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A 59 años de la  Fundación de la Misión de Puerto Rico en Cuba Juan Mari Brás

Fidel Castro saluda a Juan Mari Brás en su visita a la Misión. Foto Archivo CLARIDAD/Félix Cordero

 

 

Especial para CLARIDAD

Cuando el Ejército Rebelde dirigido por Fidel Castro Ruz llegó triunfante a la Habana el 1 de enero de 1959, luego de derrocar al dictador Fulgencio Batista Zaldivar, a pocos días se fundó en Puerto Rico el Movimiento Pro-Independencia (MPI), antecesor histórico del Partido Socialista Puertorriqueño ( PSP) y del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH). Ambas organizaciones antillanas se hermanaron por los colores rojo y negro de sus respectivas banderas y por la voluntad de brindarse  solidaridad en sus luchas anticoloniales por la autodeterminación y la Independencia.  Esa relación se fortaleció al proclamarse el carácter socialista de la Revolución, luego de la victoria frente a los mercenarios de Playa Girón en abril de 1961, vinculación que ha continuado desde la fundación del Partido Comunista de Cuba en 1965 hasta el presente.

La Misión de Puerto Rico en Cuba se fundó el 8 de marzo de 1966, bajo la dirección del compañero Juan Mari Brás,secretario general del MPI. Ésta se ha reconocido por 59 años como nuestra única embajada. Las perspectivas de hermandad y solidaridad antillana que se manifestaron desde su fundación surgieron de los principios de una lucha por la Independencia y defensa de la soberanía nacional, luchas que datan desde el colonialismo español y que cobraron mayor fuerza ante los intereses imperialistas de los Estados Unidos a partir de 1898. Desde Puerto Rico, organizaciones fraternas como la Federación Universitaria Pro Independencia, FUPI,  también establecieron relaciones con la Revolución Cubana a través de sus delegados ante la Organización Continental Latinoamericana de Estudiantes (OCLAE), con sede en Cuba. La Misión se constituyó en un espacio de coordinación y de unidad cubano-boricua, latinoamericana y caribeña, con la meta de ampliar la solidaridad y hermandad regional. El independentismo participaba del trabajo de organismos como el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), el Consejo Mundial de la Paz, la Organización  para la Solidaridad con Asia,  Africa, América Latina  (OSPAAAL) y la Federación Democrática Internacional de Mujeres (FDIM), entre otros.

El trabajo de la Misión  ha estado  a cargo de un o una delegada  que coordina sus diversas  tareas y que actualmente rinde cuentas a la dirección del MINH en Puerto Rico.  Entre las asignaciones principales del delegado o delegada de la Misión está el seguimiento a la participación de Puerto Rico en foros internacionales, atención a la relaciones con otros gobiernos y con organizaciones homólogas en Cuba. Ejemplo de ello fueron las gestiones  conducentes a las  Conferencias de Solidaridad con la Independencia de Puerto Rico en Cuba (1975) y México y otras múltiples iniciativas del independentismo a lo largo muchos años. En lo particular, puedo dar cuenta del apoyo de Puerto Rico en la fundación del foro de las Organizaciones Antimperialistas del Caribe, en 1983.

Desde agosto del 2004, cuando se fundó Movimiento Independentista Nacional Hostosiano, el MINH  ha preservado con mucho esmero la responsabilidad política de la Misión. Vale destacar que la gestión de la Misión se realiza desde una perspectiva amplia y con apoyo de otros esfuerzos puertorriqueños afines con Cuba Socialista, incluyendo la denuncia al bloqueo, las violaciones a su soberanía y la promoción de  campañas de apoyo político y de intercambio cultural. Es así que, a pesar de los esfuerzos maquiavélicos y perversos, el gobierno de Estados Unidos no ha podido quebrar la amistad, el amor y la solidaridad cubano-boricua, expresado desde diferentes niveles de trabajo con la Revolución Cubana.

