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La vida secreta de la caverna que se abre: Ávido mundo, de María Baranda

Entrega a mano #3:

 

Especial para En Rojo

En el 2016 conocí a la escritora mexicana María Baranda a propósito de un homenaje y lectura colectiva que hicimos con el poeta chileno Raúl Zurita en Chicago como parte del evento “Poesía en abril”, que se celebra cada año en De Paul University, y del que se encargan las profesoras Juana Goergen y Rocío Ferreira. Compartimos la habitación María y yo, y después de conversar por largo rato, una de aquellas noches María me regaló su espléndido Ávido mundo, publicado en el 2005. En ese momento, aún tenía ejemplares de Cuerpo nuestro, el cual le regalé como señal de amistad e intercambio. María, además, ha publicado El jardín de los encantamientos (1989), Fábula de los perdidos (1990), Los memoriosos (1995), Moradas imposibles (1997), Ficción de cielo (1995), Nadie los ojos (2000) y Atlántica y el rústico (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 2002), entre otros. Su poesía es un diálogo con los elementos naturales, y su voz busca sus resonancias, cual si deseara ser absorbida por estos, sumida en la reflexión que dichos espacios suscitan a un nivel filosófico y espiritual. En sus poemarios la veo oscilar entre el poema de largo aliento y los versos breves de los aforismos.

Sobre Ávido mundo me pregunto a qué madre apostrofa la voz poética en este libro. “Madre, verano a veces/ el mundo es una avispa/nómada, iridiscente.” Habla la voz poética de un “ávido mundo” donde lo ávido precede a la descripción o la vivencia en la que se halla una voz que habla sobre las hormigas que “embadurnan copal” y se embriagan. Se habla de larvas, flores, de fermentación y humedales, y el texto mismo va habitándose con su plenitud. Pienso que es una fabla, una fábula, un hablar de la selva en medio del habla poética. De vez en cuando la hablante busca la selva para encontrarse. Se halla sumergida en ese espacio para decir su avidez, precisamente: “Hablamos/pájaros,/ pájaros crispados,/ vuelan sombra adentro de nosotras.” (9) Porque la voz que habla es también la de la hormiga: “Y caminamos lentos por el rojo radiante / de una flor que sólo abría sus pétalos/ de lujo en la cuaresma.” (11)

La voz poética, poseída, curva su cuerpo para acoger los sonidos de la selva, retiene en el torso que es su boca los recursos de la fonación y los deja brotar paulatinamente reuniéndolos en pequeños cantos (24) abocados al ser fugaz de las cosas. Aquí el cuerpo se amolda al entorno del que forma parte para decir mejor aquello que ve pero que a su vez absorbe a medida que el trayecto continúa extendiéndose y desplegándose ante sus ojos. “Curvas el cuerpo como un mapa/ sin brújula en la soledad/de tu lengua.” (15) También la voz se embriaga con lo visto y lo observado: “Cuentos de mariposas/vigilan el sueño azul de las crisálidas./ Tránsfugas de otras nubes/ guardan aviones de papel/ en sus retinas de oro.” (13) Pese a que nos hallamos en medio de esta selva que personalmente me evoca la humanamente poblada de Dante Alighieri, aquí los entes se deslizan, braman, se suspenden en la embriaguez de un presente puro, pleno de sensaciones, que en el poema se manifiestan como sinestesias. El poder que albergan esas imágenes torna plurivalentes los sentidos implícitos a cada movimiento del ser dentro de esta marejada verde donde todo resuena como propósito del hábitat. Por eso la multitud de entes aquí es más que humana, y actúa como un enjambre orientado por una brújula interior. Su desplazamiento por encima o por debajo de la tierra, entre el murmullo nómada del aire o las huellas invisibles que dejan en el agua, están cifradas, y su elocuencia es singularísima, acaso difícil de desentrañar o verbalizar. Las palabras se consagran en la abundancia de la selva lacandona. Y claro, el recorrido fertiliza el brote de dos preguntas. Una se la plantea el libro mismo: “¿Quién es quién en esta selva?” (12). Y la otra, me la planteo yo misma: ¿Cómo puede transcribirse lo ávido? En varios momentos la voz poética se lo pregunta casi sin decirlo para no estropear la aventura o el proceso de los deslizamientos de ese cuerpo en reflexión que se pierde y se encuentra continuamente en este lugar, pues sus hitos son la observación desde donde se siente devorada por los sucesos múltiples que pululan. La mención de esos eventos modulados por las pausas de la dicción poética, pronunciándolos, escribiéndolos, expresándolos, los encarna de otra forma. La meta-poética de este libro es una tribulación que debe detenerse y salir fuera para nombrarse, a riesgo de reposar en el vértigo del aturdimiento, como en la poesía de un Francisco Matos Paoli o de un Vicente Huidobro. Hay un éxtasis en medio de esta unción aturdida, un arrobamiento del que puede salirse solo de una forma. Sale fuera para nombrarse, acaso para inmolarse: “ a tu cuerpo me ofrezco/ y me harto/ hundida de ti, en tu rostro/ mi verbo pretenda decir/ el fulgor, el pliego que me devela,/ prenda de mí, de lo que desconozco”. (53)

