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Mentes demolidas entre los escombros de Líbano

 

Enviado especial de Claridad en Beirut

A mediados de mayo me encontré en Beirut con un joven psicólogo canadiense de origen pakistaní que me decía que a ninguno de sus pacientes blancos le pasaba nada verdaderamente serio, y que en una breve conversación con su taxista durante el trayecto desde el aeropuerto de Beirut hasta su hotel se había topado con más trauma que en toda su carrera profesional.

Durante los primeros 60 días de la escalada de la última invasión del Estado de Israel —otro ataque contra territorio libanés tan injustificado como planificado—, las llamadas a la Línea Nacional de Ayuda (1564) prácticamente se duplicaron de la noche a la mañana. Quienes marcaban el número de emergencia lo hacían desde entornos completamente colapsados y, a menudo, bajo amenaza inminente de muerte: familias enteras susurrando desde el interior de vehículos mientras huían bajo el fuego, niños aterrorizados hacinados en refugios colectivos y madres desbordadas a las que la angustia empujaba a buscar ayuda psicológica por primera vez en sus vidas.

A medida que la aviación y la artillería continúan bombardeando el país sin tregua y forzando la evacuación masiva de docenas de pueblos enteros, la agresión externa ha terminado por quebrar los últimos mecanismos de defensa internos de la población.

Durante este periodo de máxima intensidad de la ofensiva, los equipos de la ONG Embrace, que opera este servicio crítico de 24 horas en colaboración con el Programa Nacional de Salud Mental, se vieron obligados a sostener una línea de frente invisible pero devastadora. Respondieron a un total de 2.445 llamadas de emergencia, desplegaron 30 intervenciones de respuesta inmediata para salvar vidas en siete zonas clasificadas como «rojas» o de alto riesgo por los ataques, e involucraron a 147 niños en actividades semanales de apoyo psicosocial dentro de los propios refugios.

La organización también ofreció 437 sesiones de terapia a bajo coste, un tercio de las cuales se administraron de forma totalmente gratuita a personas desplazadas internas. Con más de 3.000 muertos por la violencia y aproximadamente 1,2 millones de personas obligadas a huir de sus hogares en un éxodo desesperado, el trauma psicológico ha avanzado al mismo ritmo que las bombas, sin un solo segundo de respiro.

Para los profesionales que trabajan en la vanguardia de esta emergencia, la dura realidad del trauma en Líbano ha desnudado la profunda insuficiencia de los manuales y enfoques tradicionales de la psicología clínica occidental. Peter Wanna, psicólogo clínico y responsable de psicología científica en Embrace, explica que las herramientas estandarizadas fallan porque están diseñadas para entornos donde el peligro es un evento con un principio y un final claramente definidos, algo que no existe bajo una agresión sistemática y continua.

«Algunos de los modelos tradicionales de base occidental requieren una adaptación cuando se trabaja en contextos caracterizados por una inestabilidad continua y una exposición repetida al trauma», señala Peter. Explica que, en Líbano, muchos tratamientos para el trauma, incluido el EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares), una psicoterapia ampliamente utilizada basada en el reprocesamiento de recuerdos traumáticos mediante estimulación bilateral —generalmente movimientos oculares— que se ha convertido en una de las herramientas más comunes para tratar traumas graves, trastorno de estrés postraumático e ideación suicida, se topan con serias limitaciones estructurales si se aplican de forma literal.

«Muchos tratamientos para el trauma, incluido el EMDR, se desarrollaron originalmente en torno a eventos traumáticos que ya han terminado. En Líbano, los profesionales clínicos trabajamos a menudo con personas que se enfrentan a una inestabilidad continua y a exposiciones repetidas a la adversidad, lo que significa que estos enfoques frecuentemente necesitan ser adaptados para abordar tanto el trauma pasado como las amenazas del presente. Muchos modelos de trauma asumen que la amenaza ha cesado, pero aquí nos enfrentamos de manera constante a la incertidumbre y a impactos repetidos, lo que hace que el tratamiento sea más complejo y requiera adaptaciones que van más allá de los marcos tradicionales del TEPT. Por ello, los esquemas estándar de ocho a veinticuatro sesiones suelen quedarse cortos y resultar insuficientes; las personas necesitan un apoyo más continuo y a más largo plazo debido a que los estresores permanecen activos», argumenta Peter.

La acumulación histórica del colapso mental

Como advierten los propios equipos clínicos desde el terreno, esta quiebra de la salud mental colectiva no es una respuesta reactiva a un único acontecimiento reciente; es el resultado acumulativo de todo un siglo de sufrimiento estructural, violencia impuesta y traumas históricos recurrentes que han fracturado sistemáticamente la psique de la sociedad. La arquitectura de esta inestabilidad comenzó a fraguarse tras la Primera Guerra Mundial con el establecimiento del mandato colonial francés en 1920 y la constante influencia de Gran Bretaña en la región, potencias que dibujaron fronteras artificiales e institucionalizaron divisiones sectarias como método de control político.

Tras la independencia en 1943, el país se convirtió en un tablero de ajedrez en el que se libraron conflictos geopolíticos ajenos. Esta escalada de tensiones culminó en la sangrienta Guerra Civil Libanesa (1975-1990), quince años de contienda que normalizaron la violencia sectaria, destruyeron las instituciones estatales y dejaron profundas cicatrices psicológicas en las generaciones que la sobrevivieron.

La firma de la paz en 1990 no terminó con el sufrimiento del pueblo libanés, que siguió expuesto a constantes agresiones de sus vecinos y a sucesivas invasiones militares, siendo uno de los picos más destructivos la ofensiva de 2006. Junto a los bombardeos y ocupaciones, el país ha soportado un desgobierno crónico ensombrecido por la impunidad y la violencia política, cuyo impacto psicológico más devastador se sintió el 14 de febrero de 2005 con el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri, muerto en un atentado masivo con coche bomba en el paseo marítimo de Beirut. Este crimen político inoculó en la población la certeza de que nadie, ni siquiera las figuras más poderosas, estaba a salvo en suelo libanés.

El golpe definitivo a la capacidad de resistencia de la población llegó en los últimos cinco años a través de un colapso económico y una catástrofe civil sin precedentes.

A partir de finales de 2019, Líbano se sumergió en una de las crisis económicas más graves del mundo desde mediados del siglo XIX, según el Banco Mundial; una depresión financiera que pulverizó el valor de la libra libanesa, borró los ahorros de toda la vida de la población y empujó a más del 80% de los ciudadanos por debajo del umbral de la pobreza. En mitad de esa agonía económica, el 4 de agosto de 2020, la catastrófica explosión en el Puerto de Beirut —provocada por la flagrante negligencia de las autoridades al almacenar toneladas de nitrato de amonio sin medidas de seguridad— mató a más de 200 personas, hirió a miles y destruyó un tercio de la capital.

El estallido fue la confirmación física de lo que significaba vivir en un estado fallido, un evento cataclísmico que terminó por demoler la salud mental de un cuerpo social exhausto. Para los terapeutas que trabajan sobre el terreno, cada nuevo impacto de la actual agresión israelí reactiva instantáneamente ese pozo de trauma no procesado.

«A veces me asusto cuando hablo de esta gente; me quema el corazón. Esto no es solo por la guerra actual; es por los años y años y años acumulados desde la Segunda Guerra Mundial, luego la guerra libanesa en 1975, luego los eventos de 2005 y la guerra de 2006, y ahora esta nueva guerra… Los niños aquí no han tenido tiempo de asimilarlo, y nosotros, como profesionales, tampoco hemos tenido tiempo de procesarlo. El dolor es continuo; nunca se detiene», lamenta el psicólogo.

El espejismo de la resiliencia y la máscara de la evitación

Frente a esta cadena de desastres, coexiste una marcada disparidad social que a menudo se malinterpreta desde el exterior. Mientras el dolor y la penuria extrema se extienden por las miles de tiendas de los campos de desplazados surgidos azarosamente en el paseo marítimo, en los barrios más acomodados de Beirut perdura una cultura de escapismo y ocio nocturno.

Terrazas llenas, locales donde la música retumba a pocos kilómetros de las zonas bombardeadas y un consumo generalizado de alcohol reflejan un fenómeno que desde fuera suele etiquetarse con admiración casi romántica bajo el mito de la «resiliencia» libanesa. Los profesionales de la salud mental, sin embargo, aclaran que, junto a una resiliencia genuina, algunas personas pueden depender de la compartimentación, el distanciamiento emocional o la evitación como estrategias de supervivencia adaptativas para hacer frente a la adversidad crónica. El funcionamiento social y la apariencia de normalidad pueden coexistir a veces con un sufrimiento profundo y no procesado, actuando como un mecanismo de protección para mantener a raya el pánico, los recuerdos del horror y el miedo mientras estos siguen operando bajo la superficie de la psique colectiva.

Las estadísticas oficiales de suicidio recopiladas por las Fuerzas de Seguridad Interior (ISF) reflejan matemáticamente cómo la desesperanza acompaña a las crisis del país. En 2019, Líbano registró 171 muertes por suicidio. Durante los años de la pandemia y el impacto inicial de la crisis financiera, los registros oficiales mostraron un descenso hasta los 115 casos en 2021, para volver a subir de forma alarmante hasta las 168 muertes en 2023. Aunque las cifras oficiales de 2024 reflejaron una ligera disminución con 129 casos, el año 2025 cerró con un repunte del 14% en la tasa de suicidios, registrando un total de 147 muertes. La tendencia a principios de 2026 sigue siendo crítica: los datos oficiales de las ISF reportan que solo entre enero y abril ya se habían contabilizado 47 muertes por suicidio en todo el país.