Los trabajos  de la Misión se han ampliado. A lo largo de esta trayectoria de seis décadas de la Misión, el MINH ha preservado relaciones formales y solidarias, con un profundo respeto hacia las instituciones cubanas, especialmente con el Partido Comunista de Cuba y sus organizaciones afines. Entre estas organizaciones,  se encuentran la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), la Unión de Juventudes Cubanas (UJC), Casa de las Américas y el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), estando lejos de agotar la lista. Las  gestiones cotidianas de la Misión incluyen la divulgación y actualización de la situación en Puerto Rico, campañas internacionales, comunicación con foros y entidades diplomáticas, divulgación y participación en eventos políticos, profesionales, deportivos, académicos y culturales que se realizan en Cuba. Esta relación y calor humano revolucionario dista mucho del sello de terroristas que le ha impuesto perversamente el imperialismo a Cuba, solo por ser —a pesar del bloqueo— El primer territorio libre de América.

La Misión de Puerto Rico Juan Mari Brás inicia la celebración de los  60 años

La Misión de Puerto Rico en Cuba Juan Mari Brás celebrará su tradicional fiesta de aniversario el domingo 16 de noviembre  2025, de 1 a 6 p. m., en el Centro de Bellas Artes de Coamo. Habrá casa llena de Amigos y Amigas  de la Misión, quienes  harán un reconocimiento al sector ambientalista de Puerto Rico; en sus luchas por la defensa del territorio, el derecho a la salud y a la calidad del ambiente. Uno de los asuntos que tendrá visibilidad será la denuncia mundial del calentamiento global y el cambio climático, cuyas consecuencias fueron advertidas por el Comandante Fidel Castro Ruz.  Amigos de la Misión también se ha expresado en la denuncia al Proyecto Esencia de Cabo Rojo, a la par que con la defensa de las playas de Puerto Rico y  la desmilitarización de los terrenos de Vieques y Culebra. Como sabemos, hay un repudio global a las amenazas contra la paz del Presidente Donald Trump y los crímenes de personas inocentes en el Caribe para adueñarse del petróleo venezolano y derrocar al presidente Nicolás Maduro. Las acciones filibusteras de Trump se esconden en el discurso  contra  el narcotráfico.

ÚLTIMA HORA

El MINH y  Amigos y Amigas de la Misión estarán haciendo una colecta a favor de los damnificados por el huracán Melisa a su paso por Cuba. En dicho esfuerzo estará participando el compañero Edwin González Vázquez, delegado de la Misión de Puerto Rico, quien nos visita con motivo del 59 aniversario de la fundación de la Misión. Se indicó que se  estarán recibiendo donativos a través de ATH móvil, 787-309-0908, y de manera presencial en la actividad del Centro Convenciones de Coamo, el domingo, 16 de noviembre.

 

 

 

 

En Reserva-Cambio y fuera, de Sylma García Gónzalez

Reseña de Walkie Talkie

Especial para En Rojo

En Walkie Talkie: Cambio y fuera, novela ganadora del Premio Barco de Vapor 2025, Sylma García González ofrece una narración que desafía los modos tradicionales de representar la memoria, la familia y la tecnología en la literatura infantil puertorriqueña. La historia presenta a Nico, un niño que después de romperse una pierna pasa un periodo de descanso con sus abuelos en Aguada. Allí y mediante el uso de un dron y un walkie-talkie, se verá envuelto en un misterio que lo conectará con eventos de un pasado olvidado. Con una prosa ágil y precisa, la autora construye un relato que entrelaza generaciones y territorios, donde la infancia se articula como un diálogo mediado por la tecnología y la imaginación. La novela se sostiene sobre tres ejes fundamentales: el desplazamiento geográfico de la trama hacia Aguada, el uso de la tecnología como herramienta de reparación y descubrimiento y la figura de los abuelos como agentes de transformación.

El primer eje de la novela, el desplazamiento de la trama del Área Metro a Aguada, opera como un gesto de descentralización estética y simbólica. Al situar la acción fuera de las coordenadas metropolitanas y de los espacios urbanos que suelen dominar la literatura infantil y para jóvenes, García expande el mapa literario puertorriqueño. Aguada no aparece aquí como un escenario periférico, sino como un centro de significación propio, con su geografía, ritmos y lenguajes particulares. Esta elección reconfigura las posibilidades narrativas del país, desplazando el binomio “San Juan-La Isla” hacia una pluralidad de voces y paisajes que resisten las jerarquías geográficas impuestas por el centralismo cultural. En este sentido, Walkie Talkie: Cambio y fuera, se vuelve un ejercicio de redistribución del territorio simbólico. Contar desde Aguada es también reimaginar a Puerto Rico desde sus “márgenes”, sin necesidad de que estos sigan definiéndose en función del centro.