Así, los poemas IX y XIV me parecen los más bellos de la colección.

 

IX

 

¿Cómo escribir de ti

sin que resulte insoportable?

¿Cómo decir tu nombre,

Lacandonia,

entre mis párpados abiertos?

¿Cómo decir tu risa, tu cuerpo

de verdugo en la espesura?

¿Cómo alabar tus ruidos de leona,

tu rugido de sombra

que espanta a las lechuzas?

¿Cómo soñar tus largos días

sumergidos en mí,

en mi sopor de ruina?

¿Cómo gritar tu nube

en el espejo que me mira

como un fantasma

de otra época?

¿Cómo beber tus sílabas abiertas?

¿Cómo lamer tus hostias

de bondad y pertenencia?

¿Cómo, implorarte, detenida,

la sed de ser

la voz de un petirrojo,

el fuego que arde y quema

en los renglones de tu música?

 

XIV

 

De lo hondo. De cuerpos ilícitos

que caen y se abren. De sus frutos.

De la lumbre a la lumbre y de un rayo

a otro y otro. De lo que se interpone

entre tú y la levedad de lo oscuro.

De los valles profundos. De lo que hiere

el ojo y provoca un olor afluente.

De la amargura de ti y de tu boca de éter.

De lo que empuja y agita y dista delante

como si fuera futuro. De lo que cumple

y resbala en el zumo hasta el fondo.

De lo que se aleja y se tunde en tus frondas

de aire. De lo llano y remoto, lo continuo

y lo seco en la máscara gredosa de una jaca

robusta. De lo que pecorea y se ufana

y lo que labializa un sendero

a su diestra y siniestra. De lo que lacera

y dirige escondido en su hoyo.

De lo que escurre y refleja como una vía negra

en las sombras abiertas. Del estallido

de callar el nombre de sus frutos,

de sus cuerpos ilícitos, de lo hondo.

 

La autora es poeta, ensayista y profesora. Tiene a su haber unas 14 colecciones de poesía, entre ellas Sitios de la memoria, La gula de la tinta, Diseño del ala, Cuerpo nuestro, Rizoma, Chuvento o lengua secreta, La noche es otra luz y el más reciente, Espacio teselado. Tradujo el libro The Bounty, de Derek Walcott  (La Providencia) y ha publicado los libros de crítica Hilo de Aracne, Femina Faber, Poéticas que armar, entre otros. Ha antologado la poesía puertorriqueña en dos colecciones publicadas en La Habana y Caracas y la obra de las poetas de la promoción del 70 en su antología De lengua, razón y cuerpo. Obtuvo el Premio de Ensayo de Casa de las Américas en 2020 con el libro Apalabrarse en la desposesión. Literatura, arte y multitud en el Caribe insular. Ha obtenido múltiples premios nacionales e internacionales por su obra poética y crítica.

 

Batichica, 2002

 

Carmen Ivette Correa Cotto, mejor conocida en la nación de Rulfo como Batichica, amante de los libros y las bibliotecas, reapareció en mi vida en el primer semestre del periodo del 2002 y el 2003, si es que Nayda Lugo Corcino no ha modificado lo que dice mi transcripción de créditos. Debo haber visto a la fulgurante dama entre agosto y diciembre del año 2002. En aquel entonces ya usaba su nombre de casada, Carmen Valadez, dato que me hizo conocer la profesora Sharon Rowley, quien moderaba el problemático reencuentro de este servidor con la dama y el nutrido séquito que le hacía compañía, entre los que estaba el poeta Shiafinno González y un ser más duro, mucho más terrible que el autor de Pasajesdizos, la todavía por deseo propio inédita Marla Pagán Mattos, que acaso no quiera recordar el dato terrible que le mostré a tan tierna edad, la máquina de asperjar que usaban los curas en la Antiguedad, desde que el Tomismo dominó a la congregación del Papa. La idea de que la Iglesia Católica conociera más que bien la técnica de un traslado aunque desde Santo Tomás hasta hace poco tuviera que abogar los los padres degradados de un jodón o una jodona, proscribiendo con resuelta gallardía la maternidad de una intrusa como Calixto. Conocida, reencontrada, y luego para siempre soñada, Carmen hace entrada al salón del amado recuerdo que hasta ahora ocupaba solitariamente mi tío abuelo Gonzálo Piñero Bermúdez. Quien sólo fuera una compañera de estudios y no más, ya es un ser mitológico en lo profundo de mi corazón.

