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Carta a Leila

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Querida Leila:

No me conoces, pero yo sí te conozco a ti. Te conozco desde hace años a través de tus crónicas y tu labor periodística. Para mí, tú al igual otras escritoras contemporáneas, existían en el parnaso del canon literario latinoamericano. “Así”, me repetían en uno y otro taller literario, “así es que se tiene que escribir”. Tal vez fuera esa admiración la que afilara la rabia, que en el fondo es dolor, que sentí cuando te escuché hablar sobre Bad Bunny en un panel para conmemorar el 50 aniversario de El País.

En ese panel, insistías que “este chico”, porque fingías ni saberte el nombre, “no tiene nada que ver con nuestras realidades” y que representaba un cliché del cantante latinoamericano. Al escucharte, pensé desde allá, desde ese Olimpo de los periódicos y foros de mayor prestigio en el mundo hispanohablante, a lo mejor eras tú quien no tenía la menor idea de nuestras realidades: de los apagones y los cortes de agua, de la violencia y el abandono coloniales, así como del desplazamiento y el despojo que Benito denuncia en sus canciones. Para cerrar con broche de oro acotaste con desprecio, “o sea está muy bien que cante en español y todo esto”. Hablar español en Puerto Rico no es neutral. Es un acto de resistencia y hemos tenido que incluso acudir ante tribunales, como en el caso Pueblo v. Tribunal que llevó la abogada Nilita Vientos Gastón, para defender su uso en nuestra isla. ¿Qué pasa, Leila, te da asquito el español boricua?

A pesar de mi tristeza y decepción, decidí ignorar tu video. A palabras necias, oídos sordos. Son tiempos demasiado recios como para hundirse en el cinismo y la amargura. Semanas después, Leila, el destino (o el algoritmo) nos volvieron a reencontrar en tu columna del 20 de junio en El País, Conejo desconcertado. En ella seguías con la cantaleta de Bad Bunny y que “su numerito remarcaba groseramente el cliché” latinoamericano. Te refocilabas ante las críticas a su espectáculo y que muchos empezaran a pensar que el “muchacho tan antisistema, es el sistema”.

Ya que te veo tan preocupada por el sistema y sus antagonistas, me parece oportuno educarte sobre ciertas cosas. En aquel decorado del Superbowl, donde tú solo viste gente con “canastos repletos de frutas en la cabeza”, “cachonda” y “con poca ropa” (por cierto, ¿qué de malo tiene estar cachonda y usar poca ropa?), había muchas referencias a la historia y la lucha del pueblo puertorriqueño que desde tu privilegio de raza, clase y aporofobia no pudiste o no quisiste ver. En los postes de luz dañados, una referencia a la crisis de infraestructura que a diario deja a miles de puertorriqueños sin el suministro eléctrico e hídrico necesario para sobrevivir; en la bodega neoyorquina, un homenaje a la resistencia de nuestra diáspora que fue traída, más o menos a la fuerza, como mano de obra barata a los Estados Unidos continentales a lo largo del siglo XX; en los tambores y las banderas al cierre del espectáculo, el reclamo de una nación que se niega a desaparecer tras 127 años de ocupación militar y asimilación forzada.

Al final de tu columna citas algunas de las letras más vulgares de Benito. Sí, Leila, respira hondo, la música de Bad Bunny es vulgar. El reggaetón es un género que nace en las clases marginadas de mi isla y refleja sus realidades: la pobreza, la violencia, el racismo, el narcotráfico y el sexo como último refugio de placer ante la crueldad del mundo. Es lo que pasa cuando un gobierno colonial cierra escuelas, pero otorga incentivos fiscales millonarios para construir hoteles, complejos de entretenimiento y casinos. A propósito, te olvidaste (o ignoraste) sus canciones más políticas que denuncian la violencia machista, el desplazamiento y la colonización como El Apagón, Yo perreo sola y Lo que le pasó a Hawái. Esa omisión me hace pensar la letra de otro reggaetonero famoso que seguro tampoco escuchas por cafre y pueblerino, Tego Calderón, quien canta: “¿y mi pueblo negro no padece? ¿O es que tú crees que se lo merece?”

Tranquila, Leila, no creo que Bad Bunny se sienta para nada desconcertado. Andará disfrutando del dinero de sus ventas, que serán muchas más que las que tú y yo jamás haremos. Pero, sobre todo, andará disfrutando de haber llegado a los corazones y las caderas de millones de personas alrededor del mundo que sí tuvieron “esa misma sutileza, esa astucia, esa elegancia” para entender la denuncia política y celebrar la resistencia de los puertorriqueños.

Te saluda desde la diáspora porque en mi país no puedo vivir,

Anyuli

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