En segundo lugar, los abuelos que introduce la novela, Yelin y Nilsa, no son guardianes pasivos de un pasado idílico ni símbolos fosilizados de una identidad rural idealizada. García González los presenta como figuras activas en la crianza del protagonista y como pilares emocionales de una comunidad que se rehace constantemente entre pérdidas y resistencias cotidianas. Su sabiduría no proviene de la nostalgia, sino de la experiencia viva, de una capacidad de adaptación que los convierte en mediadores implícitos entre el pasado y el presente. En lugar de refugiarse en un “antes” idealizado, los abuelos se abren al diálogo con la tecnología y con las nuevas generaciones, ofreciendo una visión de la tradición como fuerza en movimiento. Así, García González desmonta el imaginario del pasado bucólico sin contexto histórico que tantas veces ha servido para romantizar la historia puertorriqueña, reemplazándolo por una memoria activa.

En tercer lugar, la incorporación de la tecnología (walkie-talkies, drones y cámaras) no amenaza a la experiencia de la niñez ni la identidad nacional, sino como que sirven como instrumentos de mediación y memoria. García González evita el tono alarmista que en ocasiones suele acompañar el tratamiento literario infantil de lo digital, mostrando en cambio cómo las herramientas tecnológicas pueden usarse para explorar un pasado oculto y, a la vez, para conectar generaciones. En la novela, la tecnología no reemplaza el vínculo humano, sino que lo amplifica. Esta permite que el protagonista, Nico, escuche voces olvidadas, reconstruya paisajes borrados y entienda su propia historia familiar desde una perspectiva más amplia. El acto de escuchar por el walkie-talkie, de mirar a través del dron, se convierten en una forma de arqueología afectiva y social, donde los dispositivos electrónicos son aliados en un esfuerzo reparativo que une memoria y presente.

Finalmente, estos tres ejes se amplifican por las ilustraciones de Joshua Díaz Zambrana, que sitúa a los personajes en un entorno reconocible y contemporáneo. Hay balcones con barandales metálicos, cables eléctricos, camiones de reparto y farolas que evocan la cotidianidad urbana actual. Por ejemplo, en una de las ilustraciones, Nico se asoma desde el balcón junto a su gato, Botines, sosteniendo un walkie-talkie mientras habla hacia la calle donde otro niño, que se tapa los oídos, abrumado por el ruido o la emoción del mensaje. La imagen esta dividida por una línea diagonal que divide el presente, en color, y el pasado, en sepia. La composición conecta a ambos espacios y temporalidades como una extensión del juego y la comunicación entre los personajes. Así las imágenes guían al lector en los actos de observación y descubrimiento que impulsan la trama.

En conjunto, Walkie Talkie: Cambio y fuera, se presenta como una novela profundamente ingeniosa que reconfigura las relaciones generacionales, espacios y medios. García González escribe con una sensibilidad que reconoce la fragilidad del tiempo, celebra la capacidad humana de jugar, imaginar y comunicarse entre la incertidumbre. Su obra, ante todo divertida, demuestra que la literatura infantil puede dialogar con la tecnología y con geografías múltiples sin perder su anclaje afectivo ni compromiso con la historia.

 

 

 

Tetilla a la vinagreta (Relato con olor a salitre y risas a destiempo)

Especial para en Rojo

Fue en el 1998, Georges nos apagó el país como si fuera un switch de nevera vieja. Arecibo quedó con la resaca en la calle y la luna metida en los bolsillos de la gente. Sin luz, sin agua y con la cabeza caliente, a mi querido hermano Fernando Marques se le ocurrió la brillantez de siempre: “vamos a figuear”. Le hicieron coro Kelvin, Jose L Lecaroz y un par de locos más; yo me apunté de colado, con equipo prestado, la dignidad propia y cero arpón—como buen extra en la película del desastre.
Salimos por Caza y Pesca hasta el Peñón de Mera. El mar estaba bravo, con esa tos de perro viejo que traen los huracanes: olas altas, corrientes de mal humor. Por si acaso, amarramos botellas de coolant vacías con soga, chalecos salvavidas de pobreza creativa. Entrar fue una ceremonia: la primera ola te bautiza, la segunda te catequiza, la tercera te pregunta si de verdad quieres vivir.

