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Sentido y agradecido adiós a una de las nuestras

Con Oscar López en una visita a CLARIDAD. Foto cortesía María Montañez

 

Con profundo pesar, informamos el fallecimiento de la querida compañera Nilda López, quien laboró y contribuyó de forma continua con CLARIDAD por espacio de dos décadas.

Nilda fue la correctora del semanario, colaboradora de En Rojo, voluntaria del Festival de Apoyo a CLARIDAD y maestra de muchos de nosotros y nosotras. Llegó al periódico,  reclutada por nuestro entonces director Carlos Gallisá, tras su retiro como maestra de español en el sistema público de educación.

Patriota de toda la vida, Nilda encontró en CLARIDAD su espacio de militancia patriótica y una nueva vocación, la de periodista. Sus reseñas y entrevistas a importantes figuras  de la cultura y las artes, como la realizada a nuestra laureada actiz en la diáspora, Rita Moreno, permanecen como parte de su legado.

A nombre de la Junta Directiva y el Colectivo de Trabajo de CLARIDAD, le damos a Nilda un adiós  sentido y agradecido, y un abrazo solidario a toda su familia.

Que descanse en la libertad por la que luchó, la querida compañera Nilda López.

 

Editorial: El Plan de Ajuste de Deuda, Detroit y Puerto Rico

 

No todas las quiebras de ciudades, enclaves o países son iguales, ni tampoco lo son los Planes de Ajuste de Deuda (PAD). Tampoco las reestructuraciones financieras son la panacea que los tecnócratas del capitalismo de mercado nos quieren hacer creer. Por eso, hay que tomar con pinzas sus evaluaciones genéricas  sobre el éxito o fracaso de tal o cual reestructuración financiera. Después de todo, a ese negocio se dedican, percibiendo fabulosos salarios y comisiones, y necesitan llenar sus resumés con variados ejemplos de su “expertise” y capacidad para hacer negociaciones de ese tipo.

En una entrada del pasado 21 de diciembre en una de sus redes sociales, la Junta de Control Fiscal (JCF) escribió el siguiente mensaje en inglés, que CLARIDAD traduce a nuestro idioma: “Detroit ha demostrado que las economías sí responden a la restructuración de deudas y la sostenibilidad fiscal: el crecimiento regresó, el ingreso familiar aumentó, el desempleo se redujo y el nivel de pobreza decreció. P.R. puede llegar ahí también.” Este mensaje fue publicado mientras en Puerto Rico se esperaba por la decisión de la Jueza Laura Taylor Swain, del Tribunal de Distrito de Quiebras de Estados Unidos (PAD), quien ponderaba la aprobación del Plan de Ajuste de la Deuda de Puerto Rico, según negociado, sometido y defendido por la JCF, con el aval del Gobernador Pierluisi y la Asamblea Legislativa de Puerto Rico. El PAD fue finalmente aprobado en estos días y se procederá a su implementación durante las próximas semanas y meses.

El único problema con el mensaje de la JCF es que no es completamente cierto ni tan brillante como se anuncia, a la luz de la realidad actual de miles de habitantes de Detroit, que aún luchan por levantarse luego de siete años desde la quiebra y reestructuración de la deuda de la ciudad. La descripción fabulosa que hace la JCF del proceso de recuperación de Detroit, convenientemente deja fuera lo que no cuadra con la narrativa de éxito. Después de todo, los planes de reestructuración de deuda no satisfacen a todo el mundo, excepto, quizá, a los acreedores buitres- que siempre se las arreglan para ganar en grande- y a los tecnócratas que viven de negociarlos. El cuadro casi perfecto que proyecta el mensaje de la JCF no existe para miles de personas en la realidad diaria de Detroit, como tampoco existirá para los miles de puertorriqueños y puertorriqueñas que se verán directamente afectados por las consecuencias de un PAD que los ha dejado en el limbo.  La medicina amarga de la quiebra y el ajuste de deudas deja un mal sabor imposible de disipar en los sectores que tendrán que acostumbrarse a vivir por décadas en la incertidumbre, la austeridad y la precariedad.