Sin embargo, los profesionales de primera línea advierten que estas cifras representan solo la superficie de una tragedia oculta. El subregistro del suicidio en Líbano sigue siendo masivo debido al profundo estigma social y a la severa condena de las distintas autoridades religiosas, lo que lleva a muchas familias a ocultar las verdaderas causas de la muerte de sus seres queridos por miedo al rechazo de su comunidad.

El verdadero barómetro de la crisis se mide en la búsqueda desesperada de ayuda. Durante los meses de la ofensiva militar en 2026, el volumen de llamadas diarias recibidas por la línea de prevención de Embrace aumentó un 55% en comparación con la media registrada en 2024, pasando de un promedio de 22,4 llamadas al día a una media de 34,8 interacciones diarias.

«Al mismo tiempo, creo que el funcionamiento social a veces puede enmascarar el sufrimiento. Las personas pueden desplegar esa cultura relacional durante la interacción social, y aprendemos que debemos seguir adelante porque los cambios globales continúan ocurriendo. Dentro de esa interacción, hay una perspectiva… la de continuar con tu vida diaria y tus responsabilidades, mientras que los sentimientos, los recuerdos y el miedo se quedan en un segundo plano. Esto no es terrible, por supuesto, pero ciertamente va más allá de simplemente respirar», apunta Peter.

La ruptura del entorno doméstico y los colectivos más vulnerables

El suicidio nunca es la consecuencia de un único hecho aislado, sino el resultado de una compleja convergencia de estresores socioeconómicos crónicos —como el desempleo endémico, la inseguridad financiera y el aislamiento que provoca el desplazamiento forzoso— que se van entrelazando hasta hacer insoportable la existencia. El peligro clínico, sin embargo, escala drásticamente cuando los entornos que deberían ofrecer protección y apoyo, como el ámbito familiar, se encuentran profundamente dañados por el agotamiento histórico y la violencia estructural.

Peter Wanna recalca que la ruptura de los vínculos primarios de confianza es la primera señal de alerta en la práctica psicoterapéutica diaria. Cuando la crisis económica y el trauma del desplazamiento desbordan las dinámicas domésticas, la familia puede dejar de ser un refugio seguro para convertirse en un espacio de maltrato o negligencia, dejando al individuo en una situación de soledad radical en el momento de mayor vulnerabilidad.

Esta desintegración familiar y social golpea con especial dureza a los sectores más jóvenes de la población y a los estudiantes universitarios, cuyos proyectos de vida y expectativas de desarrollo profesional han quedado completamente suspendidos por la parálisis del país, generando niveles inéditos de trastornos de ansiedad, distimia y un desgaste clínico muy temprano.

La vulnerabilidad se multiplica exponencialmente al poner el foco en colectivos históricamente marginados dentro de una sociedad profundamente conservadora y confesional. Las minorías de género y las comunidades trans se enfrentan a un entorno externo de exclusión sistemática y rechazo social que niega la legitimidad de su existencia desde la infancia. Al no encontrar amparo ni en las instituciones de un Estado fallido ni en sus propias familias, el aislamiento se vuelve absoluto.

Los especialistas de Embrace insisten en que el suicidio no entiende de divisiones políticas, clases sociales ni nivel de recursos económicos; es una respuesta extrema cuando el sufrimiento agota por completo todas las reservas internas de una persona.

«A esto se suma el hecho de que existe un entorno externo que opera en contra de las mujeres o las comunidades trans, quienes sufren enormemente debido a esa presión social. Imagina crecer creyendo que eres diferente, que eres aterrador, que eres de alguna manera complicado y que deberías morir en lugar de vivir. Una persona que empieza la vida cargando con ese peso psicológico ya está fracturada… Entonces se crea esa barrera invisible entre ‘ellos’ y ‘nosotros’. Y en la infancia, no puedes esconderte del todo… El suicidio no tiene religión, ni familia, ni teoría política, ni nada. Puedes encontrar a una persona que teóricamente lo está haciendo todo bien, con muchos recursos, dinero y una aparente resiliencia social, y aun así puede intentar quitarse la vida. El suicidio es una respuesta extrema cuando el sufrimiento ha agotado todos tus recursos internos», insiste Peter.

Las señales de alerta y la urgencia de un nuevo modelo

Uno de los desafíos más urgentes en la prevención del suicidio en el contexto libanés es capacitar a las familias y a las comunidades para identificar las señales de alerta críticas, que a menudo quedan invisibilizadas o minimizadas por la urgencia de la supervivencia diaria y el caos del desplazamiento. El riesgo suicida rara vez se manifiesta de forma obvia o dramática; al contrario, suele expresarse a través de sutiles cambios en el comportamiento cotidiano. El indicador primario y más peligroso es cuando la persona comienza a aislarse, rompiendo progresivamente el contacto con sus familiares y sus círculos de amigos más cercanos.

Fotos suministradas

A nivel conductual, las señales incluyen el abandono repentino de actividades que antes le reportaban placer, una bajada injustificada en el rendimiento académico o laboral, o cambios drásticos en los patrones de sueño y alimentación. En el plano emocional y verbal, los indicadores se manifiestan a través de expresiones persistentes de tristeza, irritabilidad inusual, una desesperanza explícita sobre el futuro o verbalizaciones donde el individuo se describe a sí mismo como una «carga» económica o emocional para sus seres queridos.

Asimismo, el aumento marcado en el consumo de sustancias como el alcohol o el abuso de medicamentos sin prescripción, el desprendimiento inusual de objetos personales muy valorados o los comentarios indirectos sobre la muerte son alarmas críticas que requieren atención profesional inmediata.

Para que estas señales puedan detectarse a tiempo, es indispensable combatir el pesado estigma cultural que rodea a la enfermedad mental en Líbano. En una sociedad donde admitir la ideación suicida o el sufrimiento psicológico se asocia erróneamente con la falta de fe religiosa o con una deshonra familiar, la labor de Embrace ha sido fundamental para mover la conversación desde el silencio y la vergüenza hacia la empatía y la educación, realizando sesiones de sensibilización en escuelas, universidades y centros comunitarios.

Ante la perspectiva de una catástrofe humanitaria y psicológica que amenaza con cronificarse en un entorno donde los ataques no cesan, Líbano requiere urgentemente una profunda reestructuración de su sistema de atención. Evitar el colapso irreversible exige que el apoyo psicológico sea inmediato, accesible y totalmente descentralizado, potenciando los servicios comunitarios y las unidades móviles capaces de llegar a los asentamientos de desplazados, a las escuelas reconvertidas en refugios y a las comunidades afectadas por la violencia militar. Es imperativo integrar la atención psicológica básica en los centros de atención primaria y, con la misma urgencia, proporcionar soporte emocional y recursos a los propios profesionales sanitarios y trabajadores de primera línea, quienes operan bajo niveles intolerables de presión, fatiga y trauma secundario.

«Lo que Líbano necesita urgentemente en este punto crítico es garantizar que el apoyo siga siendo accesible, inmediato y disponible para las personas allí donde se encuentren. Esto significa fortalecer los servicios comunitarios y móviles para que la atención llegue a los hogares y refugios, integrarla en la atención primaria de salud y asegurar que los profesionales de la salud mental reciban el apoyo necesario para seguir brindando atención bajo estos niveles extremos de demanda y presión. Al final, el suicidio es una respuesta extrema a un sufrimiento que ha consumido todas las opciones disponibles». ie

 

Cuba, en la encrucijada de un multilateralismo hipócrita.

Josué Veloz Serrade

El asedio perfecto: cuando la asfixia es la política

La actual crisis energética que atraviesa Cuba no es un accidente de la naturaleza ni una mera falla de infraestructura. Es el punto álgido de un asedio geopolítico diseñado con precisión quirúrgica a lo largo de seis décadas. Lo que hoy vive la isla es la convergencia letal de la guerra económica tradicional — el bloqueo — y un nuevo contexto internacional donde los actores que deberían equilibrar la balanza han optado por lo que podríamos denominar una geopolítica de mínimos.

Cuba no solo enfrenta la hostilidad del imperio, sino el abandono silencioso de aquellos que, en teoría, debieran disputar el orden unipolar.

Pero antes de analizar las coordenadas geopolíticas, es necesario interrogar el mapa psíquico que subyace a esta situación. Porque lo que ocurre con Cuba no es solo un problema de correlación de fuerzas; es también un problema de deseo, de fantasma político, de aquello que Freud llamó Verneinung, la negación como forma de reconocimiento encubierto. Los que abandonan a Cuba la niegan, pero al negarla, la confirman, y sobre todo confirman lo que niegan de sí mismos. El bloqueo existe porque Cuba aún interpela, sigue siendo un síntoma incómodo dentro del sistema capitalista global. Si Cuba no representara ninguna amenaza real, bastaría con ignorarla. El hecho de que haya que destruirla demuestra que su mera existencia sigue siendo intolerable para el orden del Amo.

La pregunta que sobrevuela este texto puede enojar a más de uno, pero es necesaria: ¿qué queda de la solidaridad internacional cuando los gestos simbólicos reemplazan a las acciones concretas? ¿Qué significa realmente apoyar a Cuba cuando el cerco se estrecha y la asfixia se vuelve material? Y sobre todo: ¿qué dice del conjunto de fuerzas geopolíticas que declaran querer otro mundo, el hecho de que sean capaces de mirar ese ahogamiento sin mover una mano?

