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Una confesión de la devastación: mis vísceras en bandeja de plata

 

 

Nota: Este texto se leyó como parte de la presentación de Poéticas de la devastación y la insurgencia: María y el Verano del 19, de Malena Rodríguez Castro, el 10 de mayo de 2022, a las 6:00pm, en el Taller Comunidad La Goyco. El libro puede adquirirse en las librerías del país y en la tienda en línea de Editora Educación Emergente.

Vanessa es la bateadora emergente de Será otra Cosa.

 

Si Babel se restringiera al lenguaje verbal,

viviríamos en un modo de comprensión

mucho más sencillo.

Alejandro Grimson

El ensayo se diferencia por su medio,

los conceptos y por su aspiración a la verdad.

Theodor W. Adorno

El nombre de Puerto Rico fue nuestra

primera lección de retórica al borde de la pila bautismal.

Tomás Blanco

 

  1. La persona escombro

¿Qué se supone que yo hiciera mientras leía este libro de Malena Rodríguez Castro? ¿Qué se supone que hiciera cuando lo terminé? ¿Qué se supone que haga ahora sino hablar de la devastación que ha restituido y aumentado en mí?

Dice Malena que “Llegó María y el tiempo se partió en dos”. Y yo añado: “Llegó este libro y el tiempo se partió en dos”. Más: “Llegó este libro y me partió en dos”. Adormilada (anestesiada) como estaba dentro de esa modorra acomodaticia con artificiales visos de atención y vigilancia que tanto trabajo me ha costado elaborar después de María y para sobrevivir este postCOVID que no acaba de empezar, este libro volvió a abofetearme con mis temores, no solo los cotidianos sino esos mayores, los apocalípticos, que están a la vuelta de la esquina. A mi tierna edad, esto no es fácil. Acostumbrada a llevarme el mundo por delante, creída también —hay que decirlo— del milagro económico del país, de la burbuja del bienestar, del cuerno de la abundancia… el no poder controlar un huracán —en todas sus manifestaciones— y sus consecuencias ha sido terrible. Asuntos de clase y de ascenso social permean esto.

Añadía Malena, después de esa rajadura en dos, que “pensamos que nada peor podía suceder”. Y sucedió; y lo nombra, el chat de Ricky y el verano del 19, los terremotos de enero de 2020… Pero yo añado más: la ignominia en Rincón y el desparpajo en Las Mareas en Salinas, la posibilidad de inmunidad a los adinerados malandrines que allí se plantaron, lo que se pretende hacer con Las Golondrinas, la situación en la Universidad de Puerto Rico, la inutilidad del Departamento de Recursos Naturales que, en 36 años, no ha podido preparar un reglamento para proteger nuestras cavernas, la desidia con el Centro de Diabetes, la caída del observatorio de Arecibo —que tanto me duele—, un país atropellado por el “efecto Rey Charlie”, un sistema judicial frágil, clasista y machista, el apagón del 6 de abril… Y mientras Pierluisi pretende, como señalaba Cezanne Cardona en una de sus columnas del mes de abril, “que amemos el descalabro gubernamental como si fuera una segunda naturaleza”, yo tengo mi descalabro propio, personal, económico, emocional… que este asunto comenzó antes de María con la recesión económica que nos estrangula desde 2006. El país escombro se nos vuelve normal, la ciudad escombro se nos vuelve normal, la persona escombro se nos vuelve normal… Cuando este fenómeno se da, hay que tener más miedo del usual, de ese que creemos domesticado.

  1. La maravillosa Babel de la belleza

Crónica de crónicas, formidable inventario del mejor pensamiento reciente en Puerto Rico, Poéticas de la devastación y la insurgencia evidencia el dominio teórico de la autora, la lectura cabal y apasionada de los ensayos, investigaciones, instalaciones, textos poéticos, filosóficos y de crítica cultural, graffitti, películas y performances, entre otros géneros y medios, que nos entregan en todo su monumental y crudo análisis la devastación y que la autora abraza en todas sus respectivas complejidades y aperturas para tratar de demostrarle a Grimson que Babel, aunque no se restrinja al lenguaje verbal y se erija en muchas lenguas, es también abarcable y comprensible, presentable en toda su evidencia y estupor, en toda su sutileza y análisis encendido. Eso hace más contundente el golpe de la devastación, ese afán de todos los autores, creadores y originadores… esa apetencia compartida de mirar acuciosamente, de presentar, analizar, inmiscuirse, comprendernos… Y Malena lo recoge con una supuesta frialdad académica que no es tal sino la asunción enardecida de una voluntad de mantener la chispa de la inteligencia y la de la esperanza, la que se nos pegó en los sesenta, setenta y ochenta y que no queremos dejar morir. Si no, de qué otro modo terminaría el libro si no es con ese revelador “Aún en la devastación, no nos pararán”. Y a mí me parece escuchar a Joan Báez con la música y la letra de aquel “No nos moverán” que tanto cantábamos en aquellos años…

La marca de la autora, que apuntaría Michel Foucault, la importancia de quién habla, está ahí, su negativa a pensarnos de otro modo que no sea archipelágico y antillano. Toda la enjundia y escrituras previas de Malena se acomodan en un primer plano para ofrecernos una prosa compleja y precisa al mismo tiempo, clara, lúcida, y que me atrevo a comparar con la mejor prosa ensayística de Tomás Blanco por sus ribetes líricos. Malena se nos mete a poeta, además, con los títulos de las secciones y algunas notas al calce, como la que establece “Tierra… lo sólido, lo óseo, lo mineral… Agua… circulatorio, los fluidos, el cuerpo inundado, Aire… respiratorio, dispersión, los pulmones… Fuego… metabolismo, sistema circulatorio, transporte…”. También con ciertos giros que me recuerdan a Alejandra Pizarnik cuando hace construcciones en las que esperas una palabra, dada la construcción del verso o de la oración, y te pone otra que te sorprende, pero es la crucial, la que corresponde, la que hace que, entonces, la imagen explote, como hace Malena, en medio de su recuento de los estragos de María, cuando habla del “tendido… poético”. Se refiere a voces de otros, de los que usualmente no se escuchan, a voces que se hacen sentir después del huracán, a voces que se enlazan en la desolación, el rescate y la sobrevivencia.

