Especial para En Rojo
Leocadia Macías (Marisa Paredes) vive una crisis profunda. Está separada de Paco (Imanol Arias), un militar español que ha preferido irse a la guerra que encarar su matrimonio, y se encuentra sumida en plena disputa con su editorial. “Indefensa frente al acecho de la locura”, subraya y teclea Leo, una y otra vez, la infeliz frase de Djuna Barnes en su máquina de escribir. Así comienza La flor de mi secreto (1995), escrita y dirigida por Pedro Almodóvar.
“… qué difícil me resulta todo”
La crisis matrimonial lleva años cocinándose y comienza a percolarse al ámbito laboral. Con el seudónimo Amanda Gris, Leocadia ha gozado, hasta el momento, de gran éxito comercial con sus novelas, que según su editora, deben ser “de amor y lujo, finales felices y ausencia absoluta de conciencia social”. Pero ya no es capaz de producir ni uno, ni mucho menos los tres libros al año que exige su contrato.“No sé escribir novela rosa”, se defiende. “Lo intento, pero cada página me sale más negra”. El equipo editorial rechaza el nuevo manuscrito y amenaza con demandarle por incumplimiento de contrato.
Incapaz de retomar su antigua vida o de empezar una nueva, le confiesa a su amiga: “Ay, Betty, excepto beber, que difícil me resulta todo”.
A pesar de su estado actual y su dilema laboral, Leocadia vive de manera privilegiada. A través de su hermana y su madre, interpretadas por Rossy de Palma y Chus Lampreave, se nos revelan los orígenes humildes de la familia y el ascenso social y económico de la escritora.
Tanto Leo como Almodóvar, afirma Weldon Penderton, representan esa utopía de la Transición española que en la película va resquebrajándose: “[Para 1995, año en que se estrena] el idilio entre España y el gobierno [de Felipe González] del PSOE que se había producido tras la Transición, agonizaba”. La lucha de Leo va por otro lado, su sufrimiento ocupa el primer plano de la película pero no es ajeno a la crispación social que pocas veces se retrata en el cine de Almodóvar. Sufre en privado y se tropieza con una manifestación en las calles de Madrid. Ella se niega a entender el mundo sin Paco o peor aún, que el mundo continúe marchando a pesar de su desconsuelo.
“¿Como vaca sin cencerro?”
La flor de mi secreto es un filme sobre el dolor. “Lo que me cautiva es todo lo que conduce a esas lágrimas”, explica el director, “todo el recorrido de esta mujer antes del llanto”.
Para la periodista María Guerra, aunque las mujeres en el cine de Almodóvar tienen mucha autonomía, aman y han amado como cosa única. “Son máquinas de amar”.
Ciertamente en la película hay un repertorio de lágrimas, a solas, con su madre, lágrimas de traición, de resignación, de desamparo y también del peso que supone enfrentarse a la vida una vez más. Almodóvar le lleva por el camino de la amargura. Pero no todo es sádico. Procura, en un guiño autobiográfico, regresar a Leocadia a su pueblo natal en La Mancha, acompañada de su madre y sus vecinas, antes de emprender el regreso a Madrid. “Cuando a las mujeres nos deja el marido porque se ha muerto o se ha ido con otra, que para el caso es igual”, le dice su madre, “nosotras debemos volver al lugar donde nacimos”. “Visitar la ermita del Santo, tomar el fresco con las vecinas, rezar las novenas con ellas, aunque no seas creyente”. “Porque si no”, continúa, “nos perdemos por ahí como vaca sin cencerro”.
Lo que resta, que merece la pena verlo, es un final pedregoso pero esperanzador.Para mí, es la mejor película de su filmografía. Llevo viéndola por casi 20 años. En un primer momento fue una educación cinematográfica (aquellos diálogos, el vestuario, el humor, la paleta de colores (azul y rojo), la banda sonora y las composiciones de Alberto Iglesias, las interpretaciones y la edición…). Y sin duda, fue también una educación sentimental.
Hoy día vuelvo a ella con menos emoción pero sabiendo que me espera un gustazo. Esta última vez noté mucho más la relevancia del recorrido de la ciudad al pueblo, de las conversaciones y las reuniones con las vecinas, que hacen de Leo algo más que una máquina de amar o de sufrir.
Almodóvar muestra las fracturas de la España del momento. Ensaya un retorno al campo manchego como una suerte de ritual de reconexión con la esencia del ser español y al mismo tiempo, como un paliativo para los dolores modernos de la ciudad. Para el director y para la propia Leocadia, el campo es una parada, un remedio temporero contra la ciudad frenética pero no es un destino final. Leo debe ir al pueblo para volver a Madrid. Porque esas iteraciones de ‘visitar a la ermita del santo’ o ‘tomar el fresco’, son las claves que le devuelven la dignidad a nuestra protagonista y que yo, con mis referentes isleños, a modo de cencerro, más anhelo también, aunque no pase un desengaño ni ningún marido me haya abandonado. En mi caso, a diferencia de Leo, volver a mi versión del campo pero volver de verdad.



