Especial para En Rojo
Viejo y disputado dicho este de que los ojos son el espejo del alma. El saldo religioso del refrán no me encanta, pero dejemos a la poesía ser y contemplemos lo que sabemos: algo poderoso se acciona con la mirada. Por años he visto fotos de esta babosa de un verde translúcido que habita en áreas boscosas de la isla. No fue hasta hoy, atascado sobre café y media de sobao, que me entero de que esta fantástica especie solo existe aquí.
La ciencia la conoce como Gaeotis flavolineata. Mi amiga Giova sube un video en el que la muestra aplastada sobre el nervio de una hoja amarilla. Uno apenas puede divisarla, hasta que de su tope asoman dos tentáculos desplegando un par de ojitos curiosos. Habría que querer encontrarla y Giova, quien centra sus diseños en su rol como naturalista, es el tipo de persona con el detenimiento que permite dar con este tipo de criaturas de excelso camuflaje.
Gaeotis no es la más conocida entre el repertorio de animales autóctonos del país. Nunca la vi mencionada en un libro de láminas, abecedario ilustrado, ni libro de colorear. Le pregunto a la panita del video si sabe de algún nombre común y me responde que solo la conoce como semibabosa puertorriqueña. Una cláusula entera para decirla y enfrentarla contra toda la carga semántica de incompleta del prefijo que precede lo pesada, habladora y mala al tacto que le otorga ser babosa.
Así la pobre, con título de incompleta y sin el cariño de un apodo, con un nombre que en nada explica la fluorescencia en su centro. A mí, que más de una vez me ha tocado la dicha, por carambola o por insoportable, de ponerle apodo a algún amigo, quisiera hacerle el favor de regalarle una palabra que mejor la explique, que le diga verdosa, neónica, en su centro una lamparita. Algo que al nombrarla la presente con galas y el afecto que a un amigo.
Como aficionado de la etimología, entrego el último domingo previo al inicio del semestre en buscar qué significa gaeotis y doy con una serie de escritos de clasificación taxonómica que conducen hasta un tal R. J. Shuttleworth, un malacólogo, es decir, un estudioso de los moluscos, quien en 1854 proveyó la primera descripción taxonómica de la especie y de la que describió tres de las cuatro gaeotis que hoy se conocen: Gaeotis albopunctulata, Gaeotis flavolineata y Gaeotis nigrolineata. Una cuarta, Gaeotis malleata, sería descrita décadas después, en 1899, por otro malacólogo, el americano Henry Augustus Pilsbry.
Doy con un pdf de la publicación original de Shuttleworth, Contribuciones a un conocimiento más detallado de los moluscos terrestres y de agua dulce de la isla de Puerto Rico, parte de las publicaciones de la Sociedad de Ciencias Naturales de Berna en Suiza. El texto descriptivo aparece en latín en una publicación titulada en alemán. Ningún detalle, sin embargo, explica el porqué de gaeotis. En dicho texto, el malacólogo utiliza el diptongo æ, común en el latín. Busco equivalentes fonológicos y pruebo suerte con variaciones en la escritura de gaeotis, pero no doy con nada. Paseo por los textos de Dall, W. H. y Simpson, The Mollusca of Porto Rico, y de van der Schalie, H. (1948), The land and fresh-water mollusks of Puerto Rico, en busca de suerte, sin éxito.
No es una enunciación del cuerpo de estudios respecto a Gaeotis lo que quiero, sino que entiendan que traté, con todas las herramientas a mi disposición, de dar con el significado de esa palabra. Flavolineata se encuentra fácil, flavo es amarillo, lineata es lineada, una descripción de la línea amarilla en el dorso del molusco, pero no logro dar con gaeotis. Otis conecta con otium en latín, que propone quietud o reposo en conexión con ocio, pero estoy siendo derivativo y aún no doy con nada para gae.
Considero escribirle a una conocida que es especialista en latín, pero ya lo hice hace unos meses y aunque fue amable en su respuesta, luego pensé que tal vez le pareciera inapropiado que le hiciera una consulta gratuita cuando apenas la conozco. Me quedo con la duda y enfrento la posibilidad de que su nombre, como tantos otros de la era, sea el producto de algún juego personal o de un estilo propio del idioma o la instrucción con que aprendió el latín, quien inscribió la especie. Eso, o que no supe buscar bien; ambas ideas me acorralan con distintos, pero sopesados, sacos de terror.
Según la biografía escrita por George Simonds Boulger, la cual aparece publicada en el Volumen 52 del Dictionary of National Biography, 1885-1900, entre 1840 y 1850, Robert James Shuttleworth se hizo íntimo amigo de un tal Jean de Charpentier de Bex, un botánico que había obtenido interés por la conchología. Potenciales lectores argentinos ejerzan autocontrol.
Según cuenta la biografía, la amistad entre estos motivó a Shuttleworth a interesarse en el estudio de las conchas, gastando dinero libremente en dichas investigaciones y financiando expediciones para la búsqueda de ejemplares del recolector Blauner de Berna, quien visitó a este propósito Córcega, las Islas Canarias y, finalmente, Puerto Rico, donde según la nota, murió de consumption, que pensé se trataba de embriaguez, pero en realidad es un eufemismo de la época para la tuberculosis.
Así que sin suerte y habiendo dedicado una porción considerable de mi tarde a la expedición misma del nombre y enterado de la vida y milagros de estos hombres de riqueza que enviaban colectores alrededor del mundo para alimentar sus intereses de estudio, vuelvo a pensar en la semi babosa hermosa esta, a la que tantas veces he visto y que poco me importó hasta que la vi asomando sus ojitos.
Verla mirando el mundo a su alrededor nos encontró. Me conmovió de forma inentendible, tontamente. Lloré brevemente emocionado, tomándome lo último del café ya frío, seguramente canalizando algún trauma sepultado al cual ignoro y que tiende a hacerme lagrimar cuando veo una criatura magnífica. He llorado más veces viendo el Planet Earth que narra David Attenborough que viendo Atonement, The English Patient o The Green Mile.
Tengo un gran fervor, atravesado por miedo, a veces por asco, por el mundo natural. Una pulsión constante me obliga a pensarme parte de él, pero a su vez a reconocer cuánto de nuestra civilización niega y nos desfasa de nuestra animalidad. Al ver aquella criatura me sentí vinculado, sentí su inteligencia observando el mundo en el que se proponía moverse. Avisé la precaución de quien se detiene antes de cruzar una calle; esa pausa en su mirada trajo el reconocimiento de que su vida y la mía son parte de esta infinitud de caminos en los que se expresa la vida.
Nada, que me hice el documental completo e imaginé algún antepasado de Gaeotis contemplando el mundo a su alrededor, inmerso en el verde, aprendiendo a vivir en torno a él, adaptándose. Su evolución, poco a poco, favoreciendo la transparencia, alineándose con las hojas, trazando en su dorso la línea del nervio de estas. Atrás el calco de roca que alguna vez fue su refugio. Ahora vestigio su dureza, carga entrañada su obsoleta concha.
¡Qué criatura más cabrona, ¿qué no?! Un caracol que prescindió de su concha y que hizo de la espesura su refugio. Única de Borikén, gaetois flavolineata, semibabosa propia de esta circunstancia. Parece de otro mundo, pero ese mundo es este. La belleza de este país es una visión del paraíso.
Aquí el video al que me refiero en el escrito.

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