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Cinco minutos con Walter

Por Talia Rivera

Con el tiempo, supe que lo primero que Walter dijo de mí cuando me encomendaron asignarle el trabajo principal de ilustración de un libro escolar de Estudios Sociales fue algo así como: “¿Y a esta…, de dónde la sacaste?”. Así fue como arrancamos con buen pie. Yo era una veinteañera especialmente novata y temblorosa —eso no se me quita; lo de veinteañera sí, pero no lo otro—, y ya él era un artista luminoso en un medio complicado: el taller de ilustración en cualquier sitio, pero, sobre todo, en el circuito editorial del país. Complicado más que nada por escaso, aunque la dificultad ahí no se agote.

Definitivamente, la brega con Walter no era ningún mamey. Detestaba el paño tibio; era más que su oficio —atravesaba los textos porque era un formidable lector: si no eran buenos, los desdeñaba sin tapujos o, en última instancia, los acataba bajo protesta—; y te lo dejaba claro: no ibas a ganártelo con ñeñeñés. O ibas donde él curtido o te harían curtir. Te disparaba esa respuesta del fight or flight. Ahí nos toreamos. Por entonces, yo no tenía constancia de su trayectoria, pero no era tan imbécil de no intuirla en su trabajo. O en su impaciencia.

Las suyas eran obras de arte que se resistían a someterse al encargo. Entendía muy bien los límites en que se movía: los plazos, las prisas, el marco dispuesto en una página ya con elementos gráficos, el elemento gráfico que constituía en sí mismo el texto, y luego, para más, los contenidos (que son otras formas). ¡Y cuidadito con pedirle redundancias sobre el texto!, porque te arriesgabas a sus ojos virados y al reclamo de «…pero, mija, si eso ya está dicho».

Ante todo, tenía un sentido muy propio de lo razonable. No se le escapaban las restricciones de la encomienda; te cumplía, trascendiéndola… o despachándola, si no le daba para más lo que le pedías, y aun así, con genio. 

Últimamente —y martilla—, se me quedan cosas en el tintero muy a menudo; cosas que me tocaba hacer con gente que ya no puede: les da por morirse. Pequeñas enormes cosas, como esa vez que me dijo que fuéramos a un ciclo de cine extraño que pasaban en el Ateneo, que él me buscaba. ¡Y yo, en los agobios y sin saber lo que hacía, decliné! O que quedara inédito el sublime manuscrito de una Blanca Nieves dark que concibió en imagen y texto; lo mismo que ese manual bestial suyo de dibujo. Ingrato medio, el nuestro.

Comoquiera, conseguimos hacer cosas juntos. O cuando menos, estando yo en las inmediaciones. Como la de amigarnos trabajando. Al grado de que, cuando el zarpazo de iniciación le tocó a otro, solo podía reír para mis adentros: «Mira, brega, que te toca».

 A Walter lo incluyeron en la segunda edición del Catálogo Iberoamérica Ilustra (2011), cuando presentarse ahí todavía costaba a los que no radicaran en México, Argentina, Colombia o España. (Todavía cuesta). Figuró en el Diccionario de Ilustradores Iberoamericanos presentado en Bogotá en el Segundo Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil (CILELIJ, 2013), de la Fundación SM. 

Con SM, fungió de ponente; tallerista de chicos y de grandes; jurado del Premio El Barco de Vapor (2017-2018); y lúcido comentador de las novelas que ilustró: las obras juveniles Viaje a Isla de Mona, de Mayra Montero (II Premio El Barco de Vapor de Puerto Rico, en alianza con el Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2008), e Indóciles, de Arlene Carballo (2018). Asimismo, animó el personaje de Gabriel Comelibros (2008), una idea de Hilda Quintana y Maty García Arroyo para, desde temprano, quitarles estigma a los lectores empedernidos. Y muy recientemente, trabajó una crónica de Tere Marichal sobre la brava comunidad Las Mareas para la antología literaria conmemorativa del huracán María, Cápsulas del tiempo (2018).

Iluminó, además, incontables textos literarios en libros escolares.

Menester es reconocerle y agradecerle que fuera un ferviente y combativo opositor de las changuerías, los adoctrinamientos y el «todo se vale» en la literatura; en especial, la que prefigura a un lector chico o joven. Y este que hago, lo aclaro, no es un inventario exhaustivo. 

