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NaciÓN

No he podido no ser la que soy

 

Especial para En Rojo

 

En los últimos días he estado un poco más enfocada e introspectiva de lo habitual. He hablado con el psicoanalista y he repasado, hasta donde alcanza la memoria, los primeros años de mi infancia —apenas tengo 41 años—.

Ya sé que dicen que quien busca en yaguas viejas encuentra cucarachas, pero, francamente, no me asusta. No es que quiera dármelas de valiente (todavía me da miedo la oscuridad); más bien prefiero no andar de fugitiva. También sé que la memoria no es una copia fiel del pasado, que recordar es reconstruir, o volver a pasar por el corazón. De todas formas, no deja de sorprenderme la claridad con que se me presentan algunas de esas reconstrucciones.

De los cuatro a los nueve años tengo recuerdos muy vivos. No son lineales, por supuesto, sino fragmentarios, como estampas o instantáneas que acostumbro a frecuentar; a veces para asegurarme de que sigan ahí, y otras, como en estos días, por si me muestran algo diferente; algo que antes quizá hubiera obviado.

Para identificar la edad que tenía en algunos de esos recuerdos, uso las fechas en que se me empezó a morir la gente. Suena terrible, lo sé, pero la verdad es que me sirve para ubicarme mejor en el tiempo.

Acaso por eso, sabiendo que la vida la mido en lo que me falta, ando indagando en mí. Procuro estar atenta y dispuesta a identificar algún deseo alienado, alguno que no fuera verdaderamente mío, pero que yo haya actuado como propio. Pudiera ser que en ello radique el origen de nuestros sufrimientos. Si una se ofusca, termina construyéndose una vida a base del deseo ajeno. Del deseo de los padres. De la pareja. De los amigos y hasta del mercado.

Consciente de esa amenaza constante, invoco ahora los recuerdos de aquella nena que fui; de la Zahira chiquita que obedeció y que también desobedeció —muchas veces como pudo; otras como le convino— para obedecer a sus propios deseos. Y la veo a los cuatro y a los cinco, brincando la verja para casa de su abuela, con un bolso apretado al pecho, lleno de libros de cuentos que ella misma empacó aunque todavía no sabía leer. Pero es que eran tan bonitos… un montoncito bonito.

Y también la recuerdo señalando la escuela a la que pedía ir cuando pasaba frente a ella en el carro con sus papás. Allí fue donde después empezó el pre-kinder y donde jamás cogió la siesta por estar pendiente de aquellos libros flacos en los que cada día iría aprendiendo a reconocer el sonido de las letras y el sentido de sus palabras. De vez en cuando, al regresar del baño, encontraba niños merodeando la mochila. El día en que finalmente se la abrieron, se preparó para defender lo suyo, hasta que el nuevo amigo, con uno de los libros en la mano, le confesó que «solo quería verlos». Ya en primer grado, la maestra llamó para pedir que le revisaran el bulto a la niña: Simbad el marino no estaba en el currículo, Los viajes de Gulliver tampoco. ¿Dónde estaba la cartilla fonética? Hubiese deseado contar aquí  que a la hora del recreo la intercambié por aquellos libros «prohibidos», pero la verdad es que la había dejado en casa de abuela por estar practicando con ella el «Mi mamá me mima».

Mi afán nunca fue ser la primera en la clase ni demostrar cuántas cosas sabía (eso todavía me produce una rara vergüenza), pero cierro los ojos y me veo un Día de Logros vestida de pollito desfilando por el pasillo de un teatro lleno de padres orgullosos. Me acuerdo que me daba alegría la alegría de los otros y que siempre fui yo mi mayor contrincante.

Una tarde en que bajábamos la cuesta de Guajataca —debió haber sido a finales de noviembre de 1989, porque veníamos de regreso del Hospital de Veteranos, donde mi abuelo materno moriría el 3 de diciembre—, mi papá me escuchó cantar la primera canción que compuse. Se llamaba «Los pajaritos vuelan».  Nada sorprendente; los niños hacen esas cosas. Sin embargo, lo que sí me sorprende es recordar que aquella perogrullada melódica surgió de la necesidad que sentí de consolar a mi madre. Busqué maneras en mi mente, palabras, formas para decirle algo. Como no bastó, entonces miré por la ventana y ante aquel paisaje inmenso le canté bajito que los pajaritos volaban. Abuelo Robert no haría otra cosa.

A veces pienso que, como la muerte tiene sus clichés, quizá ya estaba de moda desearle al muerto que volara alto y que de ahí viniera mi ocurrencia. Pero qué más da, lo que me importa de este recuerdo es que me muestra que no he podido no ser la que soy. Sé que traduzco la realidad para poder soportarla. Lo demás ha sido accidente, consecuencia y también necesidad.

Ya adulta, cuando me recomendaron un perro de servicio, me inventé tres: Jonás, Apocalipsis y Aristóteles. Ni se van ni me esperan. Siempre están. Jonás habita conmigo en el silencio del vientre de la ballena; él ya no huye, y yo espero en su compañía a que bajen las mareas. Con Apocalipsis practico el rigor de los puntos finales, mientras que con Aristóteles calibro el peso de mis asombros. Ellos custodian mi propia verdad.

Mi deseo no ha sido nunca moneda de cambio ni un acto fingido. Lo mío no es un deseo prestado; es el de la nena que se aprieta los libros al pecho porque son su refugio, no su medalla. Así que alzo bandera —no roja, sino rojo clarito—, por si el psicoanálisis insistiera en confundir la gimnasia con la magnesia. No permitiré que me despoje de lo único que con certeza reconozco como verdaderamente mío.