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Claridad: ¡Hasta la victoria de la idea!

Asistir el pasado martes 10 de diciembre a la premier del documental fue una experiencia gratificante. Poder encontrarse con algunos de los compañeros y compañeras que nos han acompañado a lo largo del camino fue una gran alegría. Escuchar anécdotas de quienes estuvieron mano a mano (con maquinillas de fondo sonoro) con los fundadores es una escuela.

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Ver el documental, ese homenaje y testimonio de reconocimiento a los fundadores, a todos y todas los(as) periodistas, artistas gráficos, fotógrafos(as), a la gente de Impresora Nacional y comunicadores que lo han sostenido y publicado a través de las décadas, aún en medio de las más azarosas circunstancias fue conmovedor. La organización y estructura de imágenes y sonidos (textos, entrevistas, excelente música), determinaron un tipo de documental puro, fresco, ameno e informativo. La edición permite que en poco más de una hora seamos testigos de cómo CLARIDAD se convirtió en pionero de la visibilización de las luchas sociales, salvaguarda de manifestaciones culturales, vehículo para difundir nuestra historia haciendo historia. También se muestra lo duro que ha sido sostener por tantos años un medio que cuestiona y se enfrenta a los poderes.

Filmes Zapatero, contribuye con este documental a la conservación de la memoria histórica del periodismo independiente en Puerto Rico. Agradecemos infinitamente a Kacho López Mari y Tristana Robles, cerebro y corazón de Filmes Zapatero su entrega incondicional y amorosa a este proyecto, así como a la dirección y producción general del documental. Gracias a Santiago Benet Mari, por la cuidada fotografía y a Mario Estrada Mari, por la música original. Agradecemos a todo su equi:Irene Alberty Cardona, María Angeliz Torres Santos,  Juanky Alvarez, Lara Ricardo Cruz, André Lugo, David Moscoso Espinosa, Lorraine Rodríguez y a la gente de DYAD por acompañarlos y acompañarnos en esta locura.

Esta fotos son una muestra de esa noche de estreno en la que agradecemos a todas nuestras lectoras y lectores, y a los asistentes que nos hicieron el honor de estar allí.  Pendientes a próximas presentaciones.

Rafa Acevedo
Director En Rojo

Para cerrar el año: estrenos de diciembre

María Cristina / En Rojo

La calidad de los estrenos de noviembre y diciembre es en verdad admirable ya que hemos tenido la oportunidad de ver una mirada satírica al pensamiento nazi (Jojo Rabbit), recreaciones de las invenciones de los últimos 20 años del siglo XIX (The Aeronauts), una mirada muy particular a uno de los personajes más queridos de la televisión pública estadounidense (A Beautiful Day in the Neighborhood) y dos filmes de acción imparable cuyos protagonistas son afronorteamericanos (Queen & Slim y 21 Bridges).

Jojo Rabbit

Director y guionista: Taika Waititi; autora: Christine Leunens; cinematógrafo: Mihai Malaimare, Jr; elenco: Roman Griffin Davis, Thomasin McKenzie, Scarlett Johansson, Taika Waititi, Sam Rockwell, Rebel Wilson, Alfie Allen, Stephen Merchant, Archie Yates

Este filme fue el gran ganador en el Festival de Cine de Toronto de septiembre y ya ha sido nominado para premiaciones en 2020, incluyendo los Golden Globes en las categorías de Mejor Comedia y Actor. Esta excelente sátira de humor negro al estilo de MASH (1970, Robert Altman) y Catch-22 (1970, Mike Nichols) ubica su historia en un pequeño pueblo alemán en 1944 donde el protagonista es un niño de 10 años cuyo sueño es pertenecer a la juventud Nazi. Vive con su madre—quien no comparte su entusiasmo—en una casa donde el padre está ausente, supuestamente peleando en el frente italiano, y su hermana mayor acaba de morir de influenza. Como su madre tiene tareas dentro y fuera de la casa, Johannes (JoJo) ha creado un amigo imaginario con nombre, atuendo, y físico de Hitler. Lo llama Adolf y le pide consejos de cómo mejor servir a la causa Nazi para que todos estén orgullosos de él. Su amigo real, Yorki, comparte su entusiasmo, pero es mucho más realista, aunque sigue las órdenes de sus superiores para poder ser un buen soldado. Entre estos superiores se encuentra Fraulein Rahm (Rebel Wilson) que enseña a los chicos a quemar libros y los equipa con armas, aunque no sepan usarlas. También está el Capitán Klenzendorf (fabulosamente interpretado por Sam Rockwell) que está hastiado de una guerra donde ya perdió la visión de un ojo y ahora lo tienen a cargo de un campamento tipo ‘Boys Scout’, y luego pasará a trabajos sin importancia.

