Especial para En Rojo
Parte I: El apartamento
Al extremo de la mesa, Pablo toma una taza de café, y la luz entra desde el balcón a sus espaldas. Por un instante, el espacio se llena de oscuridad con el contraste, y la mirada recae afuera, al fondo, sobre la cúpula de la Basílica del Viejo San Juan; el andamiaje de la restauración, el color del paso del tiempo y la mampostería. Hay una similitud entre ellos, el conservar, el edificar sobre lo que quisimos. Los templos se mantienen.
Los ojos vuelven a ajustarse y caen, con la luz, sobre la taza de café. Pablo tiene el cabello oscuro, una sonrisa amplia y frecuente, y la piel cobriza como su padre, Rafael Tufiño, el pintor del pueblo, el Tefo. “Papi tenía una obsesión con el dibujo,” nos dice “Él llegaba, sacaba los Prismacolors, se sentaba y dibujaba. O sea, se lo disfrutaba, pero era disciplinado. Hizo mucho lo que él tenía en su entorno: su niño, el cuarto, los juguetes, la mujer, los desnudos, el gato. “
Ese gato negro, sutil y silencioso, era el Fefo; una extraña coincidencia en la casi que compartían el mismo apodo, pero el Fefo venía de Nueva York; era el gato de Rose, con quien contrajo nupcias en la década de los sesenta.
El apartamento de Pablo es un espacio vivido. Hay una cerámica en la mesa, un arbolito con pequeñas figuras tejidas colgando de sus ramas secas, una talla de los tres reyes magos en una balda de la pared. Al lado de ellos, en la pared posterior al balcón, recibe la luz de un medio día nublado “El Bautismo” (1983). Captura un momento en el tiempo. San Cristobal “que era un gigante” nos dice Pablo, se posiciona en la esquina derecha superior de la xilografía, donde estaría el fortín si miraras desde el balcón del segundo piso de la 415 Norzagaray. Pablo me muestra una foto; su papá con un gorro tejido en patrones de lana, sentado, mirando al mar con los pies trepados en la barandal del balcón. “Ese fue el apartamento favorito de papi. Llegaba hasta el otro lado, hasta la calle Sol. Ahí vivió con el Fefo y todo eso.”
En la parte inferior del grabado hay una pictografía (es decir, el intercambiar las palabras por imágenes para dar un mensaje) que plasma seguido: -Un gato (Fefo) -una rosa (Rose) -un perfil (Tufiño) -un patrón de adoquines (calle) -un sol (Sol) -un mapa de Puerto Rico; era la dirección de su hogar. “El hizo eso en muchas de sus piezas. Él les llamaba anagramas.” comenta Pablo. Al lado de este, la fecha 26 de mayo del 1964, la cita de las mañanitas “El día en que tu naciste nacieron todas las flores.” Y el nombre -Salvatore, fruto de su relación con Rose, que era italiano-americana. “Papi se quejaba de que nunca lo dejaron escoger el nombre de sus hijos. Bueno, que yo me iba a llamar Juan Sebastián y después el hermano mío protestó, y me pusieron Pablo.” dice riendo. Con el tiempo, su matrimonio terminó, y Rose mantuvo a su acompañante de tantos años, su gato. El Fefo nace y muere en Nueva York.
En la pared contigua está “La Botella” (2005), la serigrafia elaborada a base del óleo de 1963 que hoy se encuentra en la colección del Museo de Arte de Ponce. “Esa barra, en los sesenta, era como su oficina.” dice Pablo “Ahí venían los músicos de todas partes, estaba de moda el jazz. Esta es como la cuna del Jazz en Puerto Rico, donde venía toda esa gente a improvisar. Mira, esta pianista que está aquí,” Pablo apunta al plano del fondo, en la esquina, envuelta en luz tenue azul, “se llama Gladys Johnson. Cuando él entraba, ella siempre le tocaba Easy to love, una canción de Cole Porter, que también la canta Ella Fitzgerald.”
