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NaciÓN

Mama Jay: fogones de resistencia LGBTQ+

 

 

Enviado Especial de Claridad de Puerto Rico en El Líbano

 

«Fue muy difícil; nunca fue fácil. Me golpeaban, me encerraron, sufrí muchísimo hostigamiento. Estuve encerrada tres meses y diez días no sé dónde. Sufrí acoso por parte de mi familia y de la sociedad porque no me aceptaban. Una vez me amarraron a un árbol durante tres días. Dormí en la calle, comí de la basura, tomé agua oxidada, bebí mi propio orín… Nunca fue fácil.»

Mama Jay es una mujer trans septuagenaria que encarna la crónica viva de una ciudad que parece condenada a destruirse y refundarse sobre sus propios escombros insistentemente. Cocina con el zumbido de los drones sobre Beirut y no se aleja de los fogones ni con los vuelos rasantes de los cazas supersónicos israelíes que hacen estallar cristales ni cuando llueven bombas. El ocho de abril pasado cayeron sobre la capital libanesa 100 bombas en 10 minutos y esta mujer cocinó aquel día para docenas de personas.

Al comenzar la última y corriente invasión israelí del sur del Líbano el pasado 2 de marzo, Mami Jay se puso a cocinar para los desplazados y las comunidades más vulnerables de la capital libanesa al frente del comedor social Nation Station, en el barrio cristiano de Ashrafieh. Ya tenía experiencia con otras cocinas comunitarias en otros barrios de la ciudad, siempre con el enfoque de atender con especial cariño a la comunidad LGBTQ+.

Más de cien personas acuden diariamente a las puertas de este comedor de emergencia contra el hambre. Llegan familias enteras que han tenido que abandonar sus casas con lo puesto, jóvenes desplazados de las zonas en conflicto y los eternos parias de la noche beirutí. Todos estiran la mano para recibir el mismo contenedor de plástico con guiso caliente y arroz preparado por una mujer trans a la que, en otras condiciones, muchos de ellos preferirían no mirar a los ojos.

En un país devorado por guerras ajenas, crisis económicas, magnicidios y una corrupción gubernamental crónica, algunos lo tienen muy difícil para comer. Mama Jay no lo tiene mucho más fácil para proveer. De los cuarenta mil dólares que tenían previsto recaudar para comenzar el proyecto y sostenerlo a corto y medio plazo sólo han conseguido cinco mil. Pero el fuego en Nation Station no se apaga. El día que Claridad de Puerto Rico visitó el comedor comunitario, Mama Jay estaba contenta porque tras la entrevista con el periódico puertorriqueño esperaba la llegada de un grupo de potenciales donantes.

Salvoconductos de asfalto y el silbido del Burj El Murr

Para comprender la autoridad natural con la que Mama Jay administra el pánico contemporáneo de Beirut, es necesario retroceder cuatro décadas, hasta los años más encarnizados de la Guerra Civil Libanesa. En aquel mapa fragmentado por milicias sectarias, donde el Frente Verde dividía la capital en dos mitades irreconciliables y cruzar una calle equivocada equivalía a una ejecución sumaria, las mujeres trans inventaron una suerte de diplomacia clandestina basada en la pura supervivencia. La comunidad trans de la época era instrumentalizada por los distintos bandos en conflicto debido a su condición marginal. Las autoridades de los tribunales militares y los controles de carretera las llamaban cuando se requería una figura que pudiera transitar entre las zonas divididas sin levantar las sospechas estrictamente militares que pesaban sobre los hombres jóvenes.

Mama Jay y sus compañeras se convertían así en correos humanos improvisados cargando bolsas repletas de comida tradicional, panes recién horneados y botellas de refresco para los combatientes apostados en las trincheras. Al ver aparecer sus siluetas los milicianos grutaban el alto el fuego, abriéndose entonces un paréntesis inverosímil en mitad de la carnicería: francotiradores y soldados dejaban las armas diez minutos para desayunar y conversar con aquellas personas a las que la sociedad rechazaba pero la guerra utilizaba como válvulas de escape.

Aquella ambigüedad de género funcionó como un escudo precario en una ciudad sin leyes. Los mismos hombres que sostenían los fusiles buscaban la compañía de Mama Jay en la clandestinidad de los puestos de guardia.

