Tenía trece años

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Tenía trece años, esos trece en los que tantas nenas se enamoran de montar. El romance dura casi tan poco como la edad, pero todas sentimos su querencia franquearnos como florete: el caballo fascina y arrulla, es juez y confesor, aterra y añoña. A esa edad ansiamos domarlo y cuidarlo y dejar que nos lleve adonde quiera, sin duda ni desmiente, todo a la vez.

Los gritos emocionados de mis compañeros del Centro Ecuestre me hicieron apretar el paso.

—¡Mírenlo, el caballo de A. está ahí tirao! ¡Vente, avanza, antes de que se lo lleven!

Un montón de niños de entre nueve y trece años se apiñaba frente al cuerpo inerte e hinchado, al que ya sabíamos, gracias a esos rumores certeros que se riegan entre los muchachos, que le había dado un ataque de cólico y, como ya sabíamos gracias a la ciencia dudosa que se riega entre los muchachos, el cólico es sentencia de muerte para los caballos, que sufren de un sistema digestivo incongruente y delicado. El caballo de A. había muerto esa mañana, pues, pero no fue hasta ese momento que podíamos confirmarlo, ahí, apiñados tras una línea imaginaria que todos sabíamos era mejor no cruzar. El recién cadáver equino frente al establo yacía sobre el concreto, tieso y supurando. Esto último lo advertí sólo cuando me abrí espacio entre la algarabía curiosa que pronto tornaría en silencio. Había amarrado a mi yegua a uno de los postes para poder acercarme sola. Me metí a la vanguardia del flanco infantil, y miré.

 

De La queresa, manuscrito inédito