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¿Será Xander el catalizador que vuelva a traer megacarteleras a la isla?

 

 

Especial para CLARIDAD

El pasado sábado, el boricua Xander Zayas se convirtió en campeón NABO de la Organización Mundial de Boxeo con tan solo 19 años.  Aunque esto es solo un título regional, su impacto como un prospecto de gran envergadura podría tener mucho que ver con la manera en que se va a desarrollar en los próximos años la industria boxística grande en Puerto Rico. 

Me explico: desde el retiro de Miguel Cotto, Puerto Rico no ha tenido en boxeo una figura consistente para Pay-Per-View, una mega estrella boxística.  Xander parece tener los elementos para eso, y estoy seguro de que la empresa que lo representa, Top Rank, sabiendo lo importante que es la industria boxística local, tratará de traerlo a pelear aquí.  Es importante que la fanaticada se familiarice con él y así ver cómo es recibido en su país natal.  Ideal sería poder hacer un megaevento en la isla con él de estelarista y ver si tiene la capacidad de llenar un Roberto Clemente o un Choliseo.   Hace ya cerca de una década que en Puerto Rico no se lleva a cabo un evento de boxeo de calidad mundial que cuente con prensa internacional y sea transmitido por las cadenas especializadas o por aplicaciones que rigen el deporte.  Ojalá el hecho de que Xander empieza a consolidarse como una figura importante de la industria haga que se tomen cartas en el asunto.

Aquí se dieron peleas significativas de Tito en los años 90 cuando yo aún era un chamaquito.  He tenido la suerte de cubrir en Puerto Rico grandes eventos:  defensas de Cotto, peleas de Iván Calderón y las guerras de Juanma y Salido, entre otras.   Ahora que finalmente parece que tendremos una nueva figura grande, habrá que ver si la fanaticada boricua podrá tener la oportunidad de disfrutarlo en vivo o se verá obligada a viajar a Nueva York o Las Vegas para lograrlo.

 

En Reserva: AOC y Ta-Nehisi Coates frente a frente

 

 

Especial para En Rojo

Hoy, sentado frente al monitor, el algoritmo me devuelve un video como recordatorio pulsante. Ta-Nehisi Coates, escritor estadounidense, entrevista a Alexandra Ocasio-Cortez, la congresista del Bronx, como parte de la celebración de natalicio de Martin Luther King Jr., en el 2020. Ambos de negro, él aparece ataviado con una sudadera con capucha y pantalones de mezclilla, un guiño al fenecido Trayvon Martin, mientras ella le hace frente con un conjunto de blazer y falda, que, como el negativo de una foto, evoca al que vistió Lolita Lebrón aquel 1 de marzo de 1954, cuando a punta de metralla, desafió al Congreso estadounidense.

La histórica iglesia de Riverside, en Harlem, sirve de escenario para el junte, y el dúo discute temas centrales a las luchas políticas y sociales de las comunidades negras y latinas en los Estados Unidos. Juntos conversan, entre otras cosas, sobre el precario sistema de salud estadounidense, la pobreza rampante que atraviesan distintos sectores de la ciudadanía y los efectos del cambio climático en comunidades marginadas. Aquellas que, sin haber contribuido significativamente al calentamiento del planeta, sufren con creces sus efectos.