Si importante es tener acceso a la inteligencia, mejor aún es que ese acceso se haga a través de la belleza, que puede ser desde brutal y cruel hasta espumosa y liviana. Si uno de los rasgos que define el ensayo como género, según Adorno, es su “aspiración a la verdad”, nada mejor que esa prosa de Malena para acceder a su pensamiento propio y al pensamiento de ese conjunto de voces que también nos han pensado y nos siguen pensando en medio de la devastación.

 

  1. Las bofetadas que me da Malena

Si, por un lado, cita Malena a Pierre Naville cuando dice “Hay que organizar el pesimismo”, también cita a Marta Aponte con “Siempre es posible sufrir más. Siempre es posible sufrir menos”.

Siempre hemos sufrido y siempre hemos querido organizar el pesimismo. Ahora mismo creo que todos seguimos tratando de hacerlo, pero… ¿Qué hago yo con mi cansancio? ¿Qué hago con la bofetada que me da este libro? Quiero hablar de otras dos bofetadas que nunca he olvidado y que este libro me ha hecho recordar mientras lo leía.

Una de ellas fue hace unos 10 o 15 años. Conversaba yo con un amigo extranjero que trabajaba en un medio de comunicación del país. Hablábamos de las penurias nacionales de aquellos días con ánimo crítico y pensando en soluciones, cuando de pronto me espetó: “Vanessa… es que no hay país”. Mi primera reacción fue de furia y xenofobia. “¿Cómo que no hay país?”, le espeté estupefacta y casi infantilmente. No recuerdo cómo conciliamos el asunto para poder continuar siendo amigos, pero después pensé en toda esa información a la que esta persona tendría acceso, esa información intestina sobre el mal funcionamiento de las agencias gubernamentales, esos datos que solo tienen los dueños del país, los que bailan en los ruedos del supuesto poder político, pero ostentan el verdadero poder económico y rigen las alianzas y contubernios con que van despojando de dignidad y de recursos a los demás. Gente en los medios de comunicación que está al mismo nivel de esos comités de transición entre gobierno saliente y gobierno entrante y que se enteran al detalle de cómo está pendiente todavía repartir mucha parte del bacalao.

La otra bofetada se dio durante la lectura que, en algún momento de los setenta o los ochenta, dimos Don Juan Antonio Corretjer, Ángela María Dávila, Che Meléndez y yo en algún lugar de Hato Rey cuyo nombre no recuerdo. Al terminar las intervenciones poéticas, le pregunté a Don Juan: “¿Qué se siente ser nuestro poeta nacional?” La respuesta de Don Juan —que, por un lado, tenía su dosis de humildad— me dejó sin habla pues arguyó que, en tanto Puerto Rico todavía no se había constituido como nación por no haber alcanzado la independencia, no se podía hablar de poeta nacional. Acostumbrada como estaba, en nuestra cabeza de esos años, a que sí éramos una nación, que esa noción no estaba entreverada, necesariamente, con la independencia, que sí éramos un país, le refuté a Don Juan y, si mal no recuerdo, creo que entre todos le convencimos. La neblina del tiempo me hace difuso ese recuerdo.

Empero, en tiempos en que nociones como las de identidad, país o nación están tan cuestionadas, me refiero a estas dos experiencias solo como bofetadas que me desubicaron y me han hecho reflexionar paralelamente con el libro. Pero volvamos a las bofetadas de Malena, que me han “descolocado”, como dirían los españoles.

A una edad en que se supone que tengamos algunas mínimas certezas, tengo más preguntas:

¿Cómo me deja este libro? ¿Cómo miro todo esto generacionalmente? ¿Cómo me inserto en esas miradas o comparto con esas miradas que no son iguales a la mía, esa, como dice Malena, nueva sensibilidad millenial para la cual se acabaron las promesas? ¿Cuál es el plan de desalojo para momentos concretos, cuál el plan post catástrofe si la catástrofe todavía no ha terminado?

Cita Malena a uno de los autores diciendo que nada hay más fuerte o presente “que un muerto al que no dimos sepultura”; y ahí está Ricky Rosselló, que creíamos sepultado, campeando por sus respetos en Washington, D.C. y su esposa preparándose para regresar y copar un puesto de curadora en alguno de los principales museos del país. ¿Cómo es este país que saca a un gobernador, pero no sabe resolver problemas más pequeños?

De nuevo: ¿Qué hago con mi cansancio? ¿Qué me sucede que estoy escasa de recursos para “organizar mi pesimismo”? ¿Quién o cómo era yo antes de la devastación? ¿Quién o cómo soy, ahora, en la devastación continua en el tiempo? ¿Hay siempre solidaridad durante y después de la devastación? Ya no sé cómo organizar mi pesimismo como no sea seguir escribiendo poesía, que es a lo que vine al mundo.

Continúo citando a Malena: si “una cifra puede extraviarse de su mortaja”, ¿puedo yo extraviarme, de nuevo, a una comodidad artificial, como la de The Matrix, y responder tan solo a los reclamos de mi soledad, mi edad y mi egoísmo? ¿Puedo convertirme, como dice Malena, en uno de esos “cuerpos endeudados, culpables y abyectos en su pasividad e indolencia”? ¿Puede detenerse (sigo con Malena) “aunque sea por breve lapso, el rumbo de los damnificados de las islas, evitar que los encripte la melancolía, los desplace el luto o los envuelva el necesario olvido”? ¿Cómo me integro a lo que indica Malena de la instalación 4,645, al “estruendo y al movimiento incesante y entrecortado de una multitud heterogénea que se encontraba por primera vez”, yo, que si visité la Calle de la Resistencia dos veces fue mucho?