La visibilidad era un recuerdo. El agua enturbiada nos comía los ojos. Íbamos a matar tiempo, no peces. A ratos, asomaban sombras de manta raya y una gata con sueños de tiburón nos cortó el paso por pura disciplina. Yo cargaba una malla: el hermano menor siempre va de principiante. En eso Jose mete un figazo y ensarta un peje puerco—boca chiquita, dientes de tacaño y malicia de esquina. Lo eché a mi saco, que ya era mortaja de nylon.
La pesca fue triste como promesa de político: casi nada. Viramos para la costa con el mar empujándonos de espalda. Y ahí, justo cuando la historia pedía un narrador serio, llega una ola descarriada, me da por debajo, me pega el saco al pecho y el condenado peje puerco, que ya nadaba con rosario, decide celebrar su último acto mordiéndome la fucking tetilla. No aflojó. Yo gritando debajo del agua, Jose señalando y doblado de la risa (debajo del agua), y el peje puñetero masticándome con entusiasmo de primer beso en autocine. Entre su sangre y la mía armamos un Bloody Mary de cantazo, sin celery y con sal de arrecife.
Lo agarré con la mano para despegarlo, regalo incluido: me dejó clavado un cuerno en la palma. Marcador parcial: Peje Puerco 2 – Yo 0.

Salí del agua encabronado, con aspiraciones de Aquaman pero presupuesto de extra de novela. Pecho sangrando, chapaletas puestas, pulmones en huelga, agarré al cabrón con intención pedagógica: “¡Muérete ya, maldito cabrón!”, y lo empecé a meter contra las piedras de la orilla como si fueran tambores. Sonó bonito. Lo que no sonó fue la alarma de sentido común: en la coreografía me trepé, sin saberlo, sobre varios erizos negros, de los gordos, que traspasaron las chapaletas y me firmaron los talones con once puntitos de tinta permanente. Grité de nuevo, esta vez con eco, y terminé dándole al peje puerco contra los erizos, como si quisiera completar la tabla periódica del sufrimiento marino.
En la orilla, al margen de mi ópera bufa, estaban los viejos de Arecibo: pescadores con el mar tatuado en la piel y la concha del caracol resonándoles en la mirada. Fumaban, reían bajito, sabios como el silencio antes del marullo. Uno, sin quitarse el cigarro de la comisura, cantó el pregón que se me clavó más que las espinas:
—“¡Mira pa’ allá el Sea Hunt del barrio Jareales: sin arpón, sin pez y sin pezón!”
Las carcajadas pegaron con la brisa. (Recuerdo pensar que cómo hablaban y reían sin que el cigarrillo se soltara del labio) Yo, cojo del orgullo y de los pies, seguí con mi liturgia de golpes, mientras el peje puerco, ya filosófico, parecía recitar epitafios en burbujas. A Fernando le temblaba la risa y la compasión a la vez; Kelvin me ofrecía ayuda con ese tono que no sabe si vendarte o grabarte; Jose, juez y parte, contaba los puntos como si fueran canastas de torneo. Yo apenas me sostenía, un Cristo de chapaletas atravesado por once Lanzas de San Erizo.
Cuando por fin dejé al enemigo en paz—o a la paz sin enemigo—me senté a sacar espinas con el orgullo entre los dientes. Cada pullazo dolía como si el huracán hubiera decidido quedarse en mis talones. Me fui enterando de mí: de cuánta bobería cabe en un universitario sin luz ni agua; de cómo una malla puede ser trampa de uno mismo; de que la furia pesa, pero el mar siempre pesa más. A veces el océano te enseña cariño a mordiscos y disciplina a punta de erizo.