También hablan de Puerto Rico, de la última colonia. Coates invita a la congresista a ofrecer un cuadro del estado de la isla luego del embate del huracán María, en el 2017. Además, la insta a que describa los daños físicos y emocionales tras los terremotos de diciembre de 2019 y enero de 2020. La invita a opinar sobre la respuesta del Gobierno federal a las crisis humanitarias desatadas. Ella no flaquea en vincular la inacción gubernamental con la relación colonial entre Puerto Rico y los Estados Unidos. Insiste en que la indiferencia del Gobierno trumpista ha dejado una huella nefasta en la psiquis colectiva de nuestro pueblo. Esto sin dejar de subrayar la vulnerabilidad física de nuestra infraestructura energética y las condiciones paupérrimas en la que aún viven miles de puertorriqueños. Sin amagues, explica cómo la resistencia del Gobierno federal a ofrecernos un trato digno, cónsono con los derechos delineados por la Constitución norteamericana y por la Declaración de Derechos Humanos, ha resultado en la adquisición de una visión de mundo teñida por un filtro de ansiedad e inestabilidad colectiva. En resumidas cuentas, que el país hoy vive en un estado de incertidumbre perpetua. Este estado, explica Ocasio-Cortez, es el mismo que se manifiesta individualmente cuando no se cuenta con seguro médico ni vivienda ni con un sistema de educación eficiente ni con un sueldo digno ni con instituciones públicas que sirvan de apoyo durante un evento catastrófico. La congresista termina su intervención describiendo la situación precaria que caracteriza la vida del puertorriqueño, sujeto colonial, que, en su defecto, surge como ciudadano americano de segunda clase.

Coates le sigue el paso comparando la encrucijada de nuestro pueblo con la experiencia de la comunidad afroamericana en los Estados Unidos. Destacó cómo los sistemas policial, judicial y penitenciario, cuyos esfuerzos parecen estar enfocados en la regulación de cuerpos negros, trabajan como línea de ensamblaje para también producir ciudadanos de segunda categoría. El paralelo establecido por Coates acaba marcando uno de los puntos de inflexión de la entrevista. Aquí el autor y la congresista parecen tomar parte de un juego especular: Ta-Nehisi se ve reflejado en la historia y lucha de Alexandra y ella reconociéndolo le devuelve el saludo.

Ya una versión truncada de otro juego de espejos fue alegorizada por José Luis González en el cuento, “En el fondo del caño hay un negrito”. En una relectura, la muerte del negrito Melodía nos advierte lo incapaces que somos para reconocer nuestro propio reflejo. El censo del 2010, otro espejo, mostró que más de tres cuartas partes de la población puertorriqueña en la isla se identificó como blanca. Si bien el censo del 2020 reportó que la cantidad de personas que se identificaron como solamente blancas bajó de 75.8 % a 17.1 %, todavía hay mucho por hacer para asumirnos como un país afrodescendiente. Nos encanta establecer vínculos hispanófilos, que le dan la espalda a la violencia de la conquista y explotación de mano de obra indígena y africana durante la colonización del Caribe. Ni decir que todavía miramos con embeleso al americano de allá fuera. Hoy, en pleno 2022, hemos avanzado, pero poco, y vernos reflejados en la historia y las luchas de las comunidades afrodescendientes sigue pareciendo cuesta arriba.

A veces, también nos cuesta reconocernos en la diáspora puertorriqueña, que vive volcada hacia la isla, pero cuya identidad nunca parece alcanzar el límite de lo “boricua”. Hablo de esas tías, primos, amigos, hermanas e hijos que parecen vivir suspendidos en la nostalgia, en ese viaje del no regreso entre la isla y los Yunaited Esteits. Por eso, aunque sea por un rato, da gusto volver ver a Ta-Nehisi frente a Alexandra, dos millenials modelando la complicidad que debería existir entre nuestras respectivas comunidades, expandiendo lo que significa ser negro y puertorriqueño. Da gusto verlos reconocerse, saludarse y celebrarse, como el negrito Melodía. Verlos juntos, por un rato, pensando atenta y detenidamente mundos posibles y probables.

 

 

Será Otra Cosa: A dónde la cabeza

Especial para En Rojo

De tan enorme, no alcanzamos a distinguir la circunferencia de la piedra que empujamos. Nuestra condena –pese al fácil eco– no es la de Sísifo y su repetición. No hay llegada, tope, pausa, corte, tenqui, antes de volver a empezar. No.

