Especial para Claridad
Tomar el cielo por asalto siempre fue el gran sueño de Pablo José Rivera Miranda, el mío y el de la generación que encarnamos la nueva lucha por la independencia, la que también empuñó la bandera del socialismo. Voluntarioso como siempre, había sentido que sus días aquí en esta vida llegaban a su fin. No quiso esperar más. El sábado pasado, en la oscuridad de la noche, el hermano y compañero partió finalmente al menos hacia la versión metafísica de ese cielo sobre la que también se apuntala la versión terrenal. Y la tomó de frente, no tengo duda alguna.
La muerte, según pensaba el pueblo makiritaré, es definitivamente una mentira. Así nos lo cuenta Eduardo Galeano. Prefiero por ello a Unamuno y cómo aborda nuestra sed de vivir eternamente. La muerte absoluta no tiene sentido y, en todo caso, logramos triunfar sobre ella con las huellas imborrables que dejamos en la vida de los demás. De lo contrario la vida misma, haberla vivido bien y con la pasión debida, sería una inutilidad. Mejor eso que la nada a la que Sartre dice que estamos condenados al dejar de existir. En ese sentido, estoy convencido que la vida de Pablito nada tuvo de inútil. Vivió con un fervor tal que terminó por habitar también en cada uno y una de nosotros y nosotras que le conocimos y le quisimos. “Un puertorriqueño para la historia”, lo calificó el dueño de una conocida emisora radial.
No conocí realmente a Pablo hasta que llegué a Santiago de Chile a principios de enero de 1971. Él se hallaba ya hace un año allí haciendo una Maestría en la Escuela Latinoamericana de Economía (ESCOLATINA) y yo me proponía seguir estudios de Maestría en la Escuela Latinoamericana de Ciencia Política de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Él estaba allá con su esposa y compañera Damaris Orraca, quien desde entonces demostraba una admirable voluntad por acompañar a su amado hasta el fin del mundo o de la vida. Yo llegaba recién casado con mi compañera María del Mar García, igualmente deseosa como yo de conocer y vivir a plenitud eso de la vía chilena al socialismo, ese histórico acontecimiento que quiso explorar la posibilidad de tomar democráticamente el cielo, sin tiros pero con la misma voluntad revolucionaria. También se encontraban allí hacia un año otros dos queridos compañeros: Nitza Hernández, quien hacia su Maestría en Sociología en la Escuela Latinoamericana de Sociología de FLACSO, y Roberto Delgado, mejor conocido como Cate, quien realizaba también estudios de posgrado en Economía junto a Pablo, a quien conocía desde niños habiéndose criado juntos como vecinos en Puerto Nuevo.
Los recién llegados fuimos rápidamente puestos al tanto de todo lo ocurrido en Chile desde la histórica victoria de la Unidad Popular y el compañero presidente Salvador Allende Gossens. Pablo y los demás fueron testigos activos. En noviembre de ese año fuimos testigos a su vez de la visita de Fidel Castro a Chile. Al final de su visita de todo un mes, el líder cubano advirtió, con su característica franqueza, que la derecha estaba ganando la batalla de las calles, a lo que respondió Allende asegurando que sólo muerto lo sacarían de La Moneda, la sede de la presidencia. La admonición de Fidel confirmó nuestras propias sospechas en relación con el proceso chileno. La revolución la debíamos buscar en otra parte. En Puerto Rico ya se estaban dando señales de un auge significativo en la lucha por la independencia y el socialismo. Ya para finales de 1972 y luego de un profundo análisis de nuestra parte, decidimos todos regresar a Puerto Rico para incorporarnos de lleno al recién constituido Partido Socialista Puertorriqueño (PSP), marxista y leninista.

Mientras yo me incorporé como cuadro a tiempo completo bajo la Secretaría de Educación Política, Pablo se vinculó de inmediato al área sindical del Partido y pronto se convierte en el primer director del Instituto Laboral de Educación Sindical (ILES). Dicho Instituto había sido fundado por el dirigente obrero socialista, también líder máximo del Movimiento Obrero Unido (MOU), Pedro Grant. Fue el primer proyecto educativo para sindicalistas y trabajadores en general que se creaba en apoyo a las luchas obreras que se multiplicaban en nuestro país. Para el PSP, la lucha por la independencia nacional tenía como sujeto protagónico a la clase trabajadora, la única clase con un interés y necesidad real de ponerle fin a la colonia capitalista.
No obstante, al cabo de apenas una década, entre 1982 y 1983, Pablo y yo tomamos rumbos políticos distintos ante los cambios que finalmente se fueron dando dentro del PSP, los cuales llevaron a su liquidación. Yo abandoné el Partido desencantado con el rumbo que tomaba, mientras que Pablo quiso darle el beneficio de la duda. Nuestra hermandad, sin embargo, siguió inquebrantable. Nuestras familias más unidas que nunca. Pablo tenía la costumbre de a veces presentarme a sus amistades como su hermano mayor, aunque no le agradó en nada cuando en una ocasión caminando por el Viejo San Juan un amigo suyo le confesó que pensó que yo era su hijo. “¡Está ciego el pendejo ese!”, fue el comentario posterior de Pablo. Fue la última vez que me acompañó a hacer ejercicio por el Viejo San Juan.
