Inicio En Rojo Será otra cosa-Desmenuzar la envidia (Recetario de los afectos, 3)

Será otra cosa-Desmenuzar la envidia (Recetario de los afectos, 3)

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Especial para En Rojo

La envidia es carne dura. Ingerirla puede ser nocivo. Obstruye la vista. Aumenta la temperatura corporal.  Altera el ritmo cardiaco. Provoca jaqueca. Corroe las vísceras. Destroza el sistema digestivo. Es un plato fortísimo, diría que peligroso. Si se sirve sin ablandarla, despertará sentimientos profundos. Por eso recomiendo desmenuzarla con paciencia para transformarla en potencia creadora.

Quien la padece, sufre, y mucho, aunque no se crea. Querer ser otro, desear lo del otro con obcecación no debe despacharse como pura mezquindad porque su raíz es la admiración. Pertenece a los sentimientos oscuros e igual que los celos, el rencor, la rabia o el resentimiento aparece con frecuencia en cualquier mesa. Por eso recomiendo nunca desestimar el ambiente donde se cuece.

Aseguran que existen envidiosos por naturaleza. Siempre es más fácil aludir a la suerte, al apoyo o a las oportunidades del otro, que reconocer la falta o incapacidad propias. Aunque parezca lo contrario, a veces, es involuntaria. Dicen que hasta la persona más generosa podría sufrirla por una milésima de segundo. Un pestañeo envidioso.

Es un ingrediente muy común, fácil de conseguir. Abunda en jardines, casas, oficinas, escuelas, universidades y hospitales. He oído que existen sembradíos de envidia donde agricultores explotados cosechan los frutos color esmeralda. Cuentan que, a pesar del calor, los pobres cosecheros usan guantes y mascarillas para no contaminarse.

Capitalizar la envidia es un negocio lucrativo: lo evidencian las redes tecnológicas programadas con incitadores algoritmos para provocar las ansias. La sentencia de “la falta produce el deseo” al ritmo del scrooling infinito, es su paradigma. Hablan de usuarios de las redes teñidos de verde con cerebros glaucos y pieles aceitunadas. Niños, jóvenes, adultos, viejos sueñan ser otras personas, tener cuerpos inverosímiles, habitar lugares insospechados, poseer objetos innecesarios, consumir platos maravillosos, viajar a espacios fabulosos. Demasiado deseo detrás de las pantallas: una epidemia esmeralda al alcance de un dedo.

Hay casas donde la envidia es un plato fuerte. Se sirve en las mañanas con la avena, al mediodía con la sopa y en la tarde con el arroz. Cuentan que hay festines que la ofrecen con champaña para brindis llenos de impiedad, sin preparar a los comensales para engullirla.

Cuando aparecía en nuestra mesa, mi madre nos obligaba a desmenuzarla con cuidado. Es una operación larga que exige mucha paciencia y dedicación. Córtenla en pedazos pequeñísimos, mastiquen con paciencia sus bocados por tiempo extendido, solo así se reduce su veneno, nos decía. Entonces, abría las ventanas para que la brisa de la noche se llevara la marisma remanente y el aire dulce acompañara nuestro sueño. Recomiendo esta receta para amansar la envidia, pero antes, habrá que estar segura de distinguirla bien.

Para ello habrá que prestar mucha atención: nunca, pero nunca, debe confundirse con la rabia por la desigualdad. Es muy común pintar de envidia la cólera que provoca la explotación, la ira que deviene de la disparidad social, el coraje por el trato desigual. Esta confusión la aprovechan para su beneficio en creces quienes nos culpan de pobre imaginación y vagancia, quienes nos proponen “reinventarnos” para sobrevivir la inequidad en la distribución de recursos, derechos y oportunidades. Así enmascaran la injusticia de mala estrella, la pobreza de ocio, la indigencia de pereza. ¿Quién desconoce que la desigualdad es por diseño? No nos engañan, sabemos que la furia por el atropello es harina de otro costal.

 

 

 

 

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