Especial para En Rojo
Nunca he dejado de evocar aquel estremecimiento.
Yo tendría doce años el día que anunciaron que Filiberto Ojeda Ríos, líder del Ejército Popular Boricua (‘Los macheteros’), regresaba de la cárcel. Mis padres me habían contado que el FBI había tratado de matarlo en su casa durante un arresto y que él les respondió con varios disparos. Me decían que él defendía el derecho de Puerto Rico a la autodeterminación y a la independencia. También supe que había sido acusado por un famoso “rescate” de dinero en un camión blindado de la Wells Fargo. Era ese juicio el que esperaba cuando salió de la cárcel con un grillete.

Poco después lo conocí. Estábamos celebrando el cumpleaños de mi papá en la casa del Rosario en Mayagüez. Había mucha gente en la fiesta, pero mi padre, que sabía de mi fascinación por la historia de Filiberto, se tomó la molestia de buscarme entre la gente y presentármelo. La presencia de Filiberto Ojeda Ríos era arrolladora, y la niña que yo era en aquel momento apenas pudo hablar. Nunca alguien me había impresionado así. Me quedé mirándolo a los ojos y las lágrimas me empezaron a bajar por el rostro. En cuestión de nada, aquel llanto se volvió incontrolable, largo y sentido, como si lo hubiese estado guardando por mucho tiempo. Sólo recuerdo la sensación de que algo muy grande ocurría dentro de mí, como si un mar entero se me moviera por dentro. Todavía me estremezco con aquel recuerdo.
Acto seguido, fui al teléfono y llamé a mi mamá para contarle. Seguramente fue ella quien me dio la idea de invitar a Filiberto a cenar a casa. (Gracias, mami, dondequiera que estés. Como diría Benito, “rompiste”).
Más tarde ese mismo día, recuperada de mi impresión, me senté con Elma Beatriz Rosado, esposa de Filiberto, en las escaleras de la casa. Ella me contó muchas historias sobre la represión y los abusos a los que el FBI y el gobierno de Estados Unidos lo habían sometido todos esos años. Quedé muy impresionada y me prometí no quedarme de brazos cruzados.
Filiberto llegó a visitarme en casa de mami no recuerdo si una o un par de veces. Allí tuvimos largas conversaciones y nunca olvido el respeto que me exhibía. Siendo yo tan joven, me escuchaba como si mis palabras fueran importantes, y me hablaba como si tuviera la capacidad de entenderlo todo. Eso fue una gran enseñanza para mí.
Un buen día -creo que íbamos de camino a la escuela- mami me dijo que, a partir de ese momento, si alguna vez volvía a ver a Filiberto en alguna parte, debía actuar como si no lo hubiese visto. Luego me explicó por qué. Se había ido a la “clandestinidad”. Había descubierto cómo quitarse el grillete, lo dejó frente al portón del Periódico CLARIDAD y se fue, no se sabía a dónde.
Por mucho tiempo, probablemente toda mi vida, estuve alerta donde quiera que iba, por si me encontraba con Filiberto. Aquel pensamiento se volvió casi una obsesión, pero nunca me lo encontré.
Un día, cuando ya tenía 25 años y dirigía el En Rojo en Claridad, recibí una carta suya. La emoción de saber que mi amigo me recordaba en medio de su vida clandestina, me desbordó. En esa carta me decía que estaba muy orgulloso del curso que yo había tomado y del trabajo que estaba haciendo en el periódico. Nunca le respondí porque no sabía cómo ni a dónde enviarle la carta. De vez en cuando, alguien dejaba un paquete en Claridad y resultaban ser sus artículos, cartas o discursos. En la redacción nos encantaba recibir su correspondencia y fantasear sobre dónde se encontraría.
El 23 de septiembre de 2005, venía bajando de Lares cuando entró una llamada de mi papá: «Mari, el FBI tiene la casa de Filiberto rodeada. Tienes que saber que muy probablemente lo van a matar».
Esa noche protestamos frente al Tribunal Federal mientras compatriotas del oeste hacían lo propio frente al perímetro policial de los asesinos alrededor del vecindario de Filiberto y Beatriz en Hormigueros. No lo sabíamos, pero ya Filiberto había muerto desangrado por un disparo en el pulmón. Los compañeros del oeste lo velaban sin saberlo. Empecé a sentir dentro de mí aquella sensación de un mar moviéndose de nuevo: una furia inédita, el desconcierto, el sentido de esterilidad y la tristeza inmensa; sabía que algo muy profundo estaba ocurriendo.

El velatorio y entierro de Filiberto fue de los momentos históricos más reveladores e impresionantes que haya presenciado. La fila en el Colegio de Abogados y Abogadas llegaba hasta la próxima cuadra. Mi padre, Juan Mari Brás, quien había vivido el funeral de don Pedro Albizu Campos, me confirmó que la asistencia al velatorio de Filiberto había superado la de Albizu, que a su vez había sido el funeral más concurrido de líder alguno en la historia puertorriqueña del siglo XX.
La caravana que escoltó el féretro de Filiberto hasta las montañas de Naguabo para su entierro parecía interminable. Estuvimos más de seis horas en aquel trayecto que recuerdo como una revelación insólita. Según avanzábamos, veíamos hileras de niñas y niños, maestras y maestros apostados en las aceras, saludando el féretro del Comandante con los puños izquierdos al aire, machetitos de papel en mano. En los pueblos, los señores mayores salían de sus balcones o se levantaban de las mesas de dominó para honrar el paso del féretro con saludos militares. Siempre he sentido que ese día yo encontré un arquetipo, la radiografía perdida, desconocida, pero absolutamente honrosa de este pueblo. Era como si aquel asesinato hubiese levantado un velo sobre nuestra reserva de resistencia.
En esa caravana me di cuenta de que aquello que parecía un mar en una dimensión oculta, no era exclusivamente mía. Era como una especie de corriente linfática colectiva que unía a quienes llorábamos el asesinato de un revolucionario querido, profundamente admirado. Siempre digo que el 23 de septiembre de 2005 entendí lo que me faltaba por entender sobre la violencia colonial. Tal vez porque lo viví; lo vivimos.
No ocurrió en aquel momento una rebelión como la imaginé, pero desde entonces supe que en este país hay una rebeldía primordial y compartida. Y que cuando la detonamos, ella aparece envuelta en una ola a veces delicada, a veces arrolladora. Ese momento merece todo tu cansancio, toda tu locura, toda tu rebelión. Tu famosa, tu histórica, tu cíclica rebelión.