Ahora bien, gracias a Pablo, entre otros, Claridad pudo sobrevivir la liquidación del PSP y continuar con su labor periodística e, incluso, hacer su entrada triunfal a la era digital con su propia página en el web. Lo demás, como habíamos advertido no pocos, fue una tragedia. El propio compañero Juan Mari Bras me confesará posteriormente que constituyó el peor de los errores históricos cometido por el movimiento en ese periodo. La lucha sufrió las consecuencias, pues perdió su fuerza estratégica acumulada hasta ese momento. Nos arropó forzosamente un repliegue, el cual tendía a coincidir con la crisis en la que se iba sumiendo en ese momento el movimiento comunista y socialista a nivel mundial. Ante ello, los otrora cuadros revolucionarios a tiempo completo tuvimos que reinventarnos por necesidad.Mientras yo me encaminé hacia el mundo jurídico y universitario, Pablo logró infiltrarse, como era natural, en el mundo de la economía y el mercado. Uso adrede el término “infiltrarse” pues Pablo jamás abandonó sus creencias y compromisos socialistas, por lo que nunca se vendió al capital sino que tan solo lo usó para sus propios fines (algo así como lo han hecho los comunistas chinos y vietnamitas).
Hubo un momento un tanto oscuro en mi vida allá para 1992 en que no sabía qué me deparaba el destino. Cuando de repente, en medio de una visita a una pareja amiga, se me acercó la madre que estaba también de visita y me dijo que sabía que me preocupaba mucho mi futuro y cómo lograría sobrevivir económicamente en lo inmediato. “Usted fundará próximamente una escuela de derecho en Mayagüez”, me dijo, y seguidamente añadió que, en cuanto a mi situación económica, en los próximos días se comunicaría conmigo “un hombre con barba blanca” para ofrecerme un contrato que me ayudaría a satisfacer mis necesidades en lo que arranca la nueva institución.
Me fui del lugar no sabiendo qué creer con lo vaticinado por la señora, una de esas a quien se le asoman atisbos del futuro. Me hizo recordar la teoría del renombrado físico y cosmólogo Stephen Hawkins sobre el tiempo-espacio en que habitamos. Para él, según la teoría de relatividad, no existe un tiempo absoluto sino que cada cual posee su propia medida del tiempo dependiendo donde está situado y hacia donde se está moviendo o dirigiendo. En ese sentido, el tiempo no distingue entre pasado, presente y futuro, aunque el futuro posee un carácter desordenado y entrópico, lo que explica nuestra incapacidad para captarlo y apalabrarlo.
Imaginen mi sorpresa cuando a los pocos días me llama Pablo -el hombre con la barba blanca- y me ofrece un contrato para coordinar para su firma Hispania un estudio sobre el idioma en Puerto Rico. A los pocos días de esa llamada recibo otra, ésta de Mari Bras invitándome a hacerme cargo de la fundación en Mayagüez de lo que sería la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos. Por su parte, Pablo fue uno de los principales asesores económicos de dicho proyecto, haciéndose cargo de producir los estudios de viabilidad financiera durante las casi dos décadas en que la institución educativa hostosiana logró existir a pesar de la férrea oposición ideológica y política del que fue víctima desde sus inicios por parte del Tribunal Supremo colonial.

Cuando encabezó la Junta de Directores de Claridad, Pablo insistió en que yo tenía que volver a escribir en el periódico, sobre todo luego de haberme desempeñado entre 1978 y 1982 como Editor Internacional y Director Interino. Y así lo hice. Más recientemente, le tendré que agradecer haberme convocado al Junte Electoral que coordinó por varios meses antes de las elecciones en noviembre de 2024. Ello finalmente provocó mi vuelta a la militancia política activa más allá de la academia. Cuánta falta me hizo poder conversar con él sobre el Plan B Independencia en que posteriormente me involucré, escuchar sus observaciones y consejos. Sospecho que habría entendido el imperativo de aumentar la apuesta por la independencia en este momento histórico y de sumar fuerzas, todas las fuerzas posibles, en torno a ese objetivo.
La última vez que pude hablar con él fue en su apartamento en marzo pasado y se limitó a escucharme hablar sobre el Plan B Independencia. ¿Estoy hablando mucho?, le pregunté, a lo que me respondió sonriendo: “¡Siempre!”. Volví a verlo a comienzos de junio, ya no se levantaba de la cama ni hablaba ni abría los ojos. Se me iba el hermano que la vida me había regalado.
¡Hasta siempre, hermanito!