Los viejos siguieron fumando, como si fueran faros. Uno de ellos me pasó una mirada que era un consejo sin palabras: aprende, nene. Yo asentí con la tetilla ausente y la lección presente. El saldo quedó anotado en mi libreta de carne: pez puerco arriba 2-0, erizos 11-0, dignidad suspendida, risa colectiva aprobada con honores.
Esa noche, sin bombillas y con velas que parecían luciérnagas cansadas, pensé en la metáfora exacta del mar como un maestro que te pasa la mano con lija, la memoria es un puerto y cada cicatriz, un barco varado: yo tenía un muelle nuevo en el pecho y otro en los talones. Y entendí que no hay tragedia sin el chiste que la salva ni comedia sin la sangre que la sostiene. El país seguía a oscuras, pero el cuento ya tenía luz propia, ese bombillito cruel y cariñoso que prenden los viejos pescadores cuando se burlan para bautizarte de verdad.
Estuve cojo un mes. Evité el tema una década. Pero hoy lo cuento porque a veces la vergüenza es sólo sal pegada a la piel: duele al principio, cura después. Y porque todavía, cuando paso por Caza y Pesca y respiro el yodo, me llega, como una ola tardía, la voz de aquel viejo con colmillo de mar:
—“Aquamán, no te apures, que el pez vuelve… la tetilla, no.”

 

Monseñor Ángel Luis Ríos Matos: un obispo con olor a libertad

Foto suministrada por el autor

 

 

Especial para En Rojo

“Para recordar con fe, gratitud y esperanza la gesta de Jayuya en defensa de la libertad y la identidad de Puerto Rico”, así se expresó el obispo de Mayagüez, monseñor Ángel Luis Ríos Matos, con ocasión de la homilía que ofreció en el contexto del 75.º aniversario de la Revolución de Jayuya en 1950. Esto confirma que, en las últimas décadas, la Iglesia católica puertorriqueña ha desempeñado, en el accionar de algunos obispos, un papel clave en la articulación de exigencias y reclamos liberadores en el escenario colonial del archipiélago puertorriqueño.

Haciéndose eco de la praxis sociopolítica del obispo ya fallecido, Antulio Parrilla Bonilla, y de los prelados latinoamericanos que vivieron su fe conforme a la teología de la liberación a lo largo y ancho de América Latina, nuestros obispos han reafirmado de manera sostenida un evangelio cercano a los pobres y un claro reclamo político a favor de la descolonización de Puerto Rico.  El pasado 30 de octubre de 2025, monseñor Ángel Luis Ríos Matos, volvió a presentar un discurso vivificante en torno a la necesidad de cultivar y defender el proceso de autodeterminación de Puerto Rico, sumándose a la lista de los hombres y mujeres de fe que, por medio de su praxis, profetizaron un mundo diferente y justo.

Para este representante de la Iglesia católica —actual vicepresidente de la Conferencia Episcopal Puertorriqueña—, la conmemoración de Jayuya no debe fundamentarse en expresiones de violencia o resentimiento, sino constituirse como un espacio de oración que fortalezca el compromiso ciudadano a favor de la nación.  Asimismo, en su homilía de alto valor liberador, señaló un elemento muy elocuente cuando afirmó: “La patria nos pide que ayunemos para que se rompan las cadenas de la injusticia y la opresión”.

En su análisis, comparó la situación de Palestina con la de Puerto Rico y demandó para ambas naciones la libertad y la justicia.  En virtud de la dinámica que exhibe la teología de la liberación, este prelado puertorriqueño se inscribe en la corriente de la hermenéutica bíblica para anunciar el carácter liberacionista del evangelio.  Así lo expresó: “La Iglesia nos pide que no seamos parciales y, si se es, debe ser a favor del pobre. Toda la Biblia es una historia de liberación nacional y espiritual, desde el Éxodo hasta los profetas”.

También planteó que la Iglesia católica, en el ámbito internacional, ha respaldado la independencia de los pueblos, por lo que se debe seguir en esa lucha histórica y esta —lejos de constituir una búsqueda de supremacía— debe entenderse como un camino a la consecución de la justicia y fortalecimiento de la identidad puertorriqueña. De ahí que el obispo Ríos Matos apunte lo siguiente: “Servir a Dios es servir a favor de la libertad.  El Grito de Jayuya fue eco del mismo espíritu de la Biblia, que es el deseo genuino por liberar a los pueblos oprimidos”.