La secular reunión de la dama y su nutrida comitiva culminó en el Hotel San Juan, con una ceremoniosa caminata por el puente que conecta el hotel con la hospedería que está al otro lado de la calle. Ahí me explicó que se había casado, aunque no me habló de su blog, creo que el primero de ese tipo y uno de los más antiguos. La profesora Homar atravesó el puente peatonal con nosotros. Estaba cubierto por un ventanal de vidrio tratado para filtrar la resolana y eso permitía hacer llegar la corriente de aire acondicionado por todo el trayecto. El puente peatonal de la Avenida Campo Rico, el único de ese tipo en todo Puerto Rico, fue desmantelado poco después por desuso, pero todavía se atraviesa el que yo cruzé con Carmen y sus amigos. En esa misma actividad, la profesora me asignó por primera vez un libro de narratología distinto a lo que ella nos decía que era Gennette, que es lo mismo que decía Eco del severo dictamen del francés, que los narradores recuerdan cosas que a nadie le importan o vienen a cuento. Es de un grupo de narratólogos canadienses que viene Narrer la ruse, que fue un alivio para mí y una guía confiable que me conecta con el pasado maravilloso de la Francia de Margarita de Navarra.

A veces, sin embargo, soñaré con ella

 

 

 

Días en una escuela

 

Especial para En Rojo

“En la perrera nunca se sabe si es de día o de noche”. 

Jonny* pausa por un momento para meter una papita frita en el poco ketchup que le queda en el platillo de cartón. Somos tres en mi salón, en el sexto periodo, en esa última semana de clases. Hablamos. Más bien, hablan ellos, y yo escucho, y asiento, y exhorto, y río como ellos, en los momentos más inoportunos. Aunque a Jonny lo tuve de alumno en el 2019, regresa de vez en cuando para visitar, y más con la excusa de ser uno de los mejores amigos de Yaneli*, la tercera persona en este grupo y que sí es mi estudiante este año. Al quedar poco tiempo de clase y al Jonny estar trabajando de rufero fuera de la escuela antes de graduarse, estas visitas nos dan la oportunidad de charlar y de recordar aquellos días en que acababan de llegar al país, en un contexto sin juicio ni pena, en el que estos niños que cruzaron desiertos y ríos y evadieron asaltos y raptos no tienen por qué hacer novelitas ejemplares de sus historias.

“Como está así frío, te dan a escoger entre un suéter y una camiseta, y entonces si tienes suerte te dan un aluminio para cubrirte pero luego de par de días si se comunican con tus parientes pues te sacan y te ponen en la otra parte donde sí hay calefacción y entonces te puedes bañar”.

 

Parece que en esta otra parte hay catres y sillas, pero también reglas muy claras: “si te pones a pelear o a golpear a alguien, entonces te sacan y te ponen frente a todos a gritarte y entonces te atrasan la salida pa que aprendas”.

 

Jonny tenía quince años cuando lo agarraron. Yaneli tenía siete.

 

Somos tres en mi salón en este sexto periodo cerca del fin del año escolar, y por una media hora me quedo yo callada, oyendo los retazos de los recuerdos de estos muchachos míos, los muchachos que nunca han sido de nadie, ni de sí mismos, los errantes, los cruzados, los ausentes, los enjaulados, los que solo quieren “salir adelante” (palabras que siempre les critico como frase vacua: “¡no se les ocurra escribirme esa tontería en las redacciones, que eso no dice nada; es como describir algo con el adjetivo ‘interesante’, ustedes pueden escribir mejor!”) Acá tratan de entenderlos, que no es sino tratar de enjaularlos de nuevo, ensártandoles siglas como ELLS (English Language Learners, que ya el English as a Second Language no es término suficientemente ilustrado), y motes más woke como Latinx (“Señora, ¿con qué se come eso? Yo soy chapín”). En los informes que sudan una preocupación urgente y llena de buenas intenciones los nombran como estudiantes FLIES (Formal Limited or Interrupted Education Students).