Para evitar que nos aplaste la piedra, al tiempo que sostenemos un país o, más bien, intentamos hacer otra vida, prolongamos el empuje, maniobra de continuidad, dedos más o menos abiertos, codos más o menos flexionados, torso más o menos erguido, metatarsos mitad en tierra mitad en aire. Así sea arrastrándonos, tan insólito es nuestro testarudo optimismo –la creación que no cesa– como lo es el diseño, desde allá arriba, desde allá lejos, de nuestra extinción.

Hago balances así porque es un gesto sano, me dicen, me insisten, yo digo, yo insisto. Pero escribo esto –¿para qué? ¿por qué?– desvelada, aterrada por El Régimen de La Policía. Javier Antonio Cordero Nevares. Tú. Compañero. Tú.

Tus manos, trémulas, al volante. En un parpadeo, una de ellas se mueve sola, como lo hace la desesperación. Intentando escapar, tira el cambio, la reversa, el ¡sáquenme de aquí! ¿Qué y cómo puede la razón pensar en un momento límite así, acosado por un pelotón en la noche cerrada, biombos, gritos, sirenas, armas, sin salida, sin salida, sin salida? Inmediatamente, ráfagas de fuego. Una ristra interminable. Y tu cuerpo, tu cuerpo terso de juventud, tu cuerpo-promesa que hasta hacía un instante rozaba tantos, tantísimos otros de los nuestros, empujando juntos la piedra, evitando por un pelo el aplaste, diciéndose, entre susurro y sollozo, quizá sea posible una vida aquí, no sé cuál, pero tal vez alguna, atraviesa ahora la confusa transición entre el calor muerte de las quince balas que lo penetran y la caída nunca menos libre. Expirar, yacer en una línea horizontal que no es de mar, sino de sangre. Javier Antonio. Tú. Compañero. Tú. ¿Cómo paga este país la deuda contigo? Porque es contigo nuestra deuda. Contigo.

Mientras, en los periódicos comerciales, los escritores nacionales vuelven a encaramarse en sus púlpitos para desollar conejos que a nadie matan, arremetiendo contra nuestras juventudes, contra, precisamente, las de Javier Antonio. Y confieso, no sé a quién, que cuando empecé a escribir esta entrega para el periódico otro en que se publicará, lo hacía –acontecida, mas no de rabia– respecto a otra cosa por completo. Era sobre un árbol en Mayagüez que El Régimen aún no ha derribado. (En este país también vivimos en guerra contra los árboles.) Sobre el hecho de que Myrna Renaud –artista y maestra puertorriqueña de la danza y el movimiento por más de cuatro décadas– llamó “la tierra del árbol” a un triángulo en el pueblo de Mayagüez alrededor del cual zumban y zumban sin prestar atención los carros y los camiones, y donde se yergue un Guanacaste enorme, quizá tanto como la piedra, quizá más, quiero pensar que más, gigantesco en su afirmación de la vida, quietud en movimiento. Sobre cómo gracias a la inagotable gestión de Zuleira Soto Román y Eury Orsini, artistas de Vueltabajo Teatro, Myrna ha hecho durante varias semanas una residencia artística en Mayagüez. (Sí, declaramos que aquí pueden acontecer tales cosas.) Sobre cómo Myrna condujo, durante tres semanas del tórrido mes de julio, sesiones de QiGong y creación sitio específica, así como de movimiento, consciencia y danza, respectivamente, en la tierra del árbol y en el parque de los árboles –que Zul llamó así, en sustitución “de los próceres,” mientras conversaba respecto a la programación de Teatro pal barrio con Santa, persona sin hogar que camina y conoce el pueblo mejor que nadie. Sobre cómo fuimos felices improvisando movimiento y sonido en respuesta a los tantos verdes de los árboles. Sobre cómo fuimos raíz y rama y hoja y luz y sombra y corteza y pulpa y anilla y punta. Sobre cómo no hubo jornada en que –pese a tener los “permisos municipales” para usar lo público, el parque– no tuviésemos que empujar la piedra porque el asedio de trimmers y blowers y gasolina no cejaba en su empeño de que en este país no se pueda ser feliz, vivir en paz, guardar silencio, sonreír con los ojos cerrados, aprender a hacer un buen ejercicio de colocación.