Antes de terminar, comparto el mensaje que le destina mi colega María Mercedes Grau, más veterana que yo en los tratos con Walter, solo por precoz:

¿Alguna vez te conté que cuando pienso una ilustración lo hago inspirada en tus trazos? ¿Te acepté alguna vez que me ganaste la batalla sobre los taínos? Es que tú sí que eres —me resisto al «eras»—… culto, buen investigador y, además, editor paralelo. Te preparas intensamente con referencias históricas, sociales y ambientales, so lector empedernido, y luego interpretas. Tu mundo de imágenes viene acompañado de esa sólida búsqueda intelectual. Me mandaste al Museo de Antropología de la UPR para darme por la cabeza. Nuestros antepasados se adornaban mucho, hacían lindos collares, narigueras y otras preciosidades. No solo el cacique llevaba símbolos como el guanín. Ellos eran mucho más, y los libros de texto no debían reproducir esa visión simplista de nuestra cultura. Creo que nunca te recordé otra cosa. Una vez, hace muchos añitos…, me dijiste: «Me gusta ese texto que escribiste porque no ningunea a los niños». Durante mis años de editora, esa frase me inspiró. A la gente hay que darle su lugar y su respeto. ¿Alguna vez te dije que te quiero mucho? Sí. Hoy te lo digo otra vez. Te quiero, amigo.

Esto me mandó decirle Marimer.

Y ahora sí, acabo citando un correo electrónico del Walter nuestro. Decía el asunto: Esto no es un tributo póstumo, nada parecido… Y adentro, un lúcido comentario elegíaco por Michael Jackson, lo que llaman «un estudio cultural», titulado como el documental: This is it!

Pero seguimos. 

Talía Lierca Rivera González es editora ejecutiva de Literatura Infantil y Juvenil SM Puerto Rico

Instrucciones para dibujar un caballo

Por Rosa Vanessa Otero

En uno de mis paseos estudiantiles por la librería La Tertulia cuando ésta ubicaba frente a los cuarteles generales del poeta José “Che” Meléndez en el Burger King de Río Piedras, Walter Torres y yo nos conocimos sin que ninguno de los dos se diera cuenta. Dicho encuentro ocurrió cuando me detuve frente a una portada insólita. Insólita, no tanto porque el diseño fuera exuberante, que sí lo era, sino, y sobre todo, porque el libro era una publicación de la Editorial de la Universidad de Puerto Rico y, tamaña sorpresa, sus autores estaban vivos. 

En mi mente de aspirante a periodista, este hubiera sido el titular: “La editorial con las portadas más viejas del mundo por fin se arregló la cara”. Entonces, mi contacto con esta casa se limitaba a mi traumático manejo de los cuadernos de Ciencias Biológicas y Matemáticas, por dar un ejemplo, o ladrillos como la Ilíada, en los que no se notaba esfuerzo alguno por halagar el ojo de quien llegaba a aquellos textos obligada por el requisito curricular. 

Pero ahora estaba frente a aquella portada que no sabía si me gustaba o no, pero definitivamente, llamaba mi atención desde un anaquel lleno de libros. Hoy sé que su ilustrador fue Walter, y era la obra El tramo Ancla, editada por Ana Lydia Vega y publicada en 1988. De modo que, cuando llegué a trabajar en la Editorial de la UPR en el 1993, ya Walter era mucho Walter, y yo una aprendiz de editora. Formaba parte él de un grupo de ilustradores y artistas gráficos que, bajo la dirección de doña Marta Aponte Alsina y el cuidado editorial de Gloria Madrazo y otros colegas, renovaron la identidad visual de los libros de la editorial a partir de la década de los ochenta. Nívea Ortiz, Wanda Torres, José Peláez, son algunos de esos artistas que junto con Walter, devolvieron al catálogo de la Editorial la noble tradición del arte de portada. Digo devolvieron, porque sería injusto no reconocer que en momentos anteriores, la Editorial también contó con firmas de artistas como Rafael Rivera Rosa o Irene Delano, por mencionar algunos; que yo no lo supiera a mis dieciocho años no era culpa de la Editorial. Cabe recordar, igualmente, la comisión del diseño de la identidad gráfica de las Obras Completas de Eugenio María de Hostos a Antonio Martorell. 