Los resultados de un estudio riguroso realizado por los expertos urbanistas y académicos, Laura Reese de Michigan State University  y  Gary Sands de Wayne State University, están contenidos en el artículo That Detroit recovery? In some ways, the city is worse off than in 2010,  publicado en medios internacionales y de Estados Unidos. Las conclusiones de los expertos contradicen el mensaje de la JCF. Luego de examinar las tendencias en una variedad de indicadores, como población, pobreza, disparidad de ingresos, recuperación de negocios, desempleo, precios de venta de residencias, y locales vacantes, sus hallazgos no son consistentes con la imagen positiva que muchos proyectan sobre la recuperación de Detroit. “Dos conclusiones principales emergen de nuestros datos. Primero, que en varios indicadores Detroit continúa declinando, e incluso cuando ha ocurrido algún cambio positivo, el crecimiento ha sido mucho menos robusto que el que sugieren la mayoría de las narrativas. Segundo, que dentro de la ciudad la recuperación ha sido altamente desbalanceada, y resultante en una creciente desigualdad.”

Aunque reconocen la nueva infraestructura de vivienda y negocios construida en las áreas del centro de la ciudad, ese desarrollo no se extiende a las periferias, donde aún existen enormes corredores de pobreza. Para Reese y Sands, la recuperación económica sostenible de Detroit implicaría el crecimiento de al menos 100 mil empleos bien pagos, una inversión robusta en transportación colectiva, y esfuerzos reales en promover la creación de pequeños y medianos negocios. Para el desarrollo sostenible a largo plazo proponen realizar una inversión significativa en el mejoramiento de la educación pública, actualmente un área que continúa en picada.

Detroit, la más importante y poblada urbe del estado de Michigan, la que una vez fue la “capital” de la poderosa industria automotriz estadounidense, fue protagonista en 2013 de la más grande quiebra municipal en la historia de Estados Unidos. La ciudad había acumulado entre $18 y $20 billones en deuda pública y su PAD se aprobó un año más tarde, en 2014. Hoy, siete años después de la quiebra y del inicio de la supuesta recuperación económica, la ciudad sigue estando entre las más pobres, con una mediana de ingreso anual familiar de $28,100, la mitad que en el resto del estado de Michigan. Tres de cada cuatro empleos son ocupados por personas de fuera de la ciudad. Además, el 36% de su población de 673,000 habitantes vive en pobreza, y en los niños y niñas la pobreza alcanza el 51%.

Puerto Rico es una nación intervenida, y no una ciudad ni un enclave. Ha demostrado tener un pueblo resiliente, con la capacidad de organizarse y movilizarse por su propio esfuerzo. Ahora nos toca hacerlo al margen de las fuerzas del imperio y de la colonia que nos llevaron a la bancarrota,  y que ahora pretenden que imitemos el ejemplo de Detroit.

 

La historia está mal contada: ¿Qué dicen las estatuas?

 

En Rojo

0.Entonces derribaron la estatua de Juan Ponce de León en la madrugada del 24 de enero. El contexto del día: la llegada del Rey de España esa misma tarde. Una provocación. Aclaremos. Una provocación tener un símbolo de respeto y admiración por un colonizador esclavista en una colonia. Una provocación derribar la estatua. El resultado, una discusión sobre los símbolos. Entre las muchas y rápidas réplicas noto una mezcla de gesto iconoclasta y rescate del pasado aborigen. Reescribir la historia.

La palabra iconoclasta viene del griego. Literalmente: rompedor de imágenes. El iconoclasta es enemigo de dar culto a las imágenes sagradas. Algo así como una secta del siglo VIII en el contexto de la cristiandad. Pero estamos en el siglo XXI. El gesto, la performance de erigir o derribar efigies es un hecho cultural. Hacerlas y destruirlas. Hacer y destruir símbolos. Sí, volver a escribir la historia. Sin embargo, también -en eso de escribir lo que sucede- está la prensa corporativa. Acostumbrada esta industria a la respuesta rápida, desde la vaqueta, alguna de sus estrellas pide una distinción entre el vándalo y el iconoclasta. Los escucho y me río: usted lo que quiere es que uno defienda la historia colonial y no tener que buscar en el diccionario la palabra iconoclasta. Como dicen en Castilla: not gonna happen.

  1. La afirmación “tumbar una estatua no cambia la historia” es falsa. Cambia el modo de narrarla. Se añade un nuevo dato, una voz que contradice la narración usual. A fin de cuentas, hace tiempo sabemos que las narraciones históricas son cambiantes y provisionales. Se suprimen o se subordinan datos en el proceso de contarla. Con el tiempo aparecen datos, documentos, testigos, y nuevos paradigmas de entender los procesos. De modo que sí, tumbar estatuas -o colocarlas en un pedestal- puede prestarse para discutir cambios a los modos de narrar la historia.