El abandono no declarado de los socios estratégicos

En estos días de tensiones mundiales se desempolva también la teoría de las relaciones internacionales, en la que se aborda el realismo periférico que describe la tendencia de los Estados a priorizar sus intereses inmediatos — comercio, estabilidad fronteriza, no incomodar al hegemón — sobre alianzas ideológicas o históricas cuando la presión del imperio aumenta. Pero el realismo periférico no alcanza para explicar del todo la conducta actual de Rusia y China frente a Cuba. Aquí opera algo más profundo. Opera la renuncia al deseo propio como condición para sobrevivir en el sistema que, supuestamente, desean transformar.

Lacan distingue entre la demanda y el deseo. La demanda es lo que se pide explícitamente; el deseo es lo que subyace y que a menudo no puede articularse sin costo. Rusia y China demandan, en sus discursos, un mundo multipolar, el fin de la unipolaridad, el respeto a la soberanía. Pero su deseo, revelado por sus actos y no por sus palabras, es la integración progresiva en las reglas del mismo sistema que dicen impugnar.

Por amargo que resulte escucharlo, al abandonar a Cuba, no están siendo simplemente pragmáticos, están confesando que su horizonte real no es la transformación del orden mundial, sino la negociación de un lugar más cómodo dentro de él.

Atrapados en sus propios conflictos de desgaste — Ucrania para Rusia, Taiwán y el mar de China Meridional para Pekín — , ambas potencias han consolidado una postura defensiva. Su apoyo a Cuba se ha reducido al discurso en los foros multilaterales y a la provisión de determinados recursos, sin desafiar estructuralmente el bloqueo. No envían el petróleo necesario, no habilitan líneas de crédito que esquiven las sanciones secundarias, no escoltan con sus buques los suministros hacia la isla. Si se les preguntara por qué, la respuesta quizás sería la misma del gran conformista: el momento no es oportuno, los costos son demasiado altos, hay que ser realistas.

Pero el realismo, en este contexto, es otra forma de avanzar hacia una capitulación anticipada. Quizás en su fuero interno creen que están abandonando a los que pueden caer primero, no a los que caerán últimos, que podrían ser ellos mismos. Han encontrado su límite histórico y, en lugar de empujarlo y quebrarlo, lo han normalizado. Al hacerlo, cometen un error de cálculo estratégico que la historia ya ha castigado antes. Cada vez que una potencia permite que el orden hegemónico destruya a un eslabón sin costo, ese orden sale fortalecido y se acerca un paso más al sometimiento de los que creyeron estar a salvo. Al permitir que un proyecto soberano sea destruido por el imperio sin consecuencias, envían un mensaje a sus propias poblaciones y a otros actores secundarios: la solidaridad es un lujo que no podemos permitirnos; cuando llegue tu turno, estarás solo.

América Latina y el Caribe: la diplomacia de los abrazos vacíos

La postura de Brasil y Colombia es, quizás, la más paradigmática de la bancarrota contemporánea del progresismo. Lula da Silva y Gustavo Petro, dos líderes que deben su capital político a la narrativa de la transformación social y la soberanía regional, han optado por lo que podríamos llamar una especie de simbolismo de bajo costo con declaraciones de apoyo moral, llamados al diálogo, presencia discursiva en los foros internacionales. Pero mientras las palabras circulan, las condiciones estructurales de asfixia — el bloqueo, las listas de países patrocinadores del terrorismo, las sanciones financieras — permanecen intactas.

Todo transcurre como si operara una especie de identificación con el agresor, como un mecanismo por el cual el sujeto sometido a una fuerza superior asimila, inconscientemente, los valores y las lógicas de ese poder para sobrevivir. No se trata de una traición consciente sino de una adaptación que, con el tiempo, se vuelve constitutiva de la propia identidad. Algo de eso ocurre con ciertos gobiernos progresistas latinoamericanos, han incorporado tanto la lógica del campo de juego imperial — sus instituciones, sus mercados, sus reglas — que ya no pueden imaginar una acción política que rompa con ese campo, aunque en el discurso la proclamen necesaria.

Brasil y Colombia olvidan que si fueran hoy una verdadera retaguardia estratégica no sería un favor el que le harían a Cuba, sería una necesidad propia. Si Estados Unidos sigue inclinando la balanza a su favor en la región — como lo hace con su política de sanciones, su dominio del FMI, su control de la OEA y su influencia sobre las derechas locales — , ¿con quién contarán Lula y Petro cuando la marea reaccionaria los golpee a ellos? Habrán quemado, con su prudencia, la retaguardia que desesperadamente necesitarán. En días recientes Lula afirmó que podrían ser invadidos «cualquier día»; podríamos contestarle: «Y mientras más sólo te quedes, más posibilidades reales hay de que eso ocurra».

El caso de Venezuela es el más doloroso porque representa la mutilación de un proyecto que alguna vez fue el pilar de la solidaridad regional. Hoy, Venezuela está de facto sometida a las decisiones geopolíticas de los Estados Unidos.

El régimen de sanciones extrema, el secuestro de Maduro y Cilia Flores, han logrado su objetivo: condicionar al Estado venezolano, obligarlo a negociar en condiciones de inferioridad y reducir su capacidad de proyección internacional. Venezuela ya no puede ayudar a Cuba porque apenas puede ayudarse a sí misma. Si el imperio pudo con Venezuela, con las reservas de petróleo más grandes del mundo, ¿qué esperanza tiene un país más pequeño sin ese recurso? Pero los gobiernos de la región no extraen la conclusión correcta. En lugar de unirse para romper el cerco, se dispersan, negocian por separado, y caen uno tras otro.

Algunos de los países pequeños que recibieron solidaridad cubana — médicos en sus aldeas, maestros en sus escuelas, brigadas en medio de sus catástrofes — aprietan hoy la nariz y dan la espalda. En relaciones internacionales, es lo que se denomina bandwagoning: la tendencia de los actores débiles a alinearse con el más fuerte cuando perciben que el benefactor histórico está en retirada. Es una lógica cruel pero predecible.

Lo que no entienden es que su supervivencia a largo plazo no depende de complacer al Amo, sino de la existencia de un ecosistema regional soberano. Al dar la espalda a Cuba, están contribuyendo a desmantelar el único tejido de solidaridad que podría protegerlos cuando ellos sean los siguientes en la lista. Es la lógica del «yo me salvo» que conduce inevitablemente al «todos nos hundimos». Todo el que elige salvarse a sí mismo termina aislado y luego sometido. Al final, igual le espera la muerte, pero una muerte solitaria, sin la dignidad de haber luchado junto a los demás.

El mito de la autosuficiencia es una trampa discursiva

Frente a ese panorama, la objeción liberal, y a veces incluso la de cierta izquierda, suena previsible: ¿por qué apelar a otros? ¿Acaso Cuba no debería valerse por sí misma? Esa pregunta merece ser demolida con rigor, porque opera como una trampa retórica que naturaliza la violencia del bloqueo y culpabiliza a la víctima.

La autarquía es un mito en el sistema mundial contemporáneo. Ningún país es una isla, ni siquiera las islas. Estados Unidos no se vale por sí mismo, depende de una red global de bases militares, del dólar como moneda de reserva impuesta al mundo mediante los acuerdos de Bretton Woods y la presión de sus portaaviones, y de cadenas de suministro que explota sistemáticamente. China no se vale por sí misma, depende de materias primas africanas y latinoamericanas y de mercados globales para su sobreproducción industrial. Rusia no se vale por sí misma, su poderío energético es nulo sin los gasoductos y sin compradores dispuestos a pagar su tecnología militar.

La dependencia no es la excepción en el sistema internacional, es una regla estructural. Lo que varía es el tipo de dependencia y el margen de autonomía que se puede construir dentro de ella. Un país como Luxemburgo disfruta de altos estándares de vida porque está incrustado en el corazón del bloque imperial. Un país como Cuba tiene que sobrevivir a pesar de estar bloqueado por el imperialismo. La pregunta correcta, entonces, no es por qué Cuba no es autosuficiente, sino por qué se le exige a Cuba un nivel de autosuficiencia que no se le exige a nadie más. Esa exigencia asimétrica no es inocente, es una trampa discursiva y cobarde que coloca a la isla en una posición ontológicamente imposible, para luego presentar su imposibilidad como evidencia de su fracaso.

Se le impone a Cuba una especie de doble vínculo, se somete al sujeto una condición que no puede cumplir, y se le culpa del incumplimiento. El neurótico producido por el doble vínculo no puede escapar porque la trampa está inscrita en el lenguaje mismo con el que se le habla. Cuba está atrapada en ese lenguaje: si resiste, es una dictadura que hace sufrir a su pueblo; si negocia, está cediendo al chantaje imperial; si pide ayuda, es un Estado fallido que no puede sostenerse solo. No hay salida dentro del discurso del Amo, porque el discurso del Amo no está diseñado para tener una salida, sino para atrapar.

La metodología del imperio: negociar, ahogar, culpar

Lo que hemos descrito no ocurre en el vacío. Responde a una metodología del imperialismo estadounidense en sus negociaciones con actores soberanos que se niegan a capitular. El libreto histórico es invariable y ha sido ejecutado con mínimas variaciones.

