De niña, le tenía miedo a meter la cabeza debajo de una cama o de un sofá. No porque allí hubiera monstruos, sino porque una vez vi a una amiguita quedar atrapada y comprendí, por primera vez, la angustia de no poder salir. Con los años, ese miedo desapareció… o eso creí. Porque los miedos no suelen morir; se desplazan. Lo que de niña fue el temor a quedar pillada bajo un mueble, de adulta puede convertirse en el miedo a quedar atrapada en una enfermedad, en una pérdida, en una relación que nos asfixia, en la incertidumbre económica o en la conciencia de nuestra propia fragilidad. El objeto cambia, pero la emoción permanece.
Antes de comenzar a leer Las sombras del miedo, pensé que encontraría una colección de cuentos sobre brujas, aparecidos y supersticiones. Sin embargo, lo que encontré fue algo mucho más complejo. Encontré una exploración de los mecanismos mediante los cuales los seres humanos intentamos conferir significado a aquello que amenaza con desestabilizar nuestra experiencia del mundo. Porque las brujas cambian de nombre; los monstruos transmutan; los lugares donde escondemos nuestros temores cambian con los años. Lo que permanece es la necesidad de nombrar aquello que nos inquieta.
Quizás por eso la pregunta fundamental de este libro no sea únicamente dónde duerme el miedo. A medida que avanzaba en la lectura, comencé a sospechar que la verdadera interrogante es otra: ¿de qué manera la angustia encuentra formas de manifestarse en la experiencia humana? ¿Cómo adquiere cuerpo aquello que apenas podemos nombrar? ¿Dónde se deposita aquello que nos amenaza sin llegar a mostrarse por completo?
Mi propuesta de lectura es que Las sombras del miedo constituye una exploración de la angustia contemporánea a través de espacios y objetos que adquieren una función activa dentro de la narración. Más que una colección de relatos sobre el miedo, el libro construye una geografía afectiva donde la angustia se espacializa, se materializa y encuentra formas simbólicas para hacerse visible.
La lectura adquiere una profundidad particular si se considera la distinción propuesta por Søren Kierkegaard entre miedo y angustia. Mientras el miedo suele dirigirse hacia un objeto identificable, la angustia surge precisamente cuando aquello que amenaza permanece indeterminado. Para el filósofo danés, la angustia constituye el vértigo de la posibilidad: la experiencia de enfrentarse a aquello que podría ocurrir sin que podamos anticiparlo plenamente.
Esta distinción resulta fundamental para comprender la colección de Leila Rosario Estremera. Aunque sus relatos convocan figuras reconocibles del imaginario popular —brujas, aparecidos, maldiciones, supersticiones y leyendas heredadas—, dichas presencias funcionan menos como el centro de la experiencia narrativa que como manifestaciones visibles de una inquietud más profunda. Lo que emerge de cuento en cuento es la experiencia de sujetos enfrentados a formas diversas de vulnerabilidad: la enfermedad, la pérdida, la violencia, la emigración, la precariedad económica o la fragilidad de los vínculos humanos.
Cobra una resonancia adicional si se considera el subtítulo del libro: Cuentos para habitar lo invisible. Fredric Jameson ha señalado que la condición posmoderna se caracteriza por un progresivo «ocaso de los afectos», una dificultad creciente para experimentar y articular emociones profundas dentro de una realidad fragmentada y acelerada. A esta condición se suma lo que Zygmunt Bauman denominó «miedo líquido»: una forma de incertidumbre difusa que acompaña al individuo contemporáneo en medio de estructuras sociales cada vez más inestables.
Frente a ese panorama, los cuentos de Leila Rosario realizan una operación singular. Allí donde la cultura contemporánea parece incapaz de nombrar sus ansiedades más profundas, estas historias ofrecen formas narrativas para recorrerlas. Lo invisible adquiere cuerpo, lenguaje y memoria. La narración se convierte así en una estrategia mediante la cual aquello que parecía informe logra hacerse habitable.
Por ello, considero que el libro desplaza el interés desde el miedo hacia una reflexión más compleja sobre la angustia como condición constitutiva de la experiencia humana contemporánea.
Sin embargo, la colección no se limita a representar la angustia. Su logro más significativo consiste en mostrar cómo esta adquiere forma mediante espacios y objetos concretos.
En este punto resulta particularmente útil el diálogo con Gaston Bachelard. En La poética del espacio, el pensador francés sostiene que determinados lugares trascienden su materialidad para convertirse en depósitos de memoria, imaginación y afecto. Las casas, los rincones, los cuartos o los espacios íntimos conservan experiencias que continúan ejerciendo influencia sobre quienes los habitan.
Algo semejante ocurre en Las sombras del miedo. El fogón, la casa, el lago, la represa, la caneca enterrada, la mesa del banquete o los apartamentos del exilio no funcionan únicamente como escenarios donde transcurren los acontecimientos. Constituyen configuraciones afectivas donde la memoria y la angustia encuentran permanencia.