El primer trabajo en el que coincidimos fue En el Bosque seco de Guánica, un cuento infantil escrito por el poeta Ángel Luis Torres para la Colección San Pedrito. Y luego fueron tantas las colaboraciones que pasó tiempo suficiente entre ellas para que: se sucedieran seis directores, la Editorial cambiara de edificio, los métodos de diagramado y corrección manual se digitalizaran, y asomara su nariz el libro electrónico. Le recuerdo meticuloso como artista, muy apasionado del dibujo y del detalle, y como colega, respetuoso, conversador y, generalmente amable. 

En el punto de inflexión tecnológica que fue para todos el período entre el año 2000 al 2005, pero en particular para la Editorial debido a un cambio gerencial enorme, tuvimos una crisis que sospecho fue una de las causas por las que sus trabajos independientes para la casa comenzaron a espaciarse. Digamos que Walter y la editora a cargo de cierto libro tenían que dibujar un caballo. Y, hasta aquel momento, tanto Walter como la editora estaban acostumbrados a una relación de trabajo en la que a nuestros artistas gráficos se les reconocía una total libertad, aun cuando legalmente sus oficios fueran considerados “trabajos por encargo”. Pero nos había pillado una nueva época casi por sorpresa. 

Andábamos desconcertados con los nuevos métodos, en aquellos tiempos salvajes cuando las imprentas dejaron de aceptar nuestros maravillosos artes originales y comenzaron a exigir archivos digitales en un programa muy costoso en el momento, y que a nosotros nos sonaba como la entrada al infierno: el PDF. Pero a este sufrimiento se le sumó otro: el caballo. No por el caballo en sí, sino por las condiciones de su nacimiento. Por primera vez, nos vimos, él y yo, presentando tres prospectos frente a un grupo gerencial; y no era aquel cualquier grupo, sino un conglomerado donde no todas las personas habían montado caballos, ni los respetaban, ni sabían diferenciar un alazán de un rucio. Y, horror, el color del primero debía pertenecer al segundo, y las patas del tercero debían colocarse sobre la cabeza del primero, y los ojos de los tres debían lucir felices. Claro que exagero, y sustituyan en su mente las partes del animal por los elementos tipográficos y cromáticos en la portada de cierto libro. 

Aquel incidente concluyó en una defensa férrea de su creatividad y de su voluntad. Voluntad muy pertinaz que el grupo desigual no conocía, y gracias a la cual esta editora ya había tenido que aceptar, en cierta página del libro de la discordia, que Walter introdujera una interpretación suya, y a lo caribeño, de la escena del banquete del sombrerero loco de Alicia en el país de las maravillas, con todo y conejo. No hubo manera de disuadirlo; el artista quería hacer un guiño autorreferencial, dentro del libro de cocina, a la revista-cartel Alicia la Roja, que fundaron Iván Silén, Esteban Valdés, Néstor Barreto, y otros artistas y escritores a principios de la década de los años setenta. Tampoco sabía nada, el grupo desigual, acerca de la importancia de las estrellas; porque ellas, las estrellas, me permitieron descubrir que mi ilustrador creía en algo (no una divinidad, pero sí cierto tipo de mística numerológica, ¿cabalística?, que intervenía en sus diseños y de la que preferí no pedir más información). Por aquellos mismos tiempos, cuando estábamos a punto de aprobar para impresión cierto libro cuya portada Walter había tachonado de luminarias, un silencio pesado se posó entre nosotros. “¿Qué haces?”. “Las cuento. Si no hay exactamente 19, no la apruebo”. (“Sobre mi cuerpo muerto”, pensé pero no le dije, mientras imaginaba estrangulados en el otro libro al sombrerero, a Alicia y al conejo.) Pero… frente al conglomerado gerencial, en el año del caballo, éramos dos, editora y artista, un entry aparejado en la desgracia. Para mí, el diseño no era perfecto conceptualmente pero no lo diría; de todos modos, el grupo desigual no se detuvo ante el concepto, sino que se abalanzó directo sobre la cosa en sí: se había proclamado artista. Sobrevivimos como pudimos, y salimos heridos y derrotados del salón de juntas. Entonces, Walter me siguió hasta mi oficina. …Y cuando ya nadie nos oía ni veía me obsequió, en tono desesperado, con un refrán que me repito cada vez que la libertad de creación de un artista, o mi propia libertad como escritora, puede estar innecesariamente comprometida: “Rosa Vanessa, un camello es un caballo diseñado por un comité”. 