Nada que romantizar: En los pisos altos del Burj El Murr, una gigantesca estructura de hormigón que dominaba el horizonte de Beirut y que se había transformado en la torre de francotiradores más temida de la ciudad, Mama Jay conoció el lado más oscuro de esa relación. Uno de los tiradores la invitó a subir a los niveles superiores de un punto de vigilancia, con estancias inacabadas y una alfombra de casquillos percutidos en el suelo.

Con la mira telescópica apuntando hacia las avenidas inferiores, el miliciano le pidió que se agachara para que los francotiradores del otro bando no la alcanzaran. El miliciano no dejó de disparar en ningún momento hasta el final. Ni cuando le dijo que le bajara los pantalones, ni cuando le ordenó una felación, ni mientras la disfrutó. Solo paró de disparar un momento para subirse los pantalones.

Así Mama Jay aprendió que en un entorno dominado por criminales armados, el propio cuerpo era la única divisa disponible para negociar la vida.

Identidad soberana frente al espejismo colonial

A pesar de haber crecido en los márgenes de una cultura marcadamente transfóbica, la conciencia política de Mama Jay rechaza cualquier intento de tutela o instrumentalización externa. En los círculos de debate de la comunidad queer de Beirut, especialmente tras el recrudecimiento de las tensiones regionales, surge a menudo el debate sobre la legislación civil en Oriente Medio y la aparente apertura de las instituciones israelíes hacia las minorías sexuales, una estrategia que los movimientos sociales de la izquierda árabe denuncian sistemáticamente bajo el término de “pinkwashing”.

La postura de Mama Jay ante este fenómeno es tajante. Recuerda con vehemencia una discusión con alguien que defendía la normalización de las relaciones con el Estado vecino (Israel), argumentando que las leyes de ese país garantizaban una protección y unos derechos civiles que el sistema legal libanés seguía denegando a las identidades disidentes. Su respuesta en aquel momento sintetiza la dignidad de una generación que no confunde la liberación sexual con la sumisión política: si para acceder a sus derechos humanos elementales tiene que ampararse en el marco legal de una potencia ocupante que destruye los hogares de la región y bombardea a las poblaciones vecinas, prefiere renunciar por completo a esos derechos. No reconoce ninguna legitimidad moral a un aparato militar que pretende ofrecer libertades de catálogo mientras ejerce la violencia estructural sobre el terreno.

Mama Jay, que ha sobrevivido a guerras, invasiones y catástrofes causadas por el hombre, entiende que el movimiento de liberación de las identidades trans es indisociable de la lucha anticolonial y de la defensa de la soberanía territorial. Rechaza de plano la retórica condescendiente de los organismos occidentales que retratan a las comunidades locales como sujetos pasivos o desvalidos que necesitan la intervención o el rescate de fuerzas extranjeras. Con el orgullo pulido por décadas de marginación, afirma que prefiere soportar las palizas diarias, el hostigamiento institucional y el desprecio de las autoridades de su propio país antes que aceptar la validación hipócrita de quienes bombardean su tierra.

Las marcas de la infancia y la violencia clínica

Mucho antes de que Mama Jay tuviera las herramientas verbales para definir su transición, a los siete años, durante unas vacaciones en casa de sus abuelos, un hermano la violó con tal brutalidad que tuvieron que llevarla a una clínica con una hemorragia rectal severa. Cuando el médico dictaminó lo que había pasado, su padre, su madre, y hasta el doctor, comenzaron a golpearla para tratar de sacarle quién la había violado. Su hermano la había amenazado con degollarla si se iba de la lengua. Pasaron treinta y cinco años hasta que se atrevió a contarle a una hermana que había sido su hermano, y así expió aquel silencio que había sepultado su infancia bajo la culpa.

Su familia la casó a los diecisiete años en un intento desesperado por encauzar su comportamiento dentro de la norma heterosexual. Durante los meses que duró el enlace, Mama Jay fue sometida a una medicación forzada con sedantes.

En otro episodio de incomprensión familiar, su padre la pilló usando maquillaje y la arrastró a la consulta de un psiquiatra, que le recetó un potente inhibidor químico diseñado para adormecer el sistema nervioso y atrofiar los impulsos sexuales, con el riesgo añadido de generar una dependencia severa.

En la farmacia, le preguntó a su madre: “¿Me vas a asumir como soy o quieres a tu hijo convertido en un adicto irreversible por la medicación psiquiátrica?”. Su madre rompió la receta.

