CLARIDAD
En el casco urbano de Caguas, donde las calles forman una suerte de laberinto, los edificios se imponen. Muchas veces, como ingentes monumentos de una arquitectura cada vez menos frecuente. Con pilastras que adornan fachadas, balaústres en sus balcones, tragaluces entre los muros y las ventanas, varios yacen deslucidos por falta de pintura o la simple presencia humana.
En algunas partes, como en el Paseo Jardín Gautier Benítez, la desidia enfrenta la resistencia ciudadana. Grupos que se han encargado, con tiempo y esfuerzo, de revitalizar esquinas completas y devolverles el bullicio de la vida; de carros atestando estacionamientos y fachadas debidamente pintadas.
El pasado 19 de diciembre, por ejemplo, la maestra María Santiago acudió al Centro de Apoyo Mutuo (CAM), de Comedores Sociales, para buscar dos docenas de huevos y finiquitar ciertos detalles con el líder de la organización Giovanni Roberto Cáez. Educadora en la Escuela Superior Vocacional de Cidra, Santiago soltó una sonrisa mientras escuchaba al activista explicar la operación de Súper Solidario, el colmado de Comedores Sociales.
“La gente ahora puede escoger. Digamos que el cambio mayor, en los últimos años, es que la gente viene y hace una selección de los productos, versus nosotros prepararles las cajas. Ahí, vamos acercando más la dignidad. Y nosotros hemos empezado a cambiar, a enfocarnos en cómo mejoramos lo que damos… Aquí no se reciben refrescos, no se reciben corn flakes (cereales) azucarados”, elabora Roberto Cáez sobre el Súper Solidario, establecido en 2020, durante la pandemia.
Al fondo, distintas estanterías guardan aceite de cocina, latas de habichuelas, sacos de arroz, café, mieles, jugos de frutas naturales y una lista de otros más. El supermercado, que abre una vez al mes para sus 200 familias comensales, emula el concepto de las “Food Coop” (cooperativas de alimentos) e incluye a los integrantes del colmado en los trabajos voluntarios.
“De esa manera, el supermercado mantiene sus costos bajos y puede hacer el producto más accesible a la gente. Tenemos 40 miembros, aunque el supermercado nuestro está abierto a la comunidad. Claro, hay precios diferentes. El que se hace miembro, paga menos que el cliente. Llevamos cinco años con ese experimento”, continuó el líder.
Ubicado en la calle Vizcarrondo, el CAM fue eje de controversias para 2015, cuando un inversionista estadounidense —beneficiario de la Ley 60— reclamó el edificio como propiedad suya. Para ese entonces, Comedores Sociales ya ocupaba el espacio y emprendía varias iniciativas.
“Él mismo me dijo en esas conversaciones que estaba bien enfocado en sus propiedades en Santurce y Miramar y que por eso no se había dado cuenta. Nosotros llevábamos cinco años con un vacilón, pintando esto y él no se había enterado. Cuando quiso venderlo, que lo puso en display, los mismo clientes que trataron de comprarlo le dijeron que aquí había gente”, recordó Roberto Cáez. Para resolver el asunto, la organización adquirió el inmueble a mitad del precio y con el apoyo de otras tres colectividades.
Nacido en 2013, Comedores Sociales inició como un programa comunitario y activista que ofrecía mesas de alimentos preparados a estudiantes universitarios y otras poblaciones vulnerables. Formaba parte del Centro para el Desarrollo Político, Educativo y Cultural (CDPEC) hasta el 2018, cuando se formalizó bajo el nombre de Comedores Sociales. A juicio de Roberto Cáez, las crisis recientes que ha sufrido el país le han sumado capas a esas labores.
“Las crisis nos han ido montando el proyecto. (El huracán) María nos dio esta ubicación y, después, la pandemia nos dio el refuerzo de hacer todo el trabajo aquí. Hemos ido quitando cosas y enfocando más, de estar en Cayey, Río Piedras, Caguas, como la cafetería que teníamos en Río Piedras que era pro-fondos de Comedores Sociales”, abundó el activista.
Mientras tanto, Santiago camina con un compañero, Carlos, para otear los productos disponibles en los estantes. El compañero, de pronto, lanza una pregunta a Roberto Cáez, quien pausa su repaso de la historia y responde que hay un pan bien bueno de calabaza, que también hay café y miel, que lo compren en confianza. Luego, enciende la luz.
“La necesidad que se fue dando en Puerto Rico, fue haciendo que el proyecto de comida tuviera más relevancia, más espacio, hasta que se quedara con el total protagonismo de todo lo que había que hacer. Es como si la comida pasó de ser un complemento a ser el plato principal”, aseguró Cáez.