Digamos que tengo una idea particular sobre el asunto de las efigies que forman una trama simbólica para las que se usan los aparatos ideológicos del estado: la estatua de Ponce de León, como las de Colón, o las de los presidentes de Estados Unidos que hay en la Isla son adefesios antropomorfos de una ideología que los sostiene y los anima como una cábala: el colonialismo. El colonialismo es una cruel técnica de ensamblaje que forma monstruos y su motor es el capitalismo. El estado colonial es un Frankenstein con complejo de zombi.

Entonces, decíamos, derriban la escultura de Juan Ponce de León y Figueroa, adelantado, conquistador, explorador, primer gobernador de Puerto Rico, descubridor de La Florida, genocida y caen también los relatos sobre ese personaje. La prensa corporativa lo llama explorador. Así. A secas. Como un Boy Scout of Spain. Uno puede, a partir de documentos como capitulaciones, crear otro relato más complejo y más cruel, de un conquistador que viene a buscar oro, que tiene esclavos, que organiza matanzas para llevar a cabo aquella empresa a la que vino a estas hermosas playas.

La estatua en sí misma tiene su historia. Dicen que esta escultura se realizó con el metal fundido de cañones ingleses capturados en la fallida invasión de 1797. La Isla fue defendida por negros de Cangrejos y Loíza junto a criollos. Si esto es así, ¿debería conservarse con esa narrativa? Imagínenla así, en el suelo y en pedazos. Como el relato de un largo camino de resistencia. Por supuesto, eso que propongo no puede ocurrir en nuestra sociedad en este momento. El debate apenas se inició un lunes en la madrugada y al arrebol de la tarde, ya el municipio de San Juan y su castizo alcalde han ordenado colocar los restos de los cañones ingleses sobre un pedestal. No sé si algún día cercano este gesto de renovar la historia, siempre contingente, provisional, resulte en mover la estatua y colocar en su lugar otro símbolo. ¿Campeche? ¿Cordero? ¿Tapia? ¿Anacaona? ¿Agüeybaná?

  1. Documento: comunicado: el grupo Fuerzas Libertarias De Borikén se responsabilizó del acto iconoclasta:”Ante la visita del Rey de España, Felipe VI a Puerto Rico y la escalada de invasores Gringos apoderándose de nuestras tierras queremos enviar un mensaje claro: Ni reyes, ni gringos invasores; Borikén es nuestro”. Para los redactores del comunicado Juan Ponce de León “representa lo peor”. El grupo quiere colocar a los taínos como protagonistas de la narración. No es un relato de víctimas. Es un relato de resistencia en la que los conquistadores son los adversarios, los antagónicos. “La historia no se ha contado bien”, argumentan. Y es un buen argumento. No solo es que los relatos históricos son dinámicos, cambiantes, es que hay evidencia de esa resistencia. Además, se enriquece el relato con una perspectiva contemporánea. «Exigimos que se derogue la ley 22 (60) de forma inmediata y que cancelen todas las actividades relacionadas a los supuestos 500 años de historia de San Juan. Queremos que los boricuas empiecen a conocer la verdadera historia y que todas las estatuas de Colón, Juan Ponce De León y otros tiranos sean removidas”. Entonces, parecería que se insiste en un largo relato de resistencia más que en un relato de conquista y colonización. ¿Se convertirá esto en una conversación sobre qué símbolos debemos respetar? ¿Podremos revisar nuestros modos de contar? Ojalá.

Otro documento: la página electrónica de las Fuerzas Libertarias de Borikén. Sí. En IG. Para algunos se trata de una mezcla ideológica problemática. ¿Eso también será una oportunidad de revisar nuestros discursos, nuestros modos de interpretar la realidad, nuestra capacidad de afinar las teorías y las prácticas? Me gusta esta palabra: ojalá.

