite. Carlos Vicéns pule el verso hasta llevarlo al punto de quiebre, donde su destello se aprecia mejor. La depuración en los versos hace de los poemas aquí pura orfebrería. El silencio aquí no es otra cosa que la manifestación de la belleza.

La presente edición de La dicha de lo inacabado contiene 10 poemas que no estaban incluidos en la anterior. Altamente recomendado.

Los cinco sentidos, Tomás Blanco

Luis Muñoz Marín, en una carta dirigida a Roberto Sánchez Vilella, argumenta que en el tramo de la Avenida Ponce de León hay más faros de luz que el total que ilumina la Torre Eiffel en París. Esa carta presume el origen de la “Operación Serenidad”, con el que Mu´noz intenta, tardíamente, sofrenar el avance desmedido del bloque industrial comandado por Moscoso, y que en tan corto tiempo trastocase una economía agrícola en pos de la fábrica.

Para Heidegger, la separación del ser respecto de la tierra aniquila su capacidad para meditar sobre el ser, aprisionándolo en la reproducción serial. En cambio la serenidad (o Gelassenheit) consiste en una experiencia en el estado del ser por el cual, sin abandonar del todo la techné, toma distancia respecto de la reproducción serial. De este modo el ser retorna la vista hacia la tierra, y hace un regreso a la pregunta que medita sobre el ser.

Los cinco sentidos de Tomás Blanco es una colección de glosas donde el autor explora una meditación sobre el ser puertorriqueño a través de los sentidos. La guajana, el coquí, la mañana y la musaraña de la noche, el sabor del jugo y de la pulpa, la brisa, todos relativos a los cinco sentidos, procuran erigirse como ultima reductio ante el avance industrial, y por ello no deja de leerse un desespero mal disimulado debajo del tono costumbrista. En Los cinco sentidos puede leerse el lamento en el atisbo último de un Puerto Rico que se aleja cada vez más de la serenidad, y en el que no puede uno evitar la sospecha de si Blanco tuvo el atisbo de un Puerto Rico futuro caduco y carente de promesas.

Esta segunda edición de Los cinco sentidos está basada en la edición del 1962 con las ilustraciones de Irene Delano, e incluye un estudio preliminar de Ricardo Cobián.

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Reseña de Todo el mal necesario de Awilda Cáez (Editorial EDP University, 2022)

Especial para En Rojo

La soledad es una experiencia universal y profunda que afecta al ser humano en diferentes momentos de su vida. A pesar de vivir en una sociedad interconectada y globalizada, muchas personas experimentan una sensación de aislamiento y desconexión emocional. Esta puede manifestarse de diversas formas y tener diferentes causas, pero, en última instancia, refleja una profunda necesidad humana de conexión y pertenencia.

Sin embargo, es importante destacar que la soledad no siempre es negativa. En algunos casos, puede ser una elección consciente para buscar momentos de introspección, autoconocimiento y crecimiento personal. También puede ser un tiempo invaluable para la reflexión, la creatividad y el desarrollo de intereses personales. En este sentido, puede ser vista como una oportunidad para conectar con uno mismo y encontrar un sentido de identidad y propósito.

En la novela de Awilda Cáez, Todo el mal necesario (Editorial EDP University, 2022), la protagonista emprende un viaje de huida al exilio de los puertorriqueños, los Estados Unidos, que supondrá la oportunidad de una “nueva vida”, pero más aún, un período de autodescubrimiento como persona, mujer, latina y puertorriqueña, a partir de la soledad que implica vivir dentro de las “entrañas del monstruo”. La trama, bastante sencilla, deslumbra por estar bien contada.

Cáez escribe un texto que fluye y se lee sin muchas artimañas literarias que compliquen su comprensión, quizás porque su propósito sea simplemente hablar de la vida de una mujer que reflexiona y evoluciona, a lo largo del texto, acerca de las pocas venturas y las muchas desgracias de la existencia. El sentimiento de soledad es exponencial en las grandes urbes norteamericanas y son el escenario perfecto para que, de la mano de la narradora, compartamos la reflexión de quiénes somos y a qué aspiramos como individuos. La lectura de esta novela a eso nos invita.

