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Plan de Ajuste de Deuda de la AEE En jaque el desarrollo económico de Puerto Rico

La Junta de Control Fiscal (JCF) dio a conocer el pasado 1ero de diciembre que había llegado a un acuerdo de respaldo al Plan de Ajuste Fiscal de la Autoridad de Energía Eléctrica (PAD-AEE) con los tenedores de cerca de $700 millones en préstamos para la compra de combustible por parte de la corporación pública. Según el ente fiscal, el acuerdo redujo el reclamo de los prestamistas en un 16% a condición de que la AEE haga una emisión de nuevos bonos cuando entre en efecto el PAD. Poder cumplir con este acuerdo conllevará un cargo fijo adicional en la factura eléctrica de todos los abonados de la AEE.

Este es solo un anticipo del impacto que tendrá el llamado PDA sobre el bolsillo de los consumidores de energía, domésticos y no domésticos. Será otro capítulo más de la pesadilla que les ha representado a estos hasta ahora la deuda de la AEE. “Nos iremos enterando de las malas noticias poco a poco, una detrás de la otra”. Así lo anticipó a CLARIDAD el licenciado Rolando Emmanuelli Jiménez,  abogado y experto en el tortuoso proceso de quiebra de la corporación pública.

El acuerdo pactado por la Junta con los prestamistas del combustible se anunció el mismo día que vencía el plazo que le había dado la jueza Laura Taylor Swain a la JCF para que entregara el PAD-AEE al Tribunal de Quiebras de la Ley PROMESA. Dicho plazo les fue extendido por la magistrada hasta el 8 de diciembre para dar tiempo a la JCF a continuar con el proceso de mediación con los bonistas de la deuda de $12, 000 millones de la AEE. Al cierre de esta edición, faltan apenas dos días para que venza el plazo adicional concedido por  la Jueza a la JCF.

Para Emmanuelli Jiménez, la decisión de la jueza responde a su interés de no tener que entrar en cada una de las deposiciones de las partes en controversia, y propiciar que la Junta llegue a un acuerdo.  Si la JCF llegase a un acuerdo con todos los bonistas,  la jueza no tendría que resolver ciertas controversias una a una, como por ejemplo el caso sobre la garantía de los bonos. Esta es una controversia muy importante porque determinaría si los bonistas recibirían muy poco o cero por su acreencia. Según Emmanuelli, la jueza le va a dar el mayor número de oportunidades posibles a la JCF para que llegue a acuerdos y pueda presentar un PDA, junto al itinerario de deposiciones sobre el mismo, pautadas ya por el Tribunal para el verano del 2023.

El licenciado Emmanuelli anticipa  que habrá dos cargos fijos adicionales en  la tarifa eléctrica, uno, el ya mencionado para pagar la deuda de combustible y otro para pagar el resto de la deuda. Esto, por la pretensión de la JCF de que se pague la deuda de la AEE a como dé lugar. “La Junta lo llama un cargo híbrido. Esto significa que, además del aumento fijo para pagar a los prestamistas del combustible, habrá otro aumento que dependerá del consumo individual de cada abonado. Como quiera, tendrá un impacto negativo en los consumidores de energía, sobre todo en las facturas de las personas de menor ingreso”, señaló el abogado.  Hasta ahora, se desconoce a cuánto ascenderá el llamado cargo fijo. Se sabrá cuando se presente el PAD y se discuta  ante la jueza, lo que se espera ocurra en junio del 2023.

Hace unos meses se  reveló que la JCF había presentado una oferta a los bonistas (el 6 de septiembre) de imponer un cargo entre 23 a 26 dólares mensuales a los abonados de la AEE para el pago de la deuda. Se presume que esa propuesta no se ha retirado. Para Emmanuelli, el problema es que, si siguen imponiéndose cargos y aumentos, la factura eléctrica va a ser impagable. Señaló que, según estudios realizados por el economista José Alameda, una tarifa por encima de 16 centavos por kvh tendría el efecto de impedir el crecimiento económico de Puerto Rico.