Aunque sus primeras experiencias son bastante traumáticas, JoJo insiste en que quiere ser un buen Nazi y trata de seguir todas las órdenes que le dan sin cuestionar nada. Su madre, Rosie, trata de no tomarlo en serio y de darle el amor y la atención que tanto añora. Pero ella también tiene su llamado en esta guerra que es, precisamente, lo contrario de su hijo. El amigo imaginario de JoJo comenzará a esfumarse cuando descubre a Elsa, una adolescente que se esconde en la buhardilla de la casa porque es judía, toda su familia ha sido arrestada y desaparecida y solo queda ella. Elsa será su gran aprendizaje porque con ella descubrirá otras verdades que lo llevarán a borrar su fanatismo.

Taika Waititi es un director neozelandés, atrevido e irreverente, que ha hecho un excelente filme que cuestiona la realidad de un pasado desde una mirada humana. Deja a un lado el sentimentalismo de la mayoría de los filmes sobre Nazismo—con la excepción de Inglourious Basterds (2009, Quentin Tarantino)—lo que ha hecho que ciertos críticos no aprecien su genialidad.

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The Aeronauts

Director: Tom Harper; guionistas: Tom Harper y Jack Thorne; autor: Jack Thorne; cinematógrafo: George Steel; elenco: Felicity Jones, Eddie Redmayne, Himesh Patel, Phoebe Fox, Tom Courtenay, Tim McInnerny, Vincent Perez, Rebecca Front, Anne Reid.

Mucho antes de los inventos que llevaron a los aviones de hoy en día, los globos—ese en el que Cantinflas y David Niven viajan por el aire y coordinan con barcos de vapor y ferrocarriles para darle la vuelta al mundo en 80 días (1956)—eran la gran atracción por desafiar todas las teorías de su habilidad de transportar personas a miles de metros de distancia de la tierra. Como sucedía con mucha frecuencia en el siglo 19, el globo y sus tripulantes eran otro atractivo circense para un público hambriento de cosas nuevas para asombrarse. Y así precisamente es que se presenta el viaje en globo del 5 de septiembre de 1862 donde el astrónomo/meteorólogo, James Glaisher, junto a Amelia Wren, su piloto y conocedora de todo lo que atañe al manejo del globo, parten hacia las nubes para experimentar los límites que pueden alcanzar. Aunque la motivación de Glaisher es avanzar la ciencia y explorar la posibilidad de que se pudiera predecir las condiciones del tiempo, para lograr su financiamiento tiene que complacer a los donantes y convertirlo en un espectáculo, gracias a la habilidad de Amelia de complacer a su público.

Una vez fuera del ojo público, Amelia se concentrará en cuidar del globo para que la travesía sea lo más segura posible a pesar de las condiciones del tiempo y de la agenda de Glaisher. Se encontrarán con cambios climáticos para los que no están preparados, especialmente el frío a esa altura, y que su equipo irá perdiéndose según las necesidades de subir o bajar el globo. Llegarán subir a 8,000 pies de altura y lograrán que la Academia de las Ciencias reconozca este nuevo campo.

La base central de la historia—contada con hermosa y temible cinematografía—se basa en los experimentos de James Glaisher y Henry Coxwell, quienes hicieron esta travesía. El director Tom Harper insertó en la creación de personajes a otras mujeres, como Sophie Blanchard, que eran pilotos de estos globos, aunque el público solo las viera como animadoras y artistas de público popular. El director ha tenido la experiencia de dirigir historias de mujeres que forjan sus propias vidas como los personajes femeninos en la excelente serie británica “Peaky Blinders” y el filme Wild Rose.   

