Hay nombres que nacen con una brújula adentro. Wanda, en sus raíces eslavas, significa la que viaja, la que peregrina, la que abre camino. Un nombre que sugiere movimiento, búsqueda, tránsito hacia algo más alto. En Polonia, incluso, Wanda es símbolo de dignidad y sacrificio: la princesa que prefirió proteger a su pueblo antes que entregarlo a intereses ajenos.
Pero en Puerto Rico, ese nombre —tan cargado de destino— encontró una historia distinta. Una historia que comenzó con promesa y terminó con un desvío doloroso.
Wanda Vázquez Garced llegó al poder no por ambición electoral, sino por la grieta histórica del verano de 2019. El país ardía en dignidad; la gente reclamaba un nuevo pacto moral. Y allí, en medio del caos, la Secretaria de Justicia se convirtió en gobernadora por mandato constitucional. Era una oportunidad única: romper el ciclo de corrupción que por décadas había marcado al Partido Nuevo Progresista (PNP), demostrar que el poder podía ejercerse sin servirse de él, abrir un camino distinto para un pueblo cansado de traiciones.
Era, en cierto modo, la oportunidad perfecta para honrar el significado de su nombre.
Pero la peregrina no caminó hacia el pueblo. Caminó hacia sí misma.
En vez de escuchar el clamor ciudadano, se rodeó de los suyos. En vez de limpiar la casa, la cerró. En vez de transformar la cultura política, la repitió. Y lo hizo en los momentos más frágiles de nuestra historia reciente: cuando los terremotos dejaron a miles durmiendo bajo carpas, cuando la pandemia convirtió el miedo en rutina, cuando el país necesitaba una mano firme y un corazón abierto.
Mientras la gente buscaba agua, techo, vacunas, certezas, ella buscaba alianzas, favores, acomodos. El país temblaba —literal y emocionalmente— y la gobernadora parecía mirar hacia otro lado, hacia los pasillos donde se negocian campañas, influencias y futuros personales.
La fiscal que un día representó la ley terminó enfrentada a ella. Al final, la historia de Wanda Vázquez Garced no es solo la de una funcionaria que se extravió en su propia ambición. Es el retrato de un partido que, una y otra vez, ha confundido gobernar con repartirse el país; que ha convertido el poder en botín y la confianza pública en mercancía. Ella tuvo en sus manos la posibilidad de romper ese ciclo, de demostrar que el Partido Nuevo Progresista (PNP) podía gobernar alejándose de la sombra de la corrupción que lo persigue desde hace décadas. Tuvo la oportunidad —única, irrepetible— de honrar su nombre y abrir un camino distinto.
Pero eligió lo contrario. Eligió la ruta conocida, la ruta cómoda, la ruta que protege a los suyos aunque traicione al país. Y en ese acto, no solo perdió ella: perdió Puerto Rico la posibilidad de un gobierno que, por fin, se atreviera a ser distinto.
Por eso su caída no debe verse como un episodio aislado, sino como un recordatorio urgente de que el poder sin ética es una amenaza, no una herramienta. Que la ambición sin pueblo es un abismo. Que ningún líder, por más títulos que acumule, puede caminar por encima de la dignidad colectiva sin que el país, tarde o temprano, le cierre el paso.
Quizás, algún día, otra Wanda —o cualquier otra peregrina— tome ese nombre y le devuelva a su significado original: abrir rutas nuevas, caminar hacia la gente, no lejos de ella. Pero mientras ese día llega, nos toca a nosotros, como país, mantener la brújula firme. Exigir gobiernos que no teman la transparencia. Partidos que no teman la decencia. Líderes que no teman al pueblo.
Porque Puerto Rico ya no tiene espacio para más extravíos. Y porque este país, tantas veces traicionado, merece —de una vez y por todas— un liderazgo que no se pierda en su propia sombra, sino que se atreva a caminar hacia la luz.