¿Debe ser mi eslogan “Somos más y yo tengo miedo”?

De la devastación a la insurgencia, del pesimismo a la esperanza, siempre pensé que —de nuevo, a esta tierna edad— yo encarnaría los versos de Brecht para ser imprescindible, de esa gente que lucha toda la vida. No hay certezas. El libro de Malena me lo reconfirma, un libro que me ha jamaqueado de tal modo que me ha vuelto visceral en estas líneas. Creo que son libros así los que se deben escribir.

Gracias, Malena, por la inteligencia, la belleza y por las bofetadas.

 

El amor en los tiempos del Alzheimer

 

Especial para En Rojo

Cuando lo vi en la mesa de novedades en la librería pensé que ese no era un libro para mí.  Es que no me llaman la atención los libros sensacionalistas y me imaginé que uno sobre los últimos días de Gabriel García Márquez y de Mercedes Barcha, su esposa, tenía que serlo. Pero el hecho de que el mismo fuera obra de uno de sus hijos (Rodrigo García, Gabo y Mercedes: una despedida, traducción de Marta Mesa, Barcelona, Penguin / Random House Grupo Editorial, 2021) me hizo pensar que quizás así no fuera. Lo cogí y lo hojeé.  Es breve, muy breve, sólo de unas cien páginas de texto, y trae como apéndice un álbum de fotos familiares.  El libro es elegante, de buen papel y amplios márgenes que invitaban a hacer apuntes, a leer con un lápiz en la mano, como me gusta y como casi siempre lo hago.  Descubrí que fue escrito en inglés.  Eso picó mi curiosidad. ¿Un hijo de García Márquez que no escribe en español?  Decidí comprar el libro y lo leí de inmediato y con gran interés, hasta con fruición. No me arrepiento de la compra y menos aún de la lectura porque, además de presentar un cuadro de los últimos días del gran novelista, el libro me hizo pensar y repensar hechos personales, íntimos: los últimos días de mis propios padres.

Pero pongo a un lado lo personal y voy al libro mismo. Como decía, es breve y está escrito desde la perspectiva del hijo, quien apunta en gran parte del texto sus impresiones y sentimientos sobre los últimos días de su padre. Son mucho menos las páginas dedicadas a la madre. Quizás así sea porque el autor sabe que sus lectores están más interesados en el novelista, en el personaje famoso. Por ejemplo, poco se cuenta del funeral de la madre mientras que hay páginas que detallan las ceremonias fúnebres del padre. Quizás sea porque el autor no estuvo tanto tiempo cerca de su madre en esos últimos días y por ello – quizás, insisto – no pudo recrear ese momento tan bien como el final de la vida de su padre. De todas formas sorprende la diferencia entre los dos relatos.

Pero, para mí, la diferencia mayor está en la atención que Rodrigo García le presta a la muerte y el funeral de su padre frente a la que dedica a su enfermedad, a su proceso de deterioro. En esta diferencia, para mí, se centra no una falla del libro sino lo que falta y hubiera querido que el libro me diera. Sólo vemos el proceso de deterioro mental del gran escritor muy esquemáticamente y ese proceso, tan doloroso y tan difícil de presentar, era lo que quería ver.  Pero, recalco, esta no es una falla del autor sino una limitación de quien no estuvo presente día a día mientras tal triste proceso se daba o quien siente tanto dolor ante el proceso que no lo puede narrar.

Como digo, son escasas las descripciones de la decadencia mental de García Márquez; son escasas pero fuertes y contundentes.  Los síntomas de la enfermedad que más se destacan son la pérdida de la memoria y la incapacidad de escribir:

Al final, por primera vez desde su publicación, releyó sus libros y era como si los leyera por primera vez.  “¿De dónde carajo salió todo esto?”, me preguntó en una ocasión.  Seguía leyendo hasta el final, en algún momento reconociéndolos como libros familiares por la cubierta pero con una pobre comprensión de su contenido.  A veces cuando cerraba el libro se sorprendía al encontrar su retrato en la contraportada, de modo que lo volvía a abrir e intentaba volverlo a leer.  (47)

Hay otros pasajes en el libro donde se describe la caída mental de García Márquez, pero este, precisamente este, tratándose del escritor y sus libros, me pareció el más doloroso y significativo.

Como en tantos otros casos de demencia o de Alzheimer, García Márquez tiene una especie de memoria selectiva y, por ello, puede recordar poemas o canciones si se le recitaba un verso o se le cantaba una frase.  Esta dolorosa realidad afecta a toda la familia ya que los roles se invierten o se confunden: “…me siento a la vez su hijo (su hijito) y su padre” (45), apunta certeramente el autor.  Pero por un profundo sentido del pudor y por la conciencia de la creación de su propio texto, Rodrigo García no se regodea en ese dolor que lo podría llevar a pasajes sentimentales y hasta cursi.  Este, por suerte, es un libro escrito a partir del dolor contenido.

No solamente el sentido del decoro, sentido compartido con toda la familia – “…mi madre imparte sus órdenes marciales: ‘¡Aquí nadie llora!’” —, lo lleva a no caer en la trampa de la sensiblería sino que su propio rigor literario le sirve de guía o de barrera para no desembocar en el exhibicionismo.  A todo lo largo del texto el autor medita sobre el texto que está escribiendo.  Esta meditación demuestra que ejerce control no sólo sobre su estilo sino sobre su reacción al dolor que le produce presenciar el decaimiento y la muerte del padre.  La insistencia de la manifestación de su conciencia como escritor es otra forma de impartirle al texto un gran sentido de control, emocional y estético.  Vale la pena indagar un poco más sobre este aspecto del libro.