El entrevistado afirmó que es muy probable que  la JCF presente un PAD el próximo 8 de  diciembre.   “Será otra historia si el mismo va a ser confirmado o no. La pesadilla sigue y cada vez más nos iremos enterando de las malas noticias, como por ejemplo, los acuerdos demasiado generosos para los bonistas como el descuento de 16 % que ha trascendido para los prestamistas del combustible, Eso sería pagarle 84 centavos de cada dólar prestado a la AEE. Con precedentes así, será muy difícil llegar a acuerdos con todos los bonistas. Ninguno va a aceptar que se les pague  menos a unos que a otros. Tratar a unos y otros de forma diferente solo les daría nuevos argumentos a los acreedores y tendría que ser justificado muy bien ante la jueza”, explicó.

Emmanuelli Jiménez dijo que otra cosa sería si la JCF  decide no negociar más con los bonistas y ver el caso de la quiebra de la AEE en su fondo en el Tribunal.  Si  lo gana puede hacer un recorte más profundo, y lograr que la AEE sea viable.  “Si por el contrario, sigue en la misma ruta con los otros acreedores de darles  lo que pidan, no vamos a ningún lado. Este es el PAD más  importante porque es el que determina si  habrá o no posibilidad de crecimiento económico para Puerto Rico. Sin un sistema eléctrico funcional no hay crecimiento económico posible. Por eso, este PAD  tiene que ser un acuerdo justo, un buen negocio para el país”.

The Fabelmans: el cine como fábula

Nuevamente a dos manos/miradas, Juan Ramón Recondo y yo nos adentramos al mundo fascinante de tejer historias, en este caso del reconocido director Steven Spielberg.

Por María Cristina

(Director Steven Spielberg; guionistas Steven Spielberg y Tony Kushner; cinematógrafo Janusz Kaminski; elenco Gabriel LaBelle, Michelle Williams, Paul Dano, Seth Rogen, Judd Hirsh, Julia Butters, Keeley Karsten, Sophis Kopera, Jeannie Berlin, Robin Bartlett, David Lynch en un cameo como John Ford)

Puede que a lxs que prefieren ver el resultado final de una producción fílmica, o los “highlights” del “making of” o las escenas no incluidas o preferidas por el director, no les fascine este retrato de la niñez y adolescencia de Sam Fabelman, alguien muy parecido a Steven Spielberg. Para mi, es un recuento de cómo lxs cinéfilos llegamos a descubrir y amar este séptimo arte que, a pesar de la TV, el cable, la pandemia y el streaming, sigue produciendo historias fascinantes que nos transportan a otras épocas, mundos cercanos e imaginados y nos recuerdan que los debates públicos son necesarios para el pensamiento crítico. Steven Spielberg ha escrito y filmado sus recuerdos de cómo se formó como cineasta, cómo el cine impactó su vida para que todos los caminos condujeran a hacer ese cine que vio como niño y que se enamoró como adolescente. Es su cine, su estilo, su selección de recuerdos.

Por supuesto, la primera escena es la impresión que un filme en particular tiene en un niño de apenas siete años que entra a una enorme sala de cine con una pantalla gigantesca, junto a sus padres y montones de gente desconocida y ve The Greatest Show on Earth (1952) con su secuencia del choque de vagones del tren y la destrucción de automóviles y casas de madera. Descubrir cómo vencer el miedo de la amenaza que representa una imagen gigantesca, cómo controlar esa imagen fascinante para poderla reconstruir en la imaginación y luego con el mecanismo de la cámara es lo que dirige a este niño a pensarse como cineasta o creador de imágenes a tan temprana edad. Desde aquí, el filme nos conduce por la experiencia, el misterio y la sorpresa de ver el mundo y retenerlo en su memoria. Puede que no entienda la complejidad de una producción cinematográfica, pero la curiosidad y fascinación ya están sembrados en lo que ya considera su pasión: hacer cine, captar imágenes, retransmitir ideas en una pantalla donde el público se sienta parte de la historia que cuenta y reaccione con sorpresa, carcajadas, tristeza y afecto.