  1. Epílogo con intención de exordio: como nos afirma el amigo historiador Mario Cancel Sepúlveda, “no es la primera vez que se atenta contra el bronce. Tampoco será la última. Un buen tema para una discusión cultural seria y profunda”. El brillante académico nos recuerda un artículo de hace un lustro, publicado por El Adoquín con la firma de Daniel del Valle. En ella se reseña lo siguiente: dos años después de venderse las instalaciones de El Club Caborrojeño en Guaynabo a la compañía Levitt Homes, un investigador se percata de que la escultura de Ramón Emeterio Betances que adornaba el lugar había sido robada. El autor de la obra, el Maestro Buscaglia, condenó el crimen. Nadie vio nada. Nadie escuchó nada. Interesante que en el caso del robo de la efigie de Betances, la policía investigó. Dieron con quienes la “sustrajeron” del lugar para vender el metal pero nunca se formularon cargos de ningún tipo.

Cancel-Sepúlveda también no señala que “los restos simbólicos de Ruiz Belvis en Hormigueros han sido objeto de actos agresivos en 1962 y después de 2005. El signo potencialmente colectivo se convierte en «balón político» con facilidad”.

Nos hacemos eco del amigo historiador. Es lo que hemos escuchado de muchas y muchos: buen tema para una discusión profunda. Buen momento para revisar Yerbabruja, el poemario de Juan Antonio Corretjer. Buen momento para volver a contarnos.

 

 

Sobre La Sombra de Papel de Javier Soler

 

René Duchesne Sotomayor*

Javier y yo interactuamos por vez primera en la escuela superior, a los 14 o 15 años de edad. La amistad se dio cuando, en uno de nuestros intercambios, el deseo de conocernos prevaleció sobre el deseo de injuriarnos. Para todos los efectos, llevamos más de la mitad de nuestras vidas conociéndonos. No recuerdo con certeza si la primera vez que interactuamos fue en la clase de historia o en la de español, pero con el tiempo y de forma algo inexplicable, ambos pasamos a formar parte de un círculo estrecho de amigos que disfrutaban de la música, la lectura, el arte y el teatro. También nos unía una tentación irresistible de hacerle la vida difícil a nuestros maestros de religión aunque ese era, tal vez, el aspecto más malsano de nuestro vínculo. El interés de Javier en la escritura se manifestaba ya para ese entonces, pese a que nos diera vergüenza intercambiar textos, temerosos de exponer nuestros cuentos a ojos ajenos. En varias ocasiones intentamos coordinar lecturas poéticas en las cuales el consumo de alcohol terminaba convirtiéndose en la pieza central del evento, debido a lo mucho que postergábamos la lectura de nuestros textos. Pese a esto, casi siempre nuestros relatos, por más ásperos que fueran, encontraban una vía mediante la cual manifestarse, aunque los papeles con los cuales cargábamos terminaran en el zafacón. Me alegro mucho que el intercambio de ideas que se dio en aquel entonces ocurriera de esa manera, porque creo que esa cautela y paciencia que Javier exhibía en nuestras tertulias se evidencian en el estilo de esta novela. Al igual que los personajes y eventos que componen este relato, La Sombra de Papel pasó por varias transformaciones. Pese a lo mucho que prometía desde el principio y lo satisfactorio que resultaba leerla, la novela desaparecía y reaparecía cuando le venía en gana, con la naturalidad propia de un texto que reclama su autonomía, tras el autor dale vida. Pese a las transformaciones por las cuales pasó el texto, uno de los elementos que permanecía era la familiaridad de las imágenes: la casa modernista en la cima, el recorrido serpentino que conduce a la mansión Furet, las urbanizaciones con control de acceso encapsuladas dentro de otras zonas con control de acceso, etc. Estas son algunas de las imágenes que forman parte de una topografía isleña que atrae la mirada pero silencia la boca, incitándonos a imaginar lo que ocurre en la cúspide del pantanal. La Sombra de Papel nos abre las puertas a un terreno inexplorado, donde la cartografía no nos sirve de mucho, presentándonos un personaje que circunda ese abismo.

