Especial para En Rojo
El espectáculo, considerado en su totalidad, es a la vez el resultado
y el proyecto de un modo de producción existente.
No es un suplemento al mundo real ni su decoración superpuesta.
–Guy Debord
Comienza el espectáculo, que es como un sueño, que proyecta verdades conjugadas en tiempos verbales azarosos. Es la historia con otra sintaxis, o una frase cuyos sujetos –sustantivos, pronombres, a veces solo presencias– se mueven como sombras: son bailes de luz que reconozco, pero que no terminan de decir su verdadero nombre. Solo hay una certeza:
Corre el tiempo y estamos llamados a ver.
Un cañaveral cubre la extensión de un campo de fútbol americano. Miramos, todos con un mundo diferente por dentro, millones de collages que intentan encontrarle un huequito a este nuevo reto de los sentidos. Nos sorprende la representación en miniatura de ese paisaje. Parece un espejismo al que corren a reconocerse todas nuestras etnias y clases sociales: esa máquina de naturaleza manicurada a fuego, filo, sangre y lágrimas era nuestro primer teatro: en la plantación comienza nuestra historia, que es como decir que fue el lugar donde se proyectaron los primeros espectáculos que llamamos “nuestros”. Lo abarca todo: la fortificación colonial hecha destino de boda, la barriada con sus tienditas y obreras y viejos jugando dominó en un laberinto eterno de fiesta y subdesarrollo. La casita como promesa mesiánica que le da la espalda a la plantación, pero que no logra zafarse de ella.
Si no fuera por la coordinación perfecta entre imagen y sonido (algo que presupone una conciencia meta-narrativa de orden superior), el espectáculo de nuestra historia se perdería en la espesura, como temía perderse el niño del poema de Llorens, que contaba con un negro anónimo y mágico que le guiaba y protegía en la manigua. Somos una épica de detalles omisos, una irónica celebración de manos tullidas.
Pero corre el tiempo y hay que cumplir con la zafra. ¿Qué remedio sino disfrutar entre corte y corte?
El artista hace lo que puede. Traza su camino por el laberinto, gana altura sobre él, hace acrobacias como un Ícaro y se lanza de espaldas con absoluta confianza en la cronometría perfecta de nuestra historia hecha espectáculo. El show afirma la omnipotente multiculturalidad estadounidense. No sabemos qué más pedirle. En uno de sus malabares con los signos de nuestra historia, le entrega un pequeño celaje un premio, mientras le acaricia la cabeza a la velocidad de la luz. No hay momento para pensar, mucho menos para estar seguros.
Suena duro el tiempo y estamos llamados a seguirle la clave.
Unos minutos después, entre los aplausos y las lágrimas que se reproducen infinitamente en el estadio, en la sala que comparto con otros videntes, en las comunicaciones, se riega un rumor: el celaje que no habíamos alcanzado a ver era Liam Conejo Ramos. Su nombre carga una llama que le quema un roto a la filmina fractal del espectáculo. No era cierto, pero había un parecido insólito. El artista había querido hacer una referencia a sí mismo, cerrar el arco de la historia con un poco de auto-ficción, pero en su lugar proyectamos una imagen del inconsciente colectivo. No era cierto, pero el daño estaba hecho. Ya habíamos querido creer. Habíamos instalado el ídolo equivocado en el templo del espectáculo.
El desliz me inquieta. Solo entonces me doy cuenta que estoy pillado bajo un flujo incesante de imágenes que ni creé, ni pedí. Percibo más de cien sombras en el fondo del Mar Caribe. Otras decenas miles se tropiezan entre sí en la oscuridad de centros de detención. Hay cuerpos caídos en protesta. Sus sufrimientos son crueles puestas en escena sin razón de ser: como todo espectáculo, evaden el diálogo y son como fábulas que nos recuerdan que solamente hemos sido llamados a ver. Los rostros de Liam, de Elizabeth, de Renée, de Alex dan sus centellas en sucesión. Han sido también tragados por la máquina de espectáculos y la han hecho patinar.
Y así se desencajan las articulaciones del tiempo.
¿Cómo habrá dolido morir encadenado en un cañaveral? ¿Cómo quemará atravesar la espina dorsal de América en el lomo de una bestia oxidada al sol? ¿Qué sacrificio saciará a este viejo orden, sediento de espectáculos de terror?
Creo que despertar es algo así como decir el nombre de las sombras que vemos en esta sucesión interminable de sueños.
Hay algo que busco desesperadamente, pero no sé nombrarlo. Es algo tan elemental e inasible como lograr la mezcla del aire en otro planeta. Lucho por un buche de algo compartido más allá de lo que tenemos dado. Sea lo que sea, debe tener la magnitud de un acontecimiento inapelable.
La quema de un cañaveral en la noche.
Un cruce de frontera de millones de cuerpos opacando el horizonte.
Una revolución en la que seamos nosotros quienes llamamos a ver.