Al parque de los árboles lo surcan garzas, martinetes, reinitas, zorzales, turpiales. Sus nidos y sus graznidos también lo ocupan. En un estanque compartido con peces cuyos nombres desconozco, viven, además, dos tortugas. Mi cabeza atestada divaga en clase (y ahora). Y con ella se me va el cuerpo todo. Lloro más de lo que sudo. Y río, mucho, ampliamente, porque estas sesiones, que cuidan de mí, de nosotres, de nuestros órganos, balance, centro (“todes llevamos el centro en el cuerpo, por lo que siempre podemos volver a él,” dice Myrna), me infunden una alegría saltarina. Exaltada, ya sea en la buena o en la mala, me salgo de ritmo. Constantemente. Voy demasiado rápido. O demasiado lento.

“Bea,” me dice y me repite Myrna, “¿para dónde va esa cabeza?” Con firme ternura, la agarra por detrás y me la acomoda. “Todo movimiento es legítimo,” reitera, “pero no en cualquier contexto.” Sé que, en esa premisa, aparentemente simple, y que no acabaré nunca de estudiar, se aloja algo importantísimo sobre la danza, de la que no sé nada, sobre la vida, de la que tampoco.

Casi nunca sé adónde va mi cabeza, pero ahora, justo ahora, estoy de suerte. Con galopante certeza, se dirige a un deseo: quiero un país en el que los veranos sean contigo, Javier Antonio, en el que estés vivo para escuchar la sabia premisa de Myrna, venir al parque de los árboles, ver los martinetes y las tortugas, caminar bajo los nidos de las garzas, hacer un hermoso primer paralelo, jugar con nosotras, deslizarte en cuatro patas junto a las raíces del Guanacaste. Y, si te da la gana, ser un conejo retozón. También.

Claro de Poesía: Detener la marejada

Especial para En Rojo

En La significación del lenguaje poético, Francisco José Ramos subraya que “cada época es la obra de su poesía”. Con esto se refiere no solo a los orígenes de lo que llamamos literatura, que se manifestó primero a través de la forma poética, sino a que a la poesía le es propio el producir una especie de desprendimiento de lo real que el filósofo puertorriqueño denomina “verdad poética”. Esta perspectiva del hecho poético resulta iluminadora al pensar en la obra de Mara Pastor (San Juan, 1980), en la cual la sospecha del poema y su alumbramiento parecen brotar de la mirada intensa del sujeto a los escenarios de la ruina. Lo que registra esa voz no está en función de inventariar el desastre. Su “verdad poética” persigue más bien el objetivo de ahondar en lo vivencial y sus estelas en busca de la promesa.

PARAÍSO PERECEDERO I

 

Detrás de la vieja

Refinería Corco

hay un muelle

que nunca habíamos visto.

A pesar de los hierros

las barquitas merecen

una postal,

si tan solo no supiéramos

de los metales pesados

en el aire.

 

 

EL ROMPEOLAS

 

A Cindy, que sabe de la risa

Esta isla está llena de mujeres

que regresan cuando vuelven

las osamentas con las marejadas

o las tortugas a la orilla natal.

 

Contaban con la deuda,

pero no con metales pesados en el agua,

el cadmio en la ceniza que respiran.

Nada preparó para la pobreza de la casa,

el derrumbe de un pedazo de piscina,

una muela por la que su madre

tendrá que esperar tres meses

porque la enfermedad también hace fila.

 

Ahora camino por el rompeolas.

Recuerdo dos personas felices

sobre una alegría del pasado.

Esta vez es de día.