Víctor Lloch, aunque invisible, posee un punto de vista privilegiado desde el sofá en el cual languidece, ganando acceso simultáneo a dos tipos de ventanas. Una de ellas es un televisor que opera como ventana al pasado, ofreciéndole las mejores vistas de juegos caducos que ocurrieron décadas atrás, en los cuales el esfuerzo de los atletas siempre sobra, estando su destino escrito en la pantalla del televisor de Víctor. Esta ventana se encuentra superpuesta a una ventana que, aunque real, le ofrece un vistazo de un presente esquivo y efímero: la mansión de Pedro Furet, su amigo de infancia. Pese a que la ventana enmarcaba una perspectiva única de la mansión Furet, Víctor nunca logró distinguir alguna de las siluetas que flotaron frente a sus grandes ventanas. Las figuras que se deslizaban entre la luz y el cristal carecían de rostro, siendo ese estado gaseoso, tal vez, su verdadera forma. Más allá de la fachada que Furet le presentaba al mundo – la de un abogado exitoso, socio de un bufete diestro en el arte de convertir la ley en arma – los detalles que le daban sostén a su vida permanecían ocultos tras la cima en la cual situó su casa. Una casa tan real, como imaginada.

Pero de poco le servía a Victor toparse con Pedro Furet a plena luz del día, pues Furet siempre parecía encontrarse en un estado de transformación continua, que propulsaba a fuerza de cirugías plásticas y una rutina de ejercicios irrompible. Esta transformación constante de su persona era paralela a la de su casa, que mutaba a un paso tan acelerado que terminó siéndole irreconocible a Edit Castro, esposa de Pedro, pero no por ello más próxima a él.

Entre las apariciones que conforman esta novela, sin embargo, Pedro Furet es tal vez el espectro más evidente de todos. Porque La Sombra de Papel es un mundo poblado de fantasmas que, pese a su naturaleza elusiva, son capaces de atestiguar sucesos, sembrar rastros e infligir daño, cuando se manifiestan. Algunos de ellos, como Bruno (alias Primo) se dedican a perfeccionar su derrumbe, planificando su desvanecimiento con esmero, como se coordina la demolición de un adefesio que cumplió con su vida útil. “A veces me sobrecoge el deseo de errar por la isla en la búsqueda de la Barra Donde Morir.”, dice Bruno. Es la desaparición de su tío Pedro lo que lo fuerza a posponer su propio acto de desaparición.

Otros, como Beatriz Furet, mueren en vida, sofocados por el legado y la expectativa, confinados a una casa que también le sirve de sepultura. “No culpo a tu madre por quedarse en la casa. No tiene nada que buscar en este mundo. Para nosotras las herederas, la única vida grata es una clausurada, nutrida por películas y novelas.”, dice Beatriz en una de sus cartas a Edit.

Pero uno de los aspectos fascinantes de La Sombra de Papel es que la desaparición de los individuos que conforman el relato va acompañada de la fulminación de fortunas  apellidos y familias. En su languidez, la única alternativa que les resta es la de mirar hacia atrás y tornarse en sal, embelesados por las memorias de un pasado prolífico y deslumbrante que opera como guarida y como tumba. Mientras tanto, el fantasma más inmaterial de todos es también el único que no se deja distraer por la pesadumbre del pasado, Pedro Furet. Este, pese a nunca estar presente, estampa su huella en todo, coordinando eventos sin asistirlos, ampliando una casa cuya construcción no cesa y compilando secretos de clientes invisibles. El rastro sinuoso que excreta Furet conduce al lector por un sendero vertiginoso en el cual las diferencias entre la artimaña y la verdad, lo inmaterial y lo concreto, lo real y lo irreal, carecen de importancia. Y así, sin desear evitarlo, el lector se convierte en otra presa de los juegos de Furet, atrapado en un pantanal que amenaza con engullirlo todo. Tal y como le advierte el Primo a Víctor, los maestros como Furet “saben que la clave es buscar las verdades fundamentales sobre las cuales el enemigo se apoya. Derrumbar sus cimientos. La gente piensa que camina sobre terreno sólido: Dios, Patria, Familia y esas cosas. Pero el suelo es mucho más corredizo; caminamos sobre premisas frágiles.” Las premisas de las cuales se cernirá el lector son “¡daré con el culpable!” o “¡el responsable pagará ante la justicia!”, sin caer en cuenta de que, de recostarnos en éstas, nos hundiríamos en arena movediza. En eso, tal vez, algunos lectores se asemejan a Beatriz, buscando refugio en el cine, la literatura o el arte, rastreando una ruta de escape que se torna elusiva a medida que las paredes de nuestra celda social se cierran sobre nosotros, aplastándonos. Pero así como el lector puede recurrir a la lectura para resguardarse de la cotidianidad que tan irremediable y opresiva nos parece, la literatura también puede permitirnos apreciar las múltiples facetas de la realidad en la cual se ubica Puerto Rico. La Sombra de Papel, al igual que la literatura en general, puede operar como una casa de espejos que compila y resume los muchos ángulos que componen nuestra realidad isleña.

