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NaciÓN

¿Israel secuestra al gobierno de EEUU?

 

Annette Labastida

 

La tesis que desgraciadamente domina las redes es que “Israel secuestra al gobierno de Estados Unidos”. Y tiene un atractivo emocional evidente, pero un costo analítico altísimo (y es un error intencional), porque invierte la causalidad. Trata al satélite como motor, al instrumento como mano, a la pieza como tablero. Es la versión geopolítica de creer que el termómetro produce la fiebre. El imperialismo estadounidense no existe porque exista AIPAC; AIPAC existe, opera y prospera porque la arquitectura imperial estadounidense lo necesita para administrar una región específica. Israel no es excepcional en su función, solo en su ubicación. Cumple en el Mediterráneo oriental lo que Japón cumple frente a China, lo que la Argentina de Milei cumple como laboratorio de shock neoliberal en el Cono Sur, lo que cumplió Chile bajo Pinochet como ensayo de la Escuela de Chicago, lo que cumple Colombia como portaaviones continental (lo que cumpliría Cuba en América central si lo consiguen). Son piezas, no titiriteros. Y la clase dominante estadounidense y europea, esa fracción financiera y militar-industrial que verdaderamente dicta la política exterior, no es prisionera de su instrumento, es la que lo financia, lo arma y lo administra.

Que la gente no logre distinguir esto tiene una explicación estructural y otra ideológica. La estructural es que pensar en términos de totalidad sistémica requiere abandonar el pensamiento categorial del liberalismo, que enseña a procesar la realidad en compartimentos estancados. Aborto va en la casilla “cultural”; Palestina va en la casilla “política exterior”; salario mínimo va en la casilla “económica”; encarcelamiento masivo va en la casilla “justicia penal”. Sin conexión aparente. El sistema entonces se vuelve invisible cuando lo desmenuzas en “issues”.

La ideológica es más cómoda y más añeja, porque es más tolerable denunciar a un agente externo del imperio que admitir que el imperio es propio y constitutivo. De ahí el desplazamiento clásico, ese que August Bebel definió hace siglo y medio como “el socialismo de los imbéciles”: culpar a una minoría visible para no enfrentar al sistema entero. Ahorra trabajo cognitivo y permite seguir creyendo que la república original fue secuestrada, en vez de aceptar que la república original ya nació imperial, esclavista y expansionista.

La aparente contradicción que el obrero común no logra resolver, por ejemplo (porque hay muchos más “washings”, desde los derechos LGBTQ hasta el feminismo): donde los sionistas “defienden el aborto” y el imperio “lo prohíbe”, se disuelve apenas entienden que la clase dominante no es un bloque homogéneo sino una coalición de fracciones que se alinean según el dossier. En política exterior, capital financiero, complejo militar-industrial, hidrocarburos y el aparato confesional evangélico convergen en sostener an Israel. En política doméstica, ese mismo aparato evangélico, que es base electoral del Partido Republicano, que impone la criminalización del aborto contra el proletariado y subproletariado femenino estadounidense, especialmente racializado. No hay contradicción doctrinal, hay división del trabajo dentro de un mismo bloque de poder. Confundir la coalición política con una doctrina coherente es el error analítico más básico del repertorio, y así los enseñaron a “pensar”; a pensar en términos de partidos y banderas, no de intereses y fracciones de clase.

En el mismo debate del aborto, no pueden ver la conexión más profunda (la que realmente importa), que es que el control sobre el cuerpo reproductivo de la mujer y el control sobre el territorio colonizado son dos operaciones del mismo aparato. La caza de brujas en Europa y la conquista de América fueron procesos simultáneos en el nacimiento del capitalismo, porque ambos disciplinaban la reproducción, uno la reproducción del trabajador, el otro la reproducción del territorio extraído. El cuerpo de la mujer es la primera colonia, histórica y lógicamente.

Por eso lo que se hace en Palestina, la destrucción sistemática de hospitales maternos, las cifras de mujeres embarazadas muertas en bombardeos, el bloqueo de leche de fórmula, la hambruna como arma demográfica, la detención de niños, no es un exceso, es una pedagogía (producir, controlar o exterminar). La misma pedagogía que en territorio estadounidense se expresa como prohibición del aborto en estados pobres, como esterilización forzada histórica de mujeres negras y nativas, como criminalización de la mujer puertorriqueña usada para ensayos farmacéuticos. Es una continuación, no un paralelo. Un cuerpo controlable es un territorio rentable; un territorio rentable exige cuerpos controlables.

Es casi imposible explicarle esto a gente nacida y adoctrinada en una cultura que se ha empeñado en empobrecer el pensamiento de su población, desprovista de toda herramienta materialista. La pregunta que rompería ese hechizo ni siquiera es complicada: ¿por qué la misma clase política que en Washington vota contra el derecho a decidir, vota a favor de enviar cuatro billones anuales y armas a un Estado que ejerce control demográfico sobre cuatro millones de palestinos? La respuesta solo es coherente si aceptas que ambos votos son la misma operación a escalas distintas. Cualquier otra explicación obliga a inventar conspiraciones imposibles o a sostener un sistema de creencias que se contradice cada veinticuatro horas. Y eso, normalmente, es lo que el interlocutor termina haciendo… transitar por la historia como un pingüino borracho