Las notas de las teclas se envuelven en la veladura del humo:
“I’m sure you hate to hear
that I adore you, dear
But grant me just the same
I’m not entirely to blame
For you’d be
So easy to love”
Y el mundo deja de parecer gris por un instante.
Sobre la loza criolla en la sala, Los muebles de pajilla se usan a diario, varios tiestos con pequeñas plantas y, a su lado, sobre una pequeña pila de libros hay tres obras de su madre Ada Lydia Soto Valentín (conocida en la plástica como Sotoada) en las que las imágenes de santos se elaboran en técnica de collage sobre tablas. Su perro pasa por el arco de la sala y se acuesta en el medio del recibidor.
Allí, frente a la puerta de la entrada, se encuentra “El Caldero” (1965). La atmósfera se envuelve en azul. Hay una cualidad tonal serena y melancólica, como si cargaras en la mente las ultimas notas de la canción que escuchabas antes de irte de un lugar. “Es un bodegón, y los bodegones de papi siempre son autorretratos. Siempre tienen el quinqué, el santo, y esto aquí:” nos señala el papel que se encuentra entre las piezas, “que es como un menú del restaurante El Caldero, – eso es un invento suyo. No hay ningún restaurante El Caldero, era su casa. Era el relajo de que vengan a comer al restaurante El Caldero.” El patrón geométrico en la policromía metálica del santo, el corte abanicado y amplio tras el rostro, apuntan a la mano de santero Zoilo Cajigas. Y parece que Tufiño le colgó en su bracito una escuadra triangular de dibujo. Podemos verlo como un exvoto, una ofrenda votiva como la que solía colgarse en los santos de palo como pago de una promesa o el resguardo de un talento, o quizás, como un lugar donde no perderlo.
Mientras miramos la obra, Pablo nos dice “La historia de este cuadro es bien bonita. Papi le había regalado esto a López del Campo (el insigne escultor puertorriqueño) y López lo tuvo en su casa por décadas. Jorge (hijo de López del Campo con el que comparto el nombre) y yo empezamos a tener muchas cosas en común. Él era un poquito mayor que yo; pero imagínate, alguien que tiene los mismos intereses que uno: los dos estábamos preocupados por las obras de nuestros padres, por el arte. Y él me decía -yo tengo una obra de tu papá que quiero que veas-. Entonces, Jorge falleció, y su mamá me dijo -yo quiero que tengan la pintura de nuevo-. Y volvió a nosotros. Es del sesenta y cinco. Oye, ¿Cómo estás de tiempo? ¿Bajamos?”
Parte II: Las calles
“Mira, las estructuras, por lo general, están bien cuidadas.” Dice Pablo Tufiño mientras vamos subiendo por la calle Cristo del Viejo San Juan, esquivado los turistas que van bajando. “Se ve muy bonito. Papi decía que parecía una serigrafía, porque estaba todo limpiecito. Pero el impacto a la comunidad, los locales, ha sido grande. Aquí han sacado mucha gente con los Airbnb. La comunidad se ve cada vez más reducida, y a veces los lugares de encuentro son mínimos.”
Tomamos la esquina hacia la calle San Sebastián, y vemos a través de la entrada de Nono’s la gran lámpara al fondo de la obra: aquí era La Botella. El espacio nos confronta reducido, la mesa de la barra se ha movido hacia el frente, los manteles rojos han desaparecido. Al arco le han removido la cal para revelar los adoquines. Tufiño debe de haberla pintado desde la esquina, donde no impedía el flujo de las personas, y hay pocos locales allí, y la música sale por las bocinas.
Hay cierto misterio que envuelve la calle San Sebastián, un lugar donde el tiempo revuelve, como una espiral, sobre sí mismo. Paramos, – a una chica le hacen una sesión de fotos en medio de la calle y la acera para las redes sociales. Logramos pasar y el espacio se despeja. Llegamos frente al callejón del Mercado, que conecta al Museo San Juan por su parte trasera. “¿Tú sabes dónde era la DivEdCo?”, me pregunta. “¿Dónde?”, Pablo apunta hacia el fondo, “El Museo San Juan era la DivEdCo.”