Spielberg recrea minuciosamente las tres etapas de la historia en las décadas de 1950 y 1960—como niño de siete hasta casi adulto de 18—detallando cuidadosamente las viviendas de clase media, los autos de la familia y especialmente el uso, cambios y avances de las cámaras de cine. Desde la primera escena se presenta la importancia de una familia de varias generaciones intercambiando historias y sus costumbres religiosas. Quizá Sammy (Mateo Zoryon como niño y Gabriel LaBelle como adolescente) no entienda el significado de las celebraciones de su familia, pero se deleita en la atención y compañía y, posiblemente por eso, se da cuenta muy tarde que las diferencias de personalidad de su madre Mitzi (Michelle Williams) y su padre Burt (Paul Dano) pueden traer choques muy serios que anuncian rupturas futuras. Solo a través del lente, ya Sammy adolescente, percibe lo alejados que están Mitzi y Burt, y la importancia de la presencia del tío Bennie (Seth Rogen), el que no permite que su madre se deprima.

En el mundo de supuesta fantasía que Sammy crea en sus películas de 8mm y Super 8, sus tres hermanas son actoras y público receptor y Spielberg capta la alegría y molestia de verse retratado por este hermano obsesionado con una cámara que es ajena a ellas. Como adolescente, esas hermanas todavía son parte del “crew”, pero ya ellas tienen otros intereses de su edad y los compañeros de la tropa de Niños Escuchas se convierte en su nuevo equipo. Sammy perderá este apoyo cuando la familia tiene que mudarse de Phoenix, Arizona al norte de California para que Burt pueda avanzar su carrera. Ya no hay compañerismo porque es el chico nuevo en la escuela y su status de judío, sin habilidad deportiva y “nerdy” lo compartimentan como un estorbo. Saldrá a flote porque una chica atractiva se fijará en él y porque logra venderse como documentalista de la clase graduanda.

Mientras la estabilidad está encarnada por su padre, Burt, paciente con cada miembro de su familia, responsable, proveedor y fiel creyente de cada aspecto de lo que era el modelo familiar en la década de 1950—pensar en la 2nda historia de The Hours (Stephen Daldry, 2002)—Mitzi provee la libertad de toda expresión: artística, verbal, corporal. Es su manera de sobrevivir el encerramiento de precisamente esa “familia ideal” donde no hay cabida para sus aspiraciones. Pudo haber sido una gran pianista, pero como indica su tío Boris (Judd Hirsch), era incompatible con estar casada y ser madre de cuatro hijxs. Sammy logra captar con su cámara a la mujer libre que se reconoce y actúa para ir en busca de su felicidad.

Lo que Sammy, Steven S y The Fabelmans demuestran es que una obsesión de hacer cine como ésta, es la base para definirse, aunque solo cuente con siete años, los que te rodean insistan que es solo un hobby y siga imaginando un mundo a través de un lente. Por eso en los breves segundos que vemos de sus filmaciones—a veces sencillos y otros complicados—imaginamos lo que luego se convertirá en escenas memorables de Indiana Jones, E.T., Saving Private Ryan, A.I. Artificial Intelligence, entre muchos otros.

 

Por Juan R. Recondo

No soporto cuando una película marca el momento exacto en el que un personaje logra un golpe de inspiración que define su futuro. Esos golpes de ingenio son una tontería romántica e idealizada que reducen el largo proceso creativo a unos segundos. Habiendo dicho eso, irónicamente recuerdo el momento exacto en el que por primera vez visualicé el cine de otra manera. Me molesta aceptarlo, pero al final del verano de 1987 cuando a mis quince años vi The Witches of Eastwick (dir. George Miller, EEUU, 1987), el cine dejó de ser únicamente un entretenimiento para escapar de mi realidad. Por más que adoro la serie de Mad Max de Miller, The Witches of Eastwick no es la película que escogería conscientemente como una coyuntura decisiva. La historia trata sobre tres mujeres (Cher, Michelle Pfeiffer y Susan Sarandon) que, en su búsqueda del hombre perfecto, convocan al diablo (Jack Nicholson) por error. La película tiene sus golpes visuales, como cuando las tres amigas bailan con su amante diabólico al ritmo de “Nessum Dorma,” un aria poderosa de la ópera Turandot. Pero su acto final es una tontería de acción que le resta a la historia. La conclusión pudo haber elevado la película a un comentario feminista interesante que contrarrestara el cómico monólogo misógino que el diablo vomita en una iglesia. Lo que pudo ser una batalla de ingenios entre las brujas y el diablo, se torna en una persecución pedestre. Esa es mi apreciación en este momento de mi vida. Pero a mis quince, la combinación de la música, la cinematografía de Vilmos Zsigmond y las actuaciones sólidas de las cuatro estrellas me abrieron los ojos ante las maravillas del medio. Aunque ya había visto bastante cine, The Witches of Eastwick fue la experiencia mística en la que sentí una unión total con el universo y desperté ante la pasión artística.