Esta observación permite establecer también un diálogo con Bill Brown y su teoría de las cosas. Según Brown, existen momentos en que los objetos dejan de ser simples instrumentos utilitarios para revelarse como portadores de historias, emociones y significados culturales. En los cuentos de Leila Rosario, los objetos parecen acumular una densidad simbólica que excede su función inmediata. Conservan rastros del pasado, testimonian pérdidas, resguardan silencios y participan activamente en la construcción emocional de los relatos.
La angustia deja entonces de ser una experiencia exclusivamente interior para adquirir una dimensión espacial. Los paisajes, las casas y los objetos se convierten en depósitos afectivos donde permanecen inscritas experiencias individuales y colectivas. Más que acompañar la acción narrativa, estos elementos contribuyen a producirla.
La oralidad cumple una función esencial dentro de este proceso. Los relatos heredados, las supersticiones y los saberes transmitidos entre generaciones funcionan como tecnologías culturales destinadas a administrar aquello que amenaza con desbordar la experiencia humana. La oralidad no opera únicamente como herencia cultural; constituye además un mecanismo colectivo para organizar la incertidumbre y otorgar sentido a aquello que resulta difícil de explicar.
Es precisamente aquí donde considero que la colección alcanza uno de sus hallazgos más originales.
A lo largo de los cuentos, los espacios parecen adquirir una capacidad activa de intervención sobre los personajes. No funcionan como simples contenedores de la acción narrativa, sino como entidades capaces de condicionar comportamientos, alterar relaciones humanas y generar estados emocionales específicos.
Esta condición permite establecer una conversación con la teoría de Jane Augustine sobre la ciudad antropoide. Augustine sostiene que determinadas configuraciones urbanas abandonan su condición de escenario para adquirir funciones semejantes a las de un personaje humano. Observan, condicionan, presionan y participan activamente en el desarrollo de los acontecimientos.
Aunque la propuesta de Leila Rosario no se concentra exclusivamente en la ciudad, sí parece extender este principio a una geografía más amplia. Casas, carreteras, comunidades rurales, apartamentos y espacios urbanos participan activamente en la configuración emocional de los personajes. Más que lugares donde ocurre la acción, se convierten en agentes narrativos capaces de intervenir en ella.
Esta observación dialoga con una línea de investigación que he desarrollado previamente en torno a la ciudad antropoide en la narrativa latinoamericana. Sin embargo, la aportación de Las sombras del miedo consiste en ampliar el fenómeno más allá de la ciudad. La antropomorfización alcanza aquí una dimensión espacial más extensa: los lugares adquieren memoria, ejercen influencia y participan de la experiencia emocional de quienes los habitan.
Lo ominoso ya no depende exclusivamente de una presencia sobrenatural. Surge también de la interacción constante entre los personajes y un entorno que parece observarlos, acompañarlos, conservar sus huellas o devolverles aquello que intentaban olvidar.
En cuentos como “Saneamiento” o “El lugar donde duerme el miedo”, esta dinámica resulta particularmente visible. El horror deja de depender de monstruos legendarios para instalarse en la propia cotidianidad. La amenaza se encuentra incorporada a la arquitectura emocional de los espacios y a las dinámicas ordinarias de la vida diaria.
A modo de coda:
Considero que este texto encarna, en todo el sentido de la palabra, tres aportaciones críticas medulares en la literatura puertorriqueña. En su capa más superficial esta colección de cuentos revela a la angustia como fundamento afectivo de la experiencia contemporánea. Más que representar temores específicos, la colección explora las diversas formas mediante las cuales los individuos intentan conferir significado a aquello que perciben como amenaza sin poder identificar plenamente su origen.
En segundo lugar, los espacios y objetos funcionan como depósitos afectivos donde se sedimentan experiencias individuales y colectivas, transformándose en configuraciones simbólicas que conservan memoria y producen sentido.
Finalmente, quiero enfatizar en que Rosario Estremera sugiere la antropomorfización del espacio cotidiano como un personaje narrativo. La colección propone espacios que trascienden su condición escenográfica para convertirse en agentes capaces de intervenir activamente en la configuración emocional y ética de los demás personajes de la trama.
Propongo pues que Las sombras del miedo no constituye únicamente una colección de relatos sobre el miedo. Se trata, más bien, de una exploración de los modos mediante los cuales la angustia se espacializa y encuentra formas simbólicas de manifestación dentro de la experiencia humana.
Los espacios dejan de ser simples escenarios para convertirse en configuraciones afectivas que acumulan memoria, producen sentido y participan activamente en la construcción emocional de los relatos. Es precisamente en esa transición donde la colección alcanza una de sus mayores complejidades estéticas y conceptuales.
Leila Rosario Estremera convierte lo invisible en territorio narrativo y demuestra que contar historias continúa siendo una de las estrategias culturales más eficaces para habitar aquello que no comprendemos del todo. Quizás por ello, al concluir la lectura, comprendemos que el miedo nunca desaparece por completo. Simplemente cambia de rostro, de objeto y de geografía. La literatura, entonces, no lo elimina; nos ofrece las herramientas necesarias para reconocerlo, nombrarlo y convivir con él.







