La brisa crepita con algo de frío a estas alturas. Hay pinos, yagrumos, robles y palmas de toda
suerte. Todos crujen a la merced de un viento que no amaina en su embestida. Entre ramas
explayadas, zambulléndose, un pájaro conocido como el Juan Chiví va chirriando por
todo el camino. Decenas de familias recorren el sendero térreo, empinado, y la propia brisa
apenas escala la vereda como soplido fatigado. En cierto recodo, una de cuatro estaciones
recibe a los caminantes.
“La gente consiguió detener la explotación minera y proteger estas tierras para el disfrute del
pueblo de Puerto Rico, y por eso se llama el Bosque del Pueblo. Su ave símbolo es el Juan
Chiví”, lee el rótulo casi contagiado por los líquenes que salían de un tronco.
La mayoría de los caminantes cargaba sillas, sombrillas y bultos con botanas y carpitas. Más
arriba, donde el viento surcaba el camino y revolvía el polvo, una camioneta expedía
humaredas de pinchos y frituras. Quedaba cerca de una pendiente que revelaba el inmenso
monte que habría sido minería. Y lucían, a la luz del sol, los miles de verdores que acababan
muy lejos, cerca del mar.
Por 15 años, esta zona fue blanco de intereses mineros. Con un suelo rico en cobre, plata y
oro, el terreno recorre 37,000 cuerdas compartidas entre Adjuntas, Utuado, Lares, Jayuya y el
norte de Ponce. Cada estación-letrero reitera el rol protagónico del pueblo en la lucha por
detener la explotación de la tierra.
“Este es el primer bosque en Puerto Rico en ser propuesto y manejado por una organización
comunitaria. El bosque tiene veredas, gazebo, anfiteatro y la plaza Calá Abajo”, lee la tercera
estación.
Al final del camino, la plaza Calá Abajo daba plataforma a decenas de carpas, una tarima
armada con instrumentos musicales y dos banderas: la emblema de la insurrección energética
de Casa Pueblo y la de Puerto Rico. La plaza, que hoy día sería un cráter, está ubicada sobre
17 yacimientos mineros identificados en la Cordillera Central. Luego de barrenar dos mil pies
de profundidad, los proponentes de este ecocidio bautizaron el espacio como <<Calá
Abajo>>. Al borde de la plaza, plétoras de bambúas, helechos, mangoes y
flamboyanes se menean en la espesura.
Al llamado, acudieron colectividades como Para la Naturaleza, Colegiales contra la
Contaminación, The Peregrine Fund, la Asociación de Acampadores de Puerto Rico, el
Museo de Historia Natural de Aguadilla, la Sociedad Ornitológica Puertorriqueña, el Sierra Club, Islita de cuentos y muchas más. Algunas participaron en la tarima para discutir la conservación ambiental, las especies endémicas y el valor de organizar actividades culturales.
“Vamos a sembrar los árboles de esperanza. Vamos a sembrarlos en la parte más alta del
Bosque del Pueblo. Esto se llama Punta Victoria, y está a 2,500 pies sobre el nivel del mar.
Quiero decirle que, hace años, celebramos una actividad y sembramos árboles, conectando el
Bosque del Pueblo con el Bosque Los Tres Picachos. Se llamó ‘bosques unidos jamás serán
vencidos’, pero hoy sembramos árboles mirando a todo Puerto Rico… Hoy conectamos con
todos los bosques y reservas naturales”, expresó el cofundador de Casa Pueblo Alexis Massol
González.
Cada una de las personas presentes plantó una variedad de capá prieto, matabuey, maga,
morador, jácana, guabá, capá blanco, guaraguao, moca, palma coyor, nogal, palma de tierra y
ortegón; todos árboles endémicos de Puerto Rico. Revolvían la tierra, vaciaban fundas de
abono, azotaban tiestos y enterraban palitos por toda la pendiente. La siembra fue dirigida por
Arturo Massol Deyá, director ejecutivo de Casa Pueblo, Massol González y un cabezudo de
Tinti Deyá, cofundadora de la organización comunitaria.
Luego de la siembra, cada uno de los <<guardabosques voluntarios>> recibió un pañuelo
simbólico como participante del acto histórico. Al rato, la artista Whitney Rivera interpretó
melodías clásicas como Amanecer borincano, Verde luz y Boricua en la luna.
“Si no hubiese sido por esa labor tan encomiable y tan incansable de Tinti, de Alexis, de
Ariel, de todos los casapueblanos, hoy no estaríamos aquí porque esto sería un gran cráter
que habría terminado con la vida de muchos puertorriqueños y varios municipios. Gracias
Alexis, gracias Tinti, gracias Arturo. Gracias a todos los hombres y mujeres que trabajan día
y noche por hacer que este país sea uno mejor”, expresó la veterana periodista Millie Gil.
Por su parte, Agua, Sol y Sereno presentó una obra teatral que trataba temas de
desplazamiento y la destrucción de la naturaleza. Un grupo de “constructores” daba cantazos
a bloques de cemento, cubetas y tierra con palas mohosas. La pieza representó la tensión
colonial entre las clases dominantes y dominadas, la manipulación de la clase trabajadora y el
desarrollo de proyectos multimillonarios. Actores como Pedro Adorno, Julio Ramos y Jean
Soto Villarini formaron parte del elenco.
Poco antes de concluir, Massol Martínez recordó el apoyo que figuras como Danny Rivera
siempre han brindado a Casa Pueblo. Reconoció los actos de desobediencia civil que el
cantor del pueblo emprendió en distintas efemérides del país.
“Antes del Bosque del Pueblo, las áreas protegidas en Puerto Rico eran 3%. Ahora es el 17%
de las tierras protegidas para que haya para las próximas generaciones… Antes de la
designación del Bosque del Pueblo en 1996, la anterior designación que se había hecho era
del 1940. Hacía 50 años que no había una nueva designación, y Casa Pueblo logra el Bosque
del Pueblo como una reserva natural y protegida manejada por una comunidad. El primer bosque comunitario en Puerto Rico abrió las puertas para la expansión territorial-social con la designación de la reserva Caño Tiburones, en Arecibo, el Bosque Tres Picachos, en Ponce…”, puntualizó Massol Martínez sobre la labor reforestadora que ha hecho Casa
Pueblo.
Al concluir, Danny Rivera ofreció un concierto que deleitó a las cientos de personas que
acudieron a la actividad. Muchos se untaban protector solar y otros, animados por el frío,
ignoraban el astro para escuchar al cantante cerca de la tarima.