En The Fabelmans, una película autobiográfica dirigida por Steven Spielberg, ese momento ocurre cuando a sus seis años Sammy Fabelman (Mateo Zoryan) ve la escena en la que chocan los trenes en la mediocre The Greatest Show on Earth (dir. Cecil B. DeMille, EEUU, 1952). Tanto los ojos del niño como los de Spielberg observan fascinados el accidente. Para aquietar sus emociones, Sammy necesita ejercer control sobre la impactante secuencia. Su padre (Paul Dano), un amable ingeniero de tecnología, no sabe cómo calmar a su hijo. Sin embargo, su madre (Michelle Williams), una apasionada pianista que sacrifica el arte por su familia, entiende la inquietud de Sammy. Esta dualidad de un padre que vive por sus máquinas y una madre que sufre por la lejanía a su música, resaltan el conflicto personal que atormentará a Sammy a través de su adolescencia y adultez temprana (Gabriel LaBelle). Los personajes coloridos que pueblan la vida de Sammy entienden el valor de su visión y cada uno lo impulsa hacia su conclusión. Fue su tío abuelo (actuado deliciosamente por Judd Hirsch), que trabajó en el circo y en el cine, quien le enseñó la diferencia entre la valentía que conlleva meter la cabeza en las fauces de un león y el arte con el que el domador mantiene al animal con su boca abierta. Fue el mejor amigo de su padre (Seth Rogen) quien le compró el último modelo de una cámara en una etapa en la que Sammy quería renunciar al cine. Fue su novia (Chloe East, que hace del personaje una representación más valiosa que una hueca “manic pixie dream girl”) la que inspiró a Sammy a retomar sus sueños. Spielberg celebra a cada una de esas personas que lo llevaron hacia el último encuentro con uno de los maestros del cine. Faltó muy poco para que la breve participación de esa última figura me hiciera gritar de la emoción.

Aunque me había cansado del toque de Spielberg en películas como The BFG (2016), The Post (2017) y Ready Player One (2018), me impresionó mucho su tratamiento de un musical tan políticamente problemático como West Side Story (2021). Vuelvo a ver al Spielberg que tanto me disfruté en The Fabelmans. En esta vuelvo a sentir la vida de un personaje que lucha por su espíritu de aventura, como en Raiders of the Lost Ark (1981); donde un joven torna cada contratiempo en una oportunidad para continuar hacia adelante, como en Empire of the Sun (1987); y donde una familia de clase media enfrenta el dolor de la separación, como en E.T. the Extraterrestrial (1982). Son precisamente estos lugares comunes los que Spielberg revisita en su más reciente obra. Así como David Lynch usa las técnicas del melodrama de la década de los 50 para crear lo surreal en clásicos como Blue Velvet (1986) y Mulholland Drive (2001), Spielberg hace referencias directas a su obra para reconstruir una niñez que nunca podrá desligar del cine. No puedo cerrar esta reseña sin mencionar la gloriosa edición de sonido en The Fabelmans, que constantemente iguala lo musical del mecanismo de una cámara a la lluvia o al encendido de un buen habano. Ese cigarro es el principio de mi secuencia favorita de la película. No se la pierdan.

