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Carlos Saura y su trilogía de danza con Antonio Gades: Bodas de sangre, Carmen, Amor Brujo

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En Rojo

Tuve la oportunidad única de ver a Carlos Saura en el Festival de Cine de San Sebastián del 2021, donde su corto de animación “Rosa Rosae. La guerra civil” fue parte esencial de la apertura. Su imploración a la paz y el entendimiento para evitar otra ruptura letal como la guerra civil española fue su discurso principal. Gracias a la plataforma de Criterion, he visto Cría cuervos (1976) y Elisa, vida mía (1977), ambas con la fascinante presencia de Ana Torrent. En celebración del Festival de Cine de San Sebastián este año, que se celebró del 20 al 28 de septiembre, reflexiono sobre este gran director, reviso mis reseñas de la trilogía de danza que Saura preparó con Antonio Gades y decido traerlas al presente 40 años después. Espero que mis comentarios lxs motive a ver estos hermosos filmes que no envejecen.

Bodas de sangre (1981)

A pesar del cine ser un medio que se ha difundido rápidamente en poco tiempo, se ha limitado a la presentación de ciertos temas a través de una variedad de estilos. Cuando un filme rompe con los patrones del cine comercial y logra destacarse, sabemos que estamos ante una obra de arte. El filme Bodas de sangre se atreve a incorporar elementos no propios del cine para llevar a la pantalla una experiencia que rompe las barreras del tiempo, del espacio y del lenguaje.

Para el director Carlos Saura, este filme fue un riesgo que decidió tomar y que le resultó en una aclamación tanto de parte del público como de la crítica. El filme narra y dramatiza a través de una cámara en continuo movimiento, la tragedia de dos hombres y una mujer en el día de su boda. Pero en vez de tener el diálogo sobrio de Federico García Lorca, tenemos la pasión del baile de Antonio Gades. En un escenario desnudo, los bailarines con sus bailes flamencos, su ballet y sus mimos, vuelven a hacernos sentir el dolor y la pasión de cuando el amor y la muerte se encuentran. En realidad, lo que vemos se supone que es un ensayo general con vestuario y sin interrupciones. Como no es la noche de estreno, no hay un escenario preparado, no hay tras bastidores para los cambios de escena y las entradas y salidas de los actores/bailarines. Bodas de sangre logra que nos olvidemos de las indicaciones del director y que no existan las distracciones. Este efecto nos da un sentido de pertenencia que un ambiente artificial nos negaría. Nosotrxs asistimos a la boda, presentimos lo que sucederá en el baile y tristemente aceptamos la inevitable muerte de estos dos jóvenes.

Este filme no es una reproducción de un baile dramático. Bodas de sangre utiliza todos los elementos cinematográficos para engrandecer el sentimiento de esta obra. Las tomas de cerca enfatizan el dolor, la rebeldía, el orgullo y la pasión de los personajes. El movimiento de cámara crea una escenografía inexistente. La lucha a muerte de los dos hombres combina los movimientos que simulan una cámara lenta y el giro de la cámara alrededor de ellos. Los espejos que se encuentran en escena se convierten en una prolongación de la tragedia. Los movimientos de los bailarines son sencillamente fascinantes, cautivando aún más al público por el sonido del taconeo, o de la guitarra plañidera, o de las voces con su canto jondo, o en el caso de la lucha, su silencio. El drama, el baile y la cinematografía se unen en Bodas de sangre para crear una obra de arte con un idioma internacional y un tema universal que rompe las barreras del tiempo y el espacio.

Carmen (1983)

Después del éxito que obtuvieron Saura y Gades al llevar a la pantalla el dramatismo, la lírica y la belleza del teatro, la música y el baile en Bodas de sangre, se juntan nuevamente para añadir una historia al ensayo anterior. El resultado es Carmen, un filme que vuelve a utilizar todos los recursos anteriores y al que ahora añade una “realidad” moderna a la tragedia de Merimée. En todo momento se junta la literatura, la música vocal e instrumental, clásica y flamenco, el baile y la realidad actual. La utilización de estos medios artísticos le da a Carmen un ritmo acelerado, una sensación de fatalidad y una belleza sensorial que hacen de este filme una obra de arte cinematográfica.