Primero, la mesa del diálogo como trampa. Se sientan a negociar no para llegar a acuerdos, sino para ganar tiempo. Mientras la contraparte deposita esperanzas en la vía diplomática — mientras el sujeto cree que el Otro es susceptible de ser convencido — , el imperio continúa aplicando sanciones, fortaleciendo a la oposición interna, preparando el terreno. Es el gesto que Lacan identificaría como perverso, la promesa que estructura el vínculo solo para perpetuar la dependencia.

Segundo, la exigencia de concesiones unilaterales. El imperio nunca negocia de buena fe; negocia desde la posición de fuerza absoluta. Exige que la otra parte ceda primero, que demuestre voluntad de cambio, que desmonte sus estructuras defensivas como gesto de buena voluntad. Cada concesión que hace la parte débil es interpretada como signo de debilidad ulterior y se responde con más presión. El mecanismo es siniestro en su lógica: cuanto más se cede, más se debe ceder. La negociación se convierte en un proceso de vaciamiento progresivo de la soberanía.

Tercero, si no obtienen lo que quieren, invaden o destruyen. Cuando el diálogo no produce la rendición completa, pasan a la siguiente fase: invasión directa — Panamá, Granada, Irak — , golpe de Estado — Honduras, 2009; Bolivia, 2019 — , guerra de baja intensidad — Nicaragua en los ochenta — , o destrucción económica sistemática — Cuba, Venezuela, Irán — . La diplomacia es solo la antesala de la agresión.

Quienes, con buena fe, instan a Cuba a negociar con Washington ignoran esa estructura. Cuba no es empujada a la mesa para dialogar; es empujada a la mesa para rendirse en las condiciones más desfavorables posibles.

La crisis humanitaria como arma de guerra

La ayuda humanitaria que llega a Cuba hoy — los envíos de alimentos, medicinas, generadores — es vital para aliviar el sufrimiento inmediato. Pero en términos políticos, funciona como un paliativo que corre el riesgo de despolitizar la crisis. Es el respirador que se le pone a un paciente en coma: mantiene al enfermo con vida, pero no repara la lesión que lo llevó al coma. El paciente necesita una operación estructural, no la perpetuación de la emergencia.

El bloqueo no es una sanción, es un mecanismo de desgaste diseñado para provocar una implosión desde adentro. Ofrecer ayuda humanitaria, por más valiosa que sea, sin romper el cerco financiero y energético es como bombear agua de un barco que sigue teniendo un boquete abierto por el ataque enemigo.

El boquete es permanente; y el bombeo, agotador. El objetivo estratégico del bloqueo — lo que en la terminología militar se llama guerra de cuarta generación o cambio de régimen por asfixia — es negar al Estado la capacidad de satisfacer las necesidades básicas de su población, para que sea la propia población la que termine desbordando a su gobierno. No hay nada de accidental en esa estrategia: es deliberada, está documentada y ha sido aplicada con distintos grados de intensidad durante más de seis décadas.

El apagón no es solo ausencia de luz, es una pedagogía del miedo, una lección que el Amo imparte día tras día. Cada hora sin electricidad, cada fila para conseguir alimentos, cada médico que no tiene insumos es un recordatorio de lo que cuesta resistir. Es el goce del poder en su forma más cruel, no el goce de destruir al enemigo de un golpe, sino el goce de verlo degradarse lentamente, de convertir su vida en una demostración permanente de que la resistencia conduce al sufrimiento. Duele constatarlo, pero la mayor crueldad del bloqueo no es su fuerza, es su lentitud.

La narrativa del Estado fallido o la culpa siempre es de la víctima

Y aquí llegamos al punto más perverso de toda la operación, la construcción del relato que invierte la causalidad.

El imperio no solo destruye; además construye el dispositivo discursivo para que la destrucción parezca merecida o inevitable.

Un Estado al que se le niega la posibilidad de importar alimentos, medicinas, combustible y repuestos; al que se le bloquean sus finanzas internacionales; al que se le impide acceder a créditos; al que se le somete a una guerra mediática; al que se le castiga por comerciar con quien sea: ese Estado tendrá, por definición, enormes dificultades para funcionar con normalidad. Luego, cuando esas dificultades se manifiestan — apagones, desabastecimiento, migración — , el coro imperial y sus voceros locales dicen: miren, es un Estado fallido, el socialismo no funciona.

Se presenta como fracaso interno lo que es resultado de una agresión externa.

La causalidad se invierte, el bloqueo no es la causa de la crisis; la crisis es la prueba de que el régimen es incompetente. Es la misma lógica del abuso, se le ata las manos al sujeto, se le golpea durante horas, y luego se le acusa de no poder defenderse. Ese mecanismo tiene nombre: proyección. El agresor proyecta sobre la víctima la responsabilidad de lo que le hace; así externaliza su propia culpa y mantiene intacta su imagen de orden y civilización.

La categoría de Estado fallido no es descriptiva, es performativa. Nombrar a Cuba como Estado fallido no constata una realidad; construye una realidad que justifica el abandono y eventualmente la intervención. Es el concepto que hace posible lo que viene después, la haitianización como dijera Claudio Katz en días recientes. Reducir la isla a un estado de degradación tal que se convierta en vitrina del horror, en demostración permanente de lo que le ocurre a quienes se atreven a elegir un camino soberano.

El mensaje es perverso en su transparencia: miren lo que pasa si se atreven a ser libres.

Pero un Estado fallido de verdad no resiste 65 años de bloqueo. Un Estado fallido de verdad no tiene una tasa de mortalidad infantil más baja que la de Estados Unidos. No forma médicos que salvan vidas en todo el mundo. No mantiene un sistema educativo universal, una ciencia propia — con vacunas incluidas — y una cultura vibrante. Lo que el imperio llama Estado fallido es, en realidad, un Estado agredido que se niega a morir. Esa es la verdad incómoda. Y esa es, precisamente, la razón de la furia imperial. Cuba en realidad no fracasa. Cuba insiste. Y esa insistencia es intolerable.

¿Qué opciones le han dejado a Cuba?

Analizadas las coordenadas del asedio, la pregunta se vuelve ineludible, ¿qué opciones tiene en verdad la conducción política cubana? O para ser más preciso: ¿qué opciones le han dejado?

La primera es la negociación en condiciones de asfixia.

Es la que recomiendan los bienintencionados, los que quieren que Cuba dialogue y negocie con los Estados Unidos. Pero negociar con un imperio que tiene el pie en tu cuello no es diálogo, puede ser rendición condicionada. Cuba ha demostrado voluntad de diálogo histórico en múltiples momentos, pero siempre desde posiciones de dignidad. Sentarse hoy a negociar sin haber roto antes el cerco energético y financiero es aceptar la negociación del ahogado, aceptar cualquier cláusula por una bocanada de aire. El resultado sería una normalización que equivaldría a la liquidación del proyecto revolucionario por goteo, como ocurrió en Europa del Este tras la caída del muro, pero con el agravante de tener al imperio a 90 millas.

La segunda opción es la resistencia heroica pero solitaria.

Es la que Cuba ha practicado durante décadas: innovar, resistir, buscar rendijas, diversificar relaciones. Pero esa opción, que fue viable cuando existía un campo socialista dispuesto a sostener el flujo de recursos, hoy se enfrenta a un límite material concreto. La resistencia heroica sin retaguardia se convierte, con el tiempo, en resistencia agónica. No porque el pueblo cubano haya perdido la voluntad, sino porque la voluntad sola no mueve turbinas ni llena estantes.

La tercera opción es la que el imperio diseña como escenario deseado: la implosión.

El estallido inducido por la acumulación de sufrimiento, amplificado por las redes de oposición financiadas desde el exterior, que permita una intervención humanitaria o una transición pactada. Esta no es una opción para Cuba; es la trampa que se le tiende.

La cuarta, la única que cambiaría en verdad el tablero, no depende de Cuba.

Depende de que quienes dicen apoyarla pasen de las palabras a los hechos. Depende de que envíen el petróleo necesario, de que pongan los buques, de que escolten los suministros, de que rompan el cerco financiero con mecanismos concretos. Depende de que pregunten a Cuba qué hay que hacer y lo hagan.

No hay más metáforas. Es el petróleo o la asfixia. Son los buques o el bloqueo. Es la acción o la complicidad.

Las lecciones de la historia que el mundo prefiere olvidar

El olvido no es pasivo. El olvido es un acto: la represión activa de aquello que, si fuera recordado, obligaría a actuar de otra manera. La comunidad internacional olvida a conveniencia los paralelismos históricos, porque recordarlos haría insostenible la postura actual.

En 1941, los tanques alemanes estaban a las puertas de Moscú. ¿Cuánto tiempo estuvieron sin reaccionar? ¿Cómo saben que no irán luego por ustedes? Hoy, nadie parece entender que la retaguardia cubana es la retaguardia del4 mundo entero. Algunos quizás la ven como un cadáver político adelantado y se comportan en consecuencia.

Durante décadas, los Estados Unidos sostuvo al régimen de Chiang Kai-shek en Taiwán con dinero, armas y flota naval, incluso cuando era evidente su derrota en la guerra civil China. Lo hicieron porque Taiwán era un portaaviones estratégico contra la China popular. Es decir, el imperio sostiene a sus aliados hasta el final, porque entiende que la fidelidad a los suyos es una condición de su propio poder. Pero los aliados de Cuba hacen lo contrario: la abandonan cuando el costo político de sostenerla supera el beneficio de no hacerlo.