 

Altamira desde el cielo

Por Elena Pagán Montano

La nave se estrelló en uno de los planetas aún no estudiados. No tenía ninguna preparación ni apuntes de su funcionamiento. El choque no solo dejó el transporte sin posibilidad de reparación, sino que en el proceso había colapsado el suelo y me había dejado en una formación subterránea, probablemente una caverna.

En la oscuridad era casi imposible buscar una salida. Tropecé tantas veces que terminé con las rodillas púrpura. Caminé hasta que vi las estrellas y un poco después divisé las luces de un poblado. Aprovechando la claridad amarillenta de las luces, leí el nombre: Altamira. Observé las vitrinas que adornaban el camino.

El lugar del que vengo es muy parecido a este. Por supuesto, algunas cosas son diferentes y no siempre las entiendo. Un letrero frente a una biblioteca decía “Conferencia llega hoy. Abre a las 8 am.” . Mientras miraba el afiche caí en cuenta de que ya los habitantes se estarían levantando porque su estrella más cercana, el Sol, estaba apareciendo en el horizonte. Me dispuse a esperar a que abriera la biblioteca. Así tal vez pueda tener un conocimiento más claro de dónde me encuentro.

Entre los compendios de este sector conocido como Altamira, se destacó la expresión artística de las pinturas rupestres. Se hacían en las cuevas en colores grises y rojos, generalmente en carbón vegetal, cinabrio y magnetita. Una de las más conocidas era el bisonte agazapado en las cuevas, no demasiado lejos de la biblioteca, relativamente hablando. Justo donde ocurrió el accidente.

¿He arruinado un patrimonio humano? Posiblemente. ¿Hay algo que pueda hacer? Aparte de aprender a sentirme muy muy culpable, absolutamente nada. Aprender.

*Pagán Montano es estudiante de Historia del arte en la UPRRP. 

Vivir en duelo

Por Cindy Jiménez-Vera

Ya había caído la noche, y nos acercábamos a la entrada del vestíbulo del condominio de clase obrera donde mi esposo y yo vivimos. Veníamos de regreso del Centro audiológico de Puerto Rico, y yo llevaba puestos los auxiliares auditivos o audífonos por primera vez. Estrenaba lo que desde aquel momento se convirtió en espacios de sonido robótico. Antes de empezar a usar los auxiliares auditivos, y ahora cuando no los llevo puestos, convivo con mi sonido de siempre, ese entrecortado, bajito, con zumbidos, que me permite oír mililitro cuando dicen Miguelito, por ejemplo. Así que mi audición vive entre esas dos intersecciones. Debo aclarar que la pérdida de audición y la sordera han estado presentes en mi familia paterna por varias generaciones. Mi padre, mi abuela, mi bisabuelo y uno de mis hermanos son sordos y usuarios de auxiliares auditivos. Todos nacimos con audición, y hemos experimentado su pérdida paulatinamente desde muy jóvenes. Esa pérdida evitó que mi padre fuera a la guerra de Corea.

Estos aparatos ayudan a realizar gestiones diarias, que a veces damos por sentado, así como a poder llevar una vida laboral sin mayores contratiempos. Sin embargo, los planes médicos en Puerto Rico se hacen de la vista larga a la hora de proveer cobertura para auxiliares auditivos. Yo tardé algo más de una década en ahorrar para poder adquirir mis audífonos, y aún así tuve que endeudarme para completar la transacción. El sonido robótico que proveen propone el arte de escuchar desde una perspectiva sintética, que me brinda una identidad de ciborg. Evidentemente, no puedo ocultar mi pasión lectora de la ciencia ficción de Úrsula K. Le Guin, Octavia Butler, Mary Shelley, entre otres, cuando pienso en mi cuerpo disidente. Demás está decir que me enamoré de esa manera otra de oír. Antes de asumir mi identidad ciborg, y mucho antes de mudarme de mi pueblo original al área metropolitana, aprendí a quedarme dormida con el sonido del coquí. Desde niña ese es mi sonido en el mundo. Aún a mis cuarenta y cuatro años me sigue emocionando que un animalito tan pequeño sea capaz de cantar de manera tan única en el universo, y que todas las noches haya funciones del tipo todo vendido de sus conciertos. El asunto es que mi exilio del campo a la ciudad me quitó el canto del coquí. Terminé mudándome a un quinto piso de un condominio en el área metropolitana de Puerto Rico en el que no me llegaba nunca ese sonido.

