Mis pensamientos en tiempos recientes me llegan como versos de Safo, muchas veces apareados con otros que o bien no tienen sentido entre ellos o simplemente quedan interrumpidos por una llamada, notificación, reel o siguiente preocupación. Incluso cuando estas no llegan, me encuentro buscando el teléfono como quien busca su inhalador, deslizándome lentamente de una oración leída a un siguiente estímulo que me ayuda pues a olvidar por dónde iba; llevándome a otra idea inconexa. Como, por ejemplo, cuando leí un artículo hace poco sobre los gauchos de Patagonia que aún se comunican por mensajes escuetos enviados a la radio y tomé dos horas en ello, o cuando intenté disfrutar de un libro que lleva medio año pululando mi sala para percatarte de que leo, ahora, en horizontal ―como hago con ciertos textos laborales― buscando algo en concreto a fuerza de la prisa y el aparente apocalipsis que se aproxima por tierra, aire, galaxia y mar.
Ando ahora en el intento de adelantarme a la idiota incógnita del próximo aviso de like sobre una foto, un story, un tuit o un texto. Ahora más que nunca, padezco de la sensación de que alguien me mira sin mirarme. De que me observo, a veces, en tercera persona. La sensación, ya, de no sólo tener que constatar el presente, el acto, en fotografía, sino de querer hacerlo cual crisis existencial. Si no leo, ¿no soy? Si no lo muestro, lo documento, lo comparto, ¿ocurre realmente? Si no soy capaz de estar realmente en mí; si no logro el acto sagrado de leer, ¿qué sentido tiene todo? A todo esto se añade una nueva incógnita existencial: ¿cómo muestro que la que escribo soy yo?
Me detengo y leo y releo la misma frase del libro y me obligo a la atención, acto absoluto de veneración, no sin antes sentir que me embarga la ansiedad y amargura de las próximas reuniones, eventos, proyectos y manuscritos en el tintero que se van sumando al catálogo 2028 estando aún, increíblemente, en este año de nuestro señor de 2026. Soy editora, me sacudo y repito a mí misma. Mi oficio, y pasión, es leer. Pero de la sobreproducción, la saturación y la magnitud de estímulo que recibimos ―me permito ahora el plural―, hemos mercantilizado y manchado el acto y el proceso. Naturalizamos el consumo y el Gargantúa editorial. Ello, por supuesto, tiene ahora ramificaciones en el acto no sólo de leer, sino en el de escribir.
Este, mi nuevo estado de drogadicción patrocinado por el ámbito corporativo y el tecnofeudalismo, me inquieta tanto como a otros que dentro del sector editorial vemos no sólo el oleaje de distracción y superficialidad venir hacia nosotros, sino también la llegada avasalladora de la inteligencia artificial a premios literarios, a la esfera de conversación literaria, a la Buchmesse (Feria de Libro Fráncfort), a ver si, también, a la Feria Intercultural del Libro de Río Piedras en 2026, llevando algunos incluso a concluir que se trata del fin de los certámenes literarios, de los libros 100% escritos por humanos, el fin de la curiosidad e impulso de ideas que atraviesan a los escritores, de repente, en la bañera, en el tráfico, o haciendo el amor.
Nunca he tocado un LLM, ni alguna aplicación IA, no de indicio propio. La idea de ceder aunque sea un poco mis ideas, mis escritos o de facilitar el más arduo y más gratificantes de los procesos de lectura, escritura, traducción y edición más allá de una búsqueda de Internet, o referencia bibliográfica, me horroriza. Muy francamente, pensaba que estaríamos todos muertos para este entonces, para la época Black Mirror, para el embrutecimiento de las masas a gran escala, empero aquí estamos, compañeros: debatiendo atentos a quienes glorifican, reniegan o analizan la presencia de IA, en Canadá y en Francia, con el caso del superventas, ahora huérfano, de C’était ça ou morir de Thélyson Orelien o el nuevo caso del Premio Internacional de Novela Breve de la Editorial Amadía con Donde el agua trabaja, de David Silva Rojas, en Perú y en España.
Twitter (X) sigue revolcándose en el ámbito cultural con las ramificaciones de lo que conlleva escribir, editar y publicar en la época digital. ¿Publicaremos a influencers, a personas con lectores naturales para asegurar éxitos comerciales? ¿Literaturasimplificada para lectores cada vez menos experimentados? ¿Qué significa 0 uso de IA? ¿Qué hacemos con la literatura IA? ¿Cómo la identificamos sin usar otra IA? ¿Somos acaso todos IA?