La República española es el recuerdo más exacto de la situación que hoy vive Cuba. Luchaba contra el fascismo, pero las democracias occidentales — Francia y Reino Unido, principalmente — firmaron el Comité de No Intervención mientras Alemania e Italia enviaban tropas, aviones y artillería a las fuerzas de Franco. Estados Unidos por su parte, promovió el embargo de armas. La no intervención fue el nombre elegante para la complicidad. La República fue abandonada, asfixiada y finalmente derrotada.

¿El resultado? Cuarenta años de dictadura franquista. Pero el mundo pagó además un precio mayor, la impunidad con que triunfó el fascismo en España alentó al nazismo en tanto reforzó la impunidad fascista y contribuyó al inicio de la Segunda Guerra Mundial. El abandono de la República no fue inintencional; fue una decisión con consecuencias históricas catastróficas. Hoy algunos gobiernos progresistas practican la misma no intervención frente a Cuba, mientras el imperio ejerce su intervención permanente a través del bloqueo. No hay lección aprendida. El olvido es productivo y permite repetir.

Lo que el imperio olvida: los pueblos no se rinden

Y sin embargo, frente a este panorama desolador, existe un contrapunto que el análisis geopolítico clásico tiende a subestimar. Cuba cuenta con algo que ningún bloqueo puede estrangular del todo: cuenta con los pueblos del mundo más que con los Estados. Con los movimientos de solidaridad que en cada país se reúnen, organizan y preparan envíos de ayuda. Con la memoria viva de millones de personas que saben lo que Cuba ha dado al mundo y no están dispuestas a permitir que sea reducida a escombros en silencio.

Los Estados calculan, miden costos, evalúan riesgos, sopesan sanciones. Los pueblos, cuando están organizados y conscientes, actúan por convicción.

La solidaridad interestatal es frágil porque depende de gobiernos, de ciclos electorales, de alianzas cambiantes, alianzas que hoy están muertas. La solidaridad de los pueblos es más lenta, más difícil de articular, pero cuando se activa es diferente: no puede ser sancionada por el FMI ni coaccionada por la OTAN.

No hay otro país en el mundo que tenga una red de movimientos de solidaridad tan extendida, persistente y arraigada en múltiples generaciones como Cuba. Ese tejido humano es un activo estratégico que no aparece en ningún balance convencional.

La diáspora como quinta columna inversa

Hay un factor que el Pentágono parece ignorar, quizás porque no entra en sus modelos de análisis: la composición demográfica de la emigración cubana en Estados Unidos ha cambiado mucho en las últimas décadas. Los cubanos de Miami en los años sesenta eran la élite blanca que huyó de la revolución, propietarios expropiados, profesionales de clase alta, figuras del antiguo régimen batistiano. Eran el lobby más feroz contra la revolución, el motor del bloqueo, la base social del exilio duro.

Hoy la mayoría de los cubanos en los Estados Unidos son emigrantes económicos de las últimas décadas, llegados en balsas o por terceros países, con familia en la isla, con vínculos afectivos y culturales intactos, con una visión mucho más matizada de la realidad cubana.

Si el imperio osara invadir, las bombas caerían sobre sus pueblos, sobre sus abuelas, sobre sus hermanos. ¿De verdad alguien cree que los miles de cubanoamericanos — sus hijos y sus nietos — recibirían esa guerra con entusiasmo?

El cálculo político es el inverso: lo que el imperio tendría no es una retaguardia en Miami, sino una quinta columna dentro de sus propias fronteras, una comunidad dispuesta a rebelarse desde adentro del Amo.

Eso es lo que el análisis puramente institucional no puede ver, porque trabaja con categorías frías, alianzas, intereses y recursos. Lo que escapa a esas categorías es la dimensión libidinal de la política: el amor, el duelo, la pertenencia. Un pueblo no es una variable geopolítica. Un pueblo tiene madre. Y cuando las bombas caen sobre la madre, el cálculo racional se disuelve en algo más antiguo y poderoso.

Irán y Vietnam: lecciones de la resistencia asimétrica

La heroica resistencia de Irán frente al imperialismo nos ha mostrado el camino: donde caiga alguien, aparecerán cien dispuestos a empuñar las armas y defender a la patria. No es retórica, es la descripción de una sociedad que ha interiorizado la defensa de la nación como valor irrenunciable, que ha hecho de la resistencia una identidad colectiva más fuerte que el miedo.

Cuba tiene ese mismo ADN: es una nación en armas no por conscripción forzosa, sino por la conciencia histórica acumulada en sesenta y cinco años de asedio.

Vietnam enseñó que una guerra no se decide únicamente en el plano militar.

La Ofensiva del Tet de 1968 fue una derrota táctica para el Viet Cong y el ejército de Vietnam del Norte, que sufrieron enormes pérdidas y no lograron sostener las posiciones tomadas. Pero fue una victoria política estratégica: demostró que podían atacar en cualquier punto del país, incluso en los centros del poder sudvietnamita, y quebró la narrativa de Washington de que la guerra estaba cerca de ganarse. A partir de entonces, la confianza de la sociedad estadounidense en la guerra comenzó a desmoronarse. La guerra no se gana ocupando territorio; se gana desgastando la voluntad política del invasor. Y esa voluntad, en las democracias liberales con opinión pública y elecciones periódicas, tiene un límite medible en ataúdes y en puntos de aprobación presidencial. Cuba, con su geografía compleja, con su población preparada durante décadas de defensa territorial, podría reproducir ese escenario.

Una invasión a Cuba no sería la operación quirúrgica de Granada ni el paseo de Panamá. Sería un atolladero sangriento y prolongado, que duraría años y costaría miles de vidas estadounidenses.

La paradoja del aislamiento preventivo, morir solo para no morir juntos

Llegados a este punto, debemos interrogar el mecanismo profundo que lleva a las potencias que deberían disputar el orden unipolar a abandonar a Cuba. La respuesta superficial es el cálculo de costos: sostener a Cuba tiene un precio en términos de sanciones secundarias, de tensión con Washington, de riesgo comercial. Pero esa explicación es insuficiente, porque el abandono no es solo racional, tiene una dimensión de satisfacción, de alivio, que quizás solo el psicoanálisis puede iluminar.

Existe en la política internacional algo análogo a lo que Freud describió como pulsión de muerte en el individuo: la tendencia a la autodestrucción, al retorno a un estado de quietud que se alcanza a costa de la vida misma.

Los actores que abandonan a Cuba no solo están calculando sus intereses; están también, de alguna manera, renunciando a su propio deseo de transformación. El abandono de Cuba es la renuncia a la posibilidad de otro mundo. Es la aceptación, en el fondo, de que el orden del Amo es el único orden posible, de que el capitalismo global es el horizonte insuperable de la historia.

Hay en esa renuncia algo de lo que Marcuse llamó la desublimación represiva, que es la integración del sujeto en el sistema a través de la promesa de pequeñas satisfacciones que neutralizan el impulso radical. Los gobiernos progresistas latinoamericanos, las potencias del BRICS, los partidos de izquierda europeos, las organizaciones solidarias que hoy miran para otro lado: todos han encontrado, de una manera u otra, su nicho dentro del orden. Han obtenido su cuota de reconocimiento, su espacio de cómoda disidencia, sus gestos permitidos. Y en ese proceso, han dejado de ver a Cuba como un espejo de lo que podrían ser, para verla entonces como un recordatorio incómodo de lo que han dejado de ser.

Porque Cuba interpela: eso es lo insoportable. No que sea un fracaso, sino que sea una pregunta permanente, dirigida a todos los que, en algún momento, creyeron que otro mundo era posible y luego decidieron que era demasiado costoso. Cuba les pregunta: ¿en qué momento exacto decidiste que la normalidad capitalista era preferible a la lucha? ¿En qué momento exacto entregaste el deseo? Esa pregunta es la razón profunda del bloqueo y del abandono.

Al abandonar a Cuba, no están evitando su propio final; solo lo están aplazando y asegurándose de que, cuando llegue, se encuentren en la más absoluta soledad. Están cavando su propia tumba con la excusa de no mancharse las manos con la tierra de la tumba de Cuba. Porque el que elige salvarse a sí mismo en una tormenta colectiva termina aislado y luego sometido. El Amo, una vez que termina con el hermano, no firma la paz con los que miraron, los incorpora a la lista de los siguientes. Siempre necesita nuevas víctimas para legitimar su existencia.

La solidaridad como necesidad estratégica y acto de dignidad

Lo que hemos presenciado en este análisis no es una serie de errores tácticos aislados, sino una profunda crisis de conciencia geopolítica y moral en el progresismo global. Se ha perdido la noción de que la solidaridad no es un lujo moral reservado para los tiempos buenos, es una necesidad estratégica y, al mismo tiempo, la definición misma de lo que significa pertenecer a un proyecto político que aspira a algo más que la administración del orden existente.

Cuba no es solo Cuba: es la demostración viva de que es posible resistir durante décadas el asedio del poder más grande del mundo y mantener en pie un sistema de salud universal, una educación gratuita, una cultura propia, una dignidad irrenunciable.

Eso no prueba que el modelo cubano sea perfecto: prueba que la alternativa al capitalismo global no es el caos ni el fracaso automático, sino que es posible y vale la pena construir algo diferente e incluso hermoso. Al destruir a Cuba, el imperio no está eliminando una amenaza militar, está eliminando una prueba, está borrando un ejemplo. Pretende demostrar que fuera de la normalidad capitalista no hay vida posible.