La División de Educación de la Comunidad (DivEdCo), fundada en 1949, fue una de las instituciones encargadas de instruir al pueblo, que era, en su mayoría, iliterato. Por ello, comenzaron a utilizar la fuerza de la imagen, carteles y folletos en los que se comunicaba no solo con letras, sino con imágenes. “Allí hacían los carteles, los libros para la comunidad y las películas. En el centro (del edificio) era el soundstage. Había un área en la que estaban los artistas sentados, bajo techo. Había otra área de los escritores: René Marquéz, Valcarcel, y había otra donde se filmaban las películas. Era la parte del centro, pero con un techo. Lo que no tomaban afuera lo hacían allí. El mural de La Plena papi lo pintó ahí, completito, dos años estuvo en eso.” Rafael Tufiño lideró el taller de gráfica del 1951 al 1963, creando un sinnúmero de carteles que hoy conforman la base de tradición gráfica puertorriqueña. “Papi fue uno de los primeros en darse cuenta de que la gente se estaba llevando los carteles para su casa porque les llamaban las imágenes. Entonces, empezó a hacer las letras más chiquitas y a pegarlas a los bordes, porque a la gente no le gustaban las letras. Y el hacía un montón de bocetos para los carteles. ¿para los de Ignacio? chacho… Algunos le decían que no tenía que esforzarse tanto en ellos, que eso no era para un museo, que eso era para la gente. Y él les decía que precisamente porque era para el pueblo es que tenía que hacer lo mejor que pudiera.” dice Pablo.
Alrededor de 1974, el artista Carlos Osorio, quien estaba en Nueva York liderando su taller, exhorta a una joven estilista, Ana Soto, a “ir a la División de Educación para que conociera a estos artistas. Entonces, ella viene a Puerto Rico y conoce a papi en la División. Él ya ni trabajaba allí, pero por cosas de la vida estaba jangueando allí. Y allí empezó todo, gracias a Carlos Osorio. Ella monta un Beauty Parlor en la calle San José, y ahí es que él venía a enamorarla. Entonces, el cogía y dejaba cosas olvidadas a propósito. Dejaba la libreta, llena de dibujos, para buscarlos después.”
Pablo me enseña una foto, que va tomando el leve tinte sepia de las fotografías impresas y guardadas, de ese año. En el que esta Ana, su mamá y, Tufiño, que usa un pañuelo rojo en el cuello, la barba larga y desarreglada. Él había hecho un dibujo en su libreta: un mapa, pequeño, de las calles del Viejo San Juan, coloreando dos bloques, donde vivía cada uno de ellos. “En verdad,” dice Pablo “se equivocó por un bloquecito, pero se entiende.”
Pasamos frente al 152 de la calle San Sebastián. Hay un carrito de golf estacionado al lado de la acera y un hombre, tumbado sobre ambos asientos, toma una cerveza. “El Tefo vivió mucho tiempo ahí.” Nos dice. Le pregunto su nombre “Pabón, de la Perla.” “¿Tú lo conociste?” le pregunto. “Claro, si yo le limpiaba los zapatos. A veces era duro y no quería.” “¿Y a Manuel Hernández Acevedo?” “Claro, uno (cuando salían de la División) cortaba para acá (subiendo la calle, y otro para allá (bajando). Hernández vivía después de la escuela, la abuela vendía limbers.” “Eso era en la 272,” dice Pablo “En ese edificio vivía Tony Maldonado y Manuel Hernández. Y la primera serigrafía de las fiestas de la calle San Sebastián, que lo hizo Tony, es la calle desde allí.”