Tras su tiempo participando de estos programas, el activista entiende que el perfil de quienes necesitan estas redes de apoyo es claro: personas mayores de 55 años, predominantemente mujeres. Dentro de las diversas instituciones que ofrecen asistencialismo en Puerto Rico –como las iglesias– Roberto Cáez entiende que Comedores Sociales acompaña este trabajo con un discurso que señala las problemáticas sociales.
“Intentamos que no pasara desapercibido. Insistimos en el hambre como un factor del éxito de la vida universitaria. Esos son elementos que nosotros trajimos a nivel público. Eso inspiró a otros universitarios en otros recintos, animó proyectos que ya existían. Eso fue durante la primera década”, dijo.
Para ampliar estos trabajos, el líder aseguró que Comedores Sociales emprenderá el año que viene el llamado “El año de la base”, donde continuarán integrando las comunidades a estas iniciativas.
La contagiosa ocupación de otros espacios
La calle Vizcarrondo evidencia el esfuerzo invertido por organizaciones como Comedores Sociales. A pasos del CAM, distintos murales ilustran al hombre-carátula del juego de mesa Monopolio, flores marchitas, cocoteros, cuatros, pitirres y flores de maga. El arte público desemboca en el Paseo Jardín Gautier Benítez, donde otra colectividad –Urbe Apié– replica el modelo de ocupación urbana.
Con un café teatro, una boutique comunitaria, una galería de arte, un hostal y hasta el periódico Urbe AVoz, la organización hermana de Comedores Sociales dirige sus planes para renovar todo el centro de Caguas. Para Enid Domínguez, colaboradora de Urbe Apié, el arte ha sido la herramienta y el aliciente para integrar a la comunidad.
“La parte artística se ha explotado mucho. Como Urbe Apié es una organización comunitaria, vienen muchos artistas emergentes. Su primera experiencia como muralistas, exhibiendo y teniendo ese encuentro con ellos mismos en un lugar de arte. Este año se hicieron 17 exhibiciones, este año nada más”, contó Domínguez, en medio de cuadros y retratos que adornan toda la Galería Comunitaria.
Inclusive, la líder comunitaria destacó que un hombre sin hogar y dedicado a pintar con un marcador ha contribuido con sus piezas de arte a la galería. Para Domínguez, estos espacios comenzaron para precisamente entroncar este tipo de relación. Hace diez años, agregó, la iniciativa comenzó a ocupar edificios del área para ofrecer espacios alternativos.
“Después del centro comercial, de María, tú sabes que lo más que hay son edificios abandonados. En todos los cascos urbanos. Entonces, Omar Ayala (fundador), los muchachos empezaron a contactar a los dueños de los edificios y empezaron a abrir espacios. Ahora mismo, tenemos ocupados cinco edificios y dos terrenos”, compartió.

Entre otros proyectos, los edificios integran el café teatro El Reflejo, donde se presentan libros y obras; la Boutique Comunitaria, donde los ciudadanos consiguen prendas, ropa de todo tipo y se ofrece, además, ayuda como narcán para las personas sin hogar; un hostal que pronto abrirá y los huertos que ocupan dos terrenos. En el caso del hostal, el edificio contará con 10 literas, 4 duchas, 2 baños, estufa, nevera y hasta un deshidratador para las frutas que se cultiven.
“Se va a hacer un vivero. Nos juntamos con La Maraña, otra organización sin fines de lucro, y la meta es sembrar más de 100 árboles por todo el casco urbano de Caguas. Al lado, tenemos el museo de La Higüera, y es el único museo de la higüera en Latinoamérica y Estados Unidos que se conoce. El director Jorge (García Muñiz) es un artesano de la higüera”, aseveró Domínguez.
Para la líder, este tipo de esfuerzo debe contar con el apoyo de la administración municipal, de modo que las leyes no sirvan, como ahora, para trabar la adquisición de edificios o la solicitud de fondos. El resultado, aseguró Domínguez, pudiera fortalecer la comunidad, su capacidad de responder ante crisis como el huracán María y forzar los negocios a aportar al casco urbano. “Pienso que la gente nunca había carecido tanto de los servicios esenciales por tanto tiempo. No se había vivido esa necesidad de manera prolongada”.
Tanto Roberto Cáez como Domínguez coincidieron en la falta de vivienda como uno de los motores que impulsa estos programas. Ambos resaltaron la soledad y la precariedad que la población de adultos mayores afronta actualmente. Como paliativo, ambas colectividades apuestan a la expansión de espacios urbanos.
“Nosotros vemos estos como una conquista contra el capitalismo”, expresó Roberto Cáez.