Los que entregan a Cuba se entregan a sí mismos. No como metáfora, sino en el orden estratégico. Un orden mundial que dice llamarse multipolar, pero no protege a sus miembros más vulnerables cuando el Amo aprieta, no es un orden alternativo, es una extensión descentralizada del mismo dominio, un sistema donde la multipolaridad es la forma decorativa de la unipolaridad efectiva. Al traicionar a Cuba le dicen al Sur Global: «si no tienes petróleo o una posición geográfica vital para nosotros, no esperes nada». Eso, a largo plazo, los priva de aliados auténticos y los deja en un mundo donde solo importa la fuerza bruta: un mundo donde ellos también, aunque grandes, son vulnerables.

Cuando el imperio mira a Cuba, ve una isla pequeña que puede bloquear y asfixiar casi sin consecuencias. Lo que no ve — o lo que no quiere ver — es que esa isla es un volcán dormido sobre una falla tectónica global.

Cuba no es solo su geografía, es su historia, es su ejemplo, es el sueño de millones de personas que en algún rincón del mundo todavía creen que otro mundo es posible. Y mientras ese sueño exista, mientras haya un pueblo que lo encarne con su resistencia cotidiana, el orden del Amo no estará completo. Siempre habrá una grieta. Siempre habrá una pregunta sin responder.

Si algún día el imperio olvida Vietnam, olvida Irán, olvida que los pueblos no se rinden y se atreve a invadir la isla, descubrirá que la guerra no se gana con portaaviones. Se gana con la capacidad de un pueblo para decir «no» aunque le cueste la vida. Y ese «no» de Cuba, multiplicado por millones dentro y fuera de la isla, será su tumba.

Mientras tanto, la batalla es otra. Es la batalla por la vida cotidiana, por la luz, por la comida, por la esperanza. Y en esa batalla, los pueblos del mundo tienen la palabra. No para reemplazar a los Estados, sino para obligarlos a actuar. Para recordarles que la historia juzga. Que el juicio sobre los que abandonaron a la República española fue severo y permanente.

Que el silencio, cuando puede romperse, es una decisión. Y que las decisiones tienen consecuencias.

Cuba pide acciones concretas: el petróleo necesario, los buques, la custodia, la ruptura del cerco financiero, la protección del espacio marítimo, la presión real en los organismos internacionales. Pide que quienes dicen apoyarla pregunten qué hay que hacer y lo hagan. No es una petición de caridad, es una exigencia de coherencia. Basta de declaraciones. Basta de mensajes de apoyo que funcionan como coartada para la inacción.

La pregunta final no es para Cuba. Cuba ya ha dado su respuesta con 67 años de Revolución. La pregunta es para el mundo. Para los que dicen querer otro orden.

Para los que firmaron declaraciones y enviaron mensajes. Para los que tienen petróleo y buques, pero no los envían, o votos relevantes en la ONU que solo emplean para abstenerse.

¿De qué lado estás? ¿Del lado de los que esperan a que los Estados se decidan, o del lado de los que ya están actuando? ¿Del lado de los que envían mensajes de apoyo, o del lado de los que envían los buques y deciden enfrentarse de una vez a los designios del Imperialismo?

 

La Universidad de Puerto Rico en peligro: “9.6% para la UPR”

Arnaldo Carrasquillo Jiménez

Hoy quiero compartir unas ideas sobre la importancia de la Universidad de Puerto Rico como horizonte de futuro para el pueblo puertorriqueño. Y como guía de ruta, voy a reflexionar primero sobre un pensamiento que no es mío. Se le atribuye a Ghandi:

La madre tierra – en nuestro caso Borikén – es capaz de alimentar a todos y cada uno de sus hijos, pero es incapaz de satisfacer los caprichos de un puñado de sus hijos más avaros.

En este caso, los hijos naturales de Borikén somos todos y cada uno de nosotros los puertorriqueños y, el puñado de sus hijos más avaros a los que yo me refiero son esos representados por la junta de control fiscal, los bonistas, aunque muchos de ellos ni siquiera sean de aquí.  También me refiero a sus secuaces, que aquí en Puerto Rico aveces llamamos los “colmillús”, o los “amigos de lo ajeno”… a todos esos no los vamos a poder “satisfacer”. Esto es importante saberlo, para no volver a equivocarnos, porque la avaricia es infinita en sus excesos.

Ya en Puerto Rico (PR) nos hemos equivocado muchas veces a un costo social muy alto. Nos equivocamos cuando abandonamos el sistema de salud público universal que teníamos aquí en PR para sustituirlo por el sistema de salud más caro del planeta Tierra – que es el sistema de salud que se usa en la metrópoli, Estados Unidos (EEUU) – un sistema que llamamos “privado” aunque no lo es. Y no lo es, porque el dinero lo suple el gobierno y los servicios más caros también los suple el gobierno a través del Centro Médico de Puerto Rico y lo apoya la UPR a través de su Recinto de Ciencias Médicas. Es en esas salas de emergencia públicas, vinculadas a la UPR, a donde se derivan los casos más caros y más difíciles, por ejemplo de trauma, de todo PR. Lo único que se privatizó total y perdurablemente fue la ganancia. Eso fue un error muy costoso. También nos hemos equivocado en el pasado a un costo de billones de dólares, cuando prohibimos la participación de la autoridad de energía eléctrica en el mercado de las telecomunicaciones, a un costo enorme para todos los puertorriqueños. Y ahora estamos a punto de volver a equivocarnos nada menos que con la educación superior del país. Estamos siendo dirigidos, por una junta de control fiscal impuesta antidemocraticamente, a abandonar un proyecto social y económico de suma importantancia para PR. Ese proyecto social es la UPR. Por eso les quiero hablar de la Universidad de Puerto Rico como horizonte de futuro para el pueblo de PR.

Explica el boliviano Álvaro García Linera, que toda persona necesita un horizonte de futuro. Necesita poder imaginar un futuro mejor al presente actual, porque esa imaginación la va a guiar en sus acciones para dar unos pasos que luego la llevarán a su destino final individual. La Universidad de Puerto Rico representa eso… un horizonte de futuro para cada alumno. Pero los horizontes de futuro no solamente son necesarios para los individuos. También son importantes para los colectivos.  Un historiador muy popular es el historiador israelí Yuval Noah Harari. Él explica que la característica más importante del ser humano, del homo sapiens como especie, es su capacidad de adaptación organizándose cooperativa y colectivamente precisamente a través de un horizonte de futuro imaginario colectivo. Esto permite que millones de individuos puedan unirse hacia una causa común. Una meta compartida. De tal forma que los horizontes de futuro son igualmente importantes para los individuos que para los colectivos, y por tanto, lo son para el desarrollo de las sociedades modernas y para toda organización humana. Y la universidad de Puerto Rico se creó, con ese espíritu… ser un horizonte de futuro para los puertorriqueños y para PR. Hoy se están tomando pasos para destruir esa universidad.

Las metas fundacionales de la UPR eran múltiples y todas ellas asequibles.  Se le asignó, por ley, un 9.6% del presupuesto consolidado anual de PR. Ese 9.6% era una promesa… “hagamos lo que hagamos en este país, esta fracción la vamos a invertir en nuestro futuro colectivo. 9.6%, para la educación superior de nuestros hijos. 9.6% para la UPR”. ¿Qué facilita ese 9.6%? Lo primero que facilitó fue la contratación de los mejores profesores y de las personas mejor preparadas. Esto era importante para Puerto Rico, ya que en aquel momento éramos una economía bastante sub-desarrollada. Con el 9.6% fue como se educó y se formó a los ingenieros que diseñaron nuestras carreteras y las edificaciones de Puerto Rico, a los agrónomos, los abogados, los políticos, los médicos, los enfermeros y los maestros – en fin, a los actores y los planificadores que edificaron nuestra sociedad actual, que aún está en vías de desarrollo.

Lo segundo que facilitó ese 9.6% – que es igualmente importante que atraer a las mejores mentes para edificar el futuro del país – es que esa inversión permitió que los estudiantes (nuestras/os abuelas/os, tías/os hermanas/os hijas/os, sobrinas/os y nietas/os) estudiaran a un costo mínimo, casi nominal. Y eso fue muy importante. Les ofreció, a las clases desaventajadas, un horizonte de futuro económico que les permitía salir de la pobreza extrema. Por ejemplo, mis padres fueron así… mi padre pasó de la pobreza extrema que representaba ser hijo de una madre soltera que tenía otros cinco hijos más, y quien tenía que trabajar cosiendo dentro de su casa de madera en una maquinita Singer de pedal. Y él, pasaría de aquella condición a una condición mucho mejor estudiando en la UPR.  ¡Ese era el horizonte de futuro… salir de la pobreza! Pero se lograba salir de esa pobreza, porque no se endeudaban.