El autor es profesor en la Universidad de Puerto Rico en Carolina

Para celebrar el mes de orgullo bajo la luz de la luna: Moonlight

Especial para En Rojo

He eats little boys, puppy dog tails, and big, fat snails! Take care! Beware!

El Científico, Glen or Glenda

Un elemento que se repite en el cine sobre temas LGBTQ es el viaje. Dejándonos llevar por la estructura de las historias que Joseph Campbell elabora en El héroe de las mil caras, el viaje del héroe es uno que se repite a través de la historia del cine. Desde la travesía de Luke Skywalker en la trilogía de Star Wars hasta la lucha de Frodo por destruir el anillo del poder en The Lord of the Rings, el héroe pasa de su normalidad al desafío de una nueva experiencia. Este cambio lo marcará, y así el héroe regresará a su mundo inicial con un nuevo elemento que inevitablemente impactará su normalidad.

Distingo el juego con la estructura de Campbell en las road movies que retratan ciertas experiencias de la comunidad LGBTQ, como My Own Private Idaho (dir. Gus Van Sant, EEUU, 1991), donde Mikey (River Phoenix) busca a su madre a través de las calles de Portland; y The Adventures of Priscilla, Queen of the Desert (dir. Stephan Elliott, Australia, 1994), donde Tick (Hugo Weaving), un talentoso travesti, parte en un viaje emocionante a través del Outback australiano para encontrarse con su hijo.

A través del viaje, nunca cesa de escucharse la voz del Científico (Bela Lugosi) en la interesante Glen or Glenda (dir. Ed Wood Jr., EEUU, 1953) advirtiendo que Él come niños y colas de perro. La ambigüedad de ese Él nunca se esclarece en la película. Puede representar tanto a una sociedad que engulle todo desafío a la heteronormatividad como también a la bestialización de todo aquel que reta la norma.

En la maravillosa Moonlight (dir. Barry Jenkins, EEUU, 2016), el protagonista pasa por tres etapas en su viaje, que dividen la película en capítulos. En la primera, Little (Alex R. Hibbert) es un preadolescente que huye de sus bullies y de una madre negligente y adicta. Little encuentra apoyo en un gentil vendedor de drogas cubano, Juan (Mahershala Ali), que, junto a su compañera, Teresa (Janelle Monáe), le ofrece un albergue necesario al niño. En la segunda etapa, Little es un adolescente que todos conocen como Chiron (Ashton Sanders). Aunque Juan ya no aparece, posiblemente porque ha sido asesinado o encarcelado, Chiron continúa refugiándose en la casa de Paula. Sus bullies también han crecido, pero Chiron encuentra apoyo en su amigo, Kevin (Jharrel Jerome). Sin embargo, este episodio termina con una dolorosa traición y el momento en el que Chiron arremete contra su detestable bully, Terrel (Patrick Decile). Durante el tercer y último capítulo, Little/Chiron lleva el nombre de Black (Trevante Rhodes). El flaquito Chiron que huía del abuso a su alrededor es ahora un musculoso vendedor de drogas con el cual nadie se mete.

Un elemento esencial que marca el viaje de Little/Chiron/Black es su identidad sexual. En su etapa preadolescente, Little es identificado como diferente por los niños a su alrededor. Ellos perciben en él una aparente actitud femenina. Little no entiende el porqué del prejuicio de los demás, y un día le pregunta a Juan por el significado de la palabra fa- (epíteto usado en inglés en contra de hombres de la comunidad). Juan, un hombre heterosexual que se desenvuelve en el mundo callejero y cruel de las drogas, le responde que Little no es esa palabra, aunque fuera homosexual, porque es un insulto. A falta de madre, Juan sabiamente asume la posición de guía para Little.