Aun cuando esta anécdota –y otras que no puedo contar– lo distanciaron, no afectivamente de quienes fuimos sus colegas y amigos, pero sí profesionalmente del sello, pienso que a partir de ese quiebre Walter Torres creció como artista del libro. No tanto por la defensa que hizo de su trabajo, que era algo natural en él, sino porque comenzó a explorar técnicas que hasta aquel momento no había considerado. Solamente ver las últimas portadas que hizo, en especial la de Imali, Dada y la calabaza, de Rafael Acevedo, para la Editorial del Instituto de Cultura Puertorriqueña, me confirma que logró evolucionar estupendamente y actualizarse sin que su identidad se diluyera. Ver esa portada, apenas unos meses antes de su partida, me alegró el espíritu, y me hizo extrañar aquellas colaboraciones y aquel día que terminó tan mal para los dos, pero condujo a la feliz impresión de Cocina artesanal puertorriqueña de Emma Duprey de Sterling (2004), nuestro último trabajo en equipo.

Ama sin reparos, Yusuf

Por Sumaya Soler

Había muerto un joven en Puerto Rico torturado y asesinado, a manos de unos jóvenes quienes confesaron haberlo hecho porque él era homosexual. En un programa de televisión, entrevistando a la Pastora Wanda Rolón sobre este asesinato dijo que el joven se había expuesto (¿a su tortura y asesinato?) por tener conducta de alto riesgo (¿ser homosexual?).

Quedé sin aire por unos segundos. Me dio un ataque de pánico. ¿Donde está mi hijo? Mi hijo, Yusuf, musulmán, que no es blanco, ni rico, ni cristiano. Si reza en la calle y no se persigna, ni invoca a Cristo y se postra ante Alá, ¿es eso conducta de alto riesgo? Las palabras de mi hermano retumbaron en mi recuerdo como una amenaza: “No expongas a Yusuf yendo a su escuela con velo, todos sabrán que es musulmán…hay maestras que no entienden esas cosas”. Lloré entre el pánico y el corazón roto. Lloré con la madre de ese hijo homosexual muerto, lloré como si fuera mi hijo.

En mi mezquita invitamos a Pedro Julio Serrano, entre otras personas, a una cena comunitaria. El Imam dijo que no podía sentarse junto a nosotros porque Pedro Julio es homosexual. Y en ese espacio que alguna vez consideré sagrado escuché el idioma del odio. Y me acordé del joven asesinado e imaginé al Imam con una larga espada gritando “Allahuakbar!” dejándola caer sobre su cuello. Mi hijo, si es homosexual y musulmán, no tendrá escapatoria.

Mientras se camina por los pasillos del Senado, es inevitable toparse con líderes religiosos que parecen vivir en el Capitolio. Pululan eternamente por los pasillos como hienas hambrientas, soberbias, buscando entre la basura algo qué comer. Y allí hablamos de “libertad religiosa” como quien escupe una mala palabra. Es la “libertad religiosa” que le permite al pastor de Aguas Buenas predicar y repartir biblias dentro de la cárcel mientras espera su sentencia por haber prostituido a una niña de 13 años y haber distribuido pornografía infantil. La misma “libertad religiosa” que dice “a mis hijos los educo yo” mientras el 80% de los abusos sexuales de menores en Puerto Rico son por familiares y el 56% de estos son padres biológicos. La “libertad religiosa” de fetos apoderados y niños abandonados. Y llamamos “acomodo razonable” al fracaso de la convivencia, y llamamos “consejo pastoral” al exorcismo de la identidad, decimos terapia en vez de tortura, y llamamos al discrimen “objeción por conciencia”.

Un hombre en Canóvanas se para en el púlpito y acepta a Cristo como su salvador. Ante la comunidad confiesa que la última paliza dejó a su esposa e hijos en el hospital y eventualmente en un refugio. Pero él aceptó a Cristo, allí frente a todos, es hombre nuevo, el Espíritu de Dios habita en él. Ya no lo persigue el demonio de la violencia, está listo para volver a casa con su esposa. “Ayúdeme pastor! Ayúdeme que soy un hombre nuevo y quiero que mi familia vuelva”. Y así se presiona a la agredida, y ahora ES ELLA, será la mala que no quiere regresar, ES ELLA la que no quiere reunir a sus hijos con su padre –el santo varón– ES ELLA la que escucha a los demonios. Si regresa y él la agrede todos la juzgarán A ELLA por habérselo buscado, pero si no se reconcilia será ELLA mientras viva, la mala mujer que destruyó su hogar. Parece que el dios que no se sienta a la mesa con homosexuales, tortura y asesina transgresores, también odia a las mujeres.