Ya apuntaba la sorpresa que sentí al saber que el libro fue escrito en inglés.  Rodrigo García está consciente del hecho:

No me di cuenta hasta bien entrado en mis cuarenta que mi decisión de vivir y trabajar en Los Ángeles y en inglés fue una elección deliberada, aunque inconsciente, para hacer mi propio camino lejos de la esfera de influencia del éxito de mi padre. (73)

El libro, que presenta la relación del hijo con su padre, hace claro que en esta decisión no hubo caricaturesco antagonismo sino un sentido de autoprotección.  Para afirmar su personalidad y su propia obra, el hijo se distancia del padre al seleccionar su profesión y el lenguaje que emplea para crear. Se distancia del padre, sí, pero no lo odia, ni lo mata simbólicamente.

El estilo de Rodrigo García le debe mucho a García Márquez: es casi imposible que fuera de otra forma. Hay pasajes que recuerdan la estética del realismo mágico (un pájaro negro que choca contra el cristal de la ventana y muere, como si saliera de una página de Cien años de soledad), otros que muestran el acertado empleo de la intertextualidad a través de referencias a la obra del padre mismo, del uso de una frase innovadora basada en una metáfora sorpresiva, del empleo del sentido del humor aún en presencia de la muerte, o, en general, del elegante manejo del lenguaje.  Habría que leer el original en inglés para sustentar esta aseveración. Pero aún en la traducción podemos ver estos rasgos estilísticos que emparenta al hijo escritor con el padre modelo.

Como apuntaba, para mí el gran vacío en el libro es la ausencia de una más detallada descripción del proceso de decadencia por el que pasó García Márquez.  El hijo habla de demencia y no de Alzheimer.  Pero las líneas entre una y otra enfermedad son muy tenues y a veces es muy difícil demarcarlas con precisión.  ¿Sufrió el gran escritor de un mal o del otro?  Eso lo sabrán los médicos y en el momento no importa.  Lo que aquí importa es la relativa falta de detalles sobre ese proceso mismo.  O quizás sea que la contundente realidad de la muerte es más impactante e importante para el hijo que el proceso de deterioro del padre.

Al padre se le protegió de los otros mientras decaía, pero pasó a pertenecer a todos tras su muerte, “…como si la muerte fuera una propiedad colectiva”.  (57)  En el fondo, el proceso de deterioro es privado y culmina con la muerte, que en este caso se tenía que convertir en un acto público que importa a la colectividad y pertenece a ella.  Aunque Rodrigo García parece establecer que el gran dolor viene con el final del padre – “La muerte no es un suceso al que se pueda uno acostumbrar.” (57) –, creo que el libro prueba de manera indirecta o, mejor, por ausencia que el proceso hacia la muerte es más duro que su conclusión, que la muerte misma. Es más fácil y menos doloroso presentar la muerte que describir el triste proceso que culmina en esta.  Por ello creo que la falta es mía ya que al leer el libro le pedía al autor lo que no quería o no podía dar.

Pero es posible que haya otra solución a este problema;  quizás sea que en todo este duro proceso se esconde una idea optimista y hasta altruista.  El mismo García Márquez nos da la clave para resolver a partir de esa idea este conflicto: “…es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.”

Sea como sea y a pesar de que injustamente le pedía al libro algo que su autor no quería o no podía darme, el mismo tienen el mérito de presentar los últimos días de García Márquez y Mercedes Barcha con honestidad y ternura.  Además, el libro nos hace revivir y repensar el doloroso proceso por el que muchos de nosotros ya también hemos pasado.  Por eso todos los lectores de este libro – a al menos yo – tenemos que estarle agradecido al hijo que medita sobre el final de sus padres.

Comentarios a:efrainbarradasf@gmail.com

 

 

El que ve

 

Especial para en Rojo

El que ve no hace mero mirar. Su ver prescinde de sombras y juicios.

El que ve no busca fines, ni en tiempo ni en lugar. La llegada falsa, la que se anuncia oronda, no engaña al que ve que lo real es un eterno arribar sin orilla.

El que ve no es testigo. Lo testimonial está sobrevalorado, y el que ve lo sabe; entiende la naturaleza dispensable del resumen y de la interpretación de lo visto: su irrelevancia.

Pocos captan estas distinciones. El que ve las ha sabido desde que le nació la conciencia en los zarcillos del iris que rodea el pozo de cada ocelo hermoso.

El que ve se deja llevar y hala lo visto consigo.

Sus ojos, bellos: fanales que a la vez devoran y se ofrecen, tan cerca del extinguir.

Hay quienes se posan al lado del que ve sin entender, sin ver que ocupan espacios cerca de esta luz que distingue contornos y arropa en tela de tierna ceguera. Ahí pasan, sin ver que están cerca de esta luz, pero nunca en ella, sin notar que a su lado palpitan maravillas. Ven a alguien de ojos entornados y sonrisa abierta. Sienten algo tibio y tierno, algo como el latido breve y alegre del infante apenas dormido. Pero no caen en cuenta.

El que ve ha visto lo atroz. Lo atroz viene de ater: lo oscuro. El que ve ha visto lo que por definición es invisible. Lo atroz es, en su origen, lo que no debe ser visto.

El que ve entiende que lo visto es lo no pronunciable. Que las formas se distinguen en su renuncia, y que estas formas conforman la belleza, el terror.

El que ve lo hace de soslayo, como debe ser todo ver. El que ve siente y practica un respeto avasallador hacia lo que ve: una devoción de hambre que abarca, voraz.

Me he acercado al que ve. En el abrir de su luz me mezo. El que ve me lleva consigo.

Aquí yazgo en la renuncia al verbo, en el sumirme, entera y cubierta, sabiendo muy bien que el que ve emite su luz oscura, irrepetible.