La historia original de “Carmen” trata sobre una mujer muy segura de sí misma que vuelve loco a los hombres, que no tiene escrúpulos de deshacerse de quien la moleste, en mentir y hacer todo lo posible por conseguir lo que quiere. Mata a otra mujer en una trifulca, la arrestan, pero convence al guardia civil de dejarla libre y éste se enamora locamente de ella. Pero el pasado vuelve a perseguirla y ella miente para conservar lo que tiene y lo que cree poder conseguir. Carmen se caracteriza por su insatisfacción y muy pronto se cansa de su nuevo amante, quien ha sacrificado todo por ella. Cuando Carmen decide cambiarlo por un torero, el amante herido no puede tolerar lo que considera una traición y la apuñala. En ningún momento en el filme se narra esta historia cronológicamente, si no que las escenas del montaje se presentan pieza por pieza, ensayos preliminares y ensayo final con vestimenta. Además, se intercala el conflicto personal del director de este montaje, quien se ha enamorado la 1era bailarina. La distinción entre realidad y ficción va desapareciendo poco a poco.

La actuación de los personajes se caracteriza por su intensidad, en especial la de Antonio Gades como el coreógrafo de la pieza, Cristina Hoyos como Cristina, la bailarina principal que ya no puede interpretar a la joven Carmen (según Antonio) y Paco de Lucía, bailarines y guitarrista de 1er orden, que logran impartir seriedad, balance y belleza a sus papeles a través de sus movimientos y sonidos (el palmoteo es deslumbrante con una Marisol/Pepa Flores liderando el coro).

El amor brujo (1986)

En 1981, Carlos Saura y Antonio Gades sorprendieron al público nacional e internacional con su filme Bodas de sangre. Llevaban a la pantalla un ensayo de una obra en formación cuyos silencios, palmadas y cante hondo, comunicaban más que el diálogo esperado en cualquier trama para cine. En 1983, Saura y Gades reúnen nuevamente as estos maravillosos bailarines y cantantes para recrear paralelamente dos historias: la Carmen legendaria y la Carmen real. Ambas se confunden en el filme del mismo nombre. Este año se juntan estos talentos nuevamente para producir El amor brujo. Esta vez en lugar de ensayo de escenas entrecortadas se presenta una obra totalmente montada. Desde un principio se le hace claro al público que lo que van a ver en El amor brujo no es realidad, sino una obra ya ensayada y ahora presentada en su etapa final. Todo es recreado: la mañana, la tarde, la noche, el desierto, las casuchas, el pasar de los años y la historia en sí. Si recordamos esta 1era advertencia, entonces podemos disfrutar de esa realidad recreada en un escenario. Pero si exigimos mimesis, entonces no aceptaremos esta versión cinematográfica.

En El amor brujo nuevamente tenemos la teatralidad de los movimientos y los diálogos, la intensidad de los gestos, la excelente coreografía del baile en pareja, la música de Manuel de Falla y la voz de Rocío Jurado, el tema del amor y la muerte unidos. No obstante, el montar toda la obra sin interrupciones no le provee al público los descansos necesarios entre actos. Eso hace que el filme resulte muy largo y repetitivo. El que los personajes estén siempre interpretando unos roles tan intensos limita su desarrollo y todos resultan estáticos. El texto no tiene la brevedad y sencillez genial de García Lorca, ni la diversidad de un Merimée o un Bizet. Todo esto contribuye a que El amor brujo no nos embruje con la pasión, la intensidad y la belleza de los dos filmes anteriores de Saura y Gades.

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