De igual manera, en su homilía recordó a don Pedro Albizu Campos y citó algunas de sus frases históricas a tono con la ineludible conexión entre Dios y la patria.  El líder católico dijo en el púlpito acompañado por la monoestrellada: “La patria es valor y sacrificio y quien no ama a su patria no ama a su madre ni tampoco ama a Dios.  Nuestra lucha no es contra la carne ni la sangre, sino contra las huestes infernales del colonialismo”.

Definitivamente, el obispo Ángel Luis Ríos Matos certifica la presencia de una corriente dentro de la Iglesia católica de Puerto Rico que persigue sistemáticamente no solo la emancipación política de Puerto Rico, sino que también la promoción de la justicia y el bienestar colectivo. De esta forma lo sintetizó: “Que Jayuya nos inspire a ser constructores de una libertad que nace de la fe, que busca el bien común, la solidaridad y el servicio”.  Enmarcado en la posición del entonces papa Francisco cuando trató el tema de la liberación de los pueblos, el obispo Ángel Luis Ríos Matos fue más que emblemático al pronunciar sin ningún tipo de ambages la frase: “Viva Puerto Rico Libre”, cristalizando así su discurso plenamente profético.

El autor es maestro, misionero e investigador de la Iglesia.

Frankenstein

 

 

 

Especial para En Rojo

 

Frankenstein, la novela de Mary Shelley, me tocó profundamente cuando la leí en la escuela superior y cuando la releí en la UPR durante la primera mitad de los 90. Pensándola desde este punto en mi vida y sin haberla releído en más de treinta años, creo que recuerdo sus preguntas principales (y espero no equivocarme porque la memoria me traiciona constantemente): ¿Debemos de crear vida? Si la llegáramos a crear, ¿podríamos los humanos ser el modelo a seguir? ¿O nuestras limitaciones mentales, obsesiones y prejuicios terminarían con esa vida y/o con nosotros mismos? La novela en parte trata sobre la soberbia de un mortal que asume el poder de un dios al crear vida y las consecuencias de estos actos. Sin embargo, una vez creada esta vida, la novela adentra en el desarrollo de la conciencia de la criatura en un mundo tan maravilloso como tan destructivo. En mí resuenan más la inocencia de la criatura, el abuso de su padre, el repudio de todos los humanos, la compasión del hombre ciego, su insistencia en encontrar un acompañante (necesidad que su propio padre le niega por el asco que siente Víctor Frankenstein hacia la criatura), su ira destructiva y su encuentro final con el padre moribundo. Aunque la criatura puede llevar el apellido de Frankenstein, prefiero llamarlo de otra manera porque el personaje nunca se nombra a sí mismo y me niego a darle el nombre de su opresor. Además, no quiero relacionar a la criatura o al monstruo con los humanos que lo destruyen. En este artículo, uso la palabra humanidad para referirme a todas las fallas humanas que llevan al monstruo a sus acciones más terribles. Pero mi consideración no es con la obra de Shelley, sino con algunas de las películas inspiradas en la novela. Las películas son independientes al libro y, aunque comparten elementos, estas no son simples ilustraciones de escenas de la novela.

Las tres películas de Frankenstein que establecieron mi gusto por el monstruo (Boris Karloff) fueron Frankenstein (dir. James Whale, EE.UU., 1931), Bride of Frankenstein (dir. James Whale, EE.UU., 1935) y Son of Frankenstein (dir. Rowland V. Lee, EE.UU., 1939). Siempre llevaré presente los detalles bizarros de estas películas que incluyen las pequeñas creaciones del Dr. Pretorius (Ernest Thesiger), entre las que cuentan un diminuto Enrique VIII que no puede controlar su apetito sexual en Bride of Frankenstein, y el Ygor de Bela Lugosi, que me aterraba más que la misma criatura en Son of Frankenstein. De hecho, Ygor es un personaje esencial ya que este responde a la necesidad de compañía que tiene la criatura a través de las tres peliculas y que Henry Frankenstein (no Victor, como en las novelas, actuado por Colin Clive) siempre le negó.