El asfalto del Corniche y las nuevas milicias confesionales

Las libertades relativas y la existencia de organizaciones civiles de las que gozan las nuevas generaciones de la comunidad queer en Beirut no son el resultado de una evolución natural del marco legal libanés, sino el fruto de una resistencia física que se pagó con sangre en el espacio público. Antes de la aparición de las primeras asociaciones formales a principios de este siglo, el único territorio de socialización y refugio para las personas trans era el asfalto del Corniche, el paseo marítimo de la ciudad.

En los años noventa, ejercer la visibilidad trans en las calles de Beirut significaba asumir la posibilidad de morir en cualquier callejón. Cuando una compañera era asesinada, las fuerzas de seguridad archivaban los expedientes sistemáticamente bajo la categoría social de crímenes de honor, legitimando de facto que los agresores hubieran actuado para limpiar la decencia de sus familias o de sus barrios. Los cuerpos de las víctimas terminaban con frecuencia arrojados en los vertederos municipales sin que se abriera investigación alguna. Asimismo, Mama Jay recuerda la brutalidad de la gendarmería local, que aplicaba de forma sistemática el artículo 534 del Código Penal —que penaliza las relaciones sexuales contra natura— mediante la práctica forzada de exámenes anales en las comisarías. Para eludir el calabozo y la humillación médica, las trabajadoras trans organizaban redes de ayuda mutua en las que recolectaban dinero entre todas para sobornar a los oficiales de turno o pagar a médicos forenses que redactaran informes falsos que exculparan a las detenidas.

En el Beirut actual, en distritos como Achrafieh, la comunidad LGBTQ+ se enfrenta ahora al acoso de formaciones parapoliciales de extrema derecha cristiana como los “Jnoud el-Rab” (Los Soldados de Dios), grupos que patrullan las calles destruyendo la simbología de la diversidad y asaltando locales de ocio nocturno bajo la retórica de la defensa de la fe. Frente a este rebrote fundamentalista y la pasividad de las autoridades ministeriales, Mama Jay defienda que la Organización Mundial de la Salud retiró hace décadas la homosexualidad y la transexualidad de la lista de enfermedades mentales, concluyendo que los verdaderos enfermos son aquellos que dedican su existencia a perseguir la diversidad en nombre de la religión.

Una conversación íntima entre calderos

Esta entrevista se desarrolló en parte durante la preparación de un almuerzo. Al escuchar el inventario de dolores, persecuciones y calabozos que ha atravesado su vida, decido compartir con ella una vulnerabilidad que me acompaña durante toda mi estancia en el Líbano: el temor real, como padre, por el destino de mi propio hijo de quince años, un adolescente trans que empieza a abrirse camino en un mundo que sé que puede ser implacable y hostil con su existencia.

Mama Jay detiene por un instante su actividad. Me mira con la serenidad de quien ha habitado los márgenes de la historia y conoce los secretos de la supervivencia a la intemperie. En su cara se dibuja una sonrisa tierna y comprensiva. No hay compasión en su gesto, sino una lucidez directa, una sabiduría de calle que se traduce en un mandato de protección absoluta. Con la autoridad de quien ha sido madre comunitaria de varias generaciones de parias en Beirut, me dicta las palabras exactas que debo transmitirle a mi hijo cuando regrese a casa, para que las interiorice como plegaria: «decidí que, en lugar de esperar a que la sociedad me acepte —ya que la sociedad no me aceptó—, decidí aceptar yo a la sociedad».

Mama Jay me explica que la dignidad no se solicita de rodillas ante las instituciones del Estado ni se mendiga en los almuerzos de las familias que discriminan.

Se ejerce de pie, manteniendo las puertas abiertas de un comedor popular en mitad de una campaña de bombardeos, garantizando que el alimento llegue a todo aquel que lo necesita y demostrando que, más allá de las fronteras militares y de las treguas políticas, las disidencias sexuales forman parte indisoluble de la estructura misma de este país.

Al concluir la jornada, se quita los guantes de cocina mientras resume su ética de resistencia con una lucidez que desarma cualquier intento de victimización externa: «Debemos ser sociables y amar al mundo porque somos parte de este mundo. Y a pesar de que el mundo no nos acepte, debemos amar a estas sociedades porque somos parte de ellas, aun sabiendo que las sociedades no nos aceptaron».

 

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