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¿De quién es la voz del cristianismo? Disputa por la narrativa en tiempos de hegemonía conservadora

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Luis Echeandía Colón

Especial  para En Rojo

 

En el debate público contemporáneo —también en Puerto Rico— se ha instalado con fuerza la idea de que el cristianismo es, por definición, conservador. No solo en lo moral, sino como aliado natural de proyectos políticos que buscan restringir derechos y reforzar jerarquías sociales. Esta percepción responde, en gran medida, a la presencia visible y organizada de sectores de la derecha cristiana que han logrado ocupar espacios mediáticos y políticos con notable eficacia.

Pero aceptar sin más esa equivalencia implica caer en una simplificación peligrosa. Aunque esa crítica se sostiene en una historia real de alianzas con el poder colonial, patriarcal y económico, reducir el cristianismo a un bloque homogéneo termina invisibilizando sus propias tensiones internas y las voces que lo han desafiado desde dentro.

Sería deshonesto ignorar que las iglesias han servido para legitimar la conquista, la esclavitud y el orden social desigual. El cristianismo ha sido, muchas veces, lenguaje del poder. Pero también, en otros momentos, ha sido lenguaje de resistencia.

Esa tensión no es nueva. Ya en el siglo XVI, fray Bartolomé de las Casas —con todas sus contradicciones— denunció la brutalidad del sistema colonial y defendió la humanidad de los pueblos indígenas frente a su deshumanización. Más adelante, movimientos como el cuáquero desarrollaron posturas radicales para su tiempo: oposición a la esclavitud, afirmación de la igualdad espiritual entre hombres y mujeres, y una ética comunitaria que desafiaba estructuras jerárquicas establecidas.

En América Latina, las Teologías de la Liberación retomaron esta tradición crítica desde el siglo XX. No se trató simplemente de adaptar la fe a una agenda política, sino de releer los textos bíblicos desde la experiencia histórica de los pobres y los marginados. Esa relectura permitió rescatar dimensiones sistemáticamente invisibilizadas: el Dios que escucha el clamor del pueblo oprimido, el Jesús que confronta estructuras de exclusión, las primeras comunidades que ensayan formas alternativas de vida en común.

Estas corrientes no solo produjeron reflexión teológica; también alimentaron procesos de concientización y organización que dejaron huella en toda la región. Aunque hoy no ocupen el centro de la conversación pública, su legado sigue siendo un contrapunto necesario.

El problema, entonces, no es únicamente la hegemonía de la derecha cristiana, sino también la forma en que esa hegemonía es aceptada —a veces sin cuestionamiento— por sus críticos. Cuando se habla de “la religión” como si fuera un bloque monolítico inevitablemente conservador, se corre el riesgo de reforzar precisamente la narrativa que los sectores más conservadores buscan imponer: presentarse como los únicos intérpretes legítimos de la fe.

Esa reducción produce un efecto paradójico. Al denunciar —con razón— las alianzas entre religión y poder, se invisibiliza a quienes, desde dentro de esas mismas tradiciones, han intentado articular visiones más justas e inclusivas. Se les borra del mapa simbólico y se estrecha el campo de lo imaginable.

Reconocer la pluralidad interna del cristianismo no implica romantizarlo ni eximirlo de crítica. Implica comprender que estamos ante un terreno en disputa, donde coexisten proyectos profundamente opuestos: unos que buscan cerrar el mundo, y otros que intentan abrirlo.

En un momento en que las narrativas importan tanto como las políticas públicas, la pregunta no es solo qué hace la derecha cristiana, sino quién le concede —explícita o implícitamente— el monopolio de la voz. Para desmontar la hegemonía de la derecha cristiana en el espacio público, no basta con rechazar la religión en bloque. También es necesario reconocer y amplificar esas otras voces que, desde la fe, siguen insistiendo en que otro mundo es posible.

 

El autor es teólogo, historiador y escritor.

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