Un conejo habita en el Choli

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Inicio de la residencia de Bad Bunny. Foto Naiara Cabezas/ Especial para En Rojo

 En Rojo

Nadie falló en vestirse como jíbaro o, al menos, con algo de ajibarado. Al filo de las 5:30, a poco más de tres horas para el evento, muchos aguardaban en las diversas estaciones del Tren Urbano. En Cupey, cuando el sol teñía los andenes de oro, se veía una decena de personas tomarse fotos, cuchichear, actualizar estados en las redes o simplemente verificar la hora. Tan pronto el tren arriba, se siente el suelo arrastrarse junto a la sacudida del frenazo. Va lleno. Lo llenamos más.

En cada una de las estaciones que restaban, más y más jíbaros atestaban el tren. Al principio, la voz mohína del intercom podía filtrar los nombres de las estaciones sin mayores problemas. Pero al final, entre la Roosevelt y Hato Rey, las puertas parecían reventar ante la cantidad de personas que esperaba salir y no se oía sino una barahúnda. Abiertas, la gente pasaba las puertas y escaleras eléctricas apresurada para ver, con sus ojos, el pueblo improvisado que yace en las inmediaciones del Choliseo.

Enfebrecido, el ambiente entero— incluso el tren que se veía ir y volver— coronaba su apariencia con una pava de paja. Los flamboyanes, también febriles, consienten este paisaje con sus últimos pétalos de la temporada. Un cronista bautizó este entorno como Villa Conejo; este cronista adopta el nombre. El pueblo postizo, un poco como al que alaban en él, está lleno de contradicciones. Por ejemplo, un viejo teléfono de la Puerto Rico Telephone (PRT) queda a pasos de un colmado de zinc y estacas que armó T-Mobile. Parece un féretro frente a uno de sus sepultureros.

Las otras contradicciones resuenan con las del comercio usual: la publicidad se hace una con el dialecto puertorriqueño, Wendy’s reparte frosties desde un food truck, Medalla incorporó una ingente Casa Perreo, Johnny Walker tiene un quiosco y L’Oreal sirve piraguas de cherry. En fin, el mercado se vistió de puertorriqueño. Más de lo acostumbrado. De fondo, el Choliseo acopia personas como gotas de agua, una tras otra, en una fila que parece interminable y parte del barullo general. Adentro, un conejo habita el recinto.

Al cabo de un rato, las puertas abren. Se oye el creciente vocerío tomar el centro por lo que es: grande y multitudinario. La temática puertorra aflora en las barras, en los menús, en los olores a frituras y los sonidos a salsa. Roberto Roena, Eddie Palmieri y otros clásicos reciben a los oyentes en medio de un montaje insólito para un espectáculo. En la tarima principal, una suerte de monte fingido forra sus pendientes con yerbajos, bambusales, platanales y un modesto flamboyán. Por el platanal, dos sillas como las de la carátula del disco lucen igual de vacías. Al frente del escenario, una gallina intenta sublevar el orden de una jaula para escapar junto a las demás. Uno de dos señores ensombrerados no la deja.

En el mismo medio de la montaña, una valla publicitaria proyecta datos del país; que somos un archipiélago, un país con cultura propia, una tierra con copiosas cantidades de recursos naturales y una nación amenazada con dejar de serlo. Al calce del billboard, se lee un DtMF soberbio que remata, de pronto, un amplio “YO TE LO DIJE” presentado. Lo más rumorado es que la frase corresponde a las otras vallas publicitarias que Bad Bunny financió durante la campaña electoral de 2024, cuando endosó a la Alianza de País y se opuso al bipartidismo.

Las graderías siguen, a menos de una hora, medio desocupadas. Por la cantidad de empanadillas, carnes fritas, cervezas, nachos y tripletas que entraban a la arena, es justo suponer que la mayoría hacía fila por su botana. Más abajo de la arena, una casa rosada aparece idéntica al hogar humacaeño que, en enero pasado, fue escena de grabación del cortometraje protagonizado por Jacobo Morales. Tiene el estilo de todas las casas de cemento: ventanas miamis, un aire acondicionado, matas y un espiral de peldaños que llega al techo.