Acabo de llegar en avioneta.

 

No creo que consiga escribir

el poema con humor sobre cabezas

que me encargó Cindy cuando recaudamos

para el tratamiento de Elizam,

pero serás un poema

sobre volver al rompeolas,

 

y sopesar los pedazos de la isla,

sus metales pesados,

los seres queridos que se van;

pensar, desde la orilla, en la sobrevivencia,

entre tantos aedes, el amor.

Regreso para pisar esta tierra

y caminar con las mujeres

que vuelven a este rompeolas

a detener la marejada.

PARAÍSO PERECEDERO II

En el paraíso hay ostiones,

un hombre que vende jueyes,

una playa en donde cae el sol

mientras cuelgas la hamaca.

En el paraíso solo se arregla pescado

en la pescadería de Caro Valle,

floto en el agua

como flotan las islas sobre un atlas

y tus manos mecen en cámara lenta

un cuerpo a la deriva.

FALSA HELADERÍA

 

A Mari

Ella me pidió una máquina para hacer helado.

Cuando lo dijo, las clavículas pronunciadas

empezaban a marchitarse,

pero su piel era la carne misma del coco.

Quería una máquina para hacer helado,

venderlos en la urbanización

y así pagar el mantenimiento

de las casas que ya no habita.

Nada importó haber regresado

de una ciudad en postguerra.

Remodelas los interiores de un pasado otomano.

Nada importó.

No había trabajo en esta isla.

No importa haberlo hecho todo bien,

dice su cuerpo. Yo quisiera decirle:

“la máquina de hacer helado lo arreglará todo”.

De Deuda Natal (2021)

 

 

Entrega a mano #4: Nawa isko iki, cantos amazónicos, de José Antonio Mazzotti.

 

Especial para En Rojo

“Isko” es un ave pequeña de cola amarilla y color oscuro llamada páucar, ave mítica que les enseñó a sembrar el alimento a quienes se consideran sus hijos. Los hablantes del iskonawa (comunidad de la selva de Ucayali, Perú, grupo en desaparición), su lengua, son los hombres del páucar. “Isko bakebo” es la autodenominación del pueblo en algunos cuentos. Significa hijos del páucar. “Nawa” es mestizo, extranjero. “Iki” es ser o estar.

Nawa Isko Iki. cantos amazónicos, de José Antonio Mazzotti, fue publicado por Hipocampo editores (Lima) en el 2020. Lo recibí de sus manos junto a dos volúmenes, uno que le pedí expresamente para una investigación en curso, el cual gentilmente me hizo llegar conjuntamente con una antología de poesía peruana contemporánea que preparó recientemente para la Casa de las Américas y que en su día comentaremos. Otro volumen que me regalara en el 2016 y que publicara un año antes se titula Apu Kalipso. palabras de la bruma, publicado con la misma editorial, y aguarda su turno. Nos conocimos en la celebración que hizo la Academia Puertorriqueña de la Lengua a propósito del Congreso de la Real Academia Española en Puerto Rico en el 2014. Éramos invitados especiales en ese momento, luego coincidimos en La Habana a propósito del certamen de Casa de las Américas en el 2018 en la que yo fungía como parte del jurado de poesía en el certamen correspondiente a ese año. A La Habana acudía José Antonio como ganador del Premio José Lezama Lima del año anterior con su colección El zorro y la luna, poemas reunidos. Recientemente coincidimos en Santo Domingo, República Dominicana, en un encuentro al que nos invitó el mutuo amigo y poeta dominicano León Félix Batista. Allí volvimos a intercambiar libros.