La relación paternofilial entre Juan y Little se solidifica en el mar. Una de las escenas más poderosas de la película se da en la playa, con Juan y Little. Mientras Juan se quita la camisa, Little juega rodeado de palmas, arena y el sonido de las olas del mar. Juan invita a Little al agua. Al principio, la cámara, algo sumergida en el mar, sigue a Little de cerca. Este se mueve torpemente tratando de asomar su cabeza por encima de las olas. Pero Juan toma a Little en sus brazos y lo acuesta bocarriba sobre el agua. Mientras su mano derecha mantiene la cabeza de Little a flote, Juan le dice al niño que él está en el medio del mundo. Juan le da la seguridad que Little necesita en su momento más vulnerable, ya que el niño no sabe nadar. El contacto de Juan le afirma a Little que no se ahogará. Independientemente de cuán bravía esté la corriente, Juan le recuerda: “I got you” (“Te tengo”).

Mientras descansan en la arena, Juan le cuenta a Little que, cuando era pequeño, una vecina le dijo que los niños negros eran azules bajo la luz de la luna. Por eso, Juan era azul. Cuando Little le pregunta si se llamaba Azul, Juan le explica que no, porque llega el momento en el que uno tiene que decidir quién uno es. Este instante revela el tema de la película, las complejidades de la masculinidad negra.

Asociamos el mar con lo húmedo. En nuestro lado del Caribe, Yemayá es ese mar azul que vela por los navegantes. Independientemente del artículo masculino, el mar es un ente femenino. Es allí, flotando en ese espacio de una historia milenaria, que sirve de tumba a generaciones de esclavos que murieron en los barcos europeos, donde, según la leyenda, Juan, un niño negro cubano en una barca junto a unos pescadores, vio a la Virgen de la Caridad del Cobre.

Yemayá, la madre marítima, y Juan, el padre terrenal, acogen a Little y le enseñan que solo él decidirá su verdadera identidad. Juan representa una masculinidad vulnerable y contrarresta la idea convencional de la homofobia que predomina en las comunidades marginadas. No es que en las comunidades negras y latinas no exista el rechazo a sexualidades que desafían la heteronormatividad, sino que hay espacios inclusivos como este, en donde Little tiene la libertad de decidir quién es.

Entendemos por qué Chiron esconde su sexualidad. Su vida está plagada por la violencia de Terrel. Sin embargo, su deseo se asoma una noche en la playa después de fumar marihuana con su amigo, Kevin. La escena en el que Little se sentó junto a Juan en la playa se repite. Pero, esta vez, Chiron está sentado a la luz de la luna junto a Kevin. Protegidos por la oscuridad y sumidos en el arrullo de las olas, Kevin y Chiron se besan. El semen que concluye su encuentro y que Kevin tiene en su mano se mezcla con la arena de la playa. La tierna pérdida de la virginidad de Chiron ocurre bajo la amorosa mirada de Yemayá en el lugar donde Juan lo enseñó a flotar en el mar. Sin embargo, la felicidad de Chiron es corta. Su viaje lo lleva al momento más duro, la traición de Kevin.

Ya en su adultez, Black recibe una llamada telefónica de Kevin. Este trabaja en un diner en Georgia. Aunque Black ya no vive en el área, el protagonista regresa a su lugar de nacimiento, donde experimentó el doloroso rechazo de su madre, el tierno encuentro de un padre que lo llevó al mar, la aterradora persecución de sus bullies y la aceptación de su amigo, Kevin. Aunque esta amistad terminó en traición, ese momento amoroso siempre se mantuve como una luz divina en la oscuridad de su experiencia. Su viaje final lo lleva al encuentro con Kevin después de muchos años. Ambos se reconocen y, otra vez, con el lejano arrullo de las olas del mar y en completa oscuridad, Black recuesta su cabeza en el pecho de Kevin.

El viaje de Little/Chiron/Black termina en ese amor que nunca murió y que sobrevive el dolor. La belleza de la imagen final demuestra que el reencuentro de Black y Kevin es dulce precisamente porque siempre los protegerá de los depredadores que canibalizan la inocencia de un niño. La protección que siente Little junto a Juan se torna al final en la plenitud que encuentra Black en el pecho de Kevin.