 

La voz íntima de Vanessa Martín en Puerto Rico

 

Especial para En Rojo

El Día de las madres del 2022, Vanesa Martín ofreció su primer concierto en Puerto Rico. Aunque desconocida en este terruño, Vanessa Martín Mata ya es un hito en España.

Nacida en Málaga, grabó su primer disco, Agua, para el 2006. Desde el 2009, cuando firmó con Warner Music, ha producido 7 álbumes de estudio, el más reciente en el 2020, Siete veces, sí, que alcanzó la distinción de álbum platino en el 2021. Además, en 2016 publicó un libro de poesía, Mujer Océano, que ya ha conseguido varias reediciones.

Quienes acudieron al concierto, lo hicieron ávidas de disfrutar de la cantautora de cuerpo presente, en la cercanía que otorga el recinto escogido [cuánta falta me hace un equivalente para venue], la Sala Sinfónica. No las defraudó.

El público pudo compartir con varias de las mujeres que la habitan: la sensual y coqueta, la poeta de verso atrevido e imágenes imposibles, la enamorada y desenamorada. Sobre todo, viajamos con ella por esos tormentosos caminos del reconocimiento propio. Como lo demuestran sus canciones, a Vanesa no le asusta la intimidad. En un recinto en el que tan pronto sonaron los primeros acordes los celulares subieron como una ola arrolladora y amenazante, la cantautora se apropió del espacio y las voluntades de cada asistente.

Su confesión de “me siento en casa” fue innecesaria, aunque agradecida. Se sinceró, bromeó de un suceso personal que provocó una canción —y solo una, enfatizó— que usó para romper una relación. Vanesa Martín sabe enardecer a la audiencia con sus cuentos personales, su coquetería concertera a lo Buika y su honestidad lingüística e íntima. Aún si fueran artificios teatrales —que no se delataron como tales— todo se le perdona por su voz. Vanesa tiene una de esas voces que, en lugar de necesitar, se opaca con la excesiva reverberación y eco de los medios electrónicos. En este concierto su voz estaba clara y potente. Y ella lo sabía, por lo que la explotó al máximo.

Para entender la magia que se produjo durante el concierto, debí haber comenzado por hablarles de la intimidad que se creó antes de su comienzo. Me resultó impactante el que, mientras esperábamos a que se nos permitiera la entrada a la sala de concierto, se creara una genuina camaradería de personas, casi todas mujeres, que solo compartían su gusto por la cantautora. Es usual en este tipo de actividad que cada persona se pasee por los pasillos, acuda al baño y la barra, no necesariamente en ese orden, y miren a los demás asistentes como extraños que coinciden en el mismo espacio por necesidad. En este caso, las conversaciones entre desconocidas fueron amenas y extensas. Pude comprender, ya comenzado el concierto, que Vanessa ha instigado, con o sin intención, una fanaticada basada en la camaradería. Lo demostró al permitir, en 3 ocasiones, la intervención del público, ante la sorpresa de la audiencia. Primero, una propuesta matrimonial. La segunda, por la dirigente de un fan club (que ocupó toda la primera fila del auditorio) y que, micrófono en mano, instó a les presentes a incorporarse al grupo.

Finalmente, una chica a quien, habiéndole dicho que quería cantar con ella, Vanesa le permitió subir al escenario, no sin antes expresar bromeando que parecía ser una práctica de la plaza en la que se presentaba por primera vez. Ante todas estas intervenciones, Vanessa sonrió y cedió el micrófono, aunque elegantemente lo retomó cuando, como en el caso de la cantante, se dio cuenta de que desentonaba. Así, con una sencillez pasmosa, complació a todes.

El espectáculo que presenta en su gira Tour USA 2022 es elegante, con un trabajo de luces impresionante. La acompañan siete músicos, desde su hermano en los tambores, hasta su maestra en el cello, cada uno logrando una integración de tempo y sonido que jamás opacó la voz de Vanesa. ¿Y qué decir de su música y letras? Para eso, amigues, les invito a que la escuchen. Sus letras ocupan la metonimia y la contradicción como si fueran una pareja amorosa. En este Tour, escuchamos principalmente canciones de sus últimos dos discos: Todas las mujeres que habitan en mí y Siete veces, sí. Sus letras — sobre el miedo a ser vulnerable, sobre las puertas tan esperanzadoras como siniestras, sobre los hábitos e invenciones que deshacen la memoria, y sobre los caminos equivocados pero persistentemente ansiados— retumban al reflejarse en nuestros secretos más íntimos. Por eso, por esa noche, compartimos con ella una intimidad de embrujo.

Una antología de Antonio Gramsci: el epistolario como fuente historiográfica

 

Notas marginales a Manuel S. Almeida (2020) Los otros escritos carcelarios: antología de “Cartas desde la cárcel”. San Juan: Callejón. 184 págs. Resumen de la presentación en el Centro de Investigación Social Aplicada (CISA), Recinto Universitario de Mayagüez (RUM-UPR), 3 de mayo de 2022.

Los otros escritos carcelarios: antología de “Cartas desde la cárcel”, última entrega del Dr. Manuel S. Almeida, abre con un “Prólogo” obra del Dr. Luis Alberto Pérez Martínez, sociólogo egresado de Syracuse University, Nueva York a quien conocí en Mayagüez durante mis estudios de bachillerato. El libro continúa con el proemio del antólogo, “Escritura trágica, actividad intelectual y resistencia ética en las cartas carcelarias de Gramsci: A modo de introducción”. El título proyecta el efecto que deja esta correspondencia en el lector.  Almeida es autor del volumen Dirigentes y dirigidos. Para leer los cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci (Callejón 2014 / 2017).[1]

El corazón del volumen es una selección de correspondencia de Antonio Gramsci (1891-1937), el “prisionero político” del fascismo italiano, con su familia. Su esposa (Giulia), su cuñada (Tania), sus dos hijos (Delio y Giuliano) y su madre (Peppina) son los corresponsales principales. Por medio del epistolario Gramsci se conecta con la sombra de una familia y con un mundo exterior inestable y nebuloso. Que la correspondencia gire alrededor de asuntos familiares y privados no evita que Gramsci, el “intelectual marxista”, dialogue sobre la cultura y los intelectuales de su tiempo o enuncie juicios en torno a la situación nacional e internacional. El periodo entreguerras (1918-1939) no fue otra cosa que el anticipo de otra conflagración peor que la Gran Guerra de 1914, una vez impuesto el principio de las nacionalidades tras las paces de 1919.

