Aurora Levins Morales
Ayer en la madrugada sentí los aviones militares ensayando sus amenazas en el cielo sobre Maricao, avispas enfurecidas por lo que siempre enfurece al imperio—que, a pesar de todo, Cuba ha seguido siendo por sesenta y seis años el primer exportador de la esperanza, esa chispa tan peligrosa que no han podido extinguir. En 2020, al principio de la pandemia, escribí esta carta de agradecimiento a Silvio Rodríguez por usar su voz y el oficio que compartimos para sembrar lo posible, en el mundo y en mí. Ahora, con el creciente zumbido de agresión rodeando a seres, logros y sueños cubanos muy queridos, momento en que el mismo Silvio pide arma para defender con apasionado compromiso lo que más quiere, quise compartir y expandir mis gracias, porque todo lo le debo Silvio se lo debo a Cuba también.
Compañero poeta,
tomando en cuenta el siglo en que nacimos y el que vivimos, quiero decirte, me urge, lo mucho que me has acompañado sin saberlo. Yo era una niña boricua nacida en las montañas de una cordillera hambrienta con un lápiz en la mano, donde si despertábamos bien temprano, antes de los operadores de la CIA cuyo oficio era bloquear señales subversivas, recibíamos entre las interferencias del radio noticias de la derrota del hambre en esa otra ala del ave antillano, y soñaba que era un mensaje desde el futuro.
Emigrante adolescente en Chicago, todavía no te conocía cuando descubrí a Guillén en la biblioteca de mi escuela y ahí mismo me senté a memorizar el velorio de papá Montero. Fue en California que nos encontramos tú y yo, en la cocina de un centro cultural de exiliados chilenos, con un equipo internacional de lavaplatos cantando contigo, con manos grasosas, a las once de la noche.
No sé si es posible que comprendas lo que era poder beber como si fuera medicina, nota por nota, palabra por palabra, el contrabando de tu voz. Recuerdo tardes grises, con las lluvias del otoño rascando contra los cristales, hundida en la soledad y la pobreza, luchando con las llaves de mi maquinita y con todo lo que silencia a la poesía consciente, levantándome para poner la aguja otra vez al comienzo del disco. Y en ese momento como aparecían continentes de solidaridad en ese pequeño apartamento de Berkeley o de Oakland, todos los apartamentos pequeños en que viví allá en el vientre del monstruo. No creas. Allá se cultivan radicales feroces, poetas que brotan rosas y fuego, gente con la persistencia del hierro. Hay mucho que amar. Pero todo lo humano y solidario está bajo estado de sitio, y se cultiva agresivamente la somnolencia endrogada del eterno consumo solitario.
Me criaron madre y padre revolucionarias que me leyeron poesía traducida de una docena de idiomas, y a pesar de todo lo que pasa, nunca se enfermaron con el cinismo. Mi crie con un mapa del mundo entero, de países que cambiaban de color con su independencia, un mundo de luchas ligadas. Pero en esa nación que nos borra nombrándose “América” el mundo se disminuyó, y era difícil a veces respirar. Una neblina de inconciencia y olvido me mareaba. Y en eso, tu poesía se sentaba a mi lado con la mano en mi hombro, y acompañada, reunida con la gran red mundial, y especialmente latinoamericana, de artistas alineadas con la vida, se me abrían los pulmones, mis dedos bailaban sobre las llaves y con la pupila en el día en que llegará el aguacero, pude cantar en mi propia voz. Eso hace casi cincuenta años, y nueve libros, y miles de palabras publicadas.
Esta noche, también de lluvia, te escucho en mi computadora mientras escribo, desde mi país todavía cautiva, en esa misma cordillera, rodeada de mis libros, entre pandemia y terremoto y colapso colonial, en una temporada de huracanes, con mi vocación de rabia y esperanza. Solo quería decirte, gracias.