El libro Nawa Isko Iki surge de una investigación y viaje que Mazzotti hiciera a la zona amazónica entre Brasil y Perú, donde algunos de sus habitantes hablan el iskonawa, una lengua indígena casi extinta, de la familia pano. Me imagino que la experiencia de escuchar y convivir en la zona introdujo al poeta en un espacio imaginario donde abunda la poesía, aunando narraciones del origen, pájaros y plantas vía la palabra poética. Si nos atenemos al diccionario que produjo el proyecto que dio inicio al viaje e indagamos en el sentido de tres palabras apreciamos que nawa significa extranjero o mestizo, isko son los hombres o hijos del páucar, un ave mítica que les enseñó a sembrar, e iki, remite a los verbos ser o estar. En esa yuxtaposición se cimbrea el poemario que se dedica a explorar el lugar de donde surgen sus palabras mezcladas con las otras, aunque advirtiendo una inversión que podría interpretarse como “ser extranjero páucar” o “extranjero ser páucar” o “extranjero páucar están”.

Como aviso al lector, Mazzotti conmina a leer aludiendo a las transformaciones realizadas por lo que llama las “figuras” de las narraciones orales preexistentes; lo que ofrece es “apenas un recuerdo cifrado de algunas de sus historias”. Así vemos personajes o deidades que retornan a lo largo de un viaje eminentemente sensorial, formas carnales y espirituales que ocupan los espacios del recorrido con su presencia. Entre la bruma verde aparecen las historias, y dejan un rastro a olores y a sabores que pocas veces hallamos en otras colecciones poéticas. Este es un universo precedido por la narración oral y son las sensaciones las que presiden su transformación en imágenes donde predominan los sabores de los cuerpos convertidos en frutas y el aroma de los apareamientos reconociéndose.

El epígrafe es de San Juan de la Cruz. “A la tarde de la vida te examinarán en el amor”.  ¿Es este un libro de amor? Diría que sí. Todos los ritos cosmogónicos que aquí se relatan tienen  como tema un acoplamiento lírico, muy sui generis, entre animales/plantas/humanos. Son seres que pertenecen a ciertas cosmogonías y desde allí penetran o se extienden, se transforman o mutan en los humanos. Es una amalgama de temporalidades lo que obra la voz poética aquí pues opera desde otro lugar. ¿Observador? ¿Re-escriba de historias? ¿Qué ha inventado o yuxtapuesto en este relato? Difícil saberlo. El libro es testigo de muchas impregnaciones de mujeres con fluidos de animales (de sapos) y engaños. Comer sachapapa (semen del sapo) embaraza a una mujer.  Aquí muchos cuerpos son vistos como manjares y frutas, y son devorados como un manjar.

A partir de la ignorancia, comenzaré a interpretar eso que hayo diferente al relato amazónico. Registraré lo que advierto podría ser común, pero busco sobre todo la divergencia. Dice la voz poética en su aviso: “ Lo que yo ofrezco aquí es apenas un recuerdo cifrado de algunas de sus historias”. Se divide el libro en dos partes: cantos amazónicos y el río místico. En este hay un cuerpo que se proyecta sobre el agua, primero como un “reflejo deformado”  y luego arrojado, convertido en una especie de detritus que flota sobre el río que atraviesa la ciudad luego de haber experimentado con el ayuno sagrado. La superficie del agua se agita y allí se ve el reflejo de la voz poética. Lo que se ve, mas allá de eso, vale la pena anotarlo: las vibraciones de la imagen auditiva y las ondas del río se funden y producen el reflejo de la figura que se deforma al final del poema. ¿Qué ocurre durante el poema?  “El resto es silencio mientras Wari se desliza por el horizonte y vuelve de su caverna oscura el Simpira.” “Figuren” o espíritus pueblan la primera parte, narraciones orales de las que destaco lo siguiente, mi observación.