El tema de los “intelectuales” y la “italianidad”, entendida como un artefacto más allá de la mera nacionalidad, fue uno de los temas centrales de su obra. Para un historiador ello no deja de llamar la atención. Gramsci cavilaba sobre los “intelectuales” en un momento en el cual los paradigmas de la historiografía tradicional y el Gran Relato Moderno eran cuestionados desde diversos flancos: el suyo, el Materialismo Histórico crítico, era sólo uno de aquellos. En el periodo entreguerras los paradigmas de la historiografía tradicional fueron puestos en entredicho desde una renovada Historia Cultural por voz del historiador holandés Johan Huizinga; desde la sociología moderna articulada por Max Weber y Emile Durkheim, entre otros; y desde la tradición de Annales sintetizada en los historiadores Marc Bloc y Lucien Febvre. El pensamiento gramsciano es, en ese sentido, parte de un fenómeno complejo de revisión de los paradigmas del siglo 19 europeo que comparte valores con aquellas vertientes intelectuales coetáneas. Aislarlo de aquel contexto implica limitar su alcance y su significado.

El tratamiento de los “intelectuales” y de la “italianidad” se concreta en sus observaciones sobre a la figura de Benedetto Croce, por ejemplo. Croce recurría a las concepciones cíclicas de la historia de otro italiano del siglo 18, Giambattista Vico. Vico había sido decisivo en el pensamiento de Augusto Comte, Henri de Saint Simon y Eugenio M. de Hostos, tres forjadores de la sociología clásica o ciencia positiva que Weber y Durkheim había dejado atrás. La “Ciencia Nueva” de Vico había revisado -de forma retrógrada desde la perspectiva de Gramsci-, algunos fundamentos del Gran Relato Moderno que aquel valoraba. Para Croce la verdadera Europa, la de su tiempo, era el resultado de un proceso que comenzó en 1815 con un evento conservador, el Congreso de Viena, por la estabilidad y armonía que había emanado de aquel. La perspectiva crociana devaluaba la Europa de 1789 a 1815, la de la revolución Francesa y la era Napoleónica, era reconocida por los materialistas históricos y los marxistas como la base de la era revolucionaria inevitable que presumían había comenzado en 1917. Aquella postura de Croce, basada en los ciclos de estabilidad/inestabilidad imaginados por Vico, estaba muy distante de la reflexión de Gramsci, el “intelectual marxista”, que celebraba la naturaleza progresista de las revoluciones.[2]

Una lectura sesgada

La correspondencia seleccionada por Almeida cubre 11 años trágicos, desde el 20 de noviembre de 1926 hasta el 23 de enero de 1937. El intelectual italiano murió de un derrame cerebral poco después de salir de la cárcel y cumplir su libertad condicional el 27 de abril de 1937. La selección posee un valor histórico y emocional extraordinario. Adelanto que no voy a reflexionar sobre la obra teórica de Gramsci, asunto sobre el cual Almeida ha hecho un trabajo valioso en su obra reciente. El propósito de mi lectura es elaborar unos comentarios teóricos y metodológicos en torno al género epistolar y la correspondencia privada como documento histórico. Las premisas de las que partiré son varias:

La primera premisa está vinculada a la naturaleza de la correspondencia como fuente y los desafíos interpretativos que plantea. En general se presume que el medio epistolar privado posibilita una “transparencia textual” y una “autonomía” de la que carecen los epistolarios públicos y los documentos redactados para consumo general. La presunción de un receptor único o uno colectivo, posee efectos distintos en el discurso del emisor. La redacción en primera persona propia de la epístola privada, debería proyectar de forma prístina o inmaculada la voz detrás del texto. La afirmación se fundamenta en el carácter “privado” del texto: una carta personal en primera persona está pensada en función de un destinatario y un receptor únicos. Un documento de ese tipo debería permitir al emisor expresar cuestiones polémicas o sensitivas que evitaría en un documento público.

Los retos que ello impone al historiador son considerables. Las preguntas que formulará a una carta u otro documento privado, siempre serán distintas a las que elaborará a una carta o un documento públicos. El concepto “historia indiciaria” creado por el microhistoriador italiano Carlo Ginsburg manifiesta bien lo que acabo de decir: las interrogantes forjan un pacto secreto entre el historiador y el documento.[3] En principio, más allá de la información factual y objetiva que una epístola puede ofrecer, la información cultural cargada de subjetividad que brinda posee un valor incalculable.

Las tensiones que en el medio epistolar genera la convivencia de una esfera con la otra, hace de la correspondencia una fuente provocadora capaz de poner a prueba la capacidad interpretativa del historiador. El tono de su discursividad estará más cerca del testimonio y la oralidad, que de los documentos escritos convencionales. Como resultado de ello las herramientas teóricas y metodológicas para enfrentar el acervo epistolar diferirán de las utilizadas para la historiografía documental de factura positivista social y económica. Un   acercamiento desde la Historia Cultural y la apelación a los recursos de la crítica literaria, textual o del discurso, enriquecerá la apropiación de estos registros.