A Beautiful Day in the Neighborhood

Directora: Marielle Heller; guionistas: Micah Fitzerman-Blue y Noah Harpster; cinematógrafo: Jody Lee Lipes; elenco: Tom Hanks, Mathew Rhys, Chris Cooper, Susan Kelechi Watson, Maryann Plunkett, Enrico Colantoni, Wendy Makkena, Tammy Blanchard, Noah Harpster, Carmen Cusack

Fred Rogers, persona y personaje, nunca fue parte de mi cultura televisiva ya que nunca vi “Mr. Rogers’ Neighborhood” que fue uno de los programas favoritos del National Educational Television (ahora PBS) de 1968 a 2001. Rogers creó un mundo donde niños y niñas podían sentirse tranquilos, donde siempre había un abrazo, donde hablar, reír y llorar era normal y podían expresar sus miedos y confusiones. La escenografía del programa era una combinación de un lugar acogedor donde Rogers entraba y se ponía cómodo y un pueblo en miniatura con casas, trenes, carreteras, animalitos que hablan y títeres que nos comprenden. Rogers estaba a cargo de cada aspecto del programa desde su libreto, diseño y creación musical hasta su montaje semanal. Para esa población joven de los Estados Unidos se volvió un símbolo de paz y amor. El año pasado, Mergan Neville estrenó su hermoso documental, Won’t you Be My Neighbor? Y este año Marielle Heller—quien también dirigió Can You ever forgive Me?—nos presenta un acercamiento muy ingenioso a Fred Rogers.

En esta historia, descubrimos a Fred Rogers a través de los ojos de Lloyd Vogel, escritor periodístico de Esquire, lleno de ira que mira su alrededor con gran cinismo. A pesar de tener una esposa que lo ama y se esfuerza en comprenderlo, un hijo pequeñito, un loft con espacio suficiente para él escribir y ella experimentar mini empresas, Lloyd no puede sobreponerse al resentimiento que lleva contra su padre, Jerry, a quien ha removido de su vida totalmente. Pero la 2nda o 3era boda de su hermana, Lorraine, lo trae cara a cara con Jerry y el encuentro es desastroso. ¿Y cómo conecta toda esta historia de Lloyd con Fred Rogers? Pues, su editora en Esquire le asigna escribir sobre Fred como parte de la serie “héroes”. Aunque pone mucha resistencia, no le queda otro remedio que cumplir, pero lo hará con el propósito de descubrir al verdadero Rogers y no al buenazo que todos glorifican. En los encuentros que tienen, tanto en Pittsburgh, donde se graba el programa, como en Nueva York donde los Rogers visitan con frecuencia, Lloyd cambiará su actitud defensiva para entender a este hombre tan amado con su tono pausado y actitud de apertura que enfoca sus programas—y a todos los que conoce—en las inquietudes emocionales de los niños.

La caracterización que hace Tom Hanks de Fred Rogers es una lección en actuación superior donde el actor se disuelve en esta nueva personalidad. A través de su actitud, la tranquilidad de sus palabras, la habilidad de expresar sentimientos fuertes como el miedo a la muerte en palabras sencillas que despiertan lo mejor en nosotros, de compartir la calma necesaria para dejar a un lado la ira y el resentimiento y ofrecer a otrxs lo mejor de nosotrxs ,es el sentimiento que concluye este filme.

Queen & Slim

Directora: Melina Matsoukas; guionista: Lena Waithe; autores: James Frey y Lena Waithe; cinematógrafo Tat Radcliffe; elenco: Daniel Kaluuya, Jodie Turner-Smith, Bokeem Woodbine, Chloë Sevigny, Flea, Sturgill Simpson, Indya Moore, Benito Martínez, Bertrand E. Boyd, Jahi Di’Allo Winston.

Como sucedió con la producción afroamericana, Black and Blue, el tempo de este filme es casi imparable: ni los personajes ni los espectadores tienen un momento de relajamiento. La tensión se mantiene de principio a fin. El foco de la historia son dos fugitivos que, aunque no fuera su intención al principio, se convierten en criminales con una carga de asesinatos casi sin razón, excepto sobrevivir no importa las circunstancias. Hemos visto excelentes versiones de esta trama: Bonnie and Clyde (1967) de Arthur Penn, Badlands (1973) de Terrence Malick, Natural Born Killers (1994) de Oliver Stone. Pero a diferencia de las anteriores, tanto Queen & Slim como Black and Blue y 21 Bridges se insertan en el clima racista que impera en la sociedad estadounidense, especialmente en su relación entre ciudadanía y agentes policíacos.

