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NaciÓN

A José “Piculín” Ortiz no hubo que inventarlo

Domingo J. Marqués

Hay jugadores que meten puntos, tienen jugadas llamativas…

Y hay jugadores que le meten país al uniforme.
Piculín era de esos.
A nosotros, los chamaquitos de entonces, nos ayudó a sacar la bandera del pecho y a ponerla afuera, sin vergüenza, sin pedir permiso, sin hablar bajito. Con él, la selección no parecía un equipo: parecía una discusión antigua entre la dignidad y el tamaño del mapa. Él cogía esa pelea como la cogía todo puertorriqueño decente cuando todavía la rabia servía para algo: de frente, sin dejarse.

Cuando jugaba Puerto Rico en aquellos años, no era baloncesto nada más. Era una guerra sin armas, como él mismo decía. Una guerra donde los tiros eran triples y los codos diplomacia caribeña… Y el miedo se le notaba en todos los juegos importantes, una de sus lecciones, las cosas grandes se pueden hacer con miedo. Ahí estaba él, fajado con rusos, yugoslavos, americanos, canadienses, con cualquiera. No se dejaba de nadie.Y lo más lindo era eso: que tampoco nos dejaba sentirnos menos que nadie.

A mí me definió la adolescencia entre otras cosas por esas selecciones. Yo todavía me acuerdo de aquellas batallas contra Yugoslavia, de esa sensación de estar viendo hombres de carne peleando contra mitologías europeas. Me acuerdo de Piculín metiéndose a las entrañas de equipos que parecían hechos en laboratorio, y saliendo de allí con la frente sudada y el orgullo intacto, como si dijera: “sí, son grandes, pero nosotros existimos”.

Y eso, en un país como éste, no es poca cosa.
Porque hay gente que mete canastos.
Y hay gente que le enseña a un pueblo a no bajar la cabeza.
Después, la vida hizo lo que suele hacer con los grandes: les pasó factura.
Tuvo caída pública, vergüenza pública, juicio público.
Pero él hizo algo que no siempre se ve: peleó también ahí.

Se reinventa, monta sus negocios. Se puso a trabajar con las manos. Yo lo recuerdo bajando sacos de harina en su pizzería de Lajas, dejando el pellejo, sin pose de leyenda ofendida, sin esa arrogancia de estatua que a veces les da a los exatletas. Como si la vida le hubiera dicho “empieza de nuevo” y él, terco como era, hubiera contestado “pues dale”.

Eso también es una forma de gallardía cojonuda.

No la del highlight pa’ Instagram.

La del jornal.

Y quizá por eso el pueblo terminó viéndolo otra vez como uno de los suyos.

Pero si me preguntan dónde vive de verdad Piculín en mi memoria, yo no voy primero al Madrid ni al Barça, aunque esos clubes hoy lo lloren con razón. Voy a Puerto Rico contra Canadá, al Preolímpico del 2003, a ese juego contra Steve Nash. Real Madrid y Barcelona lo despidieron como leyenda, y con razón; pero nosotros lo llevamos más adentro, porque acá no fue sólo jugador: fue emblema.

Ya estaba bajando el pico de su destreza, engañando al tiempo con oficio y mala intención de veterano. Casi cuarenta años. Las rodillas pidiendo retiro, el calendario pidiendo misericordia. Y, sin embargo, aquella noche jugó como si la patria le hubiera soplado adentro un segundo pulmón.

Hizo casi un cuádruple doble: 21 puntos, 10 rebotes, 10 asistencias, 8 tapones y se quedó rozando la leyenda estadística con una actuación que todavía hoy se recuerda como una de las más grandes en uniforme nacional. Puerto Rico le ganó a Canadá y clasificó a Atenas 2004.

Aquella noche Piculín fue un sistema ofensivo por sí solo. Fue voluntad con Adidas. Fue testarudez hecha piernas. Fue ese deseo tan puertorriqueño de caer exhausto antes que decoroso. Parecía que cada rebote lo agarraba por el cuello y le decía: “todavía no”. Parecía que cada pase llevaba detrás una maldición vieja de isla pequeña cansada de que le expliquen sus límites.

Aquel día no jugó un centro.
Jugó una causa.
Y yo, que lo vi, no lo he olvidado.

Luego vino el cáncer, que es otra cancha, pero más mezquina.Él hizo con esa enfermedad lo mismo que hizo con todo: la anunció de frente, dio la pelea en público, ganó algunas batallas, perdió otras, se dejó ver cansado, se dejó ver agradecido, se dejó ver humano.No romantizo eso. El cáncer no ennoblece a nadie. Jode, duele, desgasta y humilla. Pero hay gente que, aun jodida, decide pararse como si la dignidad también fuera un músculo. Él hizo eso.

Y aun enfermo siguió sembrando.

Dejó un podcast. Dio consejos. Compartió sabiduría. Yo lo recuerdo hablándole a mi hijo sobre cómo desarrollar la mano izquierda: que hiciera cosas con ella durante el día, que obligara al cuerpo a entender lo que todavía no sabía. Qué cosa hermosa, cuando uno lo piensa: enseñarle a un muchacho a usar mejor la mano menos hábil. Casi una metáfora completa del país.

Eso hacen los maestros de verdad.
Te enseñan a fortalecer lo que tienes débil.
No necesito idealizarlo.
No creo en santos deportivos. Los santos, además, juegan muy mal. Él no fue perfecto, ni hace falta. Fue otra cosa, quizá más útil: fue grande. Y la grandeza verdadera siempre viene con barro en los tenis.
Yo solo sé que le debo emociones.

Le debo tardes enteras de garganta rota, le debo recuerdos de mi abuela feliz frente al televisor, de mi padre señalarme detalles de su juego cuando jugaba contra mis Capitanes. Le debo ese orgullo patrio que a veces sólo aparecía cuando sonaba La Borinqueña antes del salto entre dos. Le debo la imagen de un puertorriqueño que se medía con cualquiera y no pedía rebaja. Le debo la certeza, aunque fuera por cuarenta minutos, de que este país podía plantarse frente al mundo y decir: aquí estamos.

Y al tiempo, aquí abajo, nosotros, los que crecimos viéndolo, volveremos a hacer lo de siempre:

sacaremos la bandera, apretaremos la mandíbula, y diremos su nombre como quien todavía se prepara para la batalla