La segunda premisa se relaciona con la transferencia de información entre el emisor y el receptor o corresponsal precisos. La presunción de que el trámite comunicativo acabará en las manos de un receptor concreto está presente en todo momento.  Una carta privada ofrece una imagen de mundo distinta porque el redactor jamás imaginará que el texto acabará en manos de un investigador profesional. Por ello, una vez transformada en fuente histórica, es un terreno precioso para la interpretación cultural e intelectual de la persona detrás del personaje histórico. El panorama se torna más complejo porque la correspondencia privada de muchas figuras ha sido difundida púbicamente.

El epistolario de Ramón Emeterio Betances Alacán, ha estado disponible para los investigadores a pesar de su oposición expresa a ello. En su lecho de muerte sugirió que su esposa, “Puede, si quiere, destruir todos mis manuscritos”[4]. No lo hizo y desde 1903 la obra de Luis Bonafoux Quintero fue la fuente primada para reconstruir la vida azarosa que el exilio político y su visión heterodoxa del mundo impuso al rebelde de Cabo Rojo. Los efectos del fenómeno epistolar en la discursividad biográfica sobre Betances fueron significativos. En muchas ocasiones el tono apasionado del emisor, Betances, se impuso en la retórica de sus biógrafos legitimando una representación romántica de su vida pública. El impacto de ello en el desarrollo de un culto político a la figura me parece obvio. La correspondencia privada bien trabajada puede lo mismo validar o impugnar su imagen pública.

Basado en mi experiencia como lector de epistolarios privados puedo referir un ejemplo.  Me refiero a la colección de cartas de Lola Rodríguez de Tió y su círculo de colaboradores, un conjunto inédito, conservado en forma de manuscrito con transcripciones mecanografiadas. En los referidos papeles, aparte de una diversidad de asuntos públicos, la cotidianidad de la poeta aflora por todas partes. Sus inseguridades emocionales, tales como el efecto que le produjo perder a varios de sus hijos neonatos o la viudez; sus hábitos ciudadanos, como la admiración que sentía por la vida urbana, por la racionalidad del Parque Central de Manhattan: o sus gustos personales por las ofertas para damas de la tienda por departamento Macy‘s expresadas en las misivas a su sobrina en San Germán, son invaluables para el historiador cultural. Las cartas hablan de una persona social concreta, imagen que complementa la representación de la activista imaginada por la discursividad nacionalista común.

El espacio de la vida diaria en la biografía civil y laudatoria de una figura como Lola es poco o ninguno pero una imagen de la “Lola total” no debería excluir esas eventualidades. Una lectura cuidadosa de estos documentos también informa sobre las inseguridades ideológicas que afloran en la mete de estas figuras complejas. La respuesta de estos seres humanos a los problemas de su entorno no siempre es homogénea. En el caso de Lola, la densidad de momentos como el 1887 y los Compontes, el 1898 (y la invasión de Puerto Rico por Estados Unidos, o el 1900 y la invención de la colonia por medio de la Ley Foraker, propiciaron posturas contradictorias que esperan ser explicadas y comprendidas. La curiosidad del historiador cultural e intelectual por penetrar estos registros y establecer un balance entre la persona y el personaje histórico (entre el ser vital y el ser histórico) tiene un valor inapreciable. La lectura de esta selección de cartas de Gramsci que nos trae Almeida, bien contextualizada política, social y culturalmente, cumple bien ese papel

Unas objeciones teóricas

Teóricamente hay un elemento que no puede ser pasado por alto. La “transparencia textual” de la correspondencia privada es cuestionable: la textualidad no se produce en el vacío social sino en un contexto temporal y espacial específicos. La correspondencia privada al igual que la pública, traduce unos imperativos culturales compartidos y refleja toda una serie de convenciones y fórmulas ritualizadas que le restan naturalidad.  El historiador francés Jacques Le Goff denominaba esas expresiones como la “osatura” del documento. Los registros de esa estructura fosilizada que se reproducía inconscientemente se encontraban en los saludos, las despedidas, los diminutivos, las frases afectivas, las signaturas, entre otros.[5] Le Goff concluía que ningún documento es “inocente”, “puro” o “verdadero”: corresponde al historiador sacar provecho de ello.[6]

La correspondencia carcelaria de Gramsci es un modelo de ello. Las cartas a la madre, Peppina; a la esposa, Giulia, Julka o Iulka; y a los hijos, Delio y Giuliano; repiten una serie de patrones discursivos que informan al historiador sobre el diseño de las relaciones interfamiliares y la cotidianidad de la figura bajo estudio. Lo mismo he dicho respecto a la textualidad producida por Eugenio María de Hostos para Belinda Ayala y sus hijos recopilada como parte de su obra narrativa.[7] Los paralelos son significativos: Hostos como Gramsci, utilizaba literatura de todo tipo para ilustrar a su mujer y a sus hijos sobre la legitimidad de la Razón y la Ciencia Positiva. Gramsci lo hacía con el fin de validar su Materialismo Histórico y la Dialéctica. En ambos casos el padre de familia se comportaba como “maestro” de su mujer y sus vástagos.

Gramsci el “padre de familia”, a fin de afirmar su autoridad moral, trata de intervenir en la crianza de los chicos, exiliados y bajo la protección de la Unión Soviética, por medio de su cuñada Tania o Tatiana. Un ejemplo de ello es su queja por la adicción de Delio a los mecanos o modelos a escala porque ese tipo de juego expresaba la “cultura moderna (tipo americano)” que “hace al hombre un poco seco, maquinal, burocrático y crea una mentalidad abstracta”[8], idealista y desconectada de la realidad. Las observaciones que hace Gramsci sobre la primera comunión de Delio son otro interesante ejemplo.[9] No se trata solo de sus hijos. Gramsci también se queja de la irregularidad de las cartas de Giulia e incluso censura el contenido y la retórica de aquellas. Las tensiones de una relación a distancia lo conducen a sugerir a Giulia que lo abandone y rehaga su vida[10].