Este “black Bonnie & Clyde”, como lo referencia uno de los personajes, comienza precisamente con ese roce entre un policía blanco que detiene a una pareja negra y utiliza toda la fuerza y comportamiento contra ellos como si fueran criminales. El desenlace de ese encuentro resultará en escapar por carreteras poco transitadas con la idea de abandonar el país y buscar refugio en Cuba. Sabemos desde que escogen esta ruta que las probabilidades de lograrlo son casi inexistentes, pero los acompañamos casi compartiendo la esperanza de poder rehacer sus vidas. Las paradas que hacen en su travesía son capítulos y facetas de diferentes sectores sociales pero la relación más importante es la de padre e hijo: Slim pensando siempre en lo preocupado que estará su padre al oír las noticias; el padre que recoge a su hijo en un colmado/bodega y lo maltrata verbalmente; el mecánico que trata de proteger al hijo de los peligros de la calle para que éste rechace su estilo de vida y prefiera la violencia abierta; el extraño blanco que pone su vida en peligro para esconder a dos desconocidos.

¿Y qué decir de las mujeres? Todas son fantasías masculinas con cuerpos esbeltos y descubiertos para deleite de esa mirada. Esto me parece muy interesante ya que tanto la directora como la guionista son las que presentan a lo que estamos acostumbradas en películas de acción. Tampoco ayuda que solo Daniel Kaluuya como Slim nos da un personaje con profundidad de principio a fin, mientras la modelo británica Jodie Turner-Smith como Queen y las otras pertenencias mujeres de su tío despliegan sus cuerpos con muy poco que añadir a sus personajes.

21 Bridges

Director: Brian Kirk; guionistas: Adam Mervis y Mathew Michael Carnahan; autor:Adam Mervis; cinematógrafo Paul Cameron; elenco: Chadwick Boseman, Sienna Miller, J.K. Simmons, Stephan James, Taylor Kitsch.

Como sucedió con Black and Blue, la historia se cuenta en horas y todo parece complicarse o resolverse en un tiempo acelerado donde mucho sucede y no hay historias secundarias que desvíen la atención del espectador. El director irlandés Brian Kirk escoge enfocar en un personaje central del que fluirán el pasado personal, su ascenso dentro de la policía, su especialidad en perseguir sin pausa a cualquier asesino de policías y resolver los casos más difíciles por haber poca evidencia o conexiones obvias. Andre Davis es el detective afroamericano que se ha dado a conocer dentro de esta estructura y donde hay un respeto hacia él a pesar de los consabidos prejuicios de la mayoría blanca. El crimen perpetrado no es solamente de ocho personas, sino que siete de ellos son policías. Al parecer es una confrontación entre dos criminales que intentaban robar un establecimiento y estos policías que entraron en la escena del crimen por accidente. Nosotrxs tuvimos acceso al suceso anterior y sabemos que comienza con un robo de una cantidad voluminosa de cocaína y termina con el escape de los dos hombres con entrenamiento militar que quitaron del medio a todo aquel que impidiera su salida.

Al entrar en la escena del crimen, Andre sabe que fueron solo dos los tiradores y poco tiempo después los identifica y localiza para decidir cerrar los 21 puentes que conectan a Manhattan con el resto de la ciudad. De ahí en adelante es una búsqueda sin parar donde cada grupo movilizado parece actuar independientemente. Y a pesar del ritmo frenético de la acción, se logra profundizar en los dos tiradores: Michael Trujillo y Ray Jackson, ambos veteranos de la guerra en Afganistán. Poco a poco Andre va descubriendo el tejido entre policías, FBI, investigadores, oficiales de la alcaldía y el robo y venta de drogas. A través del intercambio entre Andre y sus colaboradores y oficiales del cuerpo policíaco siempre se cuela el prejuicio y el trato desigual con negros, latinos y ‘otros’.

La voz de Puig  

Por Juan Forn

General Villegas tiene hoy más o menos la misma población que tenía hace cincuenta años, cuando Manuel Puig lo retrató en sus novelas La traición de Rita Hayworth (1968) y Boquitas pintadas (1969). Pero si en aquella época alguien nombraba a Puig en su ciudad natal, era para decir: “Ese puto mentiroso”. Hoy, en cambio, a la entrada de Villegas hay un gran cartel con una hermosa foto suya y una leyenda que dice “La ciudad del escritor Manuel Puig”. Más significativo aun: hasta mediados de los años 80, en la Biblioteca de Villegas no había un solo ejemplar de La traición ni de Boquitas, hasta que empezó a ocurrir una silenciosa e impresionante movida: una mujer (la bibliotecaria de la ciudad) empezó a dar talleres de lectura sobre esas dos novelas en las escuelas, y poco a poco, año tras año, sucesivas generaciones de jóvenes de Villegas empezaron a leer a Manuel Puig.