Entre otros ajustes y choques culturales que tuve que afrontar como mujer rural en un entorno tan violento como es la ciudad, se encontraba mi manejo de la higiene del sueño. El sonido del coquí formaba parte fundamental de ese proceso. Es posible que se estén imaginando que usaba aire acondicionado con las ventanas cerradas o algo así, pero, uso abanico. No hay justificación posible. Y así pasaron los años. Aprendí a vivir con un sueño más ligero, debido a mi estado constante de alerta, y a reconciliarme con esa ausencia.

La muerte de mi madre fue mi otra gran pérdida. Llegó cuando aún no conocía el dolor más agudo, y creía que el duelo era un proceso pasajero de unos pasos en un manual y que con el tiempo se superaría. El problema con esa propuesta es que se presenta el duelo como un desafío a superar, y no como un lugar. O más bien como un no lugar. Todos hemos creído en cuentos de hadas alguna vez. Y, si bien es cierto que no existen los personajes imaginarios, de repente se abre una ranura invisible tan pequeña que si se está distraído no se nota. Por ese intersticio se van colando la esperanza y el amor, y se entrometen en todas partes. A veces se disfrazan de lágrimas, otras de risa. Unas cuantas veces se disfrazaron de amigos, familiares y animales. Esas veces, aunque pocas, se agradecen infinitamente. La mayoría de la gente le dice duelo a eso, e insta a salir de él. Dicen que es un lugar para visitar, pero no para quedarse. Lo dicen como si le temieran. En una de esas visitas, me metí por la ranura y lo fui a besar. Al duelo. Y me quedé a vivir.

Siento, que debo proveer algunos antecedentes a mi mudanza a este no lugar. Así que aclaro que una visita a la tumba del Monseñor Romero en San Salvador me abriría la posibilidad de reconocer esta vida otra. La posibilidad a la apertura a vivir en duelo. En aquella época estaban en proceso de canonizarle, y tenían un cuaderno de visitas dentro del mausoleo, y se nos aconsejaba a escribir lo que significaba el Monseñor para nosotros, quienes visitábamos su tumba desde todas partes del mundo. Yo quería escribir versos, o mi agradecimiento profundo a su vida y su ministerio liberador contra la opresión. Quería escribirle una carta para contarle que su lucha continúa en todo el mundo. Y que vive en mi corazón. Pero, cuando me paro frente al gran cuaderno y tomo el bolígrafo en la mano, comienzo a temblar en duelo, en amor, en esperanza, y apenas pude escribir el Monseñor es mi pastor, mi nombre, mi pueblo, San Sebastián del Pepino y mi país de origen. Cinco años después el Monseñor es canonizado. Evidentemente, sigue siendo mi pastor, así como el de muchos, quienes tal vez pudieron ser más elocuentes que yo. Sé que él sabrá perdonar mi temor y temblor, así como mi ateísmo. Haber reconocido la belleza de su ausencia y presencia a la misma vez, ese no estar o estar en un no lugar como es el corazón, supo allanar el camino a donde me encuentro.

Vivir en duelo no es algo a temer. No les crean a esos libros de autoayuda que aseguran que el olvido y la resignación nos harán más fuertes. Me da tristeza por quienes rechazan los regalos que ofrece este no lugar, porque no conocerán el amor verdadero y la esperanza infinita. Desde que vivo en duelo he podido caminar sobre las hojas secas, marrones y anaranjadas de los árboles cuando pasaba frente a la placa conmemorativa de Ramón Emeterio Betances en la rue de Châteaudun en París, y sentir el sonido crujiente de mis pisadas sobre ese montón de hojas muertas que me conectan con la vida, gracias a los auxiliares auditivos. También le di las gracias por tanto a Betances, de quien me conmovieron, entre muchos de sus textos, y su vida misma, sus cartas a Eugenio María de Hostos, en especial aquella en la que se reconoce viejo y cercano a la muerte, y no desea dejar a su esposa Simplicia “…sin un pedazo de pan”.