 

Nada de esto importa hoy, en el sexto periodo, en mi salón.

 

“En la perrera no se sabe si es de día o de noche porque siempre tienen la luz prendida, no hay ventanas y no hay relojes.” Ah, como los casinos, le digo a Jonny, a media sonrisa. “¡Sí, señora, como en Las Vegas!” suelta Yaneli. “¡Ay, me encantó Las Vegas, señora, es tan bonito, hasta vi una pareja casarse ahí, y todas las luces, tantas luces, siempre como una fiesta!”

 

Yaneli tintinea una sonrisa que no se esfuma aun cuando Jonny sigue contando. Y así sigo escuchando, por una media hora, más retazos de recuerdos.

 

“Si no hay muchos en la perrera, entonces te puedes acostar en el piso, pero cuando yo llegué pues habíamos muchos, así obcecados, y solo te podías sentar así apretado, o estar parado.

A mi tía la llamaron y entonces me sacaron, creo yo a las dos de la mañana, pero no sé, porque la luz siempre estaba encendida así que pues, ya sabe.

 

¿Antes de eso? Pues vine a pie, sí, y crucé el río y el coyote ya nos había dicho a mi grupo de diez personas que dentro de una hora llegaríamos, pero entonces se le ocurrió ir de vuelta a ver si venía alguien más y nos dejó solos y a los 45 minutos ¡zas! llegaron las cuatro motos de la migra y pues terminamos en las jaulas.

Luego tuve suerte, y después de estar en una casa hogar allá en Texas pues me vine en avión para Katonah,** también de madrugada. La casa hogar en Katonah era bien vergona, tenía cabañas, piscina, un centro con comida, cada cual con su propio espacio, y le digo que me encantaba.

Pero entonces me emputé con mi tía cuando me fue a buscar porque nosotros estábamos en medio del campeonato de fútbol, y mi cabaña ya había ganado y estábamos para la final, y nos habían dicho que el que ganara se iba a ganar un viaje a Manhattan, y nunca había ido; solo lo conocía de fotos, y como llevábamos más de un mes sin Coca Cola ni pizza nos dijeron que de premio íbamos a poder comer lo que quisiéramos –pizza, Coca Cola y todo eso– y pasarnos el día en Manhattan, cuando de repente llega mi tía y dice “alístate, que nos vamos” y yo le digo “¿no puedo tener dos días más hasta la final?” y ella se enojó conmigo ¡pero es que yo estaba más enojado aun!

Ahora vivo con uno de mis hermanos, pero es un irresponsable y bastante mayor que yo. Vivo solo en realidad porque no me gusta que me digan qué hacer”.

Yaneli escucha, como yo, y de vez en cuando evoca algún recuerdo propio. En diciembre de su tercer grado el abuelo la envió a encontrarse con la madre. Viajó en bus y carro, de la mano de cualquier adulto que se comunicara con su familia (primero un señor que le dejaba hablar con su mamá por teléfono, luego una señora con quien recorrió tres estados en guagua Greyhound y que le aconsejaba esconderse cada vez que aparecía cualquier otro tipo de adulto, en especial si llevaba uniforme). En total, calcula que su viaje de Nevada a Nueva York duró un mes. Al llegar, no había visto a su madre desde los cuatro años.

“Tuve suerte, señora. Me divertí mucho, y me encantaron todas las cosas que vi, y las Vegas… A mi mamá no le había ido tan bien: la última vez que trató de cruzar la secuestraron y estuvo así por muchos días, pero gracias a dios mi tía, que ya estaba acá, resolvió”.

Cómo resolvió, pregunto, temiendo saber.

“Pues como tenía que hacer. Les pagó cinco mil dólares a los secuestradores y pues ya, todo acabó bien”.

Y acaba el sexto periodo ahí, en mi salón, y no sé si es de día o de noche.

*He cambiado los nombres para proteger su identidad.

**Katonah, en el Condado de Westchester, Nueva York, conocido por darle nombre a una de las colecciones de toallas y artículos de decoración de hogar de Martha Stewart –y sede de clubes, centros ecuestres y mansiones discretas– es también el lugar donde muchos de los vuelos supuestamente clandestinos llegan, generalmente de madrugada, repletos de inmigrantes menores de edad, que vienen de Texas y Arizona a encontrarse con sus “parientes” en Nueva York.