Miramos por los cristales de la 152, y las escaleras, con cortes angulados y lozas como un tablero de ajedrez, son las de “San Sebastián 152” (1972). Súbitamente, la calle se vacía, y solo ocasionalmente te tropiezas con un adoquín. Atrechamos por el callejón la Tanca hacia la Norzagaray. El pasillo está lleno, diferentes canciones emanan de cada establecimiento, las mesas están llenas, la gente se arrincona en pequeños grupos. “Mira a Luis Alonso ahí.” Lo saludamos de pasada, tenía los ojos largos, un bastón y una cerveza. Cruzamos la calle del Boulevard y los autos casi no nos dan paso.
Nos paramos al otro lado de la 306 Norzagaray. El edificio se erige como un cubo amarillo frente al mar. “Donde ellos tuvieron su segundo apartamento fue ahí. Este edificio se ve bien ahora, pero antes se estaba cayendo en cantos. A papi le encantaba esto aquí. Ahí hizo “La iglesia San José bombardeada” (1979), “Pablito” (1983) lo hizo aquí, las de la Perla él las hizo aquí también. Luego ya él empieza a usar fotografías y a cuadricular los espacios, pero ya en los noventa. O sea, lo que hacía treinta años antes espontáneamente después tuvo que refugiarse en la técnica. La luz le molestaba, andaba con sombrero, tenía unos fondos de botella brutales.”
Parte III: Ana
Subimos al sexto piso por el ascensor. Ana Soto había bajado a recibirnos en la entrada del edificio mientras comía un yogurt. “Oye, ma’,” le dice Pablo “¿Qué fue lo que te dijo Carlos Osorio allá cuando tu estabas en Nueva York?” “Yo no me acuerdo” dice Ana. “Lo de que vinieras a la DivEdCo.” “Ah, sí, que fuera a la División, eso de la DivEdCo yo no lo entiendo, a conocer a los artistas de allí y a Tufiño. Así nos conocimos.” Abre la puerta del ascensor.
Sotoada es de baja estatura, su pelo blanco, corto, con tonos de gris, y sus ojos son grandes y atentos. Luego de separarse del Tefo, se fue del Viejo San Juan y no volvió, hasta el 2021. “Tenía que tenerla cerca,” nos dice Pablo “a ella se le han olvidado un poco las cosas, pero como todo aquí esta como hace treinta años, se acuerda de todo.”
“Nos tenemos que ir rápido, ma’.” Le dice Pablo mientras entramos en el apartamento.
“Te puedes sentar aquí,” me dice Ana, “aquí los ves todos.” El espacio es pequeño, con el vigor de un taller de producción en plena marcha: las tijeras, los retazos de tela, los pinceles, marcadores, el adhesivo, los lápices de color. Sobre la pared, cuatro lienzos se mueven dentro del surrealismo, lo naif, la espontaneidad del recuerdo y la imaginación. Ella trabaja puramente desde la inspiración y la memoria, y sus mujeres y niños se vuelven ingrávidos dentro de gradientes azules. “Estas son las tablitas que he estado trabajando estos días.” Las tablitas, negras en su base, las utiliza para componer imágenes de santos en técnica de collage con tela, pintura y lápices de colores. “A mí me crio una costurera, mi tía. Entonces, yo estaba debajo de la máquina de coser cortando tiritas mientras ella cosía. Y Después tuve el Beauty Parlor.” La destreza en el corte le permite crear imágenes, substrayéndolas a capas de color para luego componerlas, conectarlas, como si amarrara en ello la esencia de las cosas.
Pablo toma una fotografía que estaba sobre la mesa de trabajo. Es una foto de él vestido de payaso. “Esa la pintó Tufiño. Yo le tire a Pablito esa foto con un traje que le regalaron. Ven por acá.” “Ma’, yo vengo orita. Jorge se tiene que ir pronto.” Le dice Pablo. Pasamos a su cuarto, donde hay algunos santos tallados sobre el estante. Sobre su cama, hay un lienzo de gran formato, una mujer acostada en la cama vista desde arriba, con una paloma blanca que se posa a su lado. Los colores rozados, rojos, azules se mueven despreocupados de líneas correctas, de medidas o proporciones. Quizás es ella misma, en otro tiempo, en otro lugar.