Para citar la novela nuevamente, “el principio fundamental del mierdero vivencial es que nadie conoce el mierdero propio. La investigación requiere un intermediario con quien el sujeto haya intimado considerablemente. Ya sea por amor o indiferencia, los familiares comparten la ceguera del sujeto ante el mierdero.” La Sombra de Papel es ese intermediario que nos aparta de la realidad compleja y tortuosa en la cual nos situamos como habitantes de esta isla, catalogando sus fragmentos, no con la intención de ensamblar un espejo completo que refleje una imagen perfecta, sino para enmarcar en cada trozo de vidrio roto aquellos espectros que pueblan la mansión en la cima. Sombras que llevan un rato observándonos desde un punto de vista incierto, tras el cristal de sus ventanas, pensando que el destino está escrito sobre la pantalla.

El autor es escritor, arquitecto, artista gráfico. Ha publicado el libro de cuentos La última testigo.

 

Una botella arrojada al mar: encuentro con un libro

Foto suministrada por el autor.

 

Luis F. Avilés

(…)

En las profundidades

de la grieta de los tiempos,

junto a los

panales de hielo

espera, un cristal de aliento,

tu irrefutable

testimonio.

Paul Celan, Cristal de aliento

 

En muchas ocasiones compro libros recomendados por amigos o gracias a reseñas que he leído en periódicos o revistas. Cuando entro en una librería donde me conocen, como en la librería Laberinto en el Viejo San Juan, me encanta que su dueño y los empleados me recomienden novelas recientes o libros que podrían interesarme. Sin duda se siente un placer especial al saber que uno pertenece a una comunidad de lectores a quienes nos gusta opinar sobre autores y textos.

A pesar de este compañerismo libresco, es igualmente cierto que necesito explorar por mi cuenta y en soledad las estanterías de las librerías. Es aquí cuando uno se topa con libros escritos por autores un tanto olvidados que no necesariamente responden a los gustos de turno (el último premio literario o el filósofo de moda). Estos libros permanecen varios años sin que nadie los compre, a veces cubiertos por una fina capa de polvo. Contrario a los libros a los que llego por recomendación o que poseen el lugar privilegiado asignado a las nuevas adquisiciones destacados en una mesa o prominentes en una base inclinada que lo hace más visible al comprador, es siempre muy placentero para mí explorar los fondos que carecen ya de mucho interés.

En mi último viaje a Puerto Rico este pasado noviembre entré en una de esas librerías donde predomina el caos. Un verdadero alboroto de tomos de colores, nombres y títulos sin fin, muchos de ellos mal organizados. Los «bestsellers» aparecían en la entrada y los despaché de inmediato. Me dirigí directamente a las estanterías lejanas de la entrada. A mi edad es muy difícil ver los libros que están o demasiado altos o muy abajo en los anaqueles. A la letra G le tocó estar en uno muy bajo. Con algo de esfuerzo logré identificar un libro que me interesó. Su autor era el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer y el libro, de lomo azul oscuro con letras blancas, tenía un título de mucho interés: ¿Quién soy yo y quién eres tú? Comentario a ‘Cristal de aliento’ de Paul Celan. El libro, publicado en segunda edición por la Editorial Herder de Barcelona en el año 2001, era la traducción de una obra que Gadamer había publicado originalmente en 1973.

Tuve la impresión inmediata de que este libro me había escogido a mí esa tarde, que me había llamado y, más aún, que la pregunta que contenía el título era una con la cual había lidiado yo mismo por muchos años. No sabía que a Gadamer le había impresionado tanto el poemario de Celan y que su lectura lo llevara no solamente a escribir el libro, sino a privilegiar la pregunta por el yo y el otro, la interrogante por el quiénes somos.