Esa mujer se llama Patricia Bargero y supimos de ella por el excelente documental Regreso a Coronel Vallejos. Carlos Castro, el director del documental, nació y se crió en Villegas. Como Patricia, oyó desde chico lo que se decía en voz baja sobre Puig, pero también vio desde chico a Patricia Bargero pasar en su silla de ruedas a motor rumbo a la biblioteca o a dar un taller sobre Puig en alguna de las escuelas de la ciudad. Patricia Bargero quedó cuadripléjica en un accidente que tuvo, muy jovencita, pocos días antes de casarse: volvía a Villegas manejando el auto de su padre, traía el vestido de novia en el asiento de atrás, el auto volcó. En algún momento de su lenta recuperación leyó por primera vez a Puig y sintió que esos libros le hablaban de tal manera, que podría decirse que ha dedicado su vida a ellos (“La identificación con sus historias y personajes fue total, empecé a hurgar en su vida, a buscarme adentro de las novelas, terminé viviendo en una de las casas donde vivió, dando talleres de lectura de sus novelas por las escuelas y escribiendo un libro interminable sobre él”). Como le pasó al resto de los villeguenses, Patricia Bargero no pudo leer esas dos novelas de Puig como si fueran ficción; para ella eran pura realidad. Pero en lugar de escandalizarse, vio en ambos libros un espejo y una herramienta para entender y entenderse.

El problema de Villegas con Puig no fue por el modo en que retrató, en Boquitas pintadas, a Danilo Caravera, un joven que era una leyenda por su despampanante apostura, su gentileza y cordialidad, y su despiadada y prematura muerte, de tuberculosis. Al tocar a Danilo, decían en Villegas, Puig había manchado al pueblo y a su gente. La verdad de la milanesa es, en realidad, la imagen de sociedad libertina e inmoral que daba Puig de Villegas. “Acá hay muchos cuernos y todos hablan de eso. Pero ¿escribir un libro? No, eso no se hace”: ése fue el veredicto. Lo que sorprendió a Patricia Bargero fue que Villegas se escandalizara por eso e hiciera la vista gorda, en cambio, a lo que Puig denunciaba de verdad en sus novelas: la violencia silenciosa practicada contra niños y mujeres, en especial de clase baja.

Puig rechazó desde chico el mundo masculino por la carga de violencia que tenía: “En el colegio primario descubrí los primeros brotes de una violencia que nunca entendí ni dejé de odiar. Esa sistemática humillación de todo lo que fuera débil o sensible me aterró siempre. El problema de defenderse fue una fuente de angustia para mí, porque yo rechacé siempre la fuerza, el prestigio que tenía la fuerza en mi pueblo”. Esa autoexclusión lo volvió muy observador: un chico molesto, que veía toda la cadena de la violencia, que sabía entender ese silencio de las víctimas, porque de eso no se hablaba. Que Puig haya elegido voces de mujeres y de niños para contar la historia no es casual, ni inocente. Su genio consiste en eso: todo ocurre camuflado en sus novelas, debajo de la aparente banalidad y simpleza de lo que dicen sus personajes.

En suma: Puig, el puto mentiroso, el frívolo chimentero, el superficial sin remedio, como lectura indispensable, e invalorable, para quienes viven en Villegas. Patricia Bargero lleva años transmitiendo esto, porque en cierto sentido Puig ha dictado su vida: además de sus talleres sobre él en las escuelas, Patricia participó activamente en la investigación que sacó a la luz los ocho desaparecidos que hubo en Villegas durante la dictadura, y desde hace años mantiene una incansable labor feminista, para que las cosas cambien en Villegas.