En la primera película de James Whale, Frankenstein (1931), la criatura ahoga sin querer a Maria (Marilyn Harris), una niña que jugaba con flores a la orilla de un río. La niña, el único personaje que no se horroriza con su físico, juega inocentemente con el monstruo tirando unas flores que flotan en el agua. Cuando se terminan las flores, la criatura lanza a la niña al agua, quizás pensando que esta también flotaría. Este es el único momento en la primera película donde la criatura siente una conexión humana. Pero el lente insiste en enfatizar su rol convencionalmente monstruoso. Cuando esta tira a la niña al río, notamos por menos de un segundo la desesperación y la confusión en la expresión de la criatura, pero un corte torpe de edición nos priva de ver el impacto emocional de su acción. Whale, o quizás el editor, o quizás algún productor que insistía en enfatizar el elemento de horror, justifican el terror de los habitantes del pueblo al acortar la demostración emocional del monstruo.

Sin embargo, en Bride of Frankenstein, Whale utiliza la necesidad de compañía de la criatura como el motor principal de la acción. En la secuela, la criatura conoce un ermitaño ciego (O.P. Heggie) que lo invita a sentarse a la mesa. El viejo le da comida, bebida y hasta un cigarro. Inclusive, el ermitaño le enseña a hablar. Pero estas escenas de comunidad concluyen cuando unos cazadores encuentran a la criatura en la casa, la toman como una amenaza y la cabaña del anciano termina en llamas. Su búsqueda frustrada de contacto humano lleva a la criatura a pedirle a Frankenstein la creación de un acompañante. Por esto, el maligno Dr. Pretorius y Henry crean a la novia (Elsa Lanchester). No obstante, cuando la novia reacciona horrorizada al ver a la criatura, el monstruo destroza el laboratorio. Este solo permite a Henry Frankenstein y a su novia, Elizabeth (Valerie Hobson), escapar la destrucción. La criatura salva a su padre cruel y adopta la visión de su propia monstruosidad al inmolarse al final junto al terrible Pretorius y la novia. De esta manera, la corrupción ha sido eliminada del mundo y se reestablece la normalidad.

Por otro lado, la saga continúa en Son of Frankenstein muchos años después de la muerte de Henry Frankenstein. Rowland Lee, que tomó el lugar de Whale como director, retorna al monstruo original quitándole el poder del habla a la criatura y desligándose de los sucesos en Bride of Frankenstein. Inclusive, en esta película, la criatura viste una camisa de piel, deshumanizándolo aún más. En esta segunda secuela, la criatura se alía a su único amigo, Ygor, que fue condenado a la pena de muerte por robar cadáveres para Henry Frankenstein. Por un extraño suceso que nunca se explica claramente, Ygor sobrevive a la horca y es dejado en libertad. Ygor usa a la criatura para vengarse de todos aquellos que lo condenaron. A todo esto, Wolf von Frankenstein (Basil Rathbone) regresa al pueblo porque quiere vivir en las tierras de su familia. Aunque Wolf lucha por desligarse del legado de su padre, Ygor lo convence de que lo ayude a despertar a la criatura del coma en el que ha caído. La inocencia de la criatura persiste en esta tercera película. Esto no solo se ve en cómo Ygor se aprovecha de su ingenuidad, sino en cómo el monstruo trata al hijo de Wolf. El niño habla sobre las visitas nocturnas del gigante que juega con él en su cuarto. Al final de la película, el dolor de la criatura ante la muerte de Ygor refleja su desesperación ante la pérdida de su único amigo. Pero este despliegue de sensibilidad se deshace cuando la criatura amenaza con lanzar al niño a un pozo de azufre hirviendo. De esta manera, la humanidad de la criatura que Whale gradualmente construye en Frankenstein y Bride of Frankenstein, se viene abajo al final de Son of Frankenstein.

El afecto que busca la criatura en Frankenstein y que pierde trágicamente en Bride of Frankenstein lo llevan a su última acción desesperada en Son of Frankenstein. Al final, el monstruo descansa en su baño de azufre, recordándonos la rebelión de Satanás a la tiranía del paraíso en Paradise Lost.

La semana que viene continuaré esta conversación con el Frankenstein de Guillermo del Toro.