Mientras escribo estas líneas contemplo a mi hijo y me embarga el temor de dios, temor a la justicia que se exige a su nombre. Dios, un fotuto usado a conveniencia para consolidar privilegios. No se necesita creer en dios para ser decente, ni trabajar por la justicia. Ni siquiera para hacer el bien y sentirse feliz hay que creer en un ser supremo. Tampoco se necesita religión para ser espiritual. La religión solo es útil cuando la persona se desconecta de su humanidad. Se aferra la gente a dogmas y reglas porque de otra forma sienten que van a la deriva, perdieron la brújula del corazón. Solidaridad, empatía, trabajo comunitario, amor, justicia social, salud, bienestar…ninguna de esas palabras está en la propuesta de “libertad religiosa”. Decía Yiye Avila “La palabra de dios es la palabra de dios aunque el diablo la diga” parece ser que se quedó con los altares y micrófonos, que no ha parado de predicar y legislar.

Ama sin reparos, Yusuf, reza, vive sin temor porque el joven asesinado, la niña prostituida, los hijos abusados, las mujeres agredidas serán las voces que se escucharán por encima del hablar en lenguas del culto, por encima del chillar de las hienas, serán las voces sobre la mesa donde se construye futuro sin el dios que está pasau.

Sumaya Soler es activista de derechos humanos. Pertenece al Colectivo interreligioso de Mujeres de Puerto Rico.

Poesía: Zaira Pacheco

Zaire Pacheco

Nocturno 

Alguna vez, en el principio

fuiste tiempo y cal. 

Bebiste de tu sed. 

Un movimiento sinuoso 

te acercó a la primera estrella. 

Conociste la orfandad y la desidia. 

Estabas en tu estado original. 

Un vapor que se pasea sobre la tierra. 

El sótano  

Supe de mi invisibilidad 

dos o tres días después de mirar 

las fotografías que estaban guardadas. 

No era yo. 

Tampoco escuché mi nombre. 

Entonces me consoló un recóndito anfibio 

que salía de la humedad, sereno.

Toqué las escamas. 

Miré los ojos de cristal. 

Hay veces en que mirar directo a los ojos 

es igual que sumirse. 

Una vez más 

los negativos colgaban en el sótano.

Bajé y te vi. 

Todo inundado otra vez.

No era yo. 

La casa

Rocé la arena

que se deshizo entre mis pies. 

No hallé los cimientos. 

De mi pecho salió apenas un débil gorjeo.

Rebordeé la costa con el torso.

Solo quedaba vapor de la noche anterior.

Moho, madera, hormigón y algunos clavos. 

Detrito sobre un terreno boscoso. 

Reconozco el grafiti rojo sobre la pared sucia.

He llegado. 

Ser reptil

Me asomé al cuerpo de agua 

con una cierta sed.

Dibujé un espejismo con la carne. 

El volumen de mi cuerpo

saludó a su doble

y bebió de sí mismo.

Un sabor a bisonte almibarado.

Regresar del abismo siempre tiene sus ventajas: 

Ir detrás de las serpientes y sus silbos. 

Sentir la tierra mojada debajo de la piel. 

                                                                                                                              

Hábitos

Despertar con ardor en las pupilas.         

Tomar el desayuno.                                                                                    

Las luces del semáforo dentro de la nevera

todavía parpadean.

Arde la brea. 

Todo el suelo es un voluminoso charco azul. 

Sé que no me he podido mover de aquí. 

Arrastro una rabo pesado. 

Hay una luz en la montaña que parpadea. 

No sé si es una estrella o un foco. 

Pienso en el campo y en mi abuela. 

Ciertos desvelos son reposo. 

(este último se publicó en la Revista Cruce) 

Frutos

Forbidden fruit a flavor has

-Emily Dickinson

Alguna vez jamaqueé una enredadera de parcha.

El retoño acostumbrado a la lluvia

cayó liviano a mis pies. 

Cuando toca la tierra mojada

se convierte en fruto prohibido. 

No te comas las que han caído,

 me decías afanosa. 

La guarecí en mis manos 

hasta el atardecer áureo.

Chorrea por el antebrazo.

Ambrosía naranja que sabe a secreto. 

