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En Reserva-Cómo maté a mi padre

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Especial para En Rojo

Me lo recomendó una clienta cuando ella pasaba por un duro momento. Una semana después ya lo tenía en casa. Tenía un título duro.

No es un libro para llevar a una cita médica. Tampoco para leer mientras esperas a uno de tus padres a las afueras de una fría sala de operaciones. Puede sorprender a los de seguridad si lo ven en tu equipaje de mano en un aeropuerto. Podrías descubrir, demasiado tarde, que hay lecturas capaces de acortar cualquier viaje, incluso los que aún no han empezado. A menos, claro, que incomodar sea tu propósito.

Su título es, cuanto menos, sugestivo y violento. Cómo maté a mi padre retumba en su portada. En esta época de lecturas simpáticas y predecibles, atreverse a exhibir un libro así en público es provocar una escena de tensión: miradas que juzgan, gestos que intimidan y susurros que aumentan como un rumor incómodo.

Cómo maté a mi padre es la primera novela de la colombiana Sara Jaramillo Klinkert. Ese título fue el que intenté leer en los lugares menos apropiados de mi 2025, el año más terrible que recuerdo vivir. Lo llevaba conmigo a todas las diligencias, pero sentía que debía esconderlo en ciertos espacios por miedo a la opinión ajena. Lo retomé meses después al morir mi madre, y fue el libro que necesité leer durante ese primer gran dolor de separación.

El libro no se trata de una confesión morbosa ni de recetas para el parricidio. Por el contrario, es una emotiva novela sobre el duelo narrada desde el recuerdo y la reflexión de una hija. La protagonista, ahora mujer, cuenta lo que vivió luego del asesinato de su padre cuando apenas tenía 11 años. Es una novela en que la muerte no es fin, sino el comienzo de una nueva forma de vivir.

La narradora cuenta la historia de su familia en Medellín, Colombia, durante los años noventa en los tiempos más terribles de los capos de la droga. Expone lo que representó para el entorno cercano vivir sin la figura paternal y todo lo que significó para la narradora el dolor de aquella ausencia.

“Cuando tenía once años, un sicario mató a mi padre. Yo era una niña que no imaginaba que algo así pudiera pasar. Pero pasó. Todavía me cuesta creer que apenas treinta y cinco gramos de acero y un gramo de pólvora hayan podido acabar con una familia”, así comienza la novela más honesta que he leído sobre la ausencia. Es una historia que expone lo que ocurre luego de que un familiar cercano muere, lo que queda inconcluso, las decisiones que se toman nublados por el dolor.

La narradora evita centrarse en el crimen o sus responsables y, más bien, se centra en ella. Se enfoca en matar lo que llega con esa ausencia, todo aquello que le impide respirar. Con ello, se regala otra vida posible y necesaria. No se trata de olvidar a su papá, sino de arrancar o de matar las culpas, las que llevamos todos cuando un familiar fallece.

En el libro de Sara Jaramillo se experimentan todas las emociones que se atraviesan durante el duelo: dolor, culpa, coraje, desprotección, soledad, impotencia, fragilidad, vulnerabilidad, consuelo en ocasiones y amor. Por esa inestabilidad emocional, es una etapa que incomoda a los demás. Todos quieren que las personas “superen” esa pérdida como si se tratara de ausencias intrascendentes. Incluso, algunos establecen en sus mentes un tiempo “saludable” para la recuperación. La narradora reconoce que no hay tiempo límite para transitar por cada una de ellas con esperanza y amor.

Para mí, fue un acompañamiento sanador. Me dijo lo que necesitaba escuchar en mi época de mayor vulnerabilidad. No me juzgó, no me exigió evitar el llanto. El libro me escuchó y sintió mi pena. Compartió conmigo la frustración y me conmovió con su claridad en lo expuesto.

Es una historia escrita para todos, los que han pasado por una pérdida y los que no. Es una novela catarsis que ayuda a aceptar y continuar. Esto es especialmente importante, porque el ser humano está acostumbrado a enfrentar las dificultades buscando soluciones (o culpables). En el caso de la muerte, no hay solución posible. Es un dolor que hay que atravesar.

La novela tiene honestidad y detalle, frases consoladoras y reflexión. Al recordar el momento exacto en que sonó el teléfono con la noticia del asesinato, la narradora describe por lo que todos pasamos: “Fue una llamada la que me volvió invisible”; “Le pregunté qué estaba pasando y ella no me miró”. Así describe Jaramillo la etapa de enajenación que se experimenta en el instante primero del recibo de ese doloroso anuncio, en que las personas no saben cómo reaccionar y se paralizan. Muchas personas lo describen cómo vivir dentro de una pesadilla, en la que la realidad se vuelve lejana.

Mientras reflexiona sobre la muerte, la autora expone: “Cuando alguien se muere, uno tiende a aferrarse a los recuerdos, a unir los retazos. Es una lucha constante contra el olvido, a sabiendas de que no hay manera de ganarle”. Al hablar sobre la fragilidad de la vida, afirma: “Pero incluso las cosas más firmes amenazan con esfumarse”; “Toda partida sin adiós es inconclusa”. Al hablar de los golpes que ha sufrido a lo largo de la vida, confiesa: “Me han disparado muchas veces, pero nunca me muero”.

Es una novela dura pero hermosa, nominada a premios literarios y traducida a varios idiomas. Es una historia para leer en casa, tranquilos, con una taza de café. Es una novela que no pide permiso, que incomoda preliminarmente, pero engancha hasta el final. Cuando cierres el libro, quizás reafirmes certezas incómodas: la vida siempre es frágil, toda presencia es provisional y que, como recuerda la autora, siempre habrá una última vez: “como esa vez cuando no tenía ninguna razón para pensar que habría una última vez y, sin embargo, la hubo”.

 

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