 

El tiempo

 

R.C. Hopgood

Jay y yo estamos al final de la calle, mirando al mar, sentados en las piedras grandes que pusieron frente a las casas para reducir la erosión del mar contra las casas. Es el final del verano, y en un par de días me voy para los Estados Unidos a estudiar. El mar está bravo, huele a bomba y sargazo. Un par de surfers esperan olas en la distancia. Jay me mira y me dice, ¿que tú haces con eso? ¿Que qué hago con qué? Eso, dice Jay, y apunta a mi reloj Casio digital. Es el mismo reloj que uso desde por lo menos sexto grado, tal vez antes. Plástico negro, con cronometro, alarma y se puede usar bajo el agua hasta una profundidad de 200 metros. Perfecto para las expediciones de snorkling en Culebra. Ese es mi reloj, le contesto. Jay me mira con la confianza que siempre tuvo y dice, un tipo como tú no debe usar reloj. ¿Un tipo como yo? Si, tú sabes, un tipo como tú, artista, músico, free spirit, tú sabes.

Desde niños aprendimos el reloj, el show de las doce, el noticiero de las seis, la novela de las siete. Vístete para la escuela que son las siete y cuarto y te vienen a buscar a las siete y media. Entrada a las ocho, merienda a las diez y veinte, timbre de salida a la una y media. La misa de las siete, la de las nueve, diez y once, a las seis los sábados. Llegamos tarde, llegamos temprano. ¿A qué hora es el matiné del Grand? ¿A qué hora abre Kasalta? ¿A qué hora cierra el correo? Sesenta segundos en un minuto, sesenta minutos en una hora, veinticuatro horas en un día, treinta o trentiún días en un mes (excepto febrero), doce meses al año, cien años en un siglo. Por los siglos de los siglos, amén.

No importa, los boricuas llevamos nuestro propio tiempo, no tenemos que seguir esas reglas.

Pero esas son las reglas, todos los segundos iguales, todos los minutos iguales, todas las horas, días, meses, años, siglos, todos iguales y el reloj mide que mide. El tiempo en una cajita. Un ñame. Tic toc. Así cualquiera.

Raitrú, loco, le digo a Jay. Y así mismo camino hasta la orilla del mar mientras me desabrocho el reloj. Me meto en el agua hasta la rodilla, agarro el reloj en la mano, y lo tiro lo más fuerte que puedo. El reloj hace un arco en el aire sobre el mar, y al llegar al punto más alto, para en seco. Así mismo, loco, a medio vuelo. Como un fotofinish en el hipodromo. Ahí mismo me tiro en mi cama con sábanas del Correcaminos bip bip, y me pongo a mirar mi colección de sellos. Tengo un sello de la Isla de Navidad, me pregunto si será Navidad todos los días, tal vez un día pueda ir. También quiero ir a Mónaco y a Umm al-Quwain (mas que nada por el nombre). Y aunque me gustaría ir a Niasalandia y a Río Muni, sé que es imposible porque esos países ya no existen. Desaparecidos, puf, como los segundos del reloj. Los que nacieron ahí, ahora no tienen país donde nacieron. Yo por suerte todavía tengo, pero es una lucha. Me pregunto qué tipo de país seremos en el año 2000. Pero para eso falta mucho todavía. Esto va a ser todo un magical msytery tour.

¿Mami, le puedo subir el volumen? Esta es mi canción favorita. ¿Y no era la del Walrus? me pregunta ella. Si, esa también, pero esta es mejor en el carro. ¡Roll up! Vamos a la biblioteca de San Juan en el Mustang Mach Uno color mostaza de mami. Parece un carro de carrera, con una franja negra sobre el bonete y todo. Me pregunto, si uno fuera bien rápido en un carro ¿podría ir más rápido que el tiempo? Como Supermán, que le da vueltas al mundo tan rápido que mueve los relojes para atrás. Voy a sacar dos libros más de Salgari. El tipo escribió más de setenta y me los quiero leer todos. Me hubiera gustado vivir en los 1800s, en un barco y tener todas esas aventuras en el delta del Ganges, o en Damasco, o en el Lago de Maracaibo. Yo con Wan Stiller, Carmaux, Moko y el Corsario Negro escapándonos en una chalupa a mitad de noche. Un grupo de soldados españoles nos está buscando. Gracias al Conde de Lerma que nos ayudó a escapar de la casa del notario donde estábamos escondidos. Ya que lleguemos al Rayo estaremos a salvo. ¿Oyes los manatíes cantando?