Hay algo de probar una jugosa parcha 

que conoce de las estaciones y la transmutación. 

El néctar pesa en la lengua

como su propia gravitación suntuosa.

Zaira Pacheco es poeta y profesora de lengua y literatura. Ha publicado el poemario Ciutat  y el ensayo crítico Androginia y deseo en Póstumo el transmigrado de Alejandro Tapia ambos en la Editorial La secta de los perros. Los poemas que mostramos son de su poemario Despertar en el Sahara, de Ediciones Alayubia.

Crucigrama:Carlos Fonseca Amador

Carlos Fonseca Amador

 

Por Vilma Soto Bermúdez/Especial para En Rojo

Horizontales

1. _____; patria de Fonseca.

5. Símbolo del cobalto.

6. Dios griego de la guerra.

9. Soase.

11. _____ Padilla Otero; conocida como Padilla de Sanz, escritora y pianista puertorriqueña. Usó el seudónimo La Hija del Caribe.

12. Impar.

13. Serie de personas o cosas colocadas en línea.

14. Nombre de continente.

17. Carlos Alberto _____ Amador; profesor, político y revolucionario nicaragüense. Uno de los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

21. _____ Tió; autora de la antología poética “Palabras sin escolta”.

23. Parte del calzado que toca el suelo.

24. _____ Nolla Ramírez de Arellano; escritora puertorriqueña. Autora de la novela “La segunda hija”.

26. Símbolo del neón.

28. Repollo.

30. Usted, abrev.

31. Edificio de mucha más altura que superficie.

33. 23 de _____ de 1936; nacimiento de Fonseca.

35. Nombre de la letra n.

37. Río suizo.

38. 7 de _____ de 1976; fallecimiento de Fonseca. Cae en combate en la región de Zinica, Nicaragua.

40. Breve análisis de _____ lucha popular nicaragüense contra la dictadura Somoza (1960); escrito de Fonseca.

41. Escucha.

43. ¿Qué _____ un Sandinista? (1975); escrito de Fonseca.

44. Música popular bailable.

46. _____ Augusto Turcios Lima; comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) de Guatemala a quien Fonseca, en el exilio, conociera en ese país.

47. Crónica secreta: Augusto César Sandino _____ sus verdugos (1974); publicación de Fonseca.

Verticales

1. Máquina compuesta de dos grandes ruedas engranadas que sube el agua de los pozos.

2. Soldado ruso de caballería ligera, pl.

3. ____; municipio de Puerto Rico por donde EE. UU. invadió el país el 25 de julio de 1898.

4. Ruedo de la plaza de toros.

5. _____ Fonseca Amador; autor de Crónica secreta: “Augusto César Sandino ante sus verdugos”, “¿Qué es un Sandinista?”, “Notas sobre la montaña y algunos otros temas” y “Un nicaragüense en Moscú”. 

7. Reseña de la secular intervención norteamericana _____ Nicaragua (1972); publicación de Fonseca.

8. _____ nicaragüense en Moscú (1958); escrito de Fonseca.

10. Preposición.

11. Forma de pronombre.

13. _____ Sandinista de Liberación Nacional (F.S.L.N.); organización armada revolucionaria fundada por el comandante Carlos Fonseca.

15. Unidad monetaria del Perú.

16. Carlos Fonseca _____; el 17 de enero de 1968 se le reconoce a nivel nacional como jefe político y militar del FSLN. Autor de “Notas sobre la carta-testamento de Rigoberto López Pérez” y “Sandino guerrillero proletario”.

18. Parte alta de la cerviz, lugar en que se une la columna vertebral con la cabeza.

19. Catedral.

20. Pronombre, fem.

22. _____ Felipe; poeta español. Murió en el exilio en México.

25. Conduce.

27. Nicaragua hora _____ (1969); escrito de Fonseca.

29. Estrujar.

32. Segunda nota musical.

34. Apócope de nada.

36. Acción y efecto de repasar.

38. _____ sobre la Carta-testamento de Rigoberto López Pérez (1972); escrito de Fonseca para la revista Casa de las Américas.

39. _____ Poniatowska; autora de “La noche de Tlatelolco. Testimonios de historia oral”. 

40. Dativo de pronombre.

41. Símbolo del osmio.

42. Desde la cárcel _____ acuso a la dictadura (1964); publicación de Fonseca.

45. Antiguamente la nota do.