El incesto de un hermano (como en Tamar y Amnón, de García Lorca) llamado Churu, quien busca a su hermana Piwi Niká, reptando “como una boa en la sombra”. Para identificarlo, ella le pinta el rostro y se lo dice a Wari, su madre el sol. Ella dice que hay un mono trepado en un árbol, y los pedazos de su hermano caen al suelo, fragmentados. Desde la muerte, el hermano clama quién lo descuartizó y amenaza con regresar a comer carne humana como un lupuna. Al amanecer temprano, tiene que viajar al cielo. Parece que Churu es la luna, aunque nunca se dice en el poema. Solo esto: “Hasta hoy resplandece con sus manchas de huito”. Una mujer (Kitesh) que le enseña a sembrar a una ardilla y que le pare un hijo humano, hasta que su padre reconoce a su hija perdida con un nieto con rabo. El cuento de una mamá libidinosa abandonada por su esposo que le permite a su hijo entrar dentro de ella de bebé. Cuando lo hace siendo hombre la mata y él se convierte en torcaza. “Dentro de ella se engordaba sin dar jugo y veía su boshki como un tentáculo hundido en su cocha-mashpi tibiecita y mojada como flor”. (19). Él lloraba por “ese loto perfumado”. P. 21- “Simpira se pasea por las arboledas como grama atando con su cola tahuaríes y machingas sueltas.” (21) Este poema habla del hijo del rayo. También se menciona a los “sajinos”. ¿Es Kanapacoa el trueno? “con una voz de cráter eructando en la niebla”. (22) De nuevo los sajinos “se funden a los árboles y llaman a sus fantasmas”. (23) Pájaro isko, dios alado. El pájaro le enseña a sembrar frutos comestibles,  “Yo he venido a pedirte humildemente un canto, las notas que dibujan el surco del maní”. Es lo que querían, la sabiduría de la siembra. El pájaro le enseña a sembrar, entre otros cultivos, el maní, para que lo comparta entre todos.  “Y se levanta entonces, como el brazo del simpira un arcoíris sin fin y sin principio”. (25)

El último poema, el único de la segunda parte, corresponde al yo de la voz poética que se distancia de su vivir abismado en la selva y de los cuentos que rehízo para trazar en este último poema su transformación allí.

Sabiduría del pájaro Isko

Yuushiña con sus hijos reza a los pies de la montaña.

El Rüe Biri es alto y los monos escasean. Los sajinos

se funden en los árboles y llaman a sus fantasmas.

 

Yuusshiña enciende su cigarro en la nariz. De pronto

ve al pájaro de cola luminosa y su huerto de maní.

Yuushiña quiere hablar al dios alado, suplicarle

 

sabiduría. Con sus hijos alista las talegas. Será un viaje

largo y peligroso. Y son seis. Yuushiña y sus hijos grandes,

mozos como cachimba de hojas verdes derramándose.

 

Uno de ellos quiere adelantarse. Es el soberbio paenmi.

Su padre le dice: “Debemos llegar y hablar con el isko;

juntos no nos harán nada, con su cola puede lancearnos”.

 

Por la noche el malcriado se desliza silencioso, carga sus flechas

y avanza lentamente. Quiere atrapar al isko, hacerlo su sirviente;

una pantera negra se levanta de su pecho imberbe. Lo desgarra.

 

EL isko sólo duerme con un ojo. Le advierte que no suba. Tensa el arco.

Y clava su lanza amarilla en la cabeza el soberbio. Cae temblando.

Cuando el padre lo recoge, llora de rabia y congoja, pero entiende

 

Los designios del ave misteriosa. “Hermano isko, por favor, perdona

a este mancebo torpe. Yo he venido a pedirte humildemente un canto,

las notas que dibujan los surcos del maní”. El pájaro lo mira fijamente.

 

“Prende una hoguera”, le dice. Yuushiña enciende el bosque, se refugia

y arriba truena “kutsa kuturús”. Cae la lluvia en la mañana, las raíces

se limpian de la baba de los suris, y en el aire un aroma de orquídeas.

 

Intenta subir hasta mi copa”, lo conmina, Y Yuushiña emprende

la escalera de maleza y moho. “Itsá kuturús”, exclama el isko.