¡Flaco! ¡Ese es Mick Shagger cantando! ¡Lo reconozco en cualquier lugar, esa es una canción nueva! El Marcelo se excita fácilmente, pero no tanto. Estamos en los bleachers de San Jorge viendo un torneo de volibol, sentados en la parte más arriba de los bleachers, no conocemos a nadie allí. Marcelo me cae bien y a mi me gusta explorar así que ok. Loco ¿tu estas seguro? ¿Los Rolling Stones? Si, flaco, es inconfundible. ¿La oyes?

Oigo, y lo que oigo es el plop del reloj cayendo sobre las olas que rompen en la playa de la Gertrudis. Los pececitos se revuelan al sentir la maquinita electrónica acercarse. Vamos a Obregón que tengo que comprar comida para los peces, me dice mami. ¡Siii! Me encanta ir a Obregón en la Loíza, en esa tiendita no cabe ni una pecera más. ¿Mami, cuántos años tiene el óscar de Obregón? Ay bendito, ese óscar debe tener como treinta años, es viejísimo. Mis favoritos son los peces disco, cuando yo sea grande voy a tener peces discos. Por lo menos dos. Y neones. Bien cool. Mi pecera va a ser una discoteca. El disco es mi música favorita y mi pez favorito. Bueno, de los de agua dulce, de agua salada es el pez león. El pez león se ve cool, pero en verdad es súper venenoso y además invade a todos los sitios donde se mete, debería llamarse pez imperial o pez americano. Pero son de por allá de Indonesia. Cuando vaya a Malasia voy a ir a bucear y a ver un pez león, igual que Sandokán. ¡Al abordaje!

Y el reloj se reposa sobre el fondo del mar y en par de minutos esta completamente cubierto por la arena. Pero, tic toc, sigue marcando el tiempo por varios años más. La arena lo entierra y lo desentierra y las olas lo mueven de aquí a allá y de allá a acá. Vive en el mar marcando el tiempo para los peces que lo miran y se ríen. Hasta que un día por fin se le gasta la batería y el plástico se descompone y el metal se corroe y el reloj se convierte en arena, igual a la que usaban para marcar el tiempo hace siglos, y esa arena llega a la orilla donde un nene la recoge para hacer una bola de arena. ¡La mejor bola de arena del mundo!

Tengo sueño y me duermo y sueño en el futuro. Estoy casado y tenemos una máquina del tiempo. Es como un carro cualquiera, parece un volky medio destartalado. Mi esposa y yo nos montamos como si fuéramos a ir al cine o al colmado. ¿Quién es mi esposa? Le quiero ver la cara pero no puedo, lo que si se, es que en la máquina del tiempo vamos a ir diez años al pasado, exactamente diez años. Diez años hasta hoy mismito donde estoy yo con Jay hablando al final de la calle. O sea, dentro de diez años yo voy a estar casado y con un volky que viaja por el tiempo, y mi esposa y yo vamos de vacaciones a visitar a Puerto Rico en 1984. Vamos a verme a mí allí en la playa hablando con Jay, y después caminando hacia la orilla y mira como tiro el reloj al mar, que decisivo. Todo como si fuera una película, pero allí mismo estamos, mi esposa y yo, en trajes de baño, cómodos, sobre toallas de playa en la arena, viendo al reloj volar por el aire y caer sobre las olas. Y vemos a Roberto dar media vuelta y caminar hasta donde Jay está riéndose al final de la calle. Roberto camina hasta él y le dice ¿Viste que fácil? Ya, libre del tiempo. Loco, estoy súper ready para la universidad. Y se chocan la mano bien en alto. Y ahí me despierto del sueño, y es el año 2016 y me quedé dormido frente a la computadora escribiendo un cuento. Mi hija me despierta, papá, papá ¿qué día es hoy?

 

El camino a Santiago de Cuba y el Festival del Caribe, parte I

 

En Rojo

Llegamos a La Habana el 2 de julio, pero nuestro destino fue “Rumbos del Teatro Caribeño”, el taller anual auspiciado por el Estudio Teatral Macubá durante el Festival del Caribe (Fiesta del Fuego) de Santiago de Cuba. La pequeña delegación incluía la conocida artista de teatro y performance Helen Ceballos y su hermana y ayudante de producción Camila, Mat Schwarzman, de Nueva Orleans, director del taller virtual de teatro caribeño Canales Abiertos, Nilo Mahatma Caituiro Monge, de Cusco, Perú, el técnico de Canales Abiertos y este servidor. Tanto Helen como yo estábamos invitados al programa del evento como artistas/directores de talleres, mientras Mat y Nilo iban para dirigir un conversatorio cibernético de cuatro horas sobre “Rumbos” y el intercambio teatral caribeño el 9 de julio, ultimo día del Festival.