Entiendo perfectamente la preocupación del Antillano. Quienes hemos amado, sabemos que nuestros muertos nos siguen cuidando. No tienen que creer estas palabras. Mejor, vayan a preguntarle a la mata de guineo, a la de gandules, a los ajíes, el recao, a los limones del patio de la que era la casa de mi madre. Ella todo lo sembraba siguiendo las fases de la luna y así todo se le daba. Aún después de su muerte nos seguía alimentando. Ahora alimenta a una nueva familia. Así es vivir en duelo. Es reconocer la abundancia de la memoria. Seguir amando la no existencia. No me avergüenza vivir en duelo. Es amor. Es una oportunidad. Es también esperanza atrevida. Es una forma desafiante -si bien terriblemente dolorosa – de libertad. Es un aliento tibio que nos recuerda que vivimos y seguimos amando. Nos prepara para notar el duelo en todas sus manifestaciones. Es hasta internacionalista. Sus saberes nos hacen estar presentes y nos alertan a la pérdida de artefactos culturales como la piedra de Rosetta en Egipto, entre otros monumentos y piezas de gran valor cultural que le pertenecen a este país grandioso, a manos de colonizadores ingleses, quienes hoy la ostentan en su museo británico. Lloré en El Cairo el verano pasado por tantas pérdidas. La nariz ausente de la esfinge en Guiza, por ejemplo. Amé estructuras y artefactos en Alejandría que sólo conocía de oídas, como el faro, cuyas ruinas sostienen un fortín que también hoy es ruina. Adoré cada libro de la biblioteca de Constantino Cavafis en su casa museo, que viven exhibidos pero encerrados tras los cristales de un librero y me dolió la imposibilidad de yo también leerlos.

Vivir en duelo es vivir en amor, y comunión con todo y con todos. Es alejarse de la violencia de todo y de todos. Mi práctica poética y mis textos publicados los he dedicado precisamente a la pérdida en todas sus manifestaciones. Hace algunos años, cuando me entrevistaban por la publicación de alguno de mis libros o dentro del marco de mi participación en algún festival local o internacional, alguien me preguntó por los temas de mi poesía. Me preguntó concretamente de qué trata mi poesía. Llevo como diez libros publicados y algunas piezas sueltas en revistas, antologías, textos escolares y académicos, y en cada uno he estado escribiendo el fragmento de un gran poema de amor. Hoy día me conformo con la posibilidad de haber logrado un solo verso. Uno que potencie que algún lector desee mudarse también a este lugar que comparto hoy. Que no es nuevo, lo celebramos en la Fète Gede de Haití, en el día de muertos de México, en las sesiones de chistes durante los funerales de pueblo, y en cada paso que damos en cualquier parte del mundo, estando presentes y reconociendo nuestras pérdidas. Ya lo escribió Roberto Cantoral y lo inmortalizó la voz de José José en una canción que forma parte de la educación sentimental latinoamericana, El triste “… pensando en tu amor he podido ayudarme a vivir.” La vida es ese gran lugar común.

Y como de vivir se trata, mientras camino en dirección a la puerta del vestíbulo del condominio donde vivimos mi compañero y una servidora, escucho de manera estridente y robótica el canto de los coquíes. Tenían un concierto todo vendido con invitados coquíes la noche en la que llevaba puestos mis auxiliares auditivos por primera vez. Mi emoción era enorme. Así como en San Salvador con el Monseñor. Y como cuando leí la carta sobre Simplicia en la colección de la sala Eugenio María de Hostos en la Biblioteca Nacional de Puerto Rico en Puerta de Tierra. Doy media vuelta emocionada de alegría y asombro porque al fin llegaron los coquíes al condominio. Mi esposo, que nunca tuvo el corazón de decirme que los coquíes siempre habían cantado aún en esta ciudad, me devuelve la mirada con una sonrisa preciosa y mojada de lágrimas.