Además del interés por la pregunta, el poemario de Paul Celan, Cristal de aliento, me recordó inmediatamente una exposición que había visitado hacía exactamente un mes antes de mi visita a la librería, en el Museo de Arte de Phoenix, Arizona, acompañado por Ivette y nuestros estudiantes Isabella Vergara y José María Urdaneta. Se trataba de una retrospectiva del artista colombiano Oscar Muñoz y me impactó específicamente su obra Aliento (1995). En la pieza, el espectador se coloca frente a lo que parece ser un espejo normal que al recibir el aliento hace aparecer de improviso sobre la superficie la imagen de un retrato que el artista toma de un obituario. Ese retratado, ya fallecido, va a sustituir por unos segundos la imagen del espectador para luego desaparecer. Se me ocurre que la obra del artista colombiano reproduce la pregunta que da título al libro de Gadamer, ¿Quién soy yo y quién eres tú? O mejor aún, la interrogante ¿quién soy yo y quién fuiste tú? Para Gadamer la poesía de Celan se acerca a «ese silencio sin aliento que es el enmudecer en la palabra convertida en críptica» (11). La imagen fugaz en los espejos de Muñoz y ese aliento leve que se acerca al silencio en los poemas de Celan (su propio cristal de aliento) incentivaron mi deseo por leer el libro.

Sentí la necesidad imperiosa de abrir el libro, de leer sus primeras páginas. En su «Prólogo» comenta Gadamer lo siguiente: «Los poemas de Paul Celan nos llegan… y nosotros no damos con ellos. Él mismo entendía su obra como una ‘botella arrojada al mar’; siempre hay alguien, este o aquel, que encuentra el envío y lo recoge, convencido de haber recibido un mensaje» (7). Nadie me sabría decir por cuanto tiempo me esperaron Gadamer y Celan en las estanterías de una librería desordenada en Puerto Rico, y nadie podría anticipar la conexión con la obra del artista colombiano Muñoz y sus «alientos». Es muy probable que el libro me haya esperado desde poco tiempo después de su publicación en 2001, ya hace 20 años. Con su capa fina de polvo, estaba ahí, en espera de mí, para decirme algo sobre quién soy, quién era Celan, quién era Gadamer, y quizá quién eres tú, amable lector de esta crónica. He recogido una segunda botella que contenía la primera botella del autor de Cristal de aliento. No he dejado de pensar sobre el aliento, el borde del silencio, sobre el muerto que logra hablarme en el cristal del espejo o en la página, ansioso por escuchar «la palabra que aún no ha callado» (Gadamer 111).

Antes de mi regreso a California, mientras leía el libro de Gadamer, recordé que en la novela La inutilidad de Eduardo Lalo se menciona brevemente a Paul Celan. Le pregunté a Eduardo si recordaba el pasaje, pero me dijo que no podía ayudarme puesto que él nunca ha vuelto a leer su novela después de publicada. Sentado ahora, escribiendo estas líneas en California, decido corroborar si mi memoria no me fallaba. Busco el ejemplar de la novela y, en efecto, tenía razón. Hay una mención de Celan en La inutilidad:

En una mesa frente al sofá había una pila de libros de poesía. La muchacha cogió uno y lo abrió al azar, deteniéndose apenas unos segundos en un verso o una estrofa.

–No sé cómo encuentran a alguien que les publique esto -dijo haciendo una mueca a Alejandro.

El volumen descartado era de Paul Celan. Supuse que no valía la pena decirle quién era. (La inutilidad, Ediciones Corregidor, 2013, 171)

He aquí el extremo opuesto al entusiasmo que sintió Gadamer como lector y la pérdida inexorable del aliento poético de Celan. En la novela, el narrador no tiene más remedio que callar, puesto que intuyó que no valía la pena dar explicaciones. De esta manera no se escucha el susurro que acompaña la poesía de Celan, su lucha en contra del silencio. En esta corta escena de la novela de Lalo, la lectura encuentra su callejón sin salida y la imposibilidad de instaurar una comunidad de lectores. En definitiva, es como si Celan hubiese expirado por segunda vez y la botella lanzada al mar haya seguido de largo en busca de otro puerto más hospitalario.

Asumo con entusiasmo la elección que ha hecho este libro. La botella me ha encontrado y me convida. Al abrir y ojear las páginas iniciales de ¿Quién soy yo y quién eres tú? y avivar mi memoria de Aliento de Muñoz, la poesía de Celan y la lectura de Lalo, me doy cuenta de que, en efecto, era imposible no comprarlo. En sus páginas se ha guardado embotellado, «En las profundidades/ de la grieta de los tiempos», un mensaje que no rechazo.