spot_img

¡Hasta la Victoria de la Idea!

Lo más leido

spot_img

NaciÓN

Academia y prostitución

 

En Rojo

Hay una frase de Nassim Taleb que mi amigo, el poeta John Torres, lanzó hace par de días como carnada en las redes. La frase en cuestión es: ‘La academia es al conocimiento lo que la prostitución es al amor”.

Está bueno el enunciado. Genera polémica. Y como el pantagruélico Sieteculos, siempre tiene con qué sentarse. Sirve para furibundos anti-intelectuales como para convencidos y hechiceros enamorados de las instituciones universitarias, sociedades científicas y culturales y otros centros de enseñanza.

Es paradójico que sea el financiero, investigador ensayista y, sí, ¡académico! libanés-norteamericano el que la acuñe. Este empirista escéptico se formó en la Universidad de París-Dauphine, la Wharton Business School y el Grand Lycée Franco-Libanais.  Taleb proviene de una familia privilegiada de doctores, antropólogos, jueces, gobernadores y primeros ministros. Es decir, Nassim Taleb, cuyo librito El lecho de Procusto, es muy divertido y erudito, no experimentó aquello de tener acceso a la academia -y a educación superior- cuando eres hijo, nieto, y bisnieto de trabajadores y trabajadoras. Esa vaina te cambia la vida.

Además, la frase es paradójica estructuralmente  porque enfrenta dos pares de términos que suponemos estén en direcciones opuestas: academia vs conocimiento y prostitución vs amor. Trataré de explicarme. No garantizo el éxito de esta empresa. Por definición la academia debería servir al conocimiento y ofrecerlo como una dádiva, no venderlo. Decir que la academia es como la prostitución invierte esa expectativa. Sugiere que la academia convierte algo intrínseco -la búsqueda de verdad y la oportunidad de que un grupo amplio de seres humanos participe de esa búsqueda- en un producto intercambiable. Por otro lado, la comparación apunta a la mercantilización.  La academia transforma conocimiento en bienes transables (papers, títulos, financiación, rankings, avalúo, congresos en París, certificaciones de la Middle States, p.e.) y trata la búsqueda del conocimiento como medio para obtener posiciones, dinero o prestigio, igual que la prostitución convierte sexo en transacción.

La paradoja está en que una institución legitimada por su relación con el bien (llamémoslo así por joder) lo explota económicamente y convierte a sus académicos y estudiantes, irremediablemente, en participantes de ese ¿fraude?

Hay otro contrasentido. Algunes lo han llamado incitations perverses, “incentivos perversos” para aquellos pobres diablos que no saben francés.¿Que puede llamarse así? Pues, los sistemas diseñados para fomentar el rigor de la verdad y la razón (revisión por pares, universidades) crean incentivos que distorsionan la búsqueda honesta (publicar por publicar, publicar sin agradecer a los pares, sesgo de resultados, burocracia). Es paradójico porque la propia forma institucional debilita el fin proclamado.

Por otro lado, hay un asunto de performatividad y de señales de humo. La academia muchas veces valora la apariencia de conocimiento en conferencias, artículos, citas, títulos, con la jerga que tan bien puede dominarse como cualquier aspiracionista que cree que trabajando más llegará a ser como Elon Musk, ¿Ustedes recuerdan a aquel profesor de física, Alan Sokal, que sometió un artículo paródico –Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity– a la revista Social Text? Eso fue hace treinta años, pero ha sucedido antes y sigue sucediendo. Y lo que quería decir es que la prostitución y el amor comparten actos pero difieren en intención. Eso es quizás lo que Taleb sugiere, que la academia privilegia la forma sobre la sustancia y los aspavientos sobre la construcción y repartición del saber, como un pan multiplicado.

Me gusta la frase, no sé si está claro. ¿Por qué me gusta? Porque es una provocación retórica. La frase es deliberadamente chocante. Es una maroma estilística que usa una imagen moralmente cargada para forzar la reflexión sobre una corrupción de valores. Eso está bien. Sin embargo, para muchos, la academia ha sido la salvación. La posibilidad de asumir el conocimiento universal como propio. Usarlo. Beneficiarse de ello y de ese modo mejorar a su comunidad. Una universidad -la academia en su totalidad- es la fuente de diversos saberes que son el motor de la economía de un país. Por esa razón, cuando un estado quiere imponer una cierta dirección económica que ha demostrado ser un fracaso para todos a excepción de las clases privilegiadas, las universidades públicas sufren recortes brutales de presupuesto y políticas agresivas de cambios en las ofertas educativas. Se privilegia lo que beneficie a los tecnofeudales.

Pero no es tan sencillo, el sistema es una antena paradójica (uy, que ingenioso) que invierte la relación esperada entre institución y fin. Una institución cuya razón de ser es preservar y producir conocimiento termina tratándolo como mercancía, igual que la prostitución convierte en transacción algo -el sexo- que en otro registro cultural se asocia al amor, cualquier cosa que eso quiera decir. Porque para el amor necesitamos otro especio. Ahora, pensándolo bien, ¿quién piensa que somos descendientes de griegos y que tenemos que pensar en la Akademeia, como si fuera un jardín y gimnasio cerca de Atenas donde filósofos imparten sus enseñanzas? O ¿qué diablos, dentro del sistema capitalista contemporáneo en su fase necrótica, no trata de convertirlo todo en mercancía?  Maldición, esa manía de los académicos de preguntárselo todo.