Hasta la tierra baja el curioso, se desliza como gota de resina.

 

Ebrio de sus poderes, el pájaro le dice en su silbido: “Sembrarás

así, no muy hondo, dando aire a la semilla y sosteniendo

los tallos con hilo de chonta. Cuidarás de su fruto sabroso”.

 

Y también le enseñó a crecer camote, blanco y rojo, y a esperar

la luna en la cosecha y el descanso. Los hijos de Yuushiña

veían a sus críos correteando como hormigas cabezonas.

 

Tras hamaquear tres meses Yuushiña y su familia recordaron

lo último que el isko les dijo “partirás esa cosecha de maní

y de camote entre todos igualmente. No mezquines, no seas yochi”.

 

Y se levanta desde entonces como el brazo del simpira

un arcoiris sin fin y sin principio.

 

El río místico

 

Suenan las aguas estancadas a barullo de fiesta

y en ellas mi reflejo deformado baila

saltando el pentagrama que lame la calzada.

Cada tarde ese camino junto al río me recuerda

el lago rebosante que las garzas adornan, esperando

los dientes de los cocodrilos. ¡Qué frágil ese cuello

de papel Japón! En un instante se transforma

en bandera revolucionaria anunciando el reino

de la noche. Allí los espíritus del bosque corren

a descolgar estrellas y guardarlas en su alforja.

Los pájaros desatan su alegría en forma de llanto

de cuando eran gente. Los leopardos atizan

sus uñas para salir a cazar. Todo recobra temblor

como un cuerpo asustado. En esas guaridas me

encuentro de frente en el bullicio del cielo enjoyado.

Cada poro anuncia un peligro mortal. Cada minuto,

un mordisco, palpitar de ojos que se multiplican

en el dibujo de las hojas mojadas. El resto es silencio

mientras Wari se desliza por el horizonte y vuelve

de su caverna oscura el Simpira. El gusano galopa

lentamente escapando de los picos, sublevando

el tiempo. En esas ondas revueltas es propicio

Hundirse en las volutas del jaguar o del amaru.

Allí la araña shinahaka desteje cada noche su tela

de amatista; el kapa ardilla echa cincel de cuarzo

en los clavos del árbol iwi. Un tallo lanza su cabello

al rayo de oro frágil que se rompe en cien colores.

La selva discurre como un largo cuerpo, el mío,

con mil tentáculos peludos, con narices redondas

que inhalan los perfumes hechizados por el yaka ono,

se inicia el ayuno sagrado implorando a las plantas

su jugo de flores exquisitas, pura sangre, inundando

las cloacas, removiendo la hojarasca y trayendo

nuevos peces. Así vemos al poshko, dardo de piel

transparente; al panga raya y su corona de espinas;

al rego-rego de bigotes delicados. Ellos besan los pies

de las orillas y dejan sus perlas sin que la carachupa

venga a devorarlas. Luego caminan buscando hojas

de orquídea para perfumarse. Un poco más arriba flota

el zancudo de patas gigantescas. Me araña las orejas

cuando toso y huye en busca de la piel rosada del sajino

imberbe. Hay una flor volante con pétalos de zafiro

que posa su gusano en la barriga velluda en la torre

del tallo. Hasta aquí llega el río místico. Lo parte

un rayo sobre el puente. La ciudad arroja un cadáver

a sus aguas. El barullo de fiesta y mi reflejo bailan.

La autora es poeta, ensayista y profesora. Tiene a su haber unas 14 colecciones de poesía, entre ellas Sitios de la memoria, La gula de la tinta, Diseño del ala, Cuerpo nuestro, Rizoma, Chuvento o lengua secreta, La noche es otra luz y el más reciente, Espacio teselado. Tradujo el libro The Bounty, de Derek Walcott  (La Providencia) y ha publicado los libros de crítica Hilo de Aracne, Femina Faber, Poéticas que armar, entre otros.