Por eso les quiero hablar del tipo de deuda en específico que se evitaban nuestros hijos con ese 9.6%. En el sistema legal y económico bajo el cual vivimos hoy en PR – el estadounidense – existen precisamente dos tipos de deuda que son esclavizantes. Son deudas que son irrenunciables. Ustedes conocen que el presidente de aquel país, Donald Trump, se ha ido a la quiebra en múltiples ocasiones. Es muy bueno, que ese individuo se haya podido desatar de sus malas deudas, porque si usted no puede descartar su deuda mala a través de un proceso de quiebra usted queda esclavizado a esa deuda, y no va a poder superarse de ahí. Queda permanentemente sirviendo en pago a perpetuidad. A eso le llaman “bondage” en inglés y es ilegal en muchos lugares de los Estados Unidos. Aquí era legal antes, y le llamaban la “libreta de jornada”. En ella se anotaba la deuda de la persona con un patrono o finca, y no podía abandonar esa finca hasta cancelar su deuda por medio de su labor o mano de obra. La quiebra, por tanto, es útil, y permite que la persona se libere legalmente de una mala decisión o deuda. Pero existen dos tipos de deuda a los que no se pueden renunciar a través del proceso de quiebra dentro de la ley estadounidense federal y una de ellas es, precisamente, la deuda estudiantil. Los préstamos estudiantiles federales no se pueden rechazar a través de procesos de quiebra. Son muy lucrativos, por tanto, para la banca americana que los emite y para los grandes intereses. Y nosotros por mucho tiempo le economizábamos a nuestros jóvenes ese tipo de deuda, y les evitamos entrar en ese estado de “bondage”, y por tanto ellos podían escapar fácilmente de la pobreza si estudiaban en la UPR. Ante el advenimiento de la inteligencia artificial y la robótica, esto será importante para el futuro de nuestros hijos: ellos deben poder educarse, permaneciendo libres de deuda y listos para luchar por re-educarse edad según sea necesario.

El segundo tipo de deuda que es así, que es irrenunciable, y que no quiero que quede sin mencionar, es la deuda del estado libre asociado de PR. Debo aclarar que no es así la deuda de los otros 50 estados de EEUU, porque en los otros 50 estados que constituyen la nación estadounidense ellos si pueden acogerse a la quiebra. Sin embargo, el estado libre asociado no puede acogerse a la quiebra por un decreto del congreso de EEUU. Ese decreto nos excluyó de algo que ellos disfrutan, y nos excluye porque nosotros no tenemos representación ni voto allí. Nuestra deuda, de acuerdo con ese decreto, es irrenunciable y por tanto estamos en “bondage” con una “libreta de jornada” moderna a perpetuidad. Llevamos bajo una Junta de Control Fiscal impuesta desde hace 10 años por aquel país sobre el nuestro para cobrar ese tipo de deuda. Esa Junta hoy pretende dirigir nuestro destino e impone un plan distinto a lo que plantean las leyes actuales de Puerto Rico en referencia a la UPR.

La decisión que va a hacer Puerto Rico en estos momentos es si vamos a seguir apostando a la Universidad de Puerto Rico invirtiendo un 9.6% de como lo estipula la Ley habilitante del sistema universitario, o si, por el contrario, vamos a “satisfacer” lo que nos exige la junta de control fiscal que es que dejemos de invertir ese 9.6% en la educación superior del país para transferir ese dinero a los bonistas y a los «colmillus». En violacion a nuestras propias leyes, hoy no invertimos ni un 5% en la UPR por imposición de una Junta de control fiscal nombrada por edicto y anti-democráticamente. Hoy se propone invertir menos aún, y cerrar 8 de los 11 recintos existentes, porque los colmillus y los bonistas tienen otro horizonte de futuro distinto al nuestro. El suyo es quedarse con todos nuestros recursos: nuestras carreteras, nuestras playas, nuestra agua del carso norte, nuestro cobalto* y nuestro cobre, nuestras infraestructuras eléctrica e hídricas privatizándolas, y sí, también… quieren nuestros recintos universitarios.  Por eso hoy ellos están tomando pasos para destruir la Universidad de Puerto Rico, y están sometiendo proyectos de ley a esos efectos – quiero decir con esto que quieren darle un color de legalidad a lo que ya iniciaron por decreto – e inundan los medios de comunicación del país con argumentos falsos que se reducen a una misma creencia o ethos:  La UPR no tiene vigencia ni en el presente, ni el futuro del país. ¡Mienten!

Es fácil demostrar que la UPR hoy si tiene un rol importante a pesar de que se le ha asfixiado fiscalmente en contravención a la ley, y a pesar de que se le ha aumentado las cuotas estratosfericamente a todos sus estudiantes (en casi un 300%). Dando un ejemplo a mínimos – quiero decir, reduciendo todo valor humano a lo económico – la UPR representa un freno al aumento de cuotas en otras instituciones. Las instituciones académicas privadas en PR no pueden subir sus cuotas muy por encima de lo que está cobrando actualmente la UPR, que ya es mucho. Hoy algunas de esas universidades privadas cobran más del doble que la UPR. En ausencia de la UPR, el mercado de la educación superior en PR sería tan costosa como el de los EEUU continentales, que es el mercado de referencia aquí en la colonia. En EEUU, el precio promedio de la matrícula de bachillerato es de $38,000 dólares anuales y el de la UPR hoy es $5,700 dólares. Hoy no pueden aumentar el precio a esos niveles de EEUU – y endeudar a nuestros hijos con ese nivel de deuda – porque existe la universidad de Puerto Rico proveyendo mayor calidad a un costo menor. A los “prestamistas” les gustaría eso, quieren endeudar a cada estudiante desde el inicio de su vida laboral con $152,000 dólares (38,000×4 = 152,000). Cito a un artista egresado de la UPR, y a su co-autor quien es médico, “nos quieren mansos, pobres y brutos**”… – pero le añado muy respetuosamente – y endeudados. Pero eso no lo pueden a lograr mientras exista la UPR y por eso desdeñan y destruyen su imagen sistemáticamente en los medios de comunicación locales.

Si ampliamos mínimamente el marco de los ejemplos, otro aspecto relacionado al futuro del país y que no debe quedar sin mencionar es que desde las universidades del mundo es de donde emergen, en otros países, los nuevos movimientos económicos y políticos que se están formando en el mundo. A esto también le temen, los amigos de lo ajeno. Por ejemplo, de la Universidad Complutense en Madrid surgió el grupo Podemos. De otra universidad, en México, salió la estructura formativa que apoyó a Morena – el nuevo partido político en el poder en México – que desbancó al PRI y al PAN (los dos partidos que se alternaban el poder en México por muchos años). Por todo esto, la UPR es relevante para la creación del futuro que el pueblo de Puerto Rico merece – Un futuro diferente, más próspero, más sano, más libre. No podemos darnos el lujo de seguir equivocándonos. El futuro y el desarrollo económico y social de Puerto Rico será muy complejo, pero lo será aún más si no protegemos nuestra Universidad. Yo voy a hacer todo lo que pueda, a esos efectos.

*Junto a Cuba, Puerto Rico tiene algunos de los depósitos más grandes de Cobalto en America y carece de un Instituto dedicado al estudio de sus usos y aplicaciones.

El autor es profesor en UPR – Recinto de Universitario Mayagüez

 

Mano a mano

 

Especial para En Rojo

La humedad asalta mi cuerpo. Su olor es todopoderoso. Lo reconozco, vengo de un lugar que se cuece en lluvias, filtraciones, goteras, hongo, musgo, moho. El sentimiento milenario sobrecoge. Caverna, humedad, olor, oscuridad, frío. Traspasar la puerta es entrar a un tiempo antes del tiempo. Olvido, por momentos, la intervención humana: la excavación, los escalones, los reflectores, la entrada, el museo que antecede el recorrido, el espeleólogo que nos guía, los otros cuatro turistas. No se pueden hacer fotos. No se puede tocar nada. Estupendo; solo caminar, atravesar, mirar, oler, pensar, imaginar. El desafío es hacer turismo intentando no ser turista. ¿Será posible? Difícil olvidar la recién firma inconstitucional de la Ley 82 del 2026 (PS310) que permitiría la imposición del megaproyecto turístico de lujo Esencia en Cabo Rojo a contrapelo de la destrucción del hábitat, la fauna, la flora, los acuíferos, los bosquejos y vida de los caborrojeños.¿Será posible maravillarse en este útero planetario de la cornisa cantábrica, habitado hace al menos 150,000 años, sin dejar huellas? Hemos venido desde lejos para ver la entrañas de ese reborde montañoso que ha sobrevivido al animal humano. No es telón de fondo, como solemos pensar. Es, en sí mismo, protagonista de la vida planetaria; rocas, agua, elevación, sedimento, formaciones geológicas, ecosistemas de la oscuridad y tiempo, mucho tiempo. Hay que caminar en tinieblas sorteando los charcos de agua, para evitar resbalar. Hay que escurrirse por sus paredes sin agarrarse. Hay que contemplar las estalagmatas, columnas formadas por la unión de estalagmitas y estalactitas, renunciando a palpar su cérea materialidad. Aguanta la mano, no puedes tocar, me repito una y otra vez. Un gran desafío. No es tan fácil controlar a la niña que soy ante esta inmensidad.

La cueva de El Castillo, ubicada en Puente Viesgo, tiene un desarrollo lineal de 300 metros, escucho al guía. Descubierta en 1903 por el arqueólogo Hermilio Alcalde del Río supone una de las muestras más impresionantes de la vida en el paleolítico. Se piensa que la habitaron neandertales, hace 41,000 años, y que posteriormente llegaron los hommo sapiens, continúa. Incluso, -y entonces modula la voz para dar énfasis-, hay evidencia científica de la convivencia entre ambas especies hace 30,000 años. Al eco de la voz entusiasmada del guía, atravesamos las entrañas terrestres imaginando las condiciones de vida de esas especies prehistóricas, incluyendo la nuestra. Sobrevivencia: el frío, el hambre, el sueño, el miedo, el apareamiento, la vida misma con su sangre y sudor. También en ese cuento ancestral que labra mi mente insisto hacerle un espacio a la esperanza, a la alegría y al juego, es decir, al arte.

