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NaciÓN

El mapa de Togo

 

Especial para En Rojo

 

Antes de ser Mercator, fue Kremer. Gerhard Kremer latinizó su apellido hacia 1530, al matricularse en la Universidad de Lovaina, y el cambio no alteró su sentido, pues en las dos lenguas el nombre quiere decir “mercader”. Es solo una coincidencia, pero conviene tenerla presente al mirar el mapa que lo hizo famoso.

En 1569, Mercator publicó ese mapamundi. Construido sobre una proyección nueva, fue pensado para el uso de los navegantes. En él, las líneas de rumbo constante se trazaban como líneas rectas. A partir de estas, y con una regla, un navegante podía unir un puerto de salida con otro de llegada y saber así qué dirección debía mantener con la brújula. Un mapa hecho para ir de puerto en puerto sirve, antes que a nadie, a quien tiene algo que llevar de un puerto a otro.

Sin embargo, la utilidad de la nueva proyección tuvo un precio. Y es que, si bien conservaba los ángulos, deformaba las áreas representadas, en especial las de los territorios situados en latitudes altas. No es un problema menor. El mapa presenta a los países del norte mucho más grandes de lo que son cuando se comparan con los países cercanos al ecuador. Groenlandia sirve de ejemplo emblemático. En el mapa de Mercator, la isla alcanza casi el tamaño de África, cuando sabemos que el continente es unas catorce veces más extenso.

El problema se agrava cuando un instrumento de navegación se cuelga en la pared como imagen del mundo. La distorsión impone entonces una jerarquía visual que pasa por natural, por objetiva, aunque la proyección no sirva para comparar con precisión el tamaño de las regiones. Basta mirar los mapamundis de cualquier escuela elemental, de cualquier libro de texto o de cualquier archivo especializado para ver hasta qué punto el mapa de Mercator y su proyección regulan nuestra visión del mundo. Quien aprende geografía frente a ese mapa memoriza la forma de los continentes y, de paso, un orden de importancia implícito que nadie le explicó. Esa imagen tampoco se quedó en el papel. Desde que Google Maps adoptó en 2005 una variante de la proyección, llamada Web Mercator, esta se convirtió en el estándar de los mapas en línea, de modo que hoy la sostienen también las plataformas comerciales.

Pocas veces se comenta otro detalle del mapamundi de 1569. Además de agrandar regiones como América del Norte y Europa, coloca el océano Atlántico en el centro. La función náutica del mapa explica en parte esa posición, pues sus líneas de rumbo servían para trazar cursos con orientación constante. Visto desde hoy, es tentador leer ese centro a la luz de lo que el Atlántico llegaría a ser. Pero eso no quiere decir que el mapa de 1569 represente las rutas de la trata esclava. Lo que sí hicieron otras cartas náuticas, como se verá, fue registrarlas.

Sabemos, sin embargo, que ese océano del centro fue el escenario del traslado forzado de millones de africanos esclavizados. Según las estimaciones de SlaveVoyages, entre 1501 y 1866 unos 12,5 millones de personas fueron embarcadas en África, y alrededor de 10,7 millones desembarcaron, la mayoría en América. La resta entre una cifra y otra es la medida de una travesía hecha de violencia y muerte. Y cada una de esas personas fue arrancada de su comunidad para figurar después, en los registros de los barcos, como mercancía.

El latín deja ver la conexión. Mercator viene de mercari, “comerciar”, y este de merx, “mercancía”. De la misma raíz salen mercado y mercader. En la palabra que da nombre al mapa caben, entonces, por coincidencia, quien comercia y lo que se comercia. En el Atlántico de la trata, el segundo lugar lo ocuparon personas.

