Gracias a los que resistieron, ahora celebramos

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CLARIDAD

La vida te da sorpresas, canta Rubén Blades. ¡Quién podía predecir que tres cuartos de siglo después de que en muchos lugares de nuestra América se decía que los puertorriqueños habíamos perdido nuestro idioma o, peor aún, que nos lo habían deformado, de esta isla caribeña nace el movimiento que reafirma el español y el ser latinoamericano! Y esa reafirmación se hace, precisamente, en el corazón de Estados Unidos, utilizando sus medios, en el momento en que allí se quiere imponer a la fuerza el inglés como único idioma. De este país, que una vez se consideró víctima de “transculturación” (“Masticas una jerigonza medio española medio slang”, escribió en 1953 el poeta cubano Nicolás Guillén), surge una figura artística -Benito Martínez, alias Bad Bunny- que, proclamando su identidad latina y caribeña, se convierte en portavoz de todo el continente.

Para dramatizar la particularidad de ese hecho, es necesario repasar la larga historia que nos trajo hasta aquí.

Los esfuerzos por “americanizar” a Puerto Rico comenzaron tan pronto se oficializó nuestra condición de “posesión” estadounidense, tras el Tratado de París de agosto de 1898. El mismo esfuerzo se daba de forma simultánea en otra posesión de Estados Unidos a miles de millas de distancia: el archipiélago de Hawái, también recién adquirida. El objetivo era arrinconar, minar, “lavar” la identidad particular del pueblo conquistado sustituyéndola por la del nuevo posesor. En ambos archipiélagos el proceso continuó de forma inalterada durante las primeras décadas del nuevo siglo XX.

Para poder trasmitir e ir moldeando una nueva identidad, el más importante paso inicial tenía que ser con el idioma. La lengua única de la nueva potencia colonial, el inglés, era desconocido para la casi totalidad de sus nuevos súbditos y si tal realidad no cambiaba el proceso de “americanización” se tornaría imposible. En el caso de Puerto Rico el idioma de sus habitantes era el castellano, lengua extraña a los invasores. Y si era necesario convertir el inglés el idioma principal de los puertorriqueños o, al menos, que se hablara con fluidez, la trasformación tenía que empezar en el sistema educativo.

Un informe de 1899 del general George Davis, tercer gobernador militar impuesto por Estados Unidos (mayo 1899 a mayo 1900), lo decía con mucha claridad: “Si se americanizan las escuelas y se inspira el espíritu americano en los profesores y los alumnos… las simpatías, puntos de vista y actitudes se harán esencialmente americanas. La gran masa de puertorriqueños es todavía pasiva y maleable.”

Ese fue el gran proyecto de Estados Unidos en Puerto Rico a partir de agosto de 1898, del que existe amplísima documentación. Se trajeron maestros, se incorporó en las escuelas la simbología del nuevo colonizador (bandera frente a cada escuela, juramento, celebración de fechas históricas) mientras simultáneamente se suprimía todo lo que recordara la realidad previa a la invasión. Para hacer avanzar el proceso se creó una Escuela Normal para formación de maestros originalmente instalada en el oriental municipio de Fajardo.

Si bien ese proceso de “americanización” está ampliamente documentado, no lo está tanto la simultánea resistencia de los puertorriqueños que permitió derrotar la estrategia del colonizador. El mismo informe del general Davis antes citado reconocía que la estrategia que se delineaba en 1899 no sería de fácil implementación: “Existe una gran oposición a las escuelas americanas”, decía. Esa oposición fue callada, pero generalizada y sin duda efectiva. Tal vez algún día, cuando todo se investigue a fondo, se pueda reconocer la deuda que nuestro país tiene con los cientos de maestros y maestras que, contraviniendo lo ordenado, enseñaban en español, enfatizando en nuestra cultura, y a los miles de alumnos que gustosamente alimentaban su puertorriqueñidad. Y también a los que, ya de forma abierta y pública, tomaron las calles para reclamar un cambio formal de una política que en la tercera década del siglo lucía totalmente fracasada.

A pesar del evidente fracaso de su estrategia las autoridades estadounidenses insistieron en ella hasta bien entrada la década de 1940, aunque tuvieron que ir haciendo concesiones importantes frente a los reclamos del pueblo. La más importante de estas llegó más de treinta años después de la imposición inicial cuando el puertorriqueño José Padín Rodríguez, nombrado Comisionado de Instrucción en 1930 por el presidente Hoover, dispuso que la enseñanza en la escuela primaria, hasta octavo grado, sería en castellano. El inglés, no obstante, se mantuvo como lengua vehicular para la educación secundaria y superior.

En 1943 la Legislatura puertorriqueña, respondiendo a los reclamos populares, aprobó la legislación para restituir el español como lengua vehicular en todo el sistema de escuelas públicas. Lo aprobado, sin embargo, nunca se convirtió en ley oficial porque el proyecto fue finalmente vetado por el presidente estadounidense Harry Truman. La oficialidad del vernáculo en el sistema escolar debió esperar a 1949 cuando el nuevo secretario de Instrucción Pública, nombrado por el recién electo gobernador Luis Muñoz Marín, emitió una “circular” disponiendo que el uso del español como lengua vehicular. En la práctica, esa era la realidad desde mucho antes como resultado de la resistencia pasiva y activa de los puertorriqueños a la imposición del inglés como legua vehicular de la enseñanza pública.

En realidad, aun cuando tanto en las escuelas como en la administración pública el inglés fue el idioma oficial durante medio siglo, Puerto Rico nunca dejó de hablar y sentir en español. Todas las expresiones culturales de las puertorriqueños -música, literatura, etc.- siguieron siendo en castellano y, a pesar de la insistencia en el inglés, sólo una porción muy pequeña de la población lo habló con alguna fluidez. Esta cita del escritor Pedro Salinas, quien arribó a Puerto Rico en 1943 tras siete años en Estados Unidos, nos dice mucho: “Sí, he vuelto a respirar español, en las calles de San Juan, en los pueblos de la isla. Y he sentido una gratitud, no sé a quién, al pasado, al presente, a todos y a ninguno en particular, gratitud a quienes me dieron mi idioma y al nacer yo, a los que siguen hablándole a mi lado”.

Esa misma gratitud sentimos todos hacia quienes durante más de medio siglo resistieron aquella ofensiva del nuevo colonizador para cambiarnos el idioma y la identidad. Gracias a ellos, en pleno siglo XXI producimos hijos que van por el mundo proclamando lo que somos y, simultáneamente, defendiendo a todos los latinoamericanos.

 

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