Crucigrama

Ramón Aboy Miranda

Horizontales

  1. _____ (Moncho) Gabriel Aboy Miranda; fotógrafo puertorriqueño. Sobresalió como uno de los primeros maestros de fotoperiodismo, en la defensa de la cultura y la independencia de su Patria.
  2. _____ Piedras; Aboy nació allí.
  3. Precio del alquiler de un medio de transporte.
  4. Taberna.
  5. Premio _____ 1998; premio otorgado en Cuba en reconocimiento al trabajo cultural de la Casa Aboy que inició Ramón Aboy.
  6. Soasa.
  7. Obra dramática musical, pl.
  8. 2 de _____ de 1976; fecha en que Aboy inició en la Casa Aboy la Galería Fotográfica PL 900, primera en Puerto Rico y el Caribe.
  9. Cuidadora y educadora de niños.
  10. Nombre de la letra n.
  11. 16 de _____ de 1948; nacimiento de Aboy.
  12. Antes de Cristo.
  13. Otorga.
  14. Persona que practica la magia.
  15. Padre de Matusalén.
  16. Cólera.
  17. Tranquilizará.
  18. _____ Tapia; cantautor puertorriqueño.
  19. Extraño.
  20. Del verbo alear.
  21. Ramón _____ Aboy Miranda; obtuvo un bachillerato en Bellas Artes con concentración en Fotografía Artística del Maryland Institute College of Art, Baltimore.
  22. Así sea.
  23. Mujer, señora.
  24. Comité Pro _____ de la Cultura Puertorriqueña; Aboy fue miembro destacado de la directiva de esta organización combativa.
  25. Cantor popular que, acompañándose con una guitarra y generalmente en contrapunto con otro, improvisa sobre temas variados.
  26. Parte del ave, pl.
  27. Escuela de _____ Plásticas del Instituto de Cultura Puertorriqueña; Aboy fue maestro de fotografía en esa institución.
  28. Sujeté con lazo.

Verticales

  1. Ramón _____ Miranda; fundó la Galería Fotográfica PL 200. Su primera exposición fotográfica fue «El artesano y su ambiente» junto a Héctor Méndez Caratini.
  2. Representación geográfica de la Tierra en una superficie plana.
  3. Recé.
  4. A nivel.
  5. Ibidem, abrev.
  6. Onda.
  7. Artículo gramatical, fem., pl.
  8. Punto cardinal.
  9. _____; agrupación musical cuyo nombre significa en taíno: el canto del coquí al amanecer, en taíno.
  10. Apócope de papá.
  11. Símbolo del elemento químico oganesón.
  12. Sonreí.
  13. Escuchar.
  14. 8 de _____ de 1988; fallecimiento de Aboy.
  15. Braulio _____ Colón; músico, compositor y musicólogo puertorriqueño.
  16. Elude.
  17. Galería Fotográfica _____ 900; fue fundada por Aboy. Lleva las siglas de la avenida donde está ubicada la Casa Aboy y el número.
  18. Acción o dicho propios de un canalla.
  19. 19 de _____ de 1998; Marisa Rosado, continuadora de la labor cultural de Aboy en Casa Aboy, recibió en Cuba el Premio Pablo del Centro Pablo de la Torriente Brau.
  20. Tito _____; cantante puertorriqueño.
  21. Ramón Aboy _____; su trabajo fotográfico fue expuesto en el Museo de Bellas Artes del Instituto de Cultura, en el Museo de Grabado Latinoamericano, y en otros museos internacionales.
  22. Vasija esférica de vidrio para bebidas.
  23. Cierto baile andaluz.
  24. Domestica a un animal.
  25. Caes dando vueltas por una pendiente.
  26. Unidad molecular de la herencia genética.
  27. Composición poética de la Edad Media, en provenzal o en francés.
  28. Parte del año.
  29. Lo contrario al bien.
  30. Pronombre personal.
  31. Símbolo del argón.
  32. Nombre de la p.
  33. Lengua provenzal.