Este cruce entre cartografía e historia atlántica ha vuelto al presente. El 4 de septiembre de 2026, la Asamblea General de la ONU adoptó la resolución Correct the Map con 164 votos a favor, uno en contra y seis abstenciones. El voto en contra fue el de los Estados Unidos. Al defenderla, el canciller de Togo, Robert Dussey, sostuvo que los mapas también son instrumentos de conocimiento y representación, y que pueden influir en cómo las personas y los continentes se perciben a sí mismos. La iniciativa proponía debatir las distorsiones de las proyecciones tradicionales y promover representaciones más equilibradas de la superficie terrestre. Es significativo que la propuesta haya venido de un país africano. El continente que Mercator empequeñece es el mismo del que salieron las personas esclavizadas que cruzaron el Atlántico. Por eso el debate no puede quedarse en una cuestión técnica de escalas y superficies. Toca también la manera en que un continente se ve a sí mismo.

La diferencia entre las proyecciones se hace más visible al comparar el mapa de Mercator con Equal Earth, una proyección equivalente presentada en 2018, que conserva las proporciones de las superficies. La comparación no implica que Equal Earth ofrezca una imagen neutral. Muestra que cada proyección organiza el espacio de manera distinta. Al representar las áreas en proporción, la versión de Equal Earth permite apreciar mejor el tamaño relativo de África y América del Sur frente a Europa. Permite también pensar el Caribe como parte de una red atlántica de rutas, puertos e intercambios, en lugar de una periferia aislada.

Carla Lois y João Carlos Garcia amplían esta lectura al estudiar cómo la cartografía europea de los siglos XVI y XVII nombró y organizó el Atlántico sur. Su trabajo muestra que las aguas no siempre aparecían como una extensión uniforme. Con frecuencia recibían nombres particulares, vinculados con las costas y con denominaciones heredadas de la tradición clásica. Estas variaciones toponímicas permiten observar cómo distintas potencias europeas imaginaron y disputaron el espacio atlántico. Lois y Garcia relacionan ese proceso tanto con dinámicas imperiales como con la consolidación del tráfico esclavista. La conexión entre cartografía y trata se aprecia, por ejemplo, en una carta náutica publicada en Lisboa en 1802 que detalla los puertos africanos de salida y los puertos brasileños de llegada de las personas esclavizadas. Además de representar el océano, ese mapa registra las rutas y las relaciones de poder que hicieron posible la trata. Ahí el mapa orienta al mercader y, a la vez, le sirve de inventario.

Barry W. Higman desplaza la atención de los nombres y las imágenes del Atlántico hacia las prácticas y tecnologías de navegación. Explica que la necesidad de determinar con mayor precisión la longitud y la posición de los barcos surgió de los riesgos de los viajes marítimos de larga distancia, y que esa búsqueda estuvo estrechamente vinculada con el crecimiento de la trata atlántica y de la esclavitud de plantación en el Caribe. En el siglo XVIII, por ejemplo, Jamaica y Barbados sirvieron como lugares de prueba para instrumentos de medición del tiempo que ayudaban a resolver el problema de la longitud, aunque ninguna de las dos islas fue propuesta como meridiano de referencia. Así, el Caribe aparece como destino de las rutas y, a la vez, como escenario donde se ensayaron herramientas de navegación al servicio de un mundo atlántico estructurado por la esclavitud.

En última instancia, Mercator no tiene la culpa de lo que otros hicieron con su mapa. Lo que toca es dejar de tratarlo como un espejo. Cambiar de proyección no borra esa historia. Lo que sí puede cambiar es qué relaciones vemos y desde dónde las interpretamos. Preguntar quién trazó el mapa, qué rutas hizo visibles y qué personas quedaron reducidas a cifras. Esas preguntas caben en cualquier salón de clases, delante del mismo mapamundi que durante generaciones se presentó como el mundo tal cual es. Cuesta no ver cierta ironía en el apellido. Sin proponérselo, el “Mercator” nos dejó un mundo dibujado a la medida del mar y del mercado. Revisar ese mapa es una manera de revisar también nuestro lugar en esa historia.