En Reserva – A Palestina, via Mosab Abu Toha

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¡Viva Palestina! – Estefanía Rivera Cortés

 

Ha pasado demasiado tiempo. Me queda una deuda y la amargura de solo cargar con una moneda devaluada. A fuerza de invasiones, genocidios y censura, la palabra se vacía y adquiere un carácter ruinoso: como un esqueleto o caparazón, sirve como representación irónica de la impotencia de una cosa que ya no está aquí. Me he sentido incapaz de honrar apropiadamente la catástrofe y la belleza del pueblo palestino. Sin embargo, ¿qué código es más eficiente que aquel que carga con la historia críptica de los vencidos? ¿Qué mejor lenguaje de amor que aquel que no tiene el poder de ordenar el mundo?

Se ha dicho que en la guerra, la efectividad de las armas no depende únicamente de su capacidad de destrucción física, sino que deben rendir un efecto multiplicador mediante el ataque a la psicología de las víctimas. Así, la destrucción de un pueblo depende también del triunfo sobre la percepción. Supongo que en la era en que las imágenes se consumen como fósforos, esta carta tiene el poder de un avión de papel. A pesar de todo, apuesto a ese vuelo precario sobre el embelesamiento de lo que se arrasa. Así me han llegado los versos de Mosab Abu Toha, poeta palestino sobreviviente. Estoy convencido de que aún están aquí por ser frágiles, como si cada estallido y viento de la ofensiva sionista los impulsara más lejos. Con ellos ensayo una traducción y mi pobre homenaje.

COSAS QUE PUEDE QUE ENCUENTRE ESCONDIDAS EN MI OÍDO

A Alicia M. Quesnel, MD

 

I

Cuando me abra el oído, sea gentil.

La voz de mi madre perdura en algún resquicio.

Su voz es el eco que me permite recuperar el equilibrio

cuando me mareo prestando atención.

 

Puede que encuentre canciones en árabe,

poemas en inglés que me recito a mí mismo,

o alguna canción que le canto a los pajaritos que pían en el patio.

 

Cuando cosa la herida, no se olvide de volver a ponerlos todos de nuevo en mi oído.

Devuélvalos en orden, como si estuviera guardando sus libros en el anaquel.

 

II

El zumbido del dron

el rugido del F-16,

los gritos de las bombas cayendo sobre las casas,

sobre los campos y sobre cuerpos,

de cohetes que vuelan–

sáqueme del canal de todo eso.

 

Rocíele el perfume de sus sonrisas a la incisión.

Inyécteme la canción de la vida para despertarme.

Repiquetee suave el tímpano para que baile mi alma,

con la suya,

mi doctora, día y noche.

 

¿Y qué puedo lograr yo con la traducción? Mucho más se ha dicho de la insuficiencia del oficio de la traducción poética. Walter Benjamin, por ejemplo, asemeja la relación entre el lenguaje y contenido del original a una fruta con su cáscara. La traducción, en cambio, envuelve el contenido con un manto monárquico de mil pliegues, ya que busca indicar la superioridad del original y el lenguaje queda desproporcionado y violentamente separado de su contenido. No se trata pues, de transmitir en forma libre el significado del original, ni de ser fiel a él verso a verso, sino de intentar expresar la relación secreta que guarda el poema con su lenguaje. ¿Puedo yo, un puertorriqueño con vasto desconocimiento de las condiciones de vida del pueblo palestino, traducir a mi léxico una experiencia que me es ajena? Es precisamente esa transposición absurda la que crea tensiones y es capaz de apuntar a un tercer lenguaje puro, abstracto, en el que nuestras respectivas condiciones históricas encuentren una voluntad en común. Ese lenguaje puro no está aquí ni está cerca. No, Puerto Rico y Palestina no comparten historias similares, ni son víctimas de lo mismo. Solamente podemos apuntar insuficientemente hacia un espacio abstracto en que los ecos de nuestros respectivos lenguajes se encuentren.

MI ABUELO ERA TERRORISTA

Mi abuelo era terrorista–

Cuidaba su tala,

les echaba agua a las rosas del patio,

fumaba cigarrillos con abuela

tirado en la playita amarillenta

como una alfombra de oración.

 

Mi abuelo era terrorista–

recogía chinas y limones,

pescaba con los hermanos hasta el mediodía,

se consolaba cantando de camino

al herrero en su caballo pinto.

 

Mi abuelo era terrorista–

Se hacía su tacita de té con leche,

sentado en su monte verde seda.

 

Mi abuelo era terrorista–

Dejó la casa puesta para la visita,

les puso agua en la mesa, de la mejor que tenía,

no fueran a morirse de sed cuando terminaran su conquista.

 

Mi abuelo era terrorista–

Caminó al pueblo seguro más cercano,

lúgubre como un cielo encancaranublado,

o una caseta abandonada,

o un anochecer sin estrellas.

 

Mi abuelo era terrorista–

Mi abuelo fue un hombre

que le dio de comer a diez,

un hombre cuyo lujo más grande fue tener un toldo

con una banderita azul de las Naciones Unidas

que ondeaba en un poste mohoso, en la playa, al lado de un cementerio.

No tengo, pues, otra cosa que dar que palabras insuficientes. Esa distancia e incongruencia acentúa la verdadera esencia de esta faena. Ya lo muestra en nuestra cultura una traducción similarmente imposible: el “Villancico yaucano” deduce elegantemente que, en nuestra pobreza, hacer equivalencias con los regalos más preciosos de la tierra no nos enaltece. No hay mejor muestra de amor que la humilde ofrenda de nuestros corazones. Ahí, quizás, apuntamos a un lenguaje común con Palestina. En la fragilidad, en la incertidumbre, una palabra como profecía mesiánica de algo extraviado.

DESPLAZADX

A la memoria de Edward Said

No estoy ni adentro ni afuera.

Estoy en un entremedio.

No soy parte de nada.

Soy como la sombra de algo.

En el mejor de los casos,

soy una cosa que

realmente no existe.

Floto en el espacio,

una chispa en el tiempo

en Gaza.

Pero me voy a quedar

donde estoy.

 

 

 

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