Por COVID-19 y las medidas del bloqueo, todavía no pudimos volar directamente a Santiago ni a Holguín (mucho más cerca que La Habana). Por eso, tuvimos la promesa de los organizadores de proveer una guagua grande que nos transportaría a nosotros y a todos los teatreros y participantes habaneros en la larga travesía de entre 13 y 16 horas del oeste (La Habana) al este (Santiago) del país.

Y así entramos en la crisis económica de la Cuba actual casi desde el momento de nuestra llegada. Por falta de petróleo (diesel) el gobierno tuvo que cancelar la guagua que iba a llevarnos al festival y tuvimos que contratar transportación privada. La opción era ir o no ir (“ser o no ser” en términos del festival), y ya íbamos en una guagüita, carísima en términos cubanos, para cinco pasajeros. Los teatreros de La Habana nunca llegaron a Santiago para participar en el festival. No hubo petróleo.

Salimos a las ocho de la noche para llegar a nuestros hospedajes en Santiago a las nueve de la mañana, pero sin poder dormir por los baches y desvíos del camino. Ya era el 4 de julio, primer día del festival, y yo tenía un grupo de 18 jóvenes de entre 17 y 25 años esperándome en el Teatro Macubá para comenzar su taller. Después de un desayuno rápido y mucho corre corre, ese día trabajamos desde las 12:00 a las 3:00, y por las últimas dos horas pintamos camisetas alumbrándonos con las luces de nuestros celulares. Pero fue único apagón que tuvimos que soportar en el teatro durante los cinco días del taller. El proceso fue caer al piso y levantarnos manteniendo nuestro balance durante seis días de talleres, conferencias, ensayos, funciones y desfiles.

No celebraron el gran Festival del Caribe, Fiesta del Fuego de Santiago en 2020 y 2021. Después de las suspensiones por causa de la pandemia de COVID-19, combinado con las opresivas medidas del bloqueo impuestas por la administración Trump y su impacto económico, tal vez la versión de 2022 no lograba el nivel de convocatoria internacional de festivales anteriores. Sin embargo, su adhesión local fue asombrosa y se celebraba cada día y noche tanto en la sede de la Casa de Caribe en las afueras de Santiago como en la plaza del pueblo frente a la catedral en el centro de Santiago.

“Rumbos del Teatro Caribeño” del Estudio Teatral Macubá se celebra en el centro, entre los espacios de teatro, galería y conferencia del Centro Cultural El Ingenio, El Cabildo Teatral Santiago, el Guiñol Santiago y más importante el Café Teatro Macubá.  Tanto el Cabildo como Macubá están fuertemente establecidos en la historia del teatro contemporáneo cubano. Los orígenes de los dos se asocian con el teatro intensamente local de “relaciones” que habían experimentado figuras icónicas como Sergio Corrieri, del famoso Teatro Estudio con el Teatro Escambray y Flora Lauten, más tarde la fundadora del Teatro Buendía, con La Yaya (entre muchos otros). Comenzando en 1968, ellos salieron de La Habana para crear en las próximas décadas un nuevo movimiento de teatro social popular comunitario.

Con la obra “De cómo Santiago Apóstol puso sus pies en la tierra” de Raúl Pomares, montada por el Conjunto Dramático de Oriente, surge el renombre del Cabildo y el teatro contemporáneo en Santiago. Como resultado también emerge la actora, directora, bailarina y coreógrafa Fátima Patterson para fundar el grupo afrocubano del Estudio Teatral Macubá, que ya cumple 30 años de historia activa. Es por Fátima y su grupo que estábamos en Santiago por el Festival, y es por invitación de ELLA que la obra “Animalía” de Helen Ceballos, el taller de máscaras de “másTaller” (Lowell Fiet) y el proyecto virtual Canales Abiertos recibieron sus invitaciones al programa de “Rumbos del Teatro Caribeño”.

“Rumbos” es un evento de tres pisos. Primero, es una conferencia académica de ponencias y paneles sobre el teatro (afro)caribeño, local (cubano) e internacional y especialmente sobre el trabajo de Macubá. Los temas tienden a enfocarse en la ritualidad teatral, las tradiciones yorubas y bantúes de Cuba y la indagación contemporánea de la intersección de género y raza –las circunstancias de la mujer negra en la sociedad cubana. Esas sesiones “teóricas” se extendieron del 4 al 6 de julio de las 9:30 a la 1:00.