Vuelvo al momento en el que descubrí ―porque, en mi opinión, uno no busca en primera instancia ser editor, o traductor, uno se topa más bien con estos oficios tras ser lector― que quería y debía ser editora, como cuando discerní, hace poco, que quería y debía ser agente literario. ¿Por qué hacerlo?
¿A qué lugar quedamos relegados los escritores, editores y agentes literarios en el momento actual? ¿Seremos los últimos editores sobre la faz de la tierra? ¿Estaremos todos tan alejados de la IA en el día a día que no sabremos, como le pasó a los editores y a los miembros de jurado del Premio Ed. Amadía, identificarla entre los manuscritos, de ser el caso? ¿Tendremos acaso que inmiscuirnos en ella para conocer y diferenciarla de una voz ultrahumana? (Me permito el «ultra» porque toda voz IA se nutre, de por sí, del material y el lenguaje humano).
Como en muchos momentos de mi vida ―ahora que sí he logrado apagar el teléfono― vuelven a mí versos de memoria de Alejandra Pizarnik: Señor / la jaula se ha hecho pájaro / qué haré con el miedo y, respondiendo a la primera pregunta, reafirmo lo que pensé entonces cuando decidí ser editora. Que no hay nada más humano que las artes, que la literatura; que ningún proceso maquinal podrá jamás reemplazar la euforia de una frase sorprendente, o bien traducida; una idea que será novela, microrrelato, ensayo; que ninguna máquina podrá reemplazar un vínculo tan estrecho como el de una editora y escritor por más que se jacten algunos de haber creado, escrito y publicado contenido sin embellecerlo con sus propias vivencias, emociones, e influencias.
Habremos pasado de editar con tinta sobre papel a las telarañas rojas (control de cambios) en Word a conversar con imágenes, vídeos y textos, regurgitaciones de inteligencia artificial, con o sin nuestro consentimiento, sí. Pero los editores, traductores, escritores y agentes tenemos una trinchera ahora más profunda que nunca. Ante los pleonasmos semánticos, ante los errores factuales y gramaticales, ante la pereza intelectual y el estancamiento literario y de curiosidad tendremos que avistarla ―cuando menos sentir la confianza de compartir, desde la honestidad, su uso y permanecer abiertos entre editor y escritor― y verternos, sobre todo, cada vez más hacia lo ultrahumano. Hacia los anales; es decir, hacia nosotros mismos, al origen de la literatura.
La congoja, y dependencia, al teléfono patrocinado por las notificaciones de Outlook que luego se convierten en textos y en llamadas, breaking news que son cada vez más inverosímiles que las anteriores, tiene solución. La aparición de la IA en el ámbito editorial también tiene una, me parece, si nos vertemos en nuestros conocimientos, nuestra curiosidad, nuestra humanidad y, más allá de ello, en nuestro olfato y experiencias vividas. Quizá la aparición de la IA, más allá del esperpéntico desperdicio de recursos ambientales ―tema y lucha aparte― viene como una oportunidad de reafirmar nuestra atención; afinar nuestros lápices, bolígrafos y teclados. Pues hace falta editores y agentes literarios que conozcan, realmente, no sólo los cánones literarios y periféricos, sino que lean más allá de lo comercial y de lo regurgitado. Personas que interpreten y tiñan de color y de experiencia y esmero los textos. Que acompañen, desde la curiosidad, a sus escritores, hayan ellos usado o no la máquina por equis ye zeta razón, para identificar esos rastros inconfundibles en su voz; esas imágenes nutridas de historias personales y hallar esas ideas nacidas tras leer una noticia, por ejemplo, en el periódico, como la que leí sobre los gauchos de la Patagonia anclados felizmente en el siglo pasado.
Al final del día, todo esto que cuento es una suerte de prueba para reafirmar nuestros conocimientos, nuestro buen qué hacer, y una oportunidad, sobre todo, para volver a los cimientos de la creación, del lenguaje y la atención. Yo, por ejemplo, he escrito estas primeras páginas en puño y letra desde mi lugar primigenio de lectura, la bañera, recordando la lejana mañana en que me encontré con mi primera editora, una rara avis entonces, en 2009, constatando que, de momento, existo y seguiremos existiendo nosotros dentro del sector mientras haya ojos humanos que nos lean.
Las máquinas, afortunada y desafortunadamente, ya «nos leen».