Porque está bueno ese cartel en la ruta que dice “La ciudad del escritor Manuel Puig”, pero no alcanza con eso. Los memoriosos quizá recuerden un video que hace años circuló como una plaga, primero por General Villegas y después por todo el país: tres adultos abusando de una menor. Lo que no se supo es que, cuando estalló la cosa, amigos y familiares de los victimarios convocaron a una marcha por las calles de Villegas. ¿Cuánta gente podía asistir a una marcha en favor de tres abusadores? Las imágenes de archivo del noticiero local muestran una apretada aglomeración de más de una cuadra. Lo más tremendo es que hay más mujeres que hombres en la marcha y la encabeza la pareja de uno de los abusadores. La escena podría perfectamente figurar en una novela de Puig, contada a través de las voces de distintas mujeres y niños que ven la escena desde la calle o en el noticiero, por la televisión.

La relación de Patricia Bargero con Puig se manifiesta también en el terreno más profundamente literario: aquella idea de Stendhal, de que el autor va construyendo con sus libros a su futuro lector, a su lector ideal. No hay fanático de Puig en el mundo que no haya peregrinado a Villegas para hablar con Patricia Bargero y todos ellos esperamos con igual ilusión el libro que ella lleva años escribiendo, un libro en forma de cartas, que trata de abarcar todas las facetas de su relación con Puig. Mientras tanto, cuando le preguntan cómo interpreta ella misma ese vínculo, prefiere despojarlo de toda resonancia épica: “Si se sigue creyendo que él era un resentido, se me puede considerar a mí también una resentida que mira desde su silla de ruedas a los bípedos que siguen viviendo su vida felices. Quienes prefieran el lado melodramático pueden verme como la pobre tullida tratando de hacerse un espacio en este pueblo donde todos son siempre los mismos desde tiempo inmemorial. Y a quien le guste lo rimbombante puede decir que le debo mi feminismo y mi conciencia social a Puig. Lo único que yo sé es que solamente reconociendo cuánto hay de sus libros en nosotros podremos comprendernos y transformar el Villegas que habitamos y que yo sigo eligiendo para vivir porque es el lugar donde puedo trabajar, puedo soñar y puedo además reírme mucho de mí misma”.

Reproducido de www.pagina12.com.ar com permiso del autor

Recordando a José Luis González

Pedro Zervigón / Especial para En Rojo

 

Hoy, 8 de diciembre de 2019, hace 23 años que me despedí de José Luis en Ballajá y en el cementerio de San Lorenzo, pueblo natal de su padre. Siete años antes lo había visitado en su hogar en las residencias universitarias de México y lo había encontrado muy deprimido hablando de Puerto Rico con mucha tristeza.
No era el mismo José Luis que me había acompañado en 1974 en los recitales que hicimos en los cafeteatros La Tea de San Juan y La Leyenda de Caguas, en los que yo leía algunos de sus cuentos y él dialogaba con los asistentes sobre su obra literaria. Entre aquellos asistentes había intelectuales de la categoría de Emilio Díaz Valcárcel, Nilita Vientós Gastón, César Andreu Iglesias, Manuel Maldonado Denis, Arcadio Diaz Quiñones, Rafael Tufiño, Francis Schwartz, Tomás López Ramírez y Magaly García Ramis, por solo citar un puñado.

El José Luis de aquellos tiempos de su regreso a Puerto Rico tras dos décadas en que los Estados Unidos le negaban la visa para visitar su patria, era uno de los seres humanos más brillantes que he conocido. Se atrevía a emitir opiniones que sabía no iban a complacer a muchos y cada vez que viajaba a Puerto Rico su presencia era sinónimo de polémicas.

Había nacido en Santo Domingo de padre puertorriqueño y madre dominicana, por lo que su infancia transcurrió entre Puerto Rico y la República Dominicana. A los cinco años su padre lo trajo a vivir a Borinquen. Tuvo el privilegio de tener un abuelo que fue alumno de Hostos, un tío abuelo que se llamaba Federico Henríquez y Carvajal, gran amigo de Martí, y un padrino literario en Juan Bosch, otro gran escritor al que también me unió una profunda amistad.

José Luis tenía la virtud de ser excelente en los tres géneros literarios que cultivó, el cuento, la novela y el ensayo. Cuentos como En el fondo del caño hay un negrito y La noche que volvimos a ser gente, novelas como Balada de otro tiempo y La llegada, y ensayos como El país de cuatro pisos y Literatura y sociedad en Puerto Rico son la mejor evidencia de esa excelencia.