Eufórica, mis ojos van repasando los cientos de pinturas rupestres que atesora esta cueva. Magníficos ciervos, bisontes, cabras perfectamente delineados en ocre o negro aparecen en las paredes. Fíjense en las rayas de este ciervo, señala el guía, el rayado implica aún mayor maestría. Conmueve la destreza ancestral. Emociona ser testigo de la necesidad de expresión datada, con carbono 14 y uranio, entre al  menos 3,500 y 41,000 años. Incluso, se sospecha que las pintadas más antiguas fueron realizadas por neandertales. ¡Por neandertales! Esos primos de cráneo diferente, mayor masa muscular y cuerpos robustos, se nos asemejan demasiado. Tan solo compartimos un 99.8% de su ADN. ¡Tan solo! Me pregunto por la innovación técnica, la mayor adaptabilidad al clima y la creación de redes sociales más numerosas, situación cognitiva de los sapiens que hace décadas se señalaban como razones de la exitosa adaptabilidad de nuestra especie sobre los neandertales.

Seguimos la ruta y aparecen los discos rojos pintados en las paredes rocosas: una serie de puntos granates dispuestos en línea horizontal. Pienso en el carácter simbólico de las figuras, en la plasmación del pensamiento abstracto. !El lenguaje! Ante estos bellos puntos rojos, evidencia material de pensamiento complejo, de abstracción, del pensamiento simbólico de ambas especies, se hace difícil acallar los reclamos de Rita Laura Segato: “Me considero ex humana. Tengo un desprecio profundo por la especie en que me tocó nacer” (“Destellos en la oscuridad”, conversación con Ana Caopardo, abril 2025). Una y otra vez la he escuchado renegar de la especie homo sapiens -con razón, con mucha razón-, al abordar la frontera de humanidad que ha quebrado el genocidio palestino, elaborado y ejecutado frente nosotros, los del planeta completo, sin que ley, carta de derechos humanos, razón, ni humanidad lo detenga.

Continuamos camino por la oscura galería. Al fin las vemos: las rojizas manos en negativo. Unas pequeñas y delicadas siluetas se revelan por el efecto del pigmento soplado sobre la extremidad logrando el contorno de las manos. Por su tamaño se sospecha que son de mujeres.

Dicen que la imaginación corre hacia el futuro, pero igual se arrejunta con la memoria en el pasado e inventa escenas, cuentos de camino, en fin, historia.  Las manos pretenden hablarme. Escucho su lenguaje sordo. Las reconozco. Imagino mi linaje intentando dejar marcas, explorando la durabilidad del pigmento sobre la piedra. ¿Habrán pensado en otra forma de vida futura? ¿Soñarían con una cotidianidad más llevadera? ¿Apostarían por una convivencia más solidaria? Al menos, ¿soñarían con una lectora del futuro? Me aguanto las manos, las mías, también pequeñas para mi tamaño, quisieran encontrarse con alguna de estas setenta y ocho manos en negativo. Quisiera palpar la sororidad ancestral. Decirles que su experimento funcionó. Que han permanecido. Que estoy aquí hoy, leyendo su pintada. Agradeciéndoles su escritura.

 

Huracanes en Puerto Rico: un riesgo en latencia

Marcos A. Quiñones Otero, PPL

Junio marca el inicio oficial de la temporada de huracanes en el Atlántico. Como ocurre cada año, los meteorólogos, las agencias gubernamentales y los profesionales del manejo de emergencias comienzan a monitorear las condiciones atmosféricas y a compartir pronósticos sobre la actividad ciclónica esperada. Sin embargo, más allá de los números, las probabilidades y las estadísticas, existe una realidad que nunca debemos olvidar: no importa cuán activa o tranquila se proyecte una temporada, basta un solo evento para cambiar la historia de un país.

Puerto Rico conoce muy bien esa realidad. Nuestra memoria colectiva está marcada por fenómenos atmosféricos que han transformado comunidades, economías y paisajes. Hemos enfrentado huracanes devastadores, inundaciones repentinas, derrumbes, tormentas severas, sequías prolongadas y fuegos forestales. Cada uno de estos eventos ha dejado pérdidas, pero también enseñanzas. Nos han obligado a reflexionar sobre nuestra vulnerabilidad, nuestra capacidad de respuesta y la importancia de construir comunidades más resilientes.

De esas experiencias surgieron conversaciones necesarias sobre la importancia de fortalecer nuestras comunidades, diversificar las fuentes de energía, proteger la infraestructura crítica, promover la autosuficiencia y desarrollar planes de emergencia familiares y comunitarios. Durante años hemos hablado de resiliencia, mitigación, adaptación y preparación. Sin embargo, hoy debemos hacernos una pregunta incómoda pero necesaria: ¿hemos convertido esas lecciones en acciones concretas?

La preparación no comienza cuando se emite una vigilancia o una advertencia. Tampoco cuando las góndolas de los supermercados quedan vacías o cuando las filas en las gasolineras se extienden por horas. La preparación comienza mucho antes, durante los meses y años de calma. Comienza cuando una familia desarrolla y practica su plan de emergencia, cuando una comunidad identifica a sus residentes más vulnerables y organiza redes de apoyo, cuando los municipios fortalecen sus capacidades de respuesta y cuando los negocios evalúan sus riesgos para garantizar la continuidad de sus operaciones.

Vale la pena reflexionar sobre cuánto hemos avanzado desde las lecciones que nos dejaron los desastres del pasado. ¿Contamos con planes de emergencia actualizados? ¿Conocemos los riesgos específicos de nuestras comunidades? ¿Hemos reducido las vulnerabilidades de nuestros hogares y vecindarios? También debemos preguntarnos si la preparación ha sido equitativa para todos los sectores del país y si la ciudadanía ha tenido una participación real en las decisiones relacionadas con la gestión de riesgos y desastres.

La realidad es que el riesgo no desaparece porque el cielo esté despejado. El riesgo permanece latente. Está presente en una quebrada que puede desbordarse, en una ladera susceptible a derrumbes, en una infraestructura envejecida o en una comunidad que aún no ha fortalecido su capacidad de preparación.

Es importante comprender que los huracanes, las inundaciones, los terremotos y otros fenómenos son amenazas naturales. Los desastres, en cambio, no son naturales. Ocurren cuando una amenaza encuentra condiciones de exposición y vulnerabilidad acumuladas durante años. Una tormenta no se convierte automáticamente en un desastre. Se convierte en desastre cuando impacta comunidades sin preparación, infraestructura frágil, sistemas vulnerables y poblaciones con capacidades limitadas para responder y recuperarse.

Por esa razón, hablar de resiliencia va mucho más allá de recuperarse después de una emergencia. La resiliencia implica la capacidad de anticipar, resistir, adaptarse y transformarse frente a los riesgos. Una comunidad resiliente no es aquella que simplemente sobrevive a un huracán. Es aquella que ha identificado sus vulnerabilidades, ha fortalecido sus capacidades y ha desarrollado mecanismos para proteger a sus residentes antes, durante y después de un evento.

Sin embargo, la resiliencia también debe ser justa y equitativa. No todas las comunidades enfrentan los mismos riesgos ni cuentan con los mismos recursos para prepararse. Existen sectores donde la pobreza, el aislamiento, el deterioro de la infraestructura o el acceso limitado a servicios esenciales aumentan significativamente la vulnerabilidad. Por ello, la preparación, la respuesta y la recuperación ante desastres deben garantizar que nadie quede rezagado. La gestión de riesgos no puede limitarse a proteger infraestructura. Debe proteger personas.

La construcción de resiliencia también requiere fiscalización y participación ciudadana. No basta con reaccionar cuando ocurre una emergencia. Es necesario evaluar críticamente las políticas públicas, los proyectos de desarrollo y las decisiones que afectan nuestro territorio. En momentos en que se discuten cambios al sistema de planificación y permisos, así como propuestas y proyectos con posibles impactos sobre nuestros recursos naturales y comunidades, resulta indispensable preguntarnos si estas decisiones contribuyen a reducir riesgos o si, por el contrario, aumentan las vulnerabilidades existentes. La planificación no debe verse como un obstáculo para el desarrollo, sino como una herramienta para garantizar que el desarrollo ocurra de forma segura, justa y sostenible.

Por eso, la planificación y el manejo de desastres deben caminar de la mano. Una planificación estratégica, participativa y basada en la reducción de riesgos permite identificar amenazas, orientar el desarrollo hacia lugares más seguros, proteger recursos críticos y fortalecer la capacidad de las comunidades para enfrentar futuros eventos. Una comunidad preparada no surge por casualidad. Es el resultado de decisiones conscientes, inversiones responsables y una visión de futuro que coloca la seguridad y el bienestar colectivo en el centro del desarrollo.

Los desastres nos ponen a prueba, pero también revelan las consecuencias de nuestras decisiones colectivas. Muchas veces hasta construimos el riesgo. Cada proyecto mal ubicado, cada riesgo ignorado, cada ecosistema degradado y cada vulnerabilidad desatendida aumentan el costo humano, social y económico de la próxima emergencia. En un país expuesto constantemente a amenazas naturales, prepararnos no consiste únicamente en responder cuando ocurre una crisis. Significa asumir la responsabilidad de fiscalizar, planificar y actuar con visión de futuro. Significa construir comunidades más seguras, más justas y más resilientes antes de que llegue la próxima tormenta. El costo de la inacción siempre termina siendo mayor que el costo de la prevención.

El autor es geógrafo, planificador y consultor en manejo de desastres