Bajamos por el ascensor y salimos a la calle. Es el de la calle Sol, y hay un terreno tapado completamente por planchas de zinc, “Ahí tengo una hija,” dice Pablo, “una gatita. Ella está ahí desde María, y todos los días vengo a darle una bolsita de comida.” Aquí no hay personas. Caminamos lento por la calle, como si la trazáramos con nuestros pasos.
“Después que papi y mami se separaron, estuve en San Sebastián de los dieciséis a los dieciocho, y después en la universidad vine a ser roommate de papi. Y fue bien chévere porque, muchacho, él y yo nos complementábamos. Nos llevábamos super bien. Papi era escorpio, yo soy tauro, y nos llevábamos súper. Además, yo lo cogí bien maduro. Fue buen papá. Bueno, yo me sentaba a estudiar y él se iba a janguear. Yo le decía: no te excedas. Imagínate, eran como las diez de la noche y él se iba a dar una vuelta.”
“Imagínate, aquí, en el Viejo San Juan, si tu eres pintor, y tu taller es -en tu casa; tu estas todo el día encerrado. Va a llegar el momento en que quieres ver gente y hablar y compartir. Tu puedes hacer eso en un café, o en una barra. Pero en las barras él producía; él se llevaba la libretita, hacía dibujos de la barra, me escribía postales, en los sesenta hacía bocetos de carteles.” Bajamos por la calle Cruz y llegamos al 107. Al “Templo de Chaulin” como lo llamaba el Tefo. El apartamento donde pasó la mayor parte de su vida. “El apartamento era de un cuarto piso. Y papi, de 85 años, subía. Y en diciembre del 2007 yo lo vi que se cogió un descanso en el segundo piso. Y yo dije: oye, eso está medio raro, pero está entrando en edad. Venían las fiestas, mami estaba por acá por cosas de la vida. Yo le tenía que echar unas gotas en los ojos, y le pedí a mami que por favor fuera a cuidarlo, cosa que nunca hacia porque él era bien independiente, pero accedió. Ella se quedó con él desde el nueve de enero, y no volvió a salir más de la casa. Tuve que buscar un lugar en un primer piso porque ya no podía subir. Le alquile el primer piso a Arana, que tenía un edificio aquí, y monte un hospital allí: enfermera, camilla, todo.”
“Allí llegó medio mundo a visitar a papi. Uno de los que apareció fue Domingo García, y yo decía, yo no sé si dejarlo entrar. Papi le había dejado de hablar a Domingo, pero papi lo quería mucho, y Domingo lo quería mucho a papi,” Domingo García, incluso, un día fue a visitar a Tufiño a su apartamento en medio de la ruptura de uno de sus matrimonios. La que había sido su esposa le había pedido llevarse algunos de sus cuadros, y este había accedido. Por casualidad, Domingo se topó con ella según salía del edificio. Bajo su brazo estaba “Goyita” (1953). Y Domingo le dijo “Ese cuadro no puede salir de Puerto Rico.” Un breve instante que cambió la historia de la plástica puertorriqueña.
“pero en un momento se pelearon. Y también, para ser justos, Domingo tenía una personalidad fuerte, pero papi era hipersensible, y veía cosas donde no había nada. Yo decía: lo dejo entrar o no lo dejo entrar. Lo deje entrar y fue una cosa bien bonita. Estaban bien felices.”
“Dejé mi vida en Nueva York, metí mi apartamento en un closet y llegué acá. Pero perdí dos semanas.” Rafael Tufino falleció el 13 de marzo del 2008. En ese instante, llegamos al final de la calle San José. Hoy es La Factoría. En la pared del salón aún se lee “Hijos de Borinquén”; el nombre de la que al final de su vida fue su barra favorita. Cuando él llegaba, se sentaba siempre en la segunda silla de la barra. Antes tenía su nombre escrito; pero hoy, hoy está vacía.