Mi gran amigo Miguel Angel Suárez me dijo un día que quería conocer a José Luis y el escritor accedió a acompañarme al apartamento en que vivían Miguel y su esposa Nana Hudo en la avenida Ponce de León en Santurce. Cuando, avanzada la noche, José Luis empezó a cabecear de sueño, Miguel trajo el libro en que está La noche que volvimos a ser gente, relato que surgió tras recibir José Luis una carta del poeta Juan Sáez Burgos en que le relataba sus experiencias en el apagón que afectó a Nueva York. Miguel comenzó a leerlo, dramatizándolo, y José Luis olvidó que tenía sueño y quedó profundamente impresionado de la lectura, que posteriormente Miguel memorizaría y convertiría en un monólogo que recorrió exitosamente diversas salas teatrales.

En este vigésimo tercer aniversario de la muerte de José Luis quiero recordarlo como era en aquellos tiempos en que hicimos el recital, con esa inteligencia que deslumbraba a todo el que lo escuchaba o leía, y con esa gran calidad humana que me hizo quererlo y admirarlo profundamente.

\El autor es un veterano periodista cultural puertorriqueño nacido en Cuba. Bien recordado por sus esclarecedoras notas sobre escritores y la cultura en general, Zervigón es un declamador excepcional. En su repertorio hay poemas de autores como José Martí, Ernesto Cardenal, Mario Benedetti, Pablo Neruda.

Daniel Lind-Ramos El MAC en el Barrio y la máscara del Viejo de Loíza

Lowell Fiet / En Rojo

 

Al momento uno se descubre dentro de una zona de creatividad privilegiada. Hay tambores, máscaras, vestidos, actores y bailarines, ensamblajes majestuosos de objetos ambientales y domésticos, la comida única del mismo barrio y los cuentos de los residente-participantes para tejer cada pedazo de experiencia en una tela diversa, compleja, abierta y a la vez estéticamente terminada.

Este encuentro compartido de arte comunitario se realizó en el sector Colobó de Medianía Alta del Municipio de Loíza en la Carr. 187, esquina Camino Jiera, donde el reconocido artista plástico loiceño Daniel Lind-Ramos ha renovado su antigua casa familiar como un espacio de galería, performance y encuentro. Se estrenó con “La ruta del pregonero” para rememorar la tradición culinaria de Colobó y Las Carreras, sus pregoneros y cocineras, a través de máscaras, tambores, baile, ensamblajes del artista y comida típica loiceña. Fue el primer evento de De Loíza a la Loíza, una comisión artística del programa “El MAC en el Barrio” del Museo de Arte Contemporáneo. En su totalidad el proyecto revive la textura cultural, familiar y culinaria que corre entre los sectores de Loíza y la comunidad de San Mateo de Cangrejos de Santurce (y sigue el 11 de enero en Piñones y el 24 de enero en el patio de MAC en Santurce).

El uso de “zona de creatividad privilegiada” no se refiere a élites, nociones de status social, niveles de ingreso y educación u oficialidad. El auspicio del programa de El Museo en el Barrio del Museo de Arte Contemporáneo presta las herramientas de organización e infraestructura cívica a actividades artísticas y culturales ya en existencia para resaltarles para el beneficio tanto de las mismas comunidades como para la participación y el aprecio de un público más amplio. Colobó y Las Carreras han sido por generaciones “una zona de creatividad privilegiada”.

La colaboración de Lind-Ramos y el MAC da un enfoque que refuerza la memoria generacional, especificidad táctil y riqueza cultural de sus tradiciones creativas.

El trabajo de Daniel Lind-Ramos como pintor, artista de asombrosos ensamblajes de objetos orgánicos y cotidianos y productor de videos ha recibido amplio reconocimiento a través de los últimos treinta años. Sus grandes lienzos de aceite y de carbón reinventan y celebran la epopeya mítica y también real de Loíza y su población afro-boricua dentro de la historia puertorriqueña de los últimos tres siglos. Ese papel ya ha asumido nuevos significados en las preñadas particularidades plásticas de sus grandes ensamblajes.