El epistolario gramsciano refleja también otros rituales sociales manifiestos en una diversidad de modulaciones retóricas que se reiteran: diminutivos afectivos, la traducción de los nombres propios de sus cercanos al ruso lengua que quiere perfeccionar durante el periodo carcelario, la introducción de relatos populares de la infancia en Cerdeña para producir lecciones morales, la rememoración de ciertos actos de la vida diaria que ocupan a los que no están presos, entre otros. Su ansiedad por tener fotos de la familia es notable y siempre incumplida. No cabe duda de que el “intelectual marxista” actúa como un padre y un esposo más: una cosa es inseparable de la otra. La lectura de esta correspondencia trágica por demás ratifica la ansiedad de Gramsci por poseer una familia concreta, real y de carne y hueso. Cierto “patriarcalismo”, que hoy resultaría ofensivo, penetraba aquellas relaciones.

Aquel conjunto de referentes traduce la nostalgia que domina al convicto por un contacto con la familia más allá de la palabra escrita: la melancolía y la depresión lo invaden mientras su salud se degrada. Esa entidad con la que busca anclarse en el mundo, se convierte en una ficción y una pararealidad cuya imagen, bien definida en 1926, acaba por degradarse en el escenario simbólico de un pasado que se desdibuja. El abatimiento emocional también es físico. El registro de medicinas patentadas y suplementos vitamínicos que solicita a Tatiana, nos devuelve la imagen de un Gramsci desnutrido, con problemas intestinales, padecimientos nerviosos y migrañas. La melancolía, el humor negro, el spleen o la depresión se imponen en el pensador pero también en Giulia, una mujer talentosa pero clínicamente depresiva. El esfuerzo por posibilitar la supervivencia de un espécimen válido de la familia se traduce en un lenguaje angustiante que lleva a Gramsci a cuestionarse su propia estabilidad emocional y física. A la larga Gramsci reconoce que ha fracasado en el intento.

¿De qué sirve entonces escribir cartas?

Cualquier correspondencia carcelaria está marcada por particularidades o condicionamientos que representan otro reto interpretativo para el historiador. El intercambio epistolar, del cual vemos el universo de Gramsci, no escapa a la intervención de las autoridades penitenciarias: toda correspondencia que llega y sale de sus manos es revisada por los carceleros. Escribir, así como leer, es un privilegio cuyo ejercicio es cuidadosamente controlado. El hecho impone, como reconoce Gramsci, una cierta dosis de autocensura. El emisor no está en posición de expresar las cosas como quiere a fin de proteger su privacidad y las de sus interlocutores. La discusión transparente de la intimidad y las relaciones familiares, resulta imposible. La discusión franca de las condiciones políticas de la Italia de 1926 a 1937, momento de consolidación del adversario que lo aprisionó es decir el fascismo, tampoco es posible.

Entonces ¿por qué escribir cartas? Para Gramsci el “prisionero político”, el “intelectual marxista” y el “padre de familia”, aquel es un bastión de moral o un antídoto para la enajenación. Redactarlas configura una diégesis o un universo ficcional que funge como una realidad alterna o una utopía a contrapelo del aislamiento. En general el universo epistolar inventado es una utopía simple en la que se vuelva a ser padre y esposo, cuñado e hijo. Gramsci aspira lo imposible: quiere ser parte de la formación de sus hijos y apoyo para Giulia, pero entre ambos extremos media el escollo de la cárcel: Milán y Moscú están miles de kilómetros de distancia. Se trata de una misión imposible. La correspondencia también expresa la arquitectura de cierto arte de la supervivencia que el preso apoya y nutre en el otro universo en el cual confía: la lectura y el estudio. Escribir y leer para resistir, nada más.

NOTAS:

[1] Refiero a mis apuntes en Mario R. Cancel-Sepúlveda (2018) “Los Cuadernos…de Antonio Gramsci y un libro de Manuel S. Almeida” en Historiografía: la invención de la memoria URL: https://mariocancel.wordpress.com/2018/05/24/los-cuadernosde-antonio-gramsci-y-un-libro-de-manuel-s-almeida/
[2] La discusión puede consultarse en Manuel S. Almeida, ed. (2020) Antonio Gramsci. Los otros escritos carcelarios: antología de Cartas desde la cárcel (San Juan: Callejón): 154-157.
[3] El interesado puede consultar a Carlo Ginzburg (2013) “Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales” en Mitos, emblemas, indicios. Morfología e historia (Barcelona: Gedisa): 185-239.
[4] CMAT. Fondo: FTR-LRT. Serie: Misceláneos. Caja: 002. Expediente: Transcripciones Cartas de Ramón E. Betances a Lola Rodríguez de Tió.
[5] Jacques Le Goff y Pierre Nora (1974)  «Las mentalidades. Una historia ambigua» en Hacer la historia (Barcelona: LAIA)
[6] Jacques le Goff (1991) “Documento/ Monumento” en El orden de la memoria (Barcelona: Paidós): 227-239.
[7] Mario R. Cancel-Sepúlveda (2017) “El pensamiento social en la narrativa de Eugenio María de Hostos Bonilla: encuentros y desencuentros entre el krausopositivismo y la literatura”. (Conversatorio) Centro de Investigación Social Aplicada (CISA), Recinto Universitario de Mayagüez (UPR). URL: https://documentaliablog.files.wordpress.com/2016/05/4222_hostos_cisa_giros.pdf .Las piezas citadas están en Eugenio María de Hostos (1992) “Cuento” en Obras completas. Edición crítica. Vol. I. Literatura. Tomo II. Cuento, teatro, poesía, ensayo. (San Juan: ICP / EDUPR): 49-99.
[8] Manuel S. Almeida, ed. (2020) Op. Cit.: 94, 109.
[9] Ibid. 132-133.
[10] Ibid. 145-149