Lo demás es furor. Unos tumbos súbitos imantaron las miradas con el escenario, ahora poblado de dos jóvenes vestidos de blanco. La primera busca su cámara; el segundo, su tambor. Se ayudan, se pierden, encuentran una frazada y la destapan junto a los cueros extraviados. Todos gritan.

“No me lo han quitado todo”, comenta un Julito Gastón orondo al encontrar su percusión.

Ritma la conga de dos en dos, atenuando el cantazo hasta unirse a uno de esos sonidos tecnológicos propios del son badbunniano. Es una canción nueva, un regalo como tantos otros para la gente que más lo inspira: “ALAMBRE PúA”. Desprevenidos, los oyentes quedaron mudos a falta de letras conocidas. Porque el Conejo es exclusivo hasta en sus conciertos.

Le siguió un medley de éxitos como “EL CLúB”, “La Santa”, “PIToRRO DE COCO” y muchísimas más. Estas canciones, a diferencia de la primera, eran pronunciadas por el público antes que el propio Bad Bunny. Una pirotecnia esporádica calentaba el coliseo y todos, envueltos, cantaban de falos fugados que debían esconderse en manos que los agarraran como bongas (Safaera). De nuevo, era todo un furor.

El silencio vuelve por un momento. La valla publicitaria ahora es un gran monitor que presenta una cabaña de madera en medio de la nieve. Adentro, un sapito concho miraba por la ventana junto a don Jacobo Morales. El silencio se retiene por un rato más hasta que, plácido y sereno, el protagonista dice:

Foto por Naiara Cabezas/Especial para En Rojo

 “Seguimos aquí. Mi alma y mi corazón siguen aquí. Y donde tú y yo estemos, es la casa; y donde sea que yo vaya, soy y seré puertorriqueño. Y eso nadie me lo puede quitar”, seguido por fragorosos vítores que querían agrietar las paredes.

“¿Aunque estemos lejos?”, preguntó Concho el sapo concho.

“Aunque estemos lejos, aún de lejos se puede estar presente, y amar y sufrir y defender. Mira a Hostos”, responde el señor.

Y en lugar de decir que Borinquen los llama, que aquel país no es el mío, que Borinquen es pura flama y allá se mueren de frío, acotaron su sentir con un adagio lapidario: “Lo que pasa es que nosotros no somos de este frío, Concho. Nosotros somos del calentón”. Miraban, el sapo y el don, las playas níveas con la misma nostalgia que este pueblo lastra desde sus primeras migraciones.

«Enfebrecido, el ambiente entero— incluso el tren que se veía ir y volver— coronaba su apariencia con una pava de paja» .Fotos por Naiara Cabezas

De tanta añoranza, Concho telefoneó a Bad Bunny por FaceTime para averiguar el estado de la casa que, en el cortometraje original, compartió con Morales. La conversación pudo verse desde el monitor, de modo que todos vieron a Benito explicarle a Concho que todo andaba bien y en orden. Tan pronto colgaron, empero, llegó el desorden con un poco de “Café con Ron” y una visita de Jhayco Courtz. Luego, Bad Bunny continuó su repertorio de amoríos, desamores y ‘pichaeras’ hasta regresar al monte de tarima, donde le esperó un bandón musical.

Yo siempre he dicho que las trompetas se respetan, los trombones son sabrosones, el piano y el bajo están del casino y los cantantes son importantes, pero sin la tumba no hay rumba

Con ese mensaje de Ray Barretto, el Búho Loco de Z93 presentó a “Los sobrinos”, un grupo de jóvenes músicos, antes de que la noche terminara con broche de cocolo. “Callaíta”, “Baile inolvidable” y otras melodías más invistieron al Conejo con el mismo aire de “cantante importante” de la apoteosis salsera. El evento culminó con “LA MuDANZA”, y entonces todos los bebidos acudieron a la Villa Conejo para apaciguar sus últimos ánimos.

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