El segundo piso correspondía a los “talleres prácticos”. Por lo difícil que era llegar a Santiago, el taller del dominicano Claudio Rivera, director del Teatro Guloya de Santo Domingo, se canceló. Por eso, másTaller tuvo la suerte de poder trabajar en cuatro sesiones con el grupo de 18 jóvenes de entre 17 y 25 años, la mayoría de la escuela profesional de teatral pero también tres miembros de la compañía regular de Macubá. La quinta sesión fue de ensayo y la presentación de una pieza titulada “Lobo de odio, lobo de amor”.

El tercer piso fue el más intenso de los montajes de obras. Actor, maestro y veterano “relacionista” Mateo Pazos presentó su obra unipersonal “Ño pompa Cuenta” en el Cabildo de Santiago, el grupo Palabras al Viento llegó de Holguín con su obra “Fábulas de Cuba” (una adaptación con baile y música de cuentos de Miguel Barnet), el Oyu Oro Dance Ensemble (grupo afrocubano diaspórico) llegó de Estados Unidos y también presentaron trovadores, el teatro de muñecas de La Barca y varias otras presentaciones de baile y narración.

Sin embargo, los montajes más significativos para mi fueron “Somos Mujeres” del mismo Estudio Teatral Macubá, dirigida por Fátima Patterson, el brillante “Animalía” de Helen Ceballos (de Puerto Rico), la muestra del taller de máscaras de másTaller y la genial demonstración de los ejercicios bailados por los miembros del grupo de Macubá, dirigida por su maestro de baile. Regresaré en una segunda parte de este ensayo para explorar estas obras más detenidamente.

Casi todo mi tiempo en Santiago estaba enfocado en el taller de máscaras y los montajes de los grupos invitados por Macubá. No obstante, el Festival del Caribe es mucho más que teatro. Sobresale la música, el espectáculo y baile folclórico –en escenarios frente a la catedral y en la Casa del Caribe– y especialmente sobre los dos grandes desfiles carnavalescos –uno para abrir y el otro para cerrar el festival con la quema (fuego) de la culebra– que comienzan en la plaza del pueblo y corren las calles, como una serpiente, para llegar a los alrededores de la sede del evento en la Casa del Caribe.

En este viaje a Santiago no llegué a la Casa del Caribe, pero sí desfilé ambas veces con los miembros de Macubá, y llevé con los estudiantes del taller de máscaras una comparsa enmascarada al último desfile. Macubá conlleva por su prestigio la posición privilegiada de estar segundo en el desfile de grupos que pasan por la estación de observación en la plaza principal. Por sorpresa, en el tercer lugar en el primer desfile llegaron más de treinta miembros del grupo boricua Somos Caribe con camisetas anaranjadas y banderas puertorriqueñas para interactuar y cantar con la gente de Macubá mientras esperábamos que la lluvia escampara y comenzara el desfile. Allí en las calles de Santiago, aún con todas las dificultades de llegar, se notaba, como siempre, la solidaridad boricua-cubana. Los cubanos conocen las canciones puertorriqueñas, bailan y festejan con los boricuas y la calle sirve de puente visceral que muestra que todavía Somos Caribe.

La escasez –no solamente petróleo y gasolina sino otros productos y alimentos básicos—es más notable después del pandémico. Es difícil viajar a Cuba en este momento, pero también es muy importante hacerlo. El camino –trece horas yendo en una guagüita Volkswagen y catorce horas regresando en el asiento atrás de un pequeño sedan Hyundai—fue una tortura que prefiero que no se repita. En un momento del viaje me preguntaba si la isla ya no parecía más cercano a Haití que a la Cuba que yo había visitado anteriormente entre 1977 y enero de 2020.

La respuesta a mi interrogación es no. Nilo, mi colega y amigo de Perú, comentaba que en

Cuba hacen falta productos, pero no se nota la pobreza, el hambre y la desigualdad de su propio país. Hay apagones, como en todo el Caribe, pero la gente sigue adelante; hay escaseces, pero no hay hambre como tal; hace falta petróleo, pero las motoras, bicicletas, carritos y taxis encuentran sus caminos. Y con mucha dedicación y mucho trabajo se puede montar un gran Festival del Caribe y “Rumbos del Teatro Caribeño”.