Más reciente, la recepción crítica estelar que tres de sus ensamblajes loiceños recibió en la Bienal de 2019 del Museo Whitney en Nueva York, transforma su espacio de movilidad artística tanto local como internacionalmente. No obstante, su taller ha quedado en el mismo sector Colobó y durante su carrera artística siempre ha compartido sus éxitos con la comunidad. La reconstrucción de la casa familiar en la Carr. 187, esquina Camino Jiera, da evidencia de su cercanía a su crianza y su vida como adulto en el mismo barrio. Su taller de décadas queda a dos cuadras de la casa-galería que ha restaurado con mano de obra suya y local durante los últimos cuatro años.

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Lind-Ramos también mantiene una presencia durante las Fiestas de Santiago Apóstol. Vestido de Viejo, con una máscara de cartón de su propia confección, frecuentemente aparece en la Carr. 187 en Colobó. De ahí sigue la procesión del Santo hasta el punto en Las Carreras donde el mosaico creado por él sirve de memoria en el lugar del antiguo árbol de corcho, donde la leyenda dice que los pescadores encontraron el santo de palo Santiago Apóstol (hoy Santiago de los Niños). Al igual que los Vejigantes de coco, esas máscaras de cartón forman parte de la memoria visual permanente de las Fiestas de Loíza.

“La ruta del pregonero” es un homenaje a la tradición culinaria loiceña, especialmente de Colobó y Las Carreras. Sin embargo, para mí el evento también sirve como una celebración del personaje del Viejo, el personaje que Lind-Ramos actúa en las procesiones de Santiago Apóstol. Siempre ha expresado que la máscara del Viejo ofrece más libertad creativa que las de los otros personajes porque es menos fija y por eso más abierta y flexible.

Casi como un preámbulo al evento principal, Lind-Ramos ofrece al público el performance de una galería de seis máscaras y personajes diferentes, cinco de cartón y otra de metal.  Es una celebración del Viejo (o “Loco”) como personaje de las procesiones de Santiago Apóstol, que en años reciente ha perdido algo de la presencia que tuvo anteriormente. También este personaje muestra raíces africanas y universales: Locos/Locas salvajes/silvestres aparecen en casi cada tradición de máscaras ancestrales (“Spirit Masks”): africana, pre-cristiana europea, indígena americana, pacífica y asiática. El uso de cartón común responde a especificidades locales, pero también presta las características de espontaneidad, innovación y naturaleza efímera. Y en la tradición loiceña, el Loco también puede ser músico.

Por eso, Marcos Peñaloza pone el viejo chaquetón, la máscara de cartón y el sombrero antes de tocar su barril en el medio de la calle para llamar la procesión de los demás personajes enmascarados: la cocinera, el segundo tamborero, el pescador, el tumbador de cocos y la rayadora de yuca. Cada uno tiene su máscara, su vestido y su manera de moverse. Una vez encontrados en el patio de la casa, los tambores siguen tocando y entra entonces una bella bailarina con lanza y tambor y al momento hemos entrado en la herencia específica de ancestros africanos como la raíz principal de la creatividad artística y culinaria de la zona privilegiada que ocupamos.

Ya Marcos dejó su papel de Viejo tamborero para asumir uno nuevo como el moderador del homenaje culinario y los discursos sobre los pregoneros, las cocineras y sus rutas desde Colobó hacia el pueblo de Loíza y desde allá a Piñones y San Mateo de Cangrejos. Mientras tanto, cocinaron en el fogón al lado del público y sirvieron los platos a todo el mundo sentado en mesas debajo de carpas blancas.

Para desayuno habían puesto café y tortillas de yuca y ahora siguieron con un rico almuerzo que comenzó con alcapurrias de jueyes, entonces empanadas de jueyes, arroz con jueyes, arroz con bacalao, arroz con coco (perdí la parte de los dulces por tener que llegar a Ceiba a tiempo para mi regreso a Vieques), etc. Cada plato conllevaba su voz narrativa –voces de Loíza y las de Santurce– sobre los ingredientes, la preparación, la venta y la inserción del plato dentro de la historia y cultura loiceña.

Esta zona privilegiada sale de una tradición que ha sobrevivido por siglos y de la labor de un junte de trabajadores y artistas locales que nos permiten “compartir una experiencia” y de ser parte de un encuentro de arte comunitario, de un performance informal hecho dentro de la comunidad y no impuesto desde afuera. Gracias a todos los participantes y los demás que ayudaron, a Daniel, y a Marianne y Marina del MAC por la invitación para